lunes, mayo 23, 2022

La implosión de la URSS (9: Lo de Georgia)

No es oro todo lo que reluce

Izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, detrás, ¡un, dos, tres!
La gran explosión
Gorvachev reinventa las leyes de Franco
Los estonios se ponen Puchimones
El hombre de paz
El problema armenio, versión soviética
Lo de Karabaj
Lo de Georgia
La masacre de Tibilisi
La dolorosa traición moldava
Ucrania y el Telón se ponen de canto
El sudoku checoslovaco
The Wall
El Congreso de Diputados del Pueblo
Sajarov vence a Gorvachev después de muerto
La supuesta apoteosis de Gorvachev
El hijo pródigo nos salió rana
La bipolaridad se define
El annus horribilis del presidente
Los últimos adarmes de carisma
El referendo
La apoteosis de Boris Yeltsin
El golpe
¿Borrón y cuenta nueva? Una leche
Beloveje
Réquiem por millones de almas
El reto de ser distinto
Los problemas centrífugos
El regreso del león de color rosa que se hace cargo de las cosas
Las horas en las que Boris Yeltsin pensó en hacerse autócrata
El factor oligarca
Boris Yeltsin muta a Adolfo Suárez
Putin, el inesperado
Ciudadanos, he fracasado; dadle una oportunidad a Vladimiro

 


Si Gorvachev creía que la incomodidad de los azeríes se iba a concretar en críticas en programas de radio, estaba muy equivocado. En noviembre de 1988, en Azerbayán se creó (y la denominación no dejaba de ser un zasca stalinista) un Frente Popular, cuya principal misión era defender al Azerbayán contra el Estado soviético. De la perestroika a la DUI sin escalones.

Demasiadas veces en la Historia, tanto presente como pasada, se encuentran ejemplos de sistemas políticos que cometen el error de considerar que donde no existen fuertes sentimientos nacionalistas, dichos sentimientos no pueden nacer espontáneamente. Por hacer una pequeña digresión, es el tipo de error que yo creo que se está cometiendo en este momento por cierta izquierda respecto de la Comunidad de Madrid: puesto que ser de Madrid es ser de cualquier parte, no puede existir un nacionalismo madrileño. Pero puede: puede, siempre que el madrileño se sienta suficientemente agredido o discriminado por un poder que reputa no-madrileño. A los azeríes les pasó exactamente lo mismo. Históricamente, sus pulsiones antisoviéticas no eran gran cosa; pero ellos habían recibido un territorio del padre Lenin (cuyas flatulencias, debo recordar, no se ponían en cuestión en una URSS cuya retórica esencial era, precisamente, recuperar su mensaje, volver a la doctrina de los primeros padres de la Iglesia Roja); y ahora, como poco, no estaba claro que lo fuesen a conservar. En esas condiciones, ¿para qué mierdas mantener tu ficha del FC Barcelona, si el puto Xavi ni te convoca?

Los reformadores de Moscú fueron bastante torpes dejando que el Frente Popular Azerí naciese y se desarrollase; porque, de hecho, lo que comenzó como un movimiento para limitar los poderes del gobierno federal acabó por recuperar una cosita que, la verdad, siempre había preocupado a los padres de la URSS.

Lenin y Stalin, en efecto, siempre habían tenido muy claro que, independientemente de las chorradas teóricas que escribiesen en libros y artículos, siempre debían trabajar en contra del Gran Azerbayán. Porque, efectivamente, los azeríes son una mancha que empapa (empapaba, entonces) dos naciones distintas: la URSS y el Irán de los ayatolás. Apoyar la reivindicación habría sido, para los bolcheviques, malquistarse con los iraníes, que siempre han sido unos tipos con la hostia floja, como ya os he contado varias veces. Los azeríes, además, al revés que los vascos, tenían precedentes históricos, puesto que, durante la segunda guerra mundial, la República Popular de Azerbayán (es más probable que la conozcáis como Azarbaycan Xalq Cümhuriyyati) había conseguido su existencia independiente. El Frente Popular, formado al fin y al cabo por personas que podían ser tontas pero no gilipollas, tampoco es que pidiese la reunificación; pero sí exigía que la URSS permease la frontera para permitir la reunión de familias y personas relacionadas (en términos gibralto-franquistas diríamos: pedían que se abriese La Verja). ¿Qué contestó Moscú? Pues, bueno, yo os diría que, cuando menos en mi opinión, en realidad no se opuso. O sea, no es que tomase una política decididamente contraria a esa permeabilidad. Simplemente, no la ejecutó porque estaba a otras cosas, y porque su diplomacia era muy poco eficiente. Pero, claro, el resultado, fuese cual fuese la causa, fue el mismo: los azeríes vieron su petición girada abajo, o sea, turned down. Y les jodió; vaya que les jodió.

