domingo, septiembre 11, 2011

La educación, hace cien años


Estos días andan las cosas revueltas en el mundo de la educación. Por otra parte, sé positivamente que alguno de los amables lectores de este blog tiene la profesión de maestro. Un poco por todo esto, he rescatado de mi estantería el folleto cuya portada figura encabezando este post. Folleto que reproduce las intervenciones que se produjeron en el seno de un mitin organizado por los profesores de la escuela primaria, el 13 de julio de 1919. Hace, como quien dice, unos cien años.

¿Qué pedían los maestros (de primaria) hace cien años? En palabras de un dirigente de su asociación apellidado Vecina, pedían "una escuela mejor, un amparo mayor para el niño español, un mejoramiento de verdad para el magisterio nacional".

Se quejan amargamente los maestros en sus intervenciones de ser la hez de la sociedad, algo que justifica el origen de la frase hecha, que claramente pesa sobre ellos como un baldón, que dice "pasas más hambre que un maestro escuela". Al señor Vecina, sin ir más lejos, le duelen los "miserables haberes" del maestro, por los que éstos "recibían a cambio el desprecio de las gentes". El maestro, nos dice su dirigente corporativo, es despreciado por los demás, y eso es algo que sólo cambiará "concediéndonos igual categoría social, lo que en la actualidad equivale a igual categoría económica, que al resto de los funcionarios del Estado". Se quejaban los maestros, por lo tanto, no sólo de ganar poco, sino de ganar menos que otros funcionarios, lo que contribuía a que fuesen vistos como trabajadores de segunda.

Lo dice más categóricamente el señor Casero, representante en el mitin de los maestros catalanes: "si la función del maestro es una necesidad imprescindible en la vida social, que se le retribuya y se le considere, que se le pague y se le dignifique. Si, por el contrario, se cree que se puede prescindir fácilmente de él, que se le suprima". "Nosotros", prosigue el orador de Barcelona, "venimos aquí para decir a todos, rojos y azules [sic], Gobierno y pueblo, prensa y opinión, que es preciso resolver el problema de la escuela y que éste no puede resolverse sin dignificar y retribuir dignamente al encargado de ella".

Estamos en tiempos presindicales, pero el lenguaje de la reivindicación laboral ya fluye. Así, Vecina brama, y el público aplaude: "No creáis que el último de los maestros españoles os está invitando a la rebelión; quien os invita a ella es el propio poder público"; más aún, remacha: "una cosa es el heroísmo, y el heroísmo es cosa voluntaria, y otra cosa es que se nos obligue a ser héroes, y entonces ya no se es héroe, se es esclavo".

Obsérvese la queja con la que comienza su breve disertación la notable feminista vasca, maestra en Madrid ya en los tiempos de este acto, Benita Asas: "resulta anómalo, por no decir absurdo, el que personas dignísimas, sí, pero completamente ajenas a la enseñanza, puedan ser hoy directores generales, consejeros y hasta ministros [se entiende, de Educación]". Juzgue el lector si el tiempo ha borrado esta queja. Como se queja de algo tan aparentemente moderno como los impagos de la Administración Pública. A ella y otras maestras, dice Asas, se les deben aún (1919) unos cursos impartidos en 1912.

El señor Cortés Cuadrado, que de sus propias palabras cabe deducir dirigía en 1919 la Escuela Normal y se dice en el discurso ya valetudinario, abunda en la queja de Benita doliéndose del desprecio de los gobernantes y legisladores hacia la formación del maestro: "es bien raro que aquéllos que promulgan las leyes vengan a quejarse, vengan a decir que el maestro es inculto, cuando, después de todo, aquél es como el Estado lo hizo; y si no es más culto, es porque el Estado o no ha querido, o no ha sabido darle cultura". El tono de la defensa, en todo caso, que es un tono que no desmiente el fondo de la cuestión, da que pensar que en 1919 la acusación de gañanería en la persona de los maestros debía de ser tan frecuente como frecuentemente acertada. De otro modo, la defensa bien habría sido otra. Ítem más: reflejando el enorme esfuerzo de muchos maestros por formarse de forma autodidacta, reconoce Cortés Cuadrado que lo que obtienen de la Escuela Normal es, apenas, una "cultura ínfima".

