Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over
El discurso de Hindenburg tenía su razón de ser. A su manera, el presidente estaba empezando su campaña aquel Año Viejo ya que, si no lo conseguía parar, en mayo de aquel 1932 que estaba a punto de nacer tenía que enfrentarse a unas elecciones presidenciales que, como diría Rajoy, ganaría, o no. Brüning era de la opinión de que era posible extender el término de mando del presidente sin elecciones. Para ello, había que enmendar el artículo 43 de la Constitución, lo que requería dos tercios del parlamento; ése mismo que estaba, básicamente, cerrado. Aún así, el 5 de enero Hindenburg le dijo al canciller que aquella solución le parecía la más practicable, porque él no quería enfrentarse a otra campaña.
Dos tercios del Reichstag, con los apoyos que el canciller
ya tenía, suponía conseguir el apoyo del NSDAP y del DNVP. El 7 de enero,
Brüning se fue a ver a Hitler y le ofreció apoyar la reforma constitucional, a
cambio de que el presidente Hindenburg le diese su palabrita del Niño Jesús de
que no iba a entorpecer el ascenso de Hitler a la cancillería. Hitler contestó
diciendo que sólo comenzaría a hablar si el Reichstag fuese disuelto y se
convocasen nuevas elecciones. Hugenberg, por su parte, cuando fue consultado
dejó claro que no estaba ni de coña por la extensión del mandato de Hindenburg.
El 12 de enero, Hitler le envió una carta a Brüning en la
que le decía que, a pesar del hondo respeto que sentía por el presidente, había
decidido no apoyar la reforma constitucional. La jugada era evidente: el líder
del NSDAP estaba pensando en presentarse él mismo a las elecciones del 32. Los
estrategas del NSDAP, probablemente, habían concluido que si Hitler llegaba a
tener en sus manos el artículo 48 de la Constitución, tal vez ni hiciese falta
ya ninguna dictadura.
En realidad, Hitler tenía un solo problema para poder ser
candidato, y es que no era alemán. En 1925 había renunciado a su nacionalidad
austríaca; pero eso no quiere decir que hubiese adquirido la alemana, sino que
había sido clasificado como apátrida. Aprovechó, sin embargo, una previsión
legal de la república, según la cual un ciudadano extranjero que tomase un
puesto en la administración del país, central o autonómica, podía adquirir
automáticamente la nacionalidad. Así que el 5 de febrero de 1932, Dietrich
Klagges, el ministro del Interior de Braunschweig, nombró a Hitler miembro del
Consejo de Gobierno o Regierunsrat de
la Oficina Estatal de Cultura y Medidas, así como como cónsul del land en
Berlín. Con estos dos cargos en el historial de la Seguridad Social, que no
ejerció nunca por supuesto, Hitler se convirtió en ciudadano germano.
El 26 de enero, Hitler dio un discurso muy medido ante la
asociación de industriales. Buscaba dinero para un año que él sabía que, por
unas cosas o por otras, iba a ser un año electoral. Aquel discurso, conocido
como el discurso del Park Hotel de Düsseldorf, y no por capricho sino porque lo
dio en el Park Hotel de Düsseldorf, fue una de las piezas de ajedrez políticos
más inteligentes de la carrera de Hitler; una pieza, además, en la que yo
siempre pienso, cuando la leo, en la que tuvo que ver mucho la pluma de Hjalmar
Schacht.
Hitler le dijo a la CEOE que la libertad de empresa no
estaba en modo alguno en peligro mientras él llevase bigote. Prometió dureza
extrema contra el perroflautismo comunista. Ofreció a los empresarios, de
alguna manera, ser socios de NSDAP Sociedad Anónima, o sea, Aktielgessellchaft. Düsseldorf, de
alguna manera, fue el Jordán donde Hitler se acabó por lavar las últimas penas
por sus coqueteos pasados con el socialismo.
Todo el prestigio que ganaba Hitler lo perdía Brüning. El
canciller cada vez tenía menos predicamento en casa del presidente Hindenburg,
pues para entonces Von Schleicher estaba ya en modo experto soltándole en la
oreja que el católico aquél era un subnormal. Así las cosas, Brüning volvió a
girar la vista hacia el exterior. En ese entorno había alguna que otra cosa en
la que se podía envidar.
La primera de ellas era el reclamo alemán de paridad en
armamentos, nacida del hecho de que Alemania se había desarmado y los demás,
no. La segunda, más jugosa, era conseguir un final total y formal para el tema
de las reparaciones; algo que ya flotaba en el ambiente. El primero de los
temas se discutió el 1 de febrero, en una conferencia sobre armamentos
celebrada en Ginebra; y la segunda era el tema de una conferencia prevista en Lausana para
el 16 de junio.
