martes, mayo 12, 2009

¿Existió Jesucristo? (Cartas cruzadas)

Sotto voce y de forma epistolar, Tiburcio y yo hemos estado estos días polemizando tras la publicación, por mi parte, del post en el que afirmaba más bien no creer en la existencia histórica de Jesucristo. El asunto ha terminado por ser una carta cruzada a la vieja usanza entre el elefante y yo. De hecho, la publicación es simultánea. Ayer lunes, Tiburcio publicó en su blog mi texto y hoy martes publica el suyo. Que es el momento que yo aprovecho para republicar el mío, acaso con algunas pequeñas adiciones, y el suyo.

Os dejo, pues, con las cartas cruzadas. Como veréis, Tiburcio utiliza en la suya una estrategia muy ladina, que probablemente ha probado con alguna que otra elefanta, de darte la razón al principio para luego irte repartiendo leches.

La decisión final, como siempre, es vuestra.


¿Existió Jesucristo? By JdJ



En los años sesenta, como todos supongo que sabéis, el papa Juan XXIII promovió la celebración del Concilio Vaticano II, considerado por muchos como un hito en la modernización de la Iglesia católica, apostólica y romana. De todos los documentos que alumbró dicho concilio hubo uno que fue motivo de grandes debates e incluso pudo no ver la luz dada la resistencia que existía entre muchos prelados de entrar a analizar el tema que es su centro. Se trata de la constitución dogmática Dei Verbum. Trata sobre la revelación del mensaje cristiano a los hombres.
La Dei Verbum es, en mi opinión, un prodigio de equilibrio intracatólico. Trata, a mi modo de ver con bastante éxito, de integrar todos los distintos puntos de vista existentes dentro de la creencia sobre la validez y la historicidad de los testimonios canónicos de la vida de Jesucristo, notablemente los Evangelios. En la segunda mitad del siglo pasado, ya no son pocos los exégetas y teólogos, dentro y fuera de la disciplina vaticana, que consideran que la idea sostenida durante siglos de que los Evangelios son la palabra de Jesucristo como tal transmitida, es muy difícil de sostener. Pero también son tropa en la Iglesia quienes creen en eso mismo.

Fruto de ese equilibrio, la constitución dogmática nos dice que «Confitetur Sacra Synodus, Deum, rerum omnium principium et finem, naturali humanae rationis lumine e rebus creatis certo cognosci posse». O sea, que Dios puede llegar a ser conocido «a través de la iluminación natural de la razón humana», es decir sin tener que pasar necesariamente por los Evangelios. Aunque, a renglón seguido (y como no puede ser de otra manera, ciertamente) invierte párrafos y párrafos en defender la divinidad de los mismos.

En otro guiño (o a mí me lo parece), la Dei Verbum nos dice: «Cum autem Deus in Sacra Scriptura per homines more hominum locutus sit, interpres Sacrae Scripturae, ut perspiciat, quid Ipse nobiscum communicare voluerit, attente investigare debet, quid hagiographi reapse significare intenderint et eorum verbis manifestare Deo placuerit». Es decir, que para interpretar las Escrituras, es importante investigar lo que quien las escribió quiso decir, y no tomarlas al pie de la letra.

En su parágrafo 19, la Dei Verbum ataca directamente la cuestión de la historicidad de los Evangelios. Y lo hace afirmando lo siguiente:

«Mama Kanisa mtakatifu, kwa nguvu na daima amesadiki na hukiri kwamba Injili nne zilizotajwa hapo juu, ambazo anaamini bila kusita kwamba ni za kweli, zinasimulia kiaminifu yale ambayo Yesu Mwana wa Mungu aliyatenda kwelikweli na kufundisha kwa ajili ya wokovu wa milele, wakati alipoishi kati ya wanadamu hadi siku ile alipopaa mbinguni. Mitume, baada ya Bwana kupaa mbinguni, waliwatangazia watu yale aliyokuwa ameyasema na kuyatenda, kwa ujuzi kamili waliojaliwa baada ya kufundishwa na matukio matukufu ya Kristo na kuangazwa na mwanga wa Roho wa ukweli. Hatimaye watunzi watakatifu waliandika Injili nne wakichagua mengine kati ya mengi yaliyokuwa yamesimuliwa kwa maneno au kwa maandishi, wakifupisha mambo mengine, au kuyafafanua wakilenga hasa hali ya Makanisa. Tena waliandika wakilinda mtindo uleule wa kuhubiri, lakini daima wakisimulia mambo ya kweli na kwa uaminifu kuhusu Yesu. Wao wenyewe, wakichota kutoka katika kumbukumbu yao na pia ushuhuda wa wale ambao “tangu mwanzo walikuwa mashahidi wenye kuyaona, na watumishi wa lile neno”, waliandika kusudi watujulishe «ukweli» wa mambo tuliyoelezewa».

¿Cómo? ¿Que no domináis el swahilli? Pero... ¡los lectores de este blog son un erial! En fin, por esta vez lo voy a pasar. La versión castellana es:

«La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes «desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra» para que conozcamos «la verdad» de las palabras que nos enseñan».

