miércoles, junio 03, 2026

Cómo conocí a vuestro Führer (y 52): Game over

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Esto está chupado
Esto no está chupado
Abdica de una vez, coño
Atrapados en la derrota de otro
Problemas en el paraíso de las izquierdas
Los socialistas sofocan la revolución socialista
Munich
El joven desclasado de la Mendemannstrasse de Viena
El nacimiento de un Führer
El error Trianon
El sueño erróneo de Hugo Preuss
El día que Hitler escuchó una conferencia sobre “cómo destruir el capitalismo”
El golpe de Kapp
De amnistías y nenazas
La república de las minorías gobernantes
Fuck you, pay me
Bajada de pantalones
Tiros en la Selva Negra
El default de 1922
El pacto germano-soviético de Rapallo
Rathenau
Marasmo
El Ruhr
Stresemann llega al poder
Pintan Renten (o sea, bastos)
El putsch de la birra
Dawes el salvador
El Plan Dawes
Polarización
Mein Kampf
La consolidación del portelismo alemán
La muerte de un presidente
Presidente en los minutos de descuento
Locarno
Rebelión en la granja
Give peace a chance
Las derechas en el gobierno
Puñetazo en la mesa en Tannenberg
Adolf Hitler, líder del 2,3% de los alemanes
Bailando en la boca de un volcán
La última hora de un titán
El canciller que no quería ser canciller
La motosierra económica
El tsunami hitleriano
El parlamento menguante
Bancarrotas
Brüning se desinfla
A veces quien gana, pierde; y quien pierde, gana
El gobierno Papen
Aquella tarde en que Joey Zasa se le apareció a Paul Ludwig Hans Anton von Beneckendorff und von Hindenburg
Papen vs Schleicher
Game over


Con este gobierno calentito, los hombres de mando del NSDAP se reunieron en el hotel Kaiserhof de Berlín. Hitler fue a la reunión dejando claro que no habría ningún tipo de colaboración con el nuevo gobierno. Strasser, por su parte, dijo que habría que “tolerar” a Schleicher; lo que sugiere que ambos quizás ya habían hablado.

El 6 de diciembre se reunió de nuevo el Reichstag. Göring fue elegido de nuevo presidente. Socialdemócratas y, sobre todo, comunistas, intentaron poner al gobierno contra las cuerdas; pero Göring petardeó sus iniciativas. Los nacionalsocialistas hicieron aprobar una ley por la cual, en el caso de fallecer el presidente, sería el presidente del Tribunal Supremo quien asumiría sus funciones; era una norma diseñada para marcarle el terreno a Schleicher, puesto que, hasta que se aprobó dicha norma, ese papel sustitutivo era del canciller. Lo siguiente que hizo el NSDAP fue revocar los decretos de septiembre. Y lo tercero, aprobar una amnistía para su gente (el típico cambio de opinión de toda la vida).

El 9 de diciembre, el parlamento fue cerrado, teóricamente hasta mediados de enero. Schleicher no habló en la sesión, lo que lo convirtió en el segundo canciller de la Historia (después de Papen) que jamás le habló al parlamento. El día 8, Gregor Strasser había dimitido de todos sus puestos en el NSDAP, unos dicen que preparando su “conversión”; otros, como yo, creyendo, más bien, que fue Hitler, tras olerse la tostada, quien se lo, digamos, aconsejó. Porque el hecho es que no hay ni un adarme de pista que nos lleve a sospechar que Strasser pensó nunca crear una corriente de oposición dentro del nacionalsocialismo.

Aquel diciembre, pues, Schleicher aprendió que Strasser no sería el mirlo blanco que él soñaba. Pero tuvo otras alegrías. El 11 de diciembre, Gran Bretaña, Estados Unidos, Italia, Francia y Alemania reconocieron el derecho alemán a tener un ejército comparable al de sus vecinos. Con esta victoria Next Generation en la mano, Schleicher habló en la radio el 15 de diciembre, llamando a los partidos a no hacer caer al gobierno en enero cuando el parlamento se volviese a reunir.

Pero había una cosa con la que el general no había contado: las envidias del hombre a quien había derrotado. El 16 de diciembre, Franz von Papen dio un discurso en Berlín, en el que vino a decir que toda coalición viable de gobierno en Alemania pasaba por el NSDAP. Hitler, dijo, debía ser llamado al gobierno.

Testigo de aquel discurso fue Kurt von Schröder, un financiero muy cercano al NSDAP. Schröder se reunió con Papen horas después. Papen le dijo que no confiaba nada en Schleicher, y Schröder le preguntó si él iniciaría negociaciones de gobierno con Hitler. Von Papen contestó que ya lo había intentado en el pasado, sin éxito.

Schröder le contó esta conversación a Wilhelm Kepler, uno de los principales financiadores del NSDAP, quien se lo dijo a Hitler. El líder nacionalsocialista aprobó las negociaciones, que se celebrarían en la casa de Schröder en Colonia.

Aquellas navidades, Papen se marchó de Berlín a su finca de Wallerfangen. El 28 de diciembre, sonó el teléfono en su casa. Le llamaba Kurt von Schröder, quien le preguntó si en los siguientes días se podría dejar caer por Colonia. El 4 de enero, Von Papeo estaba allí para comer de gorra. 

