lunes, marzo 12, 2018

Yalta (11: Churchill estalla)

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El viernes, 9 de febrero, la principal actividad en Yalta fue angloamericana. El día estuvo presidido por una reunión de los altos mandos de ambos países, en la que estuvieron presentes Roosevelt, Leahy, Marshall, King, Kuter, MacFarland, Churchill, Brooke, Portal, Ismay, Cunningham y el general Arthur Thomas Cornwall-Jones. Esta reunión sirvió para que ambos estados mayores comprobasen los avances y ventajas que habían obtenido en las reuniones técnicas trilaterales.

Además de esta reunión, Roosevelt y Churchill almorzaron juntos. Un almuerzo en el que el presidente estadounidense estaba exultante. Le dijo al primer ministro británico: he conseguido todo lo que quería y pagando un precio muy bajo. En fin, es probable que los ciudadanos de la que hoy conocemos como Europa del Este, los coreanos, los vietnamitas, camboyanos o laosianos y otras hierbas acabasen por no ser de esa opinión; pero para ser apoyados en sus inquietudes habrían necesitado que el inquilino de la Casa Blanca supiese más de lo que sabía y, sobre todo, fuese más consciente de lo que no sabía.

Ingleses y americanos repasaron aquella mañana muchos problemas concretos, entre ellos las operaciones en el noroeste de Europa, el refuerzo de todas las medidas antisubmarinas, pues ambos creían que la guerra debajo del mar se recrudecería en las últimas boqueadas de Alemania. El traslado al Rhin de unidades afectadas al frente italiano. La intensificación de los bombardeos en Japón. La continuación de la ayuda a China.

Como punto principal, los expertos militares de ambos países intercambiaron sus puntos de vista sobre la fecha probable del fin de las hostilidades. Consideraban en ese momento que Alemania aguantaría como mucho hasta el 1 de julio y como mucho-mucho hasta el 31 de diciembre; y que Japón tardaría año y medio tras la derrota de Hitler en Europa.

A las tres y media de la tarde, Marshall, King y Kuter se desplazaron a Livadia para encontrarse con Antonov, Khudyakov y Kuznetsov. Antonov presentó en esa reunión un informe sobre las unidades soviéticas que serían puestas en juego en el frente de Extremo Oriente, informe en el que insistió en la idea de que deberían ser los estadounidenses los que dotasen, por mar y aire, de toda la logística de estas tropas. Anunció que ya se había dado la orden a los oficiales soviéticos para que seleccionasen los mejores terrenos para construir grandes aeródromos en el área de Komsomolsk y Nikolaevsk. Luego explicó muchas otras operaciones de preparación que se habían abordado ya, y propuso que la primera acción bélica de la URSS fuese la toma de Sajalín. Los estadounidenses aprobaron aquellos planes.

A esa reunión siguió un cara a cara entre Khyudakov y Kuter, ambos generales del Aire. Durante dos horas, ambos discutieron el apoyo aéreo a las operaciones bélicas soviéticas en Extremo Oriente. EEUU situaría en la zona un grupo de bombarderos B29 y construiría los depósitos de combustible necesarios para tener allí mismo unas reservas plenas de carburante.

Los ministros de Exteriores, por su parte, almorzaron como tenían por costumbre para analizar diversos temas.

El principal de los asuntos a estudiar, como ya sabemos, era Polonia, pues el día anterior los jefes les habían pasado la pelota ante la imposibilidad de encontrar un acuerdo. Stettinius, esto es el ministro de Exteriores del presidente que apenas estaba pagando precio alguno por sus reivindicaciones, anunció al principio de la reunión que Estados Unidos, analizando las reticencias soviéticas a su solución para Polonia, había decidido renunciar a la formación de un comité presidencial de amplio espectro; añadiendo que, de esta manera, confiaba en que las posiciones se acercasen. Una vez más, se aprecia en esta intervención de Stettinius la mano larga (y buenista) de Harry Hopkins, el mismo que el día antes había pensado que la propuesta americana sería firmada por Stalin en segundos tres, y que ahora parecía creer que por cambiar el color del balón los soviéticos iban a aceptar jugar un partido de baloncesto en lugar de fútbol.

