miércoles, marzo 21, 2007

¿Estamos hoy como en el 36? Parte II: las diferencias

Vayamos, tal cual era lo prometido, con las diferencias, espero convenceros que sustanciales, existentes entre la situación actual y la que llevó a la guerra civil del 36. En realidad, identificar 2007 y 1936 es ya una forma de guerracivilismo, aunque hay que reconocer que no son pocas las personas que sostienen la dicha tesis de buena fe. A ellas más que a nadie va dirigido este post, porque la buena fe presupone siempre la capacidad crítica y de reflexión, otrosí la duda, primero que todo de las ideas propias.

Factores que hoy no son como ayer:


España, hoy, tiene un problema de bienestar, no de igualdad social.

En Casas Viejas, un grupo de jornaleros de ideología anarquista fue capaz de disparar a sangre fría a guardias civiles en defensa de un nuevo sistema de organización económica en el agro. Sinceramente, si mañana, un suponer, el Gobierno decidiese proponer un recorte en el Plan de Empleo Rural, del tipo de en lugar de certificar x peonadas para acceder a las ayudas habrá que certificar x + n, no me imagino yo a ningún grupo organizado de jornaleros montando una revolución.

En los años treinta del siglo pasado, España tenía un gravísimo problema de nivelación social. Era un país tercermundista en el sentido de país en el que los que vivían muy bien, vivían muy bien; y los que vivían mal vivían de pena. No existía el sistema de pensiones tal y como lo conocemos hoy, ni el sistema nacional de salud; no existía una prestación organizada y universal de desempleo, no existía la negociación colectiva, notablemente la confederal (a escala macro), no existían los mecanismos de nivelación territorial. Lo cual quiere decir que el debate se conformaba entre los representantes de unos grupos ciudadanos que todo lo tenían que ganar y otros grupos que no querían perder ni un ápice de sus privilegios.



No hay nada a la izquierda del PSOE

Como consecuencia de todo lo anterior, entre 1936 y el 2007 hay una diferencia fundamental, que es la ocupación electoral del espacio de izquierdas por parte de una formación moderada, de centroizquierda, como es el PSOE. Con todos mis respetos hacia la representación de Izquierda Unida y de algún que otro grupo nacionalista que pueda considerarse de auténtica izquierda, a los efectos que importa, a los efectos de tocar pelo, de gobernar a la sociedad, no hay nada a la izquierda del PSOE.

En 1931, en primer lugar, el PSOE era marxista. Lo cual quiere decir que a la izquierda del PSOE actual, que abandonó el marxismo en 1979 si no me falla la memoria, estaba el propio PSOE. El Partido Socialista de 1931 había provocado ya, en 1917, una huelga general revolucionaria con la intención de darle una completa vuelta a la tortilla del sistema político español; y lo volvió a hacer en 1934. Así pues, el PSOE de los años treinta no era un partido que se dedicase a poner a parir a sus contrarios políticos y a diseñar gestos más o menos partidistas; propugnaba, simple y llanamente, la dictadura del proletariado.

A este respecto, no hay sino leer las actas de los Consejos Nacionales de UGT que, a finales de 1933 y principios de 1934, descabalgaron a Julián Besteiro de la secretaría general del sindicato para así colocar a Largo Caballero y coordinar a sindicato y partido en la organización del golpe de octubre del 34. Estas actas (fueron publicadas por Amaro del Rosal en su libro 1934: el movimiento revolucionario de octubre. Madrid, Akal) están trufadas de apelaciones a la dictadura del proletariado como evolución lógica de la República. Y es absolutamente cierto que otras fuerzas prorrepublicanas, la llamada izquierda burguesa de AR, el PRRS y el PRRSI, la DNR, los federales o los alcalá-zamoristas, no estaban por esa labor; pero, electoralmente, quien partía el bacalao era el PSOE y, de hecho, la cuestión de si el PSOE debía o no participar en el gobierno fue la gran cuestión de las izquierdas durante todo aquel periodo.

