Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
El 4 de junio, el flamante canciller se hizo un Aló Papen, y presentó a su nuevo gobierno en la radio. Dijo que buscaba “unir a todas las fuerzas patrióticas del país”, en lo que rápidamente se interpretó como un guiño a los nacionalsocialistas. Su discurso, de hecho, apenas se distinguió de los que se escuchaban los fines de semana en las promenades de las SA.
La obsesión de Papen, de hecho, era demostrarle a Hitler
que, si bien no gobernaba, sí podía esperar a convertirse en el principal
beneficiario de la acción del gobierno. El 4 de junio, el canciller disolvió el
Reichstag; las elecciones fueron convocadas para el 31 de julio. El 15 de
junio, Hindenburg firmó el decreto que levantaba la prohibición sobre las SA y
las SS; el 28 se levantó también la prohibición de los uniformes.
Von Papen presidió, el 16 de junio, la delegación alemana
que fue a Lausana para atender la conferencia sobre reparaciones. Siempre
atento a la posibilidad de prevalecer él debilitando al nacionalsocialismo,
consciente, por decirlo en términos actuales, de que aquella conferencia era su
Gaza, tenía la intención de arrancar de aquel encuentro un acuerdo definitivo
en la materia que liberase a Alemania de la carga de los pagos. Papen pensaba,
como piensan muchos historiadores posteriores, que el tema de las reparaciones
era central en la popularidad de Hitler; esto quiere decir que se equivocaba
como yo creo que se equivocan muchos de los intérpretes de aquellos tiempos.
Sea como sea, el José Bono católico alemán se presentó en
Suiza diciendo que la situación económica alemana era una mierdita; y que
consecuentemente lo que había que hacer era firmar un papel que dijese que ya
no tenía que pagarle a nadie una puta mierda. Le ofreció a Francia una alianza
militar bilateral a cambio de no cobrar; una oferta que en París no se tomaron
en serio ni los picapedreros. Asimismo, trató de cargarse el artículo 231 de
Versalles, el de la culpa exclusiva; pero le dijeron que no mamase.
En el tema de las reparaciones, sin embargo, el tema avanzó.
El 9 de julio, los negociadores decidieron abandonar el Plan Young, en lo que
suponía eliminar el 90% de los pagos que todavía debía Alemania. En el acuerdo
final, apenas se le exigía a Alemania un pago final de 3.000 millones de
marcos, pagadero a un fondo general a finales de junio de 1935; pago que se
financiaría con una emisión de bonos que sólo serían reembolsables cuando la
situación económica alemana se hubiera recuperado. En la práctica, pues,
Alemania pagaría con un dinero que le prestarían sus acreedores; los cuales
aceptaban ganar en la operación tan sólo el spread de los bonos, que además
cobrarían ad calendas germanicas.
Esta victoria, sin embargo, llegó tarde. Desde la aprobación
del Plan Young, cuando menos en mi opinión, la cuestión de lo que Alemania
tenía que pagar había dejado de ser la cuestión central del debate, porque
muchos alemanes tenían la sensación de que su país ya no iba a tener que pagar
gran cosa, como efectivamente ocurrió. Esto hizo que la crisis económica y el
enfrentamiento social pasaran al primer plano. Las semanas previas a las
elecciones de julio de 1932 fueron extremadamente violentas. La reaparición de
las SA en la calles supuso una reedición de la violencia en una medida
desconocida desde hacía más de diez años en el país. En seis semanas hubo 103
muertos por la violencia política, casi todos en enfrentamientos directos entre
nacionalsocialistas y comunistas. El peor de los incidentes se vivió el 17 de
julio en Altona, una zona industrial. Se conoce como el Altonaer Blutsonntag o Domingo Rojo de Altona, y causó 18 muertos. Teniendo en
cuenta que el territorio estaba bajo control prusiano, los nacionalsocialistas
acusaron a la policía prusiana de haber perdido el control sobre el orden público.