Obsérvese el cuidado de las palabras. «Comunican fielmente» no es «refieren con exactitud». Además, se recuerda que la doctrina de la Iglesia descansa, además de en los textos, en las enseñanzas de los apóstoles (y, aunque no lo diga, de Saulo, el verdadero fundador de la religión cristiana). Por otra parte, los autores sagrados (y no os perdáis el detalle de que no se dice cuántos son) escribieron los Evangelios (aquí sí se dice que son cuatro, para que no haya dudas) a base de recuerdos personales... pero también del testimonio de testigos, de ministros de la palabra, o sea terceras referencias.

En otras palabras: el Vaticano II fue un paso, importante, para tratar de poner orden en la dura polémica en torno a la existencia real de Jesucristo.

En el fondo de toda esta polémica reside el problema, hoy completamente indisoluble, en torno a cuáles son las referencias más fiables que tenemos sobre la vida de Jesucristo. Lo cristiano es un universo repleto de galaxias que son documentos muy diferentes, muchos de los cuales han experimentado lo que los expertos llaman interpolaciones, es decir, textos añadidos a posteriori para dar más credibilidad o añadir algunos detalles a los relatos. Lo que la Iglesia considera textos canónicos es sólo una pequeña parte de toda esa literatura, y hay quien piensa que no con demasiadas razones que lo justifiquen.

Parece que la literatura litúrgica más antigua que se conserva son algunas de las epístolas de Pablo de Tarso; las dirigidas a los gálatas y a los romanos, así como pasajes de la primera a los corintios, suelen considerarse como las más sólidamente auténticas. En estos textos se habla de la crucifixión y resurrección de Jesucristo, se habla de la cena pascual e incluso se menciona, una sola vez, que Jesucristo habría tenido doce seguidores (aunque hay quien considera estos dos últimos pasajes como interpolaciones posteriores). El resto de los detalles conocidos por los Evangelios no aparecen y, hecho importante, en caso alguno se refieren a Jesucristo como un maestro que hubiese impartido enseñanza alguna. No hay, pues, mención a la doctrina alguna expresada por ese fundador. En los documentos inmediatamente posteriores, tales como la epístola de Clemente (en torno al año 100), Justino mártir, Policarpo o Barnabás, no se citan las enseñanzas de Jesucristo, ni su parentesco, ni sus milagros.

En el mundo de las primeras sectas cristianas, cultos surgidos desde el judaísmo incluso antes de la destrucción de Jerusalén por Tito (70 d.C.), existen unos denominados por los griegos nazoraios, palabra traducida habitualmente como nazaritas o nazarenos, denominación que no tiene necesariamente que provenir del nombre de una aldea llamada Nazaret, pues puede estar relacionada con palabras como netzer, o sea rama. Lo que sí es claro es que Pablo nunca llama a Jesús nazareno, así pues su identificación como tal no es propia de los primeros tiempos.
Lo inquietante del asunto está en que los vestigios de un culto a un Jesús (más concretamente, Joshua) están ya en el Antiguo Testamento. Así ocurre, por ejemplo, en el libro de Zacarías, donde se cita a un sacerdote Joshua que es identificado simbólicamente con la rama. La rama parece haber sido desde antiguo y en varias creencias (adoradores de Mitra, o de Démeter) el símbolo de la vida. Hoy, la rama está presente dentro de la simbología de la Semana Santa católica.

En realidad, para rechazar de plano la idea de que Jesús pueda ser un mito y no un personaje histórico, todo lo que tenemos que hacer, o hacemos, es pecar de modernocentrismo; es decir, de la idea de que el único mundo que ha existido es el que conocemos, es decir el mundo moderno. Para nosotros es inconcebible que alguien pueda tener seguidores que lo consideren el salvador de la Humanidad durante 2.000 años sin haber existido realmente. Pero eso es así simplemente porque desconocemos el mundo antiguo. En el mundo antiguo Osiris o Mitra, por citar los dos ejemplos más evidentes, también fueron considerados salvadores de la Humanidad, y durante más tiempo que lo ha sido considerado Cristo; y, sin embargo, a nadie en sus cabales se le ocurre rayarse con la idea de que Osiris pueda ser un personaje histórico.

Otro elemento importante, como he dicho, es la insoportable levedad de los documentos de referencia que tenemos como fuentes, y que son, sobre todo, los cuatro evangelios canónicos. Estos escritos no fueron elaborados en la forma que los conocemos hasta el final de la segunda centuria; para que nos entendamos, ello viene más o menos a equivaler a escribir hoy la biografía de Napoleón (pero sin la cantidad de libros que se han escrito sobre él por medio, sino con referencias de referencias de referencias de mitos de creencias de lo que Napoleón hizo o dejó de hacer, dijo o dejó de decir). A esto hay que unir el hecho, sobradamente conocido, de que los evangelios canónicos son sólo un subconjunto de los evangelios existentes; siendo los otros los llamados apócrifos, algunos de los cuales, por cierto, tuvieron en los primeros tiempos del cristianismo tanta o más popularidad que los que finalmente se eligieron como la versión fetén.

Aunque los evangelios apócrifos merecerían de atención por sí solos en un post específico, aún de forma telegráfica son varias las razones que abonan su pretendida popularidad. La primera de todas, el papel que estos escritos tienen en algunos mitos y leyendas desarrollados por la religión católica y de amplísima difusión. Apócrifos como el Protoevangelio de Santiago, el llamado Pseudo-Mateo o el Evangelio de la Natividad de María son elementos de gran importancia en la consolidación del dogma de la virginidad de la madre de Jesucristo. Fiestas plenamente integradas en el calendario católico con San Joaquín, Santa Ana, la presentación de la Virgen niña ante el templo, la circuncisión de Cristo o la purificación de María, todas ellas encuentran su suelo en los apócrifos.

