viernes, julio 17, 2026

Franco y EEUU (30): Si hay que romper, se rompe




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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones



El 3 de mayo, Garrigues fue llamado desde la Casa Blanca. La cita era con el general Tyler y con el presidente Kennedy. JFK estuvo claro en la entrevista: España no podía esperar de Estados Unidos, ni ayuda económica, ni un tratado de alianza como tal. El presidente, sin embargo, prometió, en tono un tanto nebuloso, ver qué podía hacer para tratar de ayudar en los problemas y retos que acuciaban a España; siempre y cuando su gobierno, dijo, recognises the political facts of life. En mi opinión, quiso decir que Franco era un rancio, y que tenía que acompasarse con los tiempos.

El fondo de esa cuestión era la decisión de la Administración Kennedy en el sentido de reducir el gasto militar ordinario estadounidense en el exterior. Los estadounidenses esperaban que los españoles colaborasen con ese objetivo, es decir, asumiesen su parte de recorte. Así se lo dijo el oficial Paul Henry Nitze a Castiella y a Ullastres, en una entrevista que tuvo a finales de 1962 con ellos. Semanas después, la Casa Blanca designó a William Putnam Bundy, un asesor en materia de política exterior del presidente, para que negociase el “aterrizaje” (nunca mejor dicho) de todo esto. La propuesta que presentó Bundy contemplaba diversas transferencias de servicios del ejército estadounidense al español, además de un compromiso por parte hispana de adquirir material de guerra estadounidense por valor de 165 millones de dólares en cinco años.

El principal negociador de Bundy en España fue el subsecretario del Ministerio de Asuntos Exteriores, Pedro Cortina Mauri. Cortina fue, por lo tanto, el encargado de transmitirle a los americanos una reacción bastante airada del gobierno franquista, que se sintió engañado con la propuesta. España, argumentaba Cortina, no podía ser equiparada con los países receptores del Plan Marshall. Tenía lógica que éstos pudieran ser dejados ahora un poco a su albedrío en materia militar; pero España acusaba un retraso relativo, debido a que nadie le había ayudado a superar las consecuencias de su guerra. Por lo demás, argumentó Cortina, en la situación en que se encontraba el país, esperar que incrementarse sus gastos militares era una insensatez. Así que, fijaros qué curioso lo que tenéis aquí: en 1963, el gobierno franquista argumentó frente al estadounidense, grosso modo, exactamente lo mismo que en el 2026 ha argumentado el de Pedro Sánchez para no alcanzar el nivel del 5% de gasto militar.

Una de las cosas que los negociadores españoles fibrilaron por debajo de la mesa fue su relativo disgusto por el bajo nivel que apreciaban en el negociador que les había sido designado. La Casa Blanca fue sensible a este argumento, y por eso decidió escalar un poco las negociaciones, encargándoselas a Roswell Leavitt Gilpatric, vicesecretario de Defensa. Cuando Gilpatric llegó a Madrid, se hizo más que evidente que venía, básicamente, a negociar las condiciones que ya había explicado Bundy. Esta rigidez provocó el cabreo del gobierno franquista, que decidió que ningún miembro del mismo se reuniría con el enviado. Cuando Gilpatric fue informado de que Pedro  Cortina era todo lo que le ofrecían los españoles como interlocutor, tomó el avión de vuelta.

Franco seguía pensando que tenía un triunfo de gran valor en la mano y, como por otra parte es lógico, sobrevaloraba con casi total seguridad la potencialidad económica de los Estados Unidos. La diplomacia española sabía demasiado poco del mundo, algo que no es de extrañar teniendo en cuenta que en el gobierno prevalecían visiones como la de Carrero, que esperaba algo así como una invasión sovieto-marroquí. Los hombres de Franco parecen que no eran demasiado conscientes de que el río de pasta que manaba desde los Estados Unidos hacia afuera había cambiado de dirección; que el interés por Europa había desaparecido. Estos desconocimientos justifican que en El Pardo se recibiese con sorpresa la sesión del Congreso estadounidense de 20 de marzo de 1963; sesión en la que el general Lucius Dubignon Clay presentó un informe sobre la ayuda exterior de los Estados Unidos. En este informe, Clay recomendaba la reducción de dicha ayuda y, lo que es peor, ponía como dos ejemplos explícitos de países donde esto se podía llevar a cabo los de España y Portugal.

