lunes, octubre 01, 2018

Isabel (34: La última entrevista)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
A finales de año todo el mundo tenía claro que Essex sería el elegido para ir a Irlanda. Sin embargo, todavía había que definir los términos de esa misión pero, cuando finalmente la reina los fijó el 25 de marzo de 1599, dichos términos eran los más potentes y completos que había tenido jamás un comandante inglés en una misión irlandesa. Isabel, de hecho, incluso le dio a Essex el poder de terminar la guerra como considerase necesario, incluso el poder de llegar a acuerdos con Tyrone. Lo convirtió, pues, en un auténtico plenipotenciario. Además, se le entregaron 20.000 soldados de a pie y 2.000 a caballo, lo cual era el ejército más nutrido jamás enviado por Inglaterra a Irlanda.

El plan bélico de Essex se basaba, principalmente, en una primera acción sorpresa mediante la cual los ingleses desembarcarían fuerzas en Lough Foyle, en el norte de la isla, con lo que establecerían una cabeza de puente a las espaldas de las fuerzas de Tyrone. De esta manera, Essex pretendía construir lo que había imaginado para Cádiz en Irlanda: un puesto dominado por los ingleses que, incluso rodeado de contrarios, pudiera ser abastecido por mar. No era el único que había tenido esa idea; el propio lord Burgh había intentado lo mismo. El problema para el conde era político, ya que Cecil y otros miembros del Consejo Privado presionaban en Londres para que las fuerzas se usaran en el sur para defender Dublín. Lo cual era una postura meramente política, pues hasta el jefe de inteligencia en Irlanda, sir Geoffrey Fenton, le había dicho a Cecil que disponer de una cabeza de puente en Lough Foyle era fundamental para recuperar el Ulster.

Dado que no pudo llevar a cabo sus planes en el norte, Essex invirtió las primeras semanas de su campaña irlandesa marchando con sus tropas por el sur, marcha durante la cual capturó el castillo de Cahir, que se suponía inexpugnable, e hizo a los rebeldes huir a los bosques. Su principal captura urbana fue Munster, pero también es cierto que le costó mucho tiempo y muchos recursos. No estaba nada contento Devereaux con el resultado de su campaña ni con la capacidad efectiva que había tenido, así pues en julio regresó a Dublín para escribirle a la reina y exponerle una serie de agravios de los que se consideraba objeto. Pero no era el único que escribía papelitos. Para entonces, Cecil estaba comiendo la oreja de la reina con el hecho, cierto, de que el conde solicitaba constantemente más y más recursos, encareciendo exponencialmente una guerra que ya era de por sí muy cara. En el fondo de todo yo creo que se encuentra el hecho de que ninguno de los protagonistas ingleses de esta Historia, la verdad, llegó nunca a pensar que los irlandeses resistirían de aquella manera. Porque Inglaterra, tradicionalmente, siempre ha pensado que Irlanda es una isla petada de cobardes que se rinden a la primera hostia; y así le ha ido.

El 30 de julio, Isabel dictó una orden para su plenipotenciario irlandés en la que le intimaba para comenzar ya, sí o sí, la marcha hacia el norte, en dirección al enfrentamiento con Tyrone. Londres quería que el líder irlandés fuese atacado allí donde era más fuerte, es decir en el Ulster. Sin embargo, para entonces esa orden era imposible de cumplir. Como ya he dicho, Essex había perdido demasiado tiempo en sus acciones meridionales; en ese tiempo, sus fuerzas se habían reducido aproximadamente en dos terceras partes entre muertos, heridos, enfermos y desertores, éstos tanto para regresar a Inglaterra como para unirse a los rebeldes. La orden, pues, se produjo sobre un ejército que carecía de músculo para cumplirla, y sobre un comandante que, la verdad de las verdades, ya se había convencido de que no sería en Irlanda donde lograría la gloria que tanto anhelaba, y no paraba de pensar en la mejor forma de volver a Londres sin perder el escroto. Ya se había dado cuenta de que, para él, el enemigo estaba más en los salones del Consejo Privado que en los bosques de Irlanda.

