martes, mayo 12, 2009
¿Existió Jesucristo? (Cartas cruzadas)
Os dejo, pues, con las cartas cruzadas. Como veréis, Tiburcio utiliza en la suya una estrategia muy ladina, que probablemente ha probado con alguna que otra elefanta, de darte la razón al principio para luego irte repartiendo leches.
La decisión final, como siempre, es vuestra.
¿Existió Jesucristo? By JdJ
En los años sesenta, como todos supongo que sabéis, el papa Juan XXIII promovió la celebración del Concilio Vaticano II, considerado por muchos como un hito en la modernización de la Iglesia católica, apostólica y romana. De todos los documentos que alumbró dicho concilio hubo uno que fue motivo de grandes debates e incluso pudo no ver la luz dada la resistencia que existía entre muchos prelados de entrar a analizar el tema que es su centro. Se trata de la constitución dogmática Dei Verbum. Trata sobre la revelación del mensaje cristiano a los hombres.
La Dei Verbum es, en mi opinión, un prodigio de equilibrio intracatólico. Trata, a mi modo de ver con bastante éxito, de integrar todos los distintos puntos de vista existentes dentro de la creencia sobre la validez y la historicidad de los testimonios canónicos de la vida de Jesucristo, notablemente los Evangelios. En la segunda mitad del siglo pasado, ya no son pocos los exégetas y teólogos, dentro y fuera de la disciplina vaticana, que consideran que la idea sostenida durante siglos de que los Evangelios son la palabra de Jesucristo como tal transmitida, es muy difícil de sostener. Pero también son tropa en la Iglesia quienes creen en eso mismo.
Fruto de ese equilibrio, la constitución dogmática nos dice que «Confitetur Sacra Synodus, Deum, rerum omnium principium et finem, naturali humanae rationis lumine e rebus creatis certo cognosci posse». O sea, que Dios puede llegar a ser conocido «a través de la iluminación natural de la razón humana», es decir sin tener que pasar necesariamente por los Evangelios. Aunque, a renglón seguido (y como no puede ser de otra manera, ciertamente) invierte párrafos y párrafos en defender la divinidad de los mismos.
En otro guiño (o a mí me lo parece), la Dei Verbum nos dice: «Cum autem Deus in Sacra Scriptura per homines more hominum locutus sit, interpres Sacrae Scripturae, ut perspiciat, quid Ipse nobiscum communicare voluerit, attente investigare debet, quid hagiographi reapse significare intenderint et eorum verbis manifestare Deo placuerit». Es decir, que para interpretar las Escrituras, es importante investigar lo que quien las escribió quiso decir, y no tomarlas al pie de la letra.
En su parágrafo 19, la Dei Verbum ataca directamente la cuestión de la historicidad de los Evangelios. Y lo hace afirmando lo siguiente:
«Mama Kanisa mtakatifu, kwa nguvu na daima amesadiki na hukiri kwamba Injili nne zilizotajwa hapo juu, ambazo anaamini bila kusita kwamba ni za kweli, zinasimulia kiaminifu yale ambayo Yesu Mwana wa Mungu aliyatenda kwelikweli na kufundisha kwa ajili ya wokovu wa milele, wakati alipoishi kati ya wanadamu hadi siku ile alipopaa mbinguni. Mitume, baada ya Bwana kupaa mbinguni, waliwatangazia watu yale aliyokuwa ameyasema na kuyatenda, kwa ujuzi kamili waliojaliwa baada ya kufundishwa na matukio matukufu ya Kristo na kuangazwa na mwanga wa Roho wa ukweli. Hatimaye watunzi watakatifu waliandika Injili nne wakichagua mengine kati ya mengi yaliyokuwa yamesimuliwa kwa maneno au kwa maandishi, wakifupisha mambo mengine, au kuyafafanua wakilenga hasa hali ya Makanisa. Tena waliandika wakilinda mtindo uleule wa kuhubiri, lakini daima wakisimulia mambo ya kweli na kwa uaminifu kuhusu Yesu. Wao wenyewe, wakichota kutoka katika kumbukumbu yao na pia ushuhuda wa wale ambao “tangu mwanzo walikuwa mashahidi wenye kuyaona, na watumishi wa lile neno”, waliandika kusudi watujulishe «ukweli» wa mambo tuliyoelezewa».
¿Cómo? ¿Que no domináis el swahilli? Pero... ¡los lectores de este blog son un erial! En fin, por esta vez lo voy a pasar. La versión castellana es:
«La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes «desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra» para que conozcamos «la verdad» de las palabras que nos enseñan».
Obsérvese el cuidado de las palabras. «Comunican fielmente» no es «refieren con exactitud». Además, se recuerda que la doctrina de la Iglesia descansa, además de en los textos, en las enseñanzas de los apóstoles (y, aunque no lo diga, de Saulo, el verdadero fundador de la religión cristiana). Por otra parte, los autores sagrados (y no os perdáis el detalle de que no se dice cuántos son) escribieron los Evangelios (aquí sí se dice que son cuatro, para que no haya dudas) a base de recuerdos personales... pero también del testimonio de testigos, de ministros de la palabra, o sea terceras referencias.
En otras palabras: el Vaticano II fue un paso, importante, para tratar de poner orden en la dura polémica en torno a la existencia real de Jesucristo.
En el fondo de toda esta polémica reside el problema, hoy completamente indisoluble, en torno a cuáles son las referencias más fiables que tenemos sobre la vida de Jesucristo. Lo cristiano es un universo repleto de galaxias que son documentos muy diferentes, muchos de los cuales han experimentado lo que los expertos llaman interpolaciones, es decir, textos añadidos a posteriori para dar más credibilidad o añadir algunos detalles a los relatos. Lo que la Iglesia considera textos canónicos es sólo una pequeña parte de toda esa literatura, y hay quien piensa que no con demasiadas razones que lo justifiquen.
Parece que la literatura litúrgica más antigua que se conserva son algunas de las epístolas de Pablo de Tarso; las dirigidas a los gálatas y a los romanos, así como pasajes de la primera a los corintios, suelen considerarse como las más sólidamente auténticas. En estos textos se habla de la crucifixión y resurrección de Jesucristo, se habla de la cena pascual e incluso se menciona, una sola vez, que Jesucristo habría tenido doce seguidores (aunque hay quien considera estos dos últimos pasajes como interpolaciones posteriores). El resto de los detalles conocidos por los Evangelios no aparecen y, hecho importante, en caso alguno se refieren a Jesucristo como un maestro que hubiese impartido enseñanza alguna. No hay, pues, mención a la doctrina alguna expresada por ese fundador. En los documentos inmediatamente posteriores, tales como la epístola de Clemente (en torno al año 100), Justino mártir, Policarpo o Barnabás, no se citan las enseñanzas de Jesucristo, ni su parentesco, ni sus milagros.
En el mundo de las primeras sectas cristianas, cultos surgidos desde el judaísmo incluso antes de la destrucción de Jerusalén por Tito (70 d.C.), existen unos denominados por los griegos nazoraios, palabra traducida habitualmente como nazaritas o nazarenos, denominación que no tiene necesariamente que provenir del nombre de una aldea llamada Nazaret, pues puede estar relacionada con palabras como netzer, o sea rama. Lo que sí es claro es que Pablo nunca llama a Jesús nazareno, así pues su identificación como tal no es propia de los primeros tiempos.
Lo inquietante del asunto está en que los vestigios de un culto a un Jesús (más concretamente, Joshua) están ya en el Antiguo Testamento. Así ocurre, por ejemplo, en el libro de Zacarías, donde se cita a un sacerdote Joshua que es identificado simbólicamente con la rama. La rama parece haber sido desde antiguo y en varias creencias (adoradores de Mitra, o de Démeter) el símbolo de la vida. Hoy, la rama está presente dentro de la simbología de la Semana Santa católica.
En realidad, para rechazar de plano la idea de que Jesús pueda ser un mito y no un personaje histórico, todo lo que tenemos que hacer, o hacemos, es pecar de modernocentrismo; es decir, de la idea de que el único mundo que ha existido es el que conocemos, es decir el mundo moderno. Para nosotros es inconcebible que alguien pueda tener seguidores que lo consideren el salvador de la Humanidad durante 2.000 años sin haber existido realmente. Pero eso es así simplemente porque desconocemos el mundo antiguo. En el mundo antiguo Osiris o Mitra, por citar los dos ejemplos más evidentes, también fueron considerados salvadores de la Humanidad, y durante más tiempo que lo ha sido considerado Cristo; y, sin embargo, a nadie en sus cabales se le ocurre rayarse con la idea de que Osiris pueda ser un personaje histórico.
Otro elemento importante, como he dicho, es la insoportable levedad de los documentos de referencia que tenemos como fuentes, y que son, sobre todo, los cuatro evangelios canónicos. Estos escritos no fueron elaborados en la forma que los conocemos hasta el final de la segunda centuria; para que nos entendamos, ello viene más o menos a equivaler a escribir hoy la biografía de Napoleón (pero sin la cantidad de libros que se han escrito sobre él por medio, sino con referencias de referencias de referencias de mitos de creencias de lo que Napoleón hizo o dejó de hacer, dijo o dejó de decir). A esto hay que unir el hecho, sobradamente conocido, de que los evangelios canónicos son sólo un subconjunto de los evangelios existentes; siendo los otros los llamados apócrifos, algunos de los cuales, por cierto, tuvieron en los primeros tiempos del cristianismo tanta o más popularidad que los que finalmente se eligieron como la versión fetén.
Aunque los evangelios apócrifos merecerían de atención por sí solos en un post específico, aún de forma telegráfica son varias las razones que abonan su pretendida popularidad. La primera de todas, el papel que estos escritos tienen en algunos mitos y leyendas desarrollados por la religión católica y de amplísima difusión. Apócrifos como el Protoevangelio de Santiago, el llamado Pseudo-Mateo o el Evangelio de la Natividad de María son elementos de gran importancia en la consolidación del dogma de la virginidad de la madre de Jesucristo. Fiestas plenamente integradas en el calendario católico con San Joaquín, Santa Ana, la presentación de la Virgen niña ante el templo, la circuncisión de Cristo o la purificación de María, todas ellas encuentran su suelo en los apócrifos.
Otro argumento a favor de la idea de la amplia difusión de estos evangelios es que, a pesar de contar con una oposición de siglos por parte de la propia Iglesia, se conocen de ellos, la mayoría escritos inicialmente en griego, versiones en copto, en sirio, en etíope, en armenio, en árabe, en lenguas eslavas... De la misma manera que si un escritor contemporáneo es traducido a muchas lenguas eso viene a querer decir que gusta, el argumento es, si cabe, más válido en el caso de libros tan antiguos.
Una tercera razón estriba en que muchas de las escenas descritas por estos evangelios pululan en multitud de pinturas, esculturas, retablos y diversas obras de arte cristiano elaborados a través de los siglos; signo éste de que los artistas, o bien dio la casualidad que se inventaron historias que, vaya hombre, coincidían con las contadas por los apócrifos; o los habían leído. En un sitio tan poco sospechoso de anticatólico como la basílica papal de Santa María la Mayor de Roma no hay más que echarle un vistazo a su arco triunfal y luego preguntarse de qué escritos han sido sacadas las escenas que allí se describen.
Por así decirlo, para creer que los evangelios que todos (por lo menos en mi generación) hemos leído en la escuela son la versión adecuada de lo que pasó (si es que pasó), sólo contamos con la palabra de la Iglesia. Es, pues, una cuestión de fe, no de conocimiento.
Son muy conocidos los muchos datos que contiene la narración evangélica que cuadran muy difícilmente con la realidad. Jesucristo cena con sus discípulos, luego éstos se duermen y él se va a rezar y allí es prendido en una escena que no tiene mucha explicación. Horas antes ha entrado en Jerusalén en loor de multitud, pero aún así a los polis les hace falta que uno de sus discípulos le dé un ósculo para señalarlo. Una vez detenido es llevado ante el gran sacerdote... que se encuentra reunido con sus escribas y dignatarios. ¿Por la noche?
El nacimiento de Jesucristo no pudo ser cuando nos dice la tradición a menos que los pastores que dormían al raso aquella noche fueran supermanes, porque en Galilea, en diciembre, hace una rasca por la noche que lo flipas. La fecha de la Navidad, lejos de ello, está escogida por la Iglesia dentro de una estrategia de identificación de los ritos cristianos con ritos anteriores; la Navidad es en diciembre porque los pueblos antiguos celebraran en ella un nacimiento, el del Sol; hay estudiosos que consideran a Jesús una transliteración del Dios-Sol de los antiguos. Incluso la Semana Santa viene a coincidir, más o menos por casualidad, con el momento del año en el que muchos pueblos paganos celebraban una muerte, la de Adonis en las fauces de un lobo.
Asimismo, Jesús no es el primero que resucita de su tumba; lo mismo creyeron los seguidores del mito de Mitra. La conversión de agua en vino se creyó de Dionisos, y la capacidad de andar sobre las aguas de Poseidón.
El culto cristiano ni siquiera es el primero el creer en la purificación del alma con el concurso de la sangre. Esto ocurría también en el culto de Attis, de cierta popularidad en Roma. Los creyentes de Attis sacrificaban un buey en el lugar que consideraban propicio para ello; será casualidad, pero en ese lugar hoy se levanta la basílica de San Pedro.
Otro elemento que han señalado algunos filólogos es el hecho de que todas las mujeres que rodean a Jesucristo se llamen María. El hecho encuentra su importancia en que, según orientalistas como P. Jensen, citados en obras como las de John M. Robertson (Short History of Christianity). W.B. Smith o Arthur Drews, en las culturas del área la madre de dios siempre portaba nombres que empezaban por Ma: María; Marianna; Maritala (madre de Krishna, el de Hare Ídem); Mariana, madre del dios bitinio Mariandinio; o Mandane, la madre de Ciro, por quien se profesaba cierto culto mesiánico (véase, a tal efecto, Isaías 45,1).
Asimismo, se conoce que los grandes jerarcas judíos de los tiempos posteriores a Jesucristo se servían de hombres especiales dedicados a la recaudación de tributos e inspección de los fieles, en número habitual de doce; costumbre de la que puede estar tomada la cifra de doce apóstoles que, si leéis los Evangelios con atención, veréis que surge con bastante inconsistencia. Otro elemento que, como he dicho, no tiene mucho sentido, es Judas. La traición de Judas no es en modo alguno necesaria para la detención de Jesús, por lo que es un personaje quizá incluido con posterioridad, a través de la representación de autos sacramentales en los que los gentiles, es decir los cristianos no judíos, comenzaron a construir esa inquina tan típica antijudía (ellos mataron a su Maestro); autos sacramentales en los que quizá, para enervar aún más la acusación, se introdujo a un judío o sea, ioudaios, que se pronuncia casi como Judas) que traicionaba a Jesús.
Otro elemento para la polémica interminable es la propia pasión. La polémica tiene que ver con el hecho de que no pocos de sus elementos están ya presentes en el Antiguo Testamento; algo que los creyentes explican considerando que la pasión de Cristo cumplió con profecías previas, mientras que desde un punto de vista más escéptico lo que hace es confirmar que los relatos de dicha pasión contenidos en los Evangelios están, en realidad, tomados de las escrituras anteriores.
