martes, junio 05, 2007

Una Lolita barroca

Un refrán español dice que «tiran más dos tetas que dos carretas». Su significado está fuera de toda duda, al menos para los hombres. Así las cosas, la Historia no es parca en momentos en los que la mujer, en tanto que elemento de atractivo sexual para el hombre, ha tenido un papel importante. Quizá la más conocida por todos es la historia de amor entre Helena y Paris, que provocó, según Homero, la guerra de Troya. En realidad, poco importa que aquel enfrentamiento tuviese, que las tuvo, otras y muy distintas raíces. La hipótesis amatoria es tan verídica que todos la hemos creído sin problemas.

Hoy quiero hablaros de una Lolita barroca que estuvo a punto de provocar lo más parecido en su época a una guerra mundial (guerra que, por todo lo demás, acabaría por producirse, años más tarde, sin su concurso). Sobre lo de Lolita, es éste un mito contemporáneo que se debe a la novela del mismo título del escritor Vladimir Nabokov. Una Lolita es una mujer aún niña que, a pesar de ello, tiene ya (y/o lo fomenta) un fuerte atractivo sexual para los hombres.

Nuestra Lolita es francesa, se llama Carlota Margarita de Montmorency, es hija del Condestable de Francia (todo un cargo) y tiene, en 1609, quince años. Así pues, se le podría adaptar la letra de aquella canción de Hilario Camacho que decía:

Tienes ya quince años, cuerpo de ola
y tu madre no quiere que salgas sola.

En aquel entonces, era normal que los adolescentes, y sobre todo las adolescentes, se casaran. La vida era más corta que ahora, al frisar los cuarenta cualquiera estaba ya para los restos y, además, entre las gentes importantes era fundamental atar compromisos y sellar alianzas. A la de Montmorency la pretendió un candidato de su nivel, Enrique de Borbón, Príncipe de Condé, que entonces contaba 21 años de edad.

Reina en Francia Enrique IV, que a la sazón tiene 56 años, edad que, ya lo hemos dicho, no tiene nada que ver con los 56 años de hoy en día, que pasa tanta gente yendo al gimnasio, practicando el paddle y comprándose coches marca BMW; para entonces, era ya una edad provecta en la que los hombres de bien comenzaban a volver su cara a Dios y olvidar las cosas mundanas. No así nuestro Henry el cual, a lo que se ve, todavía quería vivir la vida y, cuando vio a la núbil Carlota Margarita, se prendó de ella, con tal fuerza que el propio Enrique de Borbón, consciente de que el que manda, manda, incluso le planteó anular sus planes de boda para dejar el camino libre al viejo monarca rijoso. El rey, sin embargo, guardó las formas, se hizo el ofendido, y le dio a Enrique su permiso para los esponsales.

El matrimonio Borbón-De Montmorency se celebró el 17 de mayo de 1609 y, tras dicho acto, el rey llamó a la pareja para una ceremonia que era tradicional entre las bodas de alcurnia francesas de la época: el besamanos a la reina por parte de la novia. Así pues, los recién casados se fueron a Fontainebleau, el lugar donde entonces residían la mayor parte del tiempo los reyes de Francia, pensando que tal besuqueo les llevaría todo lo más un par de días; pero se quedaron más de diez, en los que el novio fue descubriendo, poco a poco, que el rey no podía pasar sin el babeo diario al ver cerca de sí a la tierna Lolita de sus sueños.

Como quiera que aquellos eran reyes absolutos y no los que hay ahora, o sea hacían su real gana, Enrique no tuvo más que ordenar a su vasallo el Príncipe que quedase a su servicio, o sea cerca de él; obviamente, las habilidades políticas del Borbón le importaban una mierda; él lo que quería era tirarse a la niña. Claro que eso también lo sabía su marido, motivo por el cual contestó que vale, que se quedaba (tampoco tenía elección); pero solo.

Taimado como buen francés, el rey Enrique comenzó a adular a su vasallo. Le ofreció ser miembro de su Consejo (dicho de otra forma: como me gusta tu bollicao, te nombro ministro), a lo que Enrique de Borbón le contestó: como que sí, pero mi mujer no se queda. Eso mosqueó bastante al monarca que, por toda respuesta, sacó de su interior al cabroncete que llevaba, así pues resolvió sitiar al celoso marido por hambre. Ordenó a su hacienda que no se le pagasen sueldos, ni gajes, ni pensiones; es más: hizo saber en la Corte que quien le prestase dinero dejaría de gozar de sus, a todas luces, veletudas proclividades.

La pasión del rey iba en aumento. Según los relatos de la época, salía de palacio, se tocaba con una barba postiza y con ropas impropias de su condición y se iba a espiar el paso de Carlota Margarita allí donde estuviere. La princesita, sin embargo, estaba bien guardada por su celoso marido, quien la hacía acompañar siempre por una compañía de ertzainas de la época lo cual, según nos cuenta en su relación sobre el caso el general italo-español Ambrosio Spínola, tuvo como consecuencia que el rey «vino a encenderse más». A buen entendedor…

Así las cosas, el rey dio al príncipe un ultimátum: o en diez días se trasladaba la familia Borbón-Montmorency a la Corte, o el señor Príncipe se iba derechito a la Bastilla; los cargos, ya se vería. La reacción del príncipe fue aceptar (nos ha jodido), pero con el matiz de que él iría personalmente a buscar a su esposa para llegarse ambos juntos a Fontainebleau. El rey, ciego de pasión, no vio la jugada, y aceptó.

Borbón se fue a por su mujer y, una vez ella en la grupa de su caballo, tiró hacia el Este y se presentó en Bruselas, posesión española, donde pidió más o menos lo que hoy denominamos asilo político.

[Debéis recordar que estamos en 1609. Aunque décadas después, y hasta hoy, España la reinarán los Borbones, entonces aún reina la casa de Austria; más concretamente para ese año, Felipe III.]

Enrique IV montó en cólera. Hizo varias cosas. En primer lugar, impulsar una campaña de imagen internacional en la que, cual Miguel Sebastián barroco, lanzó contra el príncipe toda serie de remoquetes, vituperios, y acusaciones de pasadas lisonjas con otras mujeres, a fuer de convencer a su adolescente esposa de que su marido era un pendón desorejado que la haría muy infeliz. También pensó, pura y simplemente, en raptarla. No obstante, lo que le sirvió fue la apelación a la familia. Papá Condestable y la tita Madame de Angulema se dedicaron a escribirle cartas a la niña, a la que terminaron por convencer de que debía volver.

La huida de Enrique de Borbón provocó un problema político de primer nivel. Se había pasado a las Provincias Unidas (más o menos el territorio del actual Benelux: Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo), que era algo así como el Vietnam de la Europa barroca: cuando las potencias, es decir España, Francia e Inglaterra, no se querían hostiar directamente, lo hacían en las Provincias Unidas a cuenta de la religión, ya que los holandeses querían ser protestantes pero la corona española era fiel defensora del catolicismo (la guerra de las Provincias Unidas duró décadas y décadas y quien mejor os la puede explicar es el elefante Tiburcio, que la ha estudiado mucho más que yo durante sus estancias selváticas).

España, acojonada en un primer momento, quiso sacarse el problema de encima y, una vez Enrique de Borbón en Bruselas, resolvió darle el pase y exigirle que saliese de terrenos españoles en 72 horas, cosa que hizo marchándose a Colonia. Sin embargo, en los días que siguieron no pocos consejeros del rey en Madrid se acordaron de Antonio Pérez, desleal secretario de Felipe II que había sido expulsado de la Corte y había recibido refugio en París, de donde el rey francés se había negado a extraditarlo. Donde las dan las toman, monsieur, debieron pensar; invitaron al Borbón a regresar a Bruselas, donde lo acogieron.

El intento de rapto de Carlota Margarita fue todo un suceso. Ya hemos dicho que, para entonces, ella ya estaba de acuerdo en ser raptada. Sin embargo, hubo filtraciones y los españoles supieron de las intenciones del embajador francés, motivo por el cual decidieron trasladar a la niña de su residencia en el palacio de Orange al palacio de Bruselas, donde podían poner un soldado de los tercios en cada esquina y sería, por lo tanto, imposible raptar incluso a una puta cucaracha. Esto provocó que el embajador francés y la voluntariamente protorraptada acordasen adelantar el hecho a la noche del mismo día en el que hablaban.

Ese día, Carlota fingió estar indispuesta (el eterno cariño, me duele la cabeza) para poder dormir sola. Además, todos los franceses que estaban en la cena se retiraron muy pronto, aunque lo que hicieron fue esconderse en un jardín que había debajo dela ventana del dormitorio de la princesa. Así se quedaron todos esperando hasta las dos de la mañana, hora en la que penetraron en el palacio de Orange dos compañías de caballeros a caballo y seiscientos burgueses armados (y es que los franceses, cuando raptan, raptan a lo grande).

El príncipe se despertó con el bullicio y, al punto, salió echando leches a la alcoba de su mujer, cuyo vestíbulo se encontró repleto de nobles y otros personajes franceses, a los que empezó a insultar y a amenazar. Cómo debió ponerse el tipo que siendo él sólo contra varias decenas de nobles, apoyados además por decenas de caballeros y seiscientos tipos armados en el jardín, consiguió que los franceses se jiñasen y se piraran sin la princesa, que se quedó allí, como diría Almodóvar, al borde de un ataque de nervios.

Enrique IV, cuando se enteró, dijo lo que Groucho Marx: «¡Más madera, es la guerra!»

La guerra, sí. Había en el área de las Provincias Unidas un conflicto de posesiones, uno más, el que afectaba al ducado de Clèves, pretendido por el conde de Neoburgo, católico; y el de Brandemburgo, protestante. Con esta disculpa, pues eso era, Enrique formó un ejército y entró en Flandes. En realidad, todos aquellos piqueros, caballeros y trenes de artillería no tenían más razón de ser que recuperar a su Lolita. España reaccionó con una leva de 6.000 valones, 6.000 alemanes, 2.500 soldados austriacos y se hizo fuerte en Filippeville, en la provincia de Namur, muy cerca de la raya de Francia. La niña pidió el divorcio pero los españoles le contestaron que en su mundo el único que divorciaba era el Papa (y el Papa no dijo nada; bastante estaba con estar en Roma, au dessus de la melée, evitando que le cagase a él el palomo).

¿Qué ocurrió? Pues nada. Un tronado lo resolvió.

El 14 de mayo de 1610, cuando la guerra francoespañola se mascaba, el rey francés salió del Louvre para darse un paseo y un baño de masas por París. Se paseó por las calles de la capital, entonces más estrechas que hoy en día, en una carroza descubierta. A la altura de la calle de la Ferronerie, al parar por la densidad del tráfico, un católico desequilibrado, Juan Francisco de Ravaillac, se subió a una rueda de la carroza y le asestó dos puñaladas en el corazón, como dicen hoy los portavoces del SAMUR, ambas incompatibles con la vida. Quería librar a Francia de un rey que había combatido en el bando hugonote, es decir protestante. El asesinato desinfló la guerra, claro, pues la guerra no tenía más razón de ser que la pasión senil de una persona ahora muerta.

Enrique, al principio, no quiso ni siquiera volver a dirigirle la palabra a su esposa; pero la historia nos dice que le dio tres hijos: Ana Genoveva, Luis y Armando, por lo que hemos de concluir que algún tipo de arreglo de pareja habría entre los dos.

Y Europa estuvo a punto de iniciar un baño de sangre por un capricho.

jueves, mayo 31, 2007

Leer vidas

Como ya sabéis, ando yo un poco apartado del mundo ordenadoril y con dificultades para escribir posts en los ratos libres. Afortunadamente, todavía nos queda Tiburcio, nuestro elefante de cámara, coposteador de este espaciete. Es él quien ha venido a salvarme con un excelente post recomendando más lecturas. En leyéndolo me ha entrado en gusanillo de añadir dos o tres apostillas, motivo por el cual el texto original lleva, en su final, un anexo debido a mí, con mis recomendaciones.

La cosa va hoy de biografías. Que lo disfrutéis, y que disfrutéis las recomendaciones.

...

Leyendo vidas. By Tiburcio Samsa (AKA Inasequible Aldesaliento), con un interesantísimo anexo de JdJ.

