lunes, mayo 04, 2009

Las once rosas

El próximo día 5 de agosto, cuando den las ocho de la mañana, muchos de nosotros estaremos recién despiertos. Quizá más dormidos que alerta. Y, sin embargo, si tuviésemos los sentidos en su sitio, y especialmente ese sentido que no es posible describir y que se llama sentido histórico, quizá escuchásemos algo inusitado. Un paqueo en el amanecer.


El 5 de agosto próximo, a las ocho de la mañana, el reloj marcará 70 años. Siete décadas desde el momento triste, absurdo, en el que murieron las once rosas.








Sí, once. Eran once: Carmen Barrero, Martina Barroso, Blanca Brissac, Pilar Bueno, Julia Conesa, Avelina García, Virtudes González, Ana López, Joaquina López, Dionisia Manzanero y Victoria Muñoz. La propaganda de la resistencia de izquierdas unió a estas once fusiladas el día 5 el de otras dos mujeres fusiladas algunos días después: Palmira Soto y una chica llamada Ana. Este empaquetamiento creó el mito de las trece rosas, que es el mito negativo, triste, de quien muere sin tener razón para ello. A mi modo de ver, las trece rosas deben ser un símbolo. Símbolo de la vertiente absurda, fría e insensible de la represión y de la guerra. Lamentablemente, no podemos decir que las trece rosas fueran ni las únicas mujeres, ni las únicas jóvenes, que murieron con la espalda contra un paredón o temblando bajo la noche durante aquellos años y aquellos tiempos. Recordar a los mal muertos es lo único que podemos hacer por ellos. Y es por eso que no nos podemos permitir olvidarlas.


En realidad, en los fusilamientos del 5 de agosto de 1939 murieron muchas personas más. Minutos antes de morir las chicas, un grupo de hombres fue fusilado, hasta completar un número aproximado de 60 víctimas.


¿Por qué terminaron las trece rosas frente al pelotón de fusilamiento? Eran, sí, militantes de las JSU, Juventudes Socialistas Unificadas, de tendencia comunista. Pero ni siquiera en la España de Franco la mera militancia era razón para recibir una bala en el pecho o en la cabeza; de hecho, una de las rosas había sido antes condenada a 20 años por su militancia. ¿Por qué el franquismo cometió la enorme torpeza de llevar adelante aquellas ejecuciones que, en manos de los panegiristas de la oposición de izquierdas, acabarían siendo un mito? Ensayando una explicación, hay que acudir a un hecho que es muy importante, a mi modo de ver, a la hora de juzgar al franquismo con los ojos de hoy. Es inexacto suponer a la dictadura tan pacata y tan subnormal como para no darse cuenta de las consecuencias de sus acciones. A mí me cuesta pensar que Franco y sus adláteres no fuesen conscientes de lo que suponía descerrajar los cargadores de un par de decenas de fusiles en los cuerpos de once mujeres, algunas de ellas por debajo de la mayoría de edad legal de entonces (21 años). El franquismo sabía que lo que estaba haciendo se le echaría en cara. Pero, simple y llanamente, pensó que era mucho más lo que ganaba.


El 27 de julio de 1939, el comandante de la Guardia Civil Isaac Gabaldón circulaba en su coche por la carretera de Extremadura, en dirección a Madrid, a la altura de Talavera. Gabaldón era eso que llamaríamos un pleno colaborabor del régimen franquista y de su represión. Había sido miembro de la Quinta Columna, es decir el supuesto ejército de franquistas que trabajaba por la victoria del bando nacional saboteando en lo posible la zona republicana, y en ese momento llevaba el archivo de la masonería y el comunismo; lo cual equivale a decir que señalaba con el dedo a muchos que eran sacados en la noche de sus celdas para dar un último paseo hasta las tapias del cementerio, porque ese archivo era el fruto de la paciente labor de recogida de pruebas y acusaciones que los franquistas habían ido realizando conforme avanzaban y tomaban terreno y, ahora que la guerra había terminado, había sonado la hora de enervar las cumplidas venganzas. No tenemos ningún indicio de que al comandante le temblase la mano o sufriese con esa labor.


A la altura de Talavera, como decíamos, el coche de Gabaldón fue tiroteado y el comandante fue enviado a charlar con el general Mola, el general Sanjurjo, Alejandro Magno y otros colegas. Hay un detalle que al contar esta historia no se suele referir y que creo que es justo recordar. En el atentado murió también el chófer del comandante, así como la hija del militar, de 17 años, que le acompañaba, y de quien, obviamente, nos cabe sospechar escasa actividad represora. En esta tristísima historia de las trece rosas, nadie se acuerda de este clavel, que también era mujer, también era menor de edad, también se limitaba a pasar por allí, a estar wrong place, wrong moment, y a quien el comando que realizó la acción no tuvo reparo en llevarse por delante.


