Izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, detrás, ¡un, dos, tres!
La gran explosión
Gorvachev reinventa las leyes de Franco
Los estonios se ponen Puchimones
El hombre de paz
El problema armenio, versión soviética
Lo de Karabaj
Lo de Georgia
La masacre de Tibilisi
La dolorosa traición moldava
Ucrania y el Telón se ponen de canto
El sudoku checoslovaco
The Wall
El Congreso de Diputados del Pueblo
Sajarov vence a Gorvachev después de muerto
La supuesta apoteosis de Gorvachev
El hijo pródigo nos salió rana
La bipolaridad se define
El annus horribilis del presidente
Los últimos adarmes de carisma
El referendo
La apoteosis de Boris Yeltsin
El golpe
¿Borrón y cuenta nueva? Una leche
Beloveje
Réquiem por millones de almas
El reto de ser distinto
Los problemas centrífugos
El regreso del león de color rosa que se hace cargo de las cosas
Las horas en las que Boris Yeltsin pensó en hacerse autócrata
El factor oligarca
Boris Yeltsin muta a Adolfo Suárez
Putin, el inesperado
Ciudadanos, he fracasado; dadle una oportunidad a Vladimiro
El 27 de enero de aquel año de 1997, y según las previsiones que los propios rusos deseaban, Aslan Maskhadov había sido elegido presidente de Chechenia. El 12 de mayo, ambos presidentes, Maskhatov y Yeltsin, firmaron un tratado de paz que se vendió como el final de cuatro siglos de conflicto. Shamil Basayev, sin embargo, permaneció muy lejos de los planteamientos pactistas del presidente; era una apuesta a medio plazo que pronto dio sus réditos porque, la verdad, la Rusia que pactó con Chechenia en 1997 era como la España que le prometió derechos políticos a los cubanos después de sus primeras revueltas: no tenía ni un adarme de intención de cumplir lo pactado.