miércoles, mayo 18, 2022

La implosión de la URSS (7: El problema armenio, versión soviética)

 No es oro todo lo que reluce

Izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, detrás, ¡un, dos, tres!
La gran explosión
Gorvachev reinventa las leyes de Franco
Los estonios se ponen Puchimones
El hombre de paz
El problema armenio, versión soviética
Lo de Karabaj
Lo de Georgia
La masacre de Tibilisi
La dolorosa traición moldava
Ucrania y el Telón se ponen de canto
El sudoku checoslovaco
The Wall
El Congreso de Diputados del Pueblo
Sajarov vence a Gorvachev después de muerto
La supuesta apoteosis de Gorvachev
El hijo pródigo nos salió rana
La bipolaridad se define
El annus horribilis del presidente
Los últimos adarmes de carisma
El referendo
La apoteosis de Boris Yeltsin
El golpe
¿Borrón y cuenta nueva? Una leche
Beloveje
Réquiem por millones de almas
El reto de ser distinto
Los problemas centrífugos
El regreso del león de color rosa que se hace cargo de las cosas
Las horas en las que Boris Yeltsin pensó en hacerse autócrata
El factor oligarca
Boris Yeltsin muta a Adolfo Suárez
Putin, el inesperado
Ciudadanos, he fracasado; dadle una oportunidad a Vladimiro

El ministro de Asuntos Exteriores de Gorvachev, Eduard Shevardnazde, no era tan optimista como su jefe sobre la posibilidad de abandonar Afganistán. Tras una visita al país, el georgiano volvió convencido de que la URSS no podía dejar aquel teatro. Por eso, su sugerencia al secretario general será la de ganar tiempo. Gorvachev convocó una reunión del Politburó. Incluso se marchó de Moscú y la convocó en Novo-Ogarevo. En ficha reunión, Shevardnazde hizo bola con los militares a la hora de defender la idea de que Najibullah no se podía quedar solo. Al parecer, la discusión fue muy subidita de tono, y Gorvachev acabaría gritando. Sucintamente, los militares exhibían razones estratégicas puesto que, decían, si caía Najibullah, la influencia de Pakistán, valedor de los muyaidines, sería total en la zona. Gorvachev, sin embargo, repetía y repetía que los soviéticos habían adquirido un compromiso en Ginebra frente al resto del mundo, y no podían deshacerlo. Quería seguir siendo el hombre de paz.

Quería seguir siendo el hombre de paz, y asumir que era un bocachancla, porque había declarado, muy sobrado, que se iría de Afganistán en un plazo de nueve meses. Este acuerdo fue confirmado con los Estados Unidos en Ginebra. Así pues, finalmente las cosas hubieron de hacerse como el boss había decidido, y se produjo la retirada.

Shevardnazde le dijo muchas veces a Gorvachev que se equivocaba. Que su solución, basada en la retirada inmediata, no era una solución. Que sólo provocaría que más actores geopolíticos de la zona metiesen cuchara en el tema afgano y que, muy particularmente, Pakistán acabase por provocar una ultra-islamización del país. El tiempo, parece, ha terminado por demostrar que el ministro estaba bastante más acertado que su jefe superior.

Por lo demás, la actitud de Gorvachev frente a los Estados Unidos, por muy racional y lógica que fuese de acuerdo con los tiempos y las capacidades reales de la URSS, habría de tener las consecuencias que sus críticos temían. La URSS había hecho evidentes sus debilidades; y esto era un acicate de gran importancia para todos los actores que, dentro del mundo soviético, se consideraban excesivamente dominados. A partir de ahí, Gorvachev tenía que enfrentarse al peor de los problemas de su agenda: la desintegración del cinturón satélite de la URSS.

Esto, la verdad, ya os lohe contado en este blog. Pero tendremos que volver a referirnos a algunas de las cosas que ya hemos contado. A mediados de los ochenta, sin dudarlo, estratégicamente hablando el principal problema que tenía la URSS en su círculo de naciones satélites era Polonia. En puridad, siempre había sido así. Para convertir a Polonia en un miembro más del club soviético, Iosif Stalin había tenido que quebrarle el brazo, porque los polacos, sociológicamente hablando, igual que los gaditanos tienden a ser muy de Rocío Jurado, tienden más bien a ser anticomunistas. Así pues, en Moscú, desde el momento que en Varsovia se tuvo que imponer el gobierno del general Jaruzelski e imponer la ley marcial, se asumió que las cosas no irían sino a peor para ellos. De hecho, su esperanza nunca fue revertir los problemas en Polonia, sino conseguir aislarlos del resto de las naciones socialistas.