Es el caso de la famosa frase pronunciada por Jesucristo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Esta frase es la que textualmente inicia el Salmo 22 del libro de los Salmos, muy anterior. Esto sin tener en cuenta que aquí se produce una prueba más de la casi enternecedora propensión evangélica a las pequeñas contradicciones, pues si todos los apóstoles lo habían abandonado cuando fue prendido (Marcos: 14,50), y tan sólo, de los suyos, quedaban allí unas mujeres que lo seguían desde Galilea pero que se encontraban a distancia (Mateo, 27, 55), ¿quién oyó a Jesús pronunciar estas palabras? ¿Dónde están los testigos que, según la Dei Verbum, pudieron referir la información a los evangelistas?
Nos cuentan los Evangelios que los que pasaban frente a la cruz se burlaban del condenado. O sea, la misma situación descrita en Salmos: 22,7, repetidas en Mateo 27, 39. Más aún, leemos en Salmos 22,16: «Me rodea una jauría de perros, me asalta una banda de malhechores; agujerean mis manos y mis pies». Y cabe hacer notar que no era costumbre de la época crucificar clavando manos y pies. Más allá, Salmos 22,18: «Se repartieron mis vestidos entre sí y mi túnica la echaron a suertes»; que es exactamente lo que refiere Mateo 27,35. Gran parte del material de la Pasión, por lo tanto, está en el Salmo 22, el cual no tiene valor profético alguno, o al menos yo no se lo veo, sino más bien trata sobre la humildad del creyente. Y aún hay más materiales. En el Salmo 41, versículo 19, se lee la queja: «Hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba, el que comió mi pan, se puso contra mí»; una posible transliteración del mito de Judas. Y, por último, en el versículo 21 del Salmo 69 se lee: «También me dieron hiel por comida y en mi sed me dieron vinagre para beber»; lo cual se corresponde con los episodios en los que le es ofrecido a Jesucristo vino con hiel primero y, después, una esponja empapada de vinagre.
Otro de los elementos de duda y polémica es la escasa, por no decir nula, huella que dejó la muerte de Jesucristo en la Historia. El historiador judío Flavio Josefo lo cita en sus libros sobre las guerras de los judíos, pero hay quien piensa que ese pasaje ha podido ser añadido con posterioridad. Otro gallo nos cantaría si se hubiesen conservado los textos de Justo de Tiberias, otro historiador soldado judío, el cual escribió otra historia como la de Josefo, que se ha perdido. En el siglo IX el libro existía, sin embargo, y fue leído por Focio, patriarca de Constantinopla; el cual se sintió contrito al comprobar que no decía nada de Jesús.
Por parte romana, la primera mención a Jesucristo está en las cartas de Plinio el Joven a Trajano, allá por el año 111, más o menos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, en su carta, Plinio se refiere al obispo de Roma, Clemente, como autor de unas epístolas que no fueron consideradas como tales hasta 60 años después de la fecha de la carta; así pues, las sospechas de interpolación son muchas.
Tácito, en sus Anales (XV, 44), se refiere al incendio de Roma en tiempos de Nerón, añadiendo que culpó del mismo a los cristianos (Hollywood ha hecho maravillas con este pasaje) y señalando que el líder de este movimiento había sido ejecutado por orden de Poncio Pilatos. Pero hay cosas curiosas. Por ejemplo, que Tácito llame a la secta chrestiani, o sea cristianos, cuando el concepto de Cristo no sustituyó al de Mesías hasta la época de Trajano, posterior a su momento. Pero lo más sospechoso de todo es que cite a Poncio Pilatos como si fuese alguien que tuviera que ser forzosamente conocido por sus lectores. Cuando Tácito escribe han pasado muchos años desde que Pilatos fue procurador en Jerusalén, y en Roma había cientos, si no miles, de funcionarios de provincias. Para que nos entendamos: es como si yo escribo un texto ahora citando a Márquez y sin dar mas explicaciones, como si asumiese que todos mis lectores del 2009 van a saber que Márquez fue subsecretario de Agricultura hace un siglo. Otra más que probable «mentira» de Tácito es el célebre pasaje de las antorchas humanas realizadas con cristianos crucificados, castigo éste que era extraño a las prácticas romanas.
En todo caso, y como ya hemos dicho, el gran elemento de discusión han sido siempre los Evangelios, tanto los llamados apócrifos como los considerados canónicos por la Iglesia. Como ya se ha señalado en este texto algunas veces, los Evangelios son textos que adolecen de incoherencias y saltos extraños, lo cual viene a rebelar que, lejos de ser la crónica de cuatro cronistas como pretende la versión eclesial, son en realidad el fruto de muchas manos. Hay errores tan flagrantes como que el Evangelio de Marcos comience relatando el árbol genealógico del carpintero José, claramente para hacerlo descendiente de David; para, a continuación, contarnos que el linaje del propio José no tiene nada que ver con Jesucristo (pues éste nace mediante una concepción inmaculada), por lo que no se entiende muy bien por qué nos ha contado antes todo eso de la genealogía. Por lo demás, los historiadores han dudado siempre de la historia de Herodes y los santos inocentes, pues una burrada de este calibre por fuerza debería dejar una huella en las crónicas que no se ve por ninguna parte. Además, como ocurre en el caso de la pasión, resulta sospechoso que en el propio Antiguo Testamento haya un precedente de este suceso, concretamente en Reyes 11,15: «Porque cuando David estaba en Edom, subió Joab el general del ejército a enterrar los muertos, y mató a todos los varones de Edom». Adad, descendiente de David, sobrevive a esta matanza y, además, lo hace huyendo a Egipto.
Los Evangelios sitúan el origen de Jesucristo en Nazaret. Pero el nombre de esta población no aparece ni en el Talmud, ni en el Antiguo Testamento; ni siquiera en Josefo. Sólo se la conoce desde el siglo IV.
Hay otras cosas que, aunque hay que admitir que son technicalities exegéticas, apuntan a que el evangelista, o los evangelistas, quizá tenían un dominio del tema menor del que creemos. Así, en el Nuevo testamento, Jesús reprocha a los fariseos varias cosas, entre ellas «la sangre de Zacarías, hijo de Barachías, al cual matásteis entre el templo y el altar». Posiblemente, el evangelista, al escribir estas palabras, está pensando en Zacarías, hijo del rabino Jehojada, el cual según el libro de las Crónicas (II, 21, 20) fue lapidado por orden del rey Joash; pero lo confunde con Zacarías, hijo de Baruch (Barachías), quien fue asesinado en el interior del templo por las turbas por considerar que había conspirado a favor de los romanos durante el sitio de la ciudad. Pero es que el sitio de la ciudad ocurrió en el año 68, es decir 35 años después de la supuesta muerte de Cristo; ¿cómo pudo él, por lo tanto, realizar dicha cita delante de los fariseos?
En general, además, los evangelistas muestran pocos conocimientos históricos. Lucas sitúa la obligación romana de empadronamiento durante el gobierno siríaco de Publio Sulpicio Quirinio, que se produjo siete años después del teórico nacimiento de Cristo. O Lucas, que sitúa una acción durante el tretarcado de Lisanias en Abilinia, siendo lo cierto que Lisanias murió más de treinta años antes del teórico nacimiento de Cristo.
Incluso el propio mensaje de Cristo es en ocasiones contradictorio. Según qué esquina del libro leamos, es un reformador o un defensor de las leyes judaicas. Condena el divorcio y poco después se muestra comprensivo ante María Magdalena. Le dice a sus discípulos (Lucas, 22, 36) que el que no tenga una espada, que venda sus vestidos para comprarse una; pero luego (Mateo, 26,52) condena el uso de la espada con el famoso quien a hierro mata, a hierro muere.
Más aún. Jesucristo dice (Mateo 5, 43): «Oísteis que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Más yo os digo: amad a vuestros enemigos». Esta frase sugiere un bajo conocimiento del Antiguo Testamento por parte de su redactor, ya que en este libro, que verdaderamente puede ser muy brutal en muchos pasajes, ya se encuentra, y bien evidente, la filosofía del amor al otro. Muchos años antes de Jesucristo, el Levítico dice (19,18): «No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y en Éxodo 23, 4 y 5, se dice: «Si encontrares extraviados al buey o al asno de tu enemigo, deberás volver a llevárselos sin falta. Si vieres al sano del que te aborrece caído debajo de su carga, y pensaras en abstenerte de ayudarle, deberás sin falta ayudarle a levantarlo».
No seré yo quien le diga a la Iglesia lo que ha de hacer. Me limitaré a dar mi opinión de que debería pensar en profundizar el camino amagado en el Vaticano II. La discusión en torno a la figura histórica de Jesucristo es baladí y absurda, porque es una discusión sin fin. Discutir sobre si Jesucristo existió alguna vez equivale a discutir sobre si a Ramsés II le gustaba que le rascasen la espalda con una rama de eneldo; se pueden buscar un montón de referencias a favor o en contra, pero nunca nadie conseguirá convencer a la parte contraria de la verdad de sus aseveraciones, porque pertenecen al terreno de lo etéreo, de lo que nunca conoceremos.
Personalmente, me inclino a pensar que la figura histórica de Jesucristo es más bien poco probable. Pero eso, como digo, en realidad no es tan importante. No pocos egipcios, griegos o romanos tenían bastante claro en su fuero interno que sus dioses no vivían en el Duat o en el Olimpo, y aún así los seguían. Lo verdaderamente importante de las religiones es su mensaje moral. Lo importante es tener una moral. Que provenga de una persona que la fe te hace creer que existió, o de tu naturae humanae rationis lumine, en el fondo no es tan importante.
¿Existió Jesucristo? By Tiburcio Samsa
Empecé a leer la entrada de JdJ convencido de que podría refutarle mientras veía la televisión y me hacía un sudoku de paso, tan convencido estaba de la existencia histórica de Jesucristo. Más tarde, cuando comencé a preparar mis argumentos, me di cuenta de que no eran tan sólidos como pensaba. Sigo creyendo que Jesucristo existió realmente, pero ahora sé que quienes lo niegan tienen su aquel.
El argumento de JdJ es que Jesucristo sería un trasunto de los mitos que se dieron en el mundo mediterráneo en aquellos años que hablan de un salvador que muere y resucita. Aunque los judíos hayan sido un pueblo bastante impermeable a las influencias externas, para el siglo I d. C. ya habían sufrido una cierta influencia del mundo helenístico circundante. Pensar que hubieran podido absorber esas concepciones sobre un salvador no es descabellado. Además, que dentro de su propia tradición ya poseían figuras que podían servir de modelo.
Los judíos esperaban un Mesías que sería como un gran rey que restauraría la gloria del pueblo hebreo. Por otro lado, tenían el concepto del chivo expiatorio, aquél que carga con los pecados de un pueblo para que éste quede libre de culpa. La figura de Cristo, precisamente, aúna ambos modelos: es el Mesías y al mismo tiempo es el chivo expiatorio. Para un judío tradicional que esperaba que el Mesías fuese como Supermán, pero con una corona, eso sonaría rarísimo, pero para un judío familiarizado con Mitra y Adonis, bastante menos.
En resumen, había elementos ideológicos suficientes como para que un grupo de judíos del siglo I d. C. creyesen en un salvador mítico que no existió en la realidad. Un punto para JdJ.
Y de regalo, otro argumento que le hará la boca agua a JdJ. Algunos estudiosos sostienen que uno de los primeros ritos del cristianismo primitivo consistió en una actualización del descubrimiento de la tumba vacía. Un grupo de mujeres creyentes iban ante el oficiante y le decían que querían ver a Cristo. Entonces tenía lugar entre ambos el siguiente diálogo: «¿A quién buscáis?/ Buscamos a Jesús Nazareno, que fue crucificado./ Se ha levantado de entre los muertos. No está aquí. Mirad el sitio en el que yació.» Este diálogo, que aparece en el evangelio de San Marcos, provendría de esa liturgia primitiva, liturgia que no le habría sonado demasiado extraña a un adorador de Adonis. Pero, ojo, que esa liturgia haya existido y que un adorador de Adonis hubiera podido sentirse cómodo con ella no implica que Jesucristo no fuera un personaje histórico.
Otro argumento de JdJ es que los evangelios no son muy de fiar, ya que fueron muy editados para que la carrera profética de Jesús se correspondiese con una serie de profecías del Antiguo Testamento sobre el Mesías. Aparte de que no tenemos claro quiénes fueron sus verdaderos autores. Aunque JdJ tiene razón en ambas cosas, ello no impide que haya un núcleo de verdad rastreable en los evangelios y que, por su cercanía en el tiempo a la muerte de Jesucristo, sea razonable pensar que quienes los escribieron o bien conocieron al Jesús histórico o bien conocieron a gente que lo había conocido. Por otra parte, hay numerosos detalles en los evangelios, que han sido luego corroborados por la arqueología, que demuestran que quienes los escribieron estaban familiarizados con la Palestina del siglo I.
Ha habido discusiones sobre la fecha de composición de los evangelios, pero parece que la tendencia predominante en la actualidad es pensar que los evangelios sinópticos (los de S. Marcos, S. Mateo y S. Lucas) como muy tarde ya debían de estar escritos para el 90 d.C. Se han descubierto unos fragmentos de papiro procedentes del Alto Egipto que contienen parte de Mateo.26 y que datarían aproximadamente del 60 d.C. Dado que se piensa que el redactor del evangelio de S. Mateo utilizó como parte de sus materiales el evangelio de S. Marcos, puede deducirse que como poco para el año 50 d.C. ya circulaban textos escritos contando la vida de Jesucristo. Veinte años son muy pocos años para introducir demasiadas invenciones sobre un personaje del que muchos se acordarían todavía.
En lo que escribiré a continuación me olvidaré a propósito del evangelio según S. Juan. Es demasiado posterior y probablemente se escribiera algo alejado de Palestina, tal vez en Antioquía. Mientras que los evangelios sinópticos tratan de describir la vida de Jesucristo, el de S. Juan la presenta con una visión teológica por detrás. No le importan tanto los hechos por sí mismos, como en cuanto que fundamentos de la teología que defiende.
Los evangelios sinópticos permiten trazar una carrera profética que tiene mucho de plausible. Un artesano de Nazareth de 30 años va al desierto a hacerse bautizar por S. Juan Bautista, como tantos otros en aquellos tiempos. La experiencia le marca y se convierte en predicador. Tiene carisma y empieza a reunir entorno suyo a un grupo de seguidores. Tiene roces con los fariseos. Cuando lleva tres años de predicación decide dejar de actuar en provincias y lanzarse a la conquista de la capital. Hace lo propio: ir durante la celebración de una gran fiesta religiosa, la Pascua judía. Estando en Jerusalén, se coge un rebote importante cuando ve a los cambistas en el Templo y les derriba las mesas. Eso termina de convencer a sus oponentes de que es un peligro para sus intereses y que hay que pararle los pies antes de que su movimiento cobre mayor auge. Fariseos y saduceos no tienen mayor problema en convencer a los romanos de que ese tipo es un peligro público. A los romanos les interesa el orden público, no las vidas humanas y si los judíos les dicen que uno de los suyos es un buscapeleas, mejor liquidémosle por si las cosas.
Reconozco dos problemas. El primero es que la figura que obtenemos de Jesucristo es un poco contradictoria. Un día está de buen humor y dice «Amaos los unos a los otros» y al día siguiente se levanta con mal pie y proclama «Yo no he venido a traer la paz, sino la espada». Hay momentos en los que parece Zapatero, proclamando que todo el mundo es muy bueno y que no hay crisis, y otros en los que parece su padrino, S. Juan Bautista, o Aznar, advirtiendo que faltan dos telediarios para que venga el fin del mundo y que el malvado que no se convierta se va a enterar de lo que vale un peine. O bien Jesucristo era ciclotímico o bien fue un mito histórico y la figura de los evangelios es un collage mal compuesto a base de dos o tres profetas desconocidos para nosotros que sí existieron.