Una buena biografía tiene que estar un poco a caballo entre la Historia y la literatura, aunque siempre inclinándose más del lado histórico. Para mí los mejores biógrafos son los anglosajones. No sé cómo, consiguen contar la Historia sin resultar aburridos ni pedantes, y meten anécdotas que humanizan al personaje y distraen al lector, sin caer nunca en el cotilleo. En comparación, los alemanes son plúmbeos y sus biografías parecen hojas de servicios de funcionarios extraídas de algún Boletín Oficial; los franceses son ligeros y se van por las ramas a la mínima de cambio y así relatar los éxitos de Alcibíades en las Olimpiadas puede servir de excusa para informar al lector de que la autora del libro en cierta ocasión ganó el primer premio de latín y el segundo de griego en un concurso (ver Alcibíades, de Jacqueline de Romilly). En cuanto a los españoles, las pocas veces que se deciden a escribir biografías suele ser para denigrar al biografiado (La incompetencia militar de Franco, de Carlos Blanco Escolá) o para hacer prensa del corazón (véase la pésima biografía que sobre Jaime Gil de Biedma escribió Miquel Dalmau, que parece más interesado por la vida sexual del biografiado que por su literatura; tal vez si escribiera la biografía del actor porno Nacho Vidal, haría hincapié en sus poemas de adolescencia).

En fin, algunas recomendaciones para los que quieran mezclar Historia y literatura:

El Conde-Duque de Olivares, de J.H. Elliott. Se centra sobre todo en la acción política del Conde-Duque. Relata con minuciosidad todos los pormenores de los problemas a los que se tuvo que enfrentar el Conde-Duque y cuáles fueron los determinantes de las decisiones que tomó. Al final uno no puede menos que sentir simpatía por ese hombre trabajador, al que si hubiera montado un circo le habrían crecido los enanos.

Ribbentrop, de Michael Bloch. Es la biografía del jerarca nazi más ridículo de todos, mal que le pese a JdJ, que sigue convencido de que ese título le corresponde a Göring. Ribbentrop fue el Ministro de Asuntos Exteriores de Hitler entre 1938 y 1945 y resulta entre patético y grotesco, verlo pasear por una Europa en llamas, preocupado exclusivamente por si Rosenberg le estaba invadiendo sus competencias o si Ciano le había hecho un feo.

Alejandro Magno, de Mary Renault. Me imagino que Mary Renault, después de escribir su trilogía sobre el conquistador macedonio, se dijo que para amortizar el esfuerzo de documentación, bien podía escribir una obra histórica. Es indudable que Mary Renault está enamorada de su personaje y que el libro es más una hagiografía que una biografía, pero aun así es de lo más recomendable.

Freud, darkness in the midst of vision, de Louis Breger, que no solo escribe la vida de Freud, sino que psicoanaliza al mismísimo padre del psicoanálisis. Me confirmó lo que siempre había sospechado: que el complejo de Edipo es una engañifa. Según Breger, Freud lo descubrió para distraer la atención sobre su verdadero complejo de inferioridad, que le venía de ser hijo de un padre judío en una sociedad antisemita, manirroto e incompetente. Como Gil de Biedma diría muchos años después: era imposible descubrir el complejo de Edipo en las condiciones reales de la sociedad austrohúngara de finales del siglo XIX. Un Edipo entonces habría consistido en el deseo de matar a tu madre (que era la dueña de la casa) para poder acostarte con la criada (que era quien hacía las tareas domésticas). Pero me estoy yendo por las ramas. Es mi gran defecto, como me dice mamá Yocasta.

Espero que disfrutéis con estos libros. Siempre es más fácil leer una biografía que vivir una vida y vistos los resultados puede hasta resultar más aconsejable.


Apéndice de JdJ

Hay algunos libros que me parece pueden ser añadidos a esta lista, y no creo que Tiburcio esté en contra de una sola de estas recomendaciones.

Extraordinaria me parece la biografía de Stalin, Stalin: triumph and tragedy, de Dmitri Volkogonov. Yo la leí en inglés y, honradamente, no sé si existe edición en español. Volkogonov fue uno de los militares de alta graduación que se apuntaron a la era Gorvachov, aquello de la glasnost y la perestroika. Por lo tanto, es uno de los primeros historiadores rusos que tiene acceso a fuentes que han pasado décadas, y en parte siguen, ocultas a los ojos mortales. Es autor también de sendas biografías de Lenin y de Trosky, que no he leído porque son dos personajes que me causan mucha menos curiosidad.

En todo caso, si quien lee esto es capaz de leer en ruso (o en inglés para las traducciones) me parece valioso recomendarle que esté al tanto de las novedades historiográficas rusas. Rusia es un país que hoy está elaborando grandes trabajos a causa, precisamente, del volumen de documentación hasta ahora ignota que se está poniendo a disposición de los scholars. Entre los libros escritos por no rusos, me gustó bastante Beria: Stalin’s first lieutenant, obra de Amy W. Knight, a pesar de que el libro trata de reivindicar la figura de Beria, algo que me parece misión imposible.

Otro libro muy interesante es RFK: his life, escrito por Evan Thomas. De nuevo, debo decir que lo he leído en inglés. La biografía es muy completa y cumple la función para la que fue concebida, esto es, sacar a un personaje histórico de primer nivel, Robert Kennedy, de la sombra de su hermano Juanito, y mostrárnoslo.

Sí que sé que se ha editado en español el libro de Chung Jang y John Halliday, Mao: the unknown story. Otro libro muy recomendable, si bien para disfrutarlo completamente es, tal vez, necesario, conocer dos palabras con anterioridad sobre la historia de China en el siglo XX.

Olvido imperdonable por tu parte, Tibur, es la monumental biografía de Adolf Hitler escrita por Ian Kernshaw, y que en España está ya editada en libro de bolsillo baratito.

Entre los españoles, me gustaría recomendar las últimas tendencias, relativas sobre todo a los tiempos de la República, pero no puedo. Al contrario que Tiburcio, no creo que las biografías se escriban en España para denostar; también hay un importante volumen de hagiografías. Así, el libro de Octavio Cabezas sobre Indalecio Prieto es un inteligente ejercicio boxístico: el autor hace uso de un inigualable juego de piernas y de cintura para esquivar, uno tras otro, los aspectos no demasiado claros, y hay bastantes, de la vida política de Prieto. Por lo que se refiere a la biografía de Negrín escrita por Moradiellos, como ya he escrito aquí es bastante más equilibrada, lo cual no quiere decir, en modo alguno, que sea equilibrada.

Por supuesto, esta división de los historiadores en tirios y troyanos afecta, primero que a todos, a la figura centralmente polémica de todo aquello, que es el general Franco. Nunca recomiendo biografías de él porque pienso que la biografía adecuada (o la que yo considero adecuada) está por escribir. Y me explicaré: mi opinión es que, para acercarse a una figura compleja, importante y de peso históricamente hablando, una figura de poder, no se puede analizar tan sólo al hombre. Como dice Kernshaw en el prólogo de su libro, escribir la historia de Hitler es, en gran parte, escribir la historia del pueblo alemán y de cuándo, cómo y, sobre todo, por qué, decidió unir su destino con el de aquel soldado veterano, bajito y de mala leche, aficionado a la pintura y a Wagner, para colmo austriaco. Ese análisis, apasionado a la par que desapasionado, no ha sido hecho aún en el caso de Franco y el franquismo.

martes, mayo 29, 2007

Carta a D. Manuel Marín

Estimado señor Presidente:

Me dirijo a usted llamándole estimado porque, después de aprobada aquella reciente ley sobre gobierno corporativo en la que desaparecían los tratamientos de excelentísimo e ilustrísimo, supongo que es lo que debo hacer. El motivo de la presente es comentarle un par de cosas sobre un paseo que me dí no hace muchas horas del momento en que escribo estas líneas.

Como tenía tiempo y algo de dinero (como se verá, era algo, pero no mucho; no suficiente), me dirigí al Paseo de Coches del Retiro, a visitar la Feria del Libro. No es lugar al que vaya todos los años (yo soy más de Feria del Libro Antiguo), pero fui y, la verdad, me sorprendí muy gratamente. La Feria del Libro de Madrid es, cada vez menos, un compendio de librerías que trasladan su escaparate al parque y ofrecen un 10% de descuento, y más un compendio de casetas pertenecientes a quien tiene, de verdad, algo que ofrecer. Pasé dos horas deliciosas visitando stands, al cabo de las cuales me pesaba en el hombro derecho el resultado de dichas visitas, en forma de varias bolsas con libros y folletos.

Ya me iba cuando, saliendo de la Feria por su principio, las primeras casetas, caí en el área amarilla, correspondiente a las instituciones oficiales. Es muy recomendable visitar estas casetas. Los editores oficiales (casi todos) suelen tener dos características clave: la primera, publican libros interesantes que, por ser su interés minoritario, tienen dificultad para ser publicados por editores comerciales; y dos, ya que son públicos, suelen tener su propia red de ventas y esas cosas, editan libros baratos. En la caseta de la Junta de Comunidades de Castilla La Mancha, que por la presente recomiendo a los paseantes, encontré libros para mí muy interesantes, primorosamente editados, por 15 euros. Hoy en día, un libro nuevo ya no cuesta 15 euros.

Recomendabilísima, también, la pequeña caseta de la Diputación de Valladolid. Da gusto ver a una institución política trabajar, aunque sólo sea un poquito, por la cultura y el conocimiento.

Luego llegué a su caseta, señor Marín. La caseta de las Cortes Generales. Allí me atendió un señor muy amable que se interesó por mis intereses, valga la redundancia. Yo me confesé al punto: a mí, del Congreso, lo que me interesa son las actas de los plenos. He leído docenas de discursos e intervenciones recensionadas o copiadas en otros tantos libros de Historia, pero siempre he tenido grandes dificultades para encontrar las actas, la fuente directa.

Pero eso resulta que existe. Con escaso interés (al principio no lo entendí; pero luego llega la solución), el atendiente del stand me informó de que todas las actas de los plenos del Congreso desde las Cortes de Cádiz están siendo editadas en DVD. Me sacó uno, que hacía el número 14, que abarcaba algunas legislaturas de mitad del siglo XIX. Luego he comprobado que esta información está en su página web.

He de reconocer que me solacé. ¡Qué ejemplo de sensibilidad cultural e histórica! Finalmente, los cuatro gatos que tenemos este gusanito, amén de los profesores universitarios y ese tipo de ralea, tendremos la posibilidad de llevarnos a nuestras casas las actas y pasar las horas muertas leyendo.

Luego llegó la explicación del escepticismo de mi interlocutor. «La verdad», confesó entre dientes, «es que estos DVD tienen un precio un poquito disuasorio».

El que tenía en la mano valía 213 euros. Casi 35.500 pesetas.

Señor Marín: el Boletín Oficial del Estado desde 1845 está colgado en internet. Cualquiera puede, por el precio de la tarifa de ADSL (más el tóner de la impresora de las copias, y el papel), entrar en la página, utilizar un buscador, encontrar lo que busca, guardarlo en su disco duro e imprimirlo. El Instituto Nacional de Estadística tiene prácticamente todos sus anuarios estadísticos del siglo XX escaneados y colgados en su web. Conocer, por ejemplo, la mortalidad por la gripe española de principios del siglo XX es una operación que cuesta menos de cinco clicks.

Sin embargo, para leer los primeros debates parlamentarios tras La Gloriosa de 1868, hay que pagarle a usted 213 euros. 35.500 pesetas.

¿Tan pobre es el Congreso? Pues que suba el café y lo ponga al precio de la calle. Y no le diré eso de que «que se bajen los sueldos los diputados» porque me tengo por uno de los tres o cuatro españoles que piensan que los diputados no es que ganen demasiado, es que deberían ganar bastante más. Claro que, visto lo visto, me lo estoy pensando.

Con esta actitud, señor Marín, está demostrando un desprecio olímpico por el conocimiento histórico. No sé si es usted muy dado a hacer de corifeo de eso sobre lo que tanto se habla ahora de la memoria histórica y tal; pero si cree en ello, podía empezar por aplicarse el cuento [que, ya puestos, si tan imporante es la memoria histórica, ¿por qué no se ha comenzado la publicación de los diarios de sesiones por la República y el franquismo?].