Otro argumento a favor de la idea de la amplia difusión de estos evangelios es que, a pesar de contar con una oposición de siglos por parte de la propia Iglesia, se conocen de ellos, la mayoría escritos inicialmente en griego, versiones en copto, en sirio, en etíope, en armenio, en árabe, en lenguas eslavas... De la misma manera que si un escritor contemporáneo es traducido a muchas lenguas eso viene a querer decir que gusta, el argumento es, si cabe, más válido en el caso de libros tan antiguos.

Una tercera razón estriba en que muchas de las escenas descritas por estos evangelios pululan en multitud de pinturas, esculturas, retablos y diversas obras de arte cristiano elaborados a través de los siglos; signo éste de que los artistas, o bien dio la casualidad que se inventaron historias que, vaya hombre, coincidían con las contadas por los apócrifos; o los habían leído. En un sitio tan poco sospechoso de anticatólico como la basílica papal de Santa María la Mayor de Roma no hay más que echarle un vistazo a su arco triunfal y luego preguntarse de qué escritos han sido sacadas las escenas que allí se describen.

Por así decirlo, para creer que los evangelios que todos (por lo menos en mi generación) hemos leído en la escuela son la versión adecuada de lo que pasó (si es que pasó), sólo contamos con la palabra de la Iglesia. Es, pues, una cuestión de fe, no de conocimiento.

Son muy conocidos los muchos datos que contiene la narración evangélica que cuadran muy difícilmente con la realidad. Jesucristo cena con sus discípulos, luego éstos se duermen y él se va a rezar y allí es prendido en una escena que no tiene mucha explicación. Horas antes ha entrado en Jerusalén en loor de multitud, pero aún así a los polis les hace falta que uno de sus discípulos le dé un ósculo para señalarlo. Una vez detenido es llevado ante el gran sacerdote... que se encuentra reunido con sus escribas y dignatarios. ¿Por la noche?

El nacimiento de Jesucristo no pudo ser cuando nos dice la tradición a menos que los pastores que dormían al raso aquella noche fueran supermanes, porque en Galilea, en diciembre, hace una rasca por la noche que lo flipas. La fecha de la Navidad, lejos de ello, está escogida por la Iglesia dentro de una estrategia de identificación de los ritos cristianos con ritos anteriores; la Navidad es en diciembre porque los pueblos antiguos celebraran en ella un nacimiento, el del Sol; hay estudiosos que consideran a Jesús una transliteración del Dios-Sol de los antiguos. Incluso la Semana Santa viene a coincidir, más o menos por casualidad, con el momento del año en el que muchos pueblos paganos celebraban una muerte, la de Adonis en las fauces de un lobo.

Asimismo, Jesús no es el primero que resucita de su tumba; lo mismo creyeron los seguidores del mito de Mitra. La conversión de agua en vino se creyó de Dionisos, y la capacidad de andar sobre las aguas de Poseidón.

El culto cristiano ni siquiera es el primero el creer en la purificación del alma con el concurso de la sangre. Esto ocurría también en el culto de Attis, de cierta popularidad en Roma. Los creyentes de Attis sacrificaban un buey en el lugar que consideraban propicio para ello; será casualidad, pero en ese lugar hoy se levanta la basílica de San Pedro.

Otro elemento que han señalado algunos filólogos es el hecho de que todas las mujeres que rodean a Jesucristo se llamen María. El hecho encuentra su importancia en que, según orientalistas como P. Jensen, citados en obras como las de John M. Robertson (Short History of Christianity). W.B. Smith o Arthur Drews, en las culturas del área la madre de dios siempre portaba nombres que empezaban por Ma: María; Marianna; Maritala (madre de Krishna, el de Hare Ídem); Mariana, madre del dios bitinio Mariandinio; o Mandane, la madre de Ciro, por quien se profesaba cierto culto mesiánico (véase, a tal efecto, Isaías 45,1).

Asimismo, se conoce que los grandes jerarcas judíos de los tiempos posteriores a Jesucristo se servían de hombres especiales dedicados a la recaudación de tributos e inspección de los fieles, en número habitual de doce; costumbre de la que puede estar tomada la cifra de doce apóstoles que, si leéis los Evangelios con atención, veréis que surge con bastante inconsistencia. Otro elemento que, como he dicho, no tiene mucho sentido, es Judas. La traición de Judas no es en modo alguno necesaria para la detención de Jesús, por lo que es un personaje quizá incluido con posterioridad, a través de la representación de autos sacramentales en los que los gentiles, es decir los cristianos no judíos, comenzaron a construir esa inquina tan típica antijudía (ellos mataron a su Maestro); autos sacramentales en los que quizá, para enervar aún más la acusación, se introdujo a un judío o sea, ioudaios, que se pronuncia casi como Judas) que traicionaba a Jesús.

Otro elemento para la polémica interminable es la propia pasión. La polémica tiene que ver con el hecho de que no pocos de sus elementos están ya presentes en el Antiguo Testamento; algo que los creyentes explican considerando que la pasión de Cristo cumplió con profecías previas, mientras que desde un punto de vista más escéptico lo que hace es confirmar que los relatos de dicha pasión contenidos en los Evangelios están, en realidad, tomados de las escrituras anteriores.

