miércoles, abril 29, 2009

Irresponsabilidad televisiva

Debo advertir una vez más, como hago siempre, de que este post es un off-topic total. De vez en cuando, a mis neuronas les da por sinapsearse en terrenos que no me son habituales y tengo un rato para elaborar unas notas y, como un blog no deja de ser un diario (algo que nunca he mantenido, aunque ahora, mira por donde, me mola), pues utilizo la ventana para opinar, que es algo sano.

En este texto voy a escribir dos palabras sobre un asunto que últimamente me hace, como dicen en la calle, de pensar.

¿Qué es lo que educa hoy a la gente? En mi opinión, casi nada más que la televisión. La gran mayoría de las ideas, de los puntos de vista, de los análisis de la realidad, que absorbe un ciudadano de hoy en día, le llegan a través de la televisión. La televisión es un referente para la ética personal, para las ambiciones del ciudadano medio y para su cosmovisión. Por eso es tan peligroso que la televisión se deje llevar por la tentación de lo fácil, lo mal hecho, o lo torvamente diseñado para explotar el hecho, palmario, de que siempre lo prohibido ejerce una atracción casi irresistible sobre las personas.

A la televisión española (así, con minúsculas, para que las abarque todas) le pasa lo que al cine: tiende a ser muy mala. A estar mal hecha. A ser un producto bastamente recauchutado, quizá escrito por guionistas estajanovistas que producen siete episodios en el tiempo que Aaron Sorkin se toma para perfeccionar una escena. Tal vez, lo digo por adelantado, no es culpa suya. Pero lo cierto es que los guiones españoles suelen ser una puta mierda salvo, quizá, en un terreno que siempre se nos ha dado bastante bien, que es el de la comedia con toques surrealistas (7 Vidas no tiene nada, pero nada, que envidiarle a Enredo, Las chicas de oro o cualquier gran comedia USA, ni Javier Cámara a, un suponer, Steve Urkel) o la adaptación de obras en sí perfectas (y estoy pensando en Los gozos y las sombras, por ejemplo).

Quitando excepciones, pues, los guiones españoles suelen ser lentos, dubitativos y, sobre todo, imperfectos. El último ejemplo que he visto ha sido Acusados, una serie creo que de Tele 5 que ha terminado recientemente su primera temporada. Debo confesar que le he dado en exceso el coñazo a mi mujer con mis cabreos. El argumento tiene más hilos sueltos que una chaqueta de punto tricotada por Franco cuando ya tenía Parkinson.


[Si no la has visto y quieres verla, déjalo aquí y vete a otro blog]


Un millonario político de campanillas, por supuesto casado, está liado con una menor y sufre el chantaje de la amiga de ésta. Un día, en una discoteca de su propiedad, y tras amenazarle la amiga con contarlo todo y chantajearle, el hijo del político se presenta allí y se la carga. Para tapar los hechos, el niño quema la discoteca, incendio en el que mueren cinco personas más.

Todo esto ocurre después de que la menor, cuando el político le haya dicho hasta aquí hemos llegado, se haya cortado las venas. En la serie se nos dice que el político cogió a la chica tras la tentativa de suicidio y la llevó a urgencias. Pero, por alguna extraña razón, nadie le vio. La trama consiste en que nadie puede vincular al político con la discoteca y, efectivamente, si alguien le hubiese visto en el hospital cuando la llevó para que le parasen la hemorragia, no habría serie. Pero el guión ni se molesta en buscar algún retruécano argumental para justificar esto.

Cuando el político, José Coronado, se entera de que su hijo se ha apiolado a la amiga chantajista y ha quemado la discoteca para tapar los hechos (otra cosa curiosa; yo habría atrancado la puerta del servicio donde estaba el cadáver y hubiera simulado un apagón), decide taparlo todo. Para taparlo, necesita tres cosas: una, comprar al policía científico que investigue el incendio, para que no diga en su informe que fue provocado. Otra, comprar al forense para que no diga en su autopsia que uno de los seis cadáveres es de alguien que no murió en el incendio sino antes. Y, por último, comprar a una fotógrafa de prensa que estuvo haciendo fotos en la discoteca y, por lo tanto, puede tener imágenes de él o de su hijo en la misma, con lo que serían situados en el lugar del crimen. En fin, el caso es que Coronado, al que le sale la pasta por las orejas, compra al científico, compra al forense… pero, por alguna extraña razón que no se nos explica, se «olvida» de comprar las fotos. La razón es que la presunta fotógrafa (en realidad las imágenes las tomó una amiga suya) es una de las protas de la serie; hay que meterla en la trama, hacer que sufra un secuestro; y, si las fotos se hubiesen vendido desde el principio, pues no habría trama alguna. Pero no se nos da explicación alguna de tamaño lagunón.