Que yo sepa, nadie sabe a ciencia cierta quién mató a Gabaldón, aunque la teoría más plausible se refiere a un grupo denominado Los Audaces. En realidad, lo único que podemos tener por razonablemente seguro es que las trece rosas no fueron. Se dice que si una partida de maquis perdidos de la vida. O quizá alguien más organizado. Pero lo realmente importante es la lectura que el franquismo hizo de ello. Quince semanas después de terminada la guerra, en territorio español, un hombre del régimen era asesinado, y no un hombre cualquiera. Para Franco, en ese momento, lo más importante es recuperar la iniciativa; y lanzar a quienquiera que fuese que estaba organizando aquella oposición armada, el mensaje neto de que no le iba a temblar la mano a la hora de reprimir cualquier conato de resistencia.


Mi teoría, pues, es que las trece rosas NO fueron detenidas, encausadas, acusadas de participar en el asesinato de Gabaldón, condenadas a muerte y ejecutadas en medio de una orgía represora en la que el franquismo parecía no saber a quién se cargaba. Todo lo contrario. Las mataron porque sabían que eran ellas; sabían que las probabilidades de que estuviesen realmente implicadas en el atentado son más o menos las mismas de que yo le pare un regate a Messi. Lo importante es que eran miembros de las JSU y eran, además, probablemente inocentes. Lo que quiso el régimen fue lanzar el mensaje de que nadie que tocase la mierda, siquiera con la punta del dedo meñique, podía considerarse a salvo. Y, por algunos síntomas que luego comentaré, cuando menos en parte, lo consiguió.


En todo caso, como he dicho, resulta difícil de creer que Gabaldón muriese como resultado de una acción aislada e improvisada por parte de alguna partida guerrillera que se lo encontrase en la carretera. Es mucha casualidad que una partida perdida de partisanos vaya a dar, precisamente, con el coche del tipo que está preparando la lista para dar por culo a media España. Me cuesta creer que la acción no estuviese organizada hasta el punto de que quienes mataron a Gabaldón supieran quién era el que iba en el coche.


En el análisis que probablemente hicieron los policías franquistas de la oposición interna, llegaron rápidamente a las JSU. Las organizaciones de adultos estaban seriamente menguadas por las muertes en la guerra, el exilio y la represión. En cambio, en las organizaciones de juventudes había militantes que no podían haberse significado en la guerra, así pues se les podía sospechar cierta mayor capacidad operativa. Además, el régimen de Franco tenía dos ventajas importantes. La primera es que buena parte de los archivos de la JSU estaban en sus manos; se los habían encontrado en Madrid en razonable estado porque las JSU no habían podido destruirlos, ya que el coronel Casado, tras triunfar en su golpe de Estado, encarceló a los elementos procomunistas y cercenó su operatividad. La segunda ventaja es que el franquismo contaba con infiltrados dentro de la organización. Así las cosas, en las primeras semanas tras el final de la guerra comenzaron las detenciones masivas de militantes.


Dentro de estas detenciones fueron cayendo las trece rosas. Existen algunos testimonios de que, tras unos comienzos en los que eran importunadas mediante interrogatorios constantes, los policías, probablemente al comprobar que no lograban sacar confesiones de implicación en el atentado, echaron mano de la tortura o la humillación, como en el caso de Virtudes González, a quien raparon la cabeza a la manera de las colaboracionistas con los nazis en los países ocupados. De las comisarías fueron trasladadas a la cárcel de Ventas, hoy sustituida por una manzana residencial de cierto nivel, donde fueron hacinadas porque el centro penitenciario acogía en ese momento a varias veces más reclusas de las que se suponía eran su capacidad máxima. Había tres grandes divisiones: reclusas, por así decirlo, normales; las que estaban en la cárcel con sus hijos; y, por último, las menores de edad (de 21 años, se entiende).


