martes, marzo 20, 2018

Yalta (Epílogo)

Las victorias de Stalin


El domingo 11 de febrero, a eso de las diez de la mañana, Roosevelt se levantó con una sola idea e la cabeza: marcharse de Yalta aquel mismo día. Como ya se ha dicho en estas notas, el presidente de los Estados Unidos consideraba que los objetivos que se había marcado para la conferencia de Yalta estaban más que cumplidos y, por lo tanto, todo lo demás, todo lo que quedaba, la sobraba un poco. Éste es el espíritu que le imprimió a la octava y última reunión plenaria, cuyo principal objetivo era aprobar el comunicado de la reunión que sería hecho público al día siguiente.

Estados Unidos había sido el redactor del primer borrador. Fue leído por Stettinius aunque, en realidad, casi todo el texto se debe a la pluma de un funcionario del Departamento de Estado, Wilder Foote, que fue invitado a estar presente en aquella última reunión plenaria.

Winston Churchill propuso unas cuantas enmiendas al texto, la mayoría de carácter redaccional, pues el primer ministro británico era un obseso de la conservación del inglés británico frente al americano (otra de las guerras que perdió). Fueron aceptadas sin problema. Como ejemplo, el primer ministro británico quiso quitar del documento varias veces que se citaba la palabra joint, aduciendo que además del significado que se le daba en el papel, conjunto, esa palabra también designaba a un asado que tradicionalmente toman las familias inglesas en domingo.

Stalin, por su parte, no tuvo objeciones; tal vez porque a muy pocas familias soviéticas les daban los kopeks como para tomar asado los domingos. El texto fue aprobado, y a la una menos diez de la tarde pasaron todos a la mesa para comer y allí, en la mesa, firmaron el documento.





Franklin Delano Roosevelt dejó el palacio de Livadia a las cuatro de la tarde de aquel día. A los inicios del viaje, le confió a su amigo y asesor Harry Hopkins su convicción de que había conseguido traer a Iosif Stalin hacia sus convicciones y su visión de la política internacional. En esa chorrada de grandes dimensiones creo que se puede resumir con cierta eficacia el espíritu y los resultados de la conferencia de Yalta.

Para cuando los representantes de las tres grandes potencias se reunieron en Crimea, el destino de las tres naciones bálticas como parte integrante de la URSS estaba ya sellado. Stalin, ese Stalin que al parecer había sido convencido por el hada estadounidense, apenas escamoteó durante la conferencia el hecho de que pretendía incluir en su área de influencia tanto a Yugoslavia como a Finlandia; cosa que en un caso consiguió parcialmente y en el otro fracasó (pero no, desde luego, porque en Yalta se produjese una defensa cerrada de los derechos de los fineses). En Yalta Stalin sabía que controlaba con casi total seguridad Bulgaria, como sabía que Vychinski estaba organizando un golpe de Estado comunista en Rumania que pronto haría papel mojado de los por otra parte insoportablemente leves análisis sobre el país que se realizaron en Yalta. Albania quedaría en manos también los comunistas, aunque con el tiempo el régimen de Mehmen Sehru y Enver Hoxa decidiría jugar al verso suelto. Durante buena parte de la conferencia el Departamento de Estado envió diversos informes no muy optimistas sobre la evolución de los acontecimientos en Polonia, Hungría y Rutenia; pero fueron básicamente ignorados por unos negociadores que sólo querían oír hablar de lo suyo.

La pregunta básica de Yalta es, probablemente, ésta: Stalin llegó al final de la guerra con un estrecho cinturón de naciones controladas, muy estrecho, que necesitaba ampliar si quería tener aspiraciones de poder pelear con éxito en la guerra fría que se avecinaba. Yalta, mutatis mutandis, le dejó hacerlo, y lo hizo por un objetivo superior, que era conseguir la paz mundial después de dos guerras devastadoras. ¿Acaso no fue, como sugirió Roosevelt muchas veces, un pago incluso barato?