En Ginebra, el 6 de febrero, Brüning se presentó defendiendo
el rearme alemán. Pero los franceses le dijeron que dejase el schnapps que le
estaba sentando mal, y el canciller volvió a Alemania con cero soluciones en la
mano.
El 23 de febrero, tras sus largas vacaciones parlamentarias,
que en realidad fueron vacaciones de democracia, el Reichstag se reunió para
discutir la fecha de las presidenciales. Se fijó la primera ronda en el 13 de
marzo, y el balotaje para el 11 de
abril. En el debate intervino Göbels por el NSDAP, y estuvo muy duro con
Hindenburg. Dijo que en 1925 había sido el candidato de los alemanes
nacionalistas y que ahora se asentaba en los socialdemócratas; con lo que vino
a decir que era un viejo'el visillo al que le daba igual Johanna que seine
tochter. Los socialistas, cuando le escucharon decir eso, se pusieron como el
Puma de Baracoa. Paul Löbe, el presidente del parlamento, expulsó a Göbels de
la sala, y del edificio, por “insultar gravemente al presidente de la
república”. El 26 de febrero, NSDAP y DNVP intentaron tirar el
gobierno con una moción que fue derrotada por 289 a 264.
La cosa es que Göbels tampoco iba muy descaminado. En ese
momento, Hindenburg estaba apoyado por los centristas y el SPD, los que, de
hecho, decidieron no presentar candidatos alternativos. El SPD, de hecho, fue a
las elecciones con el motto “Golpea a Hitler, vota a Hindenburg”. Los
socialistas consiguieron además que Hindenburg tomase distancia con su
canciller, diciendo en campaña cosas como que los decretos de emergencia eran
mejorables.
El DNVP seleccionó como candidato a Theodor Duesterberg, uno
de los líderes del Casco de Hierro. Duesterberg habría de sufrir las iras de
los nacionalsocialistas, que lo acusaron de tener un abuelo judío. Los
comunistas eligieron a su líder, Ernst Thälmann; y fueron a las elecciones con
el eslógan “Un voto para Hindenburg es un voto para Hitler”. Así que ya se ve lo unida que estaba la izquierda: unos te decían que votases a Hindenburg para no votar a Hitler; y los otros que votando a Hindenburg, votabas a Hitler.
La campaña electoral fue bastante poca cosa hasta que
apareció el que todos, unos por unas razones, otros por otras, esperaban. Que
no era otro que Fofito Poezl. El 22 de febrero, Göbels anunció su candidatura
en un mitin monstruo en el Sports Palace de Berlín.
La campaña del NSDAP para las presidenciales estuvo muy por
encima de sus contrincantes. Fue una campaña moderna, que entendía muy bien las
necesidades que desde el punto de vista del márquetin presenta el sufragio
universal; algo que el resto de formaciones, de alguna manera ancladas todavía
en el censitarismo de iure o de facto, no entendieron. Göbels, al
frente del Reichspropagandaleitung o
el Directorio de Propaganda del partido,
planteó un enfrentamiento binario entre la república de Weimar y el
nacionalsocialismo. Además, por primera vez, incluso en la vida del NSDAP, creó
una campaña enteramente construida a partir de la imagen de su líder; fue,
pues, el primer estratega político que entendió que las elecciones no van de
ideas, sino de carismas.
Hitler, por otra parte, no buscaba ganar a Hindenburg.
Buscaba demostrar que unos 12 millones de alemanes eran capaces de votarlo,
para así convertirse en el primer líder político del país.
El NSDAP distribuyó durante la campaña 50.000 grabaciones de
un discurso de Hitler, y generó una película de 10 minutos. Se enviaron ocho
millones de folletos, se empapeló el país con pósteres con el retrato de Hitler.
Se creó un pequeño ejército de furgonetas con altavoces que recorrían las
calles trasladando mensajes. Se creó un grupo de demoscopia que estudiaba
diferentes grupos de votantes, creándose publicidades por correo distintas para
cada área. Hitler personalmente dio mítines monstruo en Hamburgo, Stettin,
Breslau, Leipzig, Bad Blankenburg, Weimar, Frankfurt del Meno, Nürmberg,
Stuttgart, Colonia, Dortmund y Hannover. Sus discursos giraban en torno al
concepto de 13 años perdidos, los criminales de noviembre, la puñalada por la
espalda, etc.
El principal ataque que recibió Hitler durante la campaña
fue apelarlo de machista. Sus contrarios comenzaron a decir que Hitler, si
llegaba al poder, privaría de derechos a las mujeres. Hitler, por supuesto, lo
desmintió; aunque es un hecho que el nacionalsocialismo era una ideología
profundamente machista, que, más que privar a la mujer de derechos, lo que
buscaba era emplazarla en un rol social totalmente vinculado al del hombre,
como se vería en años siguientes en la política nacionalsocialista contra el desempleo.