Tras el almuerzo del día 4 de enero, en Colonia, comenzó la reunión. Hitler comenzó por criticar a Papen por haber bloqueado su llegada a la cancillería en agosto de 1932. Papen dijo que había sido Schleicher, no él (noniná). Hitler continuó dejando claro que él de lo único que se avenía a hablar era de ser canciller; aunque dijo que, si se avenían a barrer del poder alemán a socialdemócratas, comunistas y judíos, Papen y sus amiguitos conservadores tendrían alguna que otra parcelita de poder para ellos.

Los contenidos de la reunión se fibrilaron a la Prensa. Cuando Schleicher lo leyó, se fue a ver a Hindenburg. Intimó al presidente para que le prohibiese a Papen cualquier contacto con Hitler; pero el presidente hizo justo lo contrario: le llamó y le dijo: apreteu. El 6 de enero, Papen y Hitler publicaron una nota de prensa conjunta, desmintiendo que estuviesen complotando para derribar el gobierno Schleicher (noniná). El 9 de enero, Papen visitó a Schleicher, e intentó convencerlo de que todo lo que estaba intentando era añadir a Hitler a su movimiento.

Mientras tanto, Hitler dio un discurso en Detmold donde dijo, como Morante: “no quiero el poder por la puerta de atrás, sino por la puerta grande”. El discurso fue allí porque comenzaba la campaña electoral en el pequeño territorio de Lippe-Detmold, con 117.000 votantes nada más. A pesar de tan poca relevancia, Hitler dio 11 mítines en los siguientes días en la región. Había decidido demostrar que el NSDAP no estaba de capa caída. Y le funcionó. El 15 de enero, el NSDAP subió en votos hasta el 39,5%.

El 18 de enero, Hitler y Papen se vieron de nuevo, en el domicilio de Joaquim von Ribentropp. Hitler seguía queriendo ser canciller, y Papen seguía en que eso era imposible. Hitler le dijo que se estaba cansando de mierdas, y que empezaba a pensar en romper las conversaciones.

El 22 de enero de 1933,  día fundamental para la llegada del nacionalsocialismo al poder en Alemania, Hitler tenía que leer una elegía de Horst Wessel en el cementerio Prenzlauer Berg de Berlín. En la tarde, celebró un mitin en el Sports Palast hasta las 10 de la noche, tras lo cual salió en su limusina acompañado por Wilhelm Frick y Göring. Iban de nuevo al domicilio de Ribentropp, y de nuevo a ver a Carapapen. Papen se presentó con Oskar Hindenburg, Otto Meissner y la consecuente autorización de Hindenburg para estar allí. Hay que decir que a aquel encuentro Oskar Hindenburg acudió preocupadito. El SPD y el Zentrum estaban impulsando una investigación sobre el programa de ayudas a la Alemania oriental. Se trataba de un programa para poder adquirir tierras a los junkers arruinados para así permitirles salir adelante. Estaba muy bien dotado financieramente y, bueno, supongo que ya adivináis. La UCO ya estaba en aquel entonces detrás de ciertas adquisiciones sospechosas de coches, lujos y putas con parte de aquel dinero; y el tema amenazaba con salpicar a Oskar y algunos de sus íntimos. El tipo, pues, estaba más que interesado en una dictadura que fuese su amiguita.

En la reunión, Von Papen le dijo a Hitler que el jefe, es decir Hindenburg, seguía dudando sobre la capacidad del líder nacionalsocialista para ser canciller. Hitler contestó que ni él sería miembro de un gobierno Schleicher, ni el NSDAP le prestaría apoyo parlamentario al general. El único gobierno de coalición en el que participaré, le dijo a Papen, es aquél en el que sea canciller.

Tras este encuentro, Hitler se reunió con Oskar von Hindenburg en privado en otra habitación. Según declararía el hijo del presidente en los juicios de Nürmberg, Hitler le dijo que él era la única persona que podía evitar una guerra civil, y que tenía la llave de cualquier gobierno que pudieran imaginar los hombres de su padre.

Después de aquello, todos cenaron frugalmente. Se descorchó champán, pero Hitler, siguiendo sus costumbres, sólo bebió agua mineral. Meissner y Hindenburg fueron los primeros en irse. Meissner habría de recordar aquel viaje en taxi como un viaje básicamente silencioso, en el que Hindenburg daba toda la impresión de estar convencido por las palabras de Hitler.

Von Papen preparó un informe del encuentro para Hindenburg en el que descartaba por completo volver a ser canciller, y consecuentemente aconsejaba al presidente que le diese tiempo a Von Schleicher para montarse un Frankenstein. Lo más importante, obviamente, es que, contrariamente a lo que había ido diciendo para joder a Schleicher, no le recomendó que llamase a Hitler. Aparentemente, el político católico había decidido que lo mejor que podía hacer era dejar que Schleicher se diese la hostia. El presidente, según Meissner, seguía creyendo que su trump card era Papen.

En este entorno, el 23 de enero Von Schleicher se fue a ver a Hindenburg y le dijo que no había cosido la mayoría necesaria para tener un gobierno estable; es más que probable que tuviese información de lo que Papen estaba intentando, así que lo contraprogramó. El general le dijo al presidente que tenía dos alternativas: Hitler, o la dictadura militar. Le ofreció a Hindenburg disolver el parlamento por razones de emergencia, aplazar elecciones sine die, e ilegalizar a comunistas y nacionalsocialistas (esto es: ilegalizar a uno de cada dos votantes alemanes en ese momento). Hindenburg, bastante más inteligente que él, le dijo que no. Aquel plan dictatorial, además, fue filtrado a la Prensa; algo que no sabemos, por lo menos yo no sé, si fue iniciativa del propio presidente, o lo hicieron los hombres de su equipo por su propia iniciativa.