Quien crea ello, puede creerlo. Yo, personalmente, considero que Yalta no consiguió, como pretenden los rooseveltianos, detener la violencia; la desplazó, que no es lo mismo. Durante las décadas subsiguientes, seres humanos morirían, y siguen muriendo, por decenas, por centenares de miles, por millones, en conflictos armados que tal vez surjan por motivos locales, pero son, indudablemente, animados por la dinámica bipolar nacida en Yalta. Lo único que pasa es que todos esos muertos, con la única excepción de los Balcanes, ya no residen en las calles donde se vendió con éxito la idea de que Yalta había acordado la paz mundial.

Como consecuencias inmediatas de esa conferencia, nos encontramos con los movimientos no menos inmediatos de control soviético de los países que formaron parte de su zona de influencia, incluyendo el golpe de Estado de Praga; además, Corea quedó pobremente organizada desde el punto de vista geopolítico, generando en muy pocos años un grave conflicto bélico que ha tenido a familias enteras separadas hasta el día de hoy, y lo que te rondaré; en Indochina se acabarían produciendo muertos, también estadounidenses, a capazos; Indonesia comenzó unas décadas de su Historia en buena parte escritas con sangre; Mao tomó el poder en China y se llevó por delante a 70 millones de compatriotas; Camboya; el bloqueo de Berlín; Cuba; Congo, Angola, Somalia, Sudán...

El caso más sangrante es, probablemente, China. En la conferencia de El Cairo, noviembre de 1943, Chang Kai Chek recibió garantías de que le sería devuelto Manchukuo; pero un año y unas semanas después, como ya hemos leído, Roosevelt y Hopkins llegaron a una serie de acuerdos con Stalin que de hecho le otorgaban a la URSS parcelas muy relevantes de poder en el área. Y todo eso a cambio de que, medio año después del momento en que Alemania se rindiese, la URSS le declarase la guerra a Japón.

La idea es muy clara. Roosevelt tenía un aliado, que era Chang Kai Chek. Y, por conseguir la ayuda a plazo de un país comunista, lo sacrificó. En paralelo, mostraba una frialdad absoluta hacia personajes como los líderes polacos exiliados en Londres, también aliados suyos naturales, a los que dejaba al pairo en la geopolítica internacional, condenándolos al olvido, cuando no a la prisión o al paredón si volvían a Varsovia y se ponían muy gallitos. El mensaje que lanzó FDR a sus aliados fue tremendo: estoy contigo mientras no me convenga otra cosa. Los enemigos de mis amigos son mis enemigos hasta el momento que decida que los enemigos de mis enemigos han dejado de ser mis amigos porque ya no quiero ser más rato enemigo de mi enemigo. Harry Truman, un sucesor con las ideas mucho más claras en materia de política internacional, haría famosa esa frase de “no abandonaré jamás a un solo hombre libre en manos de un tirano”; una frase que estaba destinada, precisamente, a corregir el tremendo error que la política exterior líquida de FDR había creado en el bando, digamos, proamericano.

Roosevelt murió unos dos meses después de la conferencia de Yalta. Un periodo muy corto en el que todavía tuvo, sin embargo, tiempo de escribirle una carta al camarada primer secretario general del Comité Central del PCUS, el 1 de abril. Era sobre Polonia, y se producía en una situación de facto en la que estaba muy claro que la URSS no iba a aceptar más gobierno polaco que el de Lublin. Le afeaba la cosa, pero para entonces al zorro georgiano lo que le dijese el puto viejo se la sudaba. Tres días después, todavía le quedaron fuerzas para leer un demoledor informe de Harriman (aunque parezca acojonante, el único de todos los funcionarios americanos en Yalta que de verdad entendía a los soviéticos, y el menos escuchado) sobre los problemas existentes en Polonia y Rumania. Un informe en el que Harriman resumía brillantemente la estrategia de Moscú en tres puntos: llegar a acuerdos internacionales con las grandes potencias; construir un cinturón de países satélite fuertemente controlados; e incrementar la influencia comunista en países occidentales como Francia, Bélgica e Italia mediante la acción de partidos comunistas dizque democráticos.

Una hora antes de morir, Roosevelt le envió un telegrama a Churchill en el que abogaba por “minimizar en lo posible el problema soviético”. Y añadía: debemos permanecer firmes. Tócate los huevos, María Remigia.