El 3 de agosto, en Las Salesas, las mujeres fueron a juicio. Aunque es muy difícil reproducir el sentir de personas que no pueden describirlo y en su momento apenas tuvieron tiempo para hacerlo, a mí me parece que lo más cercano a la verdad sería decir que las rosas fueron a aquel juicio razonablemente seguras de que serían condenadas a diversas penas, pero no a muerte. Para ellas, era tan inconcebible relacionarlas con el atentado del comandante Gabaldón como pueda serlo para nosotros. Sin embargo, en el juicio sumarísimo 12.743, de forma sorpresiva, se pronunciaron unas 60 sentencias de muerte, entre las cuales estaban las de las once rosas. La sentencia fue un shock. Especialmente en los casos de Victoria, Martina, Avelina y quizá Virtudes, porque eran menores de edad. Nadie esperaba que las menores fuesen condenadas a muerte; el mismo día de su ejecución, algunas de las fusiladas creían haber sido condenadas por haber trabajado para el Socorro Rojo Internacional, pero la mayoría ni siquiera eran capaces de esbozar una explicación. Al parecer, desde aquel día el ambiente en la zona de menores de la cárcel cambió radicalmente, pues quienes hasta ese momento se creían lejos de la pena capital, repentinamente despertaron a la amarga realidad de que la represión también podía ir con ellas. Como he dicho antes, es mi idea que éste fue un acojone clara, neta y voluntariamente buscado por el franquismo; quería generar ese miedo, y lo generó. Que para generarlo tuviese que fusilar a once mujeres no le importó, ni poco ni mucho, pues, como he escrito antes, muy probablemente pensaba que era mucho más lo que ganaba.


No fue hasta la sentencia que las mujeres se dieron cuenta de la seriedad de su situación; aunque, más que de seria, cabría calificarla de desesperada. Por supuesto, solicitaron ser indultadas, en la mayoría de los casos aduciendo que su relación con el Partido Comunista se debía a la necesidad que tenían de obtener ingresos mediante trabajos como el de costurera, que era el trabajo más frecuente entre las mujeres de clase baja en aquellos años (la mayoría de las fusiladas cosían).


La noche del 4 de agosto, el reloj pasó de la fatídica línea de las doce de la noche sin que viniera nadie a hacer una saca de presos. Son muchos los testimomios de presos del franquismo que describen con puntillosidad la angustia de esos minutos entre la cena y la medianoche, porque el franquismo ejerció la nada sutil tortura de condenar a muerte a sus represaliados y luego dejarles en la cárcel sin saber a ciencia cierta si iban a ser ejecutados y, sobre todo, cuándo. Así pues, cada vez que alguien llegaba a la cárcel con una lista, cualquier condenado sabía que esa noche podía tocarle a él. Sinceramente, se me escapa cómo se puede enfrentar el día siguiente a cualquier saca pensando que la próxima puede ser la tuya.


Eran las doce y cuarto. Las chicas, cuando comprobaron la hora, aliviadas, concluyeron que esa noche no habría fusilamientos, y se fueron a dormir. Pero a las doce y cuarto vinieron a buscarlas. Cuando menos, Victoria Muñoz y Martina Barroso tuvieron que ser despertadas. Hoy ya no dormirás más hasta que te llegue la muerte. Victoria lloraba. Su hermano Juan ya estaba muerto, aunque no fusilado porque con las torturas de los interrogatorios le llegó. Su hermano Gregorio estaba en el mismo sumarísimo. Moriría algunos minutos antes que ella. Victoria se agarró al cuello de una reclusa y no se quería soltar. Tenía 18 años, y la iban a matar a tiros.


Entre las trece rosas hubo detalles de genio y figura, por qué no decirlo, muy femeninos. Ana López se puso medias de costura y no se quedó tranquila hasta que comprobó, preguntando a los demás, que llevaba las costuras derechas y en su sitio. Julia Conesa pidió prestado un vestido que le gustaba para vestir su última noche. Virtudes y Blanca Brissac también se pusieron sus mejores galas para la ocasión.


Algunas de las reclusas, como Virtudes o Blanca, esperaban encontrarse con sus parejas antes de la muerte. Pero no fue posible, porque sus novios y esposos, también condenados, fueron fusilados antes y, cuando ellas llegaron al cementerio, ya estaban muertos. Según un testimonio, al menos Blanca Brissac sobrevivió a la descarga, y pidió ayuda. Inútilmente, claro. La ayuda que recibió fue el tiro de gracia.


La prensa franquista jamás informó de los fusilamientos, menos aún de que hubiese mujeres entre ellos.


Blanca Brissac tocaba el piano y se casó con un violinista que, como ella, tocaba en las funciones de cine. Al terminar la guerra, el marido fue detenido porque su nombre apareció en la agenda de otro recluso. El día que la mataron era su santo. Pidió morir con su marido, sin conseguirlo. Alguna vez, en las publicaciones sobre el asunto de las trece rosas, que son por cierto no demasiado numerosas, se ha publicado la carta que le escribió a su hijo la noche que esperaba la muerte. Es un portento de tristeza y de ternura.


Virtudes González era novia del jefe de la JSU del Oeste de Madrid, que también murió fusilado en el mismo amanecer. Fue una de las personas que fueron detenidas a su regreso de una gira de propaganda procomunista por los pueblos de alrededor de Madrid, durante la cual les sorprendió el final de la guerra.


