martes, junio 02, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (51): Papen vs Schleicher

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over



Hitler abandonó aquel encuentro convencido de que Franz von Papen era un hijo de puta. Que lo había engañado y había preparado aquella humillación delante de Hindenburg. De hecho, en los pasillos fuera de la sala del encuentro, se encaró con él y le preguntó cómo pensaba gobernar sin el Reichstag. Aquello fue un signo evidente de nerviosismo y debilidad por parte de Hitler, pues no dejaba de tener coña que ahora considerase importante el Reichstag un tipo que había prometido cerrarlo. De hecho, Papen echó más sal a la herida haciendo publicar el acta completa de la reunión.

La estrategia de Papen hizo su labor y sembró la duda dentro del NSDAP. Algunos miembros de la elite del partido, como Strasser, consideraban que en julio de 1932 el partido había alcanzado su máximo nivel de voto, y que eso había que aprovecharlo.

El 9 de agosto, Papen publicó un decreto que penaba con la muerte el asesinato de un adversario político, y establecía unos tribunales especiales para esos casos. Al día siguiente, cinco miembros de las SA, uniformados, entraron en el domicilio de Konrad Pietzuch, un minero comunista del pueblo de Potempa, Alta Silesia. Delante de su familia, lo apalizaron hasta matarlo.

El 19 de agosto comenzó el juicio de “Los Cinco de Potempa” en Beuthen, hoy llamada Bytom porque está en Polonia. El 22, los cinco, bajo el decreto Papen, fueron condenados a muerte.

La condena enfureció a Hitler. Hizo una declaración pública en la que acusaba directamente a Von Papen de lo que consideraba una traición. Además, anunció que la violencia pública no había hecho más que empezar. Papen, como el nenaza que era, se jiñó y le conmutó la pena a los condenados por cadena perpetua.

El 30 de agosto, el Reichstag se reunió por primera vez desde las elecciones. Siguiendo las previsiones reglamentarias, el primer discurso le correspondía al miembro de la cámara de más edad; que resultó ser la comunista Clara Zetkin. Zetkin se lanzó al degüello contra el gobierno Papen.

El siguiente paso era nombrar presidente de la cámara. Una regla no escrita, pero siempre respetada, dejaba en manos del partido más votado la definición de esa figura. Por ello, el NSDAP, apoyado en esto por Zentrum y BVP, propuso a Hermann Göring. Fue efectivamente elegido con 367 votos, sustituyendo por lo tanto a Paul Löbe, que venía siendo presidente del Reichstag desde 1920.

Para entonces, Von Papen ya estaba convencido de que lo que debía hacer era, el 12 de septiembre, en la primera reunión ordinaria del Reichstag, disolverlo y convocar nuevas elecciones. Hitler se enteró; así que hizo organizar un mitin monstruo en el Sport Palast de Berlín, en el que bramó: “pueden convocar elecciones una o cien veces; las ganaremos todas”.

El 4 de septiembre, sin consultar con Göring, Papen sacó un nuevo decreto de urgencia, con las bendiciones de Hindenburg. La norma pretendía crear empleo mediante el recorte del poder de los sindicatos. El plan era ofrecer importantes deducciones impositivas, de hasta el 40%, para los empresarios que contratasen trabajadores nuevos. El 5 de septiembre sacó otro decreto que permitía a los empresarios que contratasen trabajadores nuevos rebajar los salarios que pagaban hasta un 20%.

El 12 de septiembre llegó la primera reunión completa del Reichstag. Era lo que podríamos llamar el debate de investidura de Papen. Antes de comenzar dicho debate, el diputado comunista Ernst Togler propuso que se pusiera a votación el rechazo de los decretos de septiembre. Esta moción sólo podía salir adelante si no había ningún diputado en contra. Pero el caso es que no lo hubo, así que Göring procedió con la votación.

En ese momento, Von Papen se desplazó al parlamento, con la intención de disolverlo antes de que le pudiera votar en contra una norma. Hizo firmar a Hindenburg el decreto de disolución pero, como además de un nenaza era medio subnormal, se lo dejó en el despacho. Tuvo que presionar para que se aprobase un receso mientras un secretario iba a la cancillería a rescatar el puto papel.
Finalmente, el secretario apareció en el Reichstag con un portafolio rojo. Von Papen lo abrió, sacó el papel firmado por el presidente, y teatralmente se dirigió a la mesa del presidente. Esto ya estaba pasando en medio de un follón de mil demonios. Göring, por lo demás, apartó el papel del canciller, aduciendo que la cámara ya estaba votando las mociones de Togler; mociones que fueron aprobadas por un humillante 512 votos contra 42, con 5 abstenciones. Creo que no me equivoco que digo que nunca antes, ni después, un canciller alemán ha sufrido derrota de tal calibre. Es lo que tiene dejarse gobernar por lerdos.

Franz von Papen y aquellos de sus ministros que fueron tan gilipollas como para acercarse por el parlamento lo abandonaron como Curro Romero en una mala tarde. Papen, de hecho, pasó a la Historia como el primer, y yo creo que único, canciller alemán que nunca habló en condición de tal en el Reichstag. Dos días después, la cámara quedó disuelta.

