jueves, marzo 22, 2018

Isabel (19: las cosas salen peor que el orto)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto


A Isabel no le habían faltado advertencias en el sentido de que Enrique podía resolver el sudoku francés mediante su conversión al catolicismo. La reina de Inglaterra se informaba de los asuntos de geopolítica católica a través de Lorenzo Guicciardini, un político a sueldo del Gran Duque de Toscana, Fernando de Medici. Los Medici eran católicos pero, al mismo tiempo, eran rabiosamente antiespañoles, lo que les llevó a tener una relación estrecha con Londres. Guicciardini le había dicho varias veces a la reina que no descartase ese enroque real.

En realidad, Isabel estaba razonablemente convencida de que Enrique iba a montar la de Saint-Denis aproximadamente unos nueve meses antes de que lo hiciera y, de hecho, había amenazado veladamente al rey francés con las consecuencias.

Todo esto, sin embargo, no impidió que, cuando le llegó la noticia, a Isabel le sentase como si tuviera testículos y alguien le hubiese arreado una patada en todo el medio de los mismos. Verdaderamente, Isabel había creído (como creen muchos conocedores epidérmicos de la Historia, muchos de ellos españoles) que su triunfo sobre la Armada había supuesto un antes y un después, había girado la manija de Europa y había inclinado en plano de la Historia en su dirección. Cuando comprobó que no era así y que la principal manzana del continente que estaba en almoneda, esto es, Francia, caía del lado de los papistas, se quedó catacróquer durante semanas. Le escribió una carta obviamente petada de reproches al rey francés (que hemos de suponer la utilizó durante alguna visita al excusado), y ordenó la retirada total de sus tropas de Francia. Burghley, sin embargo, consideraba este gesto demasiado radical; así pues, porfió sin cese hasta que la convenció de que diera una parcial marcha atrás; fueron sólo los heridos y enfermos los que volvieron; lo cual, al fin y a la postre y como veremos, fue una desgracia.

Lo que siguió fueron las consecuencias de todo aquello. A pesar de que había hecho todo lo posible por revertir el coste de la campaña francesa al rey Enrique y de que el propio Essex había pagado soldadas por sí mismo, al Estado inglés la broma de la guerra civil francesa, en la que no había conseguido nada, le costó unas 100.000 libras, que es un pastón para la época. Todo ese dinero salió de exacciones fiscales establecidas para la causa (la madre de todas las derramas). Además, la propia guerra, que congeló la principal vía de entrada y salida para lo que los ingleses se comían o vestían y vendían, esto es, el Canal, provocó en 1592 y 1593 una crisis económica de agudas proporciones que se cebó, sobre todo, en eso que hoy llamamos el paro juvenil.

Desde un punto de vista político, el tema más complicado eran los impuestos. Desde la marcha de Leicester a Holanda, el tema no había hecho sino empeorar: había sido necesario financiar la resistencia a la Armada (mientras, además, buena parte de los ingleses jóvenes eran movilizados), y después la aventura gabacha. En las últimas horas de luz de un domingo de junio de 1592, todo este tema se acrisoló en lo que hoy consideraríamos una manifa. A lo largo de la Bermondsey High Street en Southwark, se fue formando una abigarrada multitud de aprendices artesanos sin trabajo, parados juveniles en general y veteranos de guerra que, como ya sabemos, no fueron precisamente bien tratados por la reina que juraron defender. Hay que entender, por cierto, la especial sicología del parado juvenil en aquella época. La mayor parte de los jóvenes que no encontraban trabajo habían sido aprendices de un oficio en algún gremio. Habían, por lo tanto, pasado por un largo y pedregoso cursus honorum hasta llegar a ser artesanos, durante el cual, las más de las veces, sus maestros los trataban como la mierda y los explotaban vilmente. Todo eso el jovenzano de la época lo soportaba estoicamente porque sabía que al final del túnel había luz: una vez sentase plaza de artesano, en un mundo en el que los gremios establecían departamentos estancos que los liberaban de la competencia, el trabajo estaba asegurado. Salvo que no hubiese trabajo, claro. En muchos casos, durante las crisis económicas del Renacimiento y más tarde, los aprendices se sintieron como ese estudiante al que le hacen pagar un máster de 70.000 euros y, una vez aprobado, van y le dicen que en la Bolsa de Trabajo hay un par de ofertas de reponedor del Carrecuatro.

La situación se salvó gracias al alcalde de Londres, sir Willam Webb. Webb tuvo la visión, muy moderna por cierto, de que aquel 15-M se le podía subir a la chepa con dos de pipas; así pues, tomó a su sheriff y sus adjuntos, se subieron todos a los caballos, cruzaron el Puente de Londres y procedieron a arrestar a los cabecillas del movimiento, descabezándolo de un golpe. Al día siguiente, inteligente de nuevo, Webb le recomendó a Burghley que solucionase el tema con dos hostias y una multa, o sea que no se cebase, no fuera que el resultado fuese peor que el origen.

Las sospechas eran muchas de que se preparaba otra mani para el Midsummer Day. Así las cosas, el gobierno decretó el toque de queda. Se decretó el cierre (todo el día) de las casas de juego y otros establecimientos públicos (incluso los bolos) hasta año nuevo, y se montó un importante servicio policial de vigilancia callejera no sólo en Londres, sino también en las áreas adyacentes de Medio Sexo y Surrey.

Webb, que es un tipo que yo creo que merecería una medalla histórica por el profundo conocimiento que demuestra del pueblo sobre el que gobernaba y su propensión hacia la mano izquierda, le escribió a Burghley diciéndose que se le había escapado un detalle que podría poner las cosas mucho peor: la violencia xenófoba. Los conflictos religiosos y las vicisitudes de la geopolítica en los veinte o treinta años anteriores habían provocado un importante flujo de inmigración extranjera hacia Inglaterra en general y Londres en particular, y Webb ahora temía que los disturbios se volvieran contra ella. Temía, fundamentalmente, por los calvinistas holandeses refugiados en Londres, la mayoría de los cuales habían levantado negocios y tiendas. Muchos comerciantes ingleses, poco proclives a entender las razones de la solidaridad religiosa, consideraban que aquellos tipos, algunos de los cuales ya iban por la segunda generación de residentes, les estaban quitando el negocio. Incluso entrando en el terreno de lo religioso, no dejaban de recordar que en el caso de muchos de ellos (los holandeses, por ejemplo), en realidad disponían de libertad para practicar su culto en su país de origen; así pues, concluían, allí no hacían nada.

Otro grupo de huidos religiosos, los hugonotes, se había establecido en Inglaterra desde 1572 (la noche de San Bartolomé). En gran parte, los primeros huidos ya habían muerto, y ahora quienes estaban en Londres eran sus hijos; gentes que, a pesar de haber crecido en Inglaterra, seguían manteniendo su identidad francesa y, por lo tanto, su tendencia a segregarse de los ingleses. La mayoría de aquellos comerciantes habían servido como aprendices en los gremios ingleses hasta conseguir su categoría de artesanos; pero entonces, tirando de su identidad francesa, habían tomado la costumbre de tomar sólo aprendices franceses y, además, dado que tenían contactos al otro lado del Canal para realizar importaciones de materias primas, por lo general vendían más barato que el producto propiamente local. Como eso los convertía en gente próspera, nos encontramos con que en numerosos barrios de Londres ocurría lo que en las regiones insulares españolas y otras zonas turísticas con los alemanes y los británicos: los hugonotes se lanzaron a saco a la inversión inmobiliaria. Como consecuencia: los otros protestantes le quitaban el trabajo a los ingleses, les encarecían la vivienda convirtiéndose en sus caseros; y la respuesta de la reina era esquilmar a los ingleses a impuestos para pagar guerras.

En agosto de aquel 1592, por si faltaba poco para el duro, a la manifa se unieron bacterias, virus y microbios. Se produjo una plaga mortal en la ciudad como consecuencia del regreso de los soldados enfermos de Francia. La mayoría de aquellos soldados no tenía ni un mango: la reina todavía les debía (y les seguiría debiendo) las soldadas. Así pues, la ciudad se llenó de mendigos homeless que cada vez que te pedían limosna te mandaban un ejército de bichitos por el aire.