Bueno, hay otra posibilidad, que es a la que yo me apunto. Sólo hay un Jesucristo y las contradicciones de sus palabras vienen porque no están ordenadas en el orden en que se dijeron. Pensemos en S. Marcos, escribiendo, tal vez diez años después de la muerte de Jesús. Tiene a mano sus recuerdos personales (vamos a asumir que conoció a Jesús), un texto con los dichos de Jesús y tal vez unas cuantas páginas de notas con anécdotas de Jesús que le han pasado. «A ver, ¿cuándo ocurrió lo de los panes y los peces? Fue antes o después de lo de la pesca milagrosa. Yo creo que después, porque cuando lo de la pesca el Nazareth F.C. estaba en segunda y en cambio cuando lo de los panes y los peces teníamos la campa llena de forofos celebrando que acababa de vencerle al C.D. Jerusalén. ¿O lo de la campa fue para celebrar el fichaje de Ronaldinus Máximus, que seguro que nos iba a aúpar a primera?» En fin que dudo mucho de que la historia de Jesús nos la hayan contado exactamente en el orden en el que ocurrió.
Si esto es así, no me parece descabellado pensar que las aparentes contradicciones lo que reflejan es una evolución en el pensamiento de Jesucristo. Al inicio de su ministerio está lleno de amor y buena voluntad. Yahvé le ha iluminado y tiene la receta para poner fin a los males del mundo. Tres años más tarde, después de innumerables disputas con los fariseos y tal vez de alguna persecución contra sus seguidores, Jesucristo ya está hasta el gorro y el buen rollito se le está agotando. De esa segunda fase de su ministerio datarían los mensajes más duros y apocalípticos.
JdJ también ha señalado que el episodio del prendimiento, juicio y ejecución de Cristo tiene la misma coherencia que una película de Rambo escrita por un guionista borracho. En parte es achacable a que aquí hubo que editar mucho para ajustar el episodio a las profecías veterotestamentarias sobre el Mesías. También es achacable a que posiblemente muchos detalles del juicio no debieron ser presenciados por seguidores de Jesús. Posiblemente la información que obtuvieran a posteriori fuera a través de simpatizantes o de rumores cogidos aquí y allá.
A pesar de todo, creo que los evangelios proporcionan suficientes datos para tener una visión coherente y realista de los acontecimientos. Tras el episodio de los cambistas en el Templo, a Jesús le advierten que se ha pasado varios pueblos y que los saduceos y los fariseos van a ir a por él y que lo mejor que puede hacer es mantener un perfil bajo. Jesucristo se esconde con los apóstoles en casa de un simpatizante. Lo más lógico sería mantenerse escondido hasta que hubiera pasado la Pascua y aprovechar el retorno de la masa de peregrinos a sus hogares para salir de la ciudad de tapadillo. La traición de Judas debió de consistir en revelar a los enemigos de Jesús dónde se encontraba. El proceso debió de ser sumario y breve, una mera formalidad. Es casi seguro que Poncio Pilatos no jugó ningún papel en él. Era un caso demasiado menor para que un poderoso gobernador romano se molestase en levantarse a medianoche para atenderlo. Me imagino que los evangelistas introdujeron a Poncio Pilatos por el efecto dramático. Jode pensar que a tu maestro lo condenó a muerte un burócrata chupatintas; todo un señor gobernador es otra cosa. La cruficifixión era la condena habitual para los acusados de sedición que no poseían la ciudadanía romana. Así pues, la condena impuesta a Jesucristo no tiene nada de excepcional.
Otra cuestión que suscita JdJ es la falta de referencias a Jesucristo en fuentes no cristianas de la época. En principio a mí no me parece tan raro. Judea era una provincia remota, recien incorporada al Imperio. Para un historiador grecolatino tenía el mismo interés que Kabul para un turista que ande buscando resorts de lujo. Jesucristo fue un fenómeno local y pasajero; un profeta que anduvo predicando esa religión tan rara que tienen los judíos durante tres años y que fue ajusticiado. Por otra parte la historiografía antigua era una historiagrafía de reyes y guerras. Un movimiento social o religioso no interesaba mientras no se hubiese rebelado y hubiese cortado unas cuantas cabezas. El silencio sobre la figura de Jesús no es sorprendente.
JdJ menciona dos obras de historiadores judíos contemporáneos de los hechos y que escribieron sobre Judea. Uno fue Justo de Tiberías. Su obra no nos ha llegado, pero sabemos por referencias bizantinas que no decía nada sobre Jesús. El otro fue Flavio Josefo. Su obra Antigüedades judías contiene un párrafo muy famoso, que dice:
«Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, [si es que se le puede llamar hombre], porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y a muchos gentiles. [Era el Cristo.] Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo, [porque se les apareció al tercer día resucitado; los profetas habían anunciado éste y mil otros hechos maravillosos acerca de él.] Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos.»
Hay una unimidad en que la parte entre corchetes fue una interpolación posterior, seguramente hecha por cristianos. La mayoría de los historiadores cree que el resto del párrafo es genuino, pero reconozco que hay suficientes razones como para no poner la mano en el fuego por su autenticidad. Creo que lo prudente es no apoyar la historicidad de Jesucristo en este párrafo del que seguro que una parte fue interpolada.
En otra parte de la obra, Flavio Josefo dice:
«Ananías era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido. El sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Santiago, hermano de Jesús, quien era llamado Cristo, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados.»
Este texto sí que me parece más genuino. Un interpolador cristiano habría aprovechado para dar cera a su héroe. No se habría contentado con una mención tan escueta. Hay quienes han pensado que la frase «quien era llamado Cristo» es un añadido posterior. Pero parece plausible que Josefo la introdujera para que se supiera de qué Jesús estaba hablando, dado que aparecen varios personajes con ese nombre en su obra.
Suetonio menciona que en el año 49 el emperador Claudio expulsó a los judíos de Roma porque se habían convertido en causa permanente de desórdeneces incitados por un tal Chrestos. El texto puede interpretarse de dos maneras. La que me es favorable: Suetonio sabía muy poco de la secta nueva de los cristianos y se equivoca, equiparándolos a los judíos (error fácil de cometer en aquellos años) y no enterándose muy bien de quién era ese Chrestos. La que no me es favorable: Suetonio no se equivoca. Dice judíos a sabiendas y el tal Chrestos (el nombre no era tan inusual) era alguien que vivía en Roma y había incitado los desórdenes.
Sobre los testimonios de Tácito y Plinio el Joven que hablan de Jesucristo y que JdJ afirma que son interpolaciones tardías, ahí JdJ me ha pillado con el paso cambiado. No sabía que había estudiosos que las consideraban interpolaciones tardías.
Ahora haré una afirmación osada. Otra prueba de la existencia histórica de Jesucristo es la Sábana Santa. Pienso que las probabilidades de que sea genuina y que realmente fuera el sudario de Cristo son muy elevadas.
Las primeras noticias fidedignas que tenemos de la Sábana Santa datan de mediados del siglo XIV. Es decir que si se trata de una falsificación tuvo que haberse realizado antes. En 1988 se le sometió a la prueba del carbono 14, que determinó que el lienzo databa de entre 1260 y 1390. Hubo muchos que no quedaron convencidos. El lienzo muestra un grado de precisión y de conocimientos anatómicos impensables en un falsificador medieval. Por otra parte el lienzo presentaba algunos detalles que van en contra de la iconografía tradicional de la crucifixión: por ejemplo, los agujeros de los clavos estaban en las muñecas, no en las palmas, y la corona de espinas no debió de ser un aro, sino un casco. Un falsificador medieval no habría introducido elementos que fueran contra lo que habitualmente se creía sobre la crucifixión. Hoy son muchos los investigadores que piensan que se produjeron errores en la prueba de 1988 y que habría que repetirla. Por un lado, parece que la prueba se hizo sobre una parte del sudario que había sido remendada en el siglo XIV. Asimismo se afirma que el fuego que afectó al sudario en 1532 pudo haber alterado su perfil de carbono y haber distorsionado los exámenes. A mí me parece más difícil explicar cómo un falsificador medieval pudo haber hecho la Sábana Santa que aceptar que los exámenes de 1988 se equivocaron.
Si aceptamos que la Sábana Santa es realmente del siglo I d. C., la consecuencia lógica es pensar que seguramente fue el sudario de Cristo. La Sábana Santa presenta muchos detalles que concuerdan con los evangelios: la corona de espinas (que no era una práctica habitual, lo que reduce enormemente las posibilidades de que sea el sudario de un crucificado distinto de Cristo), los azotes, los clavos, el lanzazo en el costado…
En resumen. Tenemos tres evangelios escritos poco después de la muerte de Jesucristo por gente que conocía Palestina y que, a pesar de los añadidos y alteraciones posteriores, permiten reconstruir a grandes rasgos la carrera de un profeta. Tenemos al menos una cita del no-cristiano Flavio Josefo que habla de Jesús. Y tenemos la Sábana Santa. Hay hechos históricos y personajes que tenemos por verdaderos con pruebas más endebles que ésas.
¿Y bien, JdJ? ¿Cuándo empiezas a preparar la mochila y las botas para hacerte el Camino de Santiago?
[JdJ: Y, vosotros, ¿qué decís? ¿Le contesto? ;-)]
lunes, mayo 11, 2009
Mr Martin "No Idea" Amis
El problema está en el ignorante que desconoce su condición de tal. El tipo que ha estudiado un par de párrafos y piensa que ha descubierto las fuentes del Nilo en el patio de su casa porque el libro dice que en las tales fuentes del Nilo mana agua y ve salir el líquido elemento de su estrecha manguera amarilla. Un ejemplo muy habitual de ignorante, habitual en nuestra historiografía, es el ignorante extranjero. Foráneos que han hecho esfuerzos notables, en ocasiones ciclópeos, por conocer y absorber los hechos históricos de España, los hay a capazos. Son toda una escuela que es una delicia leer. Pero, entre tanto acierto, algún que otro errorcillo se tenía que colar.
El escritor británico Martín Amis acaba de perpetrar una de estas gilipolleces propia de conocedor más o menos parcial de las cosas. Ha dicho que habría que agradecerle a ETA el atentado contra Carrero Blanco porque con el mismo eliminó al sucesor del dictador. Y se ha quedado tan pancho. Cosa que no me extraña, porque la dicha declaración huele a valoración de alguien que se ha documentado probremente sobre la materia que juzga. Lo cual lo mismo no es cierto. Pero es que si ésta es una documentadísima opinión, es aún más preocupante su insoportable levedad.
Factores que operan, a mi modo de ver, en contra de la teoría de Amis.
1.- El franquismo puede verse o bien como un régimen unipersonal y por lo tanto vinculado a la persona de Franco, o bien como un régimen cuyo principal valedor fue el ejército. En el primero de los casos, entonces, lo que mató al franquismo fue la muerte de Franco, no la de Carrero; y a Franco, a menos que los terroristas vascos encontrasen la forma de inocular los fracasos orgánicos agudos por control remoto, no lo mató la ETA. En el caso de que veamos el franquismo como un régimen militar, entonces todos sabemos lo que pasa cuando en una trinchera muere el coronel: que lo sustituye el comandante. Y si el comandante vuela por los aires, lo sustituye el teniente coronel.
2.- En coherencia con el final del punto 1, Franco tuvo, tras la muerte de Carrero, tiempo sobrado para nombrar a un nuevo Carrero. De hecho, lo tuvo pensado en la persona del almirante Nieto Antúnez, cuyo perfil personal era muy parecido al de Carrero (en fidelidad al franquismo, me refiero); e incluso de José Antonio Girón. Quienes impidieron que nombrase a un nuevo Carrero no fueron los terroristas de la ETA. Fueron los azules, o franquistas partidarios de que el franquismo muriese con el Caudillo y evolucionase a una democracia plena, los cuales acabaron por imponerle a Carlos Arias, probablemente con el truqui de metener en el grupo de candidatos a Carlos Fraga, al que Franco no quería nombrar ni aunque le colgaran de los pulgares.
3.- Franco no llegó a su muerte en 1975 sin haber designado sucesor después de Carrero, por el simple hecho de que su sucesor no era Carrero. Su sucesor se llamaba Juan Carlos de Borbón y como tal había sido designado en 1969, después de un lento y trabajoso proceso de años en el que al Caudillo le fue quedando claro que la única forma de no forzar la desafección de los elementos más democráticos de su régimen era realizar dicha designación. En una hipotética convivencia entre el rey y un Carrero presidente del gobierno, evidentemente la maquinaria del poder habría estado con el primero. En lo que Franco confiaba (es la esencia de su famoso «atado y bien atado») era en dejar a Juan Carlos constreñido y condicionado por un entramado de instituciones franquistas, notablemente el Consejo del Reino, el del Movimiento y las Cortes, que le impedirían llegar lejos en las reformas democráticas. Lo que pasó, no ya entre 1973, año de la muerte de Carrero, y 1975, año de la de Franco, sino por lo menos desde 1970 si no antes, es que incluso en esas salas de máquinas del franquismo, los franquistas relapsos comenzaron a quedarse en minoría. Minoría que Carrero habría experimentado sin ningún lugar a dudas.
4.- En su único gobierno, Luis Carrero Blanco confió en elementos del régimen (faltaría más), pero algunos de los cuales, y muy especialmente Torcuato Fernández Miranda, acabarían guiando al rey en su camino hacia la democracia. El gobierno Carrero está muy lejos de ser un gobierno bunkerizado, irredento en el franquismo más cerril, que podría haber formado si hubiese querido pues tan sólo tenía que nombrar 20 ministros y en aquella España quedaban muchos, muchísimos más de 20 franquistas desde la f hasta la s. Que el propio Carrero tuviera que echar mano de los elementos aperturistas, cuando presuntamente (así, al menos, cabría deducir de las palabras de Amis) su gobierno fue formado para sostenella y no enmendalla, lo dice todo de las leches que había ya, para entonces, en el seno del Movimiento; y que pueden seguirse con cierta nitidez si se estudia, por ejemplo, el proceso de creación de las famosas asociaciones politicas consecuencia del Espíritu del 12 de febrero.
5.- En los libros está además la información de que el propio príncipe había hablado ya con Carrero, conminándole a que no fuese un obstáculo para la democratización de España, algo a lo que Carrero le había dicho que sí. Y tiene lógica que se lo dijera, porque si hay momentos para coger el canasto de las chufas y liarse a hostias, y si Carrero y quienes pensaban como él pudieron pensar en julio del 36 que ese momento estaba agraz, desde luego en la primera mitad de los años setenta del siglo XX tenían muy claro que eran otros tiempos.
6.- En consecuencia, la democracia a España la trae quien la trae, se ponga Mr. Amis decubito prono o decubito supino, eso da igual. La democracia la trae la combinación de dos movimientos: uno, interior, por el cual elementos nada anecdóticos del franquismo toman la conciencia, y la bandera, de que el franquismo ha de morir con Franco. Y, por otro, el posibilismo de la oposición antifranquista, cada vez más apoyada internacionalmente, cada día más poderosa en el exterior y también en el interior, sobre todo en la universidad y en la fábrica, la cual, en lugar de hacer eso que canta Llach de empujar para que caiga, lo que hace es aceptar el mismo principio de que Franco morirá en la cama de Jefe de Estado, a cambio de morir de verdad.
