viernes, mayo 08, 2009

Jaun-goikua eta Lagi-zarra

Por lo que he podido leer por ahí, hay dos cosas que el nuevo lendakari vasco, Patxi López, no ha hecho como sus predecesores en el cargo a la hora de tomar posesión. Una de ellas es utilizar al aceptar el cálculo una fórmula retórica que dice algo así como que el candidato se presenta postrado a lo pies de Dios. Y la otra es jurar sobre un ejemplar de la primera Biblia traducida al euskera.

Ninguno de estos dos detalles es baladí y, de hecho, están cargados de un fuerte simbolismo que tiene que ver con la formación de la idea de lo vasco y de su nacionalismo.

Gran parte de lo que hoy conocemos como el País Vasco es una zona orográficamente jodidilla y dispersa, lo cual quiere decir difícil de dominar. Esto es lo que ha provocado que, históricamente, los vascos hayan sido menos invadidos y menos colonizados que la media, aunque eso, para desgracia de algunos de ellos, no quiere decir necesariamente que hayan estado aislados en el sentido literal de la palabra. Sin ir más lejos, el monje de San Millán de la Cogolla al que se atribuye haber escrito las primeras palabras en español era, a decir de algunos expertos, bilingüe de ese primer castellano y vascuence.

Lo que sí es cierto es que los vascos fueron muy tardíamente cristianizados; probablemente no antes del siglo X, lo cual quiere decir bastantes centurias después de la cristianización de la mayor parte de España. De hecho, en el siglo X incluso ya estaba resuelta la polémica entre arrianos y católicos. Esta cristianización tardía tiene como consecuencia que en la conciencia de los vascos tengan mucha importancia pensamientos, convicciones y creencias sólidamente implantadas en su inconsciente colectivo, por el mero hecho de que existieron durante más tiempo. Etnógrafos como Julio Caro Baroja han señalado la importancia que el pasado tiene para la conciencia de los vascos, hecho que se concreta en la existencia de multitud de leyendas mágicas como la de los gentillak o gentiles, hombres extraordinarios, con gran fuerza y en ocasiones conocimientos de magia, que habrían vivido en tiempos pretéritos; o el mito de los basajaunes, una especie de yetis euskaldunes llenos de pelo que conocerían el secreto de cómo y dónde plantar el trigo, hasta que éste les fue robado por un hombre que utilizó para ello las habituales armas de la astucia que son habituales en este tipo de cuentos.

En tiempos tan tempranos como la Edad Media, no faltan ejemplos en el País Vasco de movimientos que empiezan a albergar, de forma más o menos embrionaria, la idea de la diferencia entre lo vasco y lo que no lo es. Quizá el más interesante sea el de los herejes de Durango, un movimiento liderado por la extraña figura de fray Alonso de Mella y que se extendió muy rápidamente entre personas de clases humildes, mujeres incluidas. Los herejes de Durango eran milenaristas con dejes de creencia en la sociedad perfecta, casi de carácter anarquista. Practicaban la comunidad de bienes (y de mujeres), negaban la existencia ultraterrena y a cambio propugnaban la instauración del Paraíso en la Tierra, situación que vendría a suponer una organización parecida al comunismo libertario y la abolición del trabajo. Idea esta última que tendrá su importancia cuando lleguemos a Sabino Arana.

A mí me parece importante hablar de los herejes de Durango al hablar del nacionalismo vasco no tanto porque lo fueran, que no creo, sino porque, como he dicho, en sus actuaciones sí hay semillas de lo que luego brotará; sin ir más lejos, manejaron la idea de tomar el control de la merindad duranguesa y establecer ahí un estado independiente. Además, hay que tener en cuenta que su influencia no es pequeña ni corta en el tiempo. Todavía en 1877 apareció en Mallavia un profeta llamado Manzanero, aunque él se decía reencarnación de José el Carpintero, que predicó a su comunidad el abandono de los bienes terrenales ante la inminencia del juicio final.

