Cuando Harry encontró a Frankie
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Franco se apunta un tanto
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Marruecos como problema
Fuera de Marruecos
¿Oposición? ¿Qué oposición?
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¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
Al fin y a la postre toda la política estadounidense respecto de España siguió girando, como es lógico, alrededor de la disponibilidad de las bases. Aunque la aparición de los misiles balísticos deterioró la calidad de las tropas desplazadas como elemento de seguridad, la dispersión de dichas tropas seguía siendo un valor añadido; y, además, la Casa Blanca valoraba el hecho lógico de que, mientras ellos ocupasen las bases, era imposible que las ocupasen otros.
Una vez más, la flor del culo de Franco abrió sus pétalos.
El empeoramiento de las cosas en Alemania y el famoso Ich bin ein Berliner del
presidente Kennedy, unido al hecho de que Marruecos cada vez estaba más brasas
con que Estados Unidos tenía que culminar el abandono de su presencia militar
en el país, son factores que vinieron en ayuda del ferrolano. En junio de 1961,
por otra parte, Angola, colonia portuguesa, se sublevó; y por dicha razón, la
Unión Soviética presentó una moción en Naciones Unidas favorable a la
descolonización, que fue apoyada por Estados Unidos. Este gesto encabronó a
Lisboa, lo cual le vino muy bien a España a la hora de consolidarse como el
amigo ibérico de toda la vida.
Washington no quería mostrarse ni cómodo ni dadivoso con
España; pero, desde luego, sí que estaba interesado en tener unas relaciones
suficientemente correctas. Además, estaba el factor de que, lenta pero
inexorablemente, la actitud de los españoles estaba cambiando.
A Franco le estaba funcionando la estabilización. Lo cual
tiene su lógica, porque era un programa económico bastante racional y, además,
la autarquía que había practicado con anterioridad había sido una puta mierda. La
consecuencia más inmediata de poner la economía española por unos carriles más
o menos presentables fue la estabilización de la moneda y el comienzo de un
lento, pero continuado, proceso de reconstitución de las reservas de oro y
divisas. Para el franquismo, este proceso era bastante más que un reto
económico; era, en realidad, un reto político, una forma de ganar la guerra
civil por segunda vez, si conseguían reconstituir las reservas de oro que un
día fueron embarcadas en dirección a Odesa. El mejor tono ofrecido por la
balanza de pagos y el balance del Banco de España, esto es lo importante,
convirtió a España en un deudor relativamente solvente; algo que se vería con
claridad muy pronto en los planes de desarrollo, en gran medida financiados ya
con capital europeo y no norteamericano. El hecho de que Franco tuviese más
teléfonos que marcar cuando quisiera llegar a algún acuerdo comercial o
mercantil era una excelente noticia para España; pero no tanto para los Estados
Unidos, pues su aspiración siempre había sido tener al general agarrado por los
huevos. La independencia económica rápidamente se llevaba, cuando menos en el
terreno de la retórica, al terreno militar. Durante toda la década de los
sesenta y hasta el final del régimen, la obsesión del franquismo fue hacer
sentir a su amigo americano que el tema de las bases no lo podían dar por
seguro en toda circunstancia.
El corolario de esta situación distanciada, pero no tensa,
fue la aplicación por parte de Estados Unidos de una política de palo y
zanahoria. Así, mientras Kennedy afirmaba en discursos diversos que el legado
de su generación debería ser el fin de las dictaduras, Dean Rusk viajaba a
España y era recibido en El Pardo, donde le trabajaba la oreja a Franco con que
en Washington lo tenían por uno de sus principales aliados anticomunistas.
Esta política, sin embargo, no pudo evitar que, en muchos
círculos, Estados Unidos acabase apareciendo como lo que realmente era: avalista
de un régimen dictatorial que se sostenía a espaldas de la voluntad de los españoles; o, cuando menos, sin intentar conocerla. Esto hizo que algunas de las personas más cercanas a Kennedy, la
principal de ellas, probablemente, Schlesinger, comenzasen a preguntarse si
verdaderamente el uso de las bases era un precio suficiente a cambio de la
erosión reputacional que la amistad con Franco le suponía al presidente. A esto
hay que añadir el propio debate técnico militar, en que el que expertos en la
materia como Towsend Hoopes, que fue secretario adjunto de Defensa durante
siete años, se planteaban si, una vez que la URSS había adquirido capacidad
nuclear intercontinental, esas bases tenían algún valor estratégico.