El PSOE propugnaba esas ideas y actuaciones en parte por convicción, pues al fin y al cabo era un partido marxista; y, en gran parte, por presión. Porque el PSOE de la República no tenía a su izquierda a una organización más o menos vaporosa y de escaso tirón electoral. Lo que tenía era un anarcosindicalismo o anarquismo tan poderoso que era capaz de dirimir el fiel de la balanza electoral (aunque los análisis divergen, yo creo fuera de toda duda que la victoria del Frente Popular en el 36 no habría sido tal sin los votos del anarquismo) o el hecho de que la violencia tuviese o no efecto: la única diferencia existente entre Asturias, donde prendió la revolución del 34, y el resto de España, es que en Asturias la CNT decidió apoyar el movimiento.

La CNT, obviamente, no defendía la dictadura del proletariado; pero era una formación a la izquierda del marxismo que hizo mucho, muchísimo por crispar España. A los patronos no les gustó una mierda que el ministro de Trabajo, Largo Caballero, les obligase a formar jurados mixtos para dirimir los problemas en el seno de la empresa (antecedente de la negociación colectiva). Pero cuando no estaban terminando de mascullar contra aquellos putos marxistas, se encontraron con que la CNT rechazaba dichos jurados y prefería seguir haciendo pistolerismo; y entonces los jurados mixtos ya no les parecieron tan mal.

Dado que el PSOE no consiguió atraer a la CNT, fue ésta la que atrajo al PSOE al Lado Oscuro de la Fuerza. A Largo Caballero le obsesionaba la competencia que, como revolucionario, le hacían la CNT y la FAI, y en gran parte fue por eso que derivó hacia posiciones crecientemente revolucionarias. En las actas de Del Rosal hay una intervención de un sindicalista, de Zaragoza, que se queja precisamente de eso. Viene a decir: nosotros discutimos aquí mientras los anarquistas están en la calle montando pollos de la hostia, y es a éstos a los que hacen caso los obreros.

El 17 de julio, cuando estalla la guerra civil, en Madrid, que como todas las ciudades de España está gobernada por un Ejecutivo netamente de izquierdas, lleva un desarrollo de más de dos meses una huelga en la construcción convocada por la CNT. Este detalle demuestra hasta qué punto, en la República, había una masa de acción a la izquierda de la izquierda que le impedía la moderación.



No hay nada a la derecha del PP

En la España de hoy, si decides abrir la boca y hablar de política es relativamente fácil encontrar a personas anti PSOE 100% o anti PP 100%. A las primeras les calzo el discurso que se ha leído en el parágrafo anterior. A las segundas les digo: el día, que yo reputo desgraciadamente probable, que haya en España un partido fascista, ya verás lo bien que te cae el PP.

En la España de la República, los partidos burgueses auténticamente republicanos (para mí, la CEDA de Gil-Robles fue republicana tan sólo de boquilla) competían por una estrecha franja de votos. Para colmo, estaban notablemente divididos, en parte por diferencias ideológicas, en parte por personalismos. A Alcalá-Zamora las grandes formaciones no marxistas que vio nacer la República le venían estrechas, porque no habrían asumido su liderazgo. Luego estaban las derechas conservadoras de toda la vida que habían renegado de la monarquía, representadas por el pequeño partido de Miguel Maura Gamazo. Azaña fundó la Acción Republicana, luego Izquierda Republicana, tensando el izquierdismo de las clases medias. En su mismo espacio se desarrolló el llamado radical-socialismo que, para colmo, se escindió.

La bolsa electoral del republicanismo burgués era el camarote de los Hermanos Marx. Así que, para hacer sitio, había que cargarse a quien más espacio ocupaba.

