domingo, mayo 13, 2007

La muerte de Azaña

Manuel Azaña fue el segundo presidente de la II República española, y el último de ellos que lo fue sobre un país con integridad territorial; lo cual quiere decir que hubo otros presidentes después, pero lo fueron en el exilio y, por lo tanto, su mandato no se extendió propiamente sobre país alguno. Por lo demás, el orden constitucional nacido de la Ley de Reforma Política del franquismo, y la Constitución actualmente vigente después, proclama la alegalidad de aquella República surgida tras la derrota de 1939; al considerar el gobierno legal y soberano de España la monarquía constitucional prevista en las leyes franquistas, se viene a admitir que la República dejó de existir con el franquismo. Es por ello que, desde algunos puntos de vista, se podría decir que Azaña es el último presidente de la República española. Al menos, de momento.

Azaña tuvo en su vida tres grandes obsesiones: la religión, el ejército y él mismo. Empezando por la última, no fueron pocos los políticos republicanos, correligionarios de él, que le señalaron, una y mil veces, su excesiva displicencia para con los adversarios políticos, que en no pocos debates rozó el desprecio y que le hizo llegar tan lejos en la seguridad en sí mismo que llegó a cometer gravísimos errores, como cuando, en medio del debate parlamentario sobre los sucesos de Casas Viejas, dijo aquello de que allí «había pasado lo que tenía que pasar», como diciendo que el destino de un puto jornalero anarquista es que le revienten las tripas a tiros o lo quemen vivo dentro de la casa donde se ha hecho fuerte.

Azaña tenía mala opinión hasta de quienes le eran más cercanos; de todos los políticos con que trató al final de la República y durante la guerra, ninguno tenía tanta sintonía con él como el socialista Indalecio Prieto; y, sin embargo, en plena guerra, y merced a una aleve filtración, se publicaron algunas entradas de los diarios de Azaña en las que, entre otras cosas, se burlaba de la incultura del político socialista y de su incapacidad para expresar con agilidad sus ideas. Y ése le caía bien. Porque en sus diarios hay un montón de perlas dedicadas a los que le caían mal, como ésta, dedicada a Lluis Companys: «Una persona de mi conocimiento asegura que es una ley de la Historia de España la necesidad de bombardear Barcelona cada cincuenta años». Ahí queda eso.

En materia militar, Azaña se creía un gran experto. En los primeros meses de 1936, cuando tanta gente se le acercaba para prevenirle del golpe de Estado que se preparaba, Azaña contestaba: «si conocieran ustedes como conozco a los militares, sabrían cómo hay que tratar sus demandas». Y parece bastante obvio que se equivocó.

Pero, con todo, su principal obsesión, como la de tantos políticos de izquierdas de aquella época, era la religión católica. Ya sabéis que Azaña había sido el principal propagandista del laicismo del Estado consagrado por la Constitución republicana, con la famosa frase que pronunció en el debate parlamentario: «España ha dejado de ser católica». Quizá por eso, la religión le perseguiría hasta más allá de su muerte, y es de esto que va este post.

En enero de 1939, Cataluña, en realidad el último frente serio de la guerra civil, se hundía bajo el empuje de las fuerzas franquistas. Desde el momento en que Franco consiguió aislar las dos áreas republicanas, el Centro y Cataluña, la guerra estaba irremisiblemente perdida para la República. Encontramos a Azaña el 21 de enero del 39, sábado, huyendo de buena mañana, en compañía de sus dos escoltas, del pueblo donde reside tras salir de Barcelona, llamado La Barata. Según mis noticias, está cerca de Tarrasa.

