lunes, octubre 08, 2018

Isabel (35: el microalzamiento)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto


Claro que funcionó. Los sentimientos de Isabel hacia Essex eran demasiado fuertes como para provocar su caída total; ella misma estaba esperando un gesto para poder deshacerse de las obligaciones del camino que había tomado. La reina sabía, además, que en un determinado momento del proceso que se había iniciado contra Essex, el control del mismo quedaría en manos de la Star Chamber, y su propia capacidad de influir en él sería muy baja. No podía permitírselo, pues eso podría suponer que Essex fuese víctima de un proceso de caída hasta límites excesivos.

Así pues, la reina intervino, y lo hizo ya en febrero, cuando las cosas estaban muy maduras, y muy jodidas, para su protegido. Era el día 12, víspera de una vista en juicio. Cecil estaba preparándose para la misma cuando recibió mensajes de la reina, tanto verbales como escritos, un poco en plan si hay que hacerlo, se hace; pero ir por nada es tontería. El afinado radar del alto funcionario detectó enseguida la voluntad de la reina de atontar el asunto. Thomas Windebank, uno de los secretarios y confidentes de Isabel, se encargó de llevar estos mensajes en forma de una carta que, sin embargo, autorizó a Cecil a leer, pero no a quedarse. La reina tenía una preocupación evidente de que quedase traza de su intervención en el proceso. Windebank cumplió su misión mucho mejor que William Davison cuando hizo de correveidile durante el juicio y ejecución de la reina de los escoceses.

Cecil, excelente decodificador de los deseos de la reina, desconvocó la vista.

Essex había esquivado una bala, pero no había salido indemne. Los hechos que habían motivado su casi colocación frente al jurado eran muy fuertes, y las cosas no podían pasarse así, sin más. En marzo fue autorizado a regresar a Essex House, pero eso no quiere decir exactamente que dejase de ser un prisionero, ya que también se le puso un guardián, sir Richard Berkeley, que entre otras cosas se quedó con todas las llaves de la casa y filtraba todas y cada una de las visitas que recibía el conde. Éste, bien aprendido de quién era el origen de su mejor situación, dedicó las horas muertas a escribirle cartas a la reina, a cual más comeculos.

Devereaux, sin embargo, nunca había sido una persona de gran inteligencia y, la verdad, no le iba a crecer ahora por generación espontánea. Essex nunca había abandonado la práctica de buscar spin doctors que defendieran sus postulados, y en mayo del 1600 volvió a cometer el error de permitir que las cosas fueran demasiado lejos. Un impresor de Londres trató de sacar adelante un folleto que era una virulenta defensa de todas las acciones de Essex. Este folleto, que tomaba la forma de una carta a Anthony Bacon con el título An apologie of the Earle of Essex against those which jealously and maliciously tax him to be the hinderer of the peace and quiet of his Country, fue la palanca que los enemigos del conde en la Corte necesitaban para joderlo.

Essex pretendió no tener nada que ver con aquella versión impresa de un documento que, por otra parte, conocía bien (se lo habían entregado manuscrito cuando se fue a Cádiz) y que, de toda forma, había circulado sin imprimir entre las personas de su partido en Londres durante algún tiempo. Nadie le creyó, claro. A principios de junio, una orden real impuso que Essex fuese enviado de nuevo a York House, donde fue objeto de un interrogatorio por parte de dieciocho investigadores, un interrogatorio que duró un día entero. Essex intentó, como siempre, sacar el comodín de la reina, pero esta vez no coló.

El conde fue finalmente acusado de no haber llevado a cabo la campaña del Ulster; de haber parlamentado con Tyrone más allá de los poderes que se le habían concedido y haber regresado a la Corte sin permiso. Fue sentenciado rápidamente con la pérdida de sus cargos en la Corte y mantenimiento en arresto domiciliario mientras la reina lo considerase. Cuando Isabel se lo pensó dos veces, le autorizó a irse a la casa de campo donde estaba su mujer en Barn Elms. El 1 de julio ordenó a Berkeley que se retirase, así pues lo dejó sin vigilancia. El 26, tras mucha duda y mucha historia, decidió dejarle en libertad; pero le prohibió terminantemente ir a la Corte, porque no quería volver a verlo.

Para Essex, la actitud de Isabel supuso un problema de muchos tipos, entre ellos el económico. Entre las prerrogativas que disfrutaba el conde en su explotación se encontraba una concesión sobre el comercio de vino blanco que expiraba en octubre de aquel año 1600. Essex disfrutaba de aquella coima desde 1589 y, de hecho, era su principalísima fuente de ingresos, sin la cual ya podía pensar en irse a la cola del Inem o, peor, a la de Caritas. El conde, al parecer, dentro de su personalidad básicamente tontopollas, llegó a estar casi convencido de que la concesión se renovaría. Pero no hubo tal: llegó octubre, y la reina dijo aquello de verdes las han segado. Pensó Devereaux en llevar la cuestión al Parlamento, pero finalmente decidió intentar llegar a la reina de una forma más amigable. Para ello, se fijó en lord Mountjoy.

Mountjoy era una estrella emergente en la Corte. Muy cercano a la reina, también lo era de Essex porque se estaba puliendo a su hermana Penélope. Había sido enviado por Isabel a Irlanda para reparar los descalzaperros organizados por Essex y, la verdad, en relativamente poco tiempo había conseguido grandes avances en ese terreno, y eso que tenía muchas menos tropas de las que se le dieron a Essex. Pero, claro, es que a Mountjoy el Consejo Privado le había autorizado a levantar un fuerte en Lough Foyle, es decir, justo la estrategia que había recomendado Essex, y que a él le habían prohibido.