En esto entra en escena el personaje central de la trama, que es la jueza. La jueza es madre de la chica enamorada de Coronado y que se intentó suicidar. Se empeña en llevar el caso del incendio a la discoteca como una venganza personal contra el hombre que ha cagado la vida de su hija (la cual, efectivamente, acaba suicidándose). La serie es, pues, un choque de trenes: el político superpoderoso contra la jueza incorruptible. Y, sin embargo, el político tiene la partida ganada desde el primer momento. Esa jueza no puede instruir ese caso, pues tiene obvias conexiones con el mismo. Sin embargo, durante semanas y semanas, vemos a Coronado y a su gente sufrir porque la jueza les estrecha el cerco; pero nunca hacen lo primero que haría cualquiera en su situación, que es enviarle a la jueza el mensaje, claro y diáfano, de que como me sigas tocando los cojones yo tiro de manta y a ti en el Consejo del Poder Judicial te meten un cuerno por el talón derecho y te lo sacan por el ojo izquierdo. El argumento sigue, se desarrolla como una partida de póker; sólo que uno de los jugadores tiene en la manga la carta que le falta para rellenar la escalera real pero, por razones que nunca se nos explican, no la usa.

Ítem más. Llega un momento en que el político descubre que la jueza ha manipulado una prueba. Tiene incluso un testigo que lo corroborará. ¿Ordena a su abogado que dicte una providencia reclamando un juicio nulo y acusando a la jueza de prevaricación? Pues no. Deja que la cosa siga su curso hasta que le trincan y le detienen. Lo que se dice un verdadero gilipollas (y es que es habitual que los personajes de las series españolas serias hagan casi tantas gilipolleces como los de las comedias).

Al final, cuando ya está detenido, en el fondo relajado porque sabe que el asesino no es él sino su hijo y, por lo tanto, lo está protegiendo, lo admite todo ante la jueza y le dice que, en sus declaraciones oficiales, no va a citar a la hija/amante para protegerla. Generoso Coronado. Claro que el mismo tipo que en ese capítulo es generoso a la hora de proteger a una chica que ya se ha suicidado no dudó en el capítulo anterior en intentar chantajear a la misma jueza amenazándola con hacer público que su otra hija está haciendo guarreridas con su propio hijo. Esto es otra cosa propia de los argumentos de series españolas: el mismo personaje es un cabrón en la semana 11 y un cartujo no violento en la semana 12. Según vaya cuadrando para la trama, los personajes van cambiando. En las series españolas son inconcebibles personajes como Jebb Barlett (West wing), que es el mismo Barlett durante años y al cual, a partir de la tercera temporada o así, ya lo conoces tanto que hasta eres capaz de adivinar cuáles van a ser sus reacciones.

Todo esto, sin mencionar que la señora jueza no sé si tiene demasiada idea de Derecho. En el último capítulo, el niño que quemó la discoteca se suicida, y en la siguiente escena se ve a la jueza en una reunión con los padres de las víctimas de la discoteca, en las que les dice: no os preocupéis, porque el chico tenía bienes de su propiedad, así pues habrá dinero para las indemnizaciones. Digo yo que un juez debería saber que un muerto no posee bienes; que el niño podría tener propiedades, pero dichas propiedades, desde el momento en que la bala le perforó el cráneo, ya no son suyas, sino de sus herederos. Todo eso sin mencionar el pequeño detalle de que es la jueza instructora, no la que le juzga. Y, ¿qué juez querrá juzgar a un muerto? Hasta Garzón sabe que Franco no es imputable ante un tribunal.

De todas formas, lo que más me preocupó de esta serie es el mensaje subliminal (bueno, nada subliminal en realidad) que porta. El personaje de la jueza no tiene desperdicio. Asume un caso que sabe que no debe instruir. Engaña al policía científico que ha sido untado para manipular el informe prometiéndole inmunidad y luego lo mete en la cárcel. Hace que personas de su equipo cometan tropelías, entre las cuales se encuentra el allanamiento de morada, para que algún personaje se crea que las han cometido los partidarios de Coronado. Manipula una prueba obtenida ilegalmente para que aparezca como legal. Y, en el colmo de los colmos, cuando el hijo de Coronado se dirige en coche a Madrid con una grabación de video de él con su otra hija (grabación con la que quieren chantajearla), simplemente envía a dos policías de paisano que paran al chico en la carretera, le dan una mano de hostias y le roban la cámara.

