jueves, septiembre 20, 2018

Isabel (32: estás podrida por dentro y por fuera)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
El conde de Essex tenía, por fin, la autorización real para hacer lo que siempre había querido hacer y, con ello, seguro que pensaba pasar a la Historia como el más ambicioso, eficiente y exitoso militar inglés de todos los tiempos (verdaderamente, Devereaux era una buena demostración de lo que es eso de think big; y también de las consecuencias que puede acarrear). Esta vez, sin embargo, habría de comprobar un matiz con el que no contaba.

Habitualmente los ingleses de esa época (bueno, de todas) solían estar convencidos de que la Providencia estaba con ellos. Inglaterra, un país mucho más creyente de lo que parece, vivía convencida de que Dios estaba de su parte, y por eso contaba con que las galernas se presentasen en el mar siempre para dar por culo a sus enemigos. Pero la verdad es que no es así. La flamante flota inglesa salió de Plymouth el 10 de julio, dejando un visible rastro de espumilla blanca tras de sí, formado por las babas del conde de Essex, que estaba que no cagaba después de que la reina tuviera el inusual detalle de enviarle personalmente un retrato suyo para que le diese suerte en la misión. No obstante, nada más tener a la vista la costa opuesta, por el noroeste llegaron unas nubes sospechosas que acabaron por descargar sobre la frota un tormentón que lo flipas. Ralegh, un tipo que había visto todo tipo de cosas de ésas en su vida y sabía cuándo apostar y cuándo retirarse, se dio la vuelta con un barco que, la verdad, era capaz de flotar tan sólo porque Dios es piadoso y piadable. Essex, sin embargo, no quería aceptar tan fácilmente que la mala suerte le había tocado a él esta vez. Regresó a Inglaterra, pero inmediatamente comenzó a dar por saco para conseguir el OK para otra expedición.

La reina, no muy convencida, acabó por darle la autorización al conde; pero hasta para Essex era evidente que era la última. Sin embargo, esta vez la expedición no pudo salir de puerto, porque el mal tiempo se presentó antes de eso. Con un número tan grande de marineros embolsados en un puerto no muy grande, todo el día puliéndose putas y bebiendo y tal, fue casi inevitable que se presentase una epidemia entre los soldados. El dinero se acababa deprisa, así pues Essex tuvo que licenciar a todas sus tropas con la única excepción de los esforzados veteranos de De Vere.

La reina, sin embargo, tuvo uno de sus cambios de vieja chocha y comenzó a reprocharse lo mal que estaba tratando a Essex. El conde, oliendo la buena tostada, se fue rápidamente a Greenwich con Ralegh para ver si le sacaba un interesante cambio de plan: navegar ahora directamente al Caribe para atacar los barcos mercantes en sus puertos de origen. Era, en realidad, el viejo plan de Ralegh, que ahora Essex trataba de hacer suyo. Tuvieron, sin embargo, mala suerte. En el ínterin de recibir las noticias en Plymouth y llegar a Greenwich, a la reina le dio un ataque de artritis en su mano derecha, de manera que cuando los dos llegaron a su presencia se encontraron a una anciana a la que el dolor había puesto de muy mala hostia. La reina, de hecho, le dijo a Essex: con los mimbres que tienes debes hacer el cesto; tú pediste mandar en esto.

Los barcos ingleses llegaron al golfo de Vizcaya el 17 de agosto; estaban enteros y cohesionados, pero para entonces incluso un permanente optimista como Essex tenía claro que, siendo Ferrol el principal objetivo de su misión, tendrían suerte si lograsen tomar un par de tascas. Para colmo, en ese momento se presentó una tormenta que dispersó la flota. Así las cosas, Essex decidió pasar de Ferrol e irse directamente a las Azores. Allí anclaría a la espera del paso de los mercantes.

