miércoles, enero 24, 2018

Isabel (12: Essex y el fracaso lisboeta)

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A la muerte de Leicester, la consecuencia esperada por todos era el automático ascenso a la derecha del poder de su ahijado Robert Devereux, conde de Essex. Un personaje complejo y que haría las delicias de un buen sicólgo de la Historia, Devereux era un narcisista de libro que se tenía en muy alta estima, se tenía a sí mismo por hombre de acción, pero que al tiempo tenía una marcada tendencia hacia el drama impostado y la autocompasión. Más o menos lo que yo, en mi idiolecto, suelo denominar un rocapollas. Sufrió muy frecuentemente crisis de confianza que lo postraron en su cama, probablemente debidas al estrés. Por lo demás, el gotha protestante del gobierno de la reina recelaba de él porque, pese a haber sido educado en la estricta moral anglicana, Essex era eso que denominamos un tiraduros.
En realidad, con la muerte de Leicester, quien sí que ascendió inmediatamente a la cúpula del poder, junto con Burghley y Walsingham, fue Christopher Hatton. Con 47 años, acababa de ser nombrado lord canciller tras la muerte de sir Thomas Bromley. El nombramiento y el acceso a la cumbre lo poder operó en él un cambio probablemente debido a su forma de concebir sus nuevas responsabilidades. Hasta entonces pomposo y un tanto efectista, sobre todo en su forma de vestir, adoptó bruscamente el estilo austero, casi se diría que amish, de Burghley. Esto le dejó a Essex el papel de cortesano exótico, un papel que sólo le disputaba Ralegh.

Esto es, de hecho, literal. Una semana antes de la Navidad de 1588, Essex había retado a Ralegh a un duelo. El Consejo Privado reaccionó tapando el asunto, especialmente preocupado de que la reina se hubiera enterado. A Essex, sin embargo, aquella anécdota, y la forma en la que actuaron tanto Burghley como Hatton, le demostró que él estaba muy por delante de Ralegh en sus preferencias. Los hombres de la reina encontraban al aventurero demasiado pasional y sanguíneo, conscientes de lo proclive que era la reina a dejarse llevar por gentes así. El aventurero, sin embargo, no dio muestras de asumir su pérdida de preeminencia en la lucha por el favor de la reina.

Ralegh, siempre atento a las señales en aquella Corte donde cada detalle contaba, tenía, en efecto, elementos para considerar que Devereux no merecía el trato que había tenido su padrino. Por ejemplo, la reina no le había otorgado un apodo, cosa que era normal en las personas en las que depositaba su confianza. Eso sí, había procurado convertirlo en un noble suficientemente rico. Ya a principios de 1588 le había otorgado York House, y otra mansión en el Strand. Esta última casa era normalmente la residencia del lord Canciller, pero Hatton no la necesitaba, pues ya tenía un casoplón en Ely Place, Holborn. En enero de 1589, además, le transfirió a Devereux los derechos que había disfrutado su padrino sobre las transacciones de vino dulce.

Sin embargo, como solía ocurrir con los hombres de poder en aquella Inglaterra, la personalidad de Devereux, que ya hemos dicho que no era precisamente ahorrativa, lo había colmado de deudas en una proporción muy superior a los ingresos fijos que ahora tenía. De hecho, las concesiones de la reina han de ser vistas, más que como un premio, como salvavidas que ella le tiraba a ese amigo con el que pasaba noches enteras jugando a las cartas.

Si Leicester había llegado a la bancarrota a base de luchar contra Felipe II, Devereux hizo el camino recíproco; decidió luchar contra Felipe II porque tenía deudas. Su situación financiera era tan comprometida, y la presión de los acreedores tan hostil, que Essex decidió que la única salida que le quedaba era hacer dinero luchando contra el bando católico.

En el estudio que hizo de sus opciones como comandante antiespañol, Devereux se cruzó pronto con las ambiciones de Drake. El marinero había estado, desde la derrota de la Armada, patrocinando la idea de un contraataque rápido que le pagase a los españoles con la moneda que ellos habían querido imponerle a Inglaterra. Esto quiere decir que Drake quería ir más allá de lo que había ido nunca: no defendía ataques navales, sino desembarcos de tropas inglesas en la península. Burghley, más atento a la situación del Exchequer, rebajaba notablemente estos planes hasta convertirlos en una mera expedición naval de persecución de los barcos españoles de la Armada que todavía estarían intentando regresar a España con el timón entre las piernas, no lejos de las costas de Irlanda. Isabel, por su parte, prefería usar a Drake en misiones más lucrativas, esto es interceptando barcos mercantes españoles en el Atlántico. El botín posible podría llegar hasta más o menos los 4.500 millones de euros de hoy en día y, a cambio, se ahorraban los riesgos de costosas operaciones militares que, la verdad, Londres no estaba en ese momento en condiciones de pagar, teniendo en cuenta que ni siquiera había pagado a los veteranos de la Armada.