Y, claro, fue que no. Molotov, que había recibido con seguridad instrucciones precisas de un Stalin que había olido ya las dubitativas posiciones de Washington, no hizo sino intervenir para defender que la solución para Polonia era ampliar el gobierno de Varsovia, sin inventar nuevas mandangas.

La fórmula que se propuso entonces fue ésta: el actual gobierno provisional de Polonia [primer paso: aceptar que lo de Londres no era un gobierno ni era nada] será reorganizado en un gobierno plenamente representativo basado en todas las fuerzas democráticas de Polonia [segundo paso: aceptar que aquéllos que querían terminar con la democracia en Polonia también eran demócratas por el mero hecho de tener la vitola de antifascistas], incluidos los jefes demócratas polacos emplazados en el extranjero. Así, tomaría el nombre de gobierno provisional de unidad nacional, y como tal sería reconocido por las tres potencias [tercer paso: dar plena legalidad internacional a un gobierno no surgido de las urnas, a cambio de la vaga promesa de que los polacos votarían algún día].

Incluso analistas mucho menos críticos con Roosevelt de lo que lo pueda ser este relator suelen atizarle bastante a este texto propuesto por Stettinius porque, es interpretación bastante generalizada, supura candor y optimismo antropológico por todos sus poros. El problema básico para las potencias democráticas, que no se olvide habían empezado toda la guerra por defender a Polonia, era no dejar esa democracia en manos de los no demócratas; y había que ser muy imbécil para no darse cuenta de que era hacia eso adonde se estaba avanzando en Yalta, todo a cambio de las Naciones Unidas y de que la URSS se apuntase a una guerra que ya estaba ganada.

Eden, por supuesto, no era de la opinión del Departamento de Estado de Washington. Intervino para decir, una vez más, que Londres nunca reconocería la representatividad del llamado gobierno de Lublin. Así las cosas, los ministros de Exteriores, que habían recibido aquella patata ardiente porque sus jefes no se ponían de acuerdo sobre la materia, no tuvieron más remedio que hacer lo mismo, y se la devolvieron igual de caliente.

Eso sí, los ministros tomaron algunas decisiones sobre los temas que por lo visto eran más importantes. Por ejemplo: se pusieron de acuerdo en que los firmantes de la carta de invitación a la asamblea fundacional de las Naciones Unidas la firmarían los tres grandes, China y Francia. Alger Hiss, alto funcionario del departamento de Estado, hizo notar, con un lenguaje muy estadounidense, que Francia tenía mucho ascendente ante bastantes naciones pequeñas, así pues era “muy útil para vender nuestra mercancía”; y Molotov, probablemente alucinado de que aquellos sajones se batiesen tanto el cobre por imbecilidades, concedió gustoso.

En el tema yugoslavo, Molotov observó que antes de cerrar el tema sería necesario que Chubachitch y Tito llegasen a acuerdos definitivos. Eden, por su parte, solicitó el apoyo de los otros dos grandes a dos enmiendas que defendía en el texto de dichos acuerdos: la primera, para que la Asamblea Antifascista Yugoslava de Liberación Nacional fuese ampliada para incluir todos aquellos miembros del Parlamento de antes de la guerra que no se habían comprometido con Hitler. Y la segunda, en el sentido de que todos los actos legislativos de esta Asamblea debieran ser ratificados posteriormente por una Asamblea Constituyente. Como no hubo acuerdo, los ministros cogieron el dossier, lo apretaron bien, y luego le dieron una patada a seguir en dirección al plenario.

Sobre el tema de las reparaciones, llegaron a un acuerdo apenas sobre dos puntos. Según el primero de ellos, las indemnizaciones serían percibidas en primer lugar por los países que soportaron una carga superior en la guerra. Asimismo, se aceptó que los pagos en especie se exigirían en productos a Alemania durante diez años, amén de una especie de tasa sobre su riqueza anual; el asunto de la posibilidad de utilizar trabajadores alemanes quedó en paso, pues se acordó que era necesario estudiarlo más a fondo. A pesar de estos acuerditos, siguieron las discrepancias. Molotov se negó a aceptar otra cifra que no fuesen 20.000 millones de dólares, siquiera como punto de partida de una discusión.