El domingo, Azaña reside en Llavaneras, lugar poco seguro porque es bombardeado. Finalmente, alcanza Figueras y el castillo de Perelada. Podéis intentar imaginar al presidente de la República viviendo allí, en un lugar fantasmagórico, rodeado de cuadros. En Perelada, en efecto, está ya una parte de las grandes obras del Museo del Prado, que han sido llevadas allí para salvar el tesoro artístico nacional de los bombardeos. En una sala de fumadores del castillo se pueden apreciar el Cristo de Velázquez y Las Meninas; éstas, eso sí, sin marco, pues ha sido necesario quitárselo para que pasaran por el dintel de una ventana. La mayor parte de las pinturas, no obstante, han sido ocultas en una mina de talco en el pueblo de La Bajol, pegado a Francia. Las Cortes de la República celebrarán su última reunión en suelo español el 1 de febrero de dicho año, en el castillo de San Fernando de Figueras.

En febrero, el propio Azaña se refugia en La Bajol. Toda la autoridad de la República cabe ya en un pañuelo: Negrín, presidente del gobierno, en el pueblo de Agullana; Azaña, presidente de la República, en La Bajol; y Lluis Companys, presidente de Cataluña, en un lugar llamado Mas Perxes, entre Agullana y La Bajol. El cuatro de febrero, sábado, los franquistas, que saben cosas, alcanzan el cuartel general de Agullana y tiran bombas hacia Mas Perxes, con tanta precisión que Companys tiene que salir de najas por el pinar que rodea la casa, a toda hostia. Ya está claro: partir al destierro, o morir.

Azaña abandona España el domingo 5 de febrero a las seis de la mañana, tras haber pasado toda la noche comprobando la salida de los cuadros de la mina de La Bajol. Pasa en Francia a Le Boulou y luego a Perpiñán. Luego Nimes y luego Collonges-sous-Salève, pueblecito saboyano en el que el cuñado de Azaña, Cipriano Rivas, había alquilado una casa el año anterior (signo evidente de que lo que pasó es lo que Azaña esperaba que pasase).

El 8 de febrero, Azaña hace un viaje a París vía Ginebra, donde permanece varios días en contactos diversos. El día 15 es instado por Negrín, a través del ministro Julio Álvarez del Vayo, a volar a Madrid. Se niega. Azaña afirma que volver a Madrid no es sino una forma de prolongar la guerra, y las muertes, algo con lo que no está de acuerdo. «Si cruzo la frontera», le dice a Álvarez del Vayo, «no se puede contar conmigo para nada, como no sea para hacer la paz». Cuando Azaña es informado de que Francia e Inglaterra están a punto de pactar el intercambio de embajadores con la España franquista, se va a la Gare de Lyon, toma un tren, vuelve a Collonges y, una vez allí, redacta una carta en la que comunica al presidente de las Cortes, Diego Martínez Barrio, su dimisión como Presidente de la República española.

En noviembre de 1939, ante la amenaza creciente de invasión alemana de Francia, Azaña y los suyos se van de Collonges para establecerse en el número 32 del Boulevard de l’Ocean, en el pueblecito de Pyla-sur-Mer, cerca de Burdeos. En febrero de 1940, a raíz de una gripe que se complica, sufre gravísimas complicaciones de salud.

Con el derrumbe de Francia y el armisticio, la playa de Archaron, donde se encuentra Pyla-sur-Mer, se convierte en zona ocupada por los alemanes, motivo por el cual se hace recomendable para Azaña salir de allí, pues para entonces ya sabe que Franco acaricia el proyecto de hacérselo entregar para ser juzgado, y probablemente ejecutado, en España (como de hecho le pasó a Companys, entre otros). Es por ello que se desplaza a Montauban. El 16 de septiembre de 1940, Azaña sufre un ataque que le paraliza medio cuerpo. Es el final.

El círculo íntimo de Azaña en esos últimos días es muy reducido: su mujer, su criado Antonio Lot, Juan Hernández Saravia (que había sido general jefe del Ejército de Cataluña), y una religiosa, la hermana Ignace, que frecuenta el Hotel du Midi, donde se aloja el ex presidente. Al parecer, sor Ignace, en realidad, daba servicio espiritual a Dolores Rivas, la mujer de Azaña, ya que ésta era católica practicante.

