lunes, junio 01, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (50): Aquella tarde en la que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


El 4 de junio, el flamante canciller se hizo un Aló Papen, y presentó a su nuevo gobierno en la radio. Dijo que buscaba “unir a todas las fuerzas patrióticas del país”, en lo que rápidamente se interpretó como  un guiño a los nacionalsocialistas. Su discurso, de hecho, apenas se distinguió de los que se escuchaban los fines de semana en las promenades de las SA.

La obsesión de Papen, de hecho, era demostrarle a Hitler que, si bien no gobernaba, sí podía esperar a convertirse en el principal beneficiario de la acción del gobierno. El 4 de junio, el canciller disolvió el Reichstag; las elecciones fueron convocadas para el 31 de julio. El 15 de junio, Hindenburg firmó el decreto que levantaba la prohibición sobre las SA y las SS; el 28 se levantó también la prohibición de los uniformes.

Von Papen presidió, el 16 de junio, la delegación alemana que fue a Lausana para atender la conferencia sobre reparaciones. Siempre atento a la posibilidad de prevalecer él debilitando al nacionalsocialismo, consciente, por decirlo en términos actuales, de que aquella conferencia era su Gaza, tenía la intención de arrancar de aquel encuentro un acuerdo definitivo en la materia que liberase a Alemania de la carga de los pagos. Papen pensaba, como piensan muchos historiadores posteriores, que el tema de las reparaciones era central en la popularidad de Hitler; esto quiere decir que se equivocaba como yo creo que se equivocan muchos de los intérpretes de aquellos tiempos.

Sea como sea, el José Bono católico alemán se presentó en Suiza diciendo que la situación económica alemana era una mierdita; y que consecuentemente lo que había que hacer era firmar un papel que dijese que ya no tenía que pagarle a nadie una puta mierda. Le ofreció a Francia una alianza militar bilateral a cambio de no cobrar; una oferta que en París no se tomaron en serio ni los picapedreros. Asimismo, trató de cargarse el artículo 231 de Versalles, el de la culpa exclusiva; pero le dijeron que no mamase.

En el tema de las reparaciones, sin embargo, el tema avanzó. El 9 de julio, los negociadores decidieron abandonar el Plan Young, en lo que suponía eliminar el 90% de los pagos que todavía debía Alemania. En el acuerdo final, apenas se le exigía a Alemania un pago final de 3.000 millones de marcos, pagadero a un fondo general a finales de junio de 1935; pago que se financiaría con una emisión de bonos que sólo serían reembolsables cuando la situación económica alemana se hubiera recuperado. En la práctica, pues, Alemania pagaría con un dinero que le prestarían sus acreedores; los cuales aceptaban ganar en la operación tan sólo el spread de los bonos, que además cobrarían ad calendas germanicas.

Esta victoria, sin embargo, llegó tarde. Desde la aprobación del Plan Young, cuando menos en mi opinión, la cuestión de lo que Alemania tenía que pagar había dejado de ser la cuestión central del debate, porque muchos alemanes tenían la sensación de que su país ya no iba a tener que pagar gran cosa, como efectivamente ocurrió. Esto hizo que la crisis económica y el enfrentamiento social pasaran al primer plano. Las semanas previas a las elecciones de julio de 1932 fueron extremadamente violentas. La reaparición de las SA en la calles supuso una reedición de la violencia en una medida desconocida desde hacía más de diez años en el país. En seis semanas hubo 103 muertos por la violencia política, casi todos en enfrentamientos directos entre nacionalsocialistas y comunistas. El peor de los incidentes se vivió el 17 de julio en Altona, una zona industrial. Se conoce como el Altonaer Blutsonntag o Domingo Rojo de  Altona, y causó 18 muertos. Teniendo en cuenta que el territorio estaba bajo control prusiano, los nacionalsocialistas acusaron a la policía prusiana de haber perdido el control sobre el orden público. Todo comenzó porque las SA montaron un desfile de 7.000 personas en Altona, al oeste de Hamburgo. Otto Eggerstedt, que era el jefe de policía local, había permitido la marcha, lo que había enfurecido a los comunistas, que consideraban esa zona como propia. Al final, se produjo una batalla campal en plena calle en la que murieron dos miembros de las SA y 16 vecinos. Los nacionalsocialistas acusaron a los comunistas de haber emplazado francotiradores; pero la investigación de los hechos apuntó a que la policía había provocado todas las muertes.

