miércoles, agosto 29, 2018

Isabel (31: De nuevo al ataque)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
Para Robert Deveraux, la verdad es que la expedición a Cádiz, en su conjunto, había sido, si no un fracaso, sí una mala idea. El problema es que, lógicamente, no pudo participar en ella sin ausentarse de las islas, y eso dejó un espacio importante a su gran oponente en el favor de la reina, Robert Cecil, quien se quedó en casa. Cecil, un hombre más moderno en el sentido lato de la palabra, ya no era uno de esos pares de la Corte que basaban su predicamento ante el rey en su poder o capacidad militar. Poco a poco, en los Estados europeos el señor feudal con mesnadas a disposición era sustituido por eso que hemos terminado por llamar un tecnócrata. Cecil, como su padre, era de esta clase, y en la ausencia bélica de Essex no hizo otra cosa que maniobrar en su contra a favor de sí mismo. Cuando lord Hundson se murió, Cecil cantó bingo al conseguir el nombramiento de su suegro, lord Codham, como lord Chamberlain.


Los caprichos del destino, sin embargo, habrían de ponerle palos en las ruedas a los planes de Cecil. En las primeras semanas de 1597, su mujer sufrió un aborto que le impactó sicológicamente y, para colmo, muy poco tiempo después moría el propio Codham, con lo que Cecil perdió a un peón muy bien situado en la Corte para acceder a la reina y malmeterla sobre sus rivales. Essex, no obstante, tampoco estaba en la mejor de las situaciones. En los últimos años del siglo, muchas de las deudas que había contraído para llevar a cabo su campaña normanda y la acción de Cádiz estaban a punto de vencer y, en el mejor de los casos, triplicaban su capacidad de renta anual total.

En realidad, siempre había sido así, en Inglaterra como en otros países, dado que, de verdad de la buena, ese tipo de dispendios acababa por pagarlos el Erario público. Esto era así porque Essex, como otros notables de la Corte, se había acostumbrado, por así decirlo, a que esas situaciones de imposibilidad financiera se salvasen gracias a generosas aportaciones de la reina, que las sacaba de donde las sacaba. Esta vez, sin embargo, era distinto. Burghley, que lo sabía todo, estaba perfectamente informado, cuando Essex partió para Cádiz, de las muchas deudas que había contraído; y, por eso, nada más salir el chulesco noble de Londres, se dedicó a comerle la oreja a la reina para que las garantías hasta ahora concedidas graciosamente pasaran por un, por así decirlo, proceso de auditoría. De esta manera, las garantías reales pasaron a precisar la forma mancomunada de tres o cuatro miembros del Consejo Privado, de los cuales, esto es importante, uno debía ser Burghley, sí o sí. Isabel aceptó, lo cual está en contra de lo que sabemos sobre su carácter y forma de hacer las cosas. Ella era una monarca absoluta. Sin embargo, probablemente se sentía ya cansada y un tanto incapaz para seguir el ritmo agotador de la administración de un país.

Para William Cecil, las noticias de que Essex había decidido tomar la ciudad de Cádiz, en contra de las instrucciones de su commander in chief, fueron oro molido. Ésta fue la situación que se encontró Essex cuando regresó a Londres. El conde, como hemos visto, estaba acostumbrado a jugar con red. Si hacía las conachadas que hacía, como por ejemplo perder tontamente el mayor botín que jamás habría podido conseguir una flota inglesa, era en parte porque era gilipollas, y en otra porque podía serlo. Devereaux era un poco como un jugador de poker que va a todas las manos porque tiene alguien que le da más fichas cada vez que la caga. Ésta vez, sin embargo, no había crédito.

Essex sabía que tenía que reaccionar para sobrevivir. Era eso, o retirarse a alguna esquina de Inglaterra donde no lo pudieran encontrar ni las ardillas hambrientas. Como no era ninguna inteligencia superior, no supo ver el principio general de las venganzas, y es que deben tomarse frías; decidió ir a por los Cecil aquí y ahora, acusándolos de corruptos y ladrones.