7.- Sostener que para que esta combinación resultase era necesario que Carrero muriese a manos de la ETA es desconocer las fuerzas de cada uno. De Carrero. De los franquistas partidarios de la evolución. Del antifranquismo democrático. De la ETA. Es lo que se dice oír campanas y no saber dónde leches es el incendio. La muerte de Carrero no aportó nada en la descomposición del franquismo. Franco llegó a ceder sus poderes en las manos del príncipe durante su tromboflebitis y no por ello dejó de ejercer el mando. El pacto era esperar. Las fuerzas democráticas esperaron y, a la muerte del Caudillo, se pusieron a lo suyo. Y lo habrían hecho con Carrero el cual, de vivir, habría tenido el destino que tuvo Arias.
Con mis disculpas a los lectores habituales, que ya sabrán que en este blog hay otro post con contenidos parecidos.
El New Deal
En no pocos países del mundo, y España es un ejemplo, hay una receta encima de la mesa. Básicamente, se pretende mejorar el tono de la economía mediante una expansión del gasto público. Se eleva, pues, el nivel de gasto del actor público, sobre todo mediante obras públicas destinadas a crear empleo y recuperar la economía. Y el ejemplo está también en la crisis del 29 y en la política entonces adoptada, el conocido como New Deal del presidente Franklin Delano Roosevelt, o FDR como es conocido entre los suyos. Y a mí me gustaría dejar aquí estas notas para reflexionar sobre ello. Porque, y es sólo mi opinión, creo que la confianza en el New Deal y en sus virtudes, que las tuvo, es excesiva. A mi modo de ver, tan cierto es que la expansión del gasto público mejora el tono del empleo como que es totalmente incapaz de darle salida a la crisis.
Desde el final de la primera guerra mundial, Estados Unidos había sido territorio abonado para el Partido Republicano. Los presidentes Harding, Coolidge y Hoover se habían sucedido sin que los demócratas hubieran encontrado la forma de darle la vuelta a la tortilla. Un periodo de republicanismo tan largo enervó algunos de los principales signos de identidad de esta tendencia, cuales son la aplicación de recetas rabiosamente capitalistas, combinadas con un gran proteccionismo destinado a enriquecer la industria interior, sobre todo teniendo en cuenta que no había sido golpeada por la guerra como le ocurría a media Europa. Las burbujas siempre se rompen por su lugar más débil. Si ahora ha sido el endeudamiento hipotecario de los particulares, entonces fue el desenfrenado juego bursátil de esos mismos particulares y de los propios negociantes especulativos lo que acabó culminando con la caída libre de la Bolsa.
Franklin Delano Roosevelt había ganado en 1928 las elecciones a gobernador de Nueva York. Cuando decide apuntarse a la carrera hacia la Casa Blanca monta una campaña electoral en el fondo muy parecida a la del actual presidente Obama. Ambas campañas, en efecto, se basan en la difusión de un mensaje optimista que promete acción, pero sin aclarar cuál va a ser ésta. Si Obama triunfó con su famoso Yes we can, FDR utilizó diversos mensajes entre los cuales el más fuerte, probablemente, sería Lo que el país necesita es intentar algo. Así las cosas, el partido demócrata gana de calle las elecciones de 1932, imponiéndose nada menos que en 42 de los estados de la Unión.
Tras comenzar su mandato el 4 de marzo de 1933, FDR llama a su lado a un grupo de expertos o brain trust que emite un informe con la lista de medidas que son necesarias para la salida de la crisis. Estos cambios venían a identificarse con un incremento de la intervención estatal en la economía, eliminando la libertad casi total existente hasta ese momento. Las primeras medidas que se ponen en marcha tienen como objetivo contener la inflación. Se aprueban medidas para establecer el subsidio asistencial a los parados, o la garantía de precios para los agricultores, servicios de empleo para jóvenes parados, financiación de hipotecas de escaso volumen y, por supuesto, los programas de obras públicas. Por lo tanto, un hecho que olvidan las visiones excesivamente simplistas del pasado es que el New Deal es un conjunto de medidas mucho más complejo que la mera expansión del gasto vía obras públicas, entre las que destacan, por cierto, las monetarias. El New Deal actuó sobre un entorno socioeconómico como el estadounidense de los años treinta, carente de mecanismos de gasto social a favor de los parados, y la sola instrumentación de rentas mínimas permitió sostener la economía.
Hasta 1936, el New Deal es una política rígidamente intervencionista, factor éste fundamentado en la necesidad de controlar la inflación y desarrollar los seguros sociales.
Especialmente importante es la legislación dedicada a la recuperación agrícola, destinada a evitar el problema claramente visible en los Estados Unidos de aquel tiempo, con un diferencial de nivel de vida entre las zonas rurales y las urbanas que en ocasiones alcanzaba proporciones siderales. Con esta legislación se intentó garantizar a los agricultores rentas mínimas que, sin embargo, están muy por debajo de los niveles hoy sostenidos por políticas como la agraria común de la Unión Europea. Dentro del capítulo que se ha hecho más famoso del New Deal, el de la obras públicas, quizá el elemento más visible sea la creación de la Autoridad del Valle de Tennessee.
El primer New Deal termina en 1936, año electoral. Ante el crecimiento elevadísimo del déficit público que se ha producido en los tres años anteriores, FDR y sus economistas deciden levantar el pistón y aplicar políticas de consolidación fiscal. El resultado inmediato es la entrada del país en la recesión, con tasas de caída de la producción que dan la sensación de haber perdido todo el camino recorrido. Esta recesión radicaliza notablemente las cosas, algo que se aprecia claramente en la campaña del 36, que Roosevelt gana de nuevo con la estrategia principal de presentarse como paladín contra los oligarcas que dominan la economía. El gasto público se incrementa de nuevo, produciendo una inmediata mejora del crecimiento económico, y se impulsan nuevas legislaciones sobre el paro, la seguridad social y los mercados laborales. Sin embargo, durante este segundo mandato de Roosevelt, tanto al presidente como a sus asesores comienza a hacérseles evidente que el recurso al déficit público se está agotando. De hecho, es necesario llevar a cabo medidas de recorte del déficit público, a causa del serio problema que está generando en la financiación de la economía. Pues el déficit público es poco recomendable por dos razones fundamentales. Una está en el futuro y que, como todo hay que acabar por pagarlo, déficit público hoy son impuestos mañana. Pero la segunda razón se produce en el mismo momento en que dicho déficit se genera. Pues si el déficit crece, lo hace el endeudamiento del Estado; y si el endeudamiento crece, entonces se produce en los mercados de capitales una mayor competencia por los recursos. Dicho de otra forma: para que el Estado se pueda financiar, empresas y particulares deben encontrar más dificultades para financiarse. En realidad, durante este segundo mandado a Roosevelt las cosas se le pusieron jodidas. Las elecciones al Congreso de 1938 dibujan claramente una cámara opositora al presidente, en un entorno de paro creciente de nuevo.
¿Por qué creo que la valoración del New Deal es excesivamente positiva? Pues por razones tres.
En primer lugar, el New Deal, en sus mejores años, que fueron los tres primeros, nunca consiguió reducir la tasa de paro por debajo del 8%. Ciertamente, dicho paro llegó a estar en el 25% aproximadamente; pero hemos de tener en cuenta que la mayor parte de las medidas que se aplicaron, tales como la puesta en marcha de subsidios al desempleo o la garantía de precios agrícolas, hoy son parte del sistema, así pues, aunque resulta difícil decir qué medidas crearon qué empleo, desde luego el que fue creado por éstas hoy no existe (o mejor sería decir que ya existe).
La segunda razón es la caída del 36. El regreso del país a la recesión demuestra, a mi modo de ver, que la salida de la crisis mediante déficit público crea una excesiva dependencia entre bonanza y gasto público. Y, si uno se frena, la otra también. Es evidente que el concepto que hay que tener de salida de la crisis es una salida sólida y duradera.
La tercera razón es que es un mecanismo que se agota en sí mismo. Por dos veces, una antes de su segundo mandato y otra avanzado el segundo, FDR tuvo que plantearse reduccciones del gasto público, ante la imposibilidad de mantener el ritmo del mismo que la crisis demandaba. Lo que pasa es que este efecto se nota menos porque, al final de esta historia, entra a jugar un factor distorsionador, que desde luego es deseable que no se produzca esta vez, y que es el que verdaderamente saca a la Estados Unidos de la depresión: la guerra mundial. Es, en efecto, la guerra la que multiplica la capacidad productiva estadounidense en por 1,5 en muy pocos años y, al fin y a la postre, acaba con el paro y con la recesión. La idea de que el New Deal sacó a Estados Unidos de la crisis es, a mi modo de ver, en excesivo exagerada.
Hay historiadores que piensan que FDR entró encantado en la segunda guerra mundial. Puede ser cierto, o puede que no. Que tenía razones para ello, eso está fuera de toda duda.
viernes, mayo 08, 2009
Jaun-goikua eta Lagi-zarra
jueves, mayo 07, 2009
No le digas a mi madre que soy blogger
Pero la cosa viene de una frase que ha dicho Cebrián. Ha dicho que le parece muy preocupante el fenómeno de ganancia de lectores por parte de los blogs, donde sus autores escriben «la primera cosa que se les pasa por la cabeza sin contrastarla».
A mí me parece que esta manera de decir las cosas es, aparte de una agresión gratuita con la que el agresor no gana nada, una forma de ombliguismo, por llamarla de alguna manera.
No hay ninguna razón, así, en frío, para que un blog tenga más credibilidad que un periódico. Ambos son lo mismo: un tipo o tipa escribiendo lo que hay. Los blogs, por lo demás, no pueden hacer nada para ganar prestigio como no sea exponer su trabajo; todo su márquetin, salvo escasas excepciones, es viral. Así las cosas, ¿no será que el prestigio es un a modo de vaso comunicante? O sea, que si los blogs tienen prestigio, a pesar de escribir lo primero que se les pasa por la cabeza, quizá sea porque la prensa se lo ha cedido.
De toda la vida de Dios, las personas han necesitado algo en lo que creer y alguien a quien creer. Algo sobre lo que decir: lo he visto ahí, lo he leído ahí, me lo ha contado el Hombre-Memoria, cosas así. Cebrián, y todos los cebrianes de este mundo, deberían quejarse menos y reflexionar más sobre cuándo, cómo y, sobre todo, por qué saltó tanta gente del «lo dice el periódico» o «lo he oído en la radio» al «lo leí en un blog». En mi opinión, si reflexionasen sobre ello acabarían por descubrir, más temprano que tarde, que ellos tienen algo que ver en dicha conversión.
Los medios de comunicación siempre han tenido la oportunidad, supongo yo, de contratar colaboradores como Wonka u Omalaled, por citar dos de mis bloggers preferidos. Las personas que escriben hoy en buenos blogs siempre han estado ahí, no nacieron con la revolución tecnológica. De hecho, en el mundo siempre ha habido gente que sentía como suyo el reto del conocimiento, en muy diversas materias, desde la jardinería hasta la alta política, desde el aeromodelismo a la Historia del Vaticano. Lo que a mi modo de ver demuestra el fenómeno de los blogs es que, además, muchas de esas personas saben escribir que lo flipas de bien. Así las cosas, el problema será, en todo caso, de los medios y su apuesta por una información muy average, ni chicha ni limoná, simple simple, quizá nacida de cierto concepto del consumidor de información como alguien medio anormal incapaz de entender conceptos abstractos o complejos.
Vale que en el mundo de los blogs hay mucha mierda. Es que teniendo en cuenta que hay millones, si fuesen todos buenos no seríamos la raza humana sino la elfa. Si en España se editasen cinco millones de periódicos, seguro que el 99,9% de los mismos serían una caka de la vaka. Pero harían bien los responsables de la prensa, en mi opinión, despreciando menos a los blogs y fijándose más en ellos.
Los blogs son libres. No se trata exactamente de que los bloggers escribamos lo primero que se nos pasa por la cabeza; muchos de nosotros necesitamos cientos de páginas de lectura para que se nos pasen por la cabeza algunas de las cosas que escribimos. Como digo, no es que escribamos lo primero que se nos pasa por la cabeza; es que escribimos los que nos sale del pijo. Quizá esté equivocado, pero creo que eso es algo que el lector de blogs agradece. Cuando entra en su blog preferido y ve que hay un nuevo post, las más de las veces, si no todas, no tiene ni puñetera idea de lo que se va a encontrar; y eso es algo que le agrada. La libertad genera variedad y novedad. La escritura al servicio de algo, sea ese algo el liberalismo, el progresismo orteguiano o la identidad majorera, genera ofertas de contenidos altamente predecibles. Uno coge un periódico y, sin abrirlo, ya se imagina lo que va a contar y cómo. Porque los medios de comunicación generan una realidad, la realidad sobre la que informan, que no siempre coincide con la realidad de la vida de las personas. Los blogs, puesto que son libres, se apegan más a estas necesidades de conocimiento, llamémoslas reales. Pero eso es así porque la prensa les ha dejado el espacio libre.
Los blogs son participativos. Pocas secciones han sido más maltratadas en los periódicos que la de cartas al director (eso suponiendo que exista). Si son ciertas las estadísticas de Google Analytics, apenas un 3% o 4% de los lectores que paran en este blog comentan algo; pero el otro 96% sabe que puede hacerlo, y ahí está el secreto. Los medios de comunicación «tradicionales» son un viaje de ida: el Conocimiento le habla a la Ignorancia. Y, ¿a quién diablos le puede importar la opinión que tenga la Ignorancia sobre nada? Lejos de este concepto, muchos blogs crean comunidad y se perfeccionan a través de las aportaciones de los paseantes que los visitan.
Luego está eso de que en los blogs se publica sin contrastar. Acabáramos. Y en la prensa no, por lo visto.
Otra característica de los blogs de la que adolece la prensa, pero porque ha querido, es que se especializan. Por decirlo de alguna forma, la prensa es una especie de Gran Compromiso de Conocimiento, mientras que el blog es un microcompromiso. El blogger todo lo que quiere es compartir una porción de su conocimiento en la que cree que puede aportar algo. Los blogs abarcan muy poco, lo cual los hace, cuando son buenos, extremadamente eficientes. Cuando quiero aprender cosas sobre cómo es Asia, cómo evoluciona, leo a Tiburcio. Sinceramente, es difícil que un periódico, menos aún un informativo audiovisual, puedan competir con él. No se trata de que Tiburcio escriba lo primero que se le pasa por la cabeza. Se trata de que Tiburcio sólo tiene un compromiso con aquello de lo que sabe y, consecuentemente, firma un pacto tácito de su lector por el cual éste acepta que, si quiere conocer cosas que el blog no le cuenta, lo que hará será buscarse otro blog, no darle la barrila a Tiburcio para que se la cuente. Los medios de comunicación se han dejado llevar por la ambición de aportar un conocimiento global; pero quien mucho abarca poco aprieta y, consecuentemente, que sabe muchas cosas de casi todo no puede decir que tenga muchos conocimientos de casi nada.
Así las cosas, me cuesta entender esta inquina contra el mundo de los blogs, como no sea por esa pulsión tan humana de buscarle a nuestros problemas un responsable distinto de nosotros mismos. Probablemente, la prensa es en estos momentos el sector económico en España que está viviendo una crisis más grave y más profunda; más incluso que la construcción. Pero estas cosas no ocurren nunca sólo por acción de agentes externos.