En el ámbito de la glasnost, en 1987, y tras una visita de Jaruzelski a Moscú en la que el general dejó claro que si no se hacía algo el tema podía estallar, se formó una comisión mixta de historiadores soviéticos y polacos cuya misión fue aclarar los principales aspectos de la reciente historia entre Polonia y la URSS o, mejor, entre Polonia y Rusia: la guerra de 1920, el pacto germano-soviético que le pavimentó a Hitler el camino a Varsovia; y, por supuesto, la matanza de Katyn. Esto ayudó, para qué negarlo; pero los polacos estaban ya en otro tono, y no se iban a quedar tranquilos con la aclaración del pasado. Ellos, lo que querían aclarar, era el futuro. Un futuro sin comunismo.

La oferta de Gorvachev para el conjunto de los países socialistas (Polonia, Hungría, Checoslovaquia y Bulgaria, además de Rumania, que iba por su cuenta) era establecer relaciones de igualdad, respeto de la soberanía y la autonomía de cada uno.

Es en este entorno de cosas en el que hay que entender las prevenciones que se tenían en el régimen comunista hacia el abandono de Afganistán; un abandono, además, a la naja. El abandono de Afganistán significa el primer ejemplo en el que un país de la órbita socialista la abandonaba. Ese hecho hará que el significado de la perestroika sea totalmente diferente en la URSS que en sus países satélite, pues para éstos vendrá a significar la posibilidad de decidir, diseñar y ejecutar su propio futuro, sin restricciones. Ojo con esto.

Pero pasemos al ámbito interior de la Unión, que también tiene lo suyo. Kazajstán, a lo tonto a lo tonto, tenía, en 1985, 14 millones de habitantes, lo cual la convertía en la cuarta república más grande de la URSS. En los tiempos de Gorvachev, su cúpula comunista mostraba una gran estabilidad, puesto que los kazajos llevaban desde 1971 siendo representados en el Politburó por el mismo secretario general local, Dinmohamed Ajmetuly Kunaev, o sea, mejor lo llamáis DAK porque ese patronímico no hay quien lo pronuncie. Kunaev era un tipo listo que, además, en el año 1986 supo entender muy bien la dirección que tomaban los vientos políticos y, por eso, se colocó al frente de una campaña de gran calado para eliminar la corrupción del PC kazajo (que llevaba décadas permitiendo). De esta manera, Kunaev dio por asegurado su futuro político y así de sobrado asistió, en 1986, al XXVII Congreso, en febrero de aquel año. Sin embargo, en diciembre del mismo fue descabalgado del PCK y del Politburó para dejar lugar a Guenadi Vasilevitch Kolbin.

Desde Kruschev, Moscú había comenzado a intentar que su control férreo sobre los partidos comunistas no rusos se notase lo menos posible. Por eso, había tomado la decisión, cumplida casi en cualquier caso, de que las repúblicas tuviesen un primer secretario general nacional, mientras que se nombraría un segundo secretario de procedencia rusa. El tema, la verdad, no podía funcionar en cuanto existiese un mínimo adarme de democracia en el sistema. O sea, imaginaros un Estado de las autonomías en  España en el que la cabeza del gobierno vasco fuese Urkullu, y el vicelendakari un tipo impuesto por el gobierno de Madrid. Además, teniendo como tenían los segundos secretarios la responsabilidad del nombramiento y cese de los cuadros del Partido, eran los que en realidad controlaban el poder del mismo; siguiendo con el símil, es como si el vicelehendakari nombrado en Madrid nombrase, asimismo, a los consejeros del Gobierno Vasco. A cambio, claro, el primer secretario recibía sitial en el Politburó; aunque, la verdad, como representantes territoriales, tampoco tenían mucha capacidad de influir en las decisiones del mismo. A Breznev, que como os he escrito más de una vez era un Stalin de vía más o menos estrecha, todo aquello no le gustaba mucho, y no fueron pocas las veces en las que se quejó del poco rusismo que mostraban algunas repúblicas, azuzadas en su autonomía gracias a estar dirigidas por alguien de su pueblo; pero nunca se atrevió a tocar el modus vivendi diseñado por Khruschev, puesto que había creado un determinado estatus quo, y lo que a Breznev se le daba bien era llevarse bien con todo dios y pisar sólo los callos estrictamente necesarios.