El mito de la muerte de Azaña se basa en una declaración firmada el 7 de marzo de 1952 por Pierre Marie Theas, que era, en 1940, obispo de Tarbes y de Lourdes. Dicha declaración, tal y como la reproduce en un libro suyo el escritor Carlos Rojas, dice así:

1.- [Azaña] recibió, con plena lucidez, el sacramento de la Penitencia, que yo mismo le administré.

2.- Cuando solicité permiso de la señora de Azaña para darle el viático a su esposo, tenía la certeza de que el enfermo deseaba comulgar. Tropecé sin embargo con la obstinada negativa de N. Cinco veces comparecí y cinco veces fui rechazado. «Esto le afectaría demasiado», me dijo.

3.- Fue la señora de Azaña quien me llamó a medianoche para administrarle al enfermo la Extremaunción. La recibió
in extremis; pero en pleno uso de sus facultades.

4.- Enterado el cónsul mexicano por la señora Azaña, preparó un entierro civil para el presidente. Después, la viuda no osó protestar, porque México abonaba la cuenta del hotel de Azaña y de sus acompañantes.

5.- Lo ocurrido con toda certeza es que el presidente había retenido, o hallado de nuevo, una muy intensa fe cristiana.



Las cosas no están muy claras. El biógrafo de Azaña y cuñado suyo, Cipriano Rivas Cherif, acepta en su libro que, viendo morir al ex presidente, sus íntimos decidieron llamar a la monja, que acabó llegando acompañada del obispo; pero no dice que le fuese administrado sacramento alguno. Delante de otro investigador de la vida y muerte de Azaña, Frank Sedwick, la esposa de Azaña negó que hubiesen pedido, ni ella ni el moribundo, el viático; aunque reconocía tener recuerdos muy borrosos de aquellos momentos. Es un hecho que doña Dolores estaba, en ese momento, sometida a una tensión enorme, pues no sólo su marido estaba muriendo sino que, en esas horas, había sido informada de que su hermano Cipriano acababa de ser condenado a muerte en España (aunque se le conmutó la pena). Por lo demás, no hay que olvidar que Azaña había estado ya a las puertas de la muerte durante su crisis gripal-cardiaca, algunas semanas antes, y es un hecho que entonces no pidió sacramentos.

A todo ello hay que añadir la extraña actitud de secretismo de monsieur el obispo, que no nos aclara quién fue el tal N. que, por cinco veces, se negó a que Azaña recibiese el viático. A favor de la tesis de que dicho deseo fuese cierto están los muchos perfiles de Azaña que se conservan, según los cuales el presidente parecía ser una persona con ciertas dosis de temor, sobre todo ante el sufrimiento físico, que pudieran haber influido en su ánimo en el momento postrero. Sin embargo, lo delicadísimo de su salud da que pensar que es difícil que en esos momentos postreros siguiese muy lúcido. Ciertamente, el obispo así lo afirma; pero es sabido que no pocas veces los sacerdotes tienden a ver lucideces donde quieren verlas.

Cierto o no cierto, que yo no lo creo cierto, resulta un dato de escasa relevancia histórica hoy en día la posibilidad de que Manuel Azaña, el inventor del «España ha dejado de ser católica», hubiera pedido, con su último suspiro, morir en paz con el Dios de sus padres; pero, sin embargo, dio para mucho en tiempos del franquismo. Y hasta es posible que la cosa vuelva a circular hoy en día, dadas las importantes dosis de mojigatería, azul y roja, que rodean a ese proceso que debiera ser serio y riguroso y que llamamos, con torpe pleonasmo, memoria histórica.

Por el momento, pues, la cuestión de la muerte de Azaña es sólo una cuestión para muy apasionados en la Historia. Como lo eres, o lo vas siendo, tú, si es que has llegado hasta la lectura del presente punto y final.