La mayor parte del contenido de los discursos se refiere al que será el primer punto de la base reivindicativa de la Asociación, presentada en el mitin: más escuelas El maestro, nos dicen los oradores, necesita escuelas. Y de sus palabras cabe deducir las condiciones deplorables en que debían estudiar nuestros abuelos y bisabuelos. Para muestra, este párrafo del señor Cortés Cuarado; párrafo, por otra parte, teñido de un buenismo en torno a la persona del alumno que refleja cierto punto de vista naif:

"Si el niño se negara a ser educado, todo el trabajo del más inteligente y laborioso maestro se estrellaría contra esa voluntad rebelde. Por fortuna, podemos apoderarnos de esa voluntad del niño y podemos hacer que se preste de una manera gustosa a ser un objeto activo de su propia educación. ¿Cómo? En vez de ofrecerle esas escuelas que para él son una prisión oscura y triste, donde se le obliga a permanecer varias horas del día en una inactividad casi absoluta, donde no tiene aire que respirar, ni luz para sus ojos, donde no encuentra más que el tormento de un potro y donde constantemente piensa en el momento de salir de él; en vez de eso, debe ofrecérsele una escuela en donde encuentre todos los elementos que fuera de ella le deleitan y fascinan: luz, aire, árboles frondosos, flores y pájaros, colores y aromas, músicas y cantos, espacio libre donde correr y desarrollarse, espacio también para contemplar la hermosura de los cielos [este punto de la disertación fue interrumpido por los aplausos], y de ese modo veréis cómo ese niño que ahora, naturalmente, se resiste a acudir a la escuela, porque la escuela es un entorpecimiento perpetuo y constante para el cumplimiento de las leyes de la naturaleza del niño, veréis, repito, cómo acude gustoso, ansioso, deseoso de estar ahí el mayor tiempo posible; y en lugar de pensar en el momento de salir, estará prestándose con todas las fuerzas de su alma a recibir gustosa y fructuosamente la acción inteligente y constante del maestro".

Dejo al lector la decisión sobre si ahora que el niño tiene en la escuela luz, aire, cantos frondosos, espacios aromáticos y músicas celestiales, acude a ella gustoso y deseoso de estar en ella el mayor tiempo posible y de recibir gustosa y fructuosamente las enseñanzas del maestro.

Pilar Oñate, de quien he podido saber que en el momento del mitin tenía 30 años de edad, que era maestra por oposición y hablaba francés, inglés, italiano y alemán, es más prosaica y concreta al demandar, para la mejora de la escuela, más dinero. Pero, ojo: "ese dinero es preciso que se emplee en lo que es debido, y que se acabe de una vez ese absurdo, por desgracia tan corriente en España, de que en lugar de buscar personas para los cargos, se busquen cargos para las personas". Otra vez invito al lector a preguntarse sobre si hoy en día, verdaderamente, se buscan personas para los cargos, como reclamaba doña Pilar entre aplausos frondosos.

Me interesa reproducir, del discurso de esta maestra, unas líneas que describen bastante puntillosamente el día a día del maestro de hace cien años:

"A las personas que son ajenas a la enseñanza, es menester que los profesionales les den una idea de lo que representa la vida del maestro. Para serlo ha seguido una carrera de cuatro o cinco años; después ha necesitado hacer unas oposiciones y, cuando al fin está al frente de su escuela, tiene seis horas de trabajo intenso, en que necesita poner su inteligencia, su voluntad, su tacto, su habilidad; trabajo en que no caben desmayos, pues si el maestro desmayara, la escuela vendría a la ruina. Hoy, en todos los oficios se pide la disminución del trabajo. Pues bien: el maestro, después de las seis horas que ha permanecido encerrado en su escuela, cuando las bandadas de pajaritos sueltos marchan a sus hogares, alegrando por un momento la tristeza de las callejas pueblerinas, va a su casa y encima de su mesa encuentra trabajos para corregir, planas que tiene que revisar, trabajos manuales a que tiene que dar una última mano. Nosotras las maestras nos encontramos con labores que tenemos que preparar. Todo esto representa un par de horas del trabajo. Y si el maestro quiere además estar al corriente de lo que en el mundo sucede, perfeccionarse y adquirir mayores conocimientos para que su escuela no marcha como el día que la recibió, sino siepre al compás de las corrientes de los tiempos, necesita también dedicar otro par de horas a estos trabajos y a preparar las lecciones".