Genadi Kolbin había nacido en Nizhny Tahil, Sverdlovsk; era, pues, más ruso que las matrioskas. Sin embargo, Gorvachev tenía algo de soporte para tomar la decisión que tomó. El Congreso de 1986 había analizado con preocupación la escasa densidad de rusos en los partidos comunistas de la URSS; algo que, a la luz de la perestroika, adquiría una importancia especial, por las tensiones centrífugas que se introducían. No sólo, pues, existía, una decisión congresual en favor de la revisión de los cuadros partidarios en las repúblicas para tratar de mejorar la presencia rusa en los mismos; sino que empezar por Kazajstán tenía su lógica pues en este país, en realidad, habían vivido más rusos que kazajos hasta finales de los setenta; en unos pocos años, sin embargo, y dado que la diferencia de natalidad era muy grande entre kazajos y no kazajos, aquéllos lograron revertir la situación a base de frotar como si no hubiese un mañana.

Kolbin había trabajado en su Sverdlovsk natal y en Georgia con Shevardnazde; pero en Kazajstán, probablemente, no había estado en su puta vida ni cinco minutos cuando le nombraron secretario general de su Partido Comunista. Así pues, para los kazajos era un cunero, una persona impuesta. Un Chanel impuesto que desplazaba a los políticos Tanxugueiras. 

Así las cosas, el 17 de diciembre, cuando Kolbin no había podido sacar todavía los calzoncillos de la maleta, estallaron una serie de demostraciones en Alma-Ata que duraron dos días, y que fueron tan fuertes que poco faltó para que le cambiasen el nombre a la capital por Alma-Hostia. Patotas de manifestantes se aplicaron a hacer lo del Capitolio cuando perdió Trump en diversos edificios oficiales, con especial preferencia los del Partido Comunista, al grito de ¡Kazajstán para los kazajos! (que, bueno, en kazajo suena mejor, e incluso se puede decir con un polvorón en la boca)

Aquellos hechos pusieron a prueba las convicciones de Gorvachev y, la verdad, no lo hicieron muy bien. En cuanto a la perestroika, la reacción de Moscú no fue ni negociar ni nada que se le pareciera: les mandó a los antidisturbios a repartir hostias como panes. En cuanto a la glasnost, prácticamente no se publicó nada sobre los disturbios.

Gorvachev, sin embargo, supo reaccionar. El 10 de enero de 1987, una vez sofocadas las protestas, decidió que el segundo secretario del Partido en Kazajstán fuese un kazajo. Un par de años después, en junio de 1989, nombraría primer secretario a otro kazajo, Nursultán Abisuli Nazarbayev, NAN para los amigos, quien sería presidente de la república hasta su dimisión en el 2019.

Por su parte, Kolbin hizo esfuerzos sinceros por convencer a los kazajos de que era un dirigente que trataba sinceramente de entenderlos y de gestionar para ellos. Haciendo un esfuerzo muy notable, el primer secretario del PCK aprendió kazajo muy rápidamente, momento tras el cual inició una serie ambiciosa de contactos con personalidades culturales locales. Lógicamente, esto le supuso enfrentarse a los rusos residentes en la república, acostumbrados a ser un grupo privilegiado y que ahora temían pasar a ser justo lo contrario. Lo más gordo de todo era la cuestión del idioma. A principios de los años 80, apenas el 1% de los rusos residentes en Kazajstán hablaba kazajo. Pero, claro, también hay que tener en cuenta que el 40% de los kazajos no hablaba ruso. El tema era un sudoku de la hostia a la hora de regular cosas como las relaciones de los ciudadanos con la administración, o las reglas para acceder a puestos del funcionariado y, sobre todo, la educación. Si Kolbin cedía a la pretensión fundamental de los kazajos, que era la inmersión lingüística total, los hijos de los rusos simplemente no podrían seguir el ritmo en clase. En buena medida, de hecho, Nazarbayev fue designado en 1989 porque, en ese momento, era un hombre que tenía unas excelentes relaciones con Moscú, se lo tenía por un político exento de conflictos con Rusia y con los rusos y, consiguientemente, le aportó a los rusos residentes en Kazajstán la seguridad y tranquilidad que necesitaban.