El, ejem, 18 de julio, tratando de apagar el fuego, el gobierno sacó un decreto de emergencia prohibiendo las demostraciones públicas. Además, colocó el Estado de Prusia bajo control de Berlín. El 20 de julio, Papen se entrevistó en la cancillería con los miembros del gobierno de Prusia. Allí les informó fríamente de que, con el artículo 48 en la mano, estaban todos cesados, y que se había auto nombrado Comisionado del Reich. Un segundo decreto, aquel mismo día, transfirió el poder ejecutivo en Prusia a Von Schleicher. Franz Bracht, un miembro de Zentrum y antiguo alcalde de Essen, fue nombrado ministro del Interior del land.

La aplicación del artículo 155 (dicho sea en términos españoles) sobre el Estado de Prusia por un Von Papen que no tenía para ello el aval de parlamento alguno, fue un golpe mortal para la república de Weimar que, con este detalle, dejó bien claro hasta qué punto venía a ser más o menos igual de democrática que una tertulia de la SER, TVE o de Telemadrid. El 21 de julio, Otto Braun y el resto del gobierno prusiano cesado apelaron al Supremo, pero el 25 los Peinados decidieron no incoar la acción pedida. Finalmente, el Tribunal Supremo de Leipzig habría de declarar, el 25 de octubre, que la acción de Papen había sido parcialmente ilegal; y que dentro de esa ilegalidad estaba el cese del gobierno Braun. En la práctica, sin embargo, el gobierno Braun fue privado de todo poder ejecutivo, y Papen se salió con la suya.

Todo aquel mes de julio de 1932, por lo demás, el NSDAP demostró una vez más hasta qué punto entendía, mucho mejor que sus adversarios, las nuevas necesidades del márquetin electoral. Los eslóganes elegidos fueron ¡Alemania despierta! y ¡Dadle el poder a Hitler! El 15 de julio, Hitler comenzó su tercera campaña en Falcon: 53 mítines en quince días. En cada parada, eran miles los que acudían a escucharlo. Sus discursos eran básicamente iguales siempre; aunque debo recordaros que Göbels siempre los iba ajustando según lo que le decían los tracking previos sobre las inquietudes en cada lugar. El líder del NSDAP comenzaba por describir el decaimiento social, político y económico de la república de Weimar. Y, después, prometía cargarse a todos los partidos que, en su visión, habían traicionado al agricultor, al ganadero, al trabajador, al autónomo, al tendero, todos aquellos años. Todos esos partidos, dijo, serían reemplazados por “un genuino partido del pueblo”.

Aquel julio d 1932 votó el 84,1% del censo. El NSDAP sacó el 37,3%, 13,74 millones de votos. Hitler había pasado de los 12 millones de votos que no hacía mucho eran su mejor estimación. La nueva cosecha nacionalsocialista procedió: un 12% de votantes nuevos; 6% de votantes del DNVP; 10% de los socialdemócratas; 8% del DVP y DStP; y 18% de la miríada de partidos de interés particular que habían nacido en los últimos años. El votante del NSDAP era claramente hombre y protestante y de clase media. Pero, ojo: en aquellas elecciones, el NSDAP obtuvo mayor penetración en todas las clases sociales que cualquier otro partido.