Como una demostración más, si es que la necesitáis, de que en aquella Alemania las pruebas de muy baja calidad democrática eran lo normal, tras la votación de las censuras de Togler y la disolución parlamentaria, Von Papen y Hindenburg hicieron oídos sordos y siguieron aplicando los decretos de septiembre.

Las elecciones, convocadas para el 6 de noviembre, eran el fruto de la convicción de Von Papen de que se podía disolver el NSDAP a base de, como diría Luis Aragonés, votar, votar y después volver a votar. Algo, sin embargo, había de verdad en todo ello. Aquel 1932, el NSDAP se había enfrentado ya a cuatro elecciones importantes, entre el Estado y los grandes land, y apenas le quedaba pasta. Aún así, el 11 de octubre Hitler comenzó su cuarta campaña Falcon, con el eslógan Abajo con los reaccionarios. Visitó 50 ciudades distintas y algunos días llegó a dar tres mítines. En esta campaña, además, los nacionalsocialistas recuperaron la retórica anticapitalista, juzgando que les era muy efectiva para atacar a Papen, al que llamaban “el canciller sin pueblo”.

El canciller Carapapen, por su parte, estaba decidido a sacar adelante su agenda tan sólo formalmente democrática. El 12 de octubre, prometió reformas constitucionales para disolver el poder del Reichstag y crear una nueva autoridad no partidaria; su idea era que el Reich tenía que ser independiente del gobierno y de los partidos.

El 3 de noviembre, los trabajadores del Berliner Verkehrsgesellschaft o compañía de transportes de Berlín recibieron la comunicación de que se les iban a recortar los salarios. Fueron a la huelga y dejaron la capital seca. La organización líder del paro fue la Revolutionäre Gewerkschafts-Opposition o sindicato revolucionario de oposición, y tuvo el apoyo del KPD, pero no del SPD, que arrastró en su negativa a los sindicatos mayoritarios.

Nadie lo esperaba; pero lo cierto es que Adolf Hitler salió a la palestra diciendo que los trabajadores berlineses del transporte estaban súper puteados, y que se solidarizaba con su movida. En una escena sorprendente (que casi nadie quiere recordar hoy en día), comunistas y nacionalsocialistas compartieron piquetes.

El 6 de noviembre de 1932 se celebraron las que serían las últimas elecciones libres de la república de Weimar. Y fueron una decepción sin ambages para el NSDAP. Los nacionalsocialistas pasaron el 37,3% al 33,1%. Bajaron del famoso umbral de los 12 millones de votos (11,37 millones) y pasaron de 230 a 196 diputados.

La sangría de votos del NSDAP fue, claramente, una sangría de votantes de clase media, claramente encabronados por que ahora Hitler quisiera jugar a ser Pablo Iglesias (cualquiera de los dos vale). El DNVP ganó 14 escaños hasta 51, con un 8,3% de voto o 2,95 millones. El DVP ganó cuatro puteales hasta 11, con un 1,86% (660.889).

Pero, ojo: el NSDAP perdió 34 escaños; pero es que el SPD perdió 12, quedándose en 121, con un 20,4% o 7,24 millones de votos. Eso sí, siguió siendo segunda fuerza política. Pero, claramente, los votantes de izquierdas se estaban radicalizando, puesto que el KPD ganó 11 escaños (casi todo el vómito socialdemócrata, pues) y llegó al umbral sicológico de los 100 escaños, con un 16,9% y 5,98 millones de papeletas. Los católicos siguieron impasible el meapilas. Zentrum se dejó sólo 5 escaños (70, 11,9%, 4,23 millones); y el BVP perdió dos escaños (20, 3,1%, 1,09 millones).

El tipo más feliz tras las elecciones era Von Papen. Creía que había ganado aunque, en realidad, en el Reichstag sólo había 63 diputados (de 585) dispuestos a apoyarlo; eso es como coser un gobierno en España con el apoyo de 38 diputados. El 17 de noviembre, Von Schleicher propuso que el gobierno dimitiese, para darle cuartelillo al presidente a la hora de negociar el nuevo gobierno con aquellos resultados, que básicamente dejaban las cosas como ya estaban. Papen se resistió y comenzó conversaciones con “los otros” partidos de derecha (es decir, distintos del NSDAP) para formar una coalición. Pero todos le dijeron que era una locura, así que tuvo que ir a ver a Tito Hindenburg para decirle que tendría que dimitir, o nada más pisar el parlamento le iban a cascar una moción de censura por el orto.

Eso, a menos que el presidente estuviese pensando en una dictadura...

No muy convencido, Hindenburg aceptó la dimisión. Papen le aconsejó que le encargase a Hitler un gobierno de concentración nacional, con suficientes votos en el parlamento; pero, vaya, que eso se lo aconsejó para que Hitler se diese el hostión, claro.