En el otoño, el gobierno decidió resolver el problema à la manière isabelline, esto es, simplemente prohibiendo a los veteranos que entrasen en Londres. Asimismo, ordenó que las fiestas del calendario otoñal fuesen anuladas, para que la gente no se juntase. Acojonada ante la perspectiva de enfermar, de hecho Isabel trazó un perímetro de dos millas a las redonda de su palacio donde no podía entrar ni dios. Los tribunales prácticamente cerraron, y los pocos juicios que celebraban, los más urgentes, se oían en Hertford Castle, a tomar por culo de la ciudad.

Con todas estas medidas, la mortalidad en la ciudad se moderó algo. Pero eso sólo fue mientras hizo frío. Con la llegada de la primavera de 1593, generosa, el tema rebrotó. Se ordenó que toda casa donde se produjese un contagio fuese sometida a cuarentena; la puerta de la calle debería marcarse con una cruz roja. Se cerraron de nuevo los teatros, esta vez durante trece meses. Sólo se podían hacer representaciones a más de siete millas de la catedral de San Pablo.

En el Parlamento, mientras tanto, era un clamor lo que se producía en favor de los veteranos de guerra. Incluso los nobles ingleses, a los que, la verdad, la suerte del commoner siempre les ha importado dos remigios, se habían coscado de la enorme injusticia que estaba cometiendo eso que podríamos llamar el Estado inglés con los tipos que habían ido a las guerras que a éste le interesaban y que, incluso, lo habían salvado de ser invadido por España. Arrastrando la entrepierna, la reina concedió a los que se encontraban en situación más penosa una subvención de dos shillings a la semana. Pero, vaya. En primer lugar, los beneficiarios eran aquéllos que estaban en una situación tan jodida que la norma tuvo que permitir que el beneficiario pudiera enviar a un representante a cobrar la pasta (muchos estaban tirados en una esquina, sin poder ya moverse). Y, en segundo lugar, aquella subvención apenas daba para comprar un poco de pan y queso; yo calculo que vendría a ser como darle hoy en día a un veterano de guerra unos 150 pavos al mes, si no menos. God save the precious Queen...

Además, hay otro detallito que demuestra que quien hace la ley, la hace a su conveniencia. Los tecnócratas de Burghley introdujeron en la norma un artículo fundamental: la subvención sólo sería pagadera en el lugar de nacimiento del soldado. Lo cual venía a suponer que todo un ejército de inválidos, escrofulosos, tuberculosos y sifilíticos tendrían que dejar Londres si querían tener su parte de la generosidad real.

Aquello sirvió para quitarle presión a la olla, pero no del todo. En abril y mayo, en diversos barrios de Londres comenzó a generalizarse el fenómeno de patotas de jóvenes desempleados que deambulaban en grupo por las calles, dispuestos a hacer uso de la violencia, muy particularmente contra los extranjeros. En la noche, esas pandillas distribuían pasquines y pegaban carteles en las paredes repletos de mensajes xenófobos. Tenían en qué mirarse: el llamado Evil May Day, una fecha a los inicios del reinado de Enrique VIII en la que los jóvenes aprendices locales habían desatado la violencia contra los extranjeros. Aquella vez su principal objetivo habían sido los prestamistas lombardos.

El calor no es bueno para aplacar los ánimos cuando están exaltados, y por eso no colaboró demasiado en el conflicto el hecho de que el verano de 1593 fuese para los londinenses un verano con todas sus letras, dicho sea en términos hispánicos. Pero, claro, tanto calor en una ciudad abigarrada y sucia que, además, llevaba meses coqueteando con las epidemias, no vino precisamente para llenar las piscinas, sino los cementerios. En las cárceles, muchos presos murieron por golpes de calor y la ciudad, literalmente, quedó parada, puesto que buena parte de los hombres de negocio se fue al campo y cerró sus chiringuitos. En junio, la reina ordenó que se celebrasen oraciones públicas en contra de la plaga; ella misma estaba un poco acojonada puesto que, a pesar de que se había refugiado con un estrecho círculo en el castillo de Windsor, había visto cómo uno de los sirvientes de una de sus camareras moría dentro del castillo por la plaga. La situación era tan comprometida que se hizo necesario desconvocar la Feria de Bartolomé, un mercado de grandes proporciones, que se combinaba con diversos juegos y entretenimientos, que tenía lugar a mediados de agosto fuera de las murallas de la ciudad y era, por así decirlo, los sanfermines de los londinenses. Las autoridades de la ciudad abogaron por el establecimiento de controles para que los enfermos no pudieran entrar en la feria a cambio de que ésta no fuese desconvocada. Pero la reina se negó, a pesar de que sabía de que la feria de agosto era fundamental para la economía londinense (como las ventas de Navidad de hoy en día para algunos comercios). Finalmente, Burghley la convenció de que si no había feria sería un desastre económico de grandes proporciones.

La conspiración de hechos, esto es, la plaga y la pérdida de Francia para la causa protestante, acabaron por llevar a Isabel a varios de esos periodos de depresión que por otra parte fueron relativamente frecuentes en su vida. La lectura que hizo de los hechos, a pesar de llevarla a la depresión, siguió siendo coherente con su sicología, esto es, siguió buscando las vías para liberarse ella personalmente de toda carga: todo lo que había pasado, incluso la plaga de Londres, no era culpa de ella, sino un castigo de Dios por la conversión al catolicismo de Enrique. En su visión entre mesiánica e interesada (porque no me digáis que la interpretación de las cosas no le venía de coña a una señora que tenía bastantes problemas a la hora de decir eso de por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa), Isabel, que ya tenía sesenta palos, comenzó a pasar largos ratos leyendo la Biblia, a ver si encontraba una solución a su problema teológico y moral, además de traducirse la Consolación de la filosofía de Boecio.

El horrísino calor de 1593 se terminó al año siguiente, dando paso a unos meses cálidos repletos de tormentas. Un montón de agua que siguió manando hasta bien entrado el verano y que arruinó los campos. En agosto se pasó más o menos bien, pero en septiembre regresaron los diluvios y las inundaciones. El valor del grano se dobló, y ya se sabe que, en una economía como aquélla, el encarecimiento del cereal suponía el inmediato encarecimiento de las mesas de los más pobres. La situación pedía movida, y la hubo.

Comenzaron las demostraciones, las rebeliones y los saqueos en Londres. El Consejo Privado trató de resolver el problema como siempre lo intentan todos los consejos privados del mundo mundial, sean éstos absolutistas, democráticos o devotos de la Sharia: decretando que los agentes económicos tienen que vender los productos a un precio menor, aunque sus costes sean los que son. Y los agentes económicos respondieron aquella vez como responden siempre: pasando de todo porque por otra parte, no les queda otra puesto que el comerciante es un comerciante, no una ONG. Una noticia contribuyó a calentar, además, los ánimos: aquel verano se acabó sabiendo que el lord Chamberlain, lord Hunsdon, había contratado a la compañía de Will Shakespeare para que representase en palacio dos comedias para la reina. La noticia, la verdad, daba toda la impresión de que a la reina le importaba más echarse unas risas que alimentar a su pueblo. Recordemos, además, que la reina, por mor de una royal prerogative, enviaba a sus oficiales a los mercados, donde requisaban los (mejores) alimentos que ella iba a tomar a un precio artificialmente bajo que no era el del mercado. Así pues, la carestía de la vida no iba con la reina, a pesar de que era, con mucho, la persona más rica de Inglaterra; y, al parecer, todo lo que preocupaba ante la crisis que vivía el país era levantar su propio ánimo.

