Cuando Harry encontró a Frankie
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Marruecos como problema
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¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
La propuesta del fin práctico de la ayuda económica de los Estados Unidos a España formaba parte de una planificación más general; el presidente Kennedy quería repensar toda la ayuda exterior norteamericana en su conjunto. La idea de la nueva Administración era eliminar la enorme dispersión de estas ayudas, su concentración en un solo organismo (la poderosa AID, Agency for International Development). El cambio no sólo tenía que ser orgánico, sino también estratégico. La Casa Blanca quería centrarse en prestar dinero barato a largo plazo. Se buscaba, por lo tanto, minimizar las posibilidades de corrupción con el dinero americano.
El problema para España radicaba en el hecho de que el foco
de la Guerra Fría se había desplazado. Aunque se seguía hablando, en términos
incluso histéricos, de la posibilidad de una gran conflagración nuclear, lo
cierto es que el enfrentamiento entre el modelo estadounidense y el soviético
se había desplazado al Tercer Mundo; y allí adquiría muchas caras, y no sólo la
militar. En ese entorno, la ayuda económica a los países amigos adquiría una
importancia capital; pero eso quería decir que Washington quería, y debía,
centrarse en los países subdesarrollados, muchos de los cuales estaban, por así
decirlo, todavía en lo más alto del tejado de dos aguas que podía llevarlos a
caerse del lado capitalista, o del comunista. España, un país occidental que no
se podía decir subdesarrollado, y cuya fidelidad pro americana era algo que lo
que puto nadie dudaba, no estaba en esa lista. De hecho, con Kennedy en la Casa
Blanca España ni siquiera tardó en quedarse fuera de las ventas agrícolas de la
Ley Pública 480.
En teoría, España era un receptor posible más de los
créditos a largo plazo. Pero, en la práctica, no estaba. La España que
comenzaba a despegar y a descubrir su gran gallina de los huevos de oro (el
turismo) era un país que ya apenas tenía problemas de reservas, y cuya balanza
de pagos mostraba la salud de Chuck Norris. Así las cosas, cada vez que optaba
por un solo dólar, solía encontrarse con que, como en el relato del conde
Lucanor, siempre había alguien (varios, en realidad) que optaban por ese mismo
euro, y estaban mucho más jodidos.
Washington, incluso, se mostró rácano en el ámbito puramente
militar. De alguna manera, con el desarrollo de los acuerdos durante los años
cincuenta, Estados Unidos había conseguido un poco lo que quería; el resto de
sus necesidades las solventaba con cierta facilidad a través de la OTAN. Por
ello, los americanos, en sus contactos con la Administración española, apenas se mostraron dispuestos a hacer mejoras en el armamento de los F-86M; pero no
aceptaron generalizar a todo el país las nuevas tecnologías de radar que habían
traído a alguna de las bases, ni se mostraron proclives a traer nuevas
aeronaves.
Aquello, por lo tanto, se convirtió en una dinámica entre
quien no quería dar, y quien quería seguir recibiendo. Porque España, las cosas
como son, la gobiernen azules, rojos o negros, siempre ha pretendido que
apareciese algún Next Generation que le pagase la fiesta.
En junio de 1961, los interlocutores españoles uniformados
solicitaron una ayuda militar de 500 millones de dólares; la propuesta nacida
en El Pardo era tan irreal que esos mismos negociadores, días después, llegaron
a aceptar una reducción a la mitad, con lo que dejaron un tanto en
bragas su petición. Quien les paró los pies a los españoles fue el general
Joseph Daniel Caldara, un experimentado militar, acostumbrado tener cargos
directivos en el ejército de su país, que en julio de 1960 había sido nombrado
jefe del grupo militar estadounidense y del grupo asesor de asistencia militar
en Madrid. La dureza de Caldara, quien ya os he dicho era un experimentado
negociador, acabó provocando que el interlocutor español, Muñoz Grandes,
arrastrando el escroto, redujese a la mitad sus aspiraciones. Algo que le sentó
tan mal que llegó a decir que cualquier reducción de los 250 millones sería una
interferencia en los asuntos internos españoles. Venía a decir, pues, un poco
lo mismo que dice Richard Harris en Unforgiven: si me quitas mis armas,
me dejas a merced de mis enemigos. Aun así, los estadounidenses no contestaron.
Esta estolidez provocó el cabreo de Franco, que decidió
hacer algo a lo que no estaba acostumbrado porque no le gustaba nada:
exteriorizarlo. El 1 de octubre de aquel 1961, en Burgos, el jefe del Estado
dio un discurso delante de altos mandos de los tres ejércitos. Se conmemoraba
el lustro de su elevación a la jefatura del Estado. Franco dedicó aquel
discurso a expresar lo mucho que había cambiado la situación internacional
desde 1953, la fecha de los acuerdos, hasta el momento presente; y la necesidad
concomitante de revisarlos.