En fin: asumiendo que tenía que hacer algo, Moscú decidió desarrollar un estatuto provisional para el Alto Karabaj, que se aplicaría bajo la administración bakuense. Siguiendo los dictados del ADN de Gorvachev, Tovarich Comisiones, se creó una Comisión Especial bajo la presidencia de un ruso, Arkadi Ivanovitch Volski, con tres adjuntos armenios y uno azerí (tratando, con ello, de clonar la proporción demográfica del Karabaj).

Volski era un puto pulpo en una fábrica de motores a reacción. Su especialidad era la política industrial, tema en el que había trabajado tanto para Andropov como para Chernenko. Y, además, como bielorruso de nacimiento que había desarrollado toda su carrera política en Rusia, era, para las dos partes en conflicto, un sospechoso. Para colmo, el nuevo Estatuto del Karabaj preveía la posibilidad de establecer estados de excepcionalidad en el territorio, cosa que se hizo inmediatamente, generando en la región un estado de excepción con gobierno militar.

Creando la nueva norma, Gorvachev estaba tratando de decirle a ambas partes que el estatuto territorial del Karabaj (esto es, su pertenencia a Azerbayán) no estaría en cuestión; pero esto es algo que cabreó a unos (los armenios) y supo poco a otros (los azeríes). Gorvachev seguía equivocándose: seguía creyendo que vivía en unos tiempos en los que podía colocarse en el exacto medio de las cosas, pero no era así.

Estando cercanas las elecciones prometidas para el Congreso de los Diputados del Pueblo, ambas partes del conflicto esperaban de esa nueva institución que fuese quien decidiese. Lo cual, en sí, era una idea revolucionaria (o más bien, metarrevolucionaria, pues venía a ser como la revolución de la revolución). Moscú no quería elegir el Congreso para que tomase decisiones por sí mismo, sino para que avalase la senda diseñada por el Partido, controlada por el Partido y que, inicialmente, empezaba y terminaba en el Partido. Ahora, sin embargo, tanto armenios como azeríes venían a decir que los diputados votados por la gente tendrían, precisamente por eso, más legitimidad constitucional para decidir sobre cuestiones constitucionales, como la autodeterminación, que otros. Aunque no lo decían, se entendía todo; o sea: a esos otros, ¿quién coño les había votado?

Una noche de ésas, según algunos testimonios, a la momia de Lenin, en el Kremlin, de repente, se la oyó decir, según el traductor de Google: Ya sobirayus'srat'na vse, chto tryasetsya. O sea: ¡Me voy a cagar en todo lo que se menea! La de Stalin, allí donde estuviere, parece ser que dijo, y no mentía: Ispravlyu eto cherez dva dnya (Esto lo arreglaba yo en dos tardes).

En el Cáucaso, por otro lado, todavía había otra movida gorda, gorda, de cojones: Georgia. Esta Georgia, no hace falta ni decirlo, no es la que tenía Ray Charles en sus recuerdos (de hecho, no se parecen en nada); aún así, sus habitantes también se llaman georgianos, lo que a veces da para alguna que otra confusión, espontánea o interesada. Georgia, ya sabéis, es esa nación donde la terminación -ez de los apellidos españoles es -vili, así pues allí todo el mundo Gomvili, Pervili, Gonzalvili, y así mucho. Y es la patria de Stalin y de Beria, que es una cosa que no es como para andar enseñándola, pero bueno.