El 27 de enero, la Comisión Permanente del Reichstag fijó para el 31 de enero la siguiente reunión de la cámara. Göring se entrevistó con Meissner en el palacio presidencial, y le dijo que si Hitler era designado canciller, no tenía intención de violar la Constitución de Weimar (noniná); y advirtió que el NSDAP haría trizas cualquier tentativa de Schleicher de gobernar sin el parlamento. Ese mismo día, Ribentropp se vio con Carapapen; fue la primera vez que un miembro del entourage del presidente reconoció que Hindenburg estaba contemplando la posibilidad de llamar a Hitler y ofrecerle la cancillería.

Al día siguiente, 28, un cada vez más acorralado Schleicher convocó al gobierno. Le informó de que iba a hacer un último intento de convencer al presidente de disolver el parlamento sin convocatoria de elecciones. Hindenburg no sólo le contestó que no por segunda vez; es que, fríamente, le recordó que el 2 de diciembre él mismo (Schleicher) había dicho que aquella solución era la peor de las posibles porque provocaría una guerra civil. El presidente dijo que tenía que buscar una nueva mayoría y, señalando al cielo, añadió: “Querido Schleicher, si lo que estoy haciendo ahora es correcto, lo sabré cuando esté allá arriba”. Schleicher entendió, y contestó: “ahora mismo, presidente, no estoy nada seguro de que vayáis a ir al Cielo”.

Hindenburg lo intentó una vez más. Llamó a Papen y, delante de Oskar y Meissner, lo compelió a aceptar la cancillería. Papen, sin embargo, se negó; y tras una breve discusión, todos estuvieron de acuerdo en que sólo quedaba una alternativa. Papen, para suavizar los temas, le dijo al presidente que, al fin y al cabo, los políticos de derechas no nacionalsocialistas, que estarían en el gobierno, se ocuparían de frenar a Hitler. Hindenburg le tomó la palabra y dijo que Hitler, en todo caso, debería ser canciller de un gobierno de coalición con otros conservadores; y adelantó que el ministro de Defensa debería ser el general Werner Eduard Fritz von Blomberg; el hombre que, al correr del tiempo, acabaría lanzando, con sus exigencias, la Noche de los Cuchillos Largos.

Aquel mismo intenso 29 de enero, Hitler y Papen se citaron otra vez. Papen le dijo que debía de ser canciller; y Hitler fue partidario. Papen le puso como condición que sólo hubiera dos ministros nazis más (Wilhelm Frick en Interior y Göring sin cartera), y Hitler dijo “me ren”. Papen sería vicecanciller. Hitler le dijo a Papen que nada más ser canciller quería convocar nuevas elecciones (entiendo que, controlando los resortes del Estado, las estrecheces económicas del NSDAP se habían acabado) y que luego sacaría adelante una ley para apartar al Reichstag de la vida política. Cuando Papen le presentó estas condiciones a Hindenburg, el presidente de sorprendió de lo moderadas que eran. Papen le dijo: “No se preocupe; lo tenemos comiendo de nuestra mano”.

¿Era, o no era, tonto del culo?

A las 11,15 de la mañana del 30 de enero de 1933, Adolf Hitler Poezl entraba en la oficina de Hindenburg. A las 11,30, juró el cargo de canciller. Hizo un discurso corto, prometiendo defender la Constitución de Weimar. Hindenburg contestó: “ahora, todos estamos en manos de Dios”.

Es de suponer que Hitler debió pensar: “no te puedes imaginar hasta qué punto, man”.

 

 

Y, bueno, lo que nos queda es el espacio de la interpretación. Razón por la cual, ya te pido perdón, este post va a quedar un poco larguito.

Llegados a este punto, en efecto, lo suyo es que nos planteemos cuáles fueron los factores que le permitieron a un político que durante la mayor parte del periodo estudiado fue un político marginal, que disfrutaba de apoyos casi ridículos, llegar a dominar un país como Alemania y condicionar con ello la evolución del mundo civilizado. Es una pregunta interesante que, como todas las preguntas interesantes, tiene muchas respuestas.

En primer lugar, vamos allá con los datos concretos. Me he preparado una base de datos con los resultados de todas las elecciones nacionales entre 1919 y 1932, en la que he incluido los datos relativos a todos los partidos que consiguieron representación parlamentaria; esto, en un sistema tan proporcional como el de la república de Weimar, es incluir a un huevo de partidos (34, para ser exactos). Si hubiera querido hacerlo puto bien, tendría que haber trabajado el doble de lo que he trabajado; pero te recuerdo que ni cobro por lo que hago ni estoy haciendo ningún tefeeme. 

Todo esto también supone que he tenido que tomar decisiones, que tú no tienes por qué compartir, sobre cómo adscribir los partidos por tendencia. Creo, sin embargo, que que las tendencias están claras en el caso de los mayoritarios. Eso sí, cuando entramos en el terreno de los mierdillas, cualquiera puede ensayar una recalificación que, sin embargo, creo que tampoco le iba a cambiar mucho el panorama visto por grandes bloques, que es lo que yo he buscado en el ejercicio. Eso sí, como cualquiera puede ensayar este ejercicio, si me pides el  Excel, te lo mando.