¿Qué memoria histórica está usted fomentando si la vende por 213 euros? A un estudioso que quiera hacerse con los diarios de sesiones entre 1812 y 1856 le obliga usted a desembolsar 1.000 euros. Y, claro, como no lo he comprado, no puedo hablar de lo que hay dentro. Pero, no sé por qué, tengo escasas, escasísimas ilusiones de que los diarios vengan en el disco acompañados de algún buscador o herramienta de gestión. Por 213 euros, ¿a qué podemos aspirar? Unos cuantos legajos escaneados, y a tirar millas.

Le repito que, dentro del ámbito público, tiene usted muchos teléfonos a los que llamar donde instituciones con presupuestos similares o inferiores a los de la institución que usted preside le podrán explicar cómo se hace para poner eso a disposición de la gente. Gratis.

En la Feria del Libro hay muchas casetas. Unas las miras, otras no. Yo, por ejemplo, paso siempre de largo por las muchas que hay sobre esoterismo, parapsicología y esas cosas. Pues bien: que sepa, señor Marín, que ayer me fui del Retiro pensando que la opinión que yo tengo sobre el esoterismo es, cuarta arriba, cuarta abajo, la que tiene usted sobre el conocimiento histórico.

Su seguro servidor, más que improbable pagador,

JdJ

jueves, mayo 24, 2007

Aviso para lectores

3 de cada 10 personas que nos hacen el honor de entrar en este blog lo hacen con cierta habitualidad. Todos nos caeis bien, desde luego; pero estos nos caen bien periódicamente, con machaconería.

Es, sobre todo, a estos lectores continuados a los que quiero dirigirme hoy para daros eso que se llama hoy en día una información de servicio público. Durante los últimos tres meses, Ina y yo mismo hemos hecho todo lo posible por acostumbraros a un ritmo de un post nuevo cada dos días o así (dos o tres días, más bien). Sin embargo, en las próximas cuatro a seis semanas, quizá, sólo quizá, el ritmo sea algo más dilatado. Por una serie de circunstancias personales en modo alguno luctuosas (la cosa tiene que ver con obras de reforma y tal), calculo que las próximas seis semanas pasaré la mitad del día absolutamente alejado de: a) mi ordenador; b) cuando menos una parte de mi biblioteca. Ambos elementos son críticos para la alimentación de este blog.

Quiero rogaros paciencia y fe. No vayais a pensar que ciertas ausencias son síntoma de cansancio o de que empezamos a pasar del blog. Nanay. Son, pura y simplemente, y como se decía en Televisión Española hace décadas, causas técnicas ajenas a nuestra voluntad.

La ventana, anyway, sigue abierta. Tened por seguro que, solo o en compañía de otro (Ina), seguiré asomándome en cuanto pueda.

miércoles, mayo 23, 2007

Hartazgo

Nuestro ex presidente del gobierno, José María Aznar, ha vuelto a sacar, en un mitin electoral, la guerra civil a paseo. Ha dicho algo así como que el gobierno actual está practicando la misma política que aquéllos de entonces, excluyendo a media España y enfrentándola.

Está claro que dentro de su elenco de regalos de las próximas Navidades deberían encontrarse algunos libros de Historia. Si bien es cierto, no lo niego, que algunos políticos actuales tienen visiones un tanto extrañas del pasado de España que les llevan a visiones, más que maniqueas, binarias (yo mismo soy 1, o sea demócrata; los otros son 0, o sea no), una cosa son las ideas y otra muy distinta los hechos. Los hechos están a años-luz de aquéllos que vivieron nuestros abuelos, y eso es lo que cuenta.

Ya hemos hablado de esto alguna vez, aquí, y aquí. Pero parece que es necesario hacerlo más. Voy a hacerlo un poco telegráficamente, porque me aburro yo mismo escribiendo de este asunto.

Lo que sigue es la crónica de los primeros cien días de la República española. O sea: los cien mejores, los cien más ilusionados, los cien en los que todavía no se habían podido producir los enfrentamientos que luego derivaron en la guerra. Que lo disfrutéis.

- 1 al 10 de mayo: tiroteos en Bilbao entre comunistas y la fuerza pública. Treinta heridos. Un guardia muerto en Barcelona.

- 10 de mayo: asalto al Círculo Monárquico de Madrid. Tentativa de asalto del edificio del ABC. Quema del quiosco de la Puerta del Sol (propiedad del diario católico El Debate). 17 heridos.

- 11 de mayo: quema de doce conventos y colegios en Madrid. Suspensión de El Debate. Torcuato Luca de Tena y los hermanos Miralles son encarcelados.

- 14 de mayo: disturbios en Barcelona, con cuatro heridos. El conde de Gamazo y el doctor Albiñana son encarcelados.

- 18 de mayo: clausura de la facultad de Medicina de Valladolid. Un obrero muere a tiros en Barcelona.

- 20 de mayo: Suspensión del ABC.

- 25 de mayo: se declara el estado de guerra en Sevilla.

- 27 de mayo: huelga en Pasajes que causa seis muertos y 50 heridos.

- 29 de mayo: huelga general en Asturias.

- 4 de junio: estalla una bomba en la iglesia de San Vicente, en Bilbao.

- 5 de junio: asalto fallido al polvorín de Montjuïch, en Barcelona.

- 8 de junio: huelga en Bilbao.

- 12 de junio: estalla una bomba en la iglesia de los jesuitas de Palma de Mallorca.

- 18 de junio: un guardia civil linchado en Montemolín (Badajoz).

- 20 de junio: huelga en Sevilla.

- 21 de junio: seis muertos y treinta heridos en unos disturbios en Huataco.

- 22 de junio: huelgas en Barcelona, Zaragoza, Sevilla y Palencia.

- 23 de junio: seis heridos en Huelva.

- 24 de junio: huelga en Córdoba.

- 28 de junio: quince muertos y sesenta heridos en una serie de choques en Barcelona, Badalovía, Herencia, Alamedilla, Villanueva de las Torres y Vergara.

- 30 de junio: huelgas en Granada y Málaga.

- 2 de julio: huelga y estado de guerra en Logroño, con resultado de un guardia muerto y quince personas heridas.

- 3 de julio: huelga en Málaga y Melilla.

- 6 de julio: huelga en Valencia, Murcia, Ceuta y La Coruña.

- 7 de julio: alguien corta todas las líneas telefónicas de Madrid, León, Asturias y Galicia (Telefónica estaba en huelga).

- 10 de julio: de nuevo cortadas las líneas en Madrid y Zaragoza, Sevilla y Gijón (seguía la huelga de Telefónica).

- 12 de julio: huelga en Palma de Mallorca.

- 13 de julio: estalla una bomba en una iglesia de Granada.

- 14 de julio: los 4.000 obreros de La Hullera Española se ponen en huelga en Bilbao.

- 16 de julio: huelga en Cartagena, Zamora y Valencia.

- 17 de julio: cortadas líneas telefónicas en Bilbao, Vigo y Zaragoza.

- 18 de julio: huelga en Barcelona.

- 19 de julio: cuatro muertos y treinta heridos durante la huelga violenta en Sevilla.

- 20 de julio: huelga general en Cádiz, Málaga y Valencia.

- 21 de julio: incendio de la central telefónica de Dos Hermanas.

- 22 de julio: Estado de guerra en Sevilla. Sesenta muertos y doscientos heridos. El ejército realiza disparos de artillería contra algunas casas. Huelga general en Málaga.

- 28 de julio: los disturbios en Sevilla arrojan un saldo final de 116 muertos y 420 heridos.



Dejaremos para otros post la llamada Revolución de Asturias y la Ley de la Defensa de la República, que sólo tiene 4 artículos y que el señor Aznar debería releer, o tal vez leer, con atención; quizás entonces aprendería la diferencia que existe entre aislar a un adversario político y tratar de eliminarlo como tal.

En la lista de sucesos que he copiado hay alguna suspensión de medio de comunicación. La lista, algo más completa, de los periódicos opositores de los que tengo noticia fueron suspendidos durante la República es ésta:

- ABC, El Debate, Informaciones, Diario Universal, El Siglo Futuro y La Nación, en Madrid.

-Heraldo Alavés, de Álava.

- El Diario de Albacete, de Albacete.

- El Día, La Gaceta de Levante, Patria, El Pueblo Obrero y La Voz del Pueblo, en Alicante.

- La Independencia, Diario de Almería y Heraldo de Almería, en Almería.

- El Diario de Ávila, en Ávila.

- El Luchador, en Baleares.

- El Correo Catalán, en Barcelona.

- El Castellano y ABC, en Burgos.

- Extremadura y El Faro de Extremadura, en Cáceres.

- Nuestro Tiempo, Diario de Jerez, Claridad, La Información y Regeneración, en Cádiz.

- El Pueblo Manchego, en Ciudad Real.

- El Defensor de Córdoba, en Córdoba.

- El Ideal de Granada.

- El Ideal Gallego, La Verdad y El Compostelano, en La Coruña.

- El Diario de León, La Luz de Astorga y El Pensamiento Astorgano, en León.

- La Verdad, El Eco de Cartagena y Cartagena Nueva, en Murcia.

- La Región, en Oviedo.

Igualito, igualito, que ayer por la tarde.

domingo, mayo 20, 2007

Cesáreo del Cerro, patrono curtidor

Esta tarde, mientras leía una edición de 1960 de la correspondencia de Francisco Largo Caballero que compré hace un par de semanas, me he encontrado con un papel entre las páginas. Son estos encuentros un divertimento y misterio colateral a la propia lectura de antiguos libros usados. 

viernes, mayo 18, 2007

El pistolerismo (III): the last chance

Te recuerdo que este pequeño capítulo es continuación de:

El pistolerismo (I): La huelga de La Canadiense.
El pistolerismo (II): Brabo Portillo y Pau Sabater.



Habíamos dejado Barcelona a finales de agosto de 1919, temblando, a pesar del calor, por el tristísimo asesinato de Pau Sabater y con, al menos, una buena noticia, como es la llegada de un nuevo gobernador, en la persona de Julio Amado, que quería resolver de una vez y para siempre las desavenencias entre obreros y patronos mediante la creación de una especie de parlamento laboral, antecesor de nuestra actual negociación colectiva. No obstante, el panorama no movía al optimismo. Toda el área estaba perlada de huelgas, especialmente en Manresa que era muy a menudo una ciudad a menos de medio gas; y, por la parte patronal, el matonismo había vuelto a las calles, de la mano del inefable Brabo Portillo, todos cuyos secuaces, con la sola excepción de Luis Fernández, habían sido liberados a pesar de haber sido detenidos por su participación en el asesinato de Sabater. La situación se hizo tan insostenible que los anarquistas decidieron dar un paso más, darle una vuelta de tuerca más a la situación, matando al mismísimo Brabo Portillo.

Estamos en el 5 de septiembre de aquel año. Se parecía, y mucho, a cualquier 5 de septiembre de nuestra vida actual porque aún la ciudad estaba a medio gas, con un montón de gente de vacaciones. En la esquina de las calles Paseo de Gracia y Roselló vive Brabo Portillo, y allí está trabajando esa mañana; todo en esas horas lo hará solo, lo cual nos da la medida de hasta qué punto se sentía este hombre omnipotente e intocable. Tras de cuidar de sus asuntos, se fue al barrio de Gracia a echar un cañete en el chalecito en el que, al parecer, tenía instalada a una amiga. Ya en el tranvía, el ex policía se percató de dos tipos que no le quitaban ojo de encima. Así pues, se bajó del tranvía sin dejar de vigilarlos, y con la mano presta para sacar la pistola. Iba al número 369 de la calle Córcega, donde vivía otra de sus conocidas (era, por lo que se ve, prolijo en las artes amatorias); pero, según todos los indicios, infravaloró el espionaje ácrata, pues era en ese mismo portal donde le estaba esperando su agresor.

Los asesinatos realizados por anarquistas siempre seguían el mismo patrón. Se utilizaba a tres asesinos, uno de los cuales disparaba mientras que los otros dos tenían como función cortar la retirada de la víctima. En realidad, los hombres que seguían a Brabo no eran quienes tenían que dispararle, sino los que iban a contenerlo. Aún y a pesar de esta estrategia, el ex policía logró huir unos metros por la calle Santa Tecla, hasta que fue herido en una ingle, momento en que debió parar y parapetarse tras un coche. Pero los atacantes se echaron al suelo y le dispararon por debajo del coche.

Brabo Portillo llegó vivo al dispensario de Ríus y Taulet, pero murió prácticamente de inmediato.