Echarle la culpa de todo a internet y quienes en la red pululan es una generalización. Y se supone que la prensa nunca hace generalizaciones.
lunes, mayo 04, 2009
Las once rosas
El 5 de agosto próximo, a las ocho de la mañana, el reloj marcará 70 años. Siete décadas desde el momento triste, absurdo, en el que murieron las once rosas.
Sí, once. Eran once: Carmen Barrero, Martina Barroso, Blanca Brissac, Pilar Bueno, Julia Conesa, Avelina García, Virtudes González, Ana López, Joaquina López, Dionisia Manzanero y Victoria Muñoz. La propaganda de la resistencia de izquierdas unió a estas once fusiladas el día 5 el de otras dos mujeres fusiladas algunos días después: Palmira Soto y una chica llamada Ana. Este empaquetamiento creó el mito de las trece rosas, que es el mito negativo, triste, de quien muere sin tener razón para ello. A mi modo de ver, las trece rosas deben ser un símbolo. Símbolo de la vertiente absurda, fría e insensible de la represión y de la guerra. Lamentablemente, no podemos decir que las trece rosas fueran ni las únicas mujeres, ni las únicas jóvenes, que murieron con la espalda contra un paredón o temblando bajo la noche durante aquellos años y aquellos tiempos. Recordar a los mal muertos es lo único que podemos hacer por ellos. Y es por eso que no nos podemos permitir olvidarlas.
En realidad, en los fusilamientos del 5 de agosto de 1939 murieron muchas personas más. Minutos antes de morir las chicas, un grupo de hombres fue fusilado, hasta completar un número aproximado de 60 víctimas.
¿Por qué terminaron las trece rosas frente al pelotón de fusilamiento? Eran, sí, militantes de las JSU, Juventudes Socialistas Unificadas, de tendencia comunista. Pero ni siquiera en la España de Franco la mera militancia era razón para recibir una bala en el pecho o en la cabeza; de hecho, una de las rosas había sido antes condenada a 20 años por su militancia. ¿Por qué el franquismo cometió la enorme torpeza de llevar adelante aquellas ejecuciones que, en manos de los panegiristas de la oposición de izquierdas, acabarían siendo un mito? Ensayando una explicación, hay que acudir a un hecho que es muy importante, a mi modo de ver, a la hora de juzgar al franquismo con los ojos de hoy. Es inexacto suponer a la dictadura tan pacata y tan subnormal como para no darse cuenta de las consecuencias de sus acciones. A mí me cuesta pensar que Franco y sus adláteres no fuesen conscientes de lo que suponía descerrajar los cargadores de un par de decenas de fusiles en los cuerpos de once mujeres, algunas de ellas por debajo de la mayoría de edad legal de entonces (21 años). El franquismo sabía que lo que estaba haciendo se le echaría en cara. Pero, simple y llanamente, pensó que era mucho más lo que ganaba.
El 27 de julio de 1939, el comandante de la Guardia Civil Isaac Gabaldón circulaba en su coche por la carretera de Extremadura, en dirección a Madrid, a la altura de Talavera. Gabaldón era eso que llamaríamos un pleno colaborabor del régimen franquista y de su represión. Había sido miembro de la Quinta Columna, es decir el supuesto ejército de franquistas que trabajaba por la victoria del bando nacional saboteando en lo posible la zona republicana, y en ese momento llevaba el archivo de la masonería y el comunismo; lo cual equivale a decir que señalaba con el dedo a muchos que eran sacados en la noche de sus celdas para dar un último paseo hasta las tapias del cementerio, porque ese archivo era el fruto de la paciente labor de recogida de pruebas y acusaciones que los franquistas habían ido realizando conforme avanzaban y tomaban terreno y, ahora que la guerra había terminado, había sonado la hora de enervar las cumplidas venganzas. No tenemos ningún indicio de que al comandante le temblase la mano o sufriese con esa labor.
A la altura de Talavera, como decíamos, el coche de Gabaldón fue tiroteado y el comandante fue enviado a charlar con el general Mola, el general Sanjurjo, Alejandro Magno y otros colegas. Hay un detalle que al contar esta historia no se suele referir y que creo que es justo recordar. En el atentado murió también el chófer del comandante, así como la hija del militar, de 17 años, que le acompañaba, y de quien, obviamente, nos cabe sospechar escasa actividad represora. En esta tristísima historia de las trece rosas, nadie se acuerda de este clavel, que también era mujer, también era menor de edad, también se limitaba a pasar por allí, a estar wrong place, wrong moment, y a quien el comando que realizó la acción no tuvo reparo en llevarse por delante.
Que yo sepa, nadie sabe a ciencia cierta quién mató a Gabaldón, aunque la teoría más plausible se refiere a un grupo denominado Los Audaces. En realidad, lo único que podemos tener por razonablemente seguro es que las trece rosas no fueron. Se dice que si una partida de maquis perdidos de la vida. O quizá alguien más organizado. Pero lo realmente importante es la lectura que el franquismo hizo de ello. Quince semanas después de terminada la guerra, en territorio español, un hombre del régimen era asesinado, y no un hombre cualquiera. Para Franco, en ese momento, lo más importante es recuperar la iniciativa; y lanzar a quienquiera que fuese que estaba organizando aquella oposición armada, el mensaje neto de que no le iba a temblar la mano a la hora de reprimir cualquier conato de resistencia.
Mi teoría, pues, es que las trece rosas NO fueron detenidas, encausadas, acusadas de participar en el asesinato de Gabaldón, condenadas a muerte y ejecutadas en medio de una orgía represora en la que el franquismo parecía no saber a quién se cargaba. Todo lo contrario. Las mataron porque sabían que eran ellas; sabían que las probabilidades de que estuviesen realmente implicadas en el atentado son más o menos las mismas de que yo le pare un regate a Messi. Lo importante es que eran miembros de las JSU y eran, además, probablemente inocentes. Lo que quiso el régimen fue lanzar el mensaje de que nadie que tocase la mierda, siquiera con la punta del dedo meñique, podía considerarse a salvo. Y, por algunos síntomas que luego comentaré, cuando menos en parte, lo consiguió.
En todo caso, como he dicho, resulta difícil de creer que Gabaldón muriese como resultado de una acción aislada e improvisada por parte de alguna partida guerrillera que se lo encontrase en la carretera. Es mucha casualidad que una partida perdida de partisanos vaya a dar, precisamente, con el coche del tipo que está preparando la lista para dar por culo a media España. Me cuesta creer que la acción no estuviese organizada hasta el punto de que quienes mataron a Gabaldón supieran quién era el que iba en el coche.
En el análisis que probablemente hicieron los policías franquistas de la oposición interna, llegaron rápidamente a las JSU. Las organizaciones de adultos estaban seriamente menguadas por las muertes en la guerra, el exilio y la represión. En cambio, en las organizaciones de juventudes había militantes que no podían haberse significado en la guerra, así pues se les podía sospechar cierta mayor capacidad operativa. Además, el régimen de Franco tenía dos ventajas importantes. La primera es que buena parte de los archivos de la JSU estaban en sus manos; se los habían encontrado en Madrid en razonable estado porque las JSU no habían podido destruirlos, ya que el coronel Casado, tras triunfar en su golpe de Estado, encarceló a los elementos procomunistas y cercenó su operatividad. La segunda ventaja es que el franquismo contaba con infiltrados dentro de la organización. Así las cosas, en las primeras semanas tras el final de la guerra comenzaron las detenciones masivas de militantes.
Dentro de estas detenciones fueron cayendo las trece rosas. Existen algunos testimonios de que, tras unos comienzos en los que eran importunadas mediante interrogatorios constantes, los policías, probablemente al comprobar que no lograban sacar confesiones de implicación en el atentado, echaron mano de la tortura o la humillación, como en el caso de Virtudes González, a quien raparon la cabeza a la manera de las colaboracionistas con los nazis en los países ocupados. De las comisarías fueron trasladadas a la cárcel de Ventas, hoy sustituida por una manzana residencial de cierto nivel, donde fueron hacinadas porque el centro penitenciario acogía en ese momento a varias veces más reclusas de las que se suponía eran su capacidad máxima. Había tres grandes divisiones: reclusas, por así decirlo, normales; las que estaban en la cárcel con sus hijos; y, por último, las menores de edad (de 21 años, se entiende).
El 3 de agosto, en Las Salesas, las mujeres fueron a juicio. Aunque es muy difícil reproducir el sentir de personas que no pueden describirlo y en su momento apenas tuvieron tiempo para hacerlo, a mí me parece que lo más cercano a la verdad sería decir que las rosas fueron a aquel juicio razonablemente seguras de que serían condenadas a diversas penas, pero no a muerte. Para ellas, era tan inconcebible relacionarlas con el atentado del comandante Gabaldón como pueda serlo para nosotros. Sin embargo, en el juicio sumarísimo 12.743, de forma sorpresiva, se pronunciaron unas 60 sentencias de muerte, entre las cuales estaban las de las once rosas. La sentencia fue un shock. Especialmente en los casos de Victoria, Martina, Avelina y quizá Virtudes, porque eran menores de edad. Nadie esperaba que las menores fuesen condenadas a muerte; el mismo día de su ejecución, algunas de las fusiladas creían haber sido condenadas por haber trabajado para el Socorro Rojo Internacional, pero la mayoría ni siquiera eran capaces de esbozar una explicación. Al parecer, desde aquel día el ambiente en la zona de menores de la cárcel cambió radicalmente, pues quienes hasta ese momento se creían lejos de la pena capital, repentinamente despertaron a la amarga realidad de que la represión también podía ir con ellas. Como he dicho antes, es mi idea que éste fue un acojone clara, neta y voluntariamente buscado por el franquismo; quería generar ese miedo, y lo generó. Que para generarlo tuviese que fusilar a once mujeres no le importó, ni poco ni mucho, pues, como he escrito antes, muy probablemente pensaba que era mucho más lo que ganaba.
No fue hasta la sentencia que las mujeres se dieron cuenta de la seriedad de su situación; aunque, más que de seria, cabría calificarla de desesperada. Por supuesto, solicitaron ser indultadas, en la mayoría de los casos aduciendo que su relación con el Partido Comunista se debía a la necesidad que tenían de obtener ingresos mediante trabajos como el de costurera, que era el trabajo más frecuente entre las mujeres de clase baja en aquellos años (la mayoría de las fusiladas cosían).
La noche del 4 de agosto, el reloj pasó de la fatídica línea de las doce de la noche sin que viniera nadie a hacer una saca de presos. Son muchos los testimomios de presos del franquismo que describen con puntillosidad la angustia de esos minutos entre la cena y la medianoche, porque el franquismo ejerció la nada sutil tortura de condenar a muerte a sus represaliados y luego dejarles en la cárcel sin saber a ciencia cierta si iban a ser ejecutados y, sobre todo, cuándo. Así pues, cada vez que alguien llegaba a la cárcel con una lista, cualquier condenado sabía que esa noche podía tocarle a él. Sinceramente, se me escapa cómo se puede enfrentar el día siguiente a cualquier saca pensando que la próxima puede ser la tuya.
Eran las doce y cuarto. Las chicas, cuando comprobaron la hora, aliviadas, concluyeron que esa noche no habría fusilamientos, y se fueron a dormir. Pero a las doce y cuarto vinieron a buscarlas. Cuando menos, Victoria Muñoz y Martina Barroso tuvieron que ser despertadas. Hoy ya no dormirás más hasta que te llegue la muerte. Victoria lloraba. Su hermano Juan ya estaba muerto, aunque no fusilado porque con las torturas de los interrogatorios le llegó. Su hermano Gregorio estaba en el mismo sumarísimo. Moriría algunos minutos antes que ella. Victoria se agarró al cuello de una reclusa y no se quería soltar. Tenía 18 años, y la iban a matar a tiros.
Entre las trece rosas hubo detalles de genio y figura, por qué no decirlo, muy femeninos. Ana López se puso medias de costura y no se quedó tranquila hasta que comprobó, preguntando a los demás, que llevaba las costuras derechas y en su sitio. Julia Conesa pidió prestado un vestido que le gustaba para vestir su última noche. Virtudes y Blanca Brissac también se pusieron sus mejores galas para la ocasión.
Algunas de las reclusas, como Virtudes o Blanca, esperaban encontrarse con sus parejas antes de la muerte. Pero no fue posible, porque sus novios y esposos, también condenados, fueron fusilados antes y, cuando ellas llegaron al cementerio, ya estaban muertos. Según un testimonio, al menos Blanca Brissac sobrevivió a la descarga, y pidió ayuda. Inútilmente, claro. La ayuda que recibió fue el tiro de gracia.
La prensa franquista jamás informó de los fusilamientos, menos aún de que hubiese mujeres entre ellos.
Blanca Brissac tocaba el piano y se casó con un violinista que, como ella, tocaba en las funciones de cine. Al terminar la guerra, el marido fue detenido porque su nombre apareció en la agenda de otro recluso. El día que la mataron era su santo. Pidió morir con su marido, sin conseguirlo. Alguna vez, en las publicaciones sobre el asunto de las trece rosas, que son por cierto no demasiado numerosas, se ha publicado la carta que le escribió a su hijo la noche que esperaba la muerte. Es un portento de tristeza y de ternura.
Virtudes González era novia del jefe de la JSU del Oeste de Madrid, que también murió fusilado en el mismo amanecer. Fue una de las personas que fueron detenidas a su regreso de una gira de propaganda procomunista por los pueblos de alrededor de Madrid, durante la cual les sorprendió el final de la guerra.
Avelina García era hija de un guardia civil y había sido educada en un colegio de monjas. Quizá fue por no perjudicar a su padre que acabó implicada en el asunto de las once rosas, porque al final de la guerra estaba en Ávila, pero regresó a Madrid cuando fue llamada a declarar. Alrededor de Avelina se creó el falso mito de su propio padre fue obligado a fusilarla. Es más que probablemente falso, aunque lo que sí parece que ocurrió es que en el pelotón estuvieron compañeros suyos.
Joaquina López fue detenida en compañía de sus dos hermanas. Fue juzgada con ellas por pertenecer a las JSU y condenada a 20 años. Luego ocurrió lo de Gabaldón, fue juzgada de nuevo y condenada a muerte.
Dionisia Manzanero era novia de un miembro relativamente destacado del Partido Comunista con el que, al parecer, pensó en huir de España; aunque él quedó, como otros muchos, taponado en Alicante. Pasó la última noche de su vida bordando unas mariposas en las zapatillas que llevaba puestas cuando la mataron.
Ana López parece haber sido una de las más «ideológicas» de las once rosas. Entre otras cosas, aún en los últimos tiempos de la guerra estaba a favor de su continuación y ayudó a los combatientes contra Casado hasta que se rindieron. Su ejecución destrozó a su familia. Un hermano murió muy joven de una dolencia cardiaca, y su madre se volvió loca.
Las once rosas, o trece si se prefiere, fueron, de alguna manera, el primer gran error del franquismo. De una manera un tanto simbólica se podría decir que la vida del Franco jefe de Estado comienza con el fusilamiento de las rosas y termina con el de los militantes del FRAP y de la ETA de septiembre de 1975.
Las identificaciones, no obstante, terminan aquí. Los fusilamientos del 75 terminan con Olof Palme recaudando dinero en la calle para la oposición antifranquista. Los fusilamientos del 39 se producen en un entorno en el que Europa está a un cortacabeza de la guerra mundial y, si no lo sabe, lo sospecha. No parece que el mito de las trece rosas provocase ninguna mácula en la conciencia internacional.