Avelina García era hija de un guardia civil y había sido educada en un colegio de monjas. Quizá fue por no perjudicar a su padre que acabó implicada en el asunto de las once rosas, porque al final de la guerra estaba en Ávila, pero regresó a Madrid cuando fue llamada a declarar. Alrededor de Avelina se creó el falso mito de su propio padre fue obligado a fusilarla. Es más que probablemente falso, aunque lo que sí parece que ocurrió es que en el pelotón estuvieron compañeros suyos.


Joaquina López fue detenida en compañía de sus dos hermanas. Fue juzgada con ellas por pertenecer a las JSU y condenada a 20 años. Luego ocurrió lo de Gabaldón, fue juzgada de nuevo y condenada a muerte.


Dionisia Manzanero era novia de un miembro relativamente destacado del Partido Comunista con el que, al parecer, pensó en huir de España; aunque él quedó, como otros muchos, taponado en Alicante. Pasó la última noche de su vida bordando unas mariposas en las zapatillas que llevaba puestas cuando la mataron.


Ana López parece haber sido una de las más «ideológicas» de las once rosas. Entre otras cosas, aún en los últimos tiempos de la guerra estaba a favor de su continuación y ayudó a los combatientes contra Casado hasta que se rindieron. Su ejecución destrozó a su familia. Un hermano murió muy joven de una dolencia cardiaca, y su madre se volvió loca.








Las once rosas, o trece si se prefiere, fueron, de alguna manera, el primer gran error del franquismo. De una manera un tanto simbólica se podría decir que la vida del Franco jefe de Estado comienza con el fusilamiento de las rosas y termina con el de los militantes del FRAP y de la ETA de septiembre de 1975.

Las identificaciones, no obstante, terminan aquí. Los fusilamientos del 75 terminan con Olof Palme recaudando dinero en la calle para la oposición antifranquista. Los fusilamientos del 39 se producen en un entorno en el que Europa está a un cortacabeza de la guerra mundial y, si no lo sabe, lo sospecha. No parece que el mito de las trece rosas provocase ninguna mácula en la conciencia internacional.

La muerte de las rosas, por lo tanto, es producto de su tiempo. Por las mismas razones que el régimen franquista sabía que no podía realizar una acción así, digamos, a mediados de los años cincuenta, sabía que en agosto de 1939, cuando la mayoría de las trincheras de la guerra permanecían humeantes, podría con ello.

Se ha dicho y se ha escrito que los fusilamientos fueron una típica respuesta violenta en plan veinte muertos de los tuyos por cada uno de los míos. Como espero haber explicado en este post, mi teoría es bastan te más vomitiva. El crimen del comandante Gabaldón fue investigado en unos pocos días y los condenados, en varias sentencias, fueron más de 80. No me cuesta pensar que alguien sea cruel, pero lo que no puedo tragarme es que sea lerdo. En el régimen tenía que haber personas de sobra que supieran que aquello era antijurídico.

No, el problema no es que los fusilamientos fuesen antijurídicos. El problema es que las rosas no murieron a pesar de ser inocentes, sino precisamente porque lo eran. El franquismo no es que no prestase atención a lo que estaba haciendo, sino que lo hizo con pleno conocimiento y conciencia. Porque con aquellos fusilamientos no buscaba acojonar a los convencidos. Sabía que los dirigentes comunistas estaban fuera de circulación, el que no exiliado muerto o encarcelado, y sabía, por lo tanto, que necesitaba a las juventudes para rehacer su estructura interior. Los fusilamientos, por lo tanto, quisieron ser el aviso de que cualquiera que hubiese saludado alguna vez a un sospechoso; cualquiera que le hubiese cosido un día un botón; cualquiera que fuese hermano de un cuñado del dependiente de la zapatería donde se compraba las pantuflas; cualquiera, en una palabra, podía ser pasto de la represión. Incluso personas tan básicamente inocentes como las rosas.

Existen testimonios de que, tras los fusilamientos, algunas de las reclusas compañeras de las fallecidas comenzaron a comulgar y a atender los oficios religiosos. Ese era el tipo de reacción buscada, y ése tipo de personas el objetivo. Y, para conseguirlo, el franquismo no dudó en fusilar impunemente a un grupo de mujeres cuyo único delito era tener ideas.

Aunque conocemos los nombres y hasta un poco de las pequeñas historias de estas mujeres, de alguna manera las trece rosas son el símbolo de los muertos sin nombre y sin motivo. Dicho sea sin olvidar que, en realidad, la expresión «muerto con motivo» es, siempre, una expresión repugnante.




Quede esta vela encendida, en esta pequeña esquina de la Red.