miércoles, mayo 16, 2007

Mi voto en las próximas elecciones

Andamos los hispanos, en el tiempo presente, muy revueltos políticamente. La razón es que se nos acercan unas elecciones municipales y autonómicas (aunque no en todas las autonomías). Quizá los que podáis leer esto y no seáis españoles penséis que unas elecciones municipales son elecciones menores. Pero no hay tal, en nuestro caso. Unas elecciones municipales trajeron la II República, por ejemplo. Y, además, ahora mismo se da la circunstancia de que, a pesar de que hay mucha gente que no vota lo mismo cuando el parlamento que está votando es el local, regional o estatal, el hecho de que las municipales se celebren más o menos un año antes que las generales hace que sea bastante cierta la regla por la cual el partido que gana aquéllas, gana después éstas.

A mí nadie me ha preguntado el voto. Pero, aún así, yo contesto. No tengo ningún problema en escribir en público la decisión que tomaré el 27 de mayo, como la he tomado ya muchas veces en los últimos años.

Mi voto será nulo. Más que nada, porque es la única forma que conozco de expresar mi radical desacuerdo con el sistema electoral.

Son varias las cosas que me rayan.

En primer lugar, las listas cerradas. A las pocas horas de comenzar oficialmente la campaña electoral, ya recibí en mi casa las dos primeras cartas invitándome al voto a la Asamblea de Madrid. No sé si es fruto de la casualidad, si van coordinados (lo dudo) o qué, pero el caso es que las dos listas propuestas eran la de Falange Española de las JONS y La Falange, que al parecer hoy en día son cosas distintas (sin ir más lejos, el logo de una es el yugo y las flechas en blanco sobre fondo negro, y el del otro es el yugo y las flechas en negro sobre fondo blanco).

En ambos casos, la papeleta contiene 123 nombres; 120 candidatos, y tres candidatos suplentes.

Una pregunta personal, lector: ¿cuántos amigos tienes? Siempre se dice que los amigos de verdad se cuentan con los dedos de una mano. Pero, sumando a los colegas, no sé, todos tenemos una cuadrilla de, digamos, entre cinco y quince personas, con la que nos iríamos un sábado a cenar y al cine perfectamente. La siguiente pregunta es: ¿y a cuánta gente conoces un poco? O sea, si haces una lista de las personas de las que tienes datos del tipo si están casados o no, si tienen hijos, en qué trabajan, si son más bien ricos o pobres, si del Madrid, del Atleti o del Barça, ¿cuántos te saldrían? Entre compis del curro o del aula, amigos de papá y de mamá, el vecino ése tan cachondo mental… ¿sesenta, setenta personas?

Corolario: si tú, que lees eso, en los quince, veinte, treinta, cuarenta o sesenta y tantos años de vida que tienes, has conseguido acopiar información básica sobre algo más de 50 personas, ¿cómo serás capaz de juzgar la capacidad de 123 desconocidos a la hora de representarte en la Asamblea de Madrid?

Las listas cerradas no sólo son antidemocráticas sino que son absolutamente contrarias a nuestro devenir histórico. Hasta la transición posfranquista, los españoles de toda la vida de Dios, cuando habían podido votar, habían votado listas abiertas. Esto daba para ciertas comparaciones inteligentes; por ejemplo, en el PSOE de la República el candidato más votado era, casi siempre, Julián Besteiro. Y en las elecciones del 36 en Barcelona ciudad, a pesar de que el líder político catalán indiscutido era Lluis Companys, no fue el candidato más votado de la lista.

Las listas cerradas fomentan el deporte del «escaño seguro», ergo del lobby político. O sea: yo soy un líder político que quiero obtener el apoyo de un gran financiero y lo mismo lo consigo si su hijo tiene veleidades políticas: lo pongo de quinto candidato por Murcia, que para mi partido es escaño seguro, y a tirar millas.

Esta práctica del escaño seguro es el trasunto moderno del deleznable artículo 29 de la ley electoral de la Restauración, mediante el cual un candidato que no tenía oponentes era automáticamente proclamado; así, los caciques ni siquiera tenían que conseguir que la gente les votase; con amedrentar a todo aquél que osase competir con ellos les bastaba. Estoy hoy ya no pasa; no hay caciques, que se sepa. Pero sí hay diputados que el votante traga sí o sí. Suponiendo que yo conociese de la leche a María del Carmen Fátima González Gutiérrez (número 15 en la lista de FE de las JONS para la Asamblea de Madrid); suponiendo que la conociese y la ponderase como persona de enorme inteligencia y habilidad política, ¿por qué dicha ponderación tendría que llevar aparejado mi apoyo a otros 122 señores y señoras? Más aún: ¿cuál es mi capacidad de reacción si opino que María del Carmen Fátima merecería ser diputada en la Asamblea de Madrid pero, en cambio, albergo la opinión exactamente opuesta sobre Norberto Pedro Rico Sanabria, número 1 de su lista?