Essex tenía otro aliado. Desde 1598, y con el pretexto de eliminar las pretensiones de los españoles a la corona inglesa, había retomado su correspondencia secreta con Jacobo el de Edimbra; el rey escocés, muy mal informado de las sutilezas de la Corte londinense, verdaderamente creía que había puesto una pica en Flandes y que tenía un corresponsal en Londres que estaba en el mismo centro de las conspiraciones cortesanas. Essex le dijo al rey escocés que apoyaría totalmente las aspiraciones de Jacobo al trono de Desembarco del Rey; incluso llegó a insinuarle que había posibilidad de instar su acceso al trono antes de que Isabel estuviese, como dicen los franceses, comiendo los dientes de león por las raíces.

En la base de todas estas pajas mentales estaba el plan que habían llegado a discutir Essex y Mountjoy, según el cual éste cruzaría el mar desde Irlanda con sus soldados, unos 4.000, y se uniría en la isla con otro ejército levantado por el propio Essex. Este movimiento, maquinaba Devereaux, provocaría el apoyo de Jacobo. Ésta era la parte más débil del relato; de hecho, cuando sir Henry Lee, un decidido partidario del partido de Essex, se la contó a Jacobo, éste contestó con el silencio, claramente evitando implicarse en semejante mamonada.

Essex, en todo caso, jugaba con una baraja distinta en cada mano. En la otra, su jugada pasaba por ver a la reina y ablandar su corazón. De forma notablemente desinformada, pero hemos de reconocer que no del todo estúpida teniendo en cuenta lo volátil que se había mostrado en el pasado el criterio de Isabel, Devereaux estaba convencido de que, si llegaba algún día a tener una audiencia con Isabel, con un par de cucamonas que le hiciera a ella se le iba a derretir el colon y le iba a admitir en su seno. Para conseguir eso, sin embargo, Essex tenía que pasar por Walter Ralegh, Capitán de la Guardia y consiguientemente responsable de que nadie que la reina no quisiera ver se presentara por la Corte.

Cansado e impaciente, pues este chico la verdad nunca entendió las virtudes de la paciencia, Essex resolvió poner en marcha la baraja de la invasión de Inglaterra. Envió al conde Southhampton a Irlanda a parlamentar con Mountjoy; allí, sin embargo, el emisario se encontró con la sorpresa de que el otro presunto alzado, puesto al borde del precipicio, dijo que y unos cojones.

Ante la negativa, Essex cambió de táctica y le hizo una petición más fácil a Mountjoy. Ahora quería, simplemente, que le facilitase la entrega a la reina de una carta de Devereaux en la que él señalaba a sus enemigos, esto es: Cecil, Ralegh y lord Cobham, cuñado de Cecil. Para ello, le debería enviar un comando de confianza, una especie de SEAL de la época, que fueran capaces de contrarrestar a la Guardia de palacio. Con la Corte bajo su control, Essex detendría a Cecil y a Ralegh y accedería a la reina.

Mountjoy, que como vemos era bastante menos chiripitifláutico que Poquito, declinó también participar en este plan. Llegaban las Navidades, Essex había perdido su gran fuente de ingresos, su primer aliado lo había abandonado; ya sólo quedaba una carta. Haciendo uso de un librero llamado Norton que viajaba normalmente a Escocia y por lo tanto no levantaría sospechas, Essex le hizo llegar a Jacobo una carta suya en la que acusaba a Cecil y Ralegh de estar haciéndose con toda la correspondencia de Palacio y de complotar en secreto en favor de la infanta española. Para el rey escocés, decía Essex, resultaba fundamental enviar un embajador a Londres que recabase el apoyo de la reina hacia sus derechos sucesorios, que sólo por casualidad debería, también, solicitar la reinstauración del propio conde en sus viejos cargos. Propuso incluso al conde de Mar para realizar esa acción.

Jacobo, como tenía por costumbre, sopesó largamente la decisión de enviar el embajador. Como pensaba que Essex tenía más peso del que realmente tenía, al final lo hizo, pero su prudencia le jugó a la contra a Devereaux. El 8 de febrero de 1601, un poco antes de que cayese el sol, el conde, escoltado por los condes de Southhampton, Rutland y Bedford, por Christopher Blount y tres centenares de hombres armados a caballo, bajó las cuestas de Cheapside. Según declararían los testigos de aquella marcha, Essex iba al frente declarando a gritos que era necesario mantener la corona inglesa lejos de las ambiciones españolas.

Essex pensaba, como lo había pensado muchas veces a lo largo de su vida sin que las muchas hostias que se había llevado le provocasen una reflexión profunda sobre el tema; pensaba, digo, que era el único listo de la partida. Cecil, sin embargo, lo era en grado muy superior, sin contar con que, además, contaba con los recursos del Estado. Aquel microalzamiento armado, que Essex vendió en los mismos términos que describía en sus cartas al rey escocés, pasado por el prisma de Cecil se convirtió en todo lo contrario: en una conspiración que contaba con el apoyo de las fuerzas papistas del país. De alguna manera, todo encajaba. Que Essex no hubiese conseguido derribar a Tyrone resultaba ahora estar justificado en el hecho de que ambos hubieran firmado un pacto secreto. Un pacto gracias al cual él podría ser rey de Inglaterra, y era por eso que quería hacerse con la persona de la reina.

Los conspiradores, claro, terminaron en la Torre de Londres.