lunes, julio 13, 2026

Franco y EEUU (26): La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio




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La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
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Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones



España estrenaba embajador en Washington en la persona de Mariano Yturralde. Yturralde se apresuró a solicitar una entrevista con Dean Rusk, el nuevo secretario de Estado. El embajador de Franco no se anduvo con chiquitas. Le dijo a Rusk que en Madrid la llegada de Kennedy al poder en Estados Unidos había causado nerviosismo, a pesar de tratarse de un católico (yo creo que los franquistas tenían claro que John no era el tipo de católico que eran ellos). Rusk, que  yo creo que ya conocía la situación antes de que Yturralde se la contase, le dijo que la nueva Administración no tenía la intención de hacer ninguna declaración relativa al régimen español. Es decir: no le desmintió que la actitud fuese a cambiar ahora que Eisenhower y los republicanos se habían ido a mamarla a Idaho; pero lo que sí le dijo fue que el presidente quizás chapotearía, pero no empaparía.

Parece claro que Yturralde no creyó a Rusk cuando éste le dijo que la Casa Blanca no veía motivo para cambiar su política española. La impresión que sacó el embajador, y que transmitió a Madrid, era que el secretario Rusk era un hombre “de extrema izquierda” (sic); o sea, a éste le cobra las Artinata Irene Montero en el Saturn, y le da un infarto. Los hombres de la embajada española en Washington estaban convencidos (y en esto no erraban) de que esa subclase de estadounidenses que ha pasado por la universidad de Harvard había tomado la Casa Blanca; y eran conscientes, también de que en Harvard no se hablaba muy bien de la España de Franco. Aun así, los funcionarios del franquismo seguían confiando en que los intereses militares de los Estados Unidos le impondrían tanto a Rusk como a su jefe JFK el pragmatismo.

Con seguridad, quien más le comió la oreja al caudillo con que Kennedy era el compendio de todo mal sin mezcla de mal alguno, fue el almirante Carrero. Carrero era un hombre, o así lo juzgo yo, con enormes capacidades planificadoras; por eso Franco lo valoraba tanto. Franco y Carrero se habían conocido, bastante superficialmente, durante un desembarco en Xauen que fue una especie de test de estrés de lo que lo que luego fue el desembarco de Alhucemas. Allí, sin embargo, apenas compartieron, aparentemente, una anécdota protagonizada por un plato de migas marineras. Por lo que he podido leer, en aquel entonces era costumbre en la Armada española, hoy no sé, invitar al comandante de las tropas a apretarse unas migas marineras antes de entrar en combate. Carrero, que era el segundo de Franco en aquel desembarco, se las ofreció; pero Franco las rechazó elegantemente, pretextando que tras la grave herida que recibió (un tiro en el estómago) siempre entraba en combate en ayunas.

Cuando Manuel Azaña, consciente de que su reforma militar había dejado empantanado el ascenso meteórico de Franco, quiso compensarlo con la comandancia de Baleares, Franco se empeñó en que las islas estaban mal defendidas; y buscando un marino que pudiera poner eso en un informe, llegó de nuevo a Carrero, que entonces estaba estudiando en Francia. El informe que Carrero elaboró para Franco impresionó a éste, y fue crucial para que Franco consolidase la imagen de Carrero como un excelente peón organizador y planificador, que lo era.

Carrero, de hecho, era tan buen organizador que fue el autor intelectual de esa cosa que llamamos tecnocracia; es decir: de todas las veces que el franquismo tiró los dados, la tecnocracia fue, con mucho, la mejor jugada. Carrero, pues, tenía esa visión que tienen los planificadores, saber ver, no sólo lo que hace falta para mañana, sino lo que será imprescindible dentro de dos días, o de veinte años. El problema es que su perfil ideológico, pues era una persona rabiosamente conservadora que, de haber nacido musulmán, de seguro habría sido salafista o algo peor; ese perfil, digo, nublaba su capacidad de ver las cosas con claridad en el ámbito de la política internacional. Esto es algo que yo creo que acabó por penalizarlo y retrasar su ascenso a los cielos de la presidencia del gobierno, que se produjo demasiado tarde.

Franco, cuando se refería a la situación, más o menos intensa según las épocas, de aislamiento de España, se refería a una conspiración judeo-masónica-comunista de orden internacional. Quiero recordar (no estaba allí, pero sí delante de la tele) que, en su famosa aparición en la plaza de Oriente tras los fusilamientos del FRAPP y la reacción anti española generalizada en el mundo, se refirió explícitamente a dicha conspiración; y yo siempre he pensado que aquello fue una forma que tuvo el caudillo de homenajear a su viejo amigo.