Es en el siglo XVI cuando el mito de lo vasco toma cuerpo como tal. Al calor de autores como Lope García de Salazar, Juan Martínez de Zaldibia o Esteban de Garibay, se construye un mito-teoría basado en tres grandes elementos.

El primero de estos elementos es la descendencia mítica de los vascos, a los que se suele convertir en hijos de Túbal, asimismo hijo de Jafet; los que seais duchos en el Antiguo Testamento ya habréis descubierto que esto hace a los vascos nietos de Noé, el virtuoso.

Conocéis la historia, supongo. Dios decide castigar a los hombres que se dedican a dar por culo y no hacerle caso y tal, y envía el diluvio. Pero cuando se da cuenta de que en la Tierra existe un hombre virtuoso, decide avisarlo para que se salve él, su familia y una pareja de animales, todos los cuales cupieron en una barca que incluso ha habido arqueólogos en este mundo que se han dedicado a buscar; lo cual demuestra que, como dijo el torero, hay gente p'a tó. Pero una historia que tal vez no conozcáis es que, pasada la lluvia, Noé plantó una vid y, cuando brotó, como no sabía nada del vino y eso, probó los frutos y se pilló un pedo que reiros de la ruta del bakalao. Así que se desnudó y así, desnudo, se durmió. Uno de sus tres hijos, Cam, lo vio y, en lugar de cubrirlo pudorosamente, llamó a sus otros dos hermanos, Sem y Jafet; los cuales taparon a papá evitando mirarle los pilindinguis, como corresponde a dos hijos pudorosos como se supone que deben ser los de Noé.

Cuando el patriarca despertó y se enteró de toda la movida, en célebre pasaje del Génesis, maldijo a Cam y sus descendientes y los condenó a ser esclavos de los otros dos linajes, el de Sem y el de Jafet.

Así pues, la tentativa de los primeros historiadores vascos con el asunto de Túbal no es ninguna gilipollez. Por medio de ese mito, el pueblo vasco es ligado a un linaje llamado por la Historia a dominar sobre los otros, o sea los cabrones que se dedican a airear las vergüenzas de sus papis cuando están borrachos. La verdad, debo confesar que si yo algún día me hubiese encontrado a mi padre (qepd) en bolas y en estado etílico-comatoso, también habría llamado a mis hermanos para echar unas risas.

La segunda gran idea primigenia del nacionalismo vasco es la nobleza de todos los vascos. Es el euskaldún un concepto de nobleza distinto del castellano. Obviamente, todos los vascos no pueden ser señores pecheros, pues en ese caso ejercerían su poder sobre sí mismos. La nobleza esencial del vasco se liga a su vinculación con la tierra en que pace, cuanto más larga mejor; y es de ahí, es decir de la demostración de dicha nobleza basada en la permanencia en la tierra, de donde nace la pulsión, aún existente hoy, de tener y exhibir cuantos más apellidos eúscaros, mejor (más apellidos = más permanencia = más nobleza).

El tercer elemento del nacionalismo vasco es el llamado a permanecer durante más tiempo y a ser el trampolín del nacionalismo moderno durante el siglo XIX: el fuerismo. Los fueros son elementos jurídicos especiales que son concedidos a determinadas personas o colectividades, a través de los cuales las mismas acceden a privilegios variados. Pero, a mi modo de ver, para aprehender el nacionalismo vasco es importante entender que, para el vasquismo, los fueros no nacen de un hecho histórico por el cual un tal rey no-sé-cuantitos concede dichos privilegios. En la formulación renacentista de lo vasco, los fueros nacen del derecho natural; de un orden de cosas primigenio, previo a la corrupción de los hombres; Zaldibia, por ejemplo, atribuye su fundación a Túbal mismo (aunque no explica a quién podían afectar los fueros de Túbal si él fue el primer vasco). A mi modo de ver, este concepto tan proto o pseudodivino es el que permite que, cuando la Iglesia pasa a tener una gran importancia en la sociedad vasca, sea tan sencillo vincular el hecho nacionalista con el hecho de la creencia y ligar una cosa, la defensa de la religión, con otra, como son los fueros. Dios y Fueros era, de hecho, el grito de guerra de los tradicionalistas decimonónicos. Incluso en el himno de los carlistas, dato importante, el Rey, que se podría suponer que es la prioridad de una ideología que lleva su nombre, va citado en tercer lugar después de Dios y de la Patria.

