miércoles, octubre 03, 2018

Constantino (4: Puente Milvio)

Ya hemos corrido por:

El hijo del césar de Occidente.
Augusto, o tal vez no
La conferencia de Carnutum

La desaparición de Maximiano fue un hecho necesario en la vida de Constantino ya que, como acabamos de ver, el tipo era un verdadero conspirador. Constantino tenía que defender su vida frente a un tipo que, claramente, no le hacía ascos a la idea de cargárselo para heredar, por así decirlo, sus tropas. Pero aquella muerte era también un problema. Era un problema porque, ante la tibieza con que el poder de Constantino había sido recibido por Galerio, un emperador apenas dispuesto a admitir la condición cesárea, pero no augusta, de Constantino, Maximiano era, en realidad, la única oportunidad que tenía Constantino de apuntalar sus derechos dinásticos a la dignidad imperial. Años después, convertido en el único poder de Roma y con todo a favor, los pelotas de costumbre construirán la especie de que Constancio (ergo Constantino, su hijo) era descendiente directo de la rama claudia, esto es de los Borbones romanos. Pero eso, cuando menos en mi opinión, es un fenómeno posterior.


Lo que yo tengo por más probable es que Constantino saliera de la crisis del imperio occidental con mucha fuerza pero poca legitimidad. Y es esta situación en la que el cristianismo entra en la ecuación. El cristianismo, una creencia cada vez más fuerte dentro de las fronteras del Imperio; una secta contra la que, apenas unos años antes de los que ahora relatamos, se había ordenado una persecución. Pero esa persecución, este matiz es importante, para cuando murió Maximiano, en realidad incluso antes, ya sólo se seguía en la mitad oriental del Imperio. En la occidental, ya el padre de Constantino había abierto algo la mano, algo bastante. Y éste es un elemento de gran importancia para lo que está por venir.

El cristianismo, además, tiene la gran ventaja, y ver esto es la gran aportación de inteligencia histórica de Constantino, de ser un provisor de legitimidades. Hasta la consolidación del cristianismo, las religiones les pertenecían a los pueblos; ahora, le pertenecerán a las naciones. La diferencia puede parecer sutil, pero no tiene nada de ello. Las famosas afirmaciones de los estudiosos del siglo XIX, según las cuales la Humanidad estuvo a un pelo de ser mitraísta en lugar de cristiana, en realidad tienen un poco de truco. Es cierto que el culto de Mitra llegó a ser mucho más importante que el culto de Jesús; más numeroso y, también, más diverso, pues al extenderse sobre todo en el ejército romano, llegaba a gentes de todas las procedencias. Pero el culto de Mitra nunca quiso ser un culto nacional (en este caso, imperial), y el cristianismo, sí. El cristianismo, yo creo que desde su raíz hebrea, recupera la tendencia de la iglesia nacional que hay entre los judíos y, antes de los judíos, entre los egipcios; de hecho, yo siempre he pensado, en mi amateurismo de mero lector de Historia, que fue en Egipto donde los judíos aprendieron las cosas que luego convirtieron en las teorías del pueblo elegido y el gobierno teocrático.

El cristianismo, por lo tanto, era una creencia que ofrecía la gran ventaja para un político ambicioso pero cuestionado, no otra cosa era Constantino el hijo de Cloro, de estar estructurado para crear en su seno una teoría sobre el poder espiritual y el poder temporal, una teoría que los ponía en relación y los coordinaba. El poder temporal cedía a la Iglesia el gobierno de las almas (y de parte de sus impuestos); y, a cambio, el poder espiritual le aportaba al temporal precisamente lo que Constantino necesitaba: legitimidad. Eres augustus no por la fuerza de tus tropas o por la sangre de tus venas, sino porque Dios quiere que lo seas. 