La muerte de las rosas, por lo tanto, es producto de su tiempo. Por las mismas razones que el régimen franquista sabía que no podía realizar una acción así, digamos, a mediados de los años cincuenta, sabía que en agosto de 1939, cuando la mayoría de las trincheras de la guerra permanecían humeantes, podría con ello.
Se ha dicho y se ha escrito que los fusilamientos fueron una típica respuesta violenta en plan veinte muertos de los tuyos por cada uno de los míos. Como espero haber explicado en este post, mi teoría es bastan te más vomitiva. El crimen del comandante Gabaldón fue investigado en unos pocos días y los condenados, en varias sentencias, fueron más de 80. No me cuesta pensar que alguien sea cruel, pero lo que no puedo tragarme es que sea lerdo. En el régimen tenía que haber personas de sobra que supieran que aquello era antijurídico.
No, el problema no es que los fusilamientos fuesen antijurídicos. El problema es que las rosas no murieron a pesar de ser inocentes, sino precisamente porque lo eran. El franquismo no es que no prestase atención a lo que estaba haciendo, sino que lo hizo con pleno conocimiento y conciencia. Porque con aquellos fusilamientos no buscaba acojonar a los convencidos. Sabía que los dirigentes comunistas estaban fuera de circulación, el que no exiliado muerto o encarcelado, y sabía, por lo tanto, que necesitaba a las juventudes para rehacer su estructura interior. Los fusilamientos, por lo tanto, quisieron ser el aviso de que cualquiera que hubiese saludado alguna vez a un sospechoso; cualquiera que le hubiese cosido un día un botón; cualquiera que fuese hermano de un cuñado del dependiente de la zapatería donde se compraba las pantuflas; cualquiera, en una palabra, podía ser pasto de la represión. Incluso personas tan básicamente inocentes como las rosas.
Existen testimonios de que, tras los fusilamientos, algunas de las reclusas compañeras de las fallecidas comenzaron a comulgar y a atender los oficios religiosos. Ese era el tipo de reacción buscada, y ése tipo de personas el objetivo. Y, para conseguirlo, el franquismo no dudó en fusilar impunemente a un grupo de mujeres cuyo único delito era tener ideas.
Aunque conocemos los nombres y hasta un poco de las pequeñas historias de estas mujeres, de alguna manera las trece rosas son el símbolo de los muertos sin nombre y sin motivo. Dicho sea sin olvidar que, en realidad, la expresión «muerto con motivo» es, siempre, una expresión repugnante.
Quede esta vela encendida, en esta pequeña esquina de la Red.
domingo, mayo 03, 2009
Antón Martín
Cuando Antón Martín se entera de las nuevas de la muerte de su hermano, solicita la dispensa para ir a Granada a exigir la condena de Pedro Velasco. Cuando llega a a Guardafortuna, la familia criminal ha huido, pero hemos de entender que Antón, que como decíamos ha trabajado de soldado, sabe cómo componérselas para hacer que la justicia se tome el caso con interés. A la larga, los Velasco son prendidos, y Pedro condenado a muerte.
La condena de Pedro Velasco a la horca generó en Granada todo un movimiento en pro del perdón de dicha pena máxima. La conmutación, sin embargo, debía contar con el beneplático de la víctima, en este caso Antón Martín, cosa que ése se negó a otorgar una y otra vez. Es en este punto en el que entra en escena Juan de Dios. El religioso se encuentra en Granada allgando recursos para levantar un hospital y allí, enterado del suceso, aborda a Martín en la calle de la Colcha y logra convencerlo de las virtudes del perdón. Ésta es, cuando menos, la versión que nos ha llegado, quizá un tanto dramatizada, de lo que quizá fue un encuentro y conocimiento progresivo en el que el antiguo soldado fue paulatinamente convencido por el religioso. Pues lo cierto es que Juan de Dios no sólo consiguió la clemencia del soldado, que salvó la vida de Velasco, sino que también logró su conversión y unión a la estrecha nómina de discípulos suyos, entonces en número de cinco.
Durante el resto de la vida del fundador del hospital de Granada, Antón Martín fue adquiriendo la calidad de discípulo predilecto, y así se reconoce en la última voluntad de su maestro cuando es a él a quien encomienda que continúe su obra. Juan de Dios fallece el 8 de marzo de 1550, momento en el que Antón Martín recoge su testigo, se coloca al frente de su orden, y se traslada a Madrid, donde discute con el rey Carlos I el proyecto ambicionado por éste de crear en la ciudad un hospital para enfermos de cirugía. El hospital se levantará en una parcela cedida a tal efecto por D. Fernando de Zomoza, en la zona de Atocha.
La fundación del hospital de San Juan de Dios es, junto con la de otros que en la villa matritense van surgiendo, uno de los pasos que la Iglesia católica da para resolver un hecho sempiterno hasta entonces palmario tanto en Madrid como en España: el monopolio de judíos y de musulmanes en el mundo de la medicina y de la cirugía. Hecho éste que no fue fácil por extrañas razones teológicas, pues no hay que olvidar que el concilio de Letrán de 1139 condenó la realización de operaciones quirúrgicas por parte de eclesiásticos.
Los judíos, pueblo caracterizado por una cultura media superior a la de otros pueblos y que ya en sus tradiciones atesoraban conocimientos farmacológicos e higiénicos, parecían llamados para ejercer la medicina. Aunque el concepto de medicina no era entonces tan claro, porque en aquellos tiempos lo que hoy son los oficios de los médicos se distinguían entre ellos de forma neta, pues había médicos, doctores, cirujanos de heridas, los llamados algebristas o cirujanos comadrones.
Por aquel entonces, obviamente, la medicina todavía adolecía de muchas carencias. Los elementos de juicio que los médicos utilizaban eran la observación del pulso y de la orina y las prescipciones más comunes la sangría y el purgado; las cuales, no pocas veces, dejaban al enfermo más débil de lo que ya estaba, ultimándolo. Se usaban como plantas medicinales el áloe, la coloquíntida, el ruibarbo, el malvavisco, el muérdago y la ruda, junto con otros compuestos más escatológicos, como los polvos de asta de toro. La dieta blanda habitual de los convalencientes era la horchata o el caldo de gallina. Algunas de las recetas más populares, como la ingestión de leche de burra en el desayuno para prevenir los catarros, seguían siendo utilizadas a finales del siglo XIX. Las tres grandes amenazas de la época eran la pulmonía, la lepra y el cólico de Madrid.
Los cirujanos eran los barberos, siendo la cirugía una disciplina de poco fuste y consideración, aunque debe recordarse que, dado que no estaba inventada la anestesia, en realidad estamos hablando de lo que hoy denominamos cirugía menor. En general, los había bizmadores o aplicadores de emplastos; algebristas o expertos de rehacer miembros rotos y descoyuntados, sabiduría que, al parecer, obtenían de la observación de los pastores, quienes sabían hacer tal cosa con sus ovejas y cabras; hernistas, que operaban hernias; tallistas, es decir extractores de piedras urinarias; y batidores de cataratas.
La expulsión de los judíos fue una revolución (negativa) para la medicina en España, por cuanto sus profesionales más cualificados y casi monopolísticos desaparecieron del escenario. El hecho de que la curación de las personas quedase en manos de charlatanes y falsos profesionales obligó a comenzar a regular la profesión mínimamente; cosa que se hizo con la creación de los tribunales de protomedicato, ante los cuales los futuros facultativos tenían que certificar su idoneidad. La regulación de la profesión provocó también la fundación de diversos hospitales, así como de cátedras de medicina en muchas universidades; si bien la enseñanza universitaria de la medicina tenía entonces demasiados elementos teóricos o no directamente ligados con la labor real de los médicos.
En los tiempos inmediatamente anteriores a Felipe II, Madrid era una ciudad pequeña. Tan pequeña que era fácil de abarcar a pie. Esto es lo que hacían los médicos, que raramente se desplazaban a caballo o en litera, de modo y forma que cada día, a eso de las doce, tenían visitados a todos sus enfermos en sus casas, más los ingresados en los hospitales, a los que visitaban a las siete de la mañana.
El convento-hospital de Nuestra Señor del Amor de Dios, también conocido como hospital de Antón Martín, fue el primer centro dedicado a la dermatología y venerología. Lo cual tiene su lógica si tenemos en cuenta que estaba situado en todo el centro del área de Madrid donde holgaban las trabajadoras del amor. Muy cerca del hospital, en efecto estaba la calle de Ave María, cuyo triste origen ya conocemos. Asimismo, a tiro de lapo queda la calle de las Huertas, masivo puterío matritense como también sabemos. Pero, además, tiene el hospital de Antón Martín el mérito de haber establecido en su seno la primera escuela de cirugía de Madrid.
Fue el hospital de Antón Martín, especialmente tras absorber el de San Lázaro cuando Felipe II decretó la racionalización de los hospitales de la ciudad, donde se estableció el tratamiento de las enfermedades venéreas mediante mercurio. Ello además de generar enseñanzas en materia de odontología, otorrinolaringología y urología. Esta escuela de cirugía se adelantó en 14 años a la creación de una cátedra sobre la materia en la universidad de Valladolid. Teóricamente, las enseñanzas del hospital llevaban a formar lo que se denominaba cirujanos romancistas o de ropa corta, es decir dedicados a labores de menor entidad. Sin embargo, la alta especialización del centro llevó a que algunos de sus alumnos llegasen a formarse como cirujanos latinistas (de primera categoría) o incluso doctores, aunque para ello tenían que pasar por la universidad.
Muchos frailes recibieron del tribunal de protomedicato autorizaciones provisionales, a causa de que, como religiosos, no podían ser requeridos para atender partos. Por ello, en el caso de que abandonasen la orden (cosa que era relativamente común, lo cual demuestra que había personas que ingresaban en la misma tan sólo por la formación) tenían que demostrar su pericia de nuevo.
La Historia de la medicina le reconoce al hospital de Antón Martín diversos méritos, entre los cuales se encuentran la transformación de la terapia con mercurio, tratando de sistematizarla científicamente; o la diferenciación de los distintos procesos dermatológicos; o el establecimiento del tratamiento mediante baños de las dolencias dermatológicas parasitarias.
Don Antón, pues, es bastante más que una plaza.
miércoles, abril 29, 2009
Irresponsabilidad televisiva
En este texto voy a escribir dos palabras sobre un asunto que últimamente me hace, como dicen en la calle, de pensar.
¿Qué es lo que educa hoy a la gente? En mi opinión, casi nada más que la televisión. La gran mayoría de las ideas, de los puntos de vista, de los análisis de la realidad, que absorbe un ciudadano de hoy en día, le llegan a través de la televisión. La televisión es un referente para la ética personal, para las ambiciones del ciudadano medio y para su cosmovisión. Por eso es tan peligroso que la televisión se deje llevar por la tentación de lo fácil, lo mal hecho, o lo torvamente diseñado para explotar el hecho, palmario, de que siempre lo prohibido ejerce una atracción casi irresistible sobre las personas.
A la televisión española (así, con minúsculas, para que las abarque todas) le pasa lo que al cine: tiende a ser muy mala. A estar mal hecha. A ser un producto bastamente recauchutado, quizá escrito por guionistas estajanovistas que producen siete episodios en el tiempo que Aaron Sorkin se toma para perfeccionar una escena. Tal vez, lo digo por adelantado, no es culpa suya. Pero lo cierto es que los guiones españoles suelen ser una puta mierda salvo, quizá, en un terreno que siempre se nos ha dado bastante bien, que es el de la comedia con toques surrealistas (7 Vidas no tiene nada, pero nada, que envidiarle a Enredo, Las chicas de oro o cualquier gran comedia USA, ni Javier Cámara a, un suponer, Steve Urkel) o la adaptación de obras en sí perfectas (y estoy pensando en Los gozos y las sombras, por ejemplo).
Quitando excepciones, pues, los guiones españoles suelen ser lentos, dubitativos y, sobre todo, imperfectos. El último ejemplo que he visto ha sido Acusados, una serie creo que de Tele 5 que ha terminado recientemente su primera temporada. Debo confesar que le he dado en exceso el coñazo a mi mujer con mis cabreos. El argumento tiene más hilos sueltos que una chaqueta de punto tricotada por Franco cuando ya tenía Parkinson.
[Si no la has visto y quieres verla, déjalo aquí y vete a otro blog]
Un millonario político de campanillas, por supuesto casado, está liado con una menor y sufre el chantaje de la amiga de ésta. Un día, en una discoteca de su propiedad, y tras amenazarle la amiga con contarlo todo y chantajearle, el hijo del político se presenta allí y se la carga. Para tapar los hechos, el niño quema la discoteca, incendio en el que mueren cinco personas más.
Todo esto ocurre después de que la menor, cuando el político le haya dicho hasta aquí hemos llegado, se haya cortado las venas. En la serie se nos dice que el político cogió a la chica tras la tentativa de suicidio y la llevó a urgencias. Pero, por alguna extraña razón, nadie le vio. La trama consiste en que nadie puede vincular al político con la discoteca y, efectivamente, si alguien le hubiese visto en el hospital cuando la llevó para que le parasen la hemorragia, no habría serie. Pero el guión ni se molesta en buscar algún retruécano argumental para justificar esto.
Cuando el político, José Coronado, se entera de que su hijo se ha apiolado a la amiga chantajista y ha quemado la discoteca para tapar los hechos (otra cosa curiosa; yo habría atrancado la puerta del servicio donde estaba el cadáver y hubiera simulado un apagón), decide taparlo todo. Para taparlo, necesita tres cosas: una, comprar al policía científico que investigue el incendio, para que no diga en su informe que fue provocado. Otra, comprar al forense para que no diga en su autopsia que uno de los seis cadáveres es de alguien que no murió en el incendio sino antes. Y, por último, comprar a una fotógrafa de prensa que estuvo haciendo fotos en la discoteca y, por lo tanto, puede tener imágenes de él o de su hijo en la misma, con lo que serían situados en el lugar del crimen. En fin, el caso es que Coronado, al que le sale la pasta por las orejas, compra al científico, compra al forense… pero, por alguna extraña razón que no se nos explica, se «olvida» de comprar las fotos. La razón es que la presunta fotógrafa (en realidad las imágenes las tomó una amiga suya) es una de las protas de la serie; hay que meterla en la trama, hacer que sufra un secuestro; y, si las fotos se hubiesen vendido desde el principio, pues no habría trama alguna. Pero no se nos da explicación alguna de tamaño lagunón.
En esto entra en escena el personaje central de la trama, que es la jueza. La jueza es madre de la chica enamorada de Coronado y que se intentó suicidar. Se empeña en llevar el caso del incendio a la discoteca como una venganza personal contra el hombre que ha cagado la vida de su hija (la cual, efectivamente, acaba suicidándose). La serie es, pues, un choque de trenes: el político superpoderoso contra la jueza incorruptible. Y, sin embargo, el político tiene la partida ganada desde el primer momento. Esa jueza no puede instruir ese caso, pues tiene obvias conexiones con el mismo. Sin embargo, durante semanas y semanas, vemos a Coronado y a su gente sufrir porque la jueza les estrecha el cerco; pero nunca hacen lo primero que haría cualquiera en su situación, que es enviarle a la jueza el mensaje, claro y diáfano, de que como me sigas tocando los cojones yo tiro de manta y a ti en el Consejo del Poder Judicial te meten un cuerno por el talón derecho y te lo sacan por el ojo izquierdo. El argumento sigue, se desarrolla como una partida de póker; sólo que uno de los jugadores tiene en la manga la carta que le falta para rellenar la escalera real pero, por razones que nunca se nos explican, no la usa.