Que el fuerismo es el centro del nacionalismo vasco lo demuestra el hecho de que el nacimiento de dicho nacionalismo en su concepción moderna es provocado precisamente por la pérdida de los fueros. El siglo XIX español es, básicamente, un monumental choque de trenes entre tradicionalismo y liberalismo. El liberalismo, ideología finalmente dominante, propugna la creación de estados modernos, lo cual entonces quiere decir centralizados jurídicamente (hoy en día mucha gente cree o quiere creer que el autonomismo o federalismo son sinónimos de modernidad; pero sus tatarabuelos pensaban exactamente lo contrario). La centralización jurídica no tiene sitio para fueros particularistas, así pues el siglo XIX es el de la agresión de España contra Euskadi mediante la abolición de los mismos. Y de la conciencia de dicha agresión es de donde nace el nacionalismo vasco moderno.

El maridaje entre fueros y creencia católica acaba por ser tan estrecho que, de hecho, que yo sepa la primera voz que se eleva en favor de la independencia de los vascos es la de un cura, el jesuita padre Manuel de Larramendi (1690-1766), con una argumentación que se ha hecho muy famosa: «¿qué razón hay para que esta nación privilegiada no sea nación aparte, nación por sí, nación entera e independiente de los demás?»

La fusión entre fuerismo y catolicismo es notablemente exitosa. Los fueros pasan a emanar de Dios y su ausencia se identifica con el estado de pecado, de pérdida de esa situación primigenia y virtuosa de los vascos intocados por otros, que hace decir a Garibay aquello de «la nobleza vasca es igualadora, la de los otros es diferenciadora». Durante casi todo el siglo XIX, esta creencia fuerista, que como vemos es mucho, muchísimo más que la mera defensa de un determinado régimen fiscal de concierto económico o la asunción de tal o cual competencia, es sabiamente utilizada para enervar la lucha tanto por las oligarquías vascas como la propia Iglesia y, sobre todo, el carlismo (es decir, uno de los dos bandos de la guerra civil que por tres veces se produjo).

Otro efecto decimonónico es la divinización de la lengua. Una vez más, hay que entender que no estamos sólo ante la reivindicación de que los vascos hablen euskera. Estamos ante la reivindicación de un origen divino. A principios del siglo XIX, cuando Joaquín Traggia, Juan Antonio Llorente y otros intelectuales al servicio de Godoy realizaron un diccionario geográfico histórico de España, obra en la que Traggia afirmaba el escaso valor del euskera por considerarlo algo así como el contenedor de los detritus de otras lenguas, el filólogo vasco Pablo Pedro Astarloa defendería el vascuence con el argumento de que era la primera lengua existente y la más perfecta; lo cual, de alguna manera, llevaba a la conclusión de que debía de haber sido animada por el mismo Dios. De hecho, es mito recurrente que en el Paraíso se hablaba pues. Lo mismo a Adán lo echaron por repetir constantemente eso de Mecagüen Dios y Ahí va la hostia...
Por último, otra característica propia de la formulación nacionalista vasca es la, digamos, recreación creativa de los hechos históricos. De una pluma tan poco sospechosa de españolista como la de Carmelo de Echegaray, quien dedicó la vida al estudio de las instituciones forales de Guipúzcoa, salieron estas palabras: «desaparecidas ya las generaciones que asistieron al funcionamiento de aquel régimen [Echegaray escribe tras la pérdida de los fueros] el recuerdo de los hechos acaecidos en épocas ya pasadas se va esfumando poco a poco. Y muy a menudo la pasión política, y la preferencia inconsciente que otorgamos a aquellas soluciones que mejor se ajustan a nuestro modo de juzgar las cosas que se desarrollan a nuestra vista, contribuyen a que, sin que apenas nos demos cuenta de ello, interpretemos de tal manera la realidad pretérita que, en vez de reflejar fielmente el cuadro de lo que fue, nos entregamos en fantasear el cuadro de lo que a nuestro entender debiera haber sido». No es el único que piensa así. Caro Baroja nos advierte de que «desde Lope García de Salazar hasta Balparda casi no ha habido un historiador vasco-español que no escribiera ad probandum».

