jueves, junio 25, 2026

Franco y los EEUU (16): Girando el gobernalle




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Los primeros sacerdotes de la estabilización, en efecto, fueron el embajador Lodge y Richard Aldrich, jefe de la USOM, United States Overseas Mission, es decir, la agencia coordinadora de la ayuda internacional en aquellos tiempos. Aldrich le explicó al ministro Arburúa que España debería reducir, siquiera temporalmente, las inversiones realizadas por el Estado y organismos controlados por él; algo que debería combinarse con medidas fiscales que penalizasen el consumo no imprescindible, y con la restricción del crédito para así poder domeñar la masa monetaria.

Estas cosas, a Arburúa, no le parecían especialmente heréticas. Como ministro de perfil claramente económico, decía comprender que mantener bajo control la inflación era la misión principal del gobierno en ese momento; y que en un entorno en que buena parte de esa inflación la estaba causando el gasto público desbocado, la conclusión sobre lo que había que hacer no era muy difícil de encontrar. Los ministros inversores y más “políticos”, sin embargo, eran bien conscientes de la máxima que acuñaría años después Enrique Fuentes Quintana: “gobernar es gastar”. Y, en consecuencia, querían seguir con el tole tole del gasto público. Franco, aparentemente, comprendía las reformas. Pero su apoyo no era nunca neto.

En esencia, lo que El Pardo consideraba era que lo que había que hacer para controlar la inflación era legislar precios máximos (medida que nunca ha servido, ni servirá; porque Franco, queridos niños, inventó buena parte de la actual legislación de la vivienda) e incrementar la entrada de recursos desde Estados Unidos. En resumen, pues, todo se colocaba sobre los hombros del acuerdo de 1953. Franco no estaba dispuesto ni a generar un sistema impositivo mínimamente racional sobre el consumo, ni a recortar el gasto, es decir, dejar de cortar cintas. El ámbito internacional le dejó bastante claro lo que pensaba de esta incapacidad (más bien falta de deseo) de actuar como había que actuar, mediante el aplazamiento sine die de la entrada de España en instituciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional o el GATT. Pero este tipo de cosas, a Franco, la verdad, no le impresionaban demasiado. Franco, como Stalin, en  su fuero interno pensaba: "Pero, ése Fondo Monetario, ¿cuántas divisiones acorazadas tiene?"

En estas circunstancias, Washington, que ya os he dicho que estaba bastante convencido de que, de una manera o de otra, tendría que incrementar las ayudas hacia España, le dijo al gobierno español que estaba dispuesto a incrementar el aguinaldo en 25 millones de dólares; pero que, a cambio, el gobierno tendría que comprometerse a tomar medidas efectivas contra la inflación; medidas que, además, pudieran ser auditadas y comprobadas por expertos internacionales.

¿Qué fue lo que movió a Franco a mover ficha en la dirección que le sugerían los estadounidenses? Bueno, yo creo que fueron varias cosas. La perspectiva de recibir más ayudas, desde luego. En El Pardo, el incremento de la ayuda norteamericana siempre se interpretaba en términos de fortalecimiento de las fuerzas armadas españolas; y, con lógica, se consideraba que se fortalecimiento servía para consolidar al franquismo. Pero yo creo que también influyó en el ánimo del general lo verdaderamente mal que fueron las cosas en el año 1956. Había sido, efectivamente, un año muy jodido para Franco, con los falangistas realizando la última tentativa seria de crear en España un Estado fascista, dominado por un partido que estaría incluso por encima del propio Franco. Por lo demás, la política frente a la inflación de dos de pipas que había propugnado o permitido el general, basada en los topes legales de precios y en subidas de salarios por decreto, dejaron bien claro que son soluciones que no solucionan nada: al final del proceso, los españoles más desfavorecidos eran más pobres que al principio.

Yo creo que Franco, a quien sólo le preocupaba una cosa: el poder, tornó a pensar, durante aquel año de 1956, que, quizás, si se empeñaba en un simple sostenella y no enmendalla, podría terminar huyendo a Portugal con el rabo entre las piernas y, en lugar de pasar a la Historia como Francisco Franco, convertirse en una especie de general Primo de Rivera 2.0.

En paralelo, Estados Unidos estaba en plena reformulación de la política con España; una reformulación que quedaría encapsulada en el documento NSC 5710/1.

Estados Unidos tenía una baza, y la jugó con fuerza: en las primeras semanas de 1957, la economía española se había convertido en una realidad con una fortísima dependencia de los designios que tomare la ayuda estadounidense. En el gobierno y en el partido único seguía habiendo muchas voces que querían mantener el ritmo inversor público; pero fueron acalladas por el pragmatismo de los primeros tecnócratas.