Arruinado como estaba, Essex distribuyó pequeñas prebendas y gavelas entre quienes lo visitaban para crearse una camarilla de poder. Dentro de dicha camarilla captó a Henry Wriothesley, conde de Southhampton; y a lord Henry Howard, hermano pequeño del duque de Norfolk, que había sido ejecutado en 1572 después del affaire Ridolfi. Wriothesley era un joven afeminado y bisexual que había escandalizado a la Corte casándose de penalty con Elisabeth Vernon, una de las aristócratas al servicio de la reina. En cuanto a Howard, era un católico escondido que desde muchos puntos de vista seguía siendo fiel a la causa de la reina de los escoceses. Personaje ambicioso como era, evidentemente llevaba muy mal su lejanía del poder. Era persona de elevada confianza de Essex, hasta el punto que cuando Anthony Bacon fue incapaz ya de gestionar la correspondencia personal del conde, él asumió la tarea. El círculo más íntimo del conde se completaba con lord Rich, casado con Penélope, la hermana menor del propio Essex. Era, en su tiempo, el más afamado abogado de Londres.

Essex, sin embargo, lo tenía muy complicado para llegar a la reina. Isabel tenía para entonces 63 años, que son como ochenta u ochenta y pico de hoy en día. Sufría diversos problemas de salud y frecuentes dolores invalidantes que tenían como consecuencia que raramente se moviese de sus palacios londinenses, donde era fácilmente controlada por sus más cercanos. El conde, por lo tanto, comenzó una especie de campaña de prensa de sí mismo, tratando de destacar su perfil religioso para sacudirse la fama de picha brava. La cosa, sin embargo, no le salió muy bien, porque se encoñó con la condesa de Derby, la joven Elisabeth Stanley; que, para colmo, era nieta de Burghley y la sobrina favorita de Robert Cecil. La verdad es que el tipo no tenía, que se dice, el don del tacto.

En la punta sur de Europa, un también envejecido Felipe II tenía problemas para tragar con la humillación de Cádiz. Al rey español todas las cosas que los ingleses habían hecho mal en la operación se la sudaban, porque lo que sentía era una profunda vergüenza por haber sido noqueado. Quizá por eso, y tal vez en contra incluso de su propio juicio, ordenó la puesta en el mar de una segunda Gran Armada, el 13 de octubre de 1596, a todas luces demasiado tarde en el calendario anual.

Era una flota de unos 126 barcos cuyas órdenes principales eran devolver en Brest la acción de Cádiz e invadir las islas. Sin embargo, el 17 de octubre se produjo una galerna que causó gravísimas pérdidas a la flota, mientras que los barcos supervivientes se tuvieron que bajar a Coruña y Ferrol.

Este fracaso era más o menos contemporáneo en el tiempo con las reuniones que comenzaron a mantener lord Howard y Burghley, discretamente convocados en casa de éste último, para discutir medidas que llevasen a consolidar el liderazgo inglés en el Atlántico. Howard, sin embargo, era demasiado mayor para poder comandar la operación. Por esta razón, la reina, en cuanto supo de ella, sugirió el nombre de Essex. Devereaux, una vez más, estuvo a piques de cargarse su candidatura al exigir que se realizase una operación en plan Gran Armada Inglesa; fue rechazado, pero por lo menos tuvo la cintura de acercarse a Robert Cecil y Ralegh para acordar una postura conjunta, que fue finalmente aprobada en abril de 1597.

El plan de abril de 1597 le daba oficialmente a Essex lo que éste siempre había pretendido: el permiso y la orden para atacar y tomar permanentemente un gran puerto español, que a partir de ese momento se convertiría en una base inglesa desde la que la marina de su Majestad procedería a bloquear la costa española. Ralegh sería su adjunto, papel a cambio del cual pudo regresar a la Corte y recibir de nuevo su viejo empleo de Capitán de la Guardia, además de algunas estipulaciones en la expedición que le garantizaban sustanciosos beneficios. Cecil recibiría por su parte otro puesto, el de canciller del ducado de Lancaster, generosamente dotado de rentas y el almirante Howard también recibía una serie de tierras, en este caso a cambio de no irle a la reina con movidas que la impulsaran a desaprobar la operación. Da la impresión, por lo tanto, de que allí todo el mundo ganaba a costa de la acometividad del conde.