Drake reaccionó a este estado de opinión buscando el apoyo de sir John Norris, veterano de las luchas en las Provincias Unidas. Al almirante inglés los planes de la reina no le gustaban mucho, pues él sabía que los mercantes españoles no solían navegar solos desde las Azores hasta Sevilla, sino fuertemente escoltados por barcos de guerra. La operación era más difícil de lo que Isabel imaginaba. Por eso, rebajó sus expectativas y decidió defender la idea de atacar los puertos de San Sebastián y Santander, donde pensaba que habría muchos barcos de la Armada lamiéndose las quillas. Pero no olvidaba sus grandes ideas, porque, tal y como defendían Drake y Norris, si lo de los dos puertos españoles salía bien, entonces se podría abordar una invasión en toda regla de Portugal, tras la cual Felipe sería depuesto de la corona lusa. Si todo eso salía bien, entonces se podría abordar el ataque a los mercantes a la altura de las Azores.

Para sustituir a Felipe II en el trono portugués, los ingleses encontraron un candidato en Don Antonio, prior de Crato, nieto (ilegítimo) del rey Manuel I. Antonio había huido de Portugal tras la proclamación de Felipe con las joyas de la corona lusa, había pasado por París pero había terminado por solicitar asilo en Inglaterra, concretamente en Stepney.

Isabel, personalmente, no debía de tener demasiada buena opinión de aquel portugués brasas que siempre estaba dando el coñazo con el tema de la corona de Portugal; y, además, su natural híperprudente la llevaba a rechazar la idea de una invasión de Portugal. Pero Walsingham y Burghley, sorprendentemente, eran de otra opinión.

Burghley decidió apoyar la operación portuguesa fascinado por los grandes beneficios que le reportaría a Inglaterra controlar Portugal: unos beneficios incontables derivados de un comercio con las Indias Occidentales que, además, una flota como la británica podría asegurar mejor que nadie. No sólo el golpe enriquecería a Inglaterra, sino que también empobrecería al rey católico en el momento en el que más necesitaba allegar recursos para recuperarse del golpe de la Armada.

A finales de año, Burghley había conseguido convencer a la reina de sus postulados. Finalmente, Isabel consintió la expedición o, más en concreto, una versión del plan de Drake que se centraba básicamente en crearle problemas al rey español y tomar el control de alguna isla de las Azores que pudiera servir de base para hostilizar el comercio atlántico; sólo habiéndose cumplido estos dos objetivos podrían Drake y Norris invadir Portugal.

Isabel, sin embargo, no sabía que don Antonio el porculero también jugaba sus cartas y, antes incluso de dar ella las órdenes, le había prometido a Drake y a Norris innúmeras concesiones comerciales personales tanto en América como en Asia si lo reponían en el trono portugués.

La expedición portuguesa fue un proyecto de lo que hoy se denomina colaboración público-privada. La corona aportó 20.000 libras y seis barcos; el resto se financió con aportaciones privadas, que fueron meticulosamente contabilizadas para luego repartir proporcionalmente los beneficios obtenidos si los hubiere.

Essex, inmediatamente, se mostró entusiasmado con la expedición y solicitó participar en ella. Ello a pesar que Isabel dejó claro que no iba a dejar que ninguno de los nobles de su Corte arriesgasen el gañote en aquel viaje. Pero eso no le sirvió nada más que para decidir que se embarcaría sin el consentimiento real.

Drake y Norris salieron de Plymouth el viernes, 4 de abril de 1589 con una flota de 120 barcos que llevaban unos 19.000 efectivos, además de don Antonio y algunos de sus partidarios. Essex también estaba en los barcos, a pesar de que la reina se lo había prohibido expresamente. Salió a uña de caballo el día 3 por la tarde de Londres, había hecho la distancia en 36 horas cambiando de caballo inmediatamente y, finalmente, logró llegar a tiempo para embarcar en el Swiftsure, un buque de la reina cuyo capitán, sir Roger Williams, de todas formas era amigo de Essex y estaba resuelto a esperarlo.