En primer lugar, si vemos la gran evolución, es decir la evolución por tendencias, podemos ver que la derecha alemana, que comenzó la serie en 1919 siendo prácticamente testimonial a causa de su vinculación con el kaiserismo y los sufrimientos de la guerra, tuvo una recuperación de cinco años, lenta pero constante, basada en fibrilar los mensajes en contra de la teoría de la culpabilidad germana en la guerra y la “puñalada por la espalda”. En 1924 alcanzó el umbral que yo creo que era su umbral, del 30%.  El problema es que lo superase, como de hecho lo superó en 1932, en unos 15 puntos porcentuales.



Esos 15 puntos porcentuales no los aportó la derecha propiamente dicha. El DNVP jamás habría tenido un resultado así. Los aportó el NSDAP, y esto es así porque el nacionalsocialismo, a pesar de que tengamos muchas razones para adscribirlo dentro de la tendencia “derecha”, no era, mal que nos pese, una tendencia de derechas pura. La adscripción del nacionalsocialismo al bando de la derecha que yo mismo hago se basa en dos premisas. La primera es que, antes de 1930, en realidad da igual dónde los pongas, porque eran una mierda. La segunda es que, cuando empiezan a tocar pelo de voto, hay que reconocer que Hitler ya ha abandonado (o más bien se ha sacudido, porque yo creo que él, personalmente, nunca las tuvo) las veleidades socialistoides y anticapitalistas del NSDAP; y, por lo tanto, se ha convertido, aquí sí, en una formación de corte conservador.

En este punto de fricción, sin embargo, es donde se rompen buena parte de los análisis al uso. Hitler casi nunca pretendió vivir de la solidaridad de los votantes de derechas; ese sueño se le fue al garete tras el putsch de la cerveza, cuando tuvo cuarto y mitad de lo que eran capaces de hacer, y de no hacer, los políticos de derechas. Además, sabía bien que el voto de centro católico era muy fiel a su partido. En cuanto se centró en la vida, o sea en cuanto Göbels y, probablemente, Göring (que era más listo de lo que parece) lo centraron, Hitler buscó siempre la transversalidad; y, buscándola, desarrolló la segunda forma de transversalidad del fascismo. La primera es la que desarrolla Vladimiro Lenin a través de Karl Marx: monto la transversalidad a base de crear una sociedad con una sola clase, la clase obrera. La segunda, como digo, es la que desarrolla, a su manera, Hitler: encontrar la transversalidad en un entorno en el que la gente vota y disfruta de libertades. 

A mi modo de ver, pues, es importante entender que el nacionalsocialismo no es un movimiento conservador; es un movimiento transversal. Y, claro, si en esto yerras, si se te rompe el argumento en una fase tan previa, ya todo el resto de la planta te crece torcido.

Antes de 1932, es decir, antes de la eclosión del NSDAP, la izquierda tenía un porcentaje promedio de voto del 38,9%, que en la segunda elección de 1932 apuntaba ya a repetir; la derecha, del 23%, muy por debajo del 44% a que se fue en 1932. Y el centro tenía un voto promediado del 38,2% que, sin embargo, en las dos elecciones de 1932 se quedó por debajo del 20%. En suma: en lo tocante a votantes viejos, el gran éxito del NSDAP en 1932 fue hacer el voto de las clases medias extremadamente poroso en su beneficio, mientras que las izquierdas permanecían más o menos estables, en un marco de debilidad respecto de la posición de partida de 1919.

 Lo que hay que buscar, por lo tanto, son las razones de la migración de voto de las clases medias. Razones que, en mi opinión, son éstas.

En primer lugar, está la actitud del SPD. La socialdemocracia alemana fue, durante todo el periodo y hasta 1932, la fuerza política más importante de Alemania. Incluso en las elecciones de 1919 tuvo más de un 45% de los votos, que es un porcentaje, por cierto, que incluso supera ligeramente los resultados de Hitler 13 años después. Ser el partido más votado de un sistema político te genera una serie de responsabilidades. Si no eres el timón, desde luego sí que se espera de ti que seas el piloto.

Una de las cosas que se suele decir en los análisis de la llegada de Hitler al poder es que se apoyó en el miedo al comunismo que generaron las revoluciones producidas en los primeros años de la república de Weimar. Esta tesis me parece errónea, pues Hitler, en realidad, llegó a tener resultados marginales, del entorno del 3% de los votos, incluso bastantes años después de esas revoluciones. Pero resulta que la cosa tiene su razón de ser si lo vemos desde el punto de vista del SPD.



A los políticos socialdemócratas de la república de Weimar les ocurre algo muy parecido a lo que le pasó al PSOE de Francisco Largo Caballero durante nuestra II república. Vivían obsesionados con su izquierda. El USPD les dio un susto de muerte en 1920; un momento en el que se transparentó, mejor que nunca, el hecho de que la mitad de los alemanes que votaban socialismo, estaban votando a un socialismo revolucionario que quería llegar a la dictadura del proletariado tal y como la había predicho su compatriota Carlos. En mi opinión, las elecciones de 1920, más que a pesar, precisamente porque el SPD consiguió poco tiempo después unificar a todos los socialdemócratas, estuvieron presentes en la toma de decisiones del partido durante los siguientes ocho años. El USDP, es cierto, desapareció pronto; pero quedó el KPD, un partido que andaba por el 10% de las votaciones en las elecciones malas, pero que superaba el 15% cuando surfeaba situaciones de crisis social y económica (como en las últimas elecciones de 1932). El KPD siempre fue un problema para el SPD, porque su mera existencia le señalaba la puerta de salida a todos los votantes socialistas que, por lo que fuera, acabaran por cansarse de las estrategias de colaboración con la burguesía del SPD.