Pues esa libertad de decidir, los españoles la teníamos. La teníamos incluso en tiempos que motejamos de caciquiles y poco democráticos.

Un estudio sociológico interesante sería conocer, para cada partido, el nivel de conocimiento por los votantes de los candidatos de la lista. Fijo que por debajo del número seis no los conoce ni Dios.

Lo siguiente que me jode son las circunscripciones electorales. En la República se reinventó la circunscripción provincial como una medida contra el caciquismo. Y estuvo bien porque es cierto que, cuanto menor era la circunscripción electoral, más probabilidad había de que hubiese un mandamás llevándose al huerto los votos o la proclamación directa.

Pero el tiempo ha pasado y, hoy por hoy, me pregunto qué narices hacemos los residentes en Madrid votando candidatos al Congreso por una circunscripción como la muestra, con más de cinco millones de habitantes. Vale, por eso votamos más candidatos. Pero, como las listas son cerradas, eso no hace sino acrecentar el problema. Hay que votar listas abiertas y, además, listas de no más allá de cuatro o cinco candidatos.

Dicho de otra forma: en un sistema realmente democrático, yo quiero tener un congresista. Mi congresista. Un tipo, o tipa, con nombres y apellidos, con una historia, con una trayectoria y unas habilidades. Que haya hecho esfuerzos por hacerse conocer por mí, ya que su escaño depende de mi voto. A quien yo pueda acudir, me haga mucho o poco caso, cuando tengo algo que decir. Que pueda saber que votando a favor de la Ley X se la está jugando, porque yo estoy en contra. Las democracias parlamentarias en las que los parlamentarios votan según la indicación de un jefe de partido son democracias a medias.

Lo de las listas de cuatro o cinco candidatos me lleva a otro asunto, como es el juego de mayorías y minorías y las coaliciones. En el sistema electoral de la II República, los votantes votaban en las papeletas por un número de escaños inferior al total de la circunscripción que se tratase. Este sistema propugnaba la existencia de candidaturas llamadas de mayorías (el partido muy votado que va a al copo) y candidaturas de minorías (el partido de escasa implantación, pero que tal vez cuenta con un personaje de especial relevancia, que lo presenta buscando «rebañar» ese escaño al que no pueden llegar los votantes de los grandes partidos).

Este sistema, sobre todo, tenía una ventaja fundamental: las alianzas y coaliciones debían ser previas, no posteriores. Un sistema de mayorías y minorías favorece enormemente a la formación política que es capaz, a través de coaliciones, de presentarse ante su electorado unida. La izquierda perdió las elecciones del 33 por estar fraccionada, pero en 1936 aprendió la lección y le dio la vuelta a la situación con el Frente Popular. No creo que nadie desmienta la idea de que una coalición ante es muchísimo más democrática que una coalición post. En una coalición post, los líderes políticos de los partidos coligados están haciendo un juicio de intenciones (que sus electores quieren que se coliguen) al que, claramente, no han querido someterse por la vía de los votos; si tan convencidos están de que ése es el deseo de sus votantes, ¿por qué no se aliaron antes?

Se ha escrito sobradamente que este sistema electoral de mayorías fue uno de los grandes problemas de la República, porque favoreció la victoria de posiciones radicales. Yo no estoy de acuerdo. Hubiera sido el sistema electoral en la República el que hubiera sido, la situación se habría radicalizado igual, porque el problema de la República, además del sistema electoral, fue la inexistencia de un centro político. La deplorable situación de las clases humildes españolas, especialmente en el campo que era el principal motor de empleo, unida a la polarización política de aquellos tiempos (binomio marxismo-fascismo), hizo que las opciones de centro no existiesen. La Confederación Estatal de Derechas Autónomas de Gil-Robles, que viene a ser, en situación en el espectro sociológico, como nuestro PP de hoy, le hacía decir a su jefe en los mitines cosas como que había que construir un nuevo Estado y si el Parlamento no entendía eso, habría que someterlo; si a Rajoy se le ocurre decir la mitad de un cacho de un 10% de esto, lo echamos de España. Y qué decir de la izquierda. Ya no del PSOE, que entonces era un partido marxista de libro; la propia izquierda burguesa, es decir los radical-socialistas y los azañistas, mantenían políticas bastante alejadas del centro político.