En ese punto, bastante desesperado por su falta de opciones, Essex tuvo un gesto medieval: retar a Tyrone a un combate hombre a hombre. El líder rebelde irlandés contestó con una oferta más racional: la oferta de una entrevista. Ambos comandantes, efectivamente, se entrevistaron el 7 de septiembre de 1599 en Ballaclinch, cerca de Louth. Cada uno colocó sus tropas en la orilla del río. Los irlandeses escogieron un punto de dicho río que no se podía cruzar a caballo; Essex permaneció en su orilla casi sin entrar en el agua, y Tyrone avanzó por la suya hasta quedar con el agua por la barriga. Tyrone exigió un indulto general, la salida de los ingleses de Irlanda, y garantías para la libertad de culto. La respuesta de Essex os la podéis imaginar; jamás un inglés ha aceptado condiciones así de alguien, si exceptuamos a Hitler.

Eso sí, ambas partes pactaron una tregua de seis semanas, que además se podía ir renovando hasta el 1 de mayo de 1601, y para ser rota debía contar con un preaviso de quince días. Tyrone ofreció a su hijo mayor como rehén como garantía de cumplimiento. No fue un movimiento malo teniendo en cuenta lo que estaba en juego y el principal objetivo de Essex, que no era otro que impedir una eventual invasión española de Irlanda.

Hay que entender, en este sentido, que desde el verano de aquel año de 1599, los rumores sobre la llegada de una nueva Armada española, esta vez levantada por Felipe III, eran constantes en el sur de la isla. Se decía que la flota estaba ya aprovisionándose en La Coruña. Que Isabel había creído a pies juntillas estos rumores nos lo demuestra su gesto de nombrar al Lord Admiral, el conde de Nottingham, como teniente general del ejército inglés, con mando tanto en tierra como en la mar. Nottingham envió a una flotilla de barcos para que patrullasen el Canal y el sur de Irlanda; además, una especie de trinchera de agua se creó en el propio Támesis, a la altura de Barking. Las puertas de Londres se cerraron y, de nuevo como cuando se esperaba a la Gran Armada, en las calles se situaron cadenas a todo lo ancho.

En agosto se difundió por Londres el rumor de que los españoles habían desembarcado ya en Southhampton y avanzaban hacia la capital. Todo tenía que ver con una flotilla de barcos mercantes que había sido avistada en la costa, que se tomó por barcos españoles de guerra. Era todo mentira, pero Isabel bien que se piró al palacio de St. James a pelo puta.

Inglaterra, en realidad, nunca estuvo en peligro. La flota de Felipe III nunca tuvo la isla como su objetivo, sino Irlanda. Pero es que nunca fue allí, porque en el último momento puso proa hacia las Azores, donde habían sido avistados muchos navíos holandeses que amenazaban a la flota de Indias cuando apareciese.

Cuando tuvo claro que la presión sobre la isla era menor, Isabel decidió tratar de poner en marcha un plan que venía manejando desde hace tiempo: hablar con el Turco para tratar de crearse un frente oriental al Imperio español en el Mediterráneo. Isabel, como casi todo el mundo, tenía una enorme capacidad de convencerse de lo que quería convencerse, y este caso no fue una excepción. Teóricamente, que un país cristiano pactase con el turco para crearle problemas a un país cristiano era una traición. Pero ella no lo veía así. En un salto mortal acojonante en una persona que, como ella, era tan versada en teología, Isabel se convenció a sí misma de que protestantes y musulmanes tenían derecho, por así decirlo, a unirse en la lucha contra la idolatría católica. Que a los protestantes y a los católicos los separase la adoración a los ídolos pero a los protestantes y a los musulmanes los separase Dios mismo no pareció impresionarle como argumento. Tiró para delante sin grandes problemas morales.

Había más razones. Desde 1592 existía en Londres la Levant Company, formada por comerciantes ingleses que hacían negocio con Venecia y, a través de este enclave, con Turquía. La Levant siempre había querido que Inglaterra estableciese relaciones plenas con la Sublime Puerta. Isabel, de hecho, había buscado la ayuda del Sultán antes incluso, en 1588, en el peor momento de la Armada; el Imperio, sin embargo, estaba en ese momento embarcado en guerras en Persia, y se excusó. Cuando la guerra turco-persa terminó en 1590, Burghley había tratado de conseguir tropas turcas que lucharan contra España; para ello habían utilizado al malhadado doctor López, ya que el hombre occidental más influyente de Estambul, el doctor judío Solomon Abenaes, era pariente suyo.