La URSS se anexionó Georgia el 25 de febrero de 1920. Contrariamente a las imbecilidades que cuenta Lenin en sus libros, los georgianos no se adhirieron a la URSS haciendo uso de su derecho a la autodeterminación; fueron apuntados al club a hostia limpia tras un baño de sangre que, en agosto de 1923, aplastó un movimiento nacional cuyo objetivo era, precisamente, hacer uso de su derecho de autodeterminación para decirle a Moscú que se iba a unir a su URSS su puta madre. Desde ese día, tanto ese demócrata avant la lettre que la perestroika, y tanto intelectual de debate de la Sexta, quieren ver en Lenin, y su creación, esto es Iosif Stalin, se aplicaron con una violencia extrema contra los georgianos; el segundo de los citados, claro, con la fe del converso.

La cosa está en que tanto Lenin como, sobre todo, Stalin, como sabían bien que todas las cosas que estaban escribiendo y colocando en sus plúmbeos discursos, sugiriendo que los nacionalismos se apartaban felices ante la importancia y peso específico de la Revolución, eran una puta mentira, se dieron cuenta de que lo que había que hacer con los sentimientos nacionales era diluirlos. Y la mejor forma de hacerlo eran las emigraciones forzadas. Como, al fin y al cabo, ambos se sentían completamente dueños de la URSS (la Vanguardia Revolucionaria que sabe lo que hay que hacer para que el pobre proletario medio lerdo sea feliz y esas cositas que escribió Engels, otro que tal). Así pues, si los georgianos eran muy georgianos, lo que había que hacer es que fuesen menos.

Así las cosas, el primer problema que existía en Georgia era el de los abjazos. Los abjazos, unos tipos, que, así dichos, parecen hijos de un lapo, son una población musulmana que, dato importante, tienen una lengua propia. Eran pocos: en 1989, había poco más de 100.000 en Georgia frente a cuatro millones de georgianos.

Ni antes, ni después, de que los bolcheviques liberasen a las poblaciones soviéticas de todos los yugos menos el suyo, los abjazos habían querido vivir con los georgianos. Todo lo contrario. Los abjazos, como buenos islámicos, no se sentían cómodos en un territorio que no admitía que Alá es el más grande y que sus normas (la sharia) son las que se deben seguir para ser un buen ciudadano; por ello, su sueño, antes y después del leninismo, era reunirse con sus viejos hermanos históricos, que no eran otros que los turcos.

Sin embargo, cuando Lenin, que ya había dejado aquel teatro bastante descojonado, fue sustituido por Stalin, quien, con la fe del converso como os he dicho, tenía una especial voluntad por solucionar el problema georgiano por el artículo 33, el camarada primer secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas decidió meterles a sus compatriotas un pepino por el culo: le dio a Abjasia el estatus de república autónoma, emplazada dentro de Georgia pero con amplios derechos autónomos, sobre todo culturales y lingüísticos. Así pues, los georgianos tenían, por un lado, que aprender ruso, pues su paisano Iosif les obligaba a ello; y, al mismo tiempo, tenían que respetar la inmersión abjaza en el marco de la república autónoma. Imaginaros a los tabarneses integrados en la comunidad autónoma catalana, pero como territorio autónomo, con capacidad, por ello, de decretar que en sus escuelas se van a impartir dos minutos al año de enseñanza en catalán. Es más o menos el concepto, siempre y cuando, además, os imaginéis que los tabarneses fuesen unos devotos suníes. ¿Qué podía salir mal?

Así las cosas, abjazos y georgianos habían estado dándose pataditas en las espinillas desde los tiempos de Lenin. La cosa cogió momento en 1978, año en el que Georgia se dotó de una nueva Constitución (consecuencia de la nueva Constitución soviética de 1977) en la que estableció que el georgiano era la lengua oficial de toda la república.