Ésta es la razón por la cual la presencia del SPD en los gobiernos de Weimar no está en modo alguno correlacionada con su fuerza parlamentaria; y ésta es la razón de que un partido como el socialista, que obtenía claramente resultados para gobernar, lo que hizo durante casi toda la república fue permitir que otros gobernasen a base de hacer fracasar las mociones de censura que se les presentaban.

Esta actitud debilitó notablemente a la república de Weimar. Si en tu sociedad anónima ves que el mayor accionista se niega a ocupar el puesto de consejero-delegado y se dedica, únicamente, a no tumbar a otros que se presenten para el cargo, y da siempre la impresión de tener el deseo de dedicarse a otra cosa, ¿en qué medida podrás creer en el proyecto? Lo triste, además, es que el tema, encima, no les sirvió de mucho, puesto que las diferentes elecciones celebradas muestran una creciente pujanza del KPD; obviamente limitada porque los comunistas alemanes, las cosas como son, y sea dicho esto en términos científicos, eran más brutos que un arado.

En la práctica, pues, pasaron dos cosas. La primera es que el SPD, con su actitud equívoca, ahora colindo, ahora no colindo, rompió los nervios de sus socios burgueses e impidió la implantación de políticas estables. La segunda, normalizó la posición por la cual una fuerza política que participaba en el Reichstag y, de hecho, recibía en el sistema democrático más votos que nadie, podía coquetear con estar fuera de ese mismo sistema. De esta manera, se podría decir: ¿por qué las clases medias alemanas votaron a Hitler en 1932, si tenían que saber, él lo decía en sus discursos, que quería la victoria democrática para poder acabar con la democracia? Pues por la simple razón de que muchos de los miembros de la clase obrera alemana llevaban diez años votando eso mismo.

El segundo gran factor es el portelismo. La república de Weimar está diseñada a la imagen y semejanza de la visión política de este socialismo alemán schrödingeriano, que en unos momentos es una cosa y en otros, otra. La república de Weimar es un sistema democrático que, sin embargo, se reserva los medios necesarios para dejar de serlo cuando ello sea oportuno. Una democracia, pues, con interruptor de apagado y encendido.

Una parte importante de este montaje la fuerzan las circunstancias. Cuando estás gobernando sobre un país donde se lían las que se lían en Munich y en otras partes del país, no te puedes andar con chiquitas. Cuando tienes el ejército que tienes, un fenómeno paramilitar que a ratos no quieres parar y en otros, los más, en realidad no puedes, pues tampoco puedes ir por la vida generando sistemas garantistas. Pero, las cosas como son, hubo mucho más.

El sistema de gobierno y legislación descrito en el artículo 48 de la Constitución de Weimar era lo que era. Vamos allá con la parte mollar de su redacción, con mis cursivas:

1.      "Si un Estado federado no cumple con los deberes que le impone la Constitución del Reich o las leyes del Reich, el Presidente del Reich podrá obligarlo a cumplirlos con la ayuda de la fuerza armada.

2.      Cuando en el Reich alemán la seguridad pública y el orden se vean gravemente perturbados o amenazados, el Presidente del Reich podrá adoptar las medidas necesarias para restaurar la seguridad pública y el orden, interviniendo, si es necesario, con la ayuda de la fuerza armada. A tales efectos, podrá suspender temporalmente, total o parcialmente, los derechos fundamentales estipulados en los artículos 114, 115, 117, 118, 123, 124 y 153.

3.      Todas las medidas adoptadas conforme al párrafo 1 o al párrafo 2 de este artículo deberán ser comunicadas inmediatamente al Reichstag (Parlamento). A petición del Reichstag, dichas medidas deberán dejar de aplicarse."

Errores graves que hay en esta redacción:

  1. No resuelve un posible problema de circularidad que se produce en la redacción. Pues el parlamento podrá exigir que las medidas dejen de aplicarse; pero, ¿qué pasa si la medida ha sido, o incluye, la disolución del Reichstag, o su no convocatoria?
  2. No define quién decide que una situación supone una amenaza para la seguridad pública; y quién decide que esa amenaza ha terminado.
  3. De hecho, ni siquiera se liga esa situación a una declaración formal (estado de alarma, estado de guerra, motín, tumulto…)
  4. Tampoco se regula lo que no se puede hacer en el marco de esa situación especial. Es decir, no se dice que medidas de administración habitual como pueda ser, por ejemplo, fijar el tipo de cotización por desempleo, podrán o no podrán ser reguladas de acuerdo con este artículo.
  5. No se regula la interacción entre la presidencia del Reich y la cancillería; ni la interacción de la presidencia con los grupos políticos.

Con el artículo 48 de la Constitución de Weimar pasa un poco lo que ocurre hoy en muchos países con la práctica de gobernar por decreto. Se trata de una práctica que el ordenamiento permite por razones de urgencia; pero no lo permite por razones de que, por lo que sea (porque no tengas los votos, por ejemplo), no quieras pasar tu norma por el parlamento.