Es el caso de la famosa frase pronunciada por Jesucristo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Esta frase es la que textualmente inicia el Salmo 22 del libro de los Salmos, muy anterior. Esto sin tener en cuenta que aquí se produce una prueba más de la casi enternecedora propensión evangélica a las pequeñas contradicciones, pues si todos los apóstoles lo habían abandonado cuando fue prendido (Marcos: 14,50), y tan sólo, de los suyos, quedaban allí unas mujeres que lo seguían desde Galilea pero que se encontraban a distancia (Mateo, 27, 55), ¿quién oyó a Jesús pronunciar estas palabras? ¿Dónde están los testigos que, según la Dei Verbum, pudieron referir la información a los evangelistas?

Nos cuentan los Evangelios que los que pasaban frente a la cruz se burlaban del condenado. O sea, la misma situación descrita en Salmos: 22,7, repetidas en Mateo 27, 39. Más aún, leemos en Salmos 22,16: «Me rodea una jauría de perros, me asalta una banda de malhechores; agujerean mis manos y mis pies». Y cabe hacer notar que no era costumbre de la época crucificar clavando manos y pies. Más allá, Salmos 22,18: «Se repartieron mis vestidos entre sí y mi túnica la echaron a suertes»; que es exactamente lo que refiere Mateo 27,35. Gran parte del material de la Pasión, por lo tanto, está en el Salmo 22, el cual no tiene valor profético alguno, o al menos yo no se lo veo, sino más bien trata sobre la humildad del creyente. Y aún hay más materiales. En el Salmo 41, versículo 19, se lee la queja: «Hasta mi amigo más íntimo, en quien yo confiaba, el que comió mi pan, se puso contra mí»; una posible transliteración del mito de Judas. Y, por último, en el versículo 21 del Salmo 69 se lee: «También me dieron hiel por comida y en mi sed me dieron vinagre para beber»; lo cual se corresponde con los episodios en los que le es ofrecido a Jesucristo vino con hiel primero y, después, una esponja empapada de vinagre.

Otro de los elementos de duda y polémica es la escasa, por no decir nula, huella que dejó la muerte de Jesucristo en la Historia. El historiador judío Flavio Josefo lo cita en sus libros sobre las guerras de los judíos, pero hay quien piensa que ese pasaje ha podido ser añadido con posterioridad. Otro gallo nos cantaría si se hubiesen conservado los textos de Justo de Tiberias, otro historiador soldado judío, el cual escribió otra historia como la de Josefo, que se ha perdido. En el siglo IX el libro existía, sin embargo, y fue leído por Focio, patriarca de Constantinopla; el cual se sintió contrito al comprobar que no decía nada de Jesús.

Por parte romana, la primera mención a Jesucristo está en las cartas de Plinio el Joven a Trajano, allá por el año 111, más o menos. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, en su carta, Plinio se refiere al obispo de Roma, Clemente, como autor de unas epístolas que no fueron consideradas como tales hasta 60 años después de la fecha de la carta; así pues, las sospechas de interpolación son muchas.

Tácito, en sus Anales (XV, 44), se refiere al incendio de Roma en tiempos de Nerón, añadiendo que culpó del mismo a los cristianos (Hollywood ha hecho maravillas con este pasaje) y señalando que el líder de este movimiento había sido ejecutado por orden de Poncio Pilatos. Pero hay cosas curiosas. Por ejemplo, que Tácito llame a la secta chrestiani, o sea cristianos, cuando el concepto de Cristo no sustituyó al de Mesías hasta la época de Trajano, posterior a su momento. Pero lo más sospechoso de todo es que cite a Poncio Pilatos como si fuese alguien que tuviera que ser forzosamente conocido por sus lectores. Cuando Tácito escribe han pasado muchos años desde que Pilatos fue procurador en Jerusalén, y en Roma había cientos, si no miles, de funcionarios de provincias. Para que nos entendamos: es como si yo escribo un texto ahora citando a Márquez y sin dar mas explicaciones, como si asumiese que todos mis lectores del 2009 van a saber que Márquez fue subsecretario de Agricultura hace un siglo. Otra más que probable «mentira» de Tácito es el célebre pasaje de las antorchas humanas realizadas con cristianos crucificados, castigo éste que era extraño a las prácticas romanas.

En todo caso, y como ya hemos dicho, el gran elemento de discusión han sido siempre los Evangelios, tanto los llamados apócrifos como los considerados canónicos por la Iglesia. Como ya se ha señalado en este texto algunas veces, los Evangelios son textos que adolecen de incoherencias y saltos extraños, lo cual viene a rebelar que, lejos de ser la crónica de cuatro cronistas como pretende la versión eclesial, son en realidad el fruto de muchas manos. Hay errores tan flagrantes como que el Evangelio de Marcos comience relatando el árbol genealógico del carpintero José, claramente para hacerlo descendiente de David; para, a continuación, contarnos que el linaje del propio José no tiene nada que ver con Jesucristo (pues éste nace mediante una concepción inmaculada), por lo que no se entiende muy bien por qué nos ha contado antes todo eso de la genealogía. Por lo demás, los historiadores han dudado siempre de la historia de Herodes y los santos inocentes, pues una burrada de este calibre por fuerza debería dejar una huella en las crónicas que no se ve por ninguna parte. Además, como ocurre en el caso de la pasión, resulta sospechoso que en el propio Antiguo Testamento haya un precedente de este suceso, concretamente en Reyes 11,15: «Porque cuando David estaba en Edom, subió Joab el general del ejército a enterrar los muertos, y mató a todos los varones de Edom». Adad, descendiente de David, sobrevive a esta matanza y, además, lo hace huyendo a Egipto.
Los Evangelios sitúan el origen de Jesucristo en Nazaret. Pero el nombre de esta población no aparece ni en el Talmud, ni en el Antiguo Testamento; ni siquiera en Josefo. Sólo se la conoce desde el siglo IV.