En aquella Roma, y también la de tiempos antiguos, era común que los miembros de la tetrarquía, como los emperadores antes, se colocasen bajo la admonición de alguno de los dioses del panteón que hoy llamamos pagano. Las preferencias de Constantino son claras, según las pruebas, por vincularse al culto del dios Apolo. Como es bien sabido, en aquellos tiempos en Roma, y sobre todo entre las legiones que eran muy viajadas y habían tenido contacto con muchas formas de pensar, se producían diversos cultos de origen oriental, que habían sido adoptados con entusiasmo por muchos romanos. Entre ellos estaba el culto al Sol, común en muchas culturas y rastreable en la mayoría de las religiones que poco a poco fueron impactando en las creencias del Imperio. El Sol era venerado muchas veces con su característica de invicto (Sol Invictus); ya los antiguos egipcios destacan el gran poder del astro rey porque cada mañana salía y “vencía” a la oscuridad de la noche. Esta característica hizo muy fácil la identificación de Apolo, un dios bélico y vencedor al fin y al cabo, con el Sol.

Al ligarse tan estrechamente a las creencias apolíneas, Constantino ya rozaba algunas de las principales creencias existentes en el ámbito del Imperio (en el mundo, en realidad) que se acercaban al concepto monoteísta. Pero es importante entender, a mi modo de ver, que éste no era un viaje reflexionado ni obtenido de las lecturas; era un viaje que el césar, simplemente, consideraba necesario en el marco de una operación para legitimarse en el poder, una vez que la alianza elegida, la de Maximiano, le había salido tan mal que había tenido que acabar con su propio socio antes de su socio acabase con él.

Constantino cimentó y cementó esa vinculación a Apolo mediante su “visión” del año 310, en la que se le apareció Apolo acompañado de la también diosa Victoria. Pol y Vicky, al parecer, le dieron en la visión al césar varias coronas, en señal de futuras victorias militares que iba a tener. Constantino, por cierto, siguió siendo fiel a estas visiones, y a su significado, incluso después de la batalla de Puente Milvio, esto es el momento en el que, según la forma cristiana de ver las cosas, se convirtió en un devoto de la Cruz. Por lo tanto, su trayectoria es menos rectilínea de lo que se cree; pero, como se ve, el objetivo siempre es el mismo: legitimarse, buscar un argumento para sustentar la idea de que él es el emperador y que aunque otros alcen sus tropas para intentar serlo, no podrán porque les falta ese je ne sais quoi que se llama legitimación divina.

En fin, como ya sabemos, el principal oponente de Constantino en la vertiente occidental del Imperio era Majencio. A pesar de todas las conspiraciones y expediciones militares que se habían montado contra él, el hijo de Maximiano había sobrevivido a las ambiciones y conspiraciones de su propio padre, a las agresiones de Severo y Galerio, y a la rebelión africana de Alejandro. Consolidado en Roma, el emperador ilegal, quien sin embargo se había otorgado el grato de augusto, comenzó una ambiciosa política de construcciones en Roma para embellecer la ciudad. Es tentación típica de los políticos tratar de ganarse a la gente levantando cosas, desde termas hasta aeropuertos estúpidos; y es característica propia de los gobernantes no atender con demasiado interés el día que les explican las consecuencias negativas de ese tipo de movimientos. Esto es: para levantar un pirandárgallo en el centro de una ciudad, primero hay que recaudar los impuestos necesarios para poder pagarlo, porque la gente no tiene costumbre de construir pirandárgallos por la cara bonita de su primer ministro. Eso supone recaudar impuestos y, si se te va la mano, ahí tienes al pueblo bajo tu balcón poniéndote de puta para arriba.

Algo así le debió ocurrir a Majencio, porque el caso es que su programa de obras públicas para mayor gloria de su imagen pública chocó con fuertes resistencias, primero en el Senado, y después en la calle. Las peras al vino se fueron emborrachando y ablandando y, en el año 311, con cuando menos una parte del apoyo de la opinión pública a Majencio ya perdido, el calculador Constantino decidió hacerle, finalmente, la guerra.