Como estamos, ya lo dije, en tiempos presindicales, Pilar Oñate deja brotar de sus labios algunas palabras que hoy sonarán anacrónicas a los dirigentes de la enseñanza:

"Yo deseo que no cesemos en esta campaña que, por decirlo así, ahora se inaugura. Hemos de pedir nuestras justas reivindicaciones, pedirlas sin mendigar, porque la justicia no se mendiga; pero al mismo tiempo sin amenazar, porque la amenaza tiene algo de degradante, puesto que tiene su eficacia en la cobardía ajena. De suerte que yo quisiera, en este momento, aprovechando esta ocasión, hablar de una palabra que ha sonado en los corrillos y hasta se ha hablado algo de ella en la prensa: me refiero a la palabra huelga, que yo quisiera ver borrada de nuestro diccionario profesional".

¿Por qué? Pues porque "la huelga es un arma de indudable eficacia cuando significa la paralización inmediata de servicios; pero reflexionad un momento y decidme: ¿qué representa una huelga de maestros de escuela? Nada, absolutamente nada. Los niños creerían que se habían anticipado las vacaciones. Hace ya algunos años que, gracias a Dios, los maestros de escuela no servimos de tema a piezas del género chico, y una huelga así, creedme, haría que volviéramos a figurar en las revistas cómicas; acabaríamos de la manera peor, cayendo en el ridículo. Supongamos que la huelga se prolongara durante algún tiempo. La nación hasta en los últimos rincones tiene escuelas privadas, en las cuales matricularían a sus hijos los padres españoles. Pues bien: el día que viniera un Gobierno poco amante de las escuelas públicas y deseoso de economías, podría decir: suprimo las escuelas públicas y subvenciono a las escuelas que han recibido a los niños mientras los maestros se declararon en huelga."

Al acto de 1919 asistieron varios diputados, entre ellos al menos dos que serían ministros de Educación (Marcelino Domingo y José Gascón). En general, todos los padres de la patria se emplearon en sus discursos a pasarle la mano por el lomo a los maestros, a justificar de variadas formas los sueldos deplorables que cobraban, y a prometer, que es lo que mejor han hecho los políticos de siempre. Aunque hubo uno cuya intervención, por los propios comentarios del folleto, fue bastante polémica. Se trata de un señor La Portilla (he encontrado un José de la Portilla, diputado por Santander; pero en las cortes de 1854, así pues o es éste mismo hecho un Matusalén, o su hijo, que podría ser, o alguien sin relación) que fue varias veces interrumpido por decir cosas como, atacando la voluntad de los maestros de volverse reinvidicativos: "si la escuela ha de ser centro de rebeldía, que se hunda". No obstante, pudo desarrollar su intervención, porque los mítines decimonónicos, y éste lo es, no son como los nuestros actuales, en los que sólo encontramos gentes que dicen lo que queremos escuchar. A los mitines de entonces no sólo se invitaba a personas de otras creencias, sino que se les dejaba hablar y se les escuchaba.

Eso sí, La Portilla montó la mundial cuando propuso que se formasen comités provinciales para decidir dónde era necesario construir nuevas escuelas; y propuso, además, que dichos comités estuviesen formados por maestros y (cursiva mía) "dos autoridades que creo son indispensables por su prestigio y su fuerza positiva social, que son el gobernador y el obispo". De alguna manera, y aunque nadie los cite en los discursos, los intereses de la Iglesia andan detrás de todo lo que en esa mañana de julio se dijo en el Teatro Centro de Madrid. Inmediatamente después de La Portilla, otro padre de la patria, de apellidos Requejo Velarde, se queja de que aún haya que terminar con (ojo con el orden) "la vergüenza de que sea España una nación donde vivan misérrimamente los curas, donde el labrador está abandonado y continuamente cortejado por el desamparo oficial, donde el maestro se muere de hambre". Este señor clama también, entre aplausos: "¡Es triste que mientras en España no hay escuelas se levanten cines, donde enjambres de niños se corrompen!" Anda que, si llega a conocer las videoconsolas, le da un parraque...

Terminemos. José Gascón y Marín, aragonés, futuro ministro de Educación, sentencia: "¿qué es la escuela en España? En las cuatro quintas partes de la misma, almacén de niños".

Juzgue el lector si en esto se ha avanzado.



Y, bueno, por hacer una referencia al presente, me limitaré a decir que me llama un poco la atención que en todo el conflicto sobre la educación en España, las inversiones que demanda, el salario de los maestros, etc., haya un colectivo de españoles a los que nunca se nos pregunta nada: aquéllos que no tenemos infantes en la escuela, pero que, recuérdese, de todas formas la pagamos. En la más cutre de las comunidades de vecinos se deja que el del bajo pueda opinar sobre qué tipo de ascensor habría que poner.