Este relativismo ha hecho que siempre haya estado sometido a discusión, y a una discusión bastante radical, el punto histórico crucial del nacionalismo vasco, que no es otro que la pregunta de si los territorios históricos vascos, en tanto que tales, rigieron alguna vez sus destinos de forma independiente. Situación que, según el punto de vista nacionalista, cambia cuando deciden voluntariamente adherirse a la corona española, en una acción por lo tanto volitiva que, por ser así, es también reversible. Punto de vista que se contrapone con el de autores como Llorente o más modernamente Alfonso García Gallo, según los cuales los territorios vascos siempre han estado integrados en las coronas de Navarra y Castilla, según las épocas.

La interpretación creativa de la Historia y la idea básica de la nobleza de todos los vascos lleva a sostener la idea de un pasado vasco plenamente democrático, mucho más que el del resto de los humanos. Manuel de Irujo, en su monografía sobre las instituciones políticas vascas, nos dice que «Laburdi, Guipúzcoa y Vizcaya ofrecen un ejemplar de régimen democrático, igualdad ante la ley y soberanía popular que creo no ha sido superado por pueblo alguno». Otro ejemplo es Fidel de Sagarmínaga, el cual afirma que «no hay ningún país que haya albergado en su seno la libertad política, afirmaciones más solemnes que lo que sobre concordancia de los derechos y obligaciones de los ciudadanos establece nuestro Fuero General», al que asevera precursor de instituciones jurídicas de la libertad civil como el habeas corpus. Las formulaciones más modernas, y estoy pensando ahora mismo en Alfonso de Otazu, tienden a poner las cosas en otro sitio y a recordar que los fueros constituyeron en realidad en un instrumento de dominación del poder por parte de las oligarquías (como en casi cualquier otro sitio, por cierto).

Otro conspicuo vasquista, Manuel Munoa, da un paso más y establece un paralelismo entre Euskadi y Suiza: «Dos pueblos hay que han entendido el verdadero sentido de la democracia y son: el pueblo suizo, que después de largos años de cautiverio vio surgir la figura inmortal de Guillermo Tell, su libertador; y el pueblo vascongado, que, al despertar y acostarse el sol, ve aparecer en la lejanía la sombra de su árbol de Guernica, ve sus ciclópeas y verdes montañas, en cuyos bosques, como en las olas gigantescas que se estrellan entre blanca espuma, se escuchan murmullos y resonancias de sus santas libertades». La verdad es que Guillermo Tell es más un mito que un personaje histórico, y que los habitantes de varios países del mundo, tales como Chile, o Tibet, probablemente se descojonarían si se les dijese que las montañas vascas son «ciclópeas». Pero esos matices son eso, matices.

Como ejemplo de buena parte de estos elementos bien vale la poesía ¡Ama euskeriari azken agurrak! (Último adiós a la madre eúscara), compuesta por Felipe Arrese Beitia, que ganó con ella los primeros juegos florales poéticos euskaldunes celebrados dentro del ámbito del País Vasco, en 1879.


Zori gaiztoan negargarrita
dot sentimento andia,
geire lur maite dakustalako
gaztelatuta jarria;
bestela erdu erdu ikustera
Tubal euskeralaria
baña, ez dozu ezagutuko
orain zurre gatoria.