La muerte de Brabo agotó las existencias de cigarros puros en no pocas zonas de Barcelona. Para lo obreros, era la mejor noticia posible. Sin embargo, esa muerte tuvo un elemento nada positivo, y fue la radicalización de los patronos. Obviamente, los empresarios y burgueses de Barcelona se sintieron desamparados; alguien que era capaz de matar a Brabo era capaz de matar a cualquiera. Y, por último, estaban los miembros de la banda. Porque los empresarios todavía tenían su moral; pero los hombres que trabajaban para Brabo eran, pura y simplemente, delincuentes. Y obraron como tales.

A través de alguno de sus infiltrados en la CNT, consiguieron citar a los autores del atentado en un bar de la Ronda de San Pablo. Una vez que estuvieron allí, entraron para matarlos. Los cenetistas, sin embargo, reconocieron a El Mallorquín y, por eso, en ese momento se produjo dentro del bar un tiroteo al mejor estilo de las películas de Clint Eastwood.

Al no lograr su objetivo, los miembros de la banda activaron el Plan B, consistente en reconstituirse con un nuevo jefe. Que apareció en la persona de Rudolf Stallman, barón de König. Ya hablaremos de él.

Mientras ocurría todo esto, Amado trataba de reunir a su comisión mixta y abrir paso al diálogo. El 16 de septiembre, patronos y obreros alcanzaron un acuerdo. No está claro, sin embargo, que la voluntad de los empresarios fuese, de verdad, firmarlo (la firma se dejó para el día siguiente). Sea esto o no cierto, lo que sí lo es que pronto tuvieron a qué agarrarse para dar su negativa.

Esa noche, en unas fiestas de barrio en el Poble Nou, un desconocido hirió a Agustí Sabater, hijo de un industrial de la zona. Ni siquiera está claro que fuese un asunto político; quizá se trató de algún tipo de problema personal. Pero, a la luz de los hechos, el 17 a las 11 de la mañana, los representantes patronales se dirigieron al gobierno civil y, en plena ceremonia de la firma, comunicaron a través de su abogado, Tomás Benet, que no iban a firmar.

Amado montó en cólera. Con el apoyo de los obreros, pues Seguí se apresuró a asegurar la voluntad de la CNT de firmar el acuerdo, conminó a los empresarios a pensárselo mejor, y les dio 24 horas para dar una respuesta. Los representantes patronales consumieron aquel día en consultas y tertulias. Al día siguiente, ni siquiera se presentaron en el gobierno civil.

La respuesta de los patronos fue muy otra. Convocaron una gran conferencia empresarial española, que se abrió el 21 de octubre en el Palau de la Música Catalana. Arropados por empresarios de todo el país, envalentonados, los patronos catalanes decidieron ejecutar un lock out total (o sea, una huelga general de patronos) el 3 de noviembre y nombraron presidente de su federación a Feliu Graupere, un personaje hasta entonces de escasa importancia.

El problema de las huelgas generales es siempre el mismo: o el personal esta muy, pero que muy por la labor, o son un fracaso. El lock out del 3 de noviembre consiguió bastante poco, pues muchos empresarios continuaron con el trabajo y, por esta razón, apenas tres días después ya estaban patronos y obreros tratando de reunir la comisión mixta y llegar a algún tipo de acuerdo. Tras una serie de dimes y diretes, y merced a la intervención personal del general Miláns del Bosch, finalmente los patronos aceptaron llegar a un acuerdo, el día 11 de noviembre. El convenio se firmó el día 12, no sin suspense porque, esta vez, fueron los delegados obreros los que se demoraron varias horas. En la plaza de Sant Jaume esperaba una abigarrada multitud de burgueses y obreros, que recibió la noticia con júbilo.

El jueves día 14, Barcelona volvió a ser Barcelona. Uno de los pactos de aquel acuerdo era la suspensión de todos los conflictos, cierres y huelgas, que se discutirían uno por uno. Así pues, aquel día todas las empresas catalanas trabajaron con normalidad. Sin embargo, en algunas de ellas, normalmente grandes, ocurrió algo inesperado. Al llegar los obreros a las fábricas se encontraban con empleados de confianza manejando listas; en las listas figuraba quien estaba despedido y quien podía entrar. Esta actuación era frontalmente contraria a lo pactado, pues el convenio establecía que no habría represalias contra los huelguistas.

Grupos de obreros se fueron al gobierno civil y exigieron ver a Seguí, que estaba negociando conflictos con los patronos. Cuando el Noi del Sucre se enteró de lo que pasaba, montó en cólera, entró en la sala y, ante las explicaciones torpes y parciales de los patronos, anunció que la CNT se retiraba de la comisión mixta.

Fue la última oportunidad de impedir el pistolerismo en Barcelona.

El día 24 por la noche, estalló una bomba cerca de la Capitanía General de Barcelona que hirió a dos soldados. No está claro quién hizo aquello; todo el mundo pensó que era un acto de los obreros, pero también se ha apuntado a la banda de König, porque lo cierto es que el resultado de ese atentado fue que Miláns, que estaba hasta entonces bastante alejado del orden público, volviese a tomar el control de las calles, radicalizando los enfrentamientos.

Envalentonados, los patronos movieron ficha. El 1 de diciembre, a las puertas de las Navidades, decretaron un cierre patronal que dejaba a 50.000 obreros en la calle. El objetivo era dejarlos sin ingresos, sin nada que comer, sin posibilidad de comprar algo para vestirse, hasta que se rindieran.

El péndulo se movió, bruscamente.

miércoles, mayo 16, 2007

Mi voto en las próximas elecciones

Andamos los hispanos, en el tiempo presente, muy revueltos políticamente. La razón es que se nos acercan unas elecciones municipales y autonómicas (aunque no en todas las autonomías). Quizá los que podáis leer esto y no seáis españoles penséis que unas elecciones municipales son elecciones menores. Pero no hay tal, en nuestro caso. Unas elecciones municipales trajeron la II República, por ejemplo. Y, además, ahora mismo se da la circunstancia de que, a pesar de que hay mucha gente que no vota lo mismo cuando el parlamento que está votando es el local, regional o estatal, el hecho de que las municipales se celebren más o menos un año antes que las generales hace que sea bastante cierta la regla por la cual el partido que gana aquéllas, gana después éstas.

A mí nadie me ha preguntado el voto. Pero, aún así, yo contesto. No tengo ningún problema en escribir en público la decisión que tomaré el 27 de mayo, como la he tomado ya muchas veces en los últimos años.

Mi voto será nulo. Más que nada, porque es la única forma que conozco de expresar mi radical desacuerdo con el sistema electoral.

Son varias las cosas que me rayan.

En primer lugar, las listas cerradas. A las pocas horas de comenzar oficialmente la campaña electoral, ya recibí en mi casa las dos primeras cartas invitándome al voto a la Asamblea de Madrid. No sé si es fruto de la casualidad, si van coordinados (lo dudo) o qué, pero el caso es que las dos listas propuestas eran la de Falange Española de las JONS y La Falange, que al parecer hoy en día son cosas distintas (sin ir más lejos, el logo de una es el yugo y las flechas en blanco sobre fondo negro, y el del otro es el yugo y las flechas en negro sobre fondo blanco).

En ambos casos, la papeleta contiene 123 nombres; 120 candidatos, y tres candidatos suplentes.

Una pregunta personal, lector: ¿cuántos amigos tienes? Siempre se dice que los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano. Pero, sumando a los colegas, no sé, todos tenemos una cuadrilla de, digamos, entre cinco y quince personas, con la que nos iríamos un sábado a cenar y al cine perfectamente. La siguiente pregunta es: ¿y a cuánta gente conoces un poco? O sea, si haces una lista de las personas de las que tienes datos del tipo si están casados o no, si tienen hijos, en qué trabajan, si son más bien ricos o pobres, si del Madrid, del Atleti o del Barça, ¿cuántos te saldrían? Entre compis del curro o del aula, amigos de papá y de mamá, el vecino ése tan cachondo mental… ¿sesenta, setenta personas?

Corolario: si tú, que lees eso, en los quince, veinte, treinta, cuarenta o sesenta y tantos años de vida que tienes, has conseguido acopiar información básica sobre algo más de 50 personas, ¿cómo serás capaz de juzgar la capacidad de 123 desconocidos a la hora de representarte en la Asamblea de Madrid?

Las listas cerradas no sólo son antidemocráticas sino que son absolutamente contrarias a nuestro devenir histórico. Hasta la transición posfranquista, los españoles de toda la vida de Dios, cuando habían podido votar, habían votado listas abiertas. Esto daba para ciertas comparaciones inteligentes; por ejemplo, en el PSOE de la República el candidato más votado era, casi siempre, Julián Besteiro. Y en las elecciones del 36 en Barcelona ciudad, a pesar de que el líder político catalán indiscutido era Lluis Companys, no fue el candidato más votado de la lista.

Las listas cerradas fomentan el deporte del «escaño seguro», ergo del lobby político. O sea: yo soy un líder político que quiero obtener el apoyo de un gran financiero y lo mismo lo consigo si su hijo tiene veleidades políticas: lo pongo de quinto candidato por Murcia, que para mi partido es escaño seguro, y a tirar millas.

Esta práctica del escaño seguro es el trasunto moderno del deleznable artículo 29 de la ley electoral de la Restauración, mediante el cual un candidato que no tenía oponentes era automáticamente proclamado; así, los caciques ni siquiera tenían que conseguir que la gente les votase; con amedrentar a todo aquél que osase competir con ellos les bastaba. Estoy hoy ya no pasa; no hay caciques, que se sepa. Pero sí hay diputados que el votante traga sí o sí. Suponiendo que yo conociese de la leche a María del Carmen Fátima González Gutiérrez (número 15 en la lista de FE de las JONS para la Asamblea de Madrid); suponiendo que la conociese y la ponderase como persona de enorme inteligencia y habilidad política, ¿por qué dicha ponderación tendría que llevar aparejado mi apoyo a otros 122 señores y señoras? Más aún: ¿cuál es mi capacidad de reacción si opino que María del Carmen Fátima merecería ser diputada en la Asamblea de Madrid pero, en cambio, albergo la opinión exactamente opuesta sobre Norberto Pedro Rico Sanabria, número 1 de su lista?

Pues esa libertad de decidir, los españoles la teníamos. La teníamos incluso en tiempos que motejamos de caciquiles y poco democráticos.

Un estudio sociológico interesante sería conocer, para cada partido, el nivel de conocimiento por los votantes de los candidatos de la lista. Fijo que por debajo del número seis no los conoce ni Dios.

Lo siguiente que me jode son las circunscripciones electorales. En la República se reinventó la circunscripción provincial como una medida contra el caciquismo. Y estuvo bien porque es cierto que, cuanto menor era la circunscripción electoral, más probabilidad había de que hubiese un mandamás llevándose al huerto los votos o la proclamación directa.

Pero el tiempo ha pasado y, hoy por hoy, me pregunto qué narices hacemos los residentes en Madrid votando candidatos al Congreso por una circunscripción como la muestra, con más de cinco millones de habitantes. Vale, por eso votamos más candidatos. Pero, como las listas son cerradas, eso no hace sino acrecentar el problema. Hay que votar listas abiertas y, además, listas de no más allá de cuatro o cinco candidatos.

Dicho de otra forma: en un sistema realmente democrático, yo quiero tener un congresista. Mi congresista. Un tipo, o tipa, con nombres y apellidos, con una historia, con una trayectoria y unas habilidades. Que haya hecho esfuerzos por hacerse conocer por mí, ya que su escaño depende de mi voto. A quien yo pueda acudir, me haga mucho o poco caso, cuando tengo algo que decir. Que pueda saber que votando a favor de la Ley X se la está jugando, porque yo estoy en contra. Las democracias parlamentarias en las que los parlamentarios votan según la indicación de un jefe de partido son democracias a medias.

Lo de las listas de cuatro o cinco candidatos me lleva a otro asunto, como es el juego de mayorías y minorías y las coaliciones. En el sistema electoral de la II República, los votantes votaban en las papeletas por un número de escaños inferior al total de la circunscripción que se tratase. Este sistema propugnaba la existencia de candidaturas llamadas de mayorías (el partido muy votado que va a al copo) y candidaturas de minorías (el partido de escasa implantación, pero que tal vez cuenta con un personaje de especial relevancia, que lo presenta buscando «rebañar» ese escaño al que no pueden llegar los votantes de los grandes partidos).