Quien más espacio ocupaba era el Partido Radical de Alejandro Lerroux, una formación con fuertes diferencias ideológicas en su seno pues en ella cupieron, durante su existencia, elementos netamente de derechas y netamente de izquierdas. En 1931, el PR era la única formación republicana burguesa con estructura, organización y seguidores suficientes. En parte estaba condenada a la disolución por sus disensiones internas (el radical-socialismo nace del PR), pero también hay que decir que el resto de las formaciones de clases medias hicieron todo lo que pudieron por hacerle caer. Sin embargo, si el PR hubiese sido fuerte, auténticamente fuerte, hubiera operado de tampón, o de integrador, de las derechas. Cuando en 1933 el electorado viró a diestra, el PR ya estaba muy debilitado, por lo que no se pudo evitar que la CEDA obtuviese una representación tan elevada que no invitarla al Gobierno fue, finalmente, imposible.

La voladura controlada de la gran formación política centrista existente en los inicios de la República abrió las puertas del fascismo y el filofascismo. Cierto es que en España las clases medias, como en toda Europa, estaban sufriendo las mordeduras de la crisis económica; pero esas veleidades bien podrían haberse conducido a través de un partido moderado. Por lo demás, hemos de entender que un PR desbastado de sus pasadas veleidades protorrevolucionarias habría tratado con más tacto algunas cuestiones, como la religiosa. Para las clases medias y medias-altas, esos electores que voten lo que voten siempre votan lo mismo (el Orden, con mayúscula), sólo les quedó El Jefe; el político que coqueteaba con la metodología mussoliniana, que asistió como invitado a un congreso del NSDAP alemán, y que usaba, en su retórica mitinera, recursos seudogoebbelsianos: Gil-Robles y su Confederación Española de Derechas Autónomas. O, peor: si consideraban a Gil-Robles un blando, lo que les quedó fue hacerse albiñanistas, falangistas o requetés.

El fascismo fue un problema real en la España republicana y, en 1936, cuando el Frente Popular ganó las elecciones, estaba ya totalmente fuera del sistema. Sus militantes eran muy pocos, apenas 6.000 en toda España, pero lo importante del fascismo no son sólo los apoyos reales que consigue, como el hecho de que, existiendo, ofrece una salida para amplias capas sociales que, en ausencia de fascismo, se mantienen dentro de los límites de la democracia. Que es lo que pasa ahora, cuando menos de momento pues en este punto debo confesar que soy pesimista.



No tenemos crisis económica

Aunque dentro de seis meses la economía española entrase en recesión, cosa que no va a hacer, entre una recesión económica y la crisis del 29 media un abismo. La España en la que se declaró la guerra civil estaba repleta de personas desesperadas sin trabajo ni perspectivas. Esta realidad alimentó, sin duda, los radicalismos, sobre todo, lógicamente, los de la izquierda. Paradójicamente, la riqueza nos hace a todos más cautos. En 1936 los militares golpistas de Madrid se encerraron en un cuartel y las gentes, más o menos organizadas por sindicatos y partidos, se lanzaron a cercarlo y atacarlo. ¿Acaso alguien cercó o siquiera se manifestó masivamente alrededor del parlamento el 23 de febrero de 1981?

La espiral de la violencia se suelta con mucha más dificultad en situaciones de renta alta.



Hoy somos una unidad de destino en lo europeo

Falange quería que España fuese una unidad de destino en lo universal; nosotros hemos sido más modestos y nos hemos conformado con la unión tan sólo europea.

Una de las cosas con peor prensa de este mundo es la globalización económica. Sin embargo, la globalización económica tiene su punto. La libertad de movimiento de capitales nos ha jodido mucho en un pasado no muy lejano (véanse, por ejemplo, las sucesivas crisis del Sistema Monetario Europeo en los primeros años noventa del pasado siglo) pero, sin embargo, es una poderosa arma anti guerra civil. Sí, sí. No pongáis esa cara. Un enfrentamiento civil no surge de la noche a la mañana. Se gesta durante mucho tiempo, en el cual la espiral de violencia va creciendo y creciendo. Una espiral de violencia retrae el dinero, pues el dinero es por definición cobarde. Y en un marco globalizado, el dinero se pira cuando quiere, en la medida que le pete y por la puerta que le salga de ahí.