En realidad, con mayor precisión deberíamos decir es que lo que decidió Constantino fue responder afirmativamente cuando Majencio le planteó batalla, pues son muchas las probabilidades de que fuese el hijo de Maximiano quien abriese las hostilidades. El teatro de la guerra fue Italia (y esto ya fue una victoria para Constantino). Constantino, además, empleó con total seguridad tropa no romana, lo cual tal vez le aportó la acometividad que le faltaba para salir victorioso allí donde Severo y Galerio habían terminado con el rabo entre las piernas. La guerra no fue muy larga, aunque probablemente se compuso de muchas batallas; comenzó en el 311 y terminó en el año siguiente. Constantino consiguió, tras varias batallas, hacer suyo el norte de la península italiana para, acto seguido, avanzar hacia Roma. En dicho avance, ambas fuerzas se encontraron en Puente Milvio, la batalla que otorgaría a Constantino el poder definitivo.

Puente Milvio es un elemento de grandísima importancia en la mitología constantiniana porque no sólo marca el momento en que, finalmente, el ambicioso general consiguió el poder necesario para proclamarse cuando menos emperador en Occidente, sino que también marca, según la Iglesia, el momento de su alianza con el cristianismo. Es bien conocido que antes de la batalla, Constantino tuvo una segunda visión en la que, esta vez, era la Cruz la que le marcaba el camino hacia la victoria. Por qué Dios se había equivocado al “sintonizar” la anterior visión, la de Apolo, es algo que, que yo sepa, los panegiristas cristianos nunca se han molestado en explicar.

Cuando menos en mi opinión, en Puente Milvio no hubo por parte de Constantino ni visión, ni conversión, ni (nunca mejor dicho) hostias. Todo el tema relacionado con la visión y alianza (que no conversión) con el cristianismo por parte del futuro emperador es, fundamentalmente, una operación de imagen pública montada por él mismo, como ya he dicho antes, para decorar su dignidad imperial con la pátina de una legitimidad nacida de la religión. En algún momento, hay quien dice que contemporáneo, yo personalmente creo que posterior, a la propia batalla de Puente Milvio, un Constantino que todavía sabía que tenía mucho que remar para convertirse en el único emperador absoluto de Roma, sin tetrarcas ni movidas, tuvo conciencia de que, de mantenerse el tema del poder en Roma en mano de cuestiones dinásticas como la suya, la inestabilidad nunca se terminaría. Él era un buen ejemplo de ello; él, que tenía levísimas razones dinásticas para reclamar el poder y, aun así, lo había conseguido, cuando menos en Occidente. Había que hacer algo, por así decirlo, para evitar que Roma se viese permanente enfangada por esas querellas; se viese, cada cierto tiempo, rota y rasgada por los enfrentamientos entre todos los que creían tener en su sangre un adarme de legitimidad para reclamar el poder. Constantino sabía mejor que nadie que todo eso de que él era hijo de Constancio augusto, que Constancio además era presuntamente descendiente de Claudio II El Gótico, eran gilipolleces que él mismo y sus asesores se habían inventado después de que las tropas británicas le habían otorgado la única legitimidad que vale: la de la fuerza.

Para cambiar eso, la única solución es que la legitimidad de los que mandan viniera de otro sitio. Y Constantino pensó en la religión. En Dios. Y, cuando menos en mi opinión, pensó primero en Sol Invictus; pero, cuando comprobó que lo mitos solares estaban dispersos, tenían diversas formulaciones y además sus iglesias y sus cleros eran débiles, volvió la cabeza hacia una institución que comenzaba, ya, a ser capaz de abordar grandes proyectos de ingeniería social: la Iglesia cristiana.