En realidad, Isabel de Inglaterra nunca tuvo la sensación o la convicción de que fuese responsabilidad suya aliviar la dura situación de sus ciudadanos. En la monarquía anglicana fundada por su padre, la política económica no existía. Pero, claro, lo que sí existían, eran los indignados.

martes, marzo 20, 2018

Yalta (Epílogo)

Las victorias de Stalin


El domingo 11 de febrero, a eso de las diez de la mañana, Roosevelt se levantó con una sola idea e la cabeza: marcharse de Yalta aquel mismo día. Como ya se ha dicho en estas notas, el presidente de los Estados Unidos consideraba que los objetivos que se había marcado para la conferencia de Yalta estaban más que cumplidos y, por lo tanto, todo lo demás, todo lo que quedaba, la sobraba un poco. Éste es el espíritu que le imprimió a la octava y última reunión plenaria, cuyo principal objetivo era aprobar el comunicado de la reunión que sería hecho público al día siguiente.

Estados Unidos había sido el redactor del primer borrador. Fue leído por Stettinius aunque, en realidad, casi todo el texto se debe a la pluma de un funcionario del Departamento de Estado, Wilder Foote, que fue invitado a estar presente en aquella última reunión plenaria.

Winston Churchill propuso unas cuantas enmiendas al texto, la mayoría de carácter redaccional, pues el primer ministro británico era un obseso de la conservación del inglés británico frente al americano (otra de las guerras que perdió). Fueron aceptadas sin problema. Como ejemplo, el primer ministro británico quiso quitar del documento varias veces que se citaba la palabra joint, aduciendo que además del significado que se le daba en el papel, conjunto, esa palabra también designaba a un asado que tradicionalmente toman las familias inglesas en domingo.

Stalin, por su parte, no tuvo objeciones; tal vez porque a muy pocas familias soviéticas les daban los kopeks como para tomar asado los domingos. El texto fue aprobado, y a la una menos diez de la tarde pasaron todos a la mesa para comer y allí, en la mesa, firmaron el documento.





Franklin Delano Roosevelt dejó el palacio de Livadia a las cuatro de la tarde de aquel día. A los inicios del viaje, le confió a su amigo y asesor Harry Hopkins su convicción de que había conseguido traer a Iosif Stalin hacia sus convicciones y su visión de la política internacional. En esa chorrada de grandes dimensiones creo que se puede resumir con cierta eficacia el espíritu y los resultados de la conferencia de Yalta.

Para cuando los representantes de las tres grandes potencias se reunieron en Crimea, el destino de las tres naciones bálticas como parte integrante de la URSS estaba ya sellado. Stalin, ese Stalin que al parecer había sido convencido por el hada estadounidense, apenas escamoteó durante la conferencia el hecho de que pretendía incluir en su área de influencia tanto a Yugoslavia como a Finlandia; cosa que en un caso consiguió parcialmente y en el otro fracasó (pero no, desde luego, porque en Yalta se produjese una defensa cerrada de los derechos de los fineses). En Yalta Stalin sabía que controlaba con casi total seguridad Bulgaria, como sabía que Vychinski estaba organizando un golpe de Estado comunista en Rumania que pronto haría papel mojado de los por otra parte insoportablemente leves análisis sobre el país que se realizaron en Yalta. Albania quedaría en manos también los comunistas, aunque con el tiempo el régimen de Mehmet Sehru y Enver Hoxa decidiría jugar al verso suelto. Durante buena parte de la conferencia el Departamento de Estado envió diversos informes no muy optimistas sobre la evolución de los acontecimientos en Polonia, Hungría y Rutenia; pero fueron básicamente ignorados por unos negociadores que sólo querían oír hablar de lo suyo.

La pregunta básica de Yalta es, probablemente, ésta: Stalin llegó al final de la guerra con un estrecho cinturón de naciones controladas, muy estrecho, que necesitaba ampliar si quería tener aspiraciones de poder pelear con éxito en la guerra fría que se avecinaba. Yalta, mutatis mutandis, le dejó hacerlo, y lo hizo por un objetivo superior, que era conseguir la paz mundial después de dos guerras devastadoras. ¿Acaso no fue, como sugirió Roosevelt muchas veces, un pago incluso barato?

Quien crea ello, puede creerlo. Yo, personalmente, considero que Yalta no consiguió, como pretenden los rooseveltianos, detener la violencia; la desplazó, que no es lo mismo. Durante las décadas subsiguientes, seres humanos morirían, y siguen muriendo, por decenas, por centenares de miles, por millones, en conflictos armados que tal vez surjan por motivos locales, pero son, indudablemente, animados por la dinámica bipolar nacida en Yalta. Lo único que pasa es que todos esos muertos, con la única excepción de los Balcanes, ya no residen en las calles donde se vendió con éxito la idea de que Yalta había acordado la paz mundial.

Como consecuencias inmediatas de esa conferencia, nos encontramos con los movimientos no menos inmediatos de control soviético de los países que formaron parte de su zona de influencia, incluyendo el golpe de Estado de Praga; además, Corea quedó pobremente organizada desde el punto de vista geopolítico, generando en muy pocos años un grave conflicto bélico que ha tenido a familias enteras separadas hasta el día de hoy, y lo que te rondaré; en Indochina se acabarían produciendo muertos, también estadounidenses, a capazos; Indonesia comenzó unas décadas de su Historia en buena parte escritas con sangre; Mao tomó el poder en China y se llevó por delante a 70 millones de compatriotas; Camboya; el bloqueo de Berlín; Cuba; Congo, Angola, Somalia, Sudán...

El caso más sangrante es, probablemente, China. En la conferencia de El Cairo, noviembre de 1943, Chang Kai Chek recibió garantías de que le sería devuelto Manchukuo; pero un año y unas semanas después, como ya hemos leído, Roosevelt y Hopkins llegaron a una serie de acuerdos con Stalin que de hecho le otorgaban a la URSS parcelas muy relevantes de poder en el área. Y todo eso a cambio de que, medio año después del momento en que Alemania se rindiese, la URSS le declarase la guerra a Japón.

La idea es muy clara. Roosevelt tenía un aliado, que era Chang Kai Chek. Y, por conseguir la ayuda a plazo de un país comunista, lo sacrificó. En paralelo, mostraba una frialdad absoluta hacia personajes como los líderes polacos exiliados en Londres, también aliados suyos naturales, a los que dejaba al pairo en la geopolítica internacional, condenándolos al olvido, cuando no a la prisión o al paredón si volvían a Varsovia y se ponían muy gallitos. El mensaje que lanzó FDR a sus aliados fue tremendo: estoy contigo mientras no me convenga otra cosa. Los enemigos de mis amigos son mis enemigos hasta el momento que decida que los enemigos de mis enemigos han dejado de ser mis amigos porque ya no quiero ser más rato enemigo de mi enemigo. Harry Truman, un sucesor con las ideas mucho más claras en materia de política internacional, haría famosa esa frase de “no abandonaré jamás a un solo hombre libre en manos de un tirano”; una frase que estaba destinada, precisamente, a corregir el tremendo error que la política exterior líquida de FDR había creado en el bando, digamos, proamericano.

Roosevelt murió unos dos meses después de la conferencia de Yalta. Un periodo muy corto en el que todavía tuvo, sin embargo, tiempo de escribirle una carta al camarada primer secretario general del Comité Central del PCUS, el 1 de abril. Era sobre Polonia, y se producía en una situación de facto en la que estaba muy claro que la URSS no iba a aceptar más gobierno polaco que el de Lublin. Le afeaba la cosa, pero para entonces al zorro georgiano lo que le dijese el puto viejo se la sudaba. Tres días después, todavía le quedaron fuerzas para leer un demoledor informe de Harriman (aunque parezca acojonante, el único de todos los funcionarios americanos en Yalta que de verdad entendía a los soviéticos, y el menos escuchado) sobre los problemas existentes en Polonia y Rumania. Un informe en el que Harriman resumía brillantemente la estrategia de Moscú en tres puntos: llegar a acuerdos internacionales con las grandes potencias; construir un cinturón de países satélite fuertemente controlados; e incrementar la influencia comunista en países occidentales como Francia, Bélgica e Italia mediante la acción de partidos comunistas dizque democráticos.