La gran inteligencia de los arquitectos de la Europa de la posguerra mundial (segunda) fue entender este hecho. En primer lugar, convencieron a los imperialistas (básicamente, Reino Unido y Alemania) de que hay formas elegantes de invadir sin necesidad de disparar un solo obús. Así pues, en los últimos quince años Alemania ha cumplido el viejo sueño de Hitler, sólo que en lugar de expandirse hacia el Este con la Wehrmacht lo ha hecho con el Deutsche Bank. En segundo lugar, crearon un sistema internamente liberalizado (globalizado) en el que salirse de la foto, o sea comenzar a darse de hostias, sale caro. Carísimo. Hoy, la crispación no es negocio y el enfrentamiento es una ruina. España no es el único país de Europa que tiene serias tensiones entre nacionalidades, pero en todos o casi todos los casos los políticos tensan la cuerda retórica, mientras se muestran notablemente prácticos en la realidad, porque todo el mundo sabe que en el momento en que dejen de ser económicamente atractivos, el dinero se irá. Y ellos no podrán pararlo. Aquí tenemos, sin ir más lejos, la razón de que haya tantos políticos en Bruselas que están locos por integrar a los países balcánicos en la Unión Europea. Nadie se pelea si cada hostia que da le va a costar 100 euros.

Nada de esto existía hace setenta años. Los poderes públicos en España tenían, cuando menos teóricamente, la fuerza de impedir la fuga de capitales (aunque la fuga de capitales fue uno de los problemas de la República), y España era, aún, un país demasiado autárquico como para que el miedo a una debacle económica pudiera pesar en contra de un enfrentamiento civil.



No existe el problema agrario

En los años 30, la mayor parte de la población adulta y económicamente activa en España trabajaba, o intentaba trabajar, en el campo. Las principales producciones del país eran agroganaderas, la industria era apenas incipiente y los servicios, cigóticos. Además, la propiedad de la tierra estaba notabilísimamente concentrada en unos pocos terratenientes, lo que multiplicaba la frustración de los jornaleros.

Este factor, unido al paro endémico generado por la gran crisis económica de 1929, hizo que enormes masas de trabajadores, especialmente en el sur de España, no tuviesen absolutamente nada que perder y estuviesen agraces para ser recolectados por las ideologías más radicales, violentas y revolucionarias.

Nuestra agricultura, hoy, es mucho más pequeña y (una vez más) está integrada dentro de un sistema europeo, la llamada Política Agraria Común, cuya filosofía básica es garantizar a los agricultores una renta mínima razonable. Condiciones en las que es muy difícil ser bakuniniano y jugártela a que un guardia civil te abra la cabeza.



No existe el problema religioso

No, no existe. Que la Iglesia católica sueñe con que la asignatura de religión se siga impartiendo en los colegios y proteste por la edición de colecciones fotográficas de decidido mal gusto no se compara, ni de coña, con la expulsión de los jesuitas, el destierro del cardenal primado de España y, sobre todo, la quema masiva de conventos e iglesias.

Frases como «el Gobierno actual está acorralando a la Iglesia como en la República» están impregnadas de un desconocimiento histórico abracadabrante, amén que sorprendente en personas tan proclives al estudio como las que han pasado por un seminario. El Gobierno actual está dando pataditas en las canillas donde los de la República daban auténticas palizas con bates de béisbol y puños americanos (por omisión, obviamente; los gobernantes de la República no agredían a la Iglesia, pero sí permitieron que fuese impunemente agredida). Por su parte, la jerarquía eclesiástica hoy defiende sus principios morales cuando lo que hacía, hace sesenta años, era anatematizar determinadas opciones políticas y amenazar con las llamas de infierno a quien les votase.

En fin tengo que irme. Si se me ocurren más, lo mismo las voy añadiendo.