Este sistema, sobre todo, tenía una ventaja fundamental: las alianzas y coaliciones debían ser previas, no posteriores. Un sistema de mayorías y minorías favorece enormemente a la formación política que es capaz, a través de coaliciones, de presentarse ante su electorado unida. La izquierda perdió las elecciones del 33 por estar fraccionada, pero en 1936 aprendió la lección y le dio la vuelta a la situación con el Frente Popular. No creo que nadie desmienta la idea de que una coalición ante es muchísimo más democrática que una coalición post. En una coalición post, los líderes políticos de los partidos coligados están haciendo un juicio de intenciones (que sus electores quieren que se coliguen) al que, claramente, no han querido someterse por la vía de los votos; si tan convencidos están de que ése es el deseo de sus votantes, ¿por qué no se aliaron antes?

Se ha escrito sobradamente que este sistema electoral de mayorías fue uno de los grandes problemas de la República, porque favoreció la victoria de posiciones radicales. Yo no estoy de acuerdo. Hubiera sido el sistema electoral en la República el que hubiera sido, la situación se habría radicalizado igual, porque el problema de la República, además del sistema electoral, fue la inexistencia de un centro político. La deplorable situación de las clases humildes españolas, especialmente en el campo que era el principal motor de empleo, unida a la polarización política de aquellos tiempos (binomio marxismo-fascismo), hizo que las opciones de centro no existiesen. La Confederación Estatal de Derechas Autónomas de Gil-Robles, que viene a ser, en situación en el espectro sociológico, como nuestro PP de hoy, le hacía decir a su jefe en los mitines cosas como que había que construir un nuevo Estado y si el Parlamento no entendía eso, habría que someterlo; si a Rajoy se le ocurre decir la mitad de un cacho de un 10% de esto, lo echamos de España. Y qué decir de la izquierda. Ya no del PSOE, que entonces era un partido marxista de libro; la propia izquierda burguesa, es decir los radical-socialistas y los azañistas, mantenían políticas bastante alejadas del centro político.

En 1933 y en 1936, ganar era alejarse del centro; hoy en día, gana quien más se acerca a él. Pero el problema de las coaliciones estriba en que deberían ser casi ilegales a voto pasado. ¿Fomenta eso el frentepopulismo? Pero, ¿quién ha dicho que el frentepopulismo es malo? El Frente Popular se presentó a las elecciones de febrero de 1936 con un programa electoral (manifiesto electoral se llamaba entonces) muy interesante, a la par que moderado e integral. No faltaron las declaraciones de los políticos de dicho Frente en sentido integrador y Azaña, tras la victoria, así lo aseveró en el Parlamento: quería dirigir un gobierno para todos los españoles. De la deriva que después tomaron las cosas tuvieron la culpa algunas personas, pero no el Frente Popular como estrategia.

Pero, ¿cuál sería el juicio de la Historia si hubiese transcurrido de otra manera? Pongamos que en la España de 1936 el sistema electoral hubiera sido otro, digamos el que tenemos hoy nosotros: enormes circunscripciones electorales, ley D’Hont y listas cerradas. Pongamos que en febrero que 1936 se presentan cinco grandes fuerzas políticas a las elecciones: la derecha monárquica antidemocrática (el Bloque Nacional de Calvo-Sotelo, y los tradicionalistas); la derecha republicana (CEDA); la izquierda burguesa (Unión Republicana e Izquierda Republicana, digamos que en coalición o en un solo partido político, más las candidaturas portelistas); el PSOE y los comunistas, también en coalición o bajo las siglas del PSOE; y los nacionalistas.

¿Cuál habría sido el resultado de esas elecciones? Es imposible saberlo, pero mi apuesta es que, sobre un Parlamento de unos 350 escaños, el nacionalismo vasco y el catalán obtendrían representaciones similares a las que tienen, algo más elevadas en el caso del nacionalismo catalán; los monárquicos tendrían una minoría del tamaño de la que tiene hoy en día Izquierda Unida; los partidos de centro tendrían unos 50 o 60 diputados; y la CEDA y el PSOE-PC serían las grandes minorías, con más escaños para la segunda, digamos unos 160-170 para el PSOE, 120-130 para la CEDA. Lógicamente, habría en el grupo mixto pequeñas minorías, como los partidos más de izquierdas como el POUM.

En estas circunstancias, el PSOE, la izquierda burguesa, los partidos extremos y el nacionalismo catalán podrían recomponer el Frente Popular. Pero el juicio de la Historia ya no sería el mismo; estaría trufado de reproches, sobre todo hacia los partidos burgueses, por coligarse con formaciones más extremas después de las elecciones. Hoy en día, se habrían escrito páginas y páginas discutiendo hasta el fondo la cuestión de si quienes votaron en el 36 a los partidos burgueses eran o no partidarios de que éstos se aliasen con partidos marxistas; cuestión que hoy no existe en nuestro debate histórico, por el simple hecho de que la coalición existió y existió antes de las elecciones.

La democracia moderna, sin embargo, está repleta de multipartitos, tripartitos, bipartitos, tetrapartitos, pentapartitos y lo que caiga, a los que nadie ha votado como tales. Son los políticos los que prejuzgan la actitud de su electorado y, además, no le dan a ese mismo electorado la ocasión de que mostrar su desacuerdo mediante listas abiertas.

Iré, pues, a mi colegio electoral, pues para mí votar es, más que un derecho, una obligación. Pero para votar a 123 señores a los que no conozco de nada, que no me conocen a mí de nada tampoco y, aún así, se han arrogado la capacidad de hacer un juicio de intenciones sobre lo que yo quiero o dejo de querer votándoles, para eso, ya digo, haré lo que todos los años, en todas las elecciones: meteré en el sobre varias papeletas de varios partidos e iré señalando con círculos y flechas a aquellos candidatos de cada papeleta que deseo votar.

Siempre me ponen cara rara (salvo en las votaciones al Senado) por lo voluminoso de mi sobre. Una vez, una sola vez, un interventor electoral, no diré de qué partido, trató de averiguar, muy educadamente, la razón de tal volumen.

Se la expliqué, pero siempre he dado por hecho que no lo entendió.

domingo, mayo 13, 2007

La muerte de Azaña

Manuel Azaña fue el segundo presidente de la II República española, y el último de ellos que lo fue sobre un país con integridad territorial; lo cual quiere decir que hubo otros presidentes después, pero lo fueron en el exilio y, por lo tanto, su mandato no se extendió propiamente sobre país alguno. Por lo demás, el orden constitucional nacido de la Ley de Reforma Política del franquismo, y la Constitución actualmente vigente después, proclama la alegalidad de aquella República surgida tras la derrota de 1939; al considerar el gobierno legal y soberano de España la monarquía constitucional prevista en las leyes franquistas, se viene a admitir que la República dejó de existir con el franquismo. Es por ello que, desde algunos puntos de vista, se podría decir que Azaña es el último presidente de la República española. Al menos, de momento.

Azaña tuvo en su vida tres grandes obsesiones: la religión, el ejército y él mismo. Empezando por la última, no fueron pocos los políticos republicanos, correligionarios de él, que le señalaron, una y mil veces, su excesiva displicencia para con los adversarios políticos, que en no pocos debates rozó el desprecio y que le hizo llegar tan lejos en la seguridad en sí mismo que llegó a cometer gravísimos errores, como cuando, en medio del debate parlamentario sobre los sucesos de Casas Viejas, dijo aquello de que allí «había pasado lo que tenía que pasar», como diciendo que el destino de un puto jornalero anarquista es que le revienten las tripas a tiros o lo quemen vivo dentro de la casa donde se ha hecho fuerte.

Azaña tenía mala opinión hasta de quienes le eran más cercanos; de todos los políticos con que trató al final de la República y durante la guerra, ninguno tenía tanta sintonía con él como el socialista Indalecio Prieto; y, sin embargo, en plena guerra, y merced a una aleve filtración, se publicaron algunas entradas de los diarios de Azaña en las que, entre otras cosas, se burlaba de la incultura del político socialista y de su incapacidad para expresar con agilidad sus ideas. Y ése le caía bien. Porque en sus diarios hay un montón de perlas dedicadas a los que le caían mal, como ésta, dedicada a Lluis Companys: «Una persona de mi conocimiento asegura que es una ley de la Historia de España la necesidad de bombardear Barcelona cada cincuenta años». Ahí queda eso.

En materia militar, Azaña se creía un gran experto. En los primeros meses de 1936, cuando tanta gente se le acercaba para prevenirle del golpe de Estado que se preparaba, Azaña contestaba: «si conocieran ustedes como conozco a los militares, sabrían cómo hay que tratar sus demandas». Y parece bastante obvio que se equivocó.

Pero, con todo, su principal obsesión, como la de tantos políticos de izquierdas de aquella época, era la religión católica. Ya sabéis que Azaña había sido el principal propagandista del laicismo del Estado consagrado por la Constitución republicana, con la famosa frase que pronunció en el debate parlamentario: «España ha dejado de ser católica». Quizá por eso, la religión le perseguiría hasta más allá de su muerte, y es de esto que va este post.

En enero de 1939, Cataluña, en realidad el último frente serio de la guerra civil, se hundía bajo el empuje de las fuerzas franquistas. Desde el momento en que Franco consiguió aislar las dos áreas republicanas, el Centro y Cataluña, la guerra estaba irremisiblemente perdida para la República. Encontramos a Azaña el 21 de enero del 39, sábado, huyendo de buena mañana, en compañía de sus dos escoltas, del pueblo donde reside tras salir de Barcelona, llamado La Barata. Según mis noticias, está cerca de Tarrasa.

El domingo, Azaña reside en Llavaneras, lugar poco seguro porque es bombardeado. Finalmente, alcanza Figueras y el castillo de Perelada. Podéis intentar imaginar al presidente de la República viviendo allí, en un lugar fantasmagórico, rodeado de cuadros. En Perelada, en efecto, está ya una parte de las grandes obras del Museo del Prado, que han sido llevadas allí para salvar el tesoro artístico nacional de los bombardeos. En una sala de fumadores del castillo se pueden apreciar el Cristo de Velázquez y Las Meninas; éstas, eso sí, sin marco, pues ha sido necesario quitárselo para que pasaran por el dintel de una ventana. La mayor parte de las pinturas, no obstante, han sido ocultas en una mina de talco en el pueblo de La Bajol, pegado a Francia. Las Cortes de la República celebrarán su última reunión en suelo español el 1 de febrero de dicho año, en el castillo de San Fernando de Figueras.

En febrero, el propio Azaña se refugia en La Bajol. Toda la autoridad de la República cabe ya en un pañuelo: Negrín, presidente del gobierno, en el pueblo de Agullana; Azaña, presidente de la República, en La Bajol; y Lluis Companys, presidente de Cataluña, en un lugar llamado Mas Perxes, entre Agullana y La Bajol. El cuatro de febrero, sábado, los franquistas, que saben cosas, alcanzan el cuartel general de Agullana y tiran bombas hacia Mas Perxes, con tanta precisión que Companys tiene que salir de najas por el pinar que rodea la casa, a toda hostia. Ya está claro: partir al destierro, o morir.

Azaña abandona España el domingo 5 de febrero a las seis de la mañana, tras haber pasado toda la noche comprobando la salida de los cuadros de la mina de La Bajol. Pasa en Francia a Le Boulou y luego a Perpiñán. Luego Nimes y luego Collonges-sous-Salève, pueblecito saboyano en el que el cuñado de Azaña, Cipriano Rivas, había alquilado una casa el año anterior (signo evidente de que lo que pasó es lo que Azaña esperaba que pasase).

El 8 de febrero, Azaña hace un viaje a París vía Ginebra, donde permanece varios días en contactos diversos. El día 15 es instado por Negrín, a través del ministro Julio Álvarez del Vayo, a volar a Madrid. Se niega. Azaña afirma que volver a Madrid no es sino una forma de prolongar la guerra, y las muertes, algo con lo que no está de acuerdo. «Si cruzo la frontera», le dice a Álvarez del Vayo, «no se puede contar conmigo para nada, como no sea para hacer la paz». Cuando Azaña es informado de que Francia e Inglaterra están a punto de pactar el intercambio de embajadores con la España franquista, se va a la Gare de Lyon, toma un tren, vuelve a Collonges y, una vez allí, redacta una carta en la que comunica al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, su dimisión como Presidente de la República española.