El 19, 20 y 21 de noviembre, Hindenburg y Hitler sostuvieron varias reuniones. Además, se reunió con todos los partidos salvo comunistas y socialistas, que habían dejado claro que no estarían en ninguna coalición. Hindenburg le dijo a Hitler que, si formaba gobierno, tendría que mantener a Schleicher en Defensa, al Neuras en Exteriores, y que todos los demás nombramientos debería aprobarlos personalmente el presidente.

Hitler dijo que sí; pero yo creo que cuando dijo que sí, el 21, ya tenía en la cabeza el contenido de la carta que le envió a Hindenburg el 23, informándole de que había sido imposible coser mayoría alguna. Por ello, conminó al presidente a nombrarle canciller con poderes presidenciales; es decir, que le permitiese aprobar una ley que le dejase gobernar sin la intervención, ni del parlamento, ni del propio presidente. El 24, Meissner contestó en nombre de Hindenburg con otra carta en la que decía que no le podía dar todos los poderes del Estado al líder de un partido político. Hitler contestó a esta carta diciéndole a todo el mundo que le quiso oír que todo aquello era una pantomima; que lo que Hindenburg siempre había querido era conservar a Papen en la cancillería. El día 30, cuando Hindenburg lo citó, Hitler le contestó que tenía mucha plancha.

Hindenburg, en efecto, quería a Papen en el puesto. Pero no así Von Schleicher. El 23, el maniobrero general le sugirió a Hitler participar en un gobierno presidido por él; pero Hitler no tragó el anzuelo. Hindenburg citó a Papen y a Schleicher a una reunión el 1 de diciembre. Allí, el presidente le preguntó al canciller saliente qué se debía hacer. Papen argumentó que Hitler había rechazado todas las posibles combinaciones parlamentarias, y lo criticó por pedir poderes poco menos que dictatoriales. Pero la cosa es que, de seguido, eso fue lo que más o menos pidió para sí mismo, sugiriendo que siguiese como canciller con “poderes de emergencia”; pretendía, pues, ordeñar a fondo la Constitución de Weimar. Su idea era: cerrar el parlamento; usar al ejército para acabar con los partidos comunista y nacionalsocialista, y redactar una nueva Constitución de corte autoritario. Lo que viene siendo una dictadura militar de libro.

Schleicher, sin embargo, no era partidario. Cuando le tocó hablar, lo hizo para decirle a Hindenburg que midiese bien sus pasos, porque crear una dictadura de facto apoyada en el ejército era un movimiento muy arriesgado. Le recordó que, constitucionalmente hablando, dos tercios del Reichstag podían cesar al presidente; y que eso es lo que probablemente pasaría. Entonces se ofreció él para ser canciller. Le prometió a Hindenburg que sería capaz de arrastrar a Gregor Strasser y a otros nacionalsocialistas de corte socialista, que describió como muy descontentos con Hitler.

Papen argumentó que el plan de Schleicher se apartaba de los designios de Hindenburg, que estaba pensando en una dictadura presidencial. El presidente les dejó hablar hasta que dijo: “Mi decisión está con la solución de Herr Von Papen”. Así que le encargó negociaciones para formar nuevo gobierno.

Al día siguiente, 2 de diciembre, se reunió el gobierno saliente. Un triunfante Von Papen les informó de la entrevista del día antes. Schleicher, sin embargo, presente como ministro que era, entregó una copia de un informe elaborado por el teniente coronel Eugen Ott, que venía a decir que el ejército no podría luchar con nacionalsocialistas y comunistas a la vez que defendía la frontera con Polonia; venía a decir, pues, que el aval militar del régimen papeniano era imposible. El ministro de Defensa incluso dijo que, después de lo que había pasado en la huelga del transporte de Berlín, no se podía descartar que, si estallaba una guerra civil, no fuese a ocurrir que nacionalsocialistas y comunistas luchasen juntos. Eso, vino a decir, dependerá de quién termine por ser el enemigo.

El informe de Schleicher fue definitivo. La mayoría del gobierno fue de la opinión de que era más lógico que el general intentase coser una nueva mayoría parlamentaria que meterse por el oscuro camino de la dictadura.

Papen, más corrido que una mona, se fue a ver a Hindenburg al palacio presidencial. Le contó el mojo y le dejó bien claro que si él seguía siendo canciller, Von Schleicher debería ser cesado como ministro; o eso, le dijo, o lo nombras a él canciller. Con el mismo desparpajo con que horas antes había apoyado a Papen, Hindenburg le dijo ahora: “soy demasiado viejo para cargar con una guerra civil a mis espaldas; creo que ha llegado el momento de que Herr Von Schleicher juegue sus cartas”.

Papen, inmediatamente, dimitió como canciller y como comisionado de Prusia. El 3 de diciembre, Kurt von Schleicher, un hombre muy poco conocido por el alemán medio, se convirtió en canciller, el tercero de aquel año de 1932.

Todos los barones del gobierno de Papen siguieron en sus puestos salvo Hugo Schäffer, sustituido por el independiente Friedrich Syrup, como ministro de Trabajo; Vincent von Gayl ya había sustituido al independiente Franz Bracht en Interior. Se añadieron Günther Gereke, del CNBL, Comisionado del Reich para el Empleo; y el independiente Johannes Popitz, sin cartera. 

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