domingo, mayo 20, 2007

Cesáreo del Cerro, patrono curtidor

Esta tarde, mientras leía una edición de 1960 de la correspondencia de Francisco Largo Caballero que compré hace un par de semanas, me he encontrado con un papel entre las páginas. Son estos encuentros un divertimento y misterio colateral a la propia lectura de antiguos libros usados. No siempre ocurre, pero ocurre a veces. Por ejemplo, dentro de un libro editado en 1919 con un compendio de conferencias pronunciadas por prominentes miembros de la Lliga Regionalista, encontré el tarjeta de un matrimonio residente en la avenida de Mazarredo de Bilbao; otra vez, dentro de las memorias de un ministro de Franco, encontré la tarjeta de visita de un miembro de Falange. A veces me entran ganas de buscar algún contacto con la dirección que figura, por ser si la casa sigue ocupada por descendientes de quien un día fue propietario del libro que estoy leyendo, para devolverles, por lo menos, la tarjeta. Aunque luego pienso que, si se han deshecho de los libros, tal vez no sea tan buena idea.

Lo que he encontrado hoy, dentro del libro de Largo, ha sido un recibo. Con fecha cierto día de 1961, una congregación religiosa da fe de la entrega por parte de la dueña del libro de un óbolo de seis pesetas para un asilo de ancianos. Lo que no he acabado de entender es la función del dicho recibí; que yo sepa, en aquel entonces las dádivas a la caridad no eran deducibles en impuestos.

Esta anécdota me ha hecho pensar en las donaciones y en lo importantes que son para algunas instituciones. Especialmente, desde luego, para la iglesia católica, sus órdenes, etc., gran parte de cuya historia económica y su prosperidad se ha debido a esa actividad donante. Pero casi todo el mundo, alguna vez, se beneficia de donaciones. En ese momento he recordado una que siempre me ha intrigado mucho y que es de la que hoy os voy a hablar.

El 5 de diciembre de 1915 falleció en Madrid Cesáreo del Cerro, curtidor. Según han dejado escrito importantes socialistas (y aquí me baso en la información aportada por Rodolfo Llopis, que sería secretario general del PSOE en el exilio, y que es citada en el libro de Andrés Saborit El pensamiento político de Julián Besteiro (Madrid, Seminarios y Ediciones, 1974), cuando Del Cerro muere, nadie, absolutamente nadie, le conoce actividad o querencia obrerista alguna. No tiene ningún amigo en las organizaciones obreras, no es conocido en ninguno de los locales de reunión proletarios y no está afiliado a ninguna organización. «Ni siquiera», remacha Llopis, «se le conocía como simpatizante».

Cesáreo del Cerro debía de ser un auténtico eremita. No estoy en condiciones de perorar largamente sobre la capacidad de medrar económicamente que pudiera tener, en el último cuarto del siglo XIX y primeros años del XX, un patrono curtidor; pero doy en pensar que tampoco podía ser como para convertirse en un potentado. Sin embargo, Del Cerro lo era al morir. Tenía una fortuna valorada en 999.000 pesetas, o sea un milloncejo de hace 92 años. Aunque es difícil hacer cálculos de valor de la peseta con tanto tiempo, multiplicar esa cifra por 100 está lejos de ser un cálculo exagerado.

Nadie sabe, en realidad, qué movió a Cesáreo del Cerro a legar todo este dinero a las sociedades obreras de Madrid y, en la práctica, al PSOE y a la UGT.

La mayor parte del legado, 669.000 pesetas, estaba formado por acciones del Banco de España. El Banco de España era entonces un banco privado, con funciones de banco público, razón por la cual en su consejo siempre estuvieron sentados, incluso en tiempos de la República, los principales nombres de las oligarquías financieras españolas, en tanto que accionistas. La herencia de Del Cerro supuso la situación chusca de que representantes de una organización como el PSOE, de corte puramente marxista en aquel entonces y que, sin ir más lejos, dos años después de la muerte de su mecenas organizarían una huelga general revolucionaria, esas personas, digo, tuviesen todo el derecho a acudir a las juntas de accionistas del Banco de España. Os podréis imaginar con qué cara les mirarían sus compañeros de acto.