En estas circunstancias, los acuerdos entre ambos países
debían ser revisados. Fue España quien inició el proceso de revisión ya en
1960. Aquel año, los soviéticos derribaron un avión espía U2 que volaba sobre
su territorio; suceso que hizo fracasar la conferencia de París, en la que se
suponía que Khruschev y Eisenhower iban a entrevistarse. Todo esto, además, se
desarrollaba delante del telón, que ya os he comentado, de la creciente
capacidad soviética para desarrollar misiles balísticos, lo que modificaba
sustancialmente el planeamiento estratégico global de la Guerra Fría.
Khruschev hizo una advertencia muy seria con lo del avión U2 a todos los países que pudieran estar implicados en misiones así. Esto fue
rápidamente interpretado en España como una amenaza directa, ya que si bien el
avión derribado había despegado de Pakistán, era perfectamente planteable que
aeronaves estadounidenses que espiasen el territorio de la URSS pudieran
despegar de bases españolas. El Departamento de Estado habló sin ambages de la
posibilidad de una guerra atómica en una comunicación en la que también le
decía a sus aliados que ellos, los estadounidenses, estarían allí para defenderlos si eran agredidos.
El problema de esa circular fue que en Madrid acojonó, y
mucho. La razón es obvia. Los funcionarios estadounidenses, en una muestra de
notable torpeza, habían enviado la misma circular a los países de la OTAN y a
España; obviaron, por lo tanto, que el estatus era completamente diferente, ya
que Estados Unidos no tenía firmados con España compromisos de defensa
explícitos; cosa que sí pasa con los miembros de la OTAN a través del famoso
artículo 5 de la Carta Atlántica. Para ser más precisos, los acuerdos hispano
estadounidenses por supuesto que contemplaban la intervención militar americana
en el caso de que se atacasen las bases; pero no si el ataque se
producía en cualquier otro teatro. Por lo tanto si, por ejemplo, la Unión
Soviética decidiese utilizar su relación con Argelia para agitar las cosas en
el Magreb y forzar un ataque sobre Ceuta o Melilla, Washington no tenía compromiso
alguno de ayudar a España con el marrón.
A esto hay que unir que en esos primeros tiempos de la
década de los sesenta, cuando la histeria sobre la posibilidad de un ataque
nuclear era total, la posibilidad de algo así movía a muchas personas en
Estados Unidos a retraerse en lo concerniente a las acciones militares
exteriores. De nuevo, el factor fundamental era que el desarrollo balístico
soviético garantizase que, por primera vez, Moscú podía aspirar racionalmente a
bombardear ciudades estadounidenses. En un entorno así, muchos estrategas se preguntaban
si intervenir en favor de las bases en el extranjero no sería un riesgo
excesivo, por poner en peligro la seguridad local.
Así pues, si es lo cierto que fue la España que empezaba a
necesitar menos de la ayuda estadounidense la que comenzó a sacar a pasear la
idea de que el acuerdo había que revisarlo, pronto fue el propio Departamento
de Estado norteamericano quien se apuntó a la idea. El ingreso de la URSS en la
carrera espacial y sus desarrollos balísticos habían cambiado notablemente la
relación de fuerzas existente en 1953, cuando se había firmado el primero de
los pactos. Por ello, era necesario repensar algunas de las cláusulas del
acuerdo que se consideraban más lesivas para los intereses estadounidenses,
como por ejemplo el hecho de que la ayuda económica se entregase poco menos que
a fondo perdido, sin que el gobierno español tuviese que demostrar el efecto
logrado con la misma (porque los de Estados Unidos eran, las cosas como son, una especie de préstamos black). Estados Unidos, además, cada vez era una nación más
deficitaria en su sector exterior; algo que le pasaba al mismo tiempo que
adquiría crecientes compromisos de ayuda y asistencia en lo que entonces se
llamaba Tercer Mundo, es decir, en el teatro de la Guerra Fría; por no
mencionar la factura de Viet Nam. España, de hecho, era para entonces ya el
único receptor europeo de la ayuda económica estadounidense, y los americanos estaban locos por que el puto niño se fuese de casa de una vez.
Franco no se cayó del caballo. Lo tiraron.
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