Hay otras cosas que, aunque hay que admitir que son technicalities exegéticas, apuntan a que el evangelista, o los evangelistas, quizá tenían un dominio del tema menor del que creemos. Así, en el Nuevo testamento, Jesús reprocha a los fariseos varias cosas, entre ellas «la sangre de Zacarías, hijo de Barachías, al cual matásteis entre el templo y el altar». Posiblemente, el evangelista, al escribir estas palabras, está pensando en Zacarías, hijo del rabino Jehojada, el cual según el libro de las Crónicas (II, 21, 20) fue lapidado por orden del rey Joash; pero lo confunde con Zacarías, hijo de Baruch (Barachías), quien fue asesinado en el interior del templo por las turbas por considerar que había conspirado a favor de los romanos durante el sitio de la ciudad. Pero es que el sitio de la ciudad ocurrió en el año 68, es decir 35 años después de la supuesta muerte de Cristo; ¿cómo pudo él, por lo tanto, realizar dicha cita delante de los fariseos?

En general, además, los evangelistas muestran pocos conocimientos históricos. Lucas sitúa la obligación romana de empadronamiento durante el gobierno siríaco de Publio Sulpicio Quirinio, que se produjo siete años después del teórico nacimiento de Cristo. O Lucas, que sitúa una acción durante el tretarcado de Lisanias en Abilinia, siendo lo cierto que Lisanias murió más de treinta años antes del teórico nacimiento de Cristo.

Incluso el propio mensaje de Cristo es en ocasiones contradictorio. Según qué esquina del libro leamos, es un reformador o un defensor de las leyes judaicas. Condena el divorcio y poco después se muestra comprensivo ante María Magdalena. Le dice a sus discípulos (Lucas, 22, 36) que el que no tenga una espada, que venda sus vestidos para comprarse una; pero luego (Mateo, 26,52) condena el uso de la espada con el famoso quien a hierro mata, a hierro muere.

Más aún. Jesucristo dice (Mateo 5, 43): «Oísteis que fue dicho: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Más yo os digo: amad a vuestros enemigos». Esta frase sugiere un bajo conocimiento del Antiguo Testamento por parte de su redactor, ya que en este libro, que verdaderamente puede ser muy brutal en muchos pasajes, ya se encuentra, y bien evidente, la filosofía del amor al otro. Muchos años antes de Jesucristo, el Levítico dice (19,18): «No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo». Y en Éxodo 23, 4 y 5, se dice: «Si encontrares extraviados al buey o al asno de tu enemigo, deberás volver a llevárselos sin falta. Si vieres al sano del que te aborrece caído debajo de su carga, y pensaras en abstenerte de ayudarle, deberás sin falta ayudarle a levantarlo».



No seré yo quien le diga a la Iglesia lo que ha de hacer. Me limitaré a dar mi opinión de que debería pensar en profundizar el camino amagado en el Vaticano II. La discusión en torno a la figura histórica de Jesucristo es baladí y absurda, porque es una discusión sin fin. Discutir sobre si Jesucristo existió alguna vez equivale a discutir sobre si a Ramsés II le gustaba que le rascasen la espalda con una rama de eneldo; se pueden buscar un montón de referencias a favor o en contra, pero nunca nadie conseguirá convencer a la parte contraria de la verdad de sus aseveraciones, porque pertenecen al terreno de lo etéreo, de lo que nunca conoceremos.

Personalmente, me inclino a pensar que la figura histórica de Jesucristo es más bien poco probable. Pero eso, como digo, en realidad no es tan importante. No pocos egipcios, griegos o romanos tenían bastante claro en su fuero interno que sus dioses no vivían en el Duat o en el Olimpo, y aún así los seguían. Lo verdaderamente importante de las religiones es su mensaje moral. Lo importante es tener una moral. Que provenga de una persona que la fe te hace creer que existió, o de tu naturae humanae rationis lumine, en el fondo no es tan importante.




¿Existió Jesucristo? By Tiburcio Samsa


Empecé a leer la entrada de JdJ convencido de que podría refutarle mientras veía la televisión y me hacía un sudoku de paso, tan convencido estaba de la existencia histórica de Jesucristo. Más tarde, cuando comencé a preparar mis argumentos, me di cuenta de que no eran tan sólidos como pensaba. Sigo creyendo que Jesucristo existió realmente, pero ahora sé que quienes lo niegan tienen su aquel.