Al principio, cuando había pasado poco tiempo desde Yalta, la conferencia se tuvo por lo más de lo más de la inteligencia geopolítica de las grandes potencias occidentales, y muy particularmente los Estados Unidos. El tiempo, sin embargo, es un juez implacable. Roosevelt y Churchill hubieran debido tener la suerte de que a Stalin le hubiese estallado alguna arteria por razones ignotas en los cuatro o cinco años que siguieron a Yalta, y que su sucesor hubiera sido un poco maula. Esto es lo único que les habría salvado, en mi opinión, de haber quedado como los catetos que fueron en esa mesa.

Eso sí, también hay que entender las cosas. Gobernantes como Roosevelt o Churchill tenían como principal obsesión a principios de 1945 comenzar a ahorrar vidas de compatriotas. En Yalta todo el mundo creía que quedaban todavía seis meses de guerra en Europa y existía la convicción, en buena parte cierta, de que los alemanes lucharían hasta el último hombre. Por otra parte, en Japón los americanos calculaban en cientos de miles las vidas estadounidenses que todavía se perderían. Hay que entender que con tal de cerrar la guerra, o cuando menos de compartir sus cargas, estaban dispuestos a cualquier cosa. Pero, la verdad, cualquier persona con dos dedos de frente tendría que darse cuenta de que Stalin, que había perdido literalmente millones de conciudadanos luchando en Europa, tampoco iba a apostar mucho en Asia; no estaba en condiciones. Estados Unidos podría haber apostado por muchas cosas, entre otras una demostración nuclear en el mar, cerca del Japón, mucho menos cruenta que Hiroshima y Nagasaki pero lo suficientemente acojonante como para dar poder al partido de la rendición que ya existía en la elite japonesa, y ellos tenían que saberlo. Roosevelt, sin embargo, escogió comprar a Stalin al precio que fuese.

Conforme han ido pasando las décadas, conforme el peso de los hechos ha ido desvalorizando muchas de las decisiones de Yalta, se ha ido construyendo otro mito: el mito de que Roosevelt era un muerto en vida y que es su debilidad física y mental la que justifica sus errores. Pamemas. En primer lugar, Roosevelt se mostró totalmente dispuesto durante toda la conferencia, muy particularmente sus entrevistas personales con Stalin. Si vendió al Koumingtang en la almoneda fue porque quiso, no porque le doliese ningún fistro. Si creyó que le estaba vendiendo una mula ciega a Stalin fue porque lo quiso creer, no porque los calmantes le nublasen el entendimiento. Y si dejó tantos cabos sueltos en la conferencia fue porque se quería largar a contar en Washington que había sacado adelante su Organización de las Naciones Unidas.

Churchill tampoco anduvo muy fino. A pesar de ser personaje inteligente y de fino análisis, no supo leer las circunstancias y darse cuenta de que la defensa a ultranza del Imperio británico era una batalla perdida, no en Yalta, pero sí ante la Historia. No pasarían ni cinco años después de la conferencia antes de que Inglaterra hubiera de dar una señal más que evidente en la India de que su proyecto imperial había tocado a su fin; si el primer ministro británico hubiera sabido ir a Yalta descargado de ese pie forzado, su capacidad de presión habría sido muy otra. Pero escogió defender el pasado. Como escogió también defender la causa francesa contra toda lógica, consciente de que necesitaba a París para presentar buena batalla en Europa a lo que se venía. Pero eso también le condicionó porque, la verdad, la reivindicación gala no tenía pase.

73 años después, en alguna parte seguimos siendo Yalta. En otra mucha, también, ya no; el mundo actual es un poco como el nudo gordiano que se labró en Yalta, parcialmente desanudado. La impresión fundamental que a mí me ha dejado el estudio de Yalta, las lecturas sobre la conferencia, es lo engañados que estamos los commoners: tendemos a pensar que en las grandes negociaciones internacionales se ventilan personalidades superiores a las nuestras y objetivos de gran calado; pero, en realidad, incluso la más importante de las conferencias internacionales no fue otra cosa que una reunión de egos, la toma de decisiones basada en informes desenfocados, cuando no mentirosos; mientras los asistentes perpetraban un error tras otro y, tras perpetrarlo, se daban palmadas en la espalda y se dedicaban brindis.

Sic transit gloria mundi.