Toda, absolutamente toda, la fiesta, la pagaba la reina. Da la impresión, de nuevo, que los conspirados habían negociado entre ellos con la convicción de que Isabel no sería ningún obstáculo; que, de alguna manera, seguía siendo la jovencita inexperta y un tanto acojonada que era décadas atrás. Pero ahora Isabel era una vieja bastante amargada y con mucha experiencia y, la verdad, les vio venir cuanto todavía no habían llegado ni a un kilómetro de Nonsuch, y por toda respuesta a su propuesta les dijo niet. Su argumento fue simple: ella siempre aprobaba acciones así como respuesta a amenazas, y los ahora coligados no habían sido capaces de demostrarle que existiese una ahora.

Lo que dijo Isabel era una verdad a medias. En los días anteriores a la propuesta había tenido noticias precisas de serios contratiempos sufridos en Normandía por los intereses defendidos por los ingleses. Las tropas protestantes holandesas habían consolidado su poder sobre las seis provincias del norte (Holanda) tras ganarle a los españoles la batalla de Turnhout (enero de 1597); sin embargo, el esfuerzo de controlar lo que se consolidaría como la Holanda protestante les dejó demasiado secos como para poder plantar nueva batalla en la Picardía, donde Enrique IV estaba haciendo lo que podía.

Sin embargo, pasó algo. El comandante español archiduque Alberto tomó Amiens pocas semanas después de que Ralegh, Cecil y Essex elaborasen su ambicioso plan. Ahora las tropas españolas podían cruzar el Somme y acampar a tiro de lapo de París. Enrique había enviado emisarios a Isabel en demanda urgente de ayuda; tan urgente que incluso le ofreció quedarse con Calais como garantía frente a las deudas que el rey francés estaba contrayendo contra ella; siempre y cuando la reconquistase, claro. Isabel, sin embargo, le dijo aquello de los catalanes del chiste de la Cruz Roja (“yo ya he dado”), a pesar de que tal respuesta colocó al francés en la tesitura de pactar con los españoles. Efectivamente, la estrategia de Enrique fue, a partir de la negativa de Londres, recuperar Amiens y, después, activar el pacto con El Escorial que se había comprometido con Londres a no negociar unilateralmente. De hecho, casi inmediatamente activó terminales en Roma para que contactasen discretamente con representantes españoles allí.

La toma de Amiens, pese a provocar la negativa de la reina respecto de las peticiones del rey francés, tuvo sin embargo la consecuencia de moverla a repensarse su negativa a los planes de un ataque a España. Los ingleses tenían informes precisos de que Felipe II estaba acopiando y reparando una importante flota en Coruña, Ferrol y Lisboa, que podría llegar a tener la capacidad de transportar 16.000 hombres. De hecho, a finales de mayo de aquel 1597, Isabel le estaba escribiendo al conde Mauricio de Nassau para pedirle que le enviase de vuelta un millar de veteranos de las tropas de sir Francis Vere.

Essex, por su parte, se endeudó todavía más para financiar la adquisición de varias decenas de barcos más, mientras desarrollaba un plan para realizar una leva de marineros entre los mejores soldados de las milicias locales inglesas. Este plan era, en realidad, una ilegalidad, pues no se podía obligar a miembros de milicias locales a embarcarse, pero el conde debió de considerar eso de que en tiempos difíciles, soluciones sencillas. El 4 de junio, tras mucha yenka como de costumbre, la reina le firmó a Essex su nombramiento como teniente general de la expedición. Según sus instrucciones, el principal objetivo de la acción sería la destrucción de todos los navíos surtos en el puerto de El Ferrol, tras lo cual lo más racional sería que Essex navegase hacia las Azores y allí tomase la isla de Terceira, con un ojo puesto en los barcos mercantes que llegarían de Indias, claro. Se incluía, eso sí, la autorización para tomar cualquier plaza española, aunque da la impresión de que, acojonada con las consecuencias de sus propias acciones, conforme se acercaba el momento de la partida, más partidaria era Isabel de centrar todos los esfuerzos en la isla de Terceira.