Los diseñadores de la república de Weimar tenían muy claro que el sistema era amenazado desde muchos flancos, y querían poder defenderse. Más claro: no querían que alguien pudiera virar la república en una dirección que a ellos no les gustase. Paradójicamente, eso mismo fue lo que terminó pasando. Pero lo más paradójico de todo es que las barreras que pusieron los constitucionalistas de 1919 para impedirlo, en realidad, lo que hicieron fue promocionar esa solución.

La aplicación sin tasa ni control del artículo 48 alumbró el portelismo alemán: la práctica consistente en poner a administrar el país a gobiernos que, en puridad, no tenían el apoyo parlamentario para ello, aunque sí tenían la simpatía presidencial. Así llevó Hindenburg a Alemania hacia el nacionalsocialismo en sus últimas etapas; pero, en las anteriores, el socialista Friedrich Ebert ya había hecho lo propio.

La inmensa mayoría de los gobiernos alemanes de Weimar, a causa de la tóxica mezcla entre unos presidentes que tenían en artículo 48 a su disposición y un SPD que no terminaba de rematar como piloto de la nave, fueron gobiernos cuya legitimidad no era evidente. Así las cosas, cuando llegó un tipo que dijo que porque tenía el voto del 40% de los alemanes podía terminar con la democracia alemana, las cosas como son, la capacidad de argumentarle en contra no era muy elevada. De hecho, es probable que su propensión a la dictadura fuese vista como algo positivo por parte de muchos alemanes. La experiencia democrática del país era muy corta y, las cosas como son, no muy positiva. Todo lo que habían visto los alemanes de la democracia era una sucesión de gobiernos inestables que podían caer en cualquier momento si los dejaba caer quien, teniendo más conchas que nadie para gobernar, no quería.

La proliferación de políticos poco legítimos no es ninguna buena noticia. Hoy valoramos, y es algo que debemos hacer, la habilidad y mesura de un Stresemann. Pero no podemos olvidar que, formalmente hablando, la inmensa mayoría de las cosas que este excelente ministro de Asuntos Exteriores hizo, defendió o consiguió, las hizo sin poder decir, en puridad, que detrás de su voluntad estaba la mayoría del pueblo alemán.

El tercer gran factor fue la transversalidad del nacionalsocialismo. Éste es un punto de gran importancia en el momento presente, dado que las ideologías más cercanas al fascismo han mutado en el siglo XXI, intensificando este flanco. Éste es, pues, quizás el argumento más “de hoy” de todos los que se pueden esgrimir.

Vayamos primero con otro tema colateral: las crisis económicas y/o la humillación de Versalles como demiurgos de la llegada del fascismo alemán. Creer en esto es atractivo y, sobre todo, muy conveniente. Creer que el nacionalsocialismo es el producto de una humillación posbélica como no se ha vuelto a producir otra, de una hiperinflación que sólo se ha repetido dos o tres veces más en todo el mundo durante cien años, y del cruel mordisco de la crisis del 29 es, en efecto, una teoría muy conveniente. Es como encontrarnos con alguien que nos habla de una persona de nuestra misma edad y características que acaba de morir de una enfermedad muy rara y cruel; pero, acto seguido, cuando nos estamos mordiendo las uñas, añade: “claro que esa enfermedad está directamente ligada al consumo de tigretones; y el pobre XXXX es que se pasaba el día comiéndolos”. Hala, ya estamos tranquilos; la enfermedad no puede alcanzarnos, porque nosotros no comemos bollos gomosos.

Creer en la correlación Versalles/Crisis-Hitler nos ayuda a pensar que nosotros somos distintos. Que a nosotros no nos puede pasar. Y, precisamente por eso, lo mejor que podemos hacer es aclararnos las ideas, y resetear.

Otras naciones, en otros momentos históricos, han sufrido humillaciones; y crisis profundas. Pero sus democracias han sobrevivido. ¿Eran más listas que Alemania? No, en modo alguno. Simplemente: es que el germen no está ahí. Ayuda, pero no está ahí.

El fascismo es siempre, y siempre es siempre, el resultado de una decepción sistémica. No se alimenta del prestigio que gana, sino del que pierden otros. El fascismo de derechas (el de izquierdas es otra historia, y tiene su propio análisis) nunca para el penalti; el penalti lo falla siempre la democracia que lo tira. Y el problema es doble, porque los pocos demócratas que entienden esto, que son, verdaderamente, muy pocos, concluyen que lo que hay que hacer es “no pasarán”, cordones sanitarios, Frente Antifascista de Blablablá, esas cosas. Es decir: la mayor parte de la gente diagnostica mal el problema; y la poca que lo diagnostica bien, yerra en el tratamiento.

Lo primero que hay que entender del nacionalsocialismo alemán es que no era una ideología de parte. Su objetivo no era favorecer a nadie: ni a los grandes industriales, ni a los agricultores, ni a la clase media, ni a los aficionados del Bayern. Su objetivo era Alemania; un objetivo que lo dotó, como movimiento político, de la transversalidad de los nacionalismos. Su mensaje era el mensaje de Göbels: coloca a la gente frente a realidades muy complejas y, cuando estén angustiados, ofréceles una solución muy, muy simple. El argumentario fue tan corto como eficaz: Alemania se hunde por todos sus flancos; y la culpa es de los judíos y los comunistas. Algo en lo que se puede creer, se tenga un Lamborghini en el garaje, o se viva en una pieza de veinticinco metros cuadrados con la mujer y los seis hijos.