El mensaje de la serie es claro: si lo que persigues es justo (o tú crees que es justo), los medios tienen poca importancia. ¿Estado de derecho, libertades civiles, habeas corpus y esas mandangas? Pues son eso, mandangas; aquí lo que importa es la justicia.

No seré yo quien niegue el, por así llamarlo, derecho de un guión de televisión de desarrollar personajes poliédricos o con aristas negativas. Lo otro sería hacer series en plan Viva la Gente o El mundo es cascada de colores, que tampoco es el caso. Pero el problema, a mi modo de ver, es que el guionista apueste por estos personajes. Blanca Portillo (la jueza) paga, efectivamente, un alto precio por su obsesión, pues una de sus hijas acaba suicidándose. Pero consigue lo que quiere, es decir culminar la instrucción del caso; algo que, por lo demás, se da de hostias con el derecho procesal. El resultado es la tesis que acabo de comentar: el fin justifica los medios. Como serie de entretenimiento, pues, bastante mala. Y, desde el punto de vista de la vertiente socioeducativa, además de mala, irresponsable.



Otro ejemplo que quiero comentar es el de Física y Química. Confieso que esta serie me tiene anonadado casi desde el primer día. Me la encontré ya en la primera temporada zapeando por casualidad (es obvio que yo no soy su target de audiencia) y no he dejado de verla de cuando en cuando, un rato (la verdad es que no soy capaz de aguantarle un capítulo; lo cual es lógico pues esta serie habla de gladiolos y a mí lo que me gusta son los pinos).

Tengo la sensación de que en la segunda temporada sus guionistas han bajado un poco el pistón y han hecho los argumentos un poco más presentables. Aunque, aún así, la cosa sigue sorprendiéndome por muchos sitios.

La primera cosa que me sorprende es que en una serie colegial, sus protagonistas jamás estudien. Es como si toda la acción de Hospital Central se desarrollase en la puerta de urgencias durante las pausas que médicos, ATS y celadores se toman para echar un cigarrillo; dando con ello la sensación de que ser médico consiste básicamente en fumar en la calle. Lejos de tener que realizar el más mínimo esfuerzo, los escasos casos en los que una escena muestra a los profesores currando lo que se ve es a un adulto explicándole a bigardos de 17 años imbecilidades que se aprenden en la educación básica. Y, para colmo, la mayoría de los profesores lo son de asignaturas que siempre se han considerado marías, del tipo de dibujo, música, teatro… El título de la serie, de hecho, no sé a qué narices viene.

Los personajes tienen una vida muy curiosa. Fulano y Fulana tienen un folloncete amoroso y Fulano le dice a Fulana: «esta noche lo hablamos». En la siguiente escena están los dos en la noche de Madrid, siendo en no pocas ocasiones más que evidente que son las dos o las tres de la mañana, zascandileando por ahí y charlando sus cositas. Y al día siguiente están en clase. El mensaje lanzado es bastante claro: uno vive la vida, y la vida es el ocio. Las clases están para rellenar la mañana; eso de tener una disciplina vital para estar despejado en clase es cosa de abueletes. Lo mismo es que lo es y yo no me he enterado.

Hay asuntos que son, como todo, opinables. Me refiero, por ejemplo, a la moral sexual inherente a la serie. A mí me da la impresión de que en esto los españoles hemos sido pendulares y, por lo tanto, hemos ido de un extremo a otro, lo cual tiene la consecuencia de seguir siendo desgraciados. Si hace treinta años el escolar (y, sobre todo, la escolar) que le daba vidilla a su aparato sexual era denostado, hoy en día el denostado es el que no lo hace. A mí me parece que la mejor forma de hacer las cosas es no denostar a nadie pero, como digo, es cuestión de gustos.

Pero por lo que me cuesta pasar es con la actitud respecto de otras cosas. En la primera temporada había un estudiante que tenía la desgracia de ser trabajador y responsable, además de chino. El tontolaba de la clase, pues en toda clase hay siempre un tontolaba que se cree Kennedy, la toma con él y le hace de todo; hasta lo pinta de verde. ¿Apuestan los guionistas por el chino? Pues no. Apuestan por el idiota que, de hecho, no hace falta darse muchas vueltas por internet para descubrir que está entre los personajes con más fans; y eso nunca es fruto de la casualidad, sino de los guiones.