Los conflictos lingüísticos siempre son muy sentidiños, como sabemos bien en España. Pero, para que podáis enmarcar correctamente el conflicto del idioma en Kazajstán, habréis de rebobinar (aquí y aquí) sobre lo que fue el Plan de las Tierras Vírgenes liderado por Leo Breznev. La inmensa mayoría de los rusos, o personas de origen ruso, que residían en Kazajstán, estaban allí por haber respondido a la llamada de Partido para convertir Kazajstán en el granero de la URSS y cumplir el sueño de que la Unión pudiese alimentar a su población sin depender de nadie. No estaban allí ni por el clima, ni por las tías, ni por la comida. Estaban allí porque habían respondido a una llamada patriótico-ideológica. La persona de origen no catalán que reside hoy en Cataluña, y que tiene derecho a que sus hijos sean cuando menos parcialmente educados en español, está allí por esas cosas de la vida que te llevan a vivir en un sitio u otro. Pero imaginaros que estuviese allí por una orden del gobierno de Madrid. Si así fuere, ese ciudadano se sentiría doblemente con derecho a que su lengua fuese respetada, puesto que su estancia en Cataluña no se debe a una decisión personal, sino a una decisión política del mismo poder que ahora tiene la responsabilidad de garantizarle respeto a su idioma

En todo caso, lo de Kazajstán, a pesar del problema generado por estas emigraciones masivas de rusos cuando de los años en los que se lo quiso convertir en el granero del mundo, no era nada al lado del laberinto caucasiano. Un laberinto que, muy pronto, lo sería de sangre.

El problema del Alto Karabaj se remonta a los tiempos en los que Lenin andaba sobre la Tierra escribiendo sus gilipolleces. En aquel entonces, Karabaj era lo que venía siendo de tiempo atrás, esto es, una tierra en la que vivían varios pueblos que, como todos los pueblos distintos y de costumbres montañosas, se llevaban como el culo. Para Lenin, estas querellas localistas tan habituales eran una oportunidad para llevar a cabo sus planes superadores del problema nacional; pero es que, además, la URSS tenía mucho interés en llevarse bien con la Turquía de Mustafá Kemal Atatürk.

El Karabaj era una tierra en disputa entre vecinos. Tanto los armenios como los azeríes se sentían con derecho de ser sus poseedores y administradores. En 1920, los bolcheviques consiguieron controlar Armenia; en ese momento, y puesto que Karabaj estaba poblado en un 95% por armenios, Moscú les prometió que el emplazamiento sería suyo. Sin embargo, en 1923, y como digo para complacer a Kemal, eternamente preocupado con que los armenios tuviesen demasiado poder, la región fue incorporada a Azerbayán.

Obviamente, los naturales de Karabaj, que como os he dicho eran mayoritariamente armenios, siempre quisieron volver a la matria. Con la muerte de Stalin y el proceso de cierta racionalización de las bestialidades que el camarada primer secretario general había cometido en el área, vieron el cielo abierto para solicitar la modificación de las cosas. La cosa, sin embargo, era demasiado complicada para Kruschev, quien nunca movió un dedo en serio sobre el tema; y en lo que toca a Breznev, yo personalmente creo que él mismo no estaba convencido de hacerles ese favor a los armenios.

En 1987, al calor de la nueva transparencia y la idea general de que ahora se podían plantear cosas que se habían dejado en paso durante décadas en el Paraíso Socialista, llegó a Moscú una petición avalada con 80.000 firmas solicitando una revisión de las fronteras fijadas en 1923. En ese momento, en Karabaj residían 140.000 armenios y 40.000 azeríes. El PCUS dijo niet.

Los armenios, obviamente, no olvidaron la movida. Los armenios, la verdad, nunca han olvidado nada. En Stepanakert, la capital de la república autónoma, las manifestaciones masivas se hicieron lo normal. No exentos de sorna, los armenios le decían a sus autoridades comunistas que no estaban haciendo otra cosa que recordarle al comunismo su Libro Gordo. ¿No había basado Vladimiro Lenin su teoría política sobre el derecho de los pueblos a elegir su destino? ¿No era ese concepto el que se había recordado y aducido para apoyar la reforma gorvacheviana, destinada a reequilibrar los poderes entre el Estado central y las repúblicas? Pero si eso era así y Karabaj, mayoritariamente, quería ser parte de Armenia, ¿qué puto problema había?

Los armenios que, la verdad, siempre han sido unos tipos muy listos, cosa que es lógica puesto que llevan más de dos mil años viviendo en medio de naciones muy poderosas, encontraron, además, un argumento muy moderno para soportar sus reivindicaciones: la ecología. Erevan, la capital de Armenia, era, de hecho, una de las ciudades más contaminadas de la URSS. Esto, desde Chernóbil, y a pesar de que la glasnost era, en lo concerniente a los desastres medioambientales, más bien una ful, había adquirido su importancia. Así pues, los karabajos se manifestaban en favor de la unidad con los armenios; unidad que, añadían, era necesaria para conservar su espacio natural sostenible, resiliente y empoderado.

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