En 1957, la Unión Soviética lanzó su primer satélite artificial al espacio, dejando la sensación en todo el mundo de que en Moscú se avanzaba en la tecnología bélica mucho más deprisa que en Washington. Estas inquietudes, además, llegaron después de que los sucesos de Suez del año anterior hubiesen alejado a Estados Unidos de sus socios europeos. En algunos momentos, daba la impresión de que los grandes promotores de la Guerra Fría en occidente estaban dejando de confiar en sus aliados británicos y franceses; y eso generó en El Pardo la ilusión de que España podría sacar beneficio de ello; de que Franco podría, quizá, llegar a tener su propia foto de las Azores. En aquellos primeros meses de 1957, de hecho, España jugó fortísimo por su ingreso en la OTAN.

Sin embargo, a Franco comenzaban a crecerle los enanos. El general llegó muy tarde a la estabilización, consciente de que era una política tremendamente impopular en las calles (a la gente no le suele gustar que le pongan impuestos y le restrinjan el crédito). Franco prestó oídos durante demasiado tiempo a los eduardogarzones de su tiempo que, en clave de dictadura, le venían a decir cosas tan imbéciles como que basta que escribas en un decreto que las cosas no van a valer más de 100 euros para que nos los valgan . Para cuando se quiso poner los manguitos de estabilizador, Franco se encontró con que la caída del nivel de vida en la primera mitad de los cincuenta había sido tan morrocotuda, sobre todo en las áreas industriales, que el personal estaba cabreado y comenzaba a hacer huelgas. Porque con las huelgas pasa lo mismo que con los precios: que tú escribas en una ley que no va a haber huelgas porque las declaras ilegales no te garantiza que la gente no deje de trabajar. 

A esto hay que unir el golpe sicológico producido en todo el mundo por la declaración del Partido Comunista en 1956, renunciando a echar a Franco e iniciando la vía del entendimiento y la conciliación que sostendría hasta que llegaron los nietos de Anguita con sus estupideces. Todo esto tuvo como consecuencia que en muchos lugares del mundo, entre ellos Estados Unidos, hubiera gente que comenzase a pensar, decir y escribir que España no era Franco, y que tal vez Franco no era España.

A un país como Estados Unidos, lo que le interesa es la solidez y continuidad de las políticas que le son favorables. Si eso significa apoyar a Delcy Rodríguez o a Édouard Mendy (que es es el portero titular de la selección de fútbol de Senegal), en el fondo les da igual. Por esto mismo, lo mejor que puede hacer un movimiento de oposición es dejar ver que podría llegar, algún día, a controlar su país; en ese caso, el Departamento de Estado siempre querrá negociar con él. 1957 fue un poco el año en el que cuando menos algunos elementos de la oposición antifranquista, tanto exterior como interior, lograron fibrilarle al Departamento de Estado la idea de que, tal vez, sería  una buena idea para la diplomacia estadounidense poner una pica en Flandes.

España, como os he contado, estaba esperando la confirmación definitiva del aguinaldo adicional de 25 millones de dólares que había ofrecido Estados Unidos si Franco se portaba bien. Franco entendió que tenía que dar señales inequívocas en ese sentido; y, probablemente, también se sintió presionado por los mensajes que le llegaban de su embajada en Washington, desde donde los corresponsales de turno le hablaban del ligero cambio de orientación que se observaba en la diplomacia USA. Por eso, a finales de febrero de aquel año de 1957, el general decidió dejar las cosas clarinete, y cambió el gobierno.

El gobierno de 1957 marca el inicio de la influencia de verdad (hasta el momento había sido más moral que otra cosa) del almirante Carrero, que es el verdadero inventor de eso que llamamos tecnocracia. Franco decide tomar al asalto las organizaciones multilaterales, con la vista puesta ya en el caramelo más sabroso de todos: la Comunidad Económica Europea. La CEE, sin embargo, no admite miembros que no sean democracias; así que Franco decide convertirse en una. Ésta es la principal misión que se le adjudica a los tecnócratas: crear una España próspera y como libre. Eso que llamamos tardofranquismo.

A efectos de lo que venimos hablando aquí, el principal cambio que se operó en el gobierno de 1957 fue el despido de Martín Artajo en Exteriores, sustituido por Fernando María Castiella. Castiella, la verdad, no llegó con instrucciones de generar un cambio sistémico en el palacio de Santa Cruz. En realidad, quienes llegaron para hacer una nueva política serían los ministros económicos; y la guerra que les plantaron los que hasta entonces habían sido los baluartes de Franco acabaría por provocar, bastantes años después, esa erupción que conocemos como escándalo Matesa. De hecho, Castiella, en la primera entrevista que tuvo con el embajador Lodge, le dijo que la razón fundamental del cambio de gobierno era iniciar una política abiertamente antiinflacionaria. El general Franco había llegado al siglo XX.

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