Ítem más. Llega un momento en que el político descubre que la jueza ha manipulado una prueba. Tiene incluso un testigo que lo corroborará. ¿Ordena a su abogado que dicte una providencia reclamando un juicio nulo y acusando a la jueza de prevaricación? Pues no. Deja que la cosa siga su curso hasta que le trincan y le detienen. Lo que se dice un verdadero gilipollas (y es que es habitual que los personajes de las series españolas serias hagan casi tantas gilipolleces como los de las comedias).
Al final, cuando ya está detenido, en el fondo relajado porque sabe que el asesino no es él sino su hijo y, por lo tanto, lo está protegiendo, lo admite todo ante la jueza y le dice que, en sus declaraciones oficiales, no va a citar a la hija/amante para protegerla. Generoso Coronado. Claro que el mismo tipo que en ese capítulo es generoso a la hora de proteger a una chica que ya se ha suicidado no dudó en el capítulo anterior en intentar chantajear a la misma jueza amenazándola con hacer público que su otra hija está haciendo guarreridas con su propio hijo. Esto es otra cosa propia de los argumentos de series españolas: el mismo personaje es un cabrón en la semana 11 y un cartujo no violento en la semana 12. Según vaya cuadrando para la trama, los personajes van cambiando. En las series españolas son inconcebibles personajes como Jebb Barlett (West wing), que es el mismo Barlett durante años y al cual, a partir de la tercera temporada o así, ya lo conoces tanto que hasta eres capaz de adivinar cuáles van a ser sus reacciones.
Todo esto, sin mencionar que la señora jueza no sé si tiene demasiada idea de Derecho. En el último capítulo, el niño que quemó la discoteca se suicida, y en la siguiente escena se ve a la jueza en una reunión con los padres de las víctimas de la discoteca, en las que les dice: no os preocupéis, porque el chico tenía bienes de su propiedad, así pues habrá dinero para las indemnizaciones. Digo yo que un juez debería saber que un muerto no posee bienes; que el niño podría tener propiedades, pero dichas propiedades, desde el momento en que la bala le perforó el cráneo, ya no son suyas, sino de sus herederos. Todo eso sin mencionar el pequeño detalle de que es la jueza instructora, no la que le juzga. Y, ¿qué juez querrá juzgar a un muerto? Hasta Garzón sabe que Franco no es imputable ante un tribunal.
De todas formas, lo que más me preocupó de esta serie es el mensaje subliminal (bueno, nada subliminal en realidad) que porta. El personaje de la jueza no tiene desperdicio. Asume un caso que sabe que no debe instruir. Engaña al policía científico que ha sido untado para manipular el informe prometiéndole inmunidad y luego lo mete en la cárcel. Hace que personas de su equipo cometan tropelías, entre las cuales se encuentra el allanamiento de morada, para que algún personaje se crea que las han cometido los partidarios de Coronado. Manipula una prueba obtenida ilegalmente para que aparezca como legal. Y, en el colmo de los colmos, cuando el hijo de Coronado se dirige en coche a Madrid con una grabación de video de él con su otra hija (grabación con la que quieren chantajearla), simplemente envía a dos policías de paisano que paran al chico en la carretera, le dan una mano de hostias y le roban la cámara.
El mensaje de la serie es claro: si lo que persigues es justo (o tú crees que es justo), los medios tienen poca importancia. ¿Estado de derecho, libertades civiles, habeas corpus y esas mandangas? Pues son eso, mandangas; aquí lo que importa es la justicia.
No seré yo quien niegue el, por así llamarlo, derecho de un guión de televisión de desarrollar personajes poliédricos o con aristas negativas. Lo otro sería hacer series en plan Viva la Gente o El mundo es cascada de colores, que tampoco es el caso. Pero el problema, a mi modo de ver, es que el guionista apueste por estos personajes. Blanca Portillo (la jueza) paga, efectivamente, un alto precio por su obsesión, pues una de sus hijas acaba suicidándose. Pero consigue lo que quiere, es decir culminar la instrucción del caso; algo que, por lo demás, se da de hostias con el derecho procesal. El resultado es la tesis que acabo de comentar: el fin justifica los medios. Como serie de entretenimiento, pues, bastante mala. Y, desde el punto de vista de la vertiente socioeducativa, además de mala, irresponsable.
Otro ejemplo que quiero comentar es el de Física y Química. Confieso que esta serie me tiene anonadado casi desde el primer día. Me la encontré ya en la primera temporada zapeando por casualidad (es obvio que yo no soy su target de audiencia) y no he dejado de verla de cuando en cuando, un rato (la verdad es que no soy capaz de aguantarle un capítulo; lo cual es lógico pues esta serie habla de gladiolos y a mí lo que me gusta son los pinos).
Tengo la sensación de que en la segunda temporada sus guionistas han bajado un poco el pistón y han hecho los argumentos un poco más presentables. Aunque, aún así, la cosa sigue sorprendiéndome por muchos sitios.
La primera cosa que me sorprende es que en una serie colegial, sus protagonistas jamás estudien. Es como si toda la acción de Hospital Central se desarrollase en la puerta de urgencias durante las pausas que médicos, ATS y celadores se toman para echar un cigarrillo; dando con ello la sensación de que ser médico consiste básicamente en fumar en la calle. Lejos de tener que realizar el más mínimo esfuerzo, los escasos casos en los que una escena muestra a los profesores currando lo que se ve es a un adulto explicándole a bigardos de 17 años imbecilidades que se aprenden en la educación básica. Y, para colmo, la mayoría de los profesores lo son de asignaturas que siempre se han considerado marías, del tipo de dibujo, música, teatro… El título de la serie, de hecho, no sé a qué narices viene.
Los personajes tienen una vida muy curiosa. Fulano y Fulana tienen un folloncete amoroso y Fulano le dice a Fulana: «esta noche lo hablamos». En la siguiente escena están los dos en la noche de Madrid, siendo en no pocas ocasiones más que evidente que son las dos o las tres de la mañana, zascandileando por ahí y charlando sus cositas. Y al día siguiente están en clase. El mensaje lanzado es bastante claro: uno vive la vida, y la vida es el ocio. Las clases están para rellenar la mañana; eso de tener una disciplina vital para estar despejado en clase es cosa de abueletes. Lo mismo es que lo es y yo no me he enterado.
Hay asuntos que son, como todo, opinables. Me refiero, por ejemplo, a la moral sexual inherente a la serie. A mí me da la impresión de que en esto los españoles hemos sido pendulares y, por lo tanto, hemos ido de un extremo a otro, lo cual tiene la consecuencia de seguir siendo desgraciados. Si hace treinta años el escolar (y, sobre todo, la escolar) que le daba vidilla a su aparato sexual era denostado, hoy en día el denostado es el que no lo hace. A mí me parece que la mejor forma de hacer las cosas es no denostar a nadie pero, como digo, es cuestión de gustos.
Pero por lo que me cuesta pasar es con la actitud respecto de otras cosas. En la primera temporada había un estudiante que tenía la desgracia de ser trabajador y responsable, además de chino. El tontolaba de la clase, pues en toda clase hay siempre un tontolaba que se cree Kennedy, la toma con él y le hace de todo; hasta lo pinta de verde. ¿Apuestan los guionistas por el chino? Pues no. Apuestan por el idiota que, de hecho, no hace falta darse muchas vueltas por internet para descubrir que está entre los personajes con más fans; y eso nunca es fruto de la casualidad, sino de los guiones.
Alguien debería haberle explicado a los guionistas de esta serie (aunque parece que en la segunda temporada lo han medio entendido) que el bullying es una cosa muy seria; que la historia de no pocas mujeres con la garganta seccionada por su ex marido empezó el día que ese ex marido pintó a un chino de verde y no pasó nada; y que, consecuentemente, se puede hacer las cosas bien, se puede reventar las audiencias, sin necesidad de dar golpes éticos bajos.
Eso sí, mis personajes preferidos de la serie son los adultos. Los profesores. Aparte de tener los típicos problemas de siempre en las series de enredo, o sea noviazgos y embarazos entrecruzados (en toda serie española que dure más de cuatro temporadas es axioma matemático que todos acaban acostándose con todos en algún momento), son tan angélicos que asustan. Con la única excepción de una profesora que se ha traído de Camera Café su papel de borde, son tipos que todo lo entienden, todo lo negocian y en todo, al fin y a la postre, acaban abatiéndose. No sé, tal vez es que sea así. Tal vez es que hoy en día, en el mundo de la educación, no tienes más remedio que darle la razón a los alumnos en nueve ocasiones de cada diez (y en la que queda empatas). Pero el asunto es que ellos no sólo lo hacen; es que, además, les parece de pila máster. Les mola el rollo de que les traten, mutatis mutandis, como una puta mierda.
Especialmente relevante me parece la relación de una de las maestras con una de las alumnas, de la cual es tutora. Por razones que se me escapan porque deben de haber sido explicadas en los muchísimos minutos de la serie que no he visto, esta niñata es una especie de imbécil asilvestrada que está contra el mundo y, sobre todo, contra su tutora, que es su tía creo, a la que trata peor de lo que yo trato a mis trapos de cocina. Una niña que, por decirlo rápidamente, tiene un bofetón faraónico casi cada vez que abre la boca. La otra, en cambio, cada vez que tienen bronca la mira y la remira, trata de razonar; la niña no razona (más que nada porque el personaje es como medio lerdo) y suele terminar las conversaciones con alguna referencia hiriente a la mierda de vida de su tutora. Y ella la ve marchar con sus ojos bóvedos; porque en las discusiones entre adulto y adolescente, ojo al dato, éste siempre tiene, por lo visto, la última palabra. La niña jamás se queda sin postre, o sin salir. Lejos de ello, si el problema es que a la tutora no le gusta el novio que se ha echado (el tontolaba acosador) la solución acaba siendo que la tutora le dé al chico una llave de la casa para que se puedan ir a follar cuando les apetezca.
En general, cada vez que en ese colegio algún adulto toma una decisión mínimamente polémica surge la voz de algún otro adulto que dice algo así como: «Pero eso, ¿lo vamos a decir, así, sin discutirlo, sin negociar?» Con esa actitud, los profesores dejan de ser responsables de la educación para convertirse en meros gestores de la misma. Que lo mismo es el mensaje que se está buscando.
Hace ya mucho que el tiempo de las series de cartón-piedra se acabó. Hace años, en efecto, las series de televisión era puras moralinas que escondían la realidad. Pero eso hoy se ha acabado. La mejor serie que he visto últimamente, The wire (primera temporada) es un buen ejemplo de este cambio. Los policías que persiguen a un mafioso drogadicto negro no son mucho mejores que el tipo al que persiguen. El personaje central de la serie es un tipo impresentable al que el 90% de la humanidad clasificaría a la tercera conversación (como mucho) en la carpeta de machitos gilipollas. Los policías, cuando manejan pasta de la droga, sufren la tentación de robarla, y en ocasiones la roban. Por lo demás, el politiqueo de las altas esferas policiales es verdaderamente repugnante. No obstante, en medio de todo eso la serie no olvida algunos principios fundamentales, tales como que el que vende droga es el malo de la historia, nos pongamos como nos pongamos.
Lejos de ello, la televisión española se instala en un relativismo moral que no puede sino ser algo buscado y pretendido. Da la impresión de que esto lo hacen los guionistas amparados por el argumento mayor de «yo es que estoy reflejando la realidad». Argumento totalmente falso porque la inmensa mayoría de las tramas de las series españolas tienen una relación con la realidad apenas anecdótica (a los médicos de urgencias, por ejemplo, les suele llamar la atención, y les divierte, que los personajes de Hospital Central se pasen la vida gritando y corriendo de un lado a otro). Y quizás es que piensen que están sólo entreteniendo. Luego los gestores televisivos, cuando alguien en un foro público los tacha de irresponsables, se dan golpes de pecho y dicen aquello de Calimero de nadie me comprende.
Y, por el camino, subido en la grupa de la irresponsabilidad de nuestras showpersons, el personal aprende lo que aprende.
¿Quién es?
lunes, abril 27, 2009
Casas Viejas
Cada uno de estos tercios tuvo su tumba. La tumba del Frente Popular fue el golpe de Estado y la guerra civil. La tumba de las derechas fueron los escándalos del estraperlo y el caso Nombela-Tayá. Y la tumba del primer bienio de la República fue el feo asunto de Casas Viejas. Que es tan, tan feo, que hoy es el día que el pueblo de Casas Viejas ya no se llama Casas Viejas.
Ocurrió hace ahora 76 años, en 1933. Al iniciarse ese año, el anarquismo dijo basta. Los anarquistas y anarcosindicalistas siempre habían sido compañeros de viaje del sueño republicano, pero unos compañeros de viaje bastante incómodos. El sueño republicano fue alumbrado por políticos burgueses que no creían en otra cosa que en los regímenes parlamentarios reformistas, y algunos de izquierdas, situados casi siempre en el PSOE, los cuales, si bien eran en muchos casos marxistas avant la lettre, o bien se sacudían con elegancia esas teorías o bien las aplazaban hasta un futuro teórico lo suficientemente lejano como para convertirse, por la vía de los hechos, en avales del parlamentarismo burgués. Quizá el mayor ejemplo de esta tendencia pueda ser Julián Besteiro, quien se decía y consideraba marxista pero que, sin embargo, desde la tribuna de la presidencia de las Cortes, tras la aprobación de la Constitución republicana, no ahorraba epítetos positivos para el sistema parlamentario inglés y el posibilismo laborista.
Los anarquistas, sin embargo, estaban hechos de otra pasta. Llevaban 50 años luchando por el comunismo libertario y no iban a andarse con medias tintas. A ello se unió el parcial, en ocasiones completo, fracaso de la reforma agraria republicana, fracaso en el que tuvieron que ver defectos de diseño, el obstruccionismo de los propietarios y, sobre todo, la falta de financiación. El fracaso de la reforma agraria hizo que el anarquismo, que nunca había abandonado del todo las áreas rurales sobre todo en el sur de Andalucía, recibiese notables apoyos gracias a la profunda desilusión que muchos aparceros tenían hacia la República, en la que seguían muriéndose de hambre. Hay que hacer notar que parte de ese hambre era culpa de la propia República pues ésta, para evitar el abuso de los patronos con los jornaleros a la hora de fijarles salarios, dictó su llamada Ley de Términos Municipales, por mor de la cual no se podían contratar jornaleros fuera del término municipal donde estuviese ubicada la explotación. Esta medida fue muy positiva en aquellos lugares donde había explotaciones. Pero allí donde no las había o no se explotaban, condenaba a los jornaleros al hambre, pues no podían emplearse nada más que donde no había empleo.
El divorcio del anarquismo con la República se hizo más intenso en 1932, cuando la FAI organizó una serie de acciones revolucionarias en la cuenca del Llobregat, que hubieron de ser reprimidas y que hicieron al gobierno deportar a Guinea a dirigentes faístas como Durruti o Ascaso.
El 8 de enero de 1933, el anarquismo sacó músculo en Sevilla, Zaragoza, Logroño, Lérida, Granada, Barcelona y Valencia. Fue una insurrección en toda regla reprimida como tal por el gobierno. Sin embargo, esa represión no pudo impedir que la mecha revolucionaria se extendiese por el sur de Andalucía, y pronto hubo conflictos en Sanlúcar, La Rinconada, Utrera, Alcalá de Guadaira, Arcos de la Frontera...