Alguien debería haberle explicado a los guionistas de esta serie (aunque parece que en la segunda temporada lo han medio entendido) que el bullying es una cosa muy seria; que la historia de no pocas mujeres con la garganta seccionada por su ex marido empezó el día que ese ex marido pintó a un chino de verde y no pasó nada; y que, consecuentemente, se puede hacer las cosas bien, se puede reventar las audiencias, sin necesidad de dar golpes éticos bajos.

Eso sí, mis personajes preferidos de la serie son los adultos. Los profesores. Aparte de tener los típicos problemas de siempre en las series de enredo, o sea noviazgos y embarazos entrecruzados (en toda serie española que dure más de cuatro temporadas es axioma matemático que todos acaban acostándose con todos en algún momento), son tan angélicos que asustan. Con la única excepción de una profesora que se ha traído de Camera Café su papel de borde, son tipos que todo lo entienden, todo lo negocian y en todo, al fin y a la postre, acaban abatiéndose. No sé, tal vez es que sea así. Tal vez es que hoy en día, en el mundo de la educación, no tienes más remedio que darle la razón a los alumnos en nueve ocasiones de cada diez (y en la que queda empatas). Pero el asunto es que ellos no sólo lo hacen; es que, además, les parece de pila máster. Les mola el rollo de que les traten, mutatis mutandis, como una puta mierda.

Especialmente relevante me parece la relación de una de las maestras con una de las alumnas, de la cual es tutora. Por razones que se me escapan porque deben de haber sido explicadas en los muchísimos minutos de la serie que no he visto, esta niñata es una especie de imbécil asilvestrada que está contra el mundo y, sobre todo, contra su tutora, que es su tía creo, a la que trata peor de lo que yo trato a mis trapos de cocina. Una niña que, por decirlo rápidamente, tiene un bofetón faraónico casi cada vez que abre la boca. La otra, en cambio, cada vez que tienen bronca la mira y la remira, trata de razonar; la niña no razona (más que nada porque el personaje es como medio lerdo) y suele terminar las conversaciones con alguna referencia hiriente a la mierda de vida de su tutora. Y ella la ve marchar con sus ojos bóvedos; porque en las discusiones entre adulto y adolescente, ojo al dato, éste siempre tiene, por lo visto, la última palabra. La niña jamás se queda sin postre, o sin salir. Lejos de ello, si el problema es que a la tutora no le gusta el novio que se ha echado (el tontolaba acosador) la solución acaba siendo que la tutora le dé al chico una llave de la casa para que se puedan ir a follar cuando les apetezca.

En general, cada vez que en ese colegio algún adulto toma una decisión mínimamente polémica surge la voz de algún otro adulto que dice algo así como: «Pero eso, ¿lo vamos a decir, así, sin discutirlo, sin negociar?» Con esa actitud, los profesores dejan de ser responsables de la educación para convertirse en meros gestores de la misma. Que lo mismo es el mensaje que se está buscando.



Hace ya mucho que el tiempo de las series de cartón-piedra se acabó. Hace años, en efecto, las series de televisión era puras moralinas que escondían la realidad. Pero eso hoy se ha acabado. La mejor serie que he visto últimamente, The wire (primera temporada) es un buen ejemplo de este cambio. Los policías que persiguen a un mafioso drogadicto negro no son mucho mejores que el tipo al que persiguen. El personaje central de la serie es un tipo impresentable al que el 90% de la humanidad clasificaría a la tercera conversación (como mucho) en la carpeta de machitos gilipollas. Los policías, cuando manejan pasta de la droga, sufren la tentación de robarla, y en ocasiones la roban. Por lo demás, el politiqueo de las altas esferas policiales es verdaderamente repugnante. No obstante, en medio de todo eso la serie no olvida algunos principios fundamentales, tales como que el que vende droga es el malo de la historia, nos pongamos como nos pongamos.

Lejos de ello, la televisión española se instala en un relativismo moral que no puede sino ser algo buscado y pretendido. Da la impresión de que esto lo hacen los guionistas amparados por el argumento mayor de «yo es que estoy reflejando la realidad». Argumento totalmente falso porque la inmensa mayoría de las tramas de las series españolas tienen una relación con la realidad apenas anecdótica (a los médicos de urgencias, por ejemplo, les suele llamar la atención, y les divierte, que los personajes de Hospital Central se pasen la vida gritando y corriendo de un lado a otro). Y quizás es que piensen que están sólo entreteniendo. Luego los gestores televisivos, cuando alguien en un foro público los tacha de irresponsables, se dan golpes de pecho y dicen aquello de Calimero de nadie me comprende.

Y, por el camino, subido en la grupa de la irresponsabilidad de nuestras showpersons, el personal aprende lo que aprende.