miércoles, octubre 10, 2018

Constantino (5: el Edicto de Milán)

Ya hemos corrido por:

El hijo del césar de Occidente.
Augusto, o tal vez no
La conferencia de Carnutum
Puente Milvio

El amplio apoyo del Senado a un emperador que, supuestamente, estaba rompiendo con el orden establecido de forma radical, además, fue posible porque el movimiento de Constantino, el movimiento, por así decirlo, amarniano en pro del monoteísmo, en realidad no era desconocido en la Historia de Roma. Heliogábalo había hecho lo mismo en favor del culto de Baal. Asimimo Aureliano, emperador que reinó algo menos de medio siglo antes de Constantino, también promovió el culto a Sol Invictus.


Roma, la verdad sea dicha, siempre tuvo un approach muy especial al tema de la religión. Como bien recuerda Fustel de Coulanges en su obra maestra La Cité Antique, una de las acciones que realizaban los romanos en sus primeros tiempos conquistadores era hacer suyos los cultos de los territorios que conquistaban. La romana es una civilización que, de alguna manera, puede describirse como un helenismo pragmático. El gran problema de Grecia siempre fue lo cerca que estaba de Oriente y sus tendencias hacia la satrapía y la monarquía absoluta. Los propios griegos, pues, fueron conquistadores que se imponían a los pueblos conquistados, sobre todo en su etapa más clásica. El romano tenía otra concepción. En los tiempos republicanos y en los inicios del Imperio, como conquistador el romano ya tenía su ciudadanía para alimentarse el ego, y era en esa superioridad en la que basaba su orgullo. No es, por lo tanto, que no fuese religioso (de hecho, la obra de Coulanges es iluminadora en el sentido de descubrir a los griegos y los romanos como gentes muy supersticiosas y esclavizadas por sus creencias), sino que ya tenía otros elementos de los echar mano para sentirse superior a sus tributarios. Por esta razón, aprendió pronto a respetar templos y creencias e, incluso, a adoptarlas cuando le molaban.

Así lograron los romanos dominar a los pueblos itálicos sin generar traumas excesivos, pero fue ésta una forma de hacer las cosas que les hizo extraordinariamente permeables a las creencias de los ciudadanos que se iban colocando bajo su administración. Sin embargo, que Roma fuese permeable no quiere decir que pasara de todo en materia de creencias. Las clases dirigentes romanas no querían que ninguna creencia pusiera en solfa el panteón divino oficial. El problema que planteó la religión cristiana era su proselitismo, es decir, el hecho de que sus acólitos no aceptasen más creencia que la suya; de haber sido más permeables y haberse mostrado más dispuestos a convivir con otras creencias, probablemente los cristianos nunca habrían sido perseguidos, como no lo fueron otros creyentes que poblaban Roma.

Lejos de ello, sin embargo, a partir sobre todo del siglo III, la Iglesia cristiana comenzó a establecerse, fundamentalmente en las grandes ciudades del Imperio. Generó allí estructuras organizativas complejas, relativamente potentes y muy disciplinadas. Estas estructuras, lideradas por los obispos, comenzaron a hacerle sombra al poder oficial, lo que generó el rechazo primero y las persecuciones después.

A mediados del siglo III, con el emperador Decio, los cristianos comenzaron a ser perseguidos, persecución en la que aprendieron una gran lección que corregirían con el tiempo: la falta de un mando único. Al contrario de lo que nos vende la propaganda cristiana, es decir la historia de un colectivo de creyentes que respondió como un solo hombre yendo a la muerte cantando hosannas, en el mundo cristiano hubo muchas formas de respuesta cuando llegó la presión, y la represión, del poder político. Unos permanecieron relapsos en sus creencias y acabaron pudriéndose en celdas o en el circo; pero otros muchos hicieron el camino de regreso a las creencias paganas y, en una posición intermedia, se encontraron los que aceptaron la prevalencia del poder romano, tras lo cual recibían una especie de salvoconducto llamado libellum, motivo por el cual fueron conocidos como libeláticos.

Los libeláticos fueron un problema grave para la Iglesia cristiana, ya que cuando la presión del poder cedió, muchos de ellos pretendieron regresar a la Iglesia y recuperar sus jerarquías. En algunos casos fueron admitidos, pero en otros, con bastante lógica, los que se habían quedado al pie del cañón jodidos y recibiendo las leches, respondieron que y el huevo.