Las 330.000 pesetas que quedan se correspondían con el valor del inmueble sito en el número 20 de la calle de Carranza de Madrid (visto el aspecto que tiene el actual, es más que probable que sea el mismo); donación que el PSOE aprovechó rápidamente para instalar allí, entre otras cosas, la redacción de su periódico El Socialista, amén de servir de vivienda para algunos dirigentes, como Indalecio Prieto.

Cesáreo del Cerro establecía en su testamento que sólo se podría disponer de la renta de su legado (lo declaraba, pues, invendible), así como que era su voluntad que dicho dinero «se invierta exclusivamente en dar instrucción a los obreros e individuos de sus respectivas familias que pertenezcan a las referidas sociedades [se refiere a las sociedades obreras que acabarían básicamente integradas en la UGT], sin distinción de oficio o gremio». Los legatarios eran libres de fijar «la forma y clase de enseñanza que habrá de darse a los obreros, ya sea puramente literaria, científica, industrial, artística o de cualquier otra naturaleza; pudiendo también, si lo creen conveniente, construir pensiones para los obreros que más se distingan por su cualidades de inteligencia, laboriosidad y honradez, a fin de que puedan aprender o ampliar sus conocimientos de altún arte y oficio». Eso sí, solicitaba que «uno de los acuerdos sea establecer una escuela d eprimera enseñanza para los hijos de los obreros y que a los niños y niñas que a ella asistan se les dé, además de la instrucción que se crea conveniente, vestidos y una comida diaria».

Continuaba el testamento: «Mientras viva Pablo Iglesias, jefe del Partido Socialista de España [sic], este señor tendrá derecho a inspeccionar la administración de los bienes que constituyen este legado y a intervenir como asesor de la sociedades obreras en toda slas cuestiones y asuntos que afecten o interesen al mismo legado».

El nombre de Cesáreo del Cerro quedó íntimamente ligado al del PSOE y la UGT, entre otras cosas, porque el dinero surgido de su legado hizo posible la adquisición, por las sociedades obreras de Madrid, de la Casa del Pueblo de Piamonte, 2 (dado el aspecto actual del inmueble, me da que pensar que ya no es el mismo), que se convirtió en el verdadero centro de acción de los socialistas en Madrid, antes y durante la República. Algunos dirigentes ugetistas de base, enfrentados con los manejos de sus jerifaltes, los llaman en sus escritos piamonteses, precisamente por esta causa.

Llopis, sin embargo, nos recuerda que los deseos del mecenas se cumplieron a rajatabla. En octubre de 1924, la Fundación Cesáreo del Cerro adquirió unos terrenos en la calle Orense («amplia finca con huerta y jardín», nos informa Llopis), donde se construyen una escuela y una cantina. Bajo la dirección de Carmen García Moreno, allí se monta una escuela de hijos de obreros.

En estos tiempos que llamamos de memoria histórica, algo deberían hacer, me parece a mí, tanto el partido como el sindicato para resaltar la figura de don Cesáreo, patrono curtidor. Ellos tienen actas, documentación; sobre todo de la Fundación Cesáreo del Cerro, que existió bajo la presidencia nada menos que de Julián Besteiro, y que si tuvo reuniones, actas, presentación de cuentas, etc., quizá haya dejado algún rastro que, a buen seguro, debiera estar en las diferentes fundaciones creadas a nombre de ilustres socialistas. Asimismo, en esta ciudad de Madrid, que tanto gusta, y es buena costumbre, de colocar placas en las fachadas donde vivió o murió tal escritor, o aquel político, bueno sería que, también, alguien tuviese la idea, pues creo que no existe, de buscar algún lugar señero, tal vez esa inmueble de la calle Carranza, para dejar un recuerdo en honor de un hombre que murió con la cabeza repleta de niños pobres, malamente nutridos y peormente educados, y que decidió salvar, si no su alma, sí por lo menos su conciencia, haciendo algo por ellos.