Aunque los turcos llegaron a responder realizando algunos ataques contra España en el sur de Italia, por lo general siempre respondieron que tenían otros problemas más acuciantes que elevar la temperatura de sus enfrentamientos con España. Cuando Mehmed III sucedió a su padre Murad III, Isabel se apresuró a escribirle para conseguir algún tipo de acuerdo entre ambos. Sinan Pasha, el visir de Mehmed, respondió con una oferta de amistad; sin embargo, ahí quedaba la cosa, pues en materia de colaboración bélica, Pasha le expresaba a la reina de Inglaterra que el Imperio tenía un gran problema en ese momento con la revuelta de los cristianos en Hungría contra su autoridad; y, en consecuencia, le venía a decir que, si tan amigos eran, por qué no le mandaba ella tropas y dinero a los turcos para ayudarles en su guerra. Edward Barton, el embajador inglés en Estambul, omitió estas palabras en la traducción de la respuesta del visir que envió a Londres.

En 1596, Londres volvió a la carga cuando llegaron los rumores de la segunda Armada de Felipe II, que inicialmente se pensaba que atacaría Calais o Marsella. En este caso, el Sultán contestó a la carta de los ingleses diciendo que si los españoles atacaban Marsella, él los atacaría para devolvérsela a los franceses; pero nada más.

Finalmente, en 1599, es decir el momento que estamos relatando, Isabel, conocedora de la poca sensibilidad que habían mostrado los turcos hacia sus ofertas, decidió cambiar de táctica y buscar la comunicación entre mujeres. Así pues decidió escribirle a la albana Safiye, que era la madre del sultán Mehmet. La cosa tenía su lógica porque tanto Mehmet como su padre Murad tenían fama en toda Europa de haber sido sultanes gobernados por su harén; unos bragazas. Safiye contestó a Isabel (cuya carta original, que yo sepa, no se conserva) que nunca cesaría de tratar de convencer a su hijo para que hiciera caso de los ingleses y respondió a los regalos de Isabel con otros regalos; pero, la verdad, para cuando éstos llegaron a Londres, para Isabel la apertura de un frente para España en el Mediterráneo había dejado de ser una prioridad. Las expectativas de una nueva Armada habían desaparecido y, por contra, ahí estaba el problema de Irlanda, en el cual Estambul poco podía ayudar. Incluso la Levant cedió en sus presiones. Fue por entonces cuando una flota de mercantes holandeses fue capaz de romper el monopolio portugués de navegación por el cabo de Buena Esperanza y, por lo tanto, regresó de Asia con un importante cargamento de mercancías del lejano Oriente. Cuando esto se supo, los comerciantes ingleses perdieron el interés de comerciar a través del Imperio turco, conscientes de que hacer el viaje en barco era mucho más eficiente.

Cuando la reina de Inglaterra se aprestaba a doblar la esquina del siglo, la mejor forma de definir su situación personal era la depresión severa. Ella, personalmente, era una vieja con importantes discapacidades. La artritis de su mano derecha, extendida ya a todo el brazo, la había convertido en una persona que apenas podía escribir por sí misma; y tantos años de consumo sistemático y nervioso de sweeties habían organizado tal caos en aquella boca semiputrefacta, que a menudo era presa de dolores invalidantes.

Con todo, el principal problema de la reina era la soledad. La providencial longevidad de los reyes ingleses, y muy especialmente de las reinas, había tenido como consecuencia que Isabel, prácticamente, hubiese enterrado ya a todas las personas que habían hecho con ella su monarquía. Leicester, Walsingham, Hatton, Hudson y, sobre todos ellos, Burghley, ya no estaban con ella. A menudo se sentía sola ante las decisiones que tenía que tomar. A unos altos funcionarios siempre los sustituyen otros, eso es cierto, pero Isabel no estaba nada contenta con la actuación de uno de sus nuevos hombres, Essex, en Ballaclinch; y temía de su eterno rival, el rey español, el gesto final de impulsar una invasión de Irlanda. Las consecuencias de esa desconfianza se habían visto claramente en la carta en la que le había ordenado a Essex atacar a Tyrone en el norte de la isla; carta en la que, también, se había desdicho de su intención primera de darle plenos poderes, puesto que le había instruido para nombrar un adjunto a su mando y, en todo caso, consultar a Londres cualesquiera condiciones decidiese negociar.