El otro gran componente del discurso de Burgos fue el
mensaje: como me toques los huevos, lo mismo cambio de amigo. En primer lugar,
efectivamente y como había dicho Franco en el discurso, en ámbito internacional
había cambiado mucho en esos años. El principal cambio operado en el área
mediterránea era el hecho de que Francia se hubiese retirado de Argelia y
prácticamente del Magreb; área geopolítica en la que, ahora, la influencia de
la URSS estaba de moda. La prevención ante este fenómeno acercó a París y a
Madrid. Poco a poco, en el Ké Dorsé fueron siendo cada vez más los analistas
franceses que consideraban que a su país le convenían unas relaciones con
España que, sin ser cordiales, no fuesen una puta mierda.
Este cambio estratégico de Francia dio alas en España al
almirante Carrero y sus creaciones, es decir, los tecnócratas; la práctica
totalidad de los cuales soñaban con un acuerdo de asociación (que la membresía
sabían que era imposible) con la Comunidad Económica Europea. A Franco este
tema no le gustaba nada, como recordaría amargamente cuando se montase el Contubernio
de Munich; un episodio que lo cabreó mucho y que, parcialmente, atribuyó al
acercamiento de España a Europa. No obstante lo dicho, en 1961 aceptó colocar
esa zanahoria en su discurso, no sin dejar claro que la eventual asociación de
España a Europa sería, de tomarse, una decisión tomada “sin peligrosas
improvisaciones”.
El discurso, sin embargo, funcionó. Estados Unidos lo
entendió como lo que era: un aviso a navegantes.
En marzo de 1962, el gobierno envió a Estados Unidos al
diplomático Juan José Rovira y Sánchez-Herrero, para pulsar cómo estaba el
ánimo entre los yanquis, y transmitirles el deseo español de revisar el
tratado. Rovira se vio con William Tyler, secretario de Estado adjunto con
responsabilidades sobre Europa. En dicha entrevista, Rovira le explicó que
España quería cambiar la ubicación de las bases, para evitar poner en peligro
grandes concentraciones urbanas; y que había que acordar cláusulas que supusieran
una implicación activa de los Estados Unidos en la defensa del territorio
español. En materia económica, Rovira sugirió que se le garantizase a España un
determinado acceso a los créditos a largo plazo.
Franco, para entonces, estaba diciendo, obviamente en
conversaciones no públicas, que si Estados Unidos dejaba de proveer ayuda
económica a España, tendría que abandonar las bases. Que Franco era un
atlantista entregado que jamás habría puesto en peligro la presencia
estadounidense en el país es, en efecto, una interpretación bastante manida y
desenfocada, aunque ma non troppo. Es evidente que nunca sabremos si el
ferrolano hubiera acabado por concretar esta amenaza. Mi opinión es que,
dándose las circunstancias adecuadas, sí. Yo ya sé que la imagen de Franco
echando a los americanos de las bases no cuadra con la cosmovisión de la
izquierda anti OTAN; pero ése, por decirlo mal y pronto, no es mi puto
problema. Franco, es mi idea, hubiera podido echar a los estadounidenses de las
bases (suponiendo que los estadounidenses hubieran sido tan tontos como para
tensar la cuerda) porque, entre otras cosas, tenía una visión notablemente
errónea de la importancia estratégica de dichas bases. El ferrolano poco menos
que pensaba que, sin las bases españolas en manos estadounidenses, la URSS activaría una especie de
ataque masivo desde el Magreb.
Lo que desde luego tenía claro Franco es que las únicas
bazas que tenía España en ese juego era poner cara de cabreada.
En esto, como en otras cosas, Franco estaba muy influido por
las opiniones de Carrero. Ya os he explicado que el almirante era un convencido
de la existencia de una conspiración internacional contra los gobiernos
conservadores católicos. En su visión, el acuerdo de 1953 no había sido
efectivo a la hora de defender a España frente a esos teóricos embates; y, por
eso, Carrero se había convertido en el principal defensor de la idea de que los
acuerdos había que revisarlos de la ceca a la meca. En su opinión, España
necesitaba 250 millones de dólares anuales, ayuda económica aparte. Pocos meses
después, subió la apuesta a 350 millones durante diez años.
En la cosmovisión de Carrero, África, desde Rabat hasta
Brazzaville, estaba a punto de caer en manos comunistas. Este escenario
convertiría a España en el guardián de la puerta, y eso era algo que Estados
Unidos tenía que admitir. Los americanos tendrían que aceptar el traslado de la
base de Torrejón (es acojonante como los pacifistas convirtieron en símbolo de
su pacifismo a la base menos querida de todas), además de que España debería
recibir las patentes de armamento usado en las bases, junto con dinero para
poder desarrollarlo.
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