De aquel mediodía es de cuanto datan la mayoría de las fotos de Yalta que conocemos, pues fue entonces cuando los participantes en la reunión se sometieron a una larga sesión de fotos y tomas de cine. La sesión, por cierto, enfureció a Churchill, porque todos los focos se centraron en Roosevelt, y porque no pudo hacer su famoso gesto de victoria.

Con la coñita de las fotos y toda la movida, la sesión plenaria se retrasó levemente a las cuatro y media de la tarde.

Nada más comenzar la sesión, Molotov propuso un nuevo texto sobre el tema del gobierno polaco. Decía: “el actual gobierno polaco será reorganizado sobre una base más ampliamente democrática e incluirá a los jefes demócratas presentes en Polonia o en el extranjero”. Propuso que todos los partidos democráticos fuesen apelados de antifascistas, y, aquí está la clave, rechazó la propuesta de Stettinius de que las elecciones polacas fuesen supervisadas por los tres grandes porque, dijo, eso molestaría a los polacos. A los polacos no sé; a los soviéticos, desde luego, les habría puesto de los nervios.

Churchill intervino para decir que tal vez estaban todos queriendo ir demasiado deprisa, y que sería bueno tomarse un tiempo para reflexionar. Exultantes tras haber recibido la sugerencia de hacer lo que mejor se les daba: dejar los temas en paso, todos estuvieron de acuerdo en dejar el tema polaco para más adelante.

Así las cosas, pasaron a la cuestión de las reparaciones de guerra. En este asunto, finalmente se admitió la cifra de 20.000 millones de dólares, la mitad para la URSS. Maisky sacó la propuesta, y la arrancó, de que estas reparaciones se calculasen a los precios de 1938, pero que además se aprobase la posibilidad de incrementarlos de un 15% a un 20% en artículos concretos. Los soviéticos, supongo que el lector ya se habrá dado cuenta, habían preparado aquella conferencia mucho más meticulosamente que sus compañeros de mesa, y no dejaban hilo sin puntada.

El tema yugoslavo no concitó tantos consensos. Churchill y Stalin, para mí en uno de los momentos más sinceros, más antidiplomáticos por así decirlo, de Yalta, se embarcaron en una discusión muy interesante sobre si Tito era un gobernante democrático o un dictador. A Stalin esa discusión no debió gustarle demasiado, más que nada porque probablemente sabía que Tito no era sino un símbolo que designaba otras cosas (tal vez él mismo), así que, manejando magistralmente los tiempos y el pathos de aquella reunión, decidió anunciar que apoyaba las dos enmiendas que en el almuerzo había explicado Eden. Con ello, Tito y Chubachitch fueron invitados a darse un piquito cuanto antes.

Inmediatamente después, Stettinius presentó un proyecto, preparado por Alger Hiss (otro cráneo previlegiado de aquel encuentro), según el cual los cinco gobiernos con silla permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas deberían consultarse entre ellos antes de la primera asamblea mundial, para regular en la carta de las Naciones Unidas un mecanismo para los territorios protegidos o bajo mandato.

La propuesta provocó un auténtico estallido de rabia de Churchill. “No aceptaré”, dijo, “ni una palabra en tal sentido. Además, estoy tristemente sorprendido de no haber sido ni siquiera consultado para dicha propuesta. Nunca, en mi vida, permitiré que cuarenta o cincuenta naciones del mundo metan sus manos en la forma de vida del Imperio Británico”.

Stettinius, balbuceante, trató de explicarle que el texto ni siquiera citaba el Imperio Británico y que estaba pensado para la península coreana, Indochina y otros territorios o británicos que se deberían liberar del yugo japonés. Pero, claro, con eso no hacía sino abrir en canal la exorbitante ingenuidad con la que su jefe, Roosevelt, había abordado la negociación de este tema (y de otros) directamente con Stalin, sin pensar en las consecuencias colaterales de lo que estaba acordando (¡hay que ver lo barato que me salió!). Y la vasta, inexplicable, falta de profesionalidad de un Departamento de Estado que se suponía petado de fontaneros, pero que a la hora de la verdad no distinguía una cañería de PVC de un palimpsesto bizantino.