Cada vez estaba más claro que Estados Unidos no estaba por la discusión de un nuevo acuerdo, sino por la renovación automática del pacto defensivo con los ajustes técnicos que fueren necesarios; modificaciones que, además, ellos no pensaban impetrar. En cuanto a la ayuda, Washington consideraba que, como había dicho Clay en el Congreso, “España ha sido compensada más que adecuadamente”. La situación económica de España, en la visión de los americanos, permitía perfectamente que el país sostuviese por sí mismo su aportación a la defensa de occidente.

Hay que tener en cuenta, además, que en esos primeros años de la década de los sesenta, la OTAN atravesaba uno de esos periodos de enfriamiento en las relaciones entre Estados Unidos y sus aliados europeos. A los dos grandes gallitos militares del continente, Francia y Gran Bretaña, no les hizo ninguna gracia que Estados Unidos abordara la gestión de la llamada crisis de los misiles cubanos, colocando al mundo al borde de una guerra nuclear, sin confesarse ni con dios ni con el diablo. La victoria que consiguió Kennedy sobre Khruschev al fin y a la postre, además, consolidó el liderazgo estadounidense, y envalentonó a los militares americanos a la hora de tratar de bloquear los proyectos tanto de Londres como de París para construir sus propias fuerzas nucleares. En un entorno así, si Estados Unidos hubiese llegado a algún acuerdo generoso con España, con seguridad éste se habría visto como un grave agravio comparativo por parte de los miembros de la OTAN.

Kennedy, finalmente, hubo de resignarse, ante la terquedad española, a renunciar al automatismo que esperaba aplicar a sus relaciones con España. Si había que renegociar el acuerdo, concluyó, hay dos cosas que hay que valorar: una, obvia, si las bases nos siguen siendo lo suficientemente útiles como para impulsarnos a una renegociación. Dos, si un nuevo acuerdo con Franco es soportable desde el punto de vista de las relaciones con las potencias occidentales democráticas.

En este sentido, Dean Rusk valoró que un acuerdo de cinco años con la España de Franco, teniendo en cuenta lo que ya se había hecho y la forma en que estaba evolucionando el mundo, no sería especialmente dañino para las relaciones de Estados Unidos con otros. Siempre y cuando, claro, que Estados Unidos siguiese manteniendo una calculada distancia respecto de Franco.

En el ámbito militar, Robert McNamara fue de la opinión de que el abandono de las bases españolas plantearía serios problemas de comunicación para la Sexta Flota; problemas que podían ser malamente resueltos con ubicaciones alternativas. Esto, de alguna manera, comprometía la capacidad de actuación estadounidense en el teatro mediterráneo, África y Oriente Medio.

Una vez aclarado el dato de que Estados Unidos no se podía permitir el lujo de hacer que aquellas negociaciones capotasen, la siguiente pregunta que planteó el presidente fue hasta dónde podía llegar una eventual contraoferta. La respuesta de los secretarios de Estados fue que podría hablar de un plan de 100 millones de dólares, pero en el que la mitad se financiase con adquisiciones españolas, por lo que la ayuda pura y dura venía a ser de 50 millones. En el terreno económico, los préstamos del Banco de Exportación e Importación podían continuar; pero el deseo español de recibir ayudas de la AID (es decir, fondos Next Generation gratis et amore) era totalmente implanteable. Por supuesto, la firma de un tratado de defensa mutua con una dictadura, como quería Franco, estaba completamente fuera del radar. Muy en particular, en el caso de un ataque sobre España por un país tercero que no agrediese a socios OTAN, debía quedar muy claro que no existía obligación alguna de Estados Unidos de acudir en ayuda. McNamara venía a plantear, por lo tanto, que si Marruecos atacaba el sur de España, los efectivos de las bases de Rota y Morón se quedarían dentro de las bases, calladitos y sin intervenir.

Aquello era mucho menos que lo que España quería. De hecho, Antonio Garrigues, que teniendo en cuenta el pro americanismo de su familia cabe estimar que debió de sufrir mucho con aquellos desencuentros, terminó por declararle a los diplomáticos estadounidenses, campanudo, que la oferta americana tendría que ser aceptada por otro embajador. Y lo cumplió, porque su siguiente acto fue escribirle a Castiella e informarle de su dimisión del cargo. En ese momento, las negociaciones estaban en el punto de ruptura. Castiella estaba literalmente acojonado con la posibilidad de que dicha ruptura se produjese. Franco, en cambio, no. El caudillo le dijo a Garrigues que no le aceptaba la dimisión; pero al tiempo vino a decir que, si hay que romper, pues se rompe.

Así las cosas, dos semanas después Garrigues volvió a Washington con una carta de Castiella que lo nombraba negociador plenipotenciario.

Por el camino, eso sí, Franco había aflojado un poco el esfínter.

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