Aquel cambio de parecer significaba, desde el punto de vista de Essex, que el hombre de la reina ya no contaba con su sola decisión si quería volver a Inglaterra. Sin embargo, creo que cualquiera que vaya siguiendo esta serie ya va conociendo a Devereaux y entendiendo, por lo tanto, que normalmente le podían mucho más sus propias urgencias o preocupaciones que las normas. Y que esto es cierto nos lo demuestra el hecho de que, apenas un par de meses después de haber recibido la carta de la reina con instrucciones tan claras Essex, que como sabemos estaba ya algo decepcionado de su misión irlandesa, decidió regresar a Londres. A sus dudas relacionadas con la dureza de la resistencia irlandesa se unía la sospecha, o más que sospecha, que tenía el generalísimo de las tropas inglesas en Irlanda de que en el Consejo Privado le estaban haciendo la cama. En pasados movimientos, además, todo eso de pagar a publicistas para que redactasen panfletos clandestinos en contra de éste o de aquél, Essex había quedado aislado en el Consejo, por lo que no tenía terminales o corresponsales que pudieran defenderle mientras estaba ausente. Tenía que regresar.

Así pues, el conde llegó a Whitehall un poco antes de despuntar la mañana del viernes, 28 de septiembre de 1599. De allí cabalgó hacia Nonsuch, donde se encontraba la reina tocándose la higa. Uno de los hombres en los que confiaba Essex, lord Grey, se encontraba en Lambeth, el lugar donde cogió los caballos, y decidió cabalgar con el conde. Lo hizo más deprisa que él, de manera que llegó a Nonsuch unos minutos antes que utilizó para advertir a Cecil de la llegada del comandante de las tropas irlandesas. Eran las diez de la mañana, una hora a la que la reina, que siempre fue de mucho trasnochar y de poco madrugar, todavía no estaba ni vestida ni había pasado por el lento proceso de maquillaje a que era sometida para esconder las muchas señas que la edad había dejado ya en su rostro de mono viejo.

Ahí estaba Isabel, hecha unos putos zorros y más parecida a Smeagold el hobbit aberrado que a una reina, cuando Essex, impulsivo y siempre inconsciente de su verdadero poder, abrió la puerta y entró en la habitación. El conde se echó a los pies de la reina y le besó la mano, pero la verdad es lo que Isabel pensó es que, tal vez estaba viviendo el acto central de un golpe de Estado en el que Essex había tomado el control de Nonsuch. A pesar de tan negros pensamientos, la reina escondió sus pensamientos. Se mostró feliz de verlo allí, de que hubiese tenido un feliz viaje pero, rápidamente y con toda lógica, argumentó que ni ella estaba arreglada ni él limpio (venía de barro hasta las cejas); así pues, lo racional es que cada uno de ellos se aplicase a estar presentable, y se podrían ver más tarde.

Efectivamente, una hora después Essex regresó a las habitaciones de la reina, con la que permaneció tres o cuatro horas. Era la segunda entrevista que tenía con ella ese día, y fue un encuentro que, según su propia percepción, fue como la seda. Pero ya en la tarde tuvo una tercera entrevista en la que las cosas habían cambiado. Hemos de suponer que para entonces Isabel ya estaba plenamente informada sobre las circunstancias en las que se había presentado tan inopinadamente en la Corte. En la tercera entrevista, para sorpresa de Essex, que la verdad no era ningún lince viendo venir las cosas, la reina era otra. Isabel ya no pensaba que Essex fuese el líder de ningún movimiento triunfante para tomar el control de su vida y su Corte; ahora sabía que era, simple y llanamente, un general que había desobedecido sus órdenes. Se mostró fría y distante con él; y siempre nos quedará la duda de si era consciente de que aquella entrevista era la última que habrían de tener Isabel de Inglaterra y el conde Essex. Lo que sí podemos dar por seguro, desde luego, es que a él ni se le pasó por la cabeza.

En la noche, pasadas las diez, doce horas después por lo tanto de la inopinada entrada del conde en el sancta sanctorum de la reina, Devereaux recibió la orden real de permanecer en sus habitaciones sin poder abandonarlas. Allí se quedó, encarcelado, hasta que en la tarde del día siguiente vinieron a buscarlo los heraldos para llevárselo a una reunión del Consejo Privado que había sido convocada a pelo puta.

Devereaux fue recibido en el Consejo con gran deferencia, pero los hombres que estaban cumpliendo los deseos de la reina (Cecil, probablemente) también quisieron dejar muy clara la situación. Lo conminaron a sentarse solo en un extremo de la mesa imperial del consejo y no le dejaron tocarse (se entiende: tocarse con un sombrero); para cualquier noble inglés del siglo XVI, eso significaba sin duda que estaba siendo tratado como un delincuente. Fue acusado de lo que ya nos imaginamos: de desobedecer órdenes reales, de venirse de Irlanda sin tener autorización, de entrar en las habitaciones de la reina como Rambo en un restaurante oriental, esas cosas.