En 1933 y en 1936, ganar era alejarse del centro; hoy en día, gana quien más se acerca a él. Pero el problema de las coaliciones estriba en que deberían ser casi ilegales a voto pasado. ¿Fomenta eso el frentepopulismo? Pero, ¿quién ha dicho que el frentepopulismo es malo? El Frente Popular se presentó a las elecciones de febrero de 1936 con un programa electoral (manifiesto electoral se llamaba entonces) muy interesante, a la par que moderado e integral. No faltaron las declaraciones de los políticos de dicho Frente en sentido integrador y Azaña, tras la victoria, así lo aseveró en el Parlamento: quería dirigir un gobierno para todos los españoles. De la deriva que después tomaron las cosas tuvieron la culpa algunas personas, pero no el Frente Popular como estrategia.

Pero, ¿cuál sería el juicio de la Historia si hubiese transcurrido de otra manera? Pongamos que en la España de 1936 el sistema electoral hubiera sido otro, digamos el que tenemos hoy nosotros: enormes circunscripciones electorales, ley D’Hont y listas cerradas. Pongamos que en febrero que 1936 se presentan cinco grandes fuerzas políticas a las elecciones: la derecha monárquica antidemocrática (el Bloque Nacional de Calvo-Sotelo, y los tradicionalistas); la derecha republicana (CEDA); la izquierda burguesa (Unión Republicana e Izquierda Republicana, digamos que en coalición o en un solo partido político, más las candidaturas portelistas); el PSOE y los comunistas, también en coalición o bajo las siglas del PSOE; y los nacionalistas.

¿Cuál habría sido el resultado de esas elecciones? Es imposible saberlo, pero mi apuesta es que, sobre un Parlamento de unos 350 escaños, el nacionalismo vasco y el catalán obtendrían representaciones similares a las que tienen, algo más elevadas en el caso del nacionalismo catalán; los monárquicos tendrían una minoría del tamaño de la que tiene hoy en día Izquierda Unida; los partidos de centro tendrían unos 50 o 60 diputados; y la CEDA y el PSOE-PC serían las grandes minorías, con más escaños para la segunda, digamos unos 160-170 para el PSOE, 120-130 para la CEDA. Lógicamente, habría en el grupo mixto pequeñas minorías, como los partidos más de izquierdas como el POUM.

En estas circunstancias, el PSOE, la izquierda burguesa, los partidos extremos y el nacionalismo catalán podrían recomponer el Frente Popular. Pero el juicio de la Historia ya no sería el mismo; estaría trufado de reproches, sobre todo hacia los partidos burgueses, por coligarse con formaciones más extremas después de las elecciones. Hoy en día, se habrían escrito páginas y páginas discutiendo hasta el fondo la cuestión de si quienes votaron en el 36 a los partidos burgueses eran o no partidarios de que éstos se aliasen con partidos marxistas; cuestión que hoy no existe en nuestro debate histórico, por el simple hecho de que la coalición existió y existió antes de las elecciones.

La democracia moderna, sin embargo, está repleta de multipartitos, tripartitos, bipartitos, tetrapartitos, pentapartitos y lo que caiga, a los que nadie ha votado como tales. Son los políticos los que prejuzgan la actitud de su electorado y, además, no le dan a ese mismo electorado la ocasión de que mostrar su desacuerdo mediante listas abiertas.

Iré, pues, a mi colegio electoral, pues para mí votar es, más que un derecho, una obligación. Pero para votar a 123 señores a los que no conozco de nada, que no me conocen a mí de nada tampoco y, aún así, se han arrogado la capacidad de hacer un juicio de intenciones sobre lo que yo quiero o dejo de querer votándoles, para eso, ya digo, haré lo que todos los años, en todas las elecciones: meteré en el sobre varias papeletas de varios partidos e iré señalando con círculos y flechas a aquellos candidatos de cada papeleta que deseo votar.

Siempre me ponen cara rara (salvo en las votaciones al Senado) por lo voluminoso de mi sobre. Una vez, una sola vez, un interventor electoral, no diré de qué partido, trató de averiguar, muy educadamente, la razón de tal volumen.

Se la expliqué, pero siempre he dado por hecho que no lo entendió.