¿Nun dira bada zure semiak
foru tan euskera zaliak?
¿Nun dira bada Tubal gure aita,
zure ondorengo garbiak?
¿Nun dira bada, zure ume zintzo
eta leyalen leigak?
¿Nun dira orain orain negarrak,
nun dira nire begiak?

(En desventura tan lamentable me aqueja la pena profunda, porque contemplo a nuestra amada tierra castellanizada; y si no, ven a verlo, Túbal; pero no, porque no reconocerías a tu estirpe. ¿Dónde están tus hijos, los fueros y los amantes del euskera? ¿Dónde están, padre nuestro Túbal, tus preclaros descendientes? ¿Dónde las leyes de tus hijos fieles? ¿Dónde mis ojos para llorar ahora?)

Todas estas corrientes anteriores confluyen, como en un embudo, en Sabino Arana. Personaje de sólida y disciplinada educación católica, Arana recoge todos estos materiales y los hace políticos. Porque si el mito de lo vasco se nutre de la nostalgia de un momento paradisíaco pretérito, es decir el momento en que la nobleza esencial de los vascos, los fueros, su lengua, se desarrollaba sin mácula, Arana dará la vuelta a todos estos argumentos añadiendo uno que es el que convierte todo este caldo teórico en algo mucho más práctico; y ese algo es la ambición del regreso de dicho Paraíso como objetivo tratable y conseguible: «Bizcaya se reconstruirá libremente. Restablecerá en toda su integridad lo esencial de sus Leyes Tradicionales, llamadas Fueros. Restaurará los buenos usos y las buenas costumbres de nuestros mayores».

Arana no es un antopólogo. En su época hay ya científicos, como Telesforo Aranzadi, que abordaban el estudio de los pretendidos hechos diferenciales de los vascos, pero Arana apenas prestó atención a estos enfoques. Él llega al nacionalismo a través de su formulación teórica, mítica, y de un fuerte sentimiento de rechazo hacia el no vasco, el maketo. Prueba es que su aproximación es desde estos fundamentos teóricos, semidivinos, es su célebre modus tollens por el cual demuestra la existencia de lo vasco: «si los vascos son españoles, no tienen derecho a los fueros; tienen tal derecho, luego no son españoles». Una vez más, aparece la idea del fuerismo como un derecho inalienable, simplemente complementario a la propia existencia.

El Aberri Eguna se celebra el domingo de Resurrección por el hecho de que este argumento le fue «revelado» a Arana en dicho día. Así pues, la mayor parte de los pueblos escogen para su día patriótico la celebración de una victoria o derrota bélica, o un descubrimiento, como España; pero el día de la patria vasca lo que conmemora es una especie de revelación divina.

Arana, eso sí, prescinde del rey. Su conversión es ya tardía, 1882, como para poder creer que el vasquismo está vinculado a una corona. Su lema, por lo tanto, es el viejo lema del tradicionalismo, pero descarnado del elemento dinástico: Jaun-goikua eta Lagi-zarra. Dios y las Leyes Viejas. Arana propugna una total subordinación de lo político a lo religioso, con lo que su nacionalismo tiene tintes teocráticos.

¿Por qué perdieron los vascos esa virginal situación perfecta original? Por la contaminación maketa. Consecuentemente, el renacimiento aranista presupone la eliminación de dicha contaminación o, lo que es lo mismo, Arana, casi como el presidente Monroe, parece gritar: Euskadi para los vascos. En algunos momentos se muestra contrario al matrimonio de vascos con maketos; fomenta la competencia de apellidos; limpia el euskera de todo lo que considera influencia maketa; y, por supuesto, crea una simbología diferenciada, bandera, escudo, himno, etc.

Todo esto, de alguna manera, se destila en el gesto de jurar el cargo de lehendakari sobre la primera edición de Biblia en euskera.


Pero el señor López ha jurado sobre una simple edición del Estatuto.