Stalin... ¡Stalin!, fue el que tuvo que intentar calmar los ánimos. Pero no lo consiguió; en realidad, todo lo que consiguió fue llevarse un zasca. Ante sus intentos por convencer a Churchill de que estaba haciendo una montaña con un leptón, el primer ministro lo miró a los ojos y le dijo: “señor Mariscal, trate de imaginar que se decidiese colocar Crimea bajo mandato internacional para construir aquí un complejo de balnearios”. Stalin, prudente, calló.

Así las cosas, Roosevelt propuso disolver provisionalmente la reunión, para ver si Hiss, el lissssto de Hiss, era capaz de encontrar un texto que cupiese en los calzoncillos de los británicos.

Cuando todos volvieron al plenario, ya no pudieron regresar al tema del Consejo de Seguridad. La pausa les había servido para darse cuenta de que no estaban nada de acuerdo en otro tema.

Polonia. Again, and again, and again.

Roosevelt, al parecer porque su Departamento de Estado había pensado las cosas un poco por fin, regresó a la reunión con serias reticencias a la expresión gobierno provisional que quería usar Molotov. En su sustitución, prefería la expresión “gobierno que funciona actualmente en Polonia”. Además, insistió sobre la necesidad de que se procediese en Polonia a unas elecciones libres incontestables, lo cual quería decir bajo el control de los tres grandes. Churchill abonó esta postura argumentando que Tito, con seguridad, dejaría que observadores internacionales estuviesen en las elecciones yugoslavas, y que éstos eran comunes en Italia y en Grecia.

Stalin, sin embargo, permaneció impasible en la opinión de que un control extranjero de las elecciones en Polonia sería una ofensa para los polacos (afirmación ésta que supongo que le moverá a la carcajada a cualquier lector polaco de estas notas); y se extendió sobre la gran formación del pueblo polaco, capaz de alumbrar sabios como Copérnico.

Así las cosas, el tema volvió a quedar en paso, y los miembros de la reunión se pusieron de acuerdo sobre la conocida como Declaración de la Europa Liberada. Una declaración que, entre otras cosas, afirma el derecho de todos lo países a elegir su forma de gobierno y quién les gobierne; declaración ésta que fue muchas veces usada por la República española en el exilio contra Franco, pero que sin embargo apenas fue blandida contra uno de sus firmantes quien, que se sepa, jamás le dio a los pueblos que gobernó ni media oportunidad de decidir si querían ser gobernados por él.

Finalmente, la sesión terminó con un reflexión sobre los criminales de guerra. Churchill tenía una lista de todos los que, en su opinión, debían ser pasados por las armas. Stalin preguntó, con un poco de mala leche, por la suerte de Rudolf Hess que, contestó Churchill, sería “actualizada de acuerdo con los acontecimientos”.

A las diez y media de la noche, los ministros de Exteriores se reunieron en el palacio Yusupov, para discutir el tema polaco. La discusión fue bronca y complicada, pero al final se pusieron de acuerdo en un texto que decía:

Se ha creado una situación nueva por la liberación completa de Polonia por el Ejército Rojo. Esta situación exige el establecimiento de un gobierno polaco provisional sobre las bases más amplias en este momento respecto del tiempo anterior a la liberación de la Polonia occidental. El gobierno actualmente en funciones en Polonia será reorganizado sobre bases democráticas más amplias mediante la inclusión de los jefes demócratas residentes en Polonia, más otros jefes elegidos de entre los que se encuentran en el extranjero. Este nuevo gobierno tomará el nombre de gobierno provisional polaco de unidad nacional. Los señores Molotov, Harriman y sir Archibald Clark Kerr son autorizados a consultar en primer lugar a Moscú los miembros del actual gobierno provisional así como los jefes demócratas emplazados en Polonia y en el extranjero, para así reorganizar el gobierno en la línea que aquí se describe. Este gobierno se encargará de proceder a unas elecciones libres y sin obstáculos lo antes posible, sobre la base del sufragio universal y el escrutinio secreto. Todos los partidos demócratas y antinazis tendrán derecho a participar en estas elecciones y presentar candidatos. Desde el momento en que el gobierno se haya formado siguiendo estas directivas, los tres grandes lo reconocerán.


No se pudo llegar a ningún acuerdo sobre la supervisión de las elecciones.