Una hora antes de morir, Roosevelt le envió un telegrama a Churchill en el que abogaba por “minimizar en lo posible el problema soviético”. Y añadía: debemos permanecer firmes. Tócate los huevos, María Remigia.




Al principio, cuando había pasado poco tiempo desde Yalta, la conferencia se tuvo por lo más de lo más de la inteligencia geopolítica de las grandes potencias occidentales, y muy particularmente los Estados Unidos. El tiempo, sin embargo, es un juez implacable. Roosevelt y Churchill hubieran debido tener la suerte de que a Stalin le hubiese estallado alguna arteria por razones ignotas en los cuatro o cinco años que siguieron a Yalta, y que su sucesor hubiera sido un poco maula. Esto es lo único que les habría salvado, en mi opinión, de haber quedado como los catetos que fueron en esa mesa.

Eso sí, también hay que entender las cosas. Gobernantes como Roosevelt o Churchill tenían como principal obsesión a principios de 1945 comenzar a ahorrar vidas de compatriotas. En Yalta todo el mundo creía que quedaban todavía seis meses de guerra en Europa y existía la convicción, en buena parte cierta, de que los alemanes lucharían hasta el último hombre. Por otra parte, en Japón los americanos calculaban en cientos de miles las vidas estadounidenses que todavía se perderían. Hay que entender que con tal de cerrar la guerra, o cuando menos de compartir sus cargas, estaban dispuestos a cualquier cosa. Pero, la verdad, cualquier persona con dos dedos de frente tendría que darse cuenta de que Stalin, que había perdido literalmente millones de conciudadanos luchando en Europa, tampoco iba a apostar mucho en Asia; no estaba en condiciones. Estados Unidos podría haber apostado por muchas cosas, entre otras una demostración nuclear en el mar, cerca del Japón, mucho menos cruenta que Hiroshima y Nagasaki pero lo suficientemente acojonante como para dar poder al partido de la rendición que ya existía en la elite japonesa, y ellos tenían que saberlo. Roosevelt, sin embargo, escogió comprar a Stalin al precio que fuese.

Conforme han ido pasando las décadas, conforme el peso de los hechos ha ido desvalorizando muchas de las decisiones de Yalta, se ha ido construyendo otro mito: el mito de que Roosevelt era un muerto en vida y que es su debilidad física y mental la que justifica sus errores. Pamemas. En primer lugar, Roosevelt se mostró totalmente dispuesto durante toda la conferencia, muy particularmente sus entrevistas personales con Stalin. Si vendió al Koumingtang en la almoneda fue porque quiso, no porque le doliese ningún fistro. Si creyó que le estaba vendiendo una mula ciega a Stalin fue porque lo quiso creer, no porque los calmantes le nublasen el entendimiento. Y si dejó tantos cabos sueltos en la conferencia fue porque se quería largar a contar en Washington que había sacado adelante su Organización de las Naciones Unidas.

Churchill tampoco anduvo muy fino. A pesar de ser personaje inteligente y de fino análisis, no supo leer las circunstancias y darse cuenta de que la defensa a ultranza del Imperio británico era una batalla perdida, no en Yalta, pero sí ante la Historia. No pasarían ni cinco años después de la conferencia antes de que Inglaterra hubiera de dar una señal más que evidente en la India de que su proyecto imperial había tocado a su fin; si el primer ministro británico hubiera sabido ir a Yalta descargado de ese pie forzado, su capacidad de presión habría sido muy otra. Pero escogió defender el pasado. Como escogió también defender la causa francesa contra toda lógica, consciente de que necesitaba a París para presentar buena batalla en Europa a lo que se venía. Pero eso también le condicionó porque, la verdad, la reivindicación gala no tenía pase.

73 años después, en alguna parte seguimos siendo Yalta. En otra mucha, también, ya no; el mundo actual es un poco como el nudo gordiano que se labró en Yalta, parcialmente desanudado. La impresión fundamental que a mí me ha dejado el estudio de Yalta, las lecturas sobre la conferencia, es lo engañados que estamos los commoners: tendemos a pensar que en las grandes negociaciones internacionales se ventilan personalidades superiores a las nuestras y objetivos de gran calado; pero, en realidad, incluso la más importante de las conferencias internacionales no fue otra cosa que una reunión de egos, la toma de decisiones basada en informes desenfocados, cuando no mentirosos; mientras los asistentes perpetraban un error tras otro y, tras perpetrarlo, se daban palmadas en la espalda y se dedicaban brindis.

Sic transit gloria mundi.

miércoles, marzo 14, 2018

Yalta (12: Las victorias de Stalin)

El sábado 10 de febrero, de buena mañana, el teniente Houghton y el teniente Kreuseff se presentaron en el palacio Yusupov, portadores que eran de una carta personal más de Roosevelt a Stalin. Tan sólo un poquito más tarde, los ministros de Exteriores tenían su reunión diaria en la villa Vorontsov.

lunes, marzo 12, 2018

Yalta (11: Churchill estalla)

En este mismo color tenemos:


El viernes, 9 de febrero, la principal actividad en Yalta fue angloamericana. El día estuvo presidido por una reunión de los altos mandos de ambos países, en la que estuvieron presentes Roosevelt, Leahy, Marshall, King, Kuter, MacFarland, Churchill, Brooke, Portal, Ismay, Cunningham y el general Arthur Thomas Cornwall-Jones. Esta reunión sirvió para que ambos estados mayores comprobasen los avances y ventajas que habían obtenido en las reuniones técnicas trilaterales.

miércoles, marzo 07, 2018

Isabel (18: cuando las cosas salen como el orto)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía


La mejor noticia de todas para Essex era, sin duda, la llegada de 5.000 coronas enviadas por el rey francés a la zona de conflicto, con destino a la paga de las tropas. A decir verdad, en el momento en que Devereaux regresó a Francia, el estipendio enviado por la reina para pagar a los soldados se había agotado, por lo que el conde se había visto obligado a poner 14.000 libras de su bolsillo, generosidad que le había costado endeudarse de forma potente. La pasta del francés ayudaba, pero no era ni de coña suficiente, motivo por el cual Essex envió a Williams a Richmond para que reclamase más medios de la reina. Isabel, al escuchar estas peticiones, aceptó desplazar a Francia 1.000 soldados auxiliares desde las Provincias Unidas y otros 450 desde Inglaterra, y a proveer la paga de todos ellos... durante un mes.

lunes, marzo 05, 2018

Isabel (17: Essex en Normandía)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización

El lunes 2 de agosto de 1591, el conde de Essex desembarcaba en Dieppe, con el mando de las tropas británicas en Normandía bajo el brazo. Inmediatamente pasó revista a los flamantes 3.400 efectivos que lo esperaban, y con los que tenía la intención de convertirse en el hombre de armas de la reina. El problema para Devereaux estribaba en que para conseguir lo que él había pensado para sí mismo sabía que debería desobedecer las órdenes recibidas.

miércoles, febrero 28, 2018

Yalta (10: ... y de nuevo, Polonia)

En este mismo color tenemos:


Tras tratar la implicación de la URSS en Japón, Roosevelt y Stalin hablaron de Corea, esa península que, a no tardar mucho, haría hablar a las armas. Roosevelt era partidario de establecer en aquel lugar un mandato con tres cabezas: soviética, estadounidense y china. La mera postulación de la idea rooseveltiana ya nos dice hasta qué punto FDR, la verdad de las verdades, era un Bambi de la vida (y así le fue a Corea, claro). Se apoyaban el commander in chief y su departamento de Estado en el dato de que el esquema había funcionado de coña en Filipinas; ignorando, claro, que una forma de hacer las cosas que funciona de coña en Murcia no tiene por qué hacer lo mismo en Lérida. De hecho, lo único que le preocupaba a Roosevelt de aquel acuerdo no es que no pudiese funcionar, o que fuese en el fondo absurdo para un territorio tan cerca de la URSS y China (a ver si los EEUU de Monroe hubieran aceptado un mandato internacional sobre México, un suponer...), sino que Gran Bretaña quedase fuera del acuerdo. Stalin, muy cuco, hizo como que eso era también lo que le preocupaba a él, y estuvo de acuerdo en darle boleta a Churchill en la movida.