En noviembre de 1939, ante la amenaza creciente de invasión alemana de Francia, Azaña y los suyos se van de Collonges para establecerse en el número 32 del Boulevard de l’Ocean, en el pueblecito de Pyla-sur-Mer, cerca de Burdeos. En febrero de 1940, a raíz de una gripe que se complica, sufre gravísimas complicaciones de salud.

Con el derrumbe de Francia y el armisticio, la playa de Archaron, donde se encuentra Pyla-sur-Mer, se convierte en zona ocupada por los alemanes, motivo por el cual se hace recomendable para Azaña salir de allí, pues para entonces ya sabe que Franco acaricia el proyecto de hacérselo entregar para ser juzgado, y probablemente ejecutado, en España (como de hecho le pasó a Companys, entre otros). Es por ello que se desplaza a Montauban. El 16 de septiembre de 1940, Azaña sufre un ataque que le paraliza medio cuerpo. Es el final.

El círculo íntimo de Azaña en esos últimos días es muy reducido: su mujer, su criado Antonio Lot, Juan Hernández Saravia (que había sido general jefe del Ejército de Cataluña), y una religiosa, la hermana Ignace, que frecuenta el Hotel du Midi, donde se aloja el ex presidente. Al parecer, sor Ignace, en realidad, daba servicio espiritual a Dolores Rivas, la mujer de Azaña, ya que ésta era católica practicante.

El mito de la muerte de Azaña se basa en una declaración firmada el 7 de marzo de 1952 por Pierre Marie Theas, que era, en 1940, obispo de Tarbes y de Lourdes. Dicha declaración, tal y como la reproduce en un libro suyo el escritor Carlos Rojas, dice así:

1.- [Azaña] recibió, con plena lucidez, el sacramento de la Penitencia, que yo mismo le administré.

2.- Cuando solicité permiso de la señora de Azaña para darle el viático a su esposo, tenía la certeza de que el enfermo deseaba comulgar. Tropecé sin embargo con la obstinada negativa de N. Cinco veces comparecí y cinco veces fui rechazado. «Esto le afectaría demasiado», me dijo.

3.- Fue la señora de Azaña quien me llamó a medianoche para administrarle al enfermo la Extremaunción. La recibió
in extremis; pero en pleno uso de sus facultades.

4.- Enterado el cónsul mexicano por la señora Azaña, preparó un entierro civil para el presidente. Después, la viuda no osó protestar, porque México abonaba la cuenta del hotel de Azaña y de sus acompañantes.

5.- Lo ocurrido con toda certeza es que el presidente había retenido, o hallado de nuevo, una muy intensa fe cristiana.



Las cosas no están muy claras. El biógrafo de Azaña y cuñado suyo, Cipriano Rivas Cherif, acepta en su libro que, viendo morir al ex presidente, sus íntimos decidieron llamar a la monja, que acabó llegando acompañada del obispo; pero no dice que le fuese administrado sacramento alguno. Delante de otro investigador de la vida y muerte de Azaña, Frank Sedwick, la esposa de Azaña negó que hubiesen pedido, ni ella ni el moribundo, el viático; aunque reconocía tener recuerdos muy borrosos de aquellos momentos. Es un hecho que doña Dolores estaba, en ese momento, sometida a una tensión enorme, pues no sólo su marido estaba muriendo sino que, en esas horas, había sido informada de que su hermano Cipriano acababa de ser condenado a muerte en España (aunque se le conmutó la pena). Por lo demás, no hay que olvidar que Azaña había estado ya a las puertas de la muerte durante su crisis gripal-cardiaca, algunas semanas antes, y es un hecho que entonces no pidió sacramentos.

A todo ello hay que añadir la extraña actitud de secretismo de monsieur el obispo, que no nos aclara quién fue el tal N. que, por cinco veces, se negó a que Azaña recibiese el viático. A favor de la tesis de que dicho deseo fuese cierto están los muchos perfiles de Azaña que se conservan, según los cuales el presidente parecía ser una persona con ciertas dosis de temor, sobre todo ante el sufrimiento físico, que pudieran haber influido en su ánimo en el momento postrero. Sin embargo, lo delicadísimo de su salud da que pensar que es difícil que en esos momentos postreros siguiese muy lúcido. Ciertamente, el obispo así lo afirma; pero es sabido que no pocas veces los sacerdotes tienden a ver lucideces donde quieren verlas.

Cierto o no cierto, que yo no lo creo cierto, resulta un dato de escasa relevancia histórica hoy en día la posibilidad de que Manuel Azaña, el inventor del «España ha dejado de ser católica», hubiera pedido, con su último suspiro, morir en paz con el Dios de sus padres; pero, sin embargo, dio para mucho en tiempos del franquismo. Y hasta es posible que la cosa vuelva a circular hoy en día, dadas las importantes dosis de mojigatería, azul y roja, que rodean a ese proceso que debiera ser serio y riguroso y que llamamos, con torpe pleonasmo, memoria histórica.

Por el momento, pues, la cuestión de la muerte de Azaña es sólo una cuestión para muy apasionados en la Historia. Como lo eres, o lo vas siendo, tú, si es que has llegado hasta la lectura del presente punto y final.

jueves, mayo 10, 2007

Antilecturas

Inasequible Aldesaliento, siempre atento a las novedades y a la innovación, es nuestro principal generador de post novedosos. Hoy inaugura un nuevo tipo de post, que podríamos denominar la Antilectura.

Se trata de comentar un libro que no se os recomienda leer. Que ha sido leído por el crítico, muy a su pesar. Paréceme todo un servicio éste de Ina, porque es cierto que, si útil es que te señalen dónde debieras pisar, más lo es aún que te aviertan dónde, en caso que pongas el pie, vas a ponerte el zapato hasta las trancas de mierda.

Bienvenida sea, pues, esta Antilectura de Ina.

La Historia política de la España contemporánea, de Melchor Fernández Almagro, es una obra clásica para el estudio de la Historia española de la segunda mitad del siglo XIX y comienzos del XX.

Durante muchos años anduvo por mi casa el volumen segundo de los tres que la componen. Después de muchos años de tenerla en la lista de libros a leer algún día, finalmente me la he leído. Creo que ha sido para desafiar a JdJ, que me consta que no se la ha leído, y poderle decir: «Te habrás leído el diario de un bedel del Banco de España durante el reinado de Alfonso XIII y las memorias del primo segundo de Dolores Ibarruri, pero ¿a que no te has leído a Fernández Almagro?» Pues bien, el desafío me ha salido mal. JdJ, no leas a Fernández Almagro, por lo que más quieras.

El libro ha envejecido mal. Fernández Almagro concibe la Historia a la manera antigua: Historia es aquello que hacen los políticos y los militares. Los movimientos sociales, las ideologías, los acontecimientos económicos, prácticamente no cuentan. Da la impresión de que el libro haya sido escrito a base de los diarios de sesiones de las Cortes, recortes de hemerotecas y algunas memorias de prohombres de la época. Eso tal vez fuera suficiente para escribir Historia a comienzos del siglo XX. Hoy no basta.

Por poner un ejemplo. Dedica seis páginas al nacionalismo catalán y a las bases de Manresa, las cuales transcribe. Pero al cabo de esas seis páginas el lector sigue sin saber cuáles son los orígenes del nacionalismo catalán y cuál era su base social. Otro ejemplo, aún más sangrante: la segunda guerra de Cuba, a la que dedica prácticamente dos capítulos y medio de siete que tiene el libro. Fernández Almagro se extiende minuciosamente sobre las marchas y contramarchas de los ejércitos. Nos informa de que el general Hernández de Velasco sorprendió el 28 de marzo de 1897 a la partida insurrecta de Ríus Rivera en Cabezadas de Río Hondo y que ésta estaba compuesta por 100 hombres. ¡Bravo por el detalle! Pero el trasfondo de la guerra queda muy difuminado. Por un lado estaba la Unión Constitucional que era proespañola y asimilacionista, por otro estaban los autonomistas que nadaban entre dos aguas y lentamente iban perdiendo partidarios que se pasaban al independentismo. Pero aparte de saber que los cubanos se quejaban de la corrupción y desidia de la Administración colonial, apenas nos dice el autor cuáles eran las fuerzas sociales que apoyaban a cada uno de los bloques y las causas profundas del descontento. También durante el relato de las operaciones militares, el lector se queda en la duda de si los habaneros y el pueblo cubano en general eran proespañoles, proindependentistas o indiferentes. Tan pronto da la impresión de que deseaban la derrota de España como la de que estaban hartos de los desmanes de los independentistas.

Otra cosa que acaba molestando un tanto es que el autor a menudo abandona la neutralidad del historiador y ofrece sus juicios personales, que suelen ser patrioteros y conservadores. No diré que los historiadores actuales sean un dechado de neutralidad, pero al menos han aprendido a esconder mejor sus prejuicios.

Finalmente, para un lector del siglo XXI si hay algo en Fernández Almagro que acaba cansando es su retórica, que seguro que causó furor en su día. En el segundo párrafo del volumen ya tenemos un ejemplo magnífico: Contaba Doña María Cristina treinta y siete años cuando recayeron en su erguida cabeza de mujer extraordinariamente distinguida y de firme carácter, las tocas de la viudez y el peso total de la corona que hasta entonces compartiera sin carga constitucional de ninguna especie ni vislumbres de poder. Joven, viuda, herido el corazón a fondo; en tierra extraña; amenazada por toda suerte de posibilidades adversas, sin hijo varón que asegurase la sucesión, de no ser niño el fruto de su embarazo; desprovista de experiencia política y ajena por entero al juego de ideas e intereses de que acto continuo habría de ser árbitro… Y así durante 400 páginas más.

lunes, mayo 07, 2007

El pistolerismo (II): Brabo Portillo y Pau Sabater

Os recuerdo que esta segunda toma es continuación de aquella que se llamaba El pistolerismo (I): la huelga de La Canadiense


Pido disculpas por estar estos días un tanto remiso a asomarme por esta ventanita. Es la culpa de un ataque de lumbalgia que, como sabréis los que lo hayáis sufrido, aconseja las posiciones horizontales y suele penalizar las sedentes, como la que tengo yo ahora mismo mientras escribo estas líneas. No obstante, la Historia tiene, cuando a uno le gusta, cierto elemento sedante que, tal vez, llega donde no llega el E%&$%&fen (es que no me gusta dar marcas). Será por eso que he encontrado un rato para continuar con esta historia, que llega hoy hasta el tristísimo, y alevoso, asesinato de Pau Sabater. 

jueves, mayo 03, 2007

Cartas cruzadas (III): lo mejor de la República

Quienes hayais leído la anterior carta cruzada entre Ina y yo recordaréis que la dedicamos a polemizar sobre qué había sido lo peor la II República española. Una vez vencida dicha polémica, ambos polemistas estuvimos de acuerdo en que no tenía mucho sentido cruzarse aquellas misivas si no procedíamos a un cruce posterior recíproco, esto es intercambiando nuestros puntos de vista sobre qué fue lo mejor de dicha República.

Hoy tenéis a vuestra disposición nuestro intercambio, un intercambio en el que tenemos poco nivel de acuerdo, que es algo que a mí me gusta. Aún así, y para que Ina vea que juego limpio, cuando menos en el momento de tener las manos sobre la mesa, lo único que apostillaré, antes de copiaros las cartas, es que hay un detalle en la carta de Ina que me gustaría corroborar. Defiende que Gil-Robles, siendo ministro de la Guerra, tuvo la oportunidad de favorecer un golpe de Estado militar tras las elecciones de febrero de 1936 y que no quiso hacerlo. Me gustaría recordar, ya que él no lo hace, que eso es algo que no sólo afirman los escritores de derechas, sino autores totalmente identificados con el bando republicano, como es el caso de Mariano Ansó, quien asegura que así fue en su libro de memorias, que lleva el prístino título de Yo fui ministro de Negrín.

Hecha esta salvedad, aquí tenéis las cartas en el orden que fueron escritas y remitidas. Esta vez me tocó empezar a mí.

Lo mejor de la República. Por JdJ.