El argumento de JdJ es que Jesucristo sería un trasunto de los mitos que se dieron en el mundo mediterráneo en aquellos años que hablan de un salvador que muere y resucita. Aunque los judíos hayan sido un pueblo bastante impermeable a las influencias externas, para el siglo I d. C. ya habían sufrido una cierta influencia del mundo helenístico circundante. Pensar que hubieran podido absorber esas concepciones sobre un salvador no es descabellado. Además, que dentro de su propia tradición ya poseían figuras que podían servir de modelo.

Los judíos esperaban un Mesías que sería como un gran rey que restauraría la gloria del pueblo hebreo. Por otro lado, tenían el concepto del chivo expiatorio, aquél que carga con los pecados de un pueblo para que éste quede libre de culpa. La figura de Cristo, precisamente, aúna ambos modelos: es el Mesías y al mismo tiempo es el chivo expiatorio. Para un judío tradicional que esperaba que el Mesías fuese como Supermán, pero con una corona, eso sonaría rarísimo, pero para un judío familiarizado con Mitra y Adonis, bastante menos.

En resumen, había elementos ideológicos suficientes como para que un grupo de judíos del siglo I d. C. creyesen en un salvador mítico que no existió en la realidad. Un punto para JdJ.

Y de regalo, otro argumento que le hará la boca agua a JdJ. Algunos estudiosos sostienen que uno de los primeros ritos del cristianismo primitivo consistió en una actualización del descubrimiento de la tumba vacía. Un grupo de mujeres creyentes iban ante el oficiante y le decían que querían ver a Cristo. Entonces tenía lugar entre ambos el siguiente diálogo: «¿A quién buscáis?/ Buscamos a Jesús Nazareno, que fue crucificado./ Se ha levantado de entre los muertos. No está aquí. Mirad el sitio en el que yació.» Este diálogo, que aparece en el evangelio de San Marcos, provendría de esa liturgia primitiva, liturgia que no le habría sonado demasiado extraña a un adorador de Adonis. Pero, ojo, que esa liturgia haya existido y que un adorador de Adonis hubiera podido sentirse cómodo con ella no implica que Jesucristo no fuera un personaje histórico.

Otro argumento de JdJ es que los evangelios no son muy de fiar, ya que fueron muy editados para que la carrera profética de Jesús se correspondiese con una serie de profecías del Antiguo Testamento sobre el Mesías. Aparte de que no tenemos claro quiénes fueron sus verdaderos autores. Aunque JdJ tiene razón en ambas cosas, ello no impide que haya un núcleo de verdad rastreable en los evangelios y que, por su cercanía en el tiempo a la muerte de Jesucristo, sea razonable pensar que quienes los escribieron o bien conocieron al Jesús histórico o bien conocieron a gente que lo había conocido. Por otra parte, hay numerosos detalles en los evangelios, que han sido luego corroborados por la arqueología, que demuestran que quienes los escribieron estaban familiarizados con la Palestina del siglo I.

Ha habido discusiones sobre la fecha de composición de los evangelios, pero parece que la tendencia predominante en la actualidad es pensar que los evangelios sinópticos (los de S. Marcos, S. Mateo y S. Lucas) como muy tarde ya debían de estar escritos para el 90 d.C. Se han descubierto unos fragmentos de papiro procedentes del Alto Egipto que contienen parte de Mateo.26 y que datarían aproximadamente del 60 d.C. Dado que se piensa que el redactor del evangelio de S. Mateo utilizó como parte de sus materiales el evangelio de S. Marcos, puede deducirse que como poco para el año 50 d.C. ya circulaban textos escritos contando la vida de Jesucristo. Veinte años son muy pocos años para introducir demasiadas invenciones sobre un personaje del que muchos se acordarían todavía.

En lo que escribiré a continuación me olvidaré a propósito del evangelio según S. Juan. Es demasiado posterior y probablemente se escribiera algo alejado de Palestina, tal vez en Antioquía. Mientras que los evangelios sinópticos tratan de describir la vida de Jesucristo, el de S. Juan la presenta con una visión teológica por detrás. No le importan tanto los hechos por sí mismos, como en cuanto que fundamentos de la teología que defiende.

Los evangelios sinópticos permiten trazar una carrera profética que tiene mucho de plausible. Un artesano de Nazareth de 30 años va al desierto a hacerse bautizar por S. Juan Bautista, como tantos otros en aquellos tiempos. La experiencia le marca y se convierte en predicador. Tiene carisma y empieza a reunir entorno suyo a un grupo de seguidores. Tiene roces con los fariseos. Cuando lleva tres años de predicación decide dejar de actuar en provincias y lanzarse a la conquista de la capital. Hace lo propio: ir durante la celebración de una gran fiesta religiosa, la Pascua judía. Estando en Jerusalén, se coge un rebote importante cuando ve a los cambistas en el Templo y les derriba las mesas. Eso termina de convencer a sus oponentes de que es un peligro para sus intereses y que hay que pararle los pies antes de que su movimiento cobre mayor auge. Fariseos y saduceos no tienen mayor problema en convencer a los romanos de que ese tipo es un peligro público. A los romanos les interesa el orden público, no las vidas humanas y si los judíos les dicen que uno de los suyos es un buscapeleas, mejor liquidémosle por si las cosas.