lunes, febrero 26, 2018

Isabel (16: ... y estos tipos nos dan lecciones de civilización)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright

Con el affaire Cartwright, la reina Isabel inauguró además otro gesto muy propio de los políticos modernos, como ella misma lo era en parte dado que era ya una reina renacentista: desentenderse de los asuntos que ella misma había iniciado y que, por una razón y otra, se enquistaban. El caso Cartwright amenazaba con minar el prestigio de Inglaterra en el mundo protestante, y para conservar eso la solución usada por Isabel fue hacer como si ella nunca hubiera tenido nada que ver con aquella ofensiva judicial y desentenderse de ella totalmente. De hecho, cuando Knollys se presentó en la Corte y le pidió una audiencia privada para discutir el tema, la reina le cerró la puerta en las narices.

miércoles, febrero 21, 2018

La sentencia más famosa

En este post te voy a hablar de una sentencia que, desde algunos puntos de vista, es la sentencia más famosa jamás dictada. O, por lo menos, la más conocida. De hecho, tú mismo la has escuchado muchas veces en su parte dispositiva e, incluso, me apuesto a que la has declamado. ¿Que no? Ya verás como sí.

lunes, febrero 19, 2018

Yalta (9: la URSS y Japón)

En este mismo color tenemos:



Hemos llegado, en nuestro repaso de la reunión de Yalta, a la jornada del jueves, 8 de febrero, que es el día considerado como más importante o, si no más importante, sí por lo menos más denso, de la conferencia de Yalta. Fue un día, en efecto, en el que se produjo un número inusitadamente elevado de reuniones: los jefes de Estado mayor británicos y estadounidenses se reunieron dos veces; los ministros de Exteriores tuvieron su encuentro diario; los jefes de Estado mayor estadounidenses y soviéticos se reunieron una vez; Stalin y Roosevelt tuvieron una entrevista particular; se produjo la reunión plenaria; y, finalmente, Stalin invitó a sus colegas a una cena en el palacio Yusupov.

miércoles, febrero 14, 2018

Isabel (15: Thomas Cartwright)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos

Edmund Grindal murió en 1583, dejando lógicamente su sede vacante. Contra los consejos de Burghley, la reina decidió promocionar a John Whitgift, que era ya obispo de Worcester. Debía de tener mucha confianza en él, porque apenas tres años después ya tenía sitial en el Consejo Privado de la reina. Whitgift era un furibundo antipresbiteriano; había escrito libelos contra los presbiterianos en los que los había apelado de cosas terribles, entre ellas de no tener fidelidad a la Corona (en lo que acertaba, como veremos pronto). Burghley no era partidario de un nombramiento como el suyo porque consideraba que generaría un enfrentamiento potencial innecesario; pero la reina no era de esa opinión y, además, aprovechó que Leicester estaba en las Provincias Unidas y que, por lo tanto, su principal consejero no podía apelar al apoyo sempiterno del favorito.

lunes, febrero 12, 2018

Isabel (14: esos tocapelotas llamados presbiterianos)

Atenta la compañía con:


Devereaux estaba para entonces en contacto regular con Enrique IV. En realidad, llevaba trabajándose este contacto desde antes que las tropas inglesas de ayuda cruzasen el Canal. Asimismo, también cortejó al señor de Beauvoir-la-Nocle, Jean de la Fin, embajador francés en la Corte inglesa. Una vez trabajados los apoyos franceses, comenzó a presionar a la propia reina para que le dejase ir a pelear a Francia. En noviembre de 1590 un noble francés, el vizconde Turenne, que estaba al frente de la cámara del rey, recaló en Londres tras un tour por Europa Central para alquilar mercenarios. En ese momento, Essex redobló sus esfuerzos para ser considerado como un soldado eficaz para la causa. Probablemente había pensado que el día de la celebración del reinado de Isabel sería el mejor teatro para sus intenciones, y es por eso que apareció ante ella ricamente enjaezado con una armadura engastada de perlas. No le sirvió todo lo que pensaba.

miércoles, febrero 07, 2018

Yalta (7: Polonia)

IMPORTANTE: Pido perdón a los lectores que siguen esta serie. El día 3 publiqué por un error de dedo el capítulo 8 de esta serie, que además estaba mal numerado como 7. Es la toma titulada: Más Polonia.

Cronológicamente, esta toma va DETRÁS de la que vas a leer ahora, que tenía que ser la 7 original.

O sea, para no liarnos, las toman van así:

No pasaré del Mar Negro
Las cositas de Stalin
La toma que estás leyendo aquí.

Lamentamos las molestias, todas ellas debidas a un error del puto becario (que se escribe todo el blog).


El martes 6 de febrero se programó una visita a Sebastopol por parte de los acompañantes de las delegaciones estadounidense y británica. Entre ellos estaba Anna Eleanor Roosevelt, para entonces Boettiger, hija del presidente de los EEUU. Anna tuvo la ocurrencia, durante la visita, de acercarse a unos niños rusos y regalarles una chocolatina que llevaba. A su regreso a Livadia, la estaba esperando una soldado soviética, de uniforme, quien la informó fríamente de que “los niños de la URSS tienen suficiente alimento” y le devolvió la chocolatina.

A Stalin le ibas a ir tú con huevos Kinder, no te jode...

lunes, febrero 05, 2018

Isabel (13: Essex la caga, y la caga...)

Atenta la compañía con:


Tras la mierdo-expedición de Drake y Norris a Lisboa, Isabel difícilmente era capaz de disimular el cabreo que tenía. Le costaba soportar la sospecha, la fuerte sospecha que tenía, de que había colaborado en una expedición de corsarios en mera búsqueda de beneficio; una expedición que, a causa de su ambición, había puesto en peligro el delicado equilibrio (por llamarlo de alguna manera) en Europa.

sábado, febrero 03, 2018

Yalta (8: más Polonia)

La sesión del miércoles 7 de febrero comenzó con un gesto de buena voluntad. Un cablegrama llegado de Washington anunció que el antiguo embajador de la URSS en Washington, destinado entonces en ciudad de México, Konstantin Oumansky, había encontrado la muerte en un accidente de avión. La delegación estadounidense, además de presentar sus condolencias a Stalin, ofreció un avión estadounidense para poder repatriar los restos del embajador lo antes posible. Los soviéticos agradecieron cálidamente el gesto.

Pero eso fue todo lo bueno que tuvo el día.

miércoles, enero 31, 2018

Yalta (6: Francia como problema)

En este color también tenemos:

No pasaré del Mar Negro
Las cositas de Stalin

El lunes, 5 de febrero, comenzó realmente la conferencia de Yalta. En dicha fecha se produjeron tres reuniones. A primera hora, los ministros de Asuntos Exteriores desayunaron juntos; a mediodía, en el palacio Yusupov, como en realidad se llamaba la villa Koreis, se celebró una reunión tripartita de jefes de Estado Mayor, obviamente con temática meramente militar; y, finalmente, a las cuatro de la tarde comenzó la reunión plenaria. Cada delegación celebró también reuniones internas, y estadounidenses y británicos también se reunieron entre ellos en algunas ocasiones.

lunes, enero 29, 2018

Lo militar

El rey Juan Carlos de Borbón esperó apenas 48 horas desde la muerte del general Francisco Franco para dirigirle su primer discurso a las Fuerzas Armadas. Sabía lo que hacía o, más bien, lo que debía hacer. Yerran notablemente quienes califican a la de Franco de dictadura fascista pues lo que fue, fundamentalmente, fue una dictadura militar. El régimen de Franco se basaba fundamentalmente en el poder y en las prebendas de la clase militar. Durante el franquismo había militares en los consejos de administración, en los escalones de poder de los ministerios, en las instituciones de la sociedad civil y, por supuesto, embebidos en el partido y en el sindicado únicos. Si verdaderamente España se iba a convertir en una democracia, todo eso tendría que cambiar. A favor del cambio se encontraba el hecho de que el Ejército estaba, y está, acostumbrado a respetar la disciplina. En contra se encontraba el dato de que casi todo el Ejército español, en 1975, cuando menos hasta el rango de coronel, estaba ocupado de forma casi exclusiva por veteranos de la guerra civil o de la inmediata posguerra, la inmensa mayoría fieles a Franco; pero, no se olvide, no sólo a la persona de Franco, sino también al régimen de cosas que había propiciado y protegido.