La reacción de los abjazos fue solicitar su escisión de Georgia para pasar a formar parte de Rusia.

Cuando ese conflicto se hizo presente, Leónidas Breznev juzgó, y no cabe reprochárselo, que mejor era amigarse con cuatro millones de georgianos que, históricamente, habían demostrado tener una mala hostia DEFCON 1; así pues, Moscú dio su nihil obstat al proyecto de unificación lingüística georgiana. Además (ya os he dicho que Breznev, en realidad, sólo era un Stalin 2.0), desde la metrópoli se inició una política sistemática de colonización de Abjazia con colonos georgianos [Inciso: hablamos de finales de los setenta del siglo pasado y años posteriores. Los mismos años en los que la URSS estaba poniendo al Estado de Israel de puta para arriba por favorecer el establecimiento de colonos hebreos en territorios palestinos. Esta inconsistencia nunca fue apreciada por todas esas personas siempre preocupadas por el bienestar del pueblo palestino, pero a los que el del pueblo abjazo se les daba una higa, entre otras cosas porque ni sabían que existía sobre la Tierra].

Georgia, por otra parte, tenía un problema bien grave con la corrupción. En el PCG, la Gürtel habría sido un juego de tarados. Vasil Palovitch Mzhavanazde, un veterano político que había nacido con el siglo y que dirigía los intereses del comunismo en Georgia, tuvo que ser sustituido precisamente por Shevardnazde cuando los manejos en el Partido fueron ya algo hediondo. Pero Shevardnazde fue convocado por Gorvachev a Moscú, por lo que hubo que nombrar un nuevo patrón: Djoumber Patiachvili; quien, por cierto, llegó al cargo declarando que Schevardnazde no había hecho el huevo y que el Partido seguía de mariscadas y de putas como siempre.

La inquina georgiana, ciertamente, se matizó muchísimo con la marcha de Shevardnazde a Moscú. En la república caucásica, muchos fueron los que pensaron que situar a un georgiano en el gotha del nuevo poder soviético les garantizaba que serían escuchados y respetados. Sin embargo, cuando lo nombraron ministro, y con cierta lógica, comenzaron a pensar que, probablemente, ahora su paisano se preocuparía de otras cosas, y que los dejaría más o menos desamparados.

En 1985, cuando el conflicto del Karabaj comenzó a coger momento, en Georgia las voluntades comienzan a inquietarse también. Cuando a la región se le concedió el Estatuto especial y provisional, dicha inquietud se convirtió en pánico, pues los georgianos mayoritarios de Georgia sabían que tenían mucho que perder en una ola administrativa y legislativa que tendiese a reconocerle los derechos a las minorías.

Dicho y hecho: los delegados abjazos de la XIX Conferencia, agarrándose a las admoniciones oficiales en el sentido de reequilibrar los derechos entre el Estado y los territorios, el mayor respeto a las minorías y todo eso, reclamaron su derecho de escindirse de Georgia. La Conferencia contestó con el silencio pero, claro, para unos tipos que sabían que sus padres y abuelos, de haber defendido lo mismo que ellos, se habrían expuesto a ser detenidos, torturados y fusilados, aquello no fue nada. Visto que nada de eso pasaba en un Estado soviético que ya no estaba en condiciones de resolver sus problemas internos a la estaliniana, los abjazos comenzaron a tensionar las costuras de todo el sistema administrativo y de gobierno soviético, ahogando literalmente a dichas instituciones con peticiones y propuestas varias, todas en la misma dirección.

Georgia, lógicamente, no podía permanecer ajena a todo aquel follón. Así las cosas, el 18 de febrero de 1985, las autoridades georgianas montaron una manifestación monstruo que transcurrió por las calles de Tibilisi, la capital, gritando eslóganes contrarios a la secesión del territorio. Los abzajos, ésa era la teoría, eran una minoría tan minoritaria que hacía falta adaptar sus derechos a su importancia cuantitativa. En la práctica, pues, lo que querían era cortarles las alas.

La cosa se iba a poner mucho peor.

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