Querido Ina:

Me escribes para decirme, y no te falta razón, que nuestras anteriores Cartas Cruzadas se han quedado cortas. Porque no tiene sentido perorar sobre lo peor de algo (en este caso, lo peor de la II República Española) sin juzgar, al tiempo, lo mejor. Y, acto seguido, me recuerdas que ahora me toca a mí empezar. Quizás has intentado acojonarme con esta estrategia. Pues vas de culo.

No tengo un solo nombre para señalar lo mejor de la República, porque lo mejor de la República está en varios nombres. Aunque todos ellos creo están definidos por la misma característica. Todos son segundones.

La República tuvo muchos nombres sonoros, nombres de primera fila. Pero tuvo todavía más nombres segundones y entre éstos es donde yo he encontrado, o he querido encontrar, lo mejor de aquellos años. Voy a tratar de recordar a algunos.

Está, por ejemplo, Luis Lucia. Lucia era un político valenciano, de derechas. Tan de derechas que fundó con Gil-Robles la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), de la que fue vicepresidente. Esa situación le llevó a ser dos veces ministro durante el Bienio de las derechas, una con Lerroux y otra con Chapaprieta. A pesar de que Gil-Robles le dedica en sus memorias palabras elogiosas, lo cierto es que ambos se fueron distanciando cada vez más. A Lucia no le gustaba la gestión personalista de Gil-Robles y, además, él sí que se creía las profesiones de fe republicana que Gil-Robles realizaba, más por estrategia que otra cosa.

El momento de demostrar todo esto fue el golpe de Estado del 36. Sería muy ampuloso afirmar que el éxito del golpe en Valencia dependía de Lucia. Pero lo que sí es cierto es que el gobierno, consciente de la importancia de conservar el Levante, había colocado allí a militares de sobradísima fidelidad republicana, y que la existencia de una oposición armada a dicha fidelidad dependía, en gran parte, de que Lucía fuese capaz de movilizar a sus milicias de la derecha valenciana. Pero no lo hizo. En un movimiento que Franco no entendió (y por eso lo acabaría encarcelando), el católico de derechas Luis Lucia, un señor que no ganaba nada en la deriva hacia la izquierda de la República, nada más comenzar el golpe hizo pública profesión de fidelidad republicana y desmovilizó, de hecho, la resistencia armada en su región.

Segundones en la izquierda también los hay. Uno muy famoso, gracias a sus memorias, es Julián Zugazagoitia, el cual, pese a estar lejos de ser uno de los socialistas más radicales, acabó pagando con su vida la fidelidad a la izquierda. O Álvaro de Albornoz, un político de la izquierda republicana burguesa que tenía, como todos, sus manías y sus odios (el suyo era la iglesia católica) pero que, por lo menos, dio pruebas de pretender que aquella República fuese, por encima de todo, un Estado de Derecho. Aparece Don Álvaro en las memorias de Dolores Ibárruri, Pasionaria, a quien la victoria del Frente Popular pilló en Asturias. La reacción al vuelco electoral, según cuenta la dirigente comunista, fue irse a la cárcel, donde había presos del golpe de Estado revolucionario del 34 a decenas, a liberarlos. Según ella misma, De Albornoz se negó. Adujo que aquellos hombres, a quienes él consideraba, igual que Ibárruri, héroes de la República, merecían salir a la calle; pero añadía que eso tiene que producirse por un acto jurídico del gobierno, un indulto, y recomendó esperar unos días. Ibárruri cuenta con desparpajo que los líderes del Frente Popular pasaron del ex ministro como de comer mierda, se fueron a la cárcel y liberaron a todos los presos; también, pues, a los chorizos y a los violadores.

Y como segundón me gusta también (creo que esto no te va a gustar del todo) el general Vicente Rojo. Primero, porque es otro católico nacido para ser conservador y facha que sabe permanecer en su puesto y cumplir con su deber por encima de todo. Segundo, porque, al mismo tiempo que digo o escribo lo anterior, también tuvo la presencia de ánimo y el carácter como para no llevar esa lealtad hacia el numantismo suicida: una vez que fueron expulsadas a Francia las tropas republicanas tras la toma de Cataluña por Franco, se negó a volver a España, por mucho que Negrín se lo ordenó, con el argumento, cierto, de que continuar la guerra ya no era sino incrementar inútilmente la nómina de muertos. Y, por último, porque tuvo la gallardía de enfrentar su destino, volver a España y ser estúpidamente condenado por rebelión, cuando lo que él había hecho había sido enfrentarse a quienes se habían rebelado.

Podría citarte más. Me gusta la labor de Jaume Carner, un ministro de Economía catalán en los tiempos de la negociación del Estatuto que, a pesar de su origen, supo llamarle al pan pan y al vino, vino. Me gusta la breve y básicamente apolítica labor de Joaquín Chapaprieta al frente del Gobierno. Me gusta la valentía de Justo Martínez Amutio en Albacete, negándose a mirar a otro lado tras los nueve fusilamientos de brigadistas internacionales. Me gusta la valentía de los coroneles que acudieron a la fallida operación de reconquista republicana de las Baleares, arriesgando el cuello por su jefe porque la CNT quería fusilarlo acusándolo de haber saboteado la operación. Me gusta Mariano Ansó dándole la barrila a Portela Valladares tras la guerra para que devolviese lo que no era suyo, es decir las acciones de la CHADE que en tiempo de guerra se habían incautado.

De todas las personas que te cito esta carta, Ina, se pueden decir cosas malas. Y es que tener medio mando en la República y en la guerra y acabar limpio de polvo y paja es, creo yo, imposible. El problema que tengo yo con los personajes de primera fila, de Gil-Robles a Negrín, de Besteiro a Lerroux, de Prieto a Azaña, de Franco a García Oliver, es que a todos, absolutamente a todos, les encuentro más peros que alabanzas. Es sólo la segunda fila donde encuentro ese balance neto positivo.

De todas formas, me dicen quienes han discutido de esto conmigo que es algo bastante normal.

Te mando un abrazo,

Juan


...

Lo mejor de la República, según Inasequible Aldesaliento

Querido JdJ:

Entiendo que entre tanto político irresponsable y demagogo que hubo en la II República, te haya costado encontrar personajes positivos y hayas optado por los segundones. Sin embargo, yo me resisto a rebuscar entre los sargentos y quiero un general con mando en plaza. Alguien debió de haber entre los políticos de primera fila de quien podamos hacer un juicio básicamente positivo. Creo que ese político existe: José María Gil-Robles.

Gil-Robles lideraba la CEDA, la Confederación Españolas de Derechas Autónomas, que era como la UCD de la Transición, pero una UCD a la que se le hubiese quitado Francisco Fernández-Ordóñez y se le hubiese añadido la Alianza Popular de Fraga. La CEDA englobaba a conservadores, católicos, pequeños propietarios, monárquicos, e incluso a parafascistas. Lo interesante de la CEDA es que agrupaba a grupos que no le tenían demasiado cariño a la República, pero que, sin embargo, aceptaron jugar conforme a las reglas del juego republicano. Esto es importante, porque esos grupos, que no habían contribuido a traer la República, a menudo respetaron la legalidad republicana más que otros que sí que habían contribuido a traerla.

He oído críticas a Gil-Robles de indefinición ideológica, más allá de su catolicismo esencial. Pienso que en él había mucho de oportunismo. Por otra parte, liderando unas huestes tan variopintas, no podía permitirse el lujo de definirse demasiado ideológicamente y ver cómo se le iban grupos enteros de partidarios. En su día le acusaron de querer jugar en España un papel dictatorial semejante al del Canciller Dollfus en Austria. Creo que en esas acusaciones hubo mucho de mala fe y demagogia y para probarlo no hay más que ver su ejecutoria política. También se le acusó en 1934 de no querer expresar inequívocamente su apoyo a la República. Hacerlo le hubiera enfrentado con muchos de los suyos. Fue malo que no expresase ese apoyo, pero hay que reconocerle que se mantuvo fiel a la legalidad republicana, más fiel que el PSOE en 1934, por mucho que éste si se hubiese declarado republicano.

La CEDA ganó las elecciones generales de noviembre de 1933. Sin embargo, el Presidente Alcalá-Zamora prefirió encargar la formación del gobierno al Partido Radical de Lerroux, que tenía 13 escaños menos. Gil-Robles acató la decisión y su partido se convirtió en el principal apoyo del gobierno radical, en espera de que llegase su momento. Quienes no aceptaron el gobierno legítimo del Partido Radical fueron precisamente las izquierdas. Resulta curioso que mientras El Socialista argüía que la República era tan mala como la Monarquía y que en ella no había lugar para el proletariado, Gil-Robles afirmase que daba lo mismo República que Monarquía, siempre que la ley no atacase a la Iglesia Católica. Más tarde, en junio de 1936, ya en vísperas de la Guerra Civil, insistiría en que España podía vivir en un régimen o en otro, pero en lo que no podía vivir era en anarquía.

El 4 de octubre de 1934, Gil-Robles retiró su apoyo al gobierno del radical Samper y provocó su caída. Algo perfectamente válido en el juego democrático y desde luego mucho más válido que la Revolución de Asturias que siguió unos días después (por no hablar del levantamiento fallido en Cataluña). Alcalá-Zamora encargó otra vez a los radicales que formasen gobierno, concretamente a Lerroux. Esta vez Lerroux incorporó al Gabinete a tres Ministros de la CEDA, lo que desencadenó los sucesos de octubre. O sea que un acontecimiento perfectamente legal y democrático había provocado una reacción ilegal y antidemocrática y la CEDA y Gil-Robles no se encontraron precisamente del lado de los antidemócratas.

Los sucesos de octubre hubieran podido dar pie al revanchismo o incluso a intentar un golpe de mano por parte de las derechas. ¿Cómo reaccionó la CEDA en esa tesitura? Suspendió el Estatuto catalán (Companys había dado motivos para ello), ante la presión de los monárquicos que pedían su abolición. De las 20 sentencias de muerte dictadas, sólo se ejecutaron dos. Gil-Robles insistió en que se ejecutaran todas, lo que realmente hubiera sido un error mayúsculo, que sólo habría servido para enconar aún más los ánimos. En protesta por su conmutación, abandonó el gobierno y forzó una crisis que le permitió a la CEDA conseguir cinco ministros en el nuevo gobierno, uno de ellos el propio Gil-Robles en la cartera de Guerra. No tengo datos para saber si la insistencia de Gil-Robles en la ejecución de todas las penas de muerte era real o se trataba de una añagaza para forzar la crisis. En todo caso, no me consta que tras su entrada en el gobierno volviera a abogar por la ejecución de las penas de muerte.

Por lo que he leído, Gil-Robles fue un Ministro de Guerra competente que buscó la modernización del Ejército. Eso sí, los oficiales de derechas se vieron favorecidos y los de izquierdas apartados. Lo mismo que en 2000 con Trillo y que en 2004 con Bono en el otro sentido. No hemos cambiado tanto.

El escándalo del estraperlo [nota de JdJ: sin olvidar, tampoco, el affaire Nombela-Tayá, también muy grave] provocó el fin del gobierno Lerroux y el desmoronamiento del Partido Radical. La solución más lógica hubiera sido encargar a Gil-Robles la formación de gobierno. Alcalá-Zamora volvió a negarse y prefirió encargarle a Portela Valladares que formara un gobierno provisional que preparara nuevas elecciones. En todo caso, entraba dentro de las potestades del Presidente de la República.

Cuenta Hugh Thomas que la decisión de Alcalá-Zamora fue un duro golpe para Gil-Robles que se veía como única alternativa posible a un gobierno del Partido Radical. Dice que su Subsecretario, el General Fanjul, el que siete meses después dirigiría la intentona frustrada del Cuartel de la Montaña, le dijo que si daba la orden, esa misma noche sacaría a la guarnición madrileña a la calle. La respuesta de Gil-Robles habría sido: «Si el ejército, agrupado en torno a sus jefes naturales, cree que debe tomar el poder temporalmente con el objeto de salvar el espíritu de la Constitución, yo no constituiré el menor obstáculo». Y pidió a Fanjul que consultara a otros generales. La respuesta de Gil-Robles se presta a muchas interpretaciones. La mía es: «He perdido la confianza en esta República. Si el Ejército unido da un golpe para enderezar el rumbo de la situación, no me opondré».

Pienso que Gil-Robles, con todos sus defectos, había sabido domesticar a su grey y hacer que pasara por el aro republicano aunque fuera a regañadientes. Si enfrente hubiera tenido a políticos del mismo talante, la Historia habría sido muy distinta.