No estaba fácil la cosa.

miércoles, enero 24, 2018

Isabel (12: Essex y el fracaso lisboeta)

Atenta la compañía con:


A la muerte de Leicester, la consecuencia esperada por todos era el automático ascenso a la derecha del poder de su ahijado Robert Devereux, conde de Essex. Un personaje complejo y que haría las delicias de un buen sicólgo de la Historia, Devereux era un narcisista de libro que se tenía en muy alta estima, se tenía a sí mismo por hombre de acción, pero que al tiempo tenía una marcada tendencia hacia el drama impostado y la autocompasión. Más o menos lo que yo, en mi idiolecto, suelo denominar un rocapollas. Sufrió muy frecuentemente crisis de confianza que lo postraron en su cama, probablemente debidas al estrés. Por lo demás, el gotha protestante del gobierno de la reina recelaba de él porque, pese a haber sido educado en la estricta moral anglicana, Essex era eso que denominamos un tiraduros.

lunes, enero 22, 2018

Los reyes católicos y los canarios (... y los indios americanos)

Después de habernos empapado sobre la odisea de los grancanarios durante la dominación de las islas por Castilla, así como de los problemas planteados con palmeros y guanches, incluimos unas notas más, que ahora ampliamos hablando, por fin, de los indígenas americanos.

En nuestros devaneos con la política indigenista de los reyes católicos ya le hemos dedicado un tiempo al tema que realmente fue batallón sobre su reinado, y que no fue, como piensan los cultiparlantes, el debate sobre los derechos de los indios americanos, sino el debate, más que el debate la acción judicial, en pro de los derechos de los indios o aborígenes canarios. Dicho esto es lo cierto que el tema de los indios tiene su miga, y por eso vamos a decir aquí algunas cosas al respecto.

miércoles, enero 17, 2018

Yalta (5: el primer embroque)

En este color también tenemos:

No pasaré del Mar Negro
Las cositas de Stalin

A las cuatro y cuarto de la tarde del cuatro de febrero de 1945 se producía en el palacio de Livadia, o sea en Ca'Roosevelt, el primer encuentro directo en Yalta entre los dos principales líderes del mundo: Franklin Delano Roosevelt y Iosif Stalin. Sólo los acompañaban los intérpretes, Bohlen para el primero y Pavlov para el segundo; además del inseparable Viacheslav Molotov. Apenas hablaron un cuarto de hora lo cual, contando con las interpretaciones, deja la conversación en bastante poco.

lunes, enero 15, 2018

Yalta (4: Los británicos)

En este color también tenemos:

No pasaré del Mar Negro
Las cositas de Stalin

Winston Churchill llegó a Yalta vestido de coronel del ejército británico, protegido con algunas prendas especiales para el frío que le habían regalado los canadienses, que de temperaturas bajas saben un poco. Eso sí, durante las jornadas de Yalta muchos de sus asesores británicos, y alguno de los americanos, tendría la ocasión de verlo vestido de una forma bastante más informal: con su legendario pijama de flores rojas y verdes, puesto que en Crimea el primer ministro mantuvo su costumbre de recibir asesores durante la ceremonia de deglución de un pantagruélico desayuno en la cama; colación que no pocas veces ya incluía algún vasito de coñá de la mejor calidad; porque Churchill, la verdad, era un alcohólico, cuando menos avant la lettre. Algunos pensaban que era impostura, aunque la mayoría suele coincidir en que todo era sincero, pues a Churchill le gustaba disfrutar de la vida incluso en las condiciones más problemáticas y, de hecho, no dudaba en poner su hedonismo por delante de casi todo. Cuando le llegó la noticia de que un pollas había sido detenido en Escocia tras tirarse en paracaídas y que decía era Rudolf Hess, Churchill estaba a punto de entrar en una sesión de cine privada, concretamente Go West. Y entró.

miércoles, enero 10, 2018

Los reyes católicos y los canarios (algunas notas más)

Después de habernos empapado sobre la odisea de los grancanarios durante la dominación de las islas por Castilla, así como de los problemas planteados con palmeros y guanches, terminamos estas notas sobre las relaciones entre los reyes católicos y los canarios con algunas notas más.



Además de los juicios celebrados en Canarias, la denuncia formal contra Alonso de Lugo por los desafueros cometidos contra los palmeros llegó con relativa rapidez (cosa de un año) a la península. La principal portavoz de los canarios en Madrid, pues ahí estaba asentada la Corte en ese momento, fue Francisca Gazmira, a quien ya hemos visto anteriormente fomentando los bandos de paces en la isla de La Palma.

lunes, enero 08, 2018

Los reyes católicos y Canarias (los atropellos de palmeros y guanches)

La última vez que escribimos sobre los reyes católicos y los canarios habíamos dejado a los habitantes de la isla de La Gomera encabronados con Fernán Peraza, su gobernador, a causa de algunas putadas que les había hecho, entre ellas intentar engañarlos para venderlos como esclavos en la península. Los enfrentamientos, también hemos dicho, fueron yendo a más con el tiempo y acabaron por estallar en 1488, fecha en la que algunos gomeros se alzaron, se fueron contra Peraza, lo mataron y asediaron a su familia.

miércoles, enero 03, 2018

Los reyes católicos y los canarios (la odisea de los grancanarios)

Sabido es por lo que lo saben que uno de los puntos de fricción entre los que piensan que los reyes católicos eran unos talibanes exagerados y los que creen que eran, todo lo contrario, una de las monarquías más modernas de su tiempo, es el trato de los indígenas americanos. La Leyenda Negra nos dicta que España envió a América a una patota de muertos de hambre, con el cuchillo de capar entre los dientes, con la principal labor de esclavizar y llevarse por delante a todo indio que pillasen y que les obstaculizase el camino hacia el Eldorado. Esta imagen, alimentada en la propia América (con la ayuda de los tipos que hicieron eso mismo con sus indios), ha sido contestada de tiempo atrás recordando que los conquistadores no sólo no hicieron lo que la Leyenda les imputa, sino que adoptaron un modo, digamos, moderno, de afrontar los derechos del indígena o el aborigen.

lunes, enero 01, 2018

Yalta (3: Roosevelt y su optimismo antropológico)

En este color también tenemos:

No pasaré del Mar Negro
Las cositas de Stalin

Una vez que hemos hablado de Stalin y de las prioridades de la delegación soviética, hemos de hablar de los estadounidenses nucleados por Franklin Delano Roosevelt. Como ya hemos dicho, Stalin se guardó mucho de reservarle al presidente de los Estados Unidos un papel cuando menos formalmente prevalente en la conferencia de Yalta. Y esto es así, en buena parte, porque, si bien con los años el dato que ha terminado por imponerse sobre la segunda guerra mundial fue el enorme sacrificio realizado por la URSS en forma de tropas y pérdidas civiles, en el momento en el que se celebraba la conferencia, la verdad, el dato fundamental que estaba sobre la mesa era el de la impresionante ayuda norteamericana que había recibido la URSS. Más de 2.000 barcos habían transportado 16.000 millones de toneladas de material; y eso que estamos hablando de los que llegaron, aun habría que sumar todos aquellos envíos que “se encontraron con” los submarinos alemanes. Estados Unidos colocó en la URSS 550.000 camiones, 10.000 vehículos de combate, 30.000 motocicletas, 3.000 armones para el transporte de artillería, 2.000 naves a vapor, 2.000 vagones planos, 1.000 vagones cerrados, 120 vagones cisterna; 2,6 millones de toneladas de gasolina; 4,5 millones de toneladas de carne en conserva, azúcar, sal, margarina; sin contar los millones de dólares donados en mobiliario en general y, muy particularmente, mobiliario para los hospitales de campaña. En un determinado momento, se llegó al punto de que una fábrica entera de neumáticos, que tenía la friolera de 20.000 trabajadores, fue desmontada en EEUU y montada en la URSS. Como digo, si Stalin iría ganando con el tiempo el prestigio de haber puesto los muertos para ganar a Hitler, en ese momento el argumento fundamental era que EEUU había puesto el esfuerzo bélico y civil.