Reconozco dos problemas. El primero es que la figura que obtenemos de Jesucristo es un poco contradictoria. Un día está de buen humor y dice «Amaos los unos a los otros» y al día siguiente se levanta con mal pie y proclama «Yo no he venido a traer la paz, sino la espada». Hay momentos en los que parece Zapatero, proclamando que todo el mundo es muy bueno y que no hay crisis, y otros en los que parece su padrino, S. Juan Bautista, o Aznar, advirtiendo que faltan dos telediarios para que venga el fin del mundo y que el malvado que no se convierta se va a enterar de lo que vale un peine. O bien Jesucristo era ciclotímico o bien fue un mito histórico y la figura de los evangelios es un collage mal compuesto a base de dos o tres profetas desconocidos para nosotros que sí existieron.

Bueno, hay otra posibilidad, que es a la que yo me apunto. Sólo hay un Jesucristo y las contradicciones de sus palabras vienen porque no están ordenadas en el orden en que se dijeron. Pensemos en S. Marcos, escribiendo, tal vez diez años después de la muerte de Jesús. Tiene a mano sus recuerdos personales (vamos a asumir que conoció a Jesús), un texto con los dichos de Jesús y tal vez unas cuantas páginas de notas con anécdotas de Jesús que le han pasado. «A ver, ¿cuándo ocurrió lo de los panes y los peces? Fue antes o después de lo de la pesca milagrosa. Yo creo que después, porque cuando lo de la pesca el Nazareth F.C. estaba en segunda y en cambio cuando lo de los panes y los peces teníamos la campa llena de forofos celebrando que acababa de vencerle al C.D. Jerusalén. ¿O lo de la campa fue para celebrar el fichaje de Ronaldinus Máximus, que seguro que nos iba a aúpar a primera?» En fin que dudo mucho de que la historia de Jesús nos la hayan contado exactamente en el orden en el que ocurrió.

Si esto es así, no me parece descabellado pensar que las aparentes contradicciones lo que reflejan es una evolución en el pensamiento de Jesucristo. Al inicio de su ministerio está lleno de amor y buena voluntad. Yahvé le ha iluminado y tiene la receta para poner fin a los males del mundo. Tres años más tarde, después de innumerables disputas con los fariseos y tal vez de alguna persecución contra sus seguidores, Jesucristo ya está hasta el gorro y el buen rollito se le está agotando. De esa segunda fase de su ministerio datarían los mensajes más duros y apocalípticos.
JdJ también ha señalado que el episodio del prendimiento, juicio y ejecución de Cristo tiene la misma coherencia que una película de Rambo escrita por un guionista borracho. En parte es achacable a que aquí hubo que editar mucho para ajustar el episodio a las profecías veterotestamentarias sobre el Mesías. También es achacable a que posiblemente muchos detalles del juicio no debieron ser presenciados por seguidores de Jesús. Posiblemente la información que obtuvieran a posteriori fuera a través de simpatizantes o de rumores cogidos aquí y allá.

A pesar de todo, creo que los evangelios proporcionan suficientes datos para tener una visión coherente y realista de los acontecimientos. Tras el episodio de los cambistas en el Templo, a Jesús le advierten que se ha pasado varios pueblos y que los saduceos y los fariseos van a ir a por él y que lo mejor que puede hacer es mantener un perfil bajo. Jesucristo se esconde con los apóstoles en casa de un simpatizante. Lo más lógico sería mantenerse escondido hasta que hubiera pasado la Pascua y aprovechar el retorno de la masa de peregrinos a sus hogares para salir de la ciudad de tapadillo. La traición de Judas debió de consistir en revelar a los enemigos de Jesús dónde se encontraba. El proceso debió de ser sumario y breve, una mera formalidad. Es casi seguro que Poncio Pilatos no jugó ningún papel en él. Era un caso demasiado menor para que un poderoso gobernador romano se molestase en levantarse a medianoche para atenderlo. Me imagino que los evangelistas introdujeron a Poncio Pilatos por el efecto dramático. Jode pensar que a tu maestro lo condenó a muerte un burócrata chupatintas; todo un señor gobernador es otra cosa. La cruficifixión era la condena habitual para los acusados de sedición que no poseían la ciudadanía romana. Así pues, la condena impuesta a Jesucristo no tiene nada de excepcional.

Otra cuestión que suscita JdJ es la falta de referencias a Jesucristo en fuentes no cristianas de la época. En principio a mí no me parece tan raro. Judea era una provincia remota, recien incorporada al Imperio. Para un historiador grecolatino tenía el mismo interés que Kabul para un turista que ande buscando resorts de lujo. Jesucristo fue un fenómeno local y pasajero; un profeta que anduvo predicando esa religión tan rara que tienen los judíos durante tres años y que fue ajusticiado. Por otra parte la historiografía antigua era una historiagrafía de reyes y guerras. Un movimiento social o religioso no interesaba mientras no se hubiese rebelado y hubiese cortado unas cuantas cabezas. El silencio sobre la figura de Jesús no es sorprendente.
JdJ menciona dos obras de historiadores judíos contemporáneos de los hechos y que escribieron sobre Judea. Uno fue Justo de Tiberías. Su obra no nos ha llegado, pero sabemos por referencias bizantinas que no decía nada sobre Jesús. El otro fue Flavio Josefo. Su obra Antigüedades judías contiene un párrafo muy famoso, que dice:

«Por aquel tiempo existió un hombre sabio, llamado Jesús, [si es que se le puede llamar hombre], porque realizó grandes milagros y fue maestro de aquellos hombres que aceptan con placer la verdad. Atrajo a muchos judíos y a muchos gentiles. [Era el Cristo.] Delatado por los principales de los judíos, Pilatos lo condenó a la crucifixión. Aquellos que antes lo habían amado no dejaron de hacerlo, [porque se les apareció al tercer día resucitado; los profetas habían anunciado éste y mil otros hechos maravillosos acerca de él.] Desde entonces hasta la actualidad existe la agrupación de los cristianos.»