Los hombres de Weimar: Ebert, Stresemann, Müller, Marx, tantos otros, nunca creyeron en la porosidad del voto. Concebían el NSDAP como una especie de Casco de Hierro algo diferente; una organización ultranacionalista capaz únicamente de hablarle a cierto alemán de perfiles muy precisos: conservador, mayoritariamente rural, protestante, probablemente ex combatiente. El asesinato de Rathenau, además, los despistó. Les hizo creer que el fascismo alemán se iba a tirar al monte de la clandestinidad y el terrorismo, y vieron la partida ganada.

Adolf Hitler, sin embargo, tenía, como demostró sobre todo en los veinte meses antes del estallido de la guerra que provocó, la característica fundamental de todo político de raza: inteligencia natural para entender los tiempos. Era de ese tipo de personas que rechaza comprar un piso cuando todavía está demasiado en la periferia; pero tampoco espera hasta que el barrio se haya revalorizado del todo. En sus inicios, tenía una forma de ser un tanto naïf que le llevó a dar el putsch de la cervecería, imaginando que la obvia identificación ideológica con Ludendorff y los gobernantes bávaros crearía una coalición sobre la marcha. Los meses que pasó en la cárcel le sirvieron para pintarse una buena capa del minio del realismo; algo que se nota leyendo Mein Kampf, por enloquecidas que sean sus teorías. Entendió que el futuro de un grupo político como el suyo no estaba en percutir con el Estado, sino en ser el Estado. Comprendió que la crítica no tenía que ser a las políticas, sino al sistema.

El resto lo puso la república de Weimar. Recordad: el fascismo nunca para el penalti; el penalti siempre lo falla la democracia.

A Hitler ni siquiera lo trajeron sus ideas. Ni su habilidad para manejar los tiempos. Ni la inteligencia de algunos de sus adjuntos, incluida la genialidad de Göbels. A Hitler lo trajo un sistema político que no hizo sino fabricar políticos que decidían los destinos de tres, cuatro, o diez veces más alemanes que los que los habían votado. Un sistema político cuyo principal protagonista no parecía saber bien si quería ser Adolfo Suárez o el Che Guevara. Un sistema político regido por el principio como sea, que no tengo ni puta idea; y que, lógicamente, luego hacía pagar a los ciudadanos por sus meconios. Un sistema político que coqueteaba con la dictadura avant la lettre. Un sistema político, no se olvide, que, por aceptar, a cambio de su propia estabilidad aceptó que Alemania estuviese haciendo pagos por una guerra terminada en 1918 hasta casi el día en que el sistema político que estaban inaugurando Lenin y Stalin colapsase en el Unter den Linden de Berlín.

Todo lo que necesitaba Hitler era lo que necesita cualquier ultra, sea ultra zurdo o ultra diestro: una situación de crisis. No tengo pruebas, pero aún así estoy convencido de que los más inteligentes entre los miembros del NSDAP estaban rezándole a la Virgen de la Birra Tostada para que el referendo contra el Plan Young se perdiese. Es más: es que yo creo que el NSDAP apoyó aquel referendo porque sabía que no podía ganar. El referendo fue la jugada genial de Hitler; una jugada magistral de manejo de los tiempos, de ésas que en la notación de una partida de ajedrez te ponen con dos o tres signos de admiración. El nacionalsocialismo alemán es: polarización social + financiación suficiente + acceso al conocimiento en todo el país. Los dos últimos elementos de esa adición los consiguió en el referendo contra el Plan Young. Estoy seguro de que los nacionalsocialistas sabían que el Plan Young era lo mejor que le había pasado a Alemania desde la invención de la salchicha Frankfurt. Su jugada fue perfecta: no arriesgaron nada en la campaña, pero consiguieron ser conocidos en toda Alemania; consiguieron que toda la gente que estaba empezando a estar hasta los huevos de la inflación, de los decretos de emergencia, de los gobiernos muñidos en los despachos, de la purria revolucionaria, de la humillación de un imperio, supiese que ellos, los nacionalsocialistas, eran el cubo donde podían vomitar.

Y esto es así porque hay una regla que yo creo que se cumple a rajatabla: cuando una sociedad empobrecida y sin clase media se polariza, su destino es el fascismo de izquierdas. Cuando tiene clase media, el destino es el fascismo de derechas. Pero el fenómeno, sustancialmente, es el mismo. La idea es estrechar el voto moderado; por eso mismo, todo aquel que, de palabra, de obra o de omisión, trabaja para desencantar a las clases medias, o para empobrecerlas, es el tipo de político que los fascistas adoran; aunque digan que lo odian.

Cuando se plantea la cuestión de la llegada del nacionalsocialismo en Alemania, es común hacerlo en términos del tipo: "¿Cómo pudo el pueblo alemán apuntarse a esa locura?" Es un poco la tesis que siguen analistas tan serios como Kernshaw, cuando dice eso de que los alemanes se hipnotizaron con la hubris de Hitler y, consecuentemente, también hubieron de compartir su nemesis.

Si algún día, por ejemplo si eres profe de Historia (que alguno lee estas notas, me consta) quieres plantear la cuestión a tus alumnos o en una tertulia cualquiera, mi consejo es que no empieces por este concepto. No hables de locura, de secuestro mental; de reacción incomprensible. Si lo haces, estarás en ese tipo de tracto mental, ya descrito en estas notas, típico del tipo que no es fumador y se entera de que su vecino tiene una rara y dolorosísima enfermedad mortal; y se aplica a hacer preguntas y preguntas para "demostrarse" que todo lo que le pasa a ese vecino enfermo le pasa porque es fumador. De esta manera, ya está: ya podemos sacudirnos el miedo de enfermar nosotros algún día, puesto que nosotros no fumamos.