miércoles, diciembre 27, 2017

Isabel (11: Jacobo se nos casa)

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Muy pronto, sin embargo, la reina de Inglaterra habría de encontrar elementos de preocupación más allá del control sobre esos veteranos de guerra que ella consideraba brigands. El Papa Sixto de Roma llevaba tiempo intentando, y la derrota de la Armada no le había parado en lo absoluto, atraer al rey escocés Jacobo a la fe católica. Londres seguía esos movimientos, digamos, filosóficos, con cierta distancia. Pero la filosofía religiosa pasó a ser una amenaza más palpable cuando los espías de Walsingham le informaron de que el duque de Parma estaba elaborando un nuevo plan de invasión de las Islas, esta vez desde una Escocia que de alguna manera recibiría a a los españoles. La oferta para Jacobo era casarse con una princesa española. Esta oferta no llegó muy lejos pero, como veremos ahora mismo, abrió el melón del matrimonio del rey, asunto éste de enjundia.

lunes, diciembre 25, 2017

Isabel (10: Ay, mi Rob... pero mis soldados me la pelan)

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Para empezar, lo primero que hay que decir de la Isabel de Inglaterra que regresó de Tilbury es que estaba acojonada. Las noticias que le habían llegado sobre la Armada eran las mejores posibles; pero, en verdad, no podía estar segura de que fuesen ciertas. Así pues, con los barcos españoles efectivamente dispersados y regresando a España con el timón entre las piernas, Isabel se parapetó en el castillo de St James como si todavía estuviese en guerra, y allí permaneció hasta principios de octubre, sin fiarse demasiado de que hubiera pasado lo que ahora sabemos sí que había pasado. Sólo entonces regresó a la, digamos, vida oficial en sus habitaciones de Whitehall y Greenwich. De hecho el 17 de noviembre, celebración de su ascensión al trono y que habitualmente se conmemoraba con justas en Whitehall, tuvo aquel año una dimensión especial. Las campanas de Londres sonaron al unísono, y todas las parroquias hasta Nonthumberland les contestaron. El obispo de Winchester organizó una gran misa detrás de la catedral de San Pablo. La reina anunció que asistiría pero, finalmente, cambió de idea.

miércoles, diciembre 20, 2017

Yalta (2: las cositas de Stalin)

En este color también tenemos:

No pasaré del Mar Negro

A su llegada a Yalta, el ligeramente mentiroso oficial Houghton se encontró con un problema inesperado: los soviéticos se negaron en redondo a que el teniente Scherbatov, quien, como hemos dicho, era aristócrata de nacimiento, desembarcase en tierra de la URSS. Ésta fue la razón de que Houghton fuese designado jefe de equipo. Al americano, el largo paseo de dos horas que hubo de hacer en jeep, guiado por los rusos, desde Sebastopol hasta Yalta, no le dejó mala impresión. Quien sin embargo estaba con un cabreo que para qué las prisas era Churchill, quien motejaba a la pequeña villa de lugar insalubre.

lunes, diciembre 18, 2017

Isabel (9: La derrota, o la victoria, según se vea)

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Lord Howard, un experimentado marino y más que aseado estratega, tenía ideas diferentes a las de Isabel sobre cómo abordar aquella amenaza. Por ello, le aconsejó a la reina (la cual tuvo la inteligencia de hacerle caso) la transferencia del escuadrón que había sido enviado para patrullar las costas orientales de las islas en la persona de lord Henry Seymour. De esta manera quedó liberado Drake, quien pensaba, como Howard y acertadamente, que la intención de Felipe sería una invasión por tierra del país, en la que la Armada debería lógicamente jugar el papel de escudo de las gabarras que transportaran las tropas de Parma por el canal. Por ello, lo lógico era juntar los barcos al mando de Drake y de Howard (que debía patrullar el oeste del Canal) para repeler esa acción y poder hacerlo, además, a barlovento, esto es, con el viento a favor. Las instrucciones, ya lo he dicho, fueron correctas, aunque Isabel las dio con cierto retraso (no fue hasta abril que Howard las recibió) a causa de la implicación de Burghley, a quien la reina todavía tenía en el congelador a causa de la celada realizada para ejecutar a María, reina de los escoceses.

La situación para los ingleses, sin embargo, era comprometida. Faltos de adecuada inteligencia, no sabían cuál podría ser el calendario de la acción de la Armada. Por la parte española, además, las cosas iban despacio. Una serie de galernas ocurridas a final de la primavera, unidas a la lentitud mostrada por algunos de los barcos auxiliares de la Armada, obligaron a Medina Sidonia a anclar en Coruña. Para colmo, una violenta tormenta dispersó a la flota, que tardó semanas en volver a juntarse en el puerto de la ciudad donde nadie es forastero. Después de ello, el viaje hacia el golfo de Vizcaya y, después, a lo largo de la costa francesa, fue exasperantemente lento. Durante estos tiempos, por cierto, la sempiterna y bien conocida frecuencia de gilipollas en el género humano conspiró para torturar a los ingleses. Entre los adolescentes del sur costero de Inglaterra, tocahuevos e imbéciles en general, se tornó moda la bromita de regresar corriendo de cualquier acantilado gritando que se veían las velas de los barcos españoles; lo cual acabó provocando un exilio casi continuado de familias costeras hacia el interior que, sin embargo, no tenía ninguna justificación porque los españoles, en realidad, estaban todavía a centenares de millas de poder ser vistos.

Finalmente, las primeras velas españolas pudieron verse a las cuatro de la tarde del viernes, 19 de julio, cerca de las costas de Cornualles. Howard y Drake estaban realizando reparaciones en Plymouth. Es probable que algunos de vosotros o todos conozcáis la leyenda de que Drake estaba jugando a los bolos cuando le llegó la noticia del avistamiento, pero que decidió terminar la partida antes de ir. No deja de ser una chulería británica como cualquier otra. Vamos, que es mentira.

El principal movimiento que provocó la noticia no se produjo en el mar, sino en tierra. Las milicias regulares, que se encontraban a disposición desde mayo, fueron reunidas en diversos puntos de reunión que habían sido previamente fijados, con órdenes de atacar al enemigo desde el primer momento que pusiera el pie en Inglaterra. Esas tropas fueron aumentados en unos 800 soldados más, reclutados en las comarcas de los alrededores de Londres. Fueron colocados al mando de Leicester, quien los trasladó a Tilbury. Reforzados con 300 soldados más, fueron encomendados con la labor de atacar u hostigar a los soldados de Parma si trataban de remontar el Támesis. De hecho, Leicester extendió a todo lo largo del río, en la zona donde comenzaba a estrecharse, un cinturón submarino formado de cadenas, cables y mascarones de barcos ya hundidos, como medida para impedir el avance de barcos río arriba.

Después de eso, conforme la Armada se acercaba a la isla de Wight, se produjo la gran leva, y casi 27.000 efectivos fueron movilizadas hacia Londres a las órdenes de lord Hunsdon, quien tenía que haber ganado su gloria defendiendo a la reina de unos españoles que, sin embargo, como sabemos nunca llegaron.