La reina no aceptó esa traición. Inmediatamente que la supo, envió a su pariente sir Francis Knollys en persecución de Devereaux, para hacerlo regresar a la Corte; pero Knollys llegó demasiado tarde a Plymouth. Cuando regresó el noble emisario con la noticia de su fracaso, Isabel le escribió una carta a Essex en tonos muy parecidos a la que le había escrito a Leicester como consecuencia de su aceptación del cargo de Gobernador General de las Provincias Unidas. Poco después escribió otra dirigida a Drake y a Norris, en la que les ordenaba que al capitán del Swiftsure le fuese aplicada la ley marcial, puesto que en su opinión prácticamente era reo de motín. Essex debía ser devuelto a Inglaterra en el primer modo de transporte suficientemente seguro.

Drake y Norris pusieron proa hacia La Coruña. No es que tuvieran ganas de tomarse unas tapas, sino que estaban convencidos de que en el puerto encontrarían un par de centenares de barcos españoles lamiéndole las heridas del fracaso de la Armada. Sin embargo, sus confidencias estaban muy lejos de ser ciertas: en el puerto coruñés apenas había cinco embarcaciones. Probablemente lo más lógico en esa circunstancia para los ingleses era volver grupas hacia el golfo de Vizcaya, pues la lógica dictaba que si los barcos no estaban en Coruña debían estar allí; pero, lejos de ello, decidieron desplegar las velas hacia Lisboa, con la intención de unirse allí a Essex, que había tomado esa dirección desde el principio. La intención de los dos marineros era saquear los barcos del puerto y después colocar a Don Antonio en el trono portugués; esto es, pensaban empezar precisamente por donde Isabel les había ordenado que terminasen. Son muchos los historiadores que se han preguntado, y yo creo que tienen razón en hacerlo, si Drake y Norris se habrían mostrado tan despreciativos con esas órdenes si se las hubiera dictado un hombre en lugar de una mujer.

Considerando los ingleses que el castillo de Peniche, a unos cien kilómetros de la capital, era un lugar seguro para desembarcar, procedieron a hacerlo, a tomar la fortaleza y proclamar allí a don Antonio. Las tropas de Norris iniciaron una marcha a pie hacia el sur por la costa, mientras que Drake siguió la misma ruta pero en barco, para poder ayudar con fuego artillero.

La marcha se les hizo interminable. Tardaron una semana en llegar a Lisboa y, además, al llegar allí se encontraron con unas defensas muy difíciles de debelar. Para colmo, don Antonio había puesto una condición a Norris: para pavimentar su camino hacia la Corona lusa, era necesario que los ingleses no practicasen pillaje alguno sobre intereses portugueses; sólo los españoles. Norris, enfrentado a unas escasas perspectivas de botín y a una invasión prácticamente imposible, respondió con un ultimátum al portugués: si no conseguía levantar en una semana suficientes tropas locales a su favor, los ingleses se marcharían.

Drake, mientras tanto, se encontraba con una realidad parecida: contrariamente a lo que había creído (siempre fue un sobrado), las defensas en los estuarios del Tajo eran sólidas y estaban tan bien concebidas como emplazadas. Los ingleses, en su optimismo un tanto pollas, propio de personas que consideran que son las únicas que dominan el arte de la guerra y de la defensa, consideraban que estaría chupado trasladar la pesada artillería más allá de los fuertes y baterías de costa; pero se encontraron con que el objetivo era imposible. Así las cosas, Drake se contentó con rememorar sus días de corsario y atacar los barcos que estaban surtos en la boca del Tajo. No le costó mucho capturar seis barcos mercantes. Alemanes.

Los que estaban en tierra, mientras tanto, tuvieron que enfrentarse a una emboscada de los españoles en su campo, que fue repelida bajo el mando de Essex. Sin embargo, aunque ya hemos dicho que el plan era que apareciesen emocionados portugueses por cientos dispuestos a luchar por don Antonio, lo cierto es que nada de eso ocurrió. Hacía mucho calor, las orillas del Tajo entonces eran un lugar bastante poco salobre, y los ingleses, en consecuencia, comenzaron a irse por la pata abajo. La disentería tomó el campamento inglés y, en esas condiciones, no quedaba otra que meterse el rabo entre los muslos, y ordenar retirada. El 8 de junio, toda la flota, salvo veinte embarcaciones, tomó rumbo hacia Plymouth.

Essex, antes de irse, cabalgó hacia las puertas de Lisboa, clavó una lanza en sus puertas y retó al gobernador a un duelo. Evidentemente, no fue escuchado.

Drake quería, todavía, realizar un ataque en las Azores de vuelta. Sin embargo, en su nave capitana se abrió una vía de agua y una galerna dispersó sus barcos. Así que regresó a Plymouth. 

La expedición se saldó con un fracaso total y 6.000 víctimas que se podrían haber evitado.