El 13 de marzo de 1932, la primera ronda de la votación
presidencial le dio un 49,54% de los votos a Hindenburg, es decir 18,65
millones de votos; se quedó apenas a 170.000 votos, o un 0,04%, de no tener que
ir al balotaje. Hitler sacó el 30,12%, 11,33 millones de votos. Ernst Thälmann
quedó tercero, con el 13,2% y casi 5 millones de votos, mientras que Theodor
Duesterberg sacaba un 6,8% y 2,55 millones de votos. Con el 0,3% y 111.423
votos quedó Gustav Winter, del partido de las víctimas de la inflación. Duesterberg
y Winter se bajaron del balotaje.
A pesar de estos resultados, Hindenburg se quedó de muy mala
leche. No esperaba tener que ir a la segunda vuelta, y eso le cabreó. Además,
Hitler le había ganado en Prusia Oriental, que viene a ser como si vas y le
ganas a Yolanda Díaz en Ferrolterra. Y luego estaba el pequeño detalle que de
que, desde 1930, Hitler había doblado sus
votos.
Hindenburg estaba tan nervioso por el avance de Hitler,
sobre todo en el este de Alemania que era un sitio que creía que dominaba con
la punta'el'nabo, que, en la campaña del balotaje, se sacó de la manga un
decreto de “tregua electoral de Semana Santa” que redujo la campaña electoral a
una semana. El 3 de abril, Federico Guillermo, el príncipe emérito, dio la
campanada anunciando que iba a votar a Hitler. En ese momento, estaba
convencido de que Hitler (como Franco después de la guerra) iba a restaurar la
monarquía. Una prueba más, de las muchas que se pueden presentar, de que las
familias reales, por lo general, viven en mundos paralelos.
En la segunda campaña presidencial, los nacionalsocialistas
siguieron innovando. Alquilaron un avión Junkers D-1720. Con ese avión, crearon
la campaña Hitler über Deutschland,
un auténtico tour aéreo en plan Rolling Stones. Hitler volaba el día entero,
haciendo hasta cinco paradas el mismo día. Habló en ¡23 mitines! (en una
semana, ojo), llegando directamente a un millón de personas. El NSDAP hizo una
película en la que Hitler como que descendía desde las nubes como Santiago en
su caballo blanco. Se hizo un libro fotográfico, que vendió medio millón de
copias.
Hitler, en sus discursos, iba contra los marxistas, los
criminales de noviembre, el sistema de Weimar, la derechita cobarde; todo
cristo, en realidad. Patrocinaba el final del sistema corrupto de partidos y la
creación de una Alemania sin clases sociales. En las afueras de los mítines, y
en las calles, los Stormtroppers y los miembros de la Liga de Combatientes
Comunistas se saludaban amablemente.
Hindenburg, las cosas como son, reaccionó tratando de
modernizar sus propios usos. Se realizó y publicitó una película sobre la vida
y los logros del presidente. Todo el mundo sabía que el viejo mariscal iba a
ganar; pero se trataba de ganar por una diferencia que dejase en ridículo a la
ultraderecha.
Y Hindenburg ganó. Lo hizo con el 53% y 19,35 millones de
votantes, unos 700.000 más que en la primera vuelta. Hitler quedó segundo con
el 36,7% o 13,41 millones. Thälmann sacó el 10,2% y 3,7 millones de votos.
Hitler tenía lo que quería. Había sobrepasado en más de un
millón de votos su objetivo, y sin lugar a dudas se había convertido en la
primera figura política del país. De hecho, el 60% de las personas que habían
votado por Hindenburg en 1925, votaron a Hitler en 1932. Hindenburg había
sobrevivido por su prestigio personal y por haberse aliado con las fuerzas de
Weimar; fuerzas que, sin embargo, se estaban mostrando absolutamente incapaces
de vertebrar una auténtica república democrática y turnista.
Carl Severin, el ministro prusiano del Interior, era,
probablemente, el hombre en ese momento más dedicado a la idea de que había que
parar a Hitler. Días antes del balotaje ya se había dirigido a Wilhelm Groener,
el ministro del Interior del Reich, intimándole a hacer algo para parar la
violencia de los Sturmtroppers en las calles. Ambos estuvieron de acuerdo en
que había que proceder a una prohibición legal de las SA. Severin le dio a
Groener que si el gobierno central no actuaba contra estos grupos, Prusia, y
probablemente otros gobiernos regionales, lo harían por su cuenta.
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