Te devuelvo el abrazo,

Ina.

lunes, abril 30, 2007

La reforma agraria de la República

Nos escribe Camilo, no sabemos muy bien desde dónde, animándonos a escribir unas notas sobre el problema de la reforma agraria en la segunda República. Lo más loable de Camilo es su sinceridad: no esconde que tras su petición, además de un interés sincero, se encuentra la obsesión de su profesor del instituto por esta cuestión, obsesión que se ha concretado en el encargo de un trabajo con nota. Pues bien, Camilo, para retribuir tu sinceridad, tengo una noticia buena y la otra mala. La buena es que este post va precisamente de aquello que tú necesitas, esto es la reforma agraria en la República; la mala es que, si has leído algunos otros post nuestros, habrás notado que tenemos la costumbre de redactarlos en un lenguaje coloquial e, incluso, en algunos casos, incluso levemente obsceno; el tipo de lenguaje que les sirve a los profes para darse cuenta de que un alumno no ha escrito lo que dice haber escrito. Te recomendamos, pues, que antes de caer en la tentación del copy/paste, te leas lo que viene debajo, y trates de asimilarlo.

Con la cuestión religiosa, que ya hemos tratado aquí y aquí, y la cuestión militar, la agraria es, de lejos, la gran cuestión de la República. Baste para muestra el botón de que el gobierno Azaña, y de hecho el primer bienio de izquierdas, cayó por unos sucesos, los de Casas Viejas, cuyo origen es la insatisfacción de los anarquistas respecto de la reforma agraria. Claro que no era para menos. España, económicamente hablando, era, en 1931, una economía agraria. Así venía siendo de tiempo atrás aunque con una realidad, como poco curiosa, pues si bien en España la agricultura siempre había sido muy importante, lo que no había sido era productiva, ya que las tierras españolas son, por lo general, poco fértiles. Entonces lo eran menos que ahora porque en España no había habido una gran política de regadíos (ésta la practicó, mal que nos pese, el franquismo; a Franco se le ridiculizó por su manía de inaugurar pantanos, pero es lo cierto que esos pantanos han irrigado no pocos campos hasta entonces de secano) lo cual hacía que hubiese extensísimas áreas de agricultura de secano. Por lo demás, había dos modelos agrarios radicalmente distintos: el del norte, basado en los minifundios de escasísima superficie (a veces, tan poca que ni daba para sostener a la familia que lo cultivaba); mientras que en el centro y sur eran generales los grandes latifundios, pues el secano sólo tiende a ser rentable en grandes superficies. El agricultor típico de la época era el yuntero, es decir un jornalero con dos mulas y un arado, que trataba de arrendar campos para explotarlos. Los latifundios eran el 58% de la superficie cultivable de Cádiz y cerca del 50% en cualquier otra provincia andaluza o extremeña. En Sevilla, por ejemplo, había 2.344 propietarios de tierras, el 5% del total, que generaban el 72% de la producción agrícola. Dado que en el secano la rentabilidad se incrementa con la superficie que se puede explotar, un terrateniente andaluz medio era capaz de sacar unas 18.000 pesetas anuales de su finca, mientras que el arrendatario minifundista solía sacar, por sus 10 hectáreas, poco más de 160.

Esto por lo que se refiere a quienes podían alquilar una tierra. Para los jornaleros, la cosa era peor. Un jornalero andaluz ganaba en 1930 entre 3 y 3,5 pesetas por día, salvo en verano, cuando ganaba hasta 5 pesetas, pero tenía que trabajar cuatro horas más, hasta doce. En Cataluña, estos jornales eran de 4 y 8 pesetas y en el País Vasco no bajaban de 5 pesetas.

En 1931 había en España 99 personas nobles con categoría de Grande de España. Sólo entre esta centena de familias poseían 577.000 hectáreas de campo. El mayor propietario de España era el duque de Medinaceli (79.146 hectáreas), seguido del duque de Peñaranda (51.015), el de Vistahermosa (47.203) y el de Alba (34.455 hectáreas). Por último, cabe hacer notar que en algunas zonas, como las Castillas, era endémico el arrendamiento a corto plazo, que era como agarrar al yuntero por los huevos: el latifundista cambiaba las condiciones del arriendo cada poco tiempo y, en caso que el arrendatario se pusiese de canto, siempre le quedaba la posibilidad de dejar las tierras en barbecho y matarlo de hambre. Como era latifundista, tenía otras muchas parcelas arrendadas.

La primera medida efectiva tomada por la República fue la denominada Ley de Términos Municipales, que impedía contratar un jornalero en otro pueblo mientras en el pueblo de las tierras quedase un solo parado. Esta ley elevó notablemente los jornales, aunque también sentó las bases de cierta dominación sindical sobre la contratación agraria, dominación de la que los propietarios de tierras se quejarían constantemente. En todo caso, el salario mínimo quedaba fijado en 5,5 pesetas por jornada normal y 11 para la de siega. Se fijaba la jornada de ocho horas y se recortaban notablemente las potestades de desahucio por parte de los propietarios arrendadores.

El 21 de agosto se constituye la ponencia de la Ley de Reforma Agraria, integrada por los diputados Polanco, Calot, Álvarez Mendizábal, Martínez Gil, Morau Bayo, Crespo, Valera, Artigas Arpón, Díaz del Moral, Companys, Ossorio Tafull, Hidalgo, Vaquero, García y García, Canales González, Beade Méndez, Pérez Torreblanca, Escribano, Serra Moret, Martínez de Velasco y Domínguez Arévalo.

En esta comisión, donde había desde liberales agrarios de derecha hasta socialistas, chocaron frontalmente los dos modelos de reforma existentes en la izquierda. Por un lado, el modelo del PSOE, que quería expropiar grandes fincas y explotarlas como tales colectivamente (un modelo seudosoviético, por lo tanto); y el modelo de los republicanos burgueses, que propugnaba la parcelación de dichos latifundios y su entrega a una multitud de pequeños propietarios. A la derecha de los burgueses estaban las derechas, que no querían la reforma; y a la izquierda de los socialistas estaba la CNT, que quería hacerse con la tierra a la fuerza y sin milongas legales ni otras memeces.

Nada más comenzar la discusión de la ley, en mayo de 1932, los notarios empezaron a forrarse. ¿Que por qué? Pero, ¿es que estáis lentos con el puente, o qué? ¿Nos os he dicho que la ley iba en contra de los latifundios? Un latifundio no se puede hacer desaparecer, pero lo que sí se puede es cortar a trocitos: los propietarios se fueron a los notarios, cargados de parientes, amigos y amiguetes, y comenzaron a trocear sus fincas al máximo y poniendo en cada trocito un dueño diferente; aquí la esposa, aquí una prima, aquí un amigo…

La ley, finalmente, fue aprobada en el Congreso, el 9 de septiembre de 1932, con 318 votos a favor y 19 en contra. Sucintamente, establecía la creación de un organismo, el Instituto de Reforma Agraria, encargado de dirimir qué explotaciones serían susceptibles de expropiación; amén de establecer medidas como la reversión a los arrendatarios de fincas que no fuesen muy grandes y que llevasen arrendando de mucho tiempo atrás. La reforma, en principio, no establecía la expropiación sin indemnización de las fincas de los grandes de España; esto es algo que se suele decir hoy, pero lo cierto es que esta enmienda en la ley fue introducida después del golpe de Estado del general Sanjurjo, y fue una represalia por el apoyo prestado a dicho golpe por alguna de las augustas familias.

Por lo que se refiere al resto de las finas expropiadas, se calculaba para ellas un precio mediante un tipo de capitalización que era creciente según la renta generada por las tierras. Una parte de la indemnización se pagaba en pasta y la otra en papelitos, concretamente deuda especial amortizable en cincuenta años (o sea: 1982, que ya les vale), con un tipo del 5% anual. A mayor riqueza de la tierra, menor era la proporción de pago en dinero.

La pregunta es: ¿por qué la reforma agraria salió mal? Pues por varias razones, supongo. Las que yo podría citar aquí son, primera, la candidez. Los gobernantes republicanos fueron extraordinariamente cándidos al diseñarla. En primer lugar, identificaron el problema agrario con el problema agrario del centro y sur de España, con lo que generaron una reforma que a los agricultores gallegos, asturianos o riojanos les atravesaba sin romperles ni mancharles: no les servía para nada.

En segundo lugar, todo parece indicar que la de los gobernantes republicanos fue una reforma hecha como los políticos de hoy los programas electorales, o sea: tú promete y, si luego ganamos, ya veremos cómo lo pagamos. Con el agravante de que éstos ya habían ganado; ya tenían que llevar adelante sus promesas. Lejos de ser un problema exclusivo de los grandes de España, la reforma agraria española requería expropiaciones a otras muchas gentes, todas ellas con indemnización, y para eso hacía falta dinero.

Y aquí llega el tercer lugar. El Consejo Superior Bancario realizó un informe en el que aseveraba que el sistema bancario español era suficiente para financiar la reforma y el gobierno, candidez sobre candidez, le creyó. Con ello, la reforma quedó en manos de quien la financiaba, los bancos; y éstos estaban dominados por los grandes nombres del capital financiero, mucho más amigos de los terratenientes que de los políticos republicanos. Así pues, metieron a la zorra en el gallinero.

La reforma agraria se diseñó para reasentar a 60.000 campesinos por año. En 1934, por lo tanto, debían ser 120.000; y eran 12.500. El Instituto de Reforma Agraria contaba con una aplicación presupuestaria de 50 millones al año, con lo que podía, por lo tanto, aspirar a colocar unas 5.000 familias. Para el resto, dependía de los bancos. Azaña se queja y se queja en sus diarios de su ministro de Agricultura, el republicano Marcelino Domingo, de cuya capacidad técnica dice lindezas y al que pone a precipitarse de un equino; pero cabe preguntarse hasta qué punto la cosa no fue bien por la estulticia de un ministro o es que la cosa estaba, en realidad, mal diseñada.

El 10 de marzo de 1933, siete mil agricultores se juntaron en una asamblea en Madrid contra la reforma. Las protestas llegaban por doquier. Paradójicamente, la superficie de tierra dejada sin cultivar creció (o no tan paradójicamente, pues los propietarios tenían pocos incentivos para invertir en ella). En este ambiente, las derechas ganaron las elecciones del 33, y le dieron una completa vuelta a la tortilla.

El 11 de febrero de 1934, con un solo decreto (levantamiento de los campesinos dedicados a cultivos intensivos), el gobierno desahució a 28.000 jornaleros. Cinco días después, se reponía la libertad del propietario de elegir arrendatario, eliminada con la reforma. Y, tres meses después, se anulaban las disposiciones relativas a jornadas, salario y colocación. Los jornales cayeron en unos pocos días un 50%. Entre mayo y junio de 1934, la Federación de Trabajadores de la Tierra, vinculada a UGT, desató una violentísima huelga general en el campo, con quemas de maquinaria incluidas. Un intento racional de hacer una reforma moderada, el del ministro de la CEDA Manuel Giménez Fernández, fue abortado por las propias derechas y su egoísmo, pues ahora todo lo que pretendían era recuperar todos sus privilegios. En un auténtico festival de favoritismo, los grandes de España fueron indemnizados por las mejoras introducidas en sus tierras antes de ser ocupadas e, incluso, por la expropiación de algunas de dichas fincas, a valores superiores a los reales.

Si es cierto que el Frente Popular no llegó del todo con ese afán revanchista y guerracivilista que se le atribuye, lo cierto es que en la materia agraria no es así. El campo que votó al Frente lo votó para volver a voltear la tortilla, esta vez con más radicalidad incluso; y, una vez producida la victoria, ello se cumplió. De febrero a junio de 1936, se expropiaron tierras para asentar a casi 72.000 yunteros, o sea cinco veces la cifra del periodo 1932-33, aunque cabe decir que, en realidad, aquí el gobierno ya no hacía nada, sino que se limitaba a dar carta de naturaleza a los hechos. La mayor parte de estas expropiaciones corresponde a terrenos previamente ocupados por los campesinos, con mayor o menor violencia.

La nueva Ley de Reforma Agraria del Frente Popular se aprobó el 18 de junio de 1936. Pero, por razones sobradamente conocidas, prácticamente no se aplicó.