En suma: el nacionalsocialismo había logrado su objetivo de convencer a las clases medias y a los votantes de los partidos representando intereses particulares; su éxito, pues, fue una mezcla de populismo y apelación efectiva al voto útil. Todos y cada uno de los intereses de clases medias existentes en Alemania habían mutado en el objetivo mayor de acabar con la república de Weimar. Algo más de la mitad de los votantes del NSDAP en aquellas elecciones tenía más de 53 años; eso de que el nacionalsocialismo llegó al poder aupado por la juventud alemana es otro meconio.

En septiembre de 1930, votaron nacionalsocialismo los ganaderos y agricultores de clase media, autónomos y tenderos. En 1932, Hitler había atraído también a maestros, ingenieros, médicos, abogados, estudiantes universitarios, funcionarios, pensionistas y trabajadores de cuello blanco, que habían pasado a tener la sensación de que todo se iba al carajo y que el pirómano (es decir, la república de Weimar) no era el más indicado para apagar el incendio. Y, last but not least, el NSDAP se había granjeado el apoyo del 40% de la clase trabajadora. Porque el voto, queridos niños, no es nada poroso. Noniná. Estamos en los años treinta del siglo XX. Un momento como otros muchos: el luddismo del siglo XIX; la época de la computerización de los procesos empresariales, que comenzó a cargarse puestos de trabajo; el momento actual, con la amenaza de la robótica y la Inteligencia Artificial;  muchos trabajadores, digo, estaban en un momento en el que recelaban del avance industrial, y temían quedarse fuera. Ésta es la era de Mr. Chip, microordenador de tu porvenir; que por lo pronto te quita el curro además de ser tu ficha sin fin, cantaba Miguel Ríos a lo ancho y largo de España en el año 1982. Un sentimiento parecido tenían los trabajadores de baja cualificación alemanes; y, una vez más, a la hora de buscar una solución al problema, no resulta muy racional esperar que fuesen a confiar en quienes lo habían provocado. Que es exactamente lo que está ocurriendo hoy en muchos países europeos y no europeos con el tema de la inmigración, por cierto.

En julio de 1932, había en Alemania poco menos de cinco millones y medio de desempleados. Y todo el mundo temía un incremento exponencial del paro. La gente, votó, literalmente, a quien parecía tener más cojones para parar aquello. Pero para el NSDAP fueron más los votos de los que temían el desempleo que los que lo estaban sufriendo. Los ya desempleados votaron mayoritariamente al comunismo.

Entre el resto de formaciones políticas, sólo tres mejoraron resultados. El primero de ellos fue el KPD, que se benefició del clima de radicalización social, y se llevó el 14,3% de los votos, 5,28 millones, pasando de 12 a 89 escaños. Los dos partidos antidemocráticos de Alemania: NSDAP y KPD, sumaban juntos algo más del 50% de los votos.

Zentrum se benefició del poco gusto católico por el voto nacionalsocialista, y ganó 68 escaños, siete más, con un 12,4% y 4,58 millones de votos. El Partido del Pueblo Bávaro o BVP, también católico, se llevó un 3,1%, 1,92 millones de votos, con 19 escaños.

El DNVP  y el SPD serían los que pagarían el pato. El SPD se convirtió en segunda fuerza política con 133 escaños, con un 21,6% de los votos, 7,95 millones, una caída de tres puntos. El DNVP, que cometió el error de hacer una campaña defendiendo al indefendible gobierno Papen, cayó al 5,9%, 2,17 millones de votos, y 37 escaños.

Con todo, nadie quedó más laminado que las formaciones de centro. El DVP se llevó el 1,18% de los votos, 436.002 papeletas para ser exactos, 7 escaños de mierda. El DstP se llevó el 1,01%, 371.800 votos, 4 escaños. Los dos partidos de centro distintos de Zentrum, pues, que solían pescar en caladeros de voto protestante, sacaron juntos lo que sacó Hitler en las elecciones en las que llegó a verlo todo perdido. De hecho, el fenómeno de los partidos ligados a intereses particulares cayó, en conjunto, por debajo del 3% de voto.