Así pues, a partir del otoño de aquel 312, Constantino comenzó a construir la idea de una relación directa entre él y Dios, el Dios de los cristianos. Y la Iglesia cristiana, como no podía admitir el meconio teológico de que Dios, teniendo una grey en el mundo, fuese a escoger para sus emails a un tipo que ni siquiera era cristiano, se tuvo que inventar la movida de que Constantino era cristiano. Que no es que Constantino fuese uno de esos cristianos, como hay tantos, que lo son formalmente pero luego no siguen los preceptos de su creencia; éste es que ni siquiera lo era.

Lo que pasa es que Constantino tenía para entonces a su lado a un tipo muy inteligente y habilísimo estratega: Osio, obispo cristiano de Córdoba. Constantino ganó la batalla de Puente Milvio empujando a las tropas de Majencio hacia el Tíber, donde al parecer hasta el propio emperador ilegal se ahogó. La mitología construida alrededor de esta batalla lleva el marchamo de los inventos a los que pronto nos acostumbrará la Iglesia. Se nos dice, para empezar, que Majencio tomó una decisión estratégicamente equivocada: permanecer en Roma, porque así se lo dictaron los oráculos de sus arúspices; aquí, pues, el relato cristianizado de los hechos condena al error a quien cree en las deidades equivocadas. Horas antes de la batalla, Constantino tiene su famosa visión, y correctamente sintonizada con la frecuencia modulada divina, y lo que antes eran Apolo y Victoria regalándole coronas, ahora es la cruz de los cristianos guiándole a la victoria. El general hace grabar la cruz en los escudos de sus soldados, y éstos ganan la batalla. Majencio sale de Roma para presentar batalla, cruza el puente Milvio, luego los constantinianos derriban éste y le dejan sin retirada y ya, ante el empuje del enemigo, Majencio y los suyos acaban hundiéndose en el río. Según otras versiones, el ejército de Majencio hundió a su paso el puente o la estructura montada para atravesar el río. Pero, vaya, que eso son matices. Aquí lo importante es lo que quiere Dios, y punto.

Es posible que Osio y Constantino discutieran tras la batalla, pues existen testimonios de que el césar celebró esa victoria a la antigua usanza, manteniendo las referencias a lo viejos dioses y muy particularmente a Júpiter. Pero es probable que todo eso lo hiciese para contentar a las tropas, un elemento fundamental de esas celebraciones y que, verdaderamente, no habrían entendido que el desfile de la victoria se convirtiese en una exaltación de la persona de Rouco Varela. En realidad da igual porque, conforme Constantino comenzó a ejercer su poder inmediatamente después de la derrota de Majencio, comenzó a favorecer claramente a los cristianos.

Algunos meses después de la batalla, en efecto, en el Imperio occidental la tolerancia hacia los cristianos se hizo más que evidente y, de hecho, Constantino llegó más lejos, puesto que otorgó diversas ayudas financieras a obispados en dificultades. Todas estas medidas las apoyó e impuso en su entrevista con Licinio, que no olvidemos era su teórico (bastante teórico) superior. Constantino, además, pudo hacer todo esto porque, según diversos indicios, como ya hemos apuntado en Roma había muchos opositores a Majencio, y especialmente el Senado por la cuestión de los impuestos. Y todos estos recibieron al nuevo poder con los brazos abiertos. Es de sospechar que Constantino, como todos los políticos inteligentes, dio marcha atrás en medidas impopulares de su antecesor (aunque terminó la mayoría de los edificios que había empezado Majencio); por lo que es posible que el Senado le diese cuartelillo en sus medidas diseñadas para buscar la legitimidad cristiana para sus acciones.

De hecho, para mucha gente los sucesos que ocurrirían algunos años después de Constantino, y me refiero al reinado de Juliano, le lleva a pensar que el entourage del poder romano estaba en contra de las reformas constantinianas. En realidad, no es así. Si a algo se aplicó por encima de todo Contantino tras la victoria de Puente Milvio fue a lograr la complicidad del Senado; complicidad que el arco que lleva su nombre en Roma, erigido por deseo del Senado, es buena demostración de que lo consiguió.