Quien realmente creía en esa conspiración era Carrero. Franco, aunque sólo sea porque estar en la cumbre de una nación te obliga a ver las cosas de cierta manera, era más comedido, por mucho que su retórica, en ocasiones, fuese la misma. Para Carrero, socialistas, comunistas y masones estaban vinculados en una conspiración internacional cuyo primer objetivo era eliminar del mundo los regímenes que, sobre serles hostiles, además fuesen católicos a macha martillo. Carrero veía la victoria de Kennedy como una llegada de ese extraño Club Bildenberg a la cumbre del poder en la cumbre del mundo. Obviamente, no era partidario de romper con los Estados Unidos, algo que sabía que ni España podía hacer ni Franco aceptaría hacer. Pero lo que sí hizo fue, por así decirlo, advertir a su jefe sobre las intenciones de la hidra.

La conspiración de la que hablaba Carrero no existía, o cuando menos yo no creo que existiese. Pero en el terreno de la realidad, sí que era cierto que España tenía que atarse los machos. Como ya habéis leído, la reacción de Rusk frente al embajador español fue cauta, pero dejando muchas puertas abiertas. Tenía que ser así, teniendo en cuenta que, verdaderamente, los hombres de Kennedy llegaron a la avenida de Pensilvanía totalmente convencidos de que Eisenhower había sido demasiado contemporizador con los españoles.

Kennedy, esto es cosa sabida, hizo una limpia de la hostia en los segundos y terceros niveles de los ministerios estadounidenses, colocando a toda una generación de hombres jóvenes que, si no eran hostiles al franquismo, desde luego no compartían los puntos de vista que habían tenido sus antecesores republicanos. Hombres como Chester Bowles, subsecretario de Estado; o un hombre ya bastante curtido (había sido gobernador de Michigan), Gerhard Mennen Williams, normalmente conocido como Soapy Williams, que asumió la coordinación del ministerio de Exteriores para África. Pero también estaba el consejero del presidente Arthur Schlesinger, o Waldemar Nielsen. Todos estos hombres, cercanos al presidente (sobre todo Schlesinger) tenían contactos con la oposición antifranquista. Kennedy, por lo demás, tardó un mes de vellón en contestar a la felicitación por su nombramiento que le había enviado Franco; y algunos meses después, dejó clara su actitud cuando su vicepresidente, Lyndon Johnson, que viajaba de Dakar a Ginebra y había llegado a tener prevista una escala por Madrid, decidió coger el avión exprés.

Los temores de El Pardo, sin embargo, al final no fueron tan jodidos. Gobernar es bañarse en la realidad, y eso hace que muchos planteamientos deban cambiar. Conforme fueron avanzando las semanas y los meses, para los nuevos estrategas de la diplomacia estadounidense fue quedando claro que, si querían tener una posición estratégica competitiva respecto de los británicos en el Mediterráneo sur, no podían poner en peligro las picas plantadas en la península ibérica, alguna de ellas a tiro de lapo de Gibraltar, y no por casualidad.

A este factor, que ya de por sí es muy importante, se unió el hecho de que la oposición antifranquista no quiso, o no quiso saber, cómo demostrarle a los hombres de Kennedy que habían cambiado; que habían sabido unirse, coordinarse y presentar un frente común con suficientes ramificaciones dentro de España.

En 1961, el embajador estadounidense en Marruecos, Philip Wilson Bonsal, recibió una carta de Indalecio Prieto, al que conocía porque Bonsal, en realidad, había sido siempre un especialista en los países de habla hispana. En dicha carta, Prieto le decía que tenía la intención de visitar Washington para discutir con un alto funcionario “de suficiente categoría” la política de la Administración Kennedy respecto de España. Prieto siguió dando la brasa con ese viaje en las semanas siguientes y, finalmente, le fue garantizada una entrevista con el Departamento de Estado. Sin embargo, fue recibido por los funcionarios del Spanish Desk (probablemente Raymond Valliere, que era quien más sabía de España, y que ya había estado en ese puesto con los republicanos); pero nunca pisó moqueta.

Prieto era tan sólo (tan sólo) el secretario general del PSOE. Pero los miembros del gobierno de la república en el exilio, que se supone que tenían otras conchas, tampoco tuvieron ningún éxito. El nuevo embajador estadounidense en Madrid, Anthony Jospeh Drexel Biddle Junior, que estuvo muy poco en Madrid porque la roscó en el puesto, hizo todo lo que pudo para desacreditar a los republicanos ante Washington. Los pintó como personas “muy peligrosas” que habían tenido contactos con comunistas y que “si llegásemos a pactar algo con ellos, dejarían la puerta abierta a los comunistas”. Los calificó de “tenaz grupo de pecadores”.

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