Pero nosotros fumamos. O podemos fumar, cuando menos. Los alemanes de 1932 no fueron hipnotizados; nadie les echó algo en el agua, ni en la cerveza. Lo que hicieron, básicamente, fue sacar consecuencias de una situación. Unas consecuencias, ojo, bastante lógicas. Una situación que no remontaba (dos crisis económicas en muy poco tiempo). Unas fuerzas políticas mayoritarias esquizofrénicas, que por la mañana, en el Reichstag, eran el sostén de la república; y por la tarde, en la Casa del Pueblo, hablaban de revolución y dictadura del proletariado. Un sistema liberal parlamentario que coqueteaba sin problema con el uso torticero de la ley y las derivas dictatoriales. Una democracia sin equilibrios. Una clase política dispuesta a gobernar legitimada; y también a hacerlo deslegitimada. 

La democracia liberal es un sistema que tiene reglas muy claras: contrapesos de poder, respeto a las minorías, e imperio de la ley. La gente se empeña en identificar la democracia con el voto; ahí están los catalanes del bulén butá. Pero lo primero que has de entender es que voto sin contrapesos + respeto a las minorías + imperio de la ley, no es una democracia. Es apenas un régimen en el que te invitan a masturbarte delante de una urna cada cuatro años. 

La república de Weimar fue una democracia rajoyana; porque respetaba esas tres reglas de los contrapesos, minorías e imperio de la ley; o no. Las respetaba cuando le venía bien, pero cuando el camino se ponía en cuesta, las dejaba de respetar. Por eso es un poco estúpido calificar el nacionalsocialismo de "locura" y venir a decir que cómo es posible que todo un pueblo quedase hipnotizado por un señor. Los alemanes vivían en un mundo en el que su democracia jugaba con cartas marcadas cuando le venía en gana. Por supuesto que sabían que Hitler era un tahúr. Pero el problema es que no era el primero que habían visto.

Una democracia de calidad tiene que ser consciente de que hay aspectos en esa misma democracia que no son intuitivos; y eso quiere decir que hay mucha gente cuya pulsión principal no es respetar las reglas (ésta es la razón por la cual el principio "el pueblo siempre es sabio" es un meconio de puta madre). La consecuencia fundamental que hay que sacar de esta "contra intuitividad" de la democracia, cuando se es político, es que la democracia hay que respetarla, hay que abonarla, hay que regarla, 24 horas al día, siete días a la semana, doce meses al año. Sin fisuras, sin desmayos, sin excepciones. Tres reglas: contrapesos de poder, respeto a las minorías, imperio de la ley. Ni una se rompe. Nunca. 

Porque romper las reglas es abrir un portillo. Quien las rompe, muchas veces, dirá: "lo hago por un bien mayor". Incluso puede que esté convencido de que, haciendo eso, profundiza la democracia: estoy poniendo un cortafuegos al avance de los ultras. blablalá; estoy consolidando el poder popular; esas cosas. Pero eso no es lo que está haciendo; y la república de Weimar es la mejor demostración de que no es así. 

El problema de romper las reglas es que, una vez que las rompes, las rompes para todos. A partir de ese momento, no sólo los que te caen bien podrán romperlas; también lo podrá hacer los que te caen mal. La única manera de parar a los que te caen mal es mantener incólumes las reglas. Si las rompes, tu contrincante esperará paciente al día, que acabará llegando, en que tendrá los votos y el apoyo social suficiente como para ser él quien rompa las reglas. 

Y, si ese día llega, el culpable serás tú.

La llegada del fascismo, pues, la evitan los sistemas democráticos no sectarios, equilibrados, en los que existe un adecuado contrapeso de poderes, donde nadie manda demasiado pero tampoco demasiado poco. Sistemas que repelen el sectarismo, que no transmiten la sensación de que su clase política quiere perpetuarse a sí misma. Sistemas que respetan a sus ciudadanos compartiendo con ellos la responsabilidad de tomar decisiones.

Ésta es, para mí, la lección fundamental de estas notas. Y qué gusto da comprobar que la hemos aprendido, ¿no?

 

 

 

¿No?


Pour en savoir plus

CARTER HETT, Benjamin. The death of democracy. Este libro está editado en formato muy barato, unos 13 pavos, y si no lo has leído, deberías leerlo. Está centrado específicamente en los momentos crepusculares de Weimar, y abunda mucho en los paralelismos con procesos actuales.

KOLB, Eberhard. The Weimar Republic. Traducido cuando menos al inglés porque ha sido considerado siempre el manual universitario por excelencia sobre el periodo. 

MCDONOUGH, Frank. The Weimar years: rise and fall 1918-1933.

MCELLIGOTT,  Anthony. Weimar Germany.

PEUKERT, DETLEV. The Weimar Republic. Escrito inicialmente en alemán, hay traducciones que yo conozca al inglés, italiano y al francés. Al español no la conozco.

WINKLER, Heinrich August. Weimar 1918-1933. Die Geschichte der ersten deutschen Demokratie. Yo cuando menos sólo he conocido la versión en alemán. He trabajado con algunos capítulos traducidos por una amiga. 

WEITZ, Eric. D. La Alemania de Weimar. Presagio y tragedia. Es un libro excelente, y está en español traducido por Gregorio Cantera.


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