No es por nada, pero eso era precisamente lo que los españoles querían que hiciera. A pesar de que en las novelas y pelis históricas escritas por ingleses y algunos españoles la monarquía filipina suele aparecer como un grupo de radicales talibanes católicos, tontos hasta la raíz de los pelos y siempre superados por la inteligencia British, lo cierto es que el Imperio no funcionaba tan mal en aquellos años en los que era la primera potencia mundial. Los españoles, no hay más que asomarse dos minutos a Twitter para comprobarlo, somos unos maestros a la hora de intoxicar. Y eso hicimos. Conseguimos que a Essex le llegasen informaciones totalmente contrastadas de que no encontraría a la flota española en Ferrol, porque había recibido la orden de proteger a los mercantes de las Azores por la importancia de su carga. El inglés se tragó el anzuelo como el tontolaba que era y allá que se fue, a librar una batalla que no dudo que Drake, Ralegh o Howard, que eran experimentados marinos, podrían haber aspirado a ganar; pero no él, que era un marinero de agua dulce.

Cuando llegó a Terceira, Essex recibió la sorprendente noticia de que los barcos españoles estaban todavía en Ferrol. Lo lógico entonces habría sido volver a las costas peninsulares, para vigilar la salida de una nueva Armada. Pero, en lugar de hacer eso, se embarcó (nunca mejor dicho) en una serie de complejas operaciones de desplazamientos entre islas. En Faial, Ralegh estalló, le dijo al comandante de la expedición que todo lo que estaba haciendo eran conachadas, despertó la ira de Essex y de su principal oficial, sir Gelly Meyrich, quien comenzó a defender la idea de que Ralegh debería ser juzgado por motín. Essexinos y raleghinos comenzaron a discutir violentamente... y, en medio de la discusión, los barcos de América llegaron a Terceira, repostaron, y se fueron.

Tres horas después de que se marcharan, llegaron los ingleses. To no avail. Por la línea del horizonte se escaparon seis barquitos con riquezas con un valor equivalente al que Essex había dejado arder en Cádiz. Eso sí, por lo menos pudo cubrir costes de la expedición al capturar un barco que iba rezagado de la expedición.

Para colmo, cuando en octubre Essex regresó a las islas, se encontró a la gente muy nerviosa y cabreada porque barcos españoles habían sido vistos cerca de Falmouth. O sea: al no haber regresado de las Azores una vez que supo que los españoles todavía estaban en Ferrol, Essex les había abierto la puerta para que se acercasen a Inglaterra. Aquella tercera Gran Armada tenía órdenes de Felipe II de establecer una base española en algún puerto de Cornualles. El 12 de octubre, la flota estaba en Blavet, esperando tropas para embarcarlas. De nuevo, sin embargo, el clima decidió, y una nueva tormenta obligó a la tercera armada a regresar.

Essex, sin embargo, llegó tarde hasta para ver a los españoles marcharse, y poder perseguirlos. El que cuatro meses antes soñaba con ser reconocido como el mayor militar de la Historia de Inglaterra, ahora resulta que estaba nominado para el (muy competido) galardón de El Mayor Tontopollas of Her Precious Queen.

El 5 de noviembre de aquel presunto año triunfal, Essex llegó a Londres. De dio un par de paseos por la Corte, pero inmediatamente se fue a casa y se metió en la cama. La reina le había escrito una carta dejando claro lo que pensaba de sus estupideces, así pues había entrado en una de sus habituales depresiones, inevitables en alguien que quiere ser la hostia pero es una mierda. Isabel, por su parte, no escatimaba esfuerzos para recordárselo: uno de lo grandes disgustos de Essex a su regreso a tierra firme fue saber que la reina había concedido el condado de Nottingham a Howard; un movimiento que le daba al almirante, cálido enemigo del conde, prevalencia sobre él en la Cámara de los Lores y en las celebraciones reales. Entre otras cosas, a la hora de justificar su concesión, la reina venía a decir que todo el mérito de la acción de Cádiz era de Howard.

De todas las humillaciones sufridas por Essex al regreso de su expedición, ésta fue la peor. Nunca se recuperó de ella. Incluso retó al conde de Nottingham, o a alguno de sus hijos, a un duelo por su honor. Exigió de la reina que modificase el texto de la patente de concesión del condado, o cuando menos que Howard renunciase a ella. Como no lo consiguió, dejó de cumplir con sus responsabilidades en la Corte, exigiendo que, antes de volver, la reina le diese algo en justa compensación. De hecho, se marchó de Londres y se refugió en sus posesiones de Wanstead.