Hitler tenía lo que quería: la expresión numérica y conocida por todos de que debía tomar el poder. Manejando magistralmente los tiempos, y sabiendo confiar en personas muy buenas en lo suyo aunque no le cayesen bien, como Göbels, Hitler había conseguido lo que siempre  había querido: que el poder viniese a buscarle a él, en lugar de tener que ir él a buscarlo. Hacía muchos años, nueve para ser exactos, que Adolf Hitler, que era un señor bastante más inteligente de lo que sus caricatos quieren hacer creer (y esto es importante, porque lo que hay que hacer con el personaje histórico no es despreciarlo, sino entenderlo), había llegado a la conclusión de que intentar tomar el poder en Alemania a bastonazos era una estrategia excesivamente arriesgada y con escasas probabilidades de éxito. Lo que había que hacer era convencer a Alemania de que entregarle a él el poder era lo que había que hacer. Y, ahora, lo había conseguido.

El 6 de agosto, Von Schleicher se entrevistó con Hitler en Fürstenberg, no muy lejos de Berlín. El general le preguntó al líder del NSDAP cómo lo veía, y éste no se cortó: quería ser canciller y comisionado de Prusia. Quería un gobierno con el apoyo presidencial, el Reichstag se la pelaba. Un gobierno en el que quería a: Gregor Strasser de ministro de Trabajo; Wilhelm Frick en Interior; Hermann Göring en Aviación; y Josef Göbels de ministro de Educación Popular. Una vez en el poder, Hitler suspendería las sesiones del Reichstag indefinidamente.

Cuando Schleicher le contó estas exigencias a Hindenburg, el viejo presidente contestó que no tenía ninguna intención de prescindir de Von Papen (regardez la gilipolluá: el presidente democrático de Alemania no quería prescindir de su peón en la Cancillería; pero no parece que estuviese muy impresionado por la propuesta de cerrar sine die el  parlamento). Hindenburg estaba en esto hondamente influido por Von Mierden, quien lo había convencido de que podía presidir un gobierno de personalidades. En esencia, Von Papen venía a decir: a ver, si nos vamos a cargar el Reichstag, entonces no le tenemos que dar el poder a este cabrón. Ante esta situación, Schleicher hizo como que cambiaba de camiseta, y le dijo a sus compañeros de gobierno que se había opuesto frontalmente en su cara al plan de Hitler (puta mentira); y que consideraba que no se debía ni admitir discusión sobre la posibilidad de que entrasen ministros nacionalsocialistas (otra mentira).

El 13 de agosto, Hitler se reunió: por la mañana, con Papen y Schleicher; y por la tarde con Hindenburg. Scheicher le dijo que apoyaba un gobierno autoritario, pero le dijo a Hitler que mejor haría aceptando un papel menos importante que canciller. Papen, al fin y al cabo un nenaza, se metió bajo las faldas de Hindenburg, y argumentó que era el presidente quien no quería ningún canciller de partido ahora mismo. Así las cosas, le ofreció a Hitler ser vicecanciller. Hitler contestó diciendo que lo quería todo, que se dejasen de maricadas ya.

A las cuatro y cuarto de la tarde, Hitler estaba en el palacio presidencial, donde tenía cita para hacerse las uñas. El lugar estaba completamente rodeado de peña, que había acudido allí convencida (por Göbels) de que iba a ser nombrado canciller. Acudió Hitler escoltado por Wilhelm Frick y Ernst Röhm. En el encuentro estuvo también Otto Meissner, el secretario del presidente. Apenas hablaron 20 minutos. Hindenburg le reprochó a Hitler no haber mantenido su promesa de tolerar un gobierno Papen, y le preguntó si entraría en un Ejecutivo dirigido por el canciller actual. Hitler le dijo que ni de puta coña. Hindenburg contestó diciendo que había resuelto no darle el poder a un líder de partido, y terminó la entrevista de la forma más suave y sonriente de que fue capaz.

En ese momento, Joey Zasa entró en la sala y dijo aquello de:  I say to all of you, I have been treated this day, with no respect. (...) Good. You will not give, I'll take!

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