Fue un interrogatorio de tres horas en el cual, según los testigos, Essex no se desempeñó mal del todo. Finalmente, los miembros del Consejo hicieron un resumen de sus declaraciones, y tuvieron que hacerlo ellos mismos porque habían ordenado a los funcionarios del Consejo abandonar la sala, y se lo presentaron a la reina. Isabel lo tomó y anunció que se lo leería con cuidado y ponderación, porque la cuestión era complicada.

Era el final del sábado, pero en el lunes por la mañana Isabel ya había tomado una decisión. Ordenó el encarcelamiento de Essex en la York House del Strand. La reina, según todos los indicios, era especialmente incapaz de perdonarlo por haberse presentado en sus propias alcobas, haciendo ostentación de un poder que no tenía (temeridad que era la que le había hecho pensar a ella que se había producido un golpe de Estado).

El Consejo Privado, tras el arresto, se aplicó en fabricar un caso contra él. Ese caso le fue comunicado el 29 de noviembre, cuando fue trasladado a la Star Chamber para ello. Se le acusó de siete cargos diferentes relacionados con su misión irlandesa; Essex se defendió bien, pero no terminó de convencer a los jueces.

En el ínterin de toda la acusación, y con bastante lógica, Essex cayó enfermo. Su debilidad fue cada vez mayor y hubo de ser confinado en cama. Los médicos que lo cuidaban solicitaron el concurso del doctor Brown, que era el médico de la reina; pero Isabel se negó a que su médico pudiera ver al conde, aunque sí consintió en que los médicos tuvieran con él sesiones técnicas para discutir posibles terapias. Semanas después, cuando tuvo conocimiento de que los médicos consideraban probable la muerte del conde, consintió en que Brown lo visitara e incluso le dio permiso para dar paseos por el jardín.

El rencor real siguió mostrándose. Frances, la mujer de Essex, recibió permiso para verlo, pero sólo de día, pues por la noche debería regresar a Walsingham House. A Penélope, la hija del conde, ni siquiera le otorgó el permiso de visitarlo. La madre del conde, Lettice Knollys, trató de convencer a Isabel regalándole una prenda cara; pero Isabel, en un gesto muy medido, rechazó el regalo y se lo dio a Cecil; el partido del conde, por tanto, no sólo no recibía lo que pedía, sino que el gasto que había realizado acababa en manos de su peor enemigo. Los sentimientos vengativos de la reina llegaron incluso a instruir a la Star Chamber para que amenazase con denuncias penales para todos aquellos pastores que condujesen oraciones por la salud del conde de Essex.

El Consejo Privado encontraba dificultades para sostener una acusación por traición contra el conde. Finalmente, les dieron un motivo: un retrato.

Efectivamente: Essex encargó a Thomas Cockson, un grabador de Londres, un retrato ecuestre de sí mismo que fuese bastante parecido a otro de Leicester que había encargado tras su muerte su ahijado. Si el retrato de Leicester tenía por fondo las acciones de la Armada y de Zutphen, el de Essex tenía referencias a Cádiz, a las Azores, y tal vez también Irlanda y Rouen. Pero lo importante es que, si bien en el retrato de Leicester la imagen venía acompañada por la mera enumeración de los títulos del noble, en el de Essex éste incluyó las expresiones honor de la Virtud, naturaleza de la Sabiduría, sirviente de la Gracia, amante de la Compansión, elegido de Dios. El conde combinó el encargo del retrato con la difusión discreta, a través de sus terminales, de las famosas cartas que había escrito en las que venía a preguntarse eso de si un rey no puede cometer errores.

La publicación de un retrato en el que Essex se intitulaba de elegido de Dios, junto con el recuerdo de sus famosas cartas, fue suficiente para sostener el cargo de lesa majestad que con seguridad la reina le estaba exigiendo al Consejo. Así pues, en cuanto mejoró, Essex fue llamado ante el tribunal, en un juicio que comenzó el 13 de febrero de 1600.

No fue hasta el comienzo del juicio cuando el grupo de amigos de Essex que venían sosteniendo de tiempo atrás la idea de que su única salida era humillarse ganaron momento y peso en su opinión. Finalmente, el conde se avino a escribirle a la reina en los términos arrastrados que él sabía que le gustaban.

Funcionó, claro.