Valeriano, a mediados de siglo, recuperó la represión de los cristianos, pero pronto la llegada al poder de Galieno cambió de nuevo las cosas. Como se ve, pues, la política de Roma respecto de los cristianos no fue continuada ni permanente, sino que dependió, en buena parte, de los planeamientos de cada emperador. Sin embargo, tanto Diocleciano como Galerio, los dos gestores principales del sistema tetrárquico, eran decididamente anticristianos, con lo que la llegada del sistema de tetrarquía supuso un reinicio claro de la represión.

Sin embargo, inmediatamente se produjo una diferencia crucial entre las dos mitades del Imperio, ya que en los territorios occidentales ni Constancio, el tiempo que vivió, ni Maximiano, fueron muy constantes en el martirio de los cristianos; mientras que en Oriente tanto Diocleciano como Galerio pisaron el acelerador. La normalmente denominada como Gran Persecución se produjo en el año 303, e implicó el incendio de muchas iglesias, así como el encarcelamiento de muchos cristianos. En Nicomedia, donde los primeros decretos contra los cristianos vinieron a coincidir con un extraño incendio del palacio imperial del que fueron acusados los cristianos, hubo una acción especialmente dura en el marco de la cual Antimo, obispo cristiano de la ciudad, fue martirizado. Constantino, por cierto, estaba en aquel entonces en Nicomedia; se ocupó de recordarlo años después para destacar la inocencia de los cristianos. Pero no parece que actuase en esa conscuencia on the spot.

Galerio, en sus últimos momentos como emperador, ya gravemente enfermo, dictó un debilitamiento de la política anticristiana; sin embargo, Maximino Daya, que lo sucedió, prefirió continuar con la línea anterior, y reforzó a los antidisturbios. Sin embargo, todos los indicios son claros de que, cuando se produjo la grave inestabilidad en la Roma occidental y la posterior victoria de Constantino, el tema del cristianismo ya no estaba en una situación como había estado algunas décadas antes; para la elite romana, reprimir a la secta crestiana había dejado de ser trending topic. Esta relativa debilidad de la represión, pero que mantenía sin duda la distancia de Roma respecto del culto cristiano, dejaba libre el espacio que Constantino necesitaba para tomar esa bandera y construir el mito de que había ganado la batalla de Puente Milvio gracias a Dios. Nunca sabremos qué es lo que habría ocurrido si la victoria fundamental en la vida de Constantino se hubiera producido en un momento en el que el Imperio hubiera estado en modo represor contra los cristianos; personalmente considero que el hijo de Cloro, siendo como era un político de pura cepa, no se habría atrevido a poner una victoria que pretendía legitimar bajo el signo de una deidad fuertemente combatida en la sociedad y en la política romanas. Constantino hizo, pues, como el taxista listo: vio un espacio, y se metió. 

Lo primero que hay que entender es que lo que la Iglesia quiso ver como una conversión no fue tal. El principal argumento a favor de esta negativa es el hecho de que Constantino, en ningún momento durante su reinado como emperador de los romanos, ni renunció a su cargo como pontifex maximus, de la religión oficial ni mucho menos realizó movimientos para acabar con dicho cargo. Esto quiere decir que el hombre que, según el mito cristiano, se convirtió a una religión que claramente dice que o crees en ella o no crees, fue, durante todos los años que vivió “convertido”, el máximo representante de la Iglesia competidora de la creencia cristiana.

Otro elemento complejo de la conversión de Constantino, que es cierto que resulta común a otros muchos hechos de la Historia Antigua, es que las diferentes fuentes la cuentan de formas también diferentes. Para algunos autores no existe visión ninguna de Constantino, para otros lo que hay es un sueño previo a la batalla, y para otros, incluso, lo que se produjo fue una escena en plan batalla de Clavijo en la que todos los soldados vieron una cruz en el cielo que les anunciaba la victoria. Se ha especulado con algún fenómeno atmosférico que explicase esto, así como también se ha sugerido que, en realidad, Constantino sólo tuvo una visión, la de Apolo, que luego fue reciclada en los relatos panegíricos para darle una consistencia a la alianza con la Iglesia cristiana producida después de Puente Milvio.