Hay una unimidad en que la parte entre corchetes fue una interpolación posterior, seguramente hecha por cristianos. La mayoría de los historiadores cree que el resto del párrafo es genuino, pero reconozco que hay suficientes razones como para no poner la mano en el fuego por su autenticidad. Creo que lo prudente es no apoyar la historicidad de Jesucristo en este párrafo del que seguro que una parte fue interpolada.

En otra parte de la obra, Flavio Josefo dice:

«Ananías era un saduceo sin alma. Convocó astutamente al Sanedrín en el momento propicio. El procurador Festo había fallecido. El sucesor, Albino, todavía no había tomado posesión. Hizo que el Sanedrín juzgase a Santiago, hermano de Jesús, quien era llamado Cristo, y a algunos otros. Los acusó de haber transgredido la ley y los entregó para que fueran apedreados.»

Este texto sí que me parece más genuino. Un interpolador cristiano habría aprovechado para dar cera a su héroe. No se habría contentado con una mención tan escueta. Hay quienes han pensado que la frase «quien era llamado Cristo» es un añadido posterior. Pero parece plausible que Josefo la introdujera para que se supiera de qué Jesús estaba hablando, dado que aparecen varios personajes con ese nombre en su obra.

Suetonio menciona que en el año 49 el emperador Claudio expulsó a los judíos de Roma porque se habían convertido en causa permanente de desórdeneces incitados por un tal Chrestos. El texto puede interpretarse de dos maneras. La que me es favorable: Suetonio sabía muy poco de la secta nueva de los cristianos y se equivoca, equiparándolos a los judíos (error fácil de cometer en aquellos años) y no enterándose muy bien de quién era ese Chrestos. La que no me es favorable: Suetonio no se equivoca. Dice judíos a sabiendas y el tal Chrestos (el nombre no era tan inusual) era alguien que vivía en Roma y había incitado los desórdenes.

Sobre los testimonios de Tácito y Plinio el Joven que hablan de Jesucristo y que JdJ afirma que son interpolaciones tardías, ahí JdJ me ha pillado con el paso cambiado. No sabía que había estudiosos que las consideraban interpolaciones tardías.

Ahora haré una afirmación osada. Otra prueba de la existencia histórica de Jesucristo es la Sábana Santa. Pienso que las probabilidades de que sea genuina y que realmente fuera el sudario de Cristo son muy elevadas.

Las primeras noticias fidedignas que tenemos de la Sábana Santa datan de mediados del siglo XIV. Es decir que si se trata de una falsificación tuvo que haberse realizado antes. En 1988 se le sometió a la prueba del carbono 14, que determinó que el lienzo databa de entre 1260 y 1390. Hubo muchos que no quedaron convencidos. El lienzo muestra un grado de precisión y de conocimientos anatómicos impensables en un falsificador medieval. Por otra parte el lienzo presentaba algunos detalles que van en contra de la iconografía tradicional de la crucifixión: por ejemplo, los agujeros de los clavos estaban en las muñecas, no en las palmas, y la corona de espinas no debió de ser un aro, sino un casco. Un falsificador medieval no habría introducido elementos que fueran contra lo que habitualmente se creía sobre la crucifixión. Hoy son muchos los investigadores que piensan que se produjeron errores en la prueba de 1988 y que habría que repetirla. Por un lado, parece que la prueba se hizo sobre una parte del sudario que había sido remendada en el siglo XIV. Asimismo se afirma que el fuego que afectó al sudario en 1532 pudo haber alterado su perfil de carbono y haber distorsionado los exámenes. A mí me parece más difícil explicar cómo un falsificador medieval pudo haber hecho la Sábana Santa que aceptar que los exámenes de 1988 se equivocaron.

Si aceptamos que la Sábana Santa es realmente del siglo I d. C., la consecuencia lógica es pensar que seguramente fue el sudario de Cristo. La Sábana Santa presenta muchos detalles que concuerdan con los evangelios: la corona de espinas (que no era una práctica habitual, lo que reduce enormemente las posibilidades de que sea el sudario de un crucificado distinto de Cristo), los azotes, los clavos, el lanzazo en el costado…

En resumen. Tenemos tres evangelios escritos poco después de la muerte de Jesucristo por gente que conocía Palestina y que, a pesar de los añadidos y alteraciones posteriores, permiten reconstruir a grandes rasgos la carrera de un profeta. Tenemos al menos una cita del no-cristiano Flavio Josefo que habla de Jesús. Y tenemos la Sábana Santa. Hay hechos históricos y personajes que tenemos por verdaderos con pruebas más endebles que ésas.

¿Y bien, JdJ? ¿Cuándo empiezas a preparar la mochila y las botas para hacerte el Camino de Santiago?


[JdJ: Y, vosotros, ¿qué decís? ¿Le contesto? ;-)]