Fue un error; marcharse del centro de poder le dejaba mucho margen a sus enemigos. Ralegh y Cecil hicieron una peligrosa coalición contra él. Sólo por casualidad, fue por entonces cuando el affaire de Essex con la nieta de Burghley se hizo de público conocimiento, lo que encabronó notablemente a la reina.

La oposición de Essex, sin embargo, había hecho mella en Howard, el nuevo conde de Nottingham, quien tampoco se sentía del todo respaldado por la Corte. Así pues, se marchó a sus fincas de Chelsea, pretextando enfermedad. Isabel le pidió a Ralegh que mediara, pero éste no consiguió nada. Essex acabó regresando a Londres, pero sin asistir a las reuniones del Consejo Privado.

Isabel llegó, probablemente, a la conclusión, de que si no tenía ganas de cortarle la cabeza a Deveraux, que no las tenía, no le quedaba otra que tener con él algún gesto como el que pedía. Desde 1590, con la muerte del conde de Shrewsbury, había quedado vacante en la Corte el puesto de Earl Marshall, y ahora se lo concedió a Essex. Esto convertía al conde pollas en responsable de organizar coronaciones, bodas, bautizos y comuniones reales; algo así como el conde HORECA (Hoteles, Restaurantes y Cáterin). Era una mierda de puesto pero, merced a un bendito artículo del Act for the placing of lords, ley aprobada por Enrique VIII en 1539, le daba de nuevo la prevalencia sobre Nottingham en la Cámara de los Lores. Una decisión en la que la reina sacrificó mucho, muchísimo, pues para entonces la amistad y el apoyo tanto de Howard como de su mujer, Kate Carey, era de gran importancia para ella.

Essex había ganado una pequeña batalla; victoria que, sin embargo, despreció olímpicamente por pírrica desde el primer momento. Primero, pues, fue un imbécil; después un pollas, y después un desagradecido. Medio año después del affaire de los lores, lord Bugh, que era gobernador adjunto de Irlanda, murió de tifus, y se hizo necesario nombrar a alguien en su lugar. La reina eligió a sir William Knollys, tío de Essex. Éste, sin embargo, no entendió no ser el nombrado (lo cual es acojonante; los historiadores ingleses reconocen que Irlanda era, para aquella Inglaterra, lo más parecido a Siberia para la URSS) y exigió reparaciones. Cuando la reina no se las dio, él tuvo el gesto increíble de dejarla con la palabra en la boca y darle la espalda para marcharse. La escena fue tan inesperada para la reina que le arreó una hostia y le amenazó (retóricamente) con ahorcarlo. Essex echó mano instintivamente a su espada, de modo que Nottingham, presente, tuvo que frenarlo.

Retirado de la presencia de la reina, Essex declaró que nunca habría esperado un ultraje como el que había recibido; y que, de hecho, el buen rey Enrique jamás lo habría tenido; lo cual era una manera de decirle a Isabel: mira, niña, eres una reina de mierda al lado de tu padre. Aun más: antes de dejar la Privy Chamber, le dijo a la reina, en voz lo suficientemente audible como para que Ralegh lo apuntase: your conditions are as crooked as your carcass. O sea, más o menos: estás tan jodidamente podrida por dentro como por fuera.

Thomas Egerton, que venía a ser algo así como el Fiscal General del Estado de Inglaterra, le escribió una carta a Essex invitándolo a retractarse de todo lo que había dicho y pedirle perdón a la reina, pero el conde se negó. En su respuesta, entre otras cosas, argumentaba: cannot princes err? Is an earthly power or authority infinite? Frases muy sabias, especialmente cuando son leídas por un republicano; pero, en los tiempos y en el sistema en el que vivía Essex, resultaban heréticas y muy peligrosas.

Imaginad a un miembro del gobierno de Nicolás Maduro que un día, delante de testigos, lo apelase de Puto Gordo y, después, escribiese, negro sobre blanco, que mayormente sólo está legislando tonterías. Ése era el concepto que tenía Robert Devereaux de defender sus derechos frente a su beloved queen.