Todo comenzó porque las SA montaron un desfile de 7.000 personas en Altona, al
oeste de Hamburgo. Otto Eggerstedt, que era el jefe de policía local, había
permitido la marcha, lo que había enfurecido a los comunistas, que consideraban
esa zona como propia. Al final, se produjo una batalla campal en plena calle en
la que murieron dos miembros de las SA y 16 vecinos. Los nacionalsocialistas
acusaron a los comunistas de haber emplazado francotiradores; pero la
investigación de los hechos apuntó a que la policía había provocado todas las
muertes.
El, ejem, 18 de julio, tratando de apagar el fuego, el gobierno
sacó un decreto de emergencia prohibiendo las demostraciones públicas. Además,
colocó el Estado de Prusia bajo control de Berlín. El 20 de julio, Papen se
entrevistó en la cancillería con los miembros del gobierno de Prusia. Allí les
informó fríamente de que, con el artículo 48 en la mano, estaban todos cesados,
y que se había auto nombrado Comisionado del Reich. Un segundo decreto, aquel
mismo día, transfirió el poder ejecutivo en Prusia a Von Schleicher. Franz
Bracht, un miembro de Zentrum y antiguo alcalde de Essen, fue nombrado ministro
del Interior del land.
La aplicación del artículo 155 (dicho sea en términos
españoles) sobre el Estado de Prusia por un Von Papen que no tenía para ello el
aval de parlamento alguno, fue un golpe mortal para la república de Weimar que,
con este detalle, dejó bien claro hasta qué punto venía a ser más o menos igual de democrática que una tertulia de la SER, TVE o de Telemadrid. El 21 de julio, Otto Braun y el resto del gobierno prusiano cesado apelaron al Supremo, pero el 25 los Peinados decidieron no incoar la
acción pedida. Finalmente, el Tribunal Supremo de Leipzig habría de declarar,
el 25 de octubre, que la acción de Papen había sido parcialmente ilegal; y que
dentro de esa ilegalidad estaba el cese del gobierno Braun. En la práctica, sin
embargo, el gobierno Braun fue privado de todo poder ejecutivo, y Papen se
salió con la suya.
Todo aquel mes de julio de 1932, por lo demás, el NSDAP
demostró una vez más hasta qué punto entendía, mucho mejor que sus adversarios,
las nuevas necesidades del márquetin electoral. Los eslóganes elegidos fueron ¡Alemania despierta! y ¡Dadle el poder a Hitler! El 15 de
julio, Hitler comenzó su tercera campaña en Falcon: 53 mítines en quince días.
En cada parada, eran miles los que acudían a escucharlo. Sus discursos eran
básicamente iguales siempre; aunque debo recordaros que Göbels siempre los iba ajustando según lo que le decían los tracking previos sobre las inquietudes en cada lugar. El líder del NSDAP comenzaba por describir el decaimiento social,
político y económico de la república de Weimar. Y, después, prometía cargarse a
todos los partidos que, en su visión, habían traicionado al agricultor, al
ganadero, al trabajador, al autónomo, al tendero, todos aquellos años. Todos
esos partidos, dijo, serían reemplazados por “un genuino partido del pueblo”.
Aquel julio d 1932 votó el 84,1% del censo. El NSDAP sacó el
37,3%, 13,74 millones de votos. Hitler había pasado de los 12 millones de votos
que no hacía mucho eran su mejor estimación. La nueva cosecha nacionalsocialista
procedió: un 12% de votantes nuevos; 6% de votantes del DNVP; 10% de los socialdemócratas; 8% del DVP
y DStP; y 18% de la miríada de partidos de interés particular que habían nacido
en los últimos años. El votante del NSDAP era claramente hombre y protestante y
de clase media. Pero, ojo: en aquellas elecciones, el NSDAP obtuvo mayor
penetración en todas las clases sociales que
cualquier otro partido.