De todas formas, centrarse en el por qué y en el cómo de una actitud, como canta el bolero, sería necedad. A mi modo de ver, tan indefendible es la idea de que Constantino se hizo cristiano como la idea de que hizo cualquier cosa diferente de vincular su victoria en Puente Milvio (ergo su acceso al poder) con la figura de Jesucristo; vinculación que se vería complementada por una serie de medidas políticas y financieras que, en los meses y años posteriores, buscaron apoyar descaradamente a la Iglesia cristiana en el seno del Imperio, todo ello sobre la base de la aceptación del cristianismo que ya estaba implícita en los últimos decretos sobre la materia instaurados por Galerio al final de su vida, y que Constantino ahora, por utilizar un lenguaje moderno, convirtió en leyes orgánicas, casi constitucionales.

Esto, sin embargo, se refiere al ámbito de actuación de Constantino, que era la mitad occidental del Imperio. Hay recordar que, según la legalidad constitucional, nuestro amigo tenía un superior por encima de él, Licinio, que había sido elegido emperador por Galerio. Ambos líderes del poder se entrevistaron en Milán, donde el teórico gobernante con más poder, Licinio, aceptó las medidas procristianas de Constantino, entre otras cosas porque no tenía con qué oponerse a ellas. El dueño de facto de la Roma occidental era Constantino y, de hecho, las tropas que controlaba Licinio las tenía que usar en su lucha contra el heredero de Galerio, Maximino Daya, con quien tenía un enfrentamiento cada día más abierto. Licinio acabó prevaleciendo sobre Maximino Daya en el verano del 313, y casi la primera cosa que hizo fue redactar una circular para los gobernadores de la mitad oriental del Imperio en el que les informaba de que se había terminado lo que se daba en materia de persecución de los cristiano. A partir de ahora, les dijo, Cristo mola mazo.

Esta nueva disposición no era sino el tratamiento acordado en la entrevista de Milán, y es por eso que en la Historia se conoce como Edicto de Milán. El Edicto de Milán sanciona los acuerdos alcanzados entre Constantino Augusto y Licinio Augusto para garantizar, dice, que en el seno del Imperio “se garantice, tanto a los cristianos como a todos en general, libre elección a la hora de seguir la religión que prefieran”. Es, pues, si lo quieres ver así, una especie de canto a la libertad religiosa. Pero puede que la aposición tanto a los cristianos como a todos en general te de una pista sobre las verdaderas intenciones del documento.

Es normal que en Milán se impusieran las pretensiones de Constantino. En febrero del 313, cuando se vio con Licinio, el primero era dueño absoluto de Occidente (por ello recibe ya el tratamiento de augusto), mientras que el segundo tenía un dominio sobre Oriente que era contestado por Maximino Daya. Es curioso cómo las tornas habían cambiado en apenas dos décadas, puesto que en ese tiempo antes era el Imperio oriental el que era estable y poderoso; ese cambio de situación es imputable a la fuerza y acometida bélica de Constantino, quien verdaderamente debió de ser un gran estratega.

El Edicto de Milán, por otra parte, fue una medida fundamentalmente económica. Las interpretaciones que quieren ver en él la oficialidad del cristianismo como religión del Imperio patinan poti-poti. No hubo nada de eso, entre otras cosas porque habría sido un paso demasiado arriesgado. Pero lo que sí supuso el Edicto de Milán fue el reconocimiento de una serie de derechos retroactivos para los cristianos que, por lo tanto, recibieron, y esto es lo importante, un compromiso de restitución patrimonial de las iglesias y bienes que les habían sido embargados durante las persecuciones. El Edicto de Milán, por lo tanto, es el primer paso en la consolidación de la Iglesia como gran potencia económica.

A cambio de este apoyo económico, el emperador, lógicamente, quería algo a cambio. Y ese algo era el liderazgo personal de esa organización que, como empezaba a barruntar, era la única, junto con el Ejército, que se podía considerar adecuadamente implantada y organizada en todo el ámbito de la sociedad romana. Pero pronto se dio cuenta de un problema, en realidad del problema que lo traería de cabeza los siguientes años: la Iglesia era, sí, como un ejército: tan susceptible de romperse en pedazos como él.