Casas Viejas estaba, y está, situado en medio de ese merdé, en la provincia de Cádiz y perteciendo, entonces, al municipio de Medina Sidonia. Tenía unos 1.200 habitantes, todos o casi todos de los cuales vivían del campo. En el área había 6.000 hectáreas cultivables, pero en 1932 sólo se habían trabajado 1.300, porque los propietarios se negaban a explotarlas en las condiciones que les imponía la legislación. Por lo tanto, se estima que en aquel año habían trabajado unos 100 jornaleros en toda la aldea, lo cual suponía una astronómica cifra de paro del 80%.
El 10 de enero, los estrategas anarquistas decidieron el estallido de una insurrección en toda la baja Andalucía, y sus correligionarios en Casas Viejas recibieron la orden de unirse a ella. El día 11 un grupo de anarquistas izó una bandera rojinegra en el pueblo, tomó sus escopetas de caza y se dirigió al cuartel de la guardia civil, donde los efectivos que allí estaban se negaron a secundar la rebelión. Ambos bandos se enfrentaron a tiros, resultando dos guardias heridos. Los sublevados tomaron el control del pueblo.
El gobierno civil de Cádiz, al tener noticia de esta insurrección, envió refuerzos. A las cinco de la tarde del mismo día 11 llegó al pueblo el teniente Fernández Artal, de la Guardia de Asalto, al mano de 12 guardias y cuatro números de la guardia civil. Logró liberar a los sitiados en el cuartelillo y, en general, sacar del pueblo a los rebeldes. Sin embargo, una pequeña partida, liderada por Curro Cruz, a quien todos conocían como Seisdedos, se hizo fuerte en una de las casas. Fernández Artal hizo dos intentos de componenda y los dos le salieron mal: primero le envió a un guardia para parlamentar, que fue herido y apresado por los anarquistas; y después a un detenido, el cual se unió a los sitiados. En total, allí dentro hay cinco hombres, dos mujeres y un niño. Fernández Artal, puesto que se hace de noche y tiene controlada la situación, decide esperar al día siguiente.
Mientras el teniente de Asalto espera, el primer acto real de la tragedia levanta el telón en Madrid. A la Puerta del Sol, sede de la Dirección General de Seguridad, llegan las noticias de Casas Viejas. Es director general Arturo Menéndez. Menéndez es en ese momento, como poco, un hombre presionado para impedir que la revolución brote en el sur de Andalucía; en buena parte, pues, su actuación de las próximas horas se basará en el deseo de evitar eso como sea. Prueba de que es así es que tres días antes de la sublevación de Casas Viejas, la DGS había hecho pública una nota de prensa en la cual instaba a las fuerzas de seguridad a «redoblar el rigor empleado» contra los sediciosos.
Menéndez ordena más refuerzos. Pero los refuerzos salen de Madrid, lo cual es lo primero que huele mal en toda esta historia, porque lo normal es que los refuerzos se envíen desde más cerca mejor, porque así llegan antes. Una compañía de guardias de asalto al mano del capitán Manuel Rojas Feigespan, hombre de absoluta confianza de Menéndez, se mete en el expreso de Andalucía de esa noche camino del sur. Menéndez acude personalmente a la estación del Mediodía a despedirlos, algo que tampoco es my normal.
Pero Menéndez tiene razones para acudir al andén. Una vez allí, se acerca a Rojas y le da órdenes taxativas: «ni heridos ni prisioneros cuando se haga fuego contra la fuerza». Así pues, el capitán Rojas viajó al sur convencido de que tenía patente de corso para hacer lo que creyese conveniente.
En la mañana siguiente, Rojas está ya en Casas Viejas. Intenta evacuar a lo sitiados con bombas de mano, sin conseguirlo. Apresurado por solventar el problema cuanto antes, resuelve hacerlo mediante el fuego. Los guardias lanzan sobre la casa piedras envueltas en trapos empapados de gasolina y acercados a la llama antes del lanzamiento.
Al inicio del incendio, una mujer y el niño huyen de la casa. Luego otra mujer y un hombre intentan huir, pero son abatidos por los tiros de los guardias. El resto de los revolucionarios mueren abrasados vivos en el inmueble.
Son las ocho de la mañana. Rojas ha conseguido lo que quería. El pueblo casi entero está acojonado en sus casas. Pero, por alguna razón, juzga que aún hay que dar un paso más. Ordena registrar las casas una por una y proceder a la detención de sospechosos. Se generó una cuerda de 14 detenidos que, inexplicablemente, fueron fusilados, desarmados y atados, tras haber sido paseados frente al cuartelillo que horas antes tenían sitiado.
Los hechos hacen mella en la conciencia del teniente Fernández Artal, el cual probablemente tuvo algo muy parecido a un ataque de ansiedad. Rojas lo tranquiliza y de paso le recuerda que lo mejor que puede hacer es cerrar la boca sobre lo que ha visto y, luego, toma el camino de Madrid.
El día 12, el ministerio de la Gobernación, actual del Interior, regentado por Casares Quiroga, informa en una nota de los hechos de Casas Viejas. Da una cifra aproximada de víctimas (18 o 19), se refiere únicamente al episodio de la casa y los sitiados, asevera que la operación se realizó con bombas de mano y cita el incendio sólo para justificarlo como consecuencia de las mismas. Los hechos, sin embargo, habían tenido muchos testigos, especialmente desde las trochas de los alrededores del pueblo. Campesinos que pudieron huir de la represión posterior fueron a Medina Sidonia y comenzaron a contar lo que habían visto. El día 15, dos periódicos de Madrid deciden destacar enviados especiales. La Libertad envía nada menos que a Ramón J. Sender; y La Tierra envía a Eduardo de Guzmán, quizá su mejor informador y autor de interesantes libros sobre la República y la Guerra Civil. Pese a luchar con el mutismo oficial, de la mano o la pluma de estos enviados, el día 19 la prensa empieza a publicar retazos de verdad.
En aquel entonces la República tenía una costumbre hasta cierto punto insana por lo poco ejemplarizante que ha heredado nuestra democracia, y es ésa de dar a los parlamentarios más vacaciones que las de la hija del marqués. El Parlamento no abre sus puertas hasta el 1 de febrero pero, para cuando lo hace, lo hace para servir de caja de resonancia del enorme follón de Casas Viejas. Ese mismo día Eduardo Ortega y Gasset, diputado radical-socialista (y, por lo tanto, teórico socio del gobierno) presenta una interpelación y un informe en el que asevera con precisión que once personas han sido asesinadas mientras estaban atadas e inermes. Casares (inexplicablemente, diría yo) ni siquiera está en el hemiciclo, así pues tiene que contestar el subsecretario, Carlos Esplá, el cual hace un papelón que apenas calla las bocas menos exigentes.
El día 2 ya es Lerroux, es decir el jefe de la minoría opositora al gobierno más numerosa, el que se levanta, provocando la contestación del mismísimo Azaña, jefe de gobierno. En esta intervención, Azaña utiliza esa típica estrategia que dice que cuando no quieras hablar de lo particular, extiéndete en lo general. Azaña se lanza a peroratas sobre la acción general del gobierno y sobre Casas Viejas, además de decir que ya está todo aclarado, pronuncia la célebre, desgraciadísima frase, de «en Casas Viejas no ha ocurrido, que sepamos, sino lo que tenía que ocurrir». Esta frase sólo se justifica aceptando que Azaña era tonto, que en mi opinión puede ser con mucha mayor probabilidad de lo que habitualmente se acepta; que, en ese momento, no supiera realmente lo que había pasado en Casas Viejas (pero si dijo eso sin saberlo, alto tonto sí que era); o ambas cosas a la vez.
Se propone la creación de una comisión parlamentaria. El gobierno, que tiene casi 20 muertos sobre la mesa, tiene el cuajo de rechazarla (123 votos a 81).
A los hagiógrafos de don Manuel Azaña les gusta recordar que, tras este debate, el presidente del Gobierno se aplicó a saber lo que realmente había pasado en Casas Viejas y de hecho encargó al teniente coronel Romeu una investigación. Todos estos datos son ciertos. Pero, sin embargo, no dejan de formar parte de una, a mi modo de ver, excesiva comprensión para con Azaña. El 2 de febrero, cuando se levanta en las Cortes para contestar a Lerroux, han pasado ya 20 días desde la matanza de Casas Viejas, y los abrumadores testimonios publicados por la prensa hacen imposible a nadie creer que la versión de Casares es la correcta. De hecho, el gesto de Azaña, encargando una investigación propia, deja ver claramente que él mismo lo piensa. Resulta muy difícil de creer que Azaña fuese a la sesión del día 2 completamente ciego. Que no supiera aún con certeza, tiene un pase. Pero que ni siquiera sospechase, eso no se lo cree ni el que asó la manteca. Así pues Azaña, en las Cortes, se levantó, si no para mentir, sí para sospechar que estaba mintiendo.
El 13 de febrero, en su diario, Azaña dice que recibe noticias de Casas Viejas y que se teme lo peor. Esta entrada del diario sirve para que quienes creen en él sustenten que antes no sabía nada. Pero eso mismo convierte a Azaña en un presidente del Gobierno delante del cual los policías se cargan impunemente a más de 15 personas y él se tira un mes entero sin saberlo.
El día 23 el diputado Salvador Sediles, sobreviviente de la sublevación de Jaca por cierto, hace público en el parlamento las averiguaciones hechas por los diputados por libre y sobre el terreno. Es la primera vez que en las Cortes se oye completa la versión real de lo ocurrido.
Azaña se levanta a contestar. Lo que hace es dividir los hechos en dos periodos distintos. Hay uno que va hasta las 8 de la mañana del 12 y otro que ocupa lo que ocurrió después. Del primero asevera que se respetó la legalidad a machamartillo. Y, sobre el segundo, realiza un retruécano políticamente irresponsable, o mejor yo diría impresentable: «¿Tenemos nosotros algo que ver con el que haya podido faltar a sus obligaciones en Casas Viejas ni en ninguna otra parte?» Acojonante. Un presidente del Gobierno confesando, negro sobre blanco, que si alguien, utilizando el aval de formar parte de las fuerzas de seguridad, va y se pasa metiéndole unos tiritos a unos mataos, él no tiene por qué ser responsable. De la bronca que se montó el gobierno se hizo tanta caquita que se le disolvió el cuajo y acabó por permitir la formación de la comisión parlamentaria (173 votos contra 130).
Para aquel entonces el principal implicado en la cuestión, el capitán Rojas, estaba tratando de tapar bocas. Viajó a Sevilla para tratar de tranquilizar al cada vez más histérico Fernández Artal. Pero, sin embargo, mientras estaba haciendo eso, cinco capitanes de Seguridad firmaban un acta, que hacían llegar a Azaña, en la que, entre otras cosas, declaraban que en enero de 1933 el Director General de Seguridad les dio instrucciones «de que en los encuentros que hubiera con los revoltosos con motivo de los sucesos que se avecinaban en aquellos días, el gobierno no quería ni heridos ni prisioneros». Obsérvese que el acta pone en los labios de Menéndez las palabras «el gobierno no quiere». Para más inri, además de a Azaña, le enviaron el acta a un diputado de la oposición, el radical Tomás Peyre.
Los firmantes del documento fueron apartados del servicio y expedientados. Azaña, por su parte, llamó a su presencia a Rojas, quien confirmó en la entrevista haber recibido las órdenes y, consiguientemente, avaló el acta, aunque aún negaba las ejecuciones a sangre fría.
El 2 de marzo, la oposición ensayó una nueva censura al gobierno por el asunto de Casas Viejas. Azaña se defendió calificando el acta de los capitanes de movida política. Hubo quien pensó que había saltado la valla y que saldría de aquélla con los cojoncillos en su sitio. Pero apenas unas horas después, el día 3, Fernández Artal estalló. Estando en Madrid, se sinceró con sus compañeros del cuartel de Pontejos, los cuales le recomendaron que hablase, por lo que prestó en la DGS, y ante un abogado del Estado, una declaración en la que confirmaba la producción de ejecuciones sin legalidad alguna.
La publicación de esta confesión provocó la dimisión de Menéndez, incapaz ya de permanecer en el cargo. El consejo de ministros, en reunión de urgencia, ordenó un careo ante el juez de Rojas y Fernández Artal. Si lo montó para solucionar el asunto, la cosa le salió mal, porque fue Rojas el que se derrumbó y acabó por reconocerlo todo.
El 7 de marzo, mes y medio después de los hechos y dos semanas después del informe Sediles, Azaña se levantó en el Parlamento para reconocer los fusilamientos por primera vez. Presentó el nombramiento del juez especial como una demostración de la preocupación del gobierno por esclarecer los hechos.
El 10 de marzo, la comisión parlamentaria culminó sus trabajos, en los que hablaba de fusilamientos sumarios ordenados por la Dirección General de Seguridad. Se exculpaba totalmente a los miembros del gobierno. El 16 de marzo, la oposición boicoteó la votación de este dictamen, que quedó aprobado por 210 votos contra uno.
Sin embargo, la aritmética parlamentaria no lo es todo en democracia. El gobierno perdió, seguidas, las elecciones municipales parciales de abril de aquel año y, después, las convocadas para las vocalías del Tribunal de Garantías. La gota malaya de la oposición obligó a Azaña a dimitir en septiembre de 1933. Pocas semanas después, la derecha arrasaba en las urnas.
¿Cuál es la valoración que cabe hacer de Casas Viejas? Muchos historiadores han destacado, en los últimos años, la inocencia básica de Azaña, sosteniendo que el presidente del gobierno no supo de la existencia de los asesinatos impunes como muy pronto hasta el 19 de marzo. A mi modo de ver, esta interpretación no tiene pase. En democracia, como bien le recordarían una vez a Felipe González hablando del GAL, un presidente del gobierno es culpable tanto de saber, como de no saber. Porque el presi que no sabe que el seno de su administración se viola la ley es culpable de no saberlo, como lo es quien ordena dicha violación a sabiendas.
A mi modo de ver, además, en la oscuridad de esta historia queda desdibujada la figura de Arturo Menéndez. Es muy difícil pensar en un director general de Seguridad que da por su cuenta y riesgo una orden tan tajante como evitar la producción de heridos o prisioneros. Cualquier persona con dos dedos de frente sabe que eso es algo que se acabará volviendo contra uno mismo si, finalmente, sale a la luz y verdaderamente no se cuenta con apoyo de arriba. Así pues, me resulta muy difícil de creer que, cuando menos, don Santiago Casares Quiroga no estuviese informado, cuando no fuese el padre de la citada instrucción. Y, nuevamente, me cuesta creer que un ministro del Interior dé una orden así sin tener claro que Manitú la apoya.
Bartolomé Barba, capitán del ejército y destacado militar proalzamiento (fundaría la Unión Militar Española) fue por ahí contando, en esos días, que el día 11 se encontraba de guardia y que escuchó a Azaña decir «ni heridos ni prisioneros; tiros a la barriga». La mayoría de los historiadores se inclinan por pensar que esto fue una invención opositora y que Azaña nunca dio esa instrucción. Muy probablemente, es así. Don Manuel Azaña no es un asesino. Es, tan sólo, un mal, bastante más malo de lo que se suele decir, presidente del gobierno.
La República, además, acabó por abrochar con este asunto de Casas Viejas uno de sus esperpentos legales más acendrados. Porque el ya ex director general de Seguridad vio su causa sobreseída en el proceso por los sucesos; proceso en el que el capitán Rojas fue condenado a 21 años de prisión. Quizá por el cabreo que se pilló por comerse el marrón él solito, llegada la guerra Rojas se pasó al otro bando y participó en la represión en Granada.