En suma: el nacionalsocialismo había logrado su objetivo de
convencer a las clases medias y a los votantes de los partidos representando
intereses particulares; su éxito, pues, fue una mezcla de populismo y apelación
efectiva al voto útil. Todos y cada uno de los intereses de clases medias
existentes en Alemania habían mutado en el objetivo mayor de acabar con la
república de Weimar. Algo más de la mitad de los votantes del NSDAP en aquellas
elecciones tenía más de 53 años; eso de que el nacionalsocialismo llegó al
poder aupado por la juventud alemana es otro meconio.
En septiembre de 1930, votaron nacionalsocialismo los
ganaderos y agricultores de clase media, autónomos y tenderos. En 1932, Hitler
había atraído también a maestros, ingenieros, médicos, abogados, estudiantes
universitarios, funcionarios, pensionistas y trabajadores de cuello blanco, que
habían pasado a tener la sensación de que todo se iba al carajo y que el
pirómano (es decir, la república de Weimar) no era el más indicado para apagar
el incendio. Y, last but not least,
el NSDAP se había granjeado el apoyo del 40%
de la clase trabajadora. Porque el voto, queridos niños, no es nada poroso.
Noniná. Estamos en los años treinta
del siglo XX. Un momento como otros muchos: el luddismo del siglo XIX; la época
de la computerización de los procesos empresariales, que comenzó a cargarse
puestos de trabajo; el momento actual, con la amenaza de la robótica y la
Inteligencia Artificial; muchos
trabajadores, digo, estaban en un momento en el que recelaban del avance
industrial, y temían quedarse fuera. Ésta
es la era de Mr. Chip, microordenador de tu porvenir; que por lo pronto te
quita el curro además de ser tu ficha sin fin, cantaba Miguel Ríos a lo
ancho y largo de España en el año 1982. Un sentimiento parecido tenían los
trabajadores de baja cualificación alemanes; y, una vez más, a la hora de buscar una solución al problema, no resulta muy
racional esperar que fuesen a confiar en quienes lo habían provocado. Que es exactamente lo que está ocurriendo hoy en muchos países europeos y no europeos con el tema de la inmigración, por cierto.
En julio de 1932, había en Alemania poco menos de cinco
millones y medio de desempleados. Y todo el mundo temía un incremento
exponencial del paro. La gente, votó, literalmente, a quien parecía tener más
cojones para parar aquello. Pero para el NSDAP fueron más los votos de los que
temían el desempleo que los que lo estaban sufriendo. Los ya desempleados
votaron mayoritariamente al comunismo.
Entre el resto de formaciones políticas, sólo tres mejoraron
resultados. El primero de ellos fue el KPD, que se benefició del clima de
radicalización social, y se llevó el 14,3% de los votos, 5,28 millones, pasando
de 12 a 89 escaños. Los dos partidos antidemocráticos de Alemania: NSDAP y KPD,
sumaban juntos algo más del 50% de los votos.
Zentrum se benefició del poco gusto católico por el voto
nacionalsocialista, y ganó 68 escaños, siete más, con un 12,4% y 4,58 millones
de votos. El Partido del Pueblo Bávaro o BVP, también católico, se llevó un
3,1%, 1,92 millones de votos, con 19 escaños.
El DNVP y el SPD
serían los que pagarían el pato. El SPD se convirtió en segunda fuerza política
con 133 escaños, con un 21,6% de los votos, 7,95 millones, una caída de tres
puntos. El DNVP, que cometió el error de hacer una campaña defendiendo al
indefendible gobierno Papen, cayó al 5,9%, 2,17 millones de votos, y 37
escaños.
Con todo, nadie quedó más laminado que las formaciones de
centro. El DVP se llevó el 1,18% de los votos, 436.002 papeletas para ser
exactos, 7 escaños de mierda. El DstP se llevó el 1,01%, 371.800 votos, 4
escaños. Los dos partidos de centro distintos de Zentrum, pues, que solían
pescar en caladeros de voto protestante, sacaron juntos lo que sacó Hitler en
las elecciones en las que llegó a verlo todo perdido. De hecho, el fenómeno de
los partidos ligados a intereses particulares cayó, en conjunto, por debajo del
3% de voto.