Hay que decir que el famoso Giulio cumplió con sus obligaciones y le dio pronta y puntillosa noticia de todas estas órdenes a Bernardino de Mendoza. Sin embargo, históricamente el dato es írrito, teniendo en cuenta que para cuando ese email llegó a El Escorial y lo pudo leer Felipe, la Armada ya había sido derrotada.

Con las últimas luces del mentado viernes 19 de julio, las naves inglesas salieron de Plymouth navegando contra el viento, y en la mañana salieron del estrecho que lleva el nombre de la ciudad más marinera de Inglaterra. A las tres de la tarde de ese día 20 tomaron contacto visual con la flota española. El domingo por la mañana, los españoles estaban ya a tiro de los artilleros ingleses. En la batalla que tuvo lugar, los barcos ingleses, que por lo general eran más pequeños y por ello también más rápidos, consiguieron superar y dañar a los españoles. Lograron alcanzar su retaguardia, lo cual redujo notablemente su capacidad de reaccionar.

Medina Sidonia tomó una decisión que sería largamente discutida y criticada en España (ya por entonces, había en el país muchos cultiparlantes que sabían un huevo de batallas navales sin haber entrado jamás en una bañera): abandonó a uno de sus principales barcos de primera línea, el Nuestra Señora del Rosario, al mando de Pedro de Valdez. Lo cierto es que el barco había sufrido una colisión y había perdido el mástil.

En ese momento, esto lo sabemos por los informes de Giulio, en Londres el personal estaba mayormente acojonado. Todo el mundo creía que pronto vería aparecer desde el río a las tropas españolas. Todo el comercio cerró y a lo largo de las calles se dispusieron pesadas cadenas metálicas. Isabel, de hecho, abandonó el palacio de Richmond para trasladarse a Saint James, mucho más fácil de defender y que, además, tenía un túnel de escape. Drake, consciente de este miedo, hizo enviar a Londres a todos los prisioneros españoles (entre ellos Pedro de Valdez), los cuales fueron paseados por las calles para popular escarnio pero, sobre todo, para mejorar la moral de los ingleses.

Además de la gran batalla del domingo, hubo otra el martes enfrente de Portland Bill, y aún una tercera el jueves cerca de la isla de Wight. En esta última el Santa Ana, el barco del segundo comandante de la expedición, Juan Martínez de Recalde, fue dañado de tal manera por los ingleses que se tuvo que retirar de la formación para anclar en El Havre. A pesar de todo lo ocurrido, Medina envió mensajes a Parma en los que le conminaba a tener listas sus tropas para el embarque en Dunkerke.

En la última tarde del sábado 27 de julio, la Armada echó el ancla cerca de Calais, con los ingleses muy cerca, para esperar noticias de Parma. Cuando las noticias llegaron, no eran las mejores del mundo: Parma comunicaba que el acopio y transporte de sus tropas iba como el huevo, y que cuando menos tardaría otra semana en tenerlas listas. Peor aun, aunque no os lo creáis, no fue hasta Calais que los estrategas del ejército de Flandes se dieron cuenta que las barcazas de transporte, diseñadas para el relativamente tranquilo tráfico fluvial, probablemente lo harían como la mierda en alta mar. A todo esto hay que unir que los rebeldes holandeses estaban ayudando a los ingleses bloqueando lo que podían de su propia costa con barcos de gran maniobrabilidad.

Con estos negros presagios en la cabeza, más las inflexibles órdenes del rey español que, obligando a la flota a proteger las barcazas de Parma sin intentar ningun desembarco propio, realmente condenaba toda la operación al fracaso, Medina pasó un domingo más o menos tranquilo hasta cerca de la medianoche, cuando los ingleses enviaron ocho barcos ardiendo contra la flota española. La flota española tuvo que salir de allí a toda prisa, dejando en Calais algunos arcos de gran importancia que fueron rápidamente saqueados.

Con el viento y la marea empujando a los barcos hacia el norte, y perseguidos de cerca por los ingleses, los españoles no podían ni soñar con volver a Calais. Más aun, una vez en el Mar del Norte, las esperanzas eran pocas, si alguna, de volver a conectar con las tropas de Parma. Así las cosas, el lunes 29 tuvo lugar la batalla decisiva, frente a Gravelinas. Los barcos de Howard y Drake fueron reforzados por los de Seymour, por lo que ésta fue la primera vez que las dos flotas completas se enfrentaron (bueno, completas no, porque la española estaba ya bastante reducidita). En el enfrentamiento artillero, claramente los ingleses llevaron las de ganar, logrando hundir por lo menos tres barcos españoles mientras que éstos no consiguieron hacerlo con ninguno de los ingleses. Los españoles, por otra parte, sufrieron grandes pérdidas.

A pesar de aquella derrota, Medina en realidad pensaba que al día siguiente volvería a enfrentarse a los ingleses. Pero al día siguiente se presentó una galerna que empujó peligrosamente a los barcos españoles hacia los bancos de arena de la costa flamenca. El martes, como los vientos fuesen todavía más fuertes y las olas más altas, tomó una decisión que sus críticos en España llamarían sarcásticamente “el viaje de Magallanes”: regresar con la mayoría de la flota que le quedaba por el Mar del Norte, costeando el norte de Escocia y la Irlanda occidental. Una decisión que venía a suponer que los barcos más lentos tendrían que componérselas por ellos mismos.

Isabel recibió las primeras noticias que olían a derrota de la Armada en Tilbury. Había ido allí a pasar revista a las tropas de Leicester y, tras esa ceremonia, estaba empezando a comer en una tienda puesta al efecto en el campo cuando llegó a uña de caballo George Clifford, conde de Cumberland (haciendo un chiste fácil se podría decir, pues, que era un tipo muy salsero). Cumberland le dio noticias de la persecución de los españoles hacia el norte que había iniciado Howard y que, una vez que éste se había quedado sin pertrechos, había continuado Drake. Drake, asimismo, informaba ya del efecto letal que habían tenido las tormentas sobre la Armada.

Aquel día, en Tilbury pues, Isabel supo que había ganado la batalla contra su archienemigo, el rey español; el cual, de forma un tanto cínica, acabaría diciendo eso de que yo no mandé a mis naves a luchar contra los elementos; que no deja de ser una forma elegante de escamotear del análisis la influencia que sobre el desastre de la Armada tuvieron sus propias decisiones, estratégicamente endebles. Y aquí es donde la Historia de esta movida termina para muchos españoles. Lo normal, como digo, es que en España nadie esté demasiado interesado en saber qué leches ocurrió en Inglaterra después de la Armada. Un interés selectivo que deja a Isabel de Inglaterra en muy buena situación. En Tilbury, durante la revista, había dirigido unas vibrantes palabras a sus soldados que éstos habían saludado enardecidos; y, tiempo después, había conocido que no sería necesario el ardor de aquellos hombres, porque la invasión de Inglaterra había sido emasculada antes de haber podido ser. Todo bueno, pues.


Pero es que pasaron unas cuantas cosas más. Muchas,diría yo.

miércoles, diciembre 13, 2017

Mujeres en la Edad Media

La mujer en casa, y con la pata quebrada. Que la civilización occidental y otras tantas no le han dado boleta a las tías es algo que está fuera de toda duda; de hecho, desgraciadamente lo sigue estando a día de hoy, en ocasiones mediante ejemplos flagrantemente escandalosos. No obstante, dentro de este hecho hay un hecho más, que es considerar que en ningún momento estuvo peor considerada la mujer (en Europa) que en la Edad Media. Una idea que proviene de la creencia general (y gilipollas) de que la Edad Media es una etapa de oscurantismo, brutalidad y miseria.

lunes, diciembre 11, 2017

Yalta (1: No pasaré del Mar Negro)

A lo largo del verano de 1944, los aliados lo vieron claro. Las tropas soviéticas conseguían nuevos avances, los japoneses registraban sonoras derrotas y el desembarco de Normandía se producía primero y se consolidaba después. Los más optimistas apostaban porque Dwight Eisenhower, el jefe de las tropas aliadas, se tomaría el turrón en Berlín aquella Navidad.