Hitler tenía lo que quería: la expresión numérica y conocida
por todos de que debía tomar el poder. Manejando magistralmente los tiempos, y
sabiendo confiar en personas muy buenas en lo suyo aunque no le cayesen bien,
como Göbels, Hitler había conseguido lo que siempre había querido: que el poder viniese a
buscarle a él, en lugar de tener que ir él a buscarlo. Hacía muchos años, nueve
para ser exactos, que Adolf Hitler, que era un señor bastante más inteligente
de lo que sus caricatos quieren hacer creer (y esto es importante, porque lo
que hay que hacer con el personaje histórico no es despreciarlo, sino
entenderlo), había llegado a la conclusión de que intentar tomar el poder en
Alemania a bastonazos era una estrategia excesivamente arriesgada y con escasas
probabilidades de éxito. Lo que había que hacer era convencer a Alemania de que
entregarle a él el poder era lo que había que hacer. Y, ahora, lo había
conseguido.
El 6 de agosto, Von Schleicher se entrevistó con Hitler en
Fürstenberg, no muy lejos de Berlín. El general le preguntó al líder del NSDAP
cómo lo veía, y éste no se cortó: quería ser canciller y comisionado de Prusia.
Quería un gobierno con el apoyo presidencial, el Reichstag se la pelaba. Un
gobierno en el que quería a: Gregor Strasser de ministro de Trabajo; Wilhelm
Frick en Interior; Hermann Göring en Aviación; y Josef Göbels de ministro de
Educación Popular. Una vez en el poder, Hitler suspendería las sesiones del
Reichstag indefinidamente.
Cuando Schleicher le contó estas exigencias a Hindenburg, el
viejo presidente contestó que no tenía ninguna intención de prescindir de Von
Papen (regardez la gilipolluá: el
presidente democrático de Alemania no
quería prescindir de su peón en la Cancillería; pero no parece que estuviese
muy impresionado por la propuesta de cerrar sine
die el parlamento). Hindenburg estaba en esto hondamente
influido por Von Mierden, quien lo había convencido de que podía presidir un
gobierno de personalidades. En esencia, Von Papen venía a decir: a ver, si nos
vamos a cargar el Reichstag, entonces no le tenemos que dar el poder a este
cabrón. Ante esta situación, Schleicher hizo como que cambiaba de camiseta, y
le dijo a sus compañeros de gobierno que se había opuesto frontalmente en su
cara al plan de Hitler (puta mentira); y que consideraba que no se debía ni
admitir discusión sobre la posibilidad de que entrasen ministros nacionalsocialistas (otra
mentira).
El 13 de agosto, Hitler se reunió: por la mañana, con Papen
y Schleicher; y por la tarde con Hindenburg. Scheicher le dijo que apoyaba un
gobierno autoritario, pero le dijo a Hitler que mejor haría aceptando un papel
menos importante que canciller. Papen, al fin y al cabo un nenaza, se metió
bajo las faldas de Hindenburg, y argumentó que era el presidente quien no
quería ningún canciller de partido ahora mismo. Así las cosas, le ofreció a
Hitler ser vicecanciller. Hitler contestó diciendo que lo quería todo, que se
dejasen de maricadas ya.
A las cuatro y cuarto de la tarde, Hitler estaba en el
palacio presidencial, donde tenía cita para hacerse las uñas. El lugar estaba
completamente rodeado de peña, que había acudido allí convencida (por Göbels)
de que iba a ser nombrado canciller. Acudió Hitler escoltado por Wilhelm Frick
y Ernst Röhm. En el encuentro estuvo también Otto Meissner, el secretario del
presidente. Apenas hablaron 20 minutos. Hindenburg le reprochó a Hitler no
haber mantenido su promesa de tolerar un gobierno Papen, y le preguntó si
entraría en un Ejecutivo dirigido por el canciller actual. Hitler le dijo que
ni de puta coña. Hindenburg contestó diciendo que había resuelto no darle el
poder a un líder de partido, y terminó la entrevista de la forma más suave y
sonriente de que fue capaz.
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