miércoles, febrero 02, 2011

Ficcionar la Historia (Anexo: la II República)

Un amable lector de este blog me ha enviado algunos enlaces a unas declaraciones de un diputado del Partido Popular, Ramón Moreno, quejándose del presunto sesgo ideológico de una serie de la tele pública que se llama 14 de abril, la República. Según este señor, que tiene la ventaja sobre mí de haber visto lo emitido de la serie (yo estoy demasiado ocupado intentando que Romano Pontífice, que así se llama mi jugador creado en el NBA 2K11, y que está en su año de rookie, se abra un hueco como alero titular de los Spurs), en la serie hay diálogos y cosas que, en realidad, están hechas a la mayor gloria del partido gobernante. Su opinión se puede encontrar aquí.

Este asunto plantea, de nuevo, un temita sobre el que ya escribí en su día unas notas, cuando salió la serie de Antena 3 sobre Viriato. Todo lo dicho en su día es aplicable aquí. El primer problema, y eso es algo de lo que Moreno no habla porque no es un problema político sino de márquetin y audiencias, es que en una serie de televisión lo que manda es el atractivo. El pobre Viriato, que probablemente sería un tarugo de metro y medio con pelos hasta detrás de las orejas, ha de ser convertido en un George Clooney con denominación de origen Piel de Toro para que la gente lo vea.

Yo no sé si os habéis dado cuenta, pero hasta hace bien poco hemos vivido en un siglo, el XX, que bien podría ser considerado el siglo de la relativización de la verdad. Ha sido el siglo que ha defendido la idea de que la exigencia de veracidad para las cosas es una exigencia genérica; dicho de otra forma, si el conjunto de los hechos narrados son razonablemente veraces, en realidad que los detalles sean inventados no importa. Hijos de esta teoría son los libros de nuevo periodismo que pululan por las librerías, que te cuentan la historia de, un suponer, Zapatero, y van y te cuentan hasta lo que tiene en el cajón de su mesilla de noche. Se lo inventan, claro. Pero es que lo importante es que el libro en su conjunto sea veraz; si en tal o cual paginita se cuela una coña inventada, qué más da.

Así las cosas, los guiones históricos, en el cine y sobre todo en la televisión, parecen armados como tiendas de campaña. Hay cuatro o cinco o siete puntos de apoyo sólidos, que son las cuatro, cinco o siete cosas que da por hechas el historiador de turno que asesora a los guionistas, y luego éstos ponen la lona encima, y lo mismo fabrican un tipi comanche que la jaima de Gadafi.

Cuando una serie histórica de la tele lo que hace, en realidad, es relatar situaciones universales (chico ama a chica, Fulatino tiene problema con padre Fulanote porque es un carca, etc.) que sitúa en un determinado entorno histórico, la cosa es más fácil de hacer. En mi gusto personal, en este terreno es absolutamente canónico el ejemplo de Upstairs, downstairs, serie británica en la que hasta los acentos y el vocabulario de los personajes (sobre todo de los sirvientes) están trabajados para reproducir el ambiente social e histórico de la época; basta con medio minuto de diálogo en la cocina, por ejemplo, para apreciar la notable diferencia existente entre el mayordomo Hudson y el resto de la servidumbre. Que no hay cosa más estomagante que encontrarte un día en la tele con un concurso cualquiera presentado por un actor, y días después ver a ese mismo actor haciendo de tornero-fresador en la Cataluña de 1854 (eso suponiendo, que yo tengo mis dudas, que en 1854 hubiese tornero-fresadores), y encontrarte con que habla exactamente igual. En todo caso, como digo, son series más fáciles de hacer porque, en realidad, el entorno histórico es sólo un velo.

La segunda categoría serían las series en las que la Historia es protagonista. Aquí, la verdad, la única manera de hacer las cosas bien, que comprendo que es jodidilla para los productores que quieren tener un full control sobre las historias para poder hacerlas virar según los gustos de la audiencia, es atarte con cadenas, o bien a los hechos si son suficientemente conocidos y contrastados (lo que ocurre pocas veces); o bien a una versión concreta de dichos hechos. Es lo que hace, por ejemplo, I, Claudius, serie que, by the way Robert Graves, está basada, casi al milímetro, en los chascarrillos que cuenta Cayo Suetonio en su famoso libro sobre los doce césares. Las historias de Suetonio son más que cuestionables, porque su libro, en realidad, es un libro político de un escritor que tenía dos poderosas razones (ser miembro de la nobleza ecuestre, y ser republicano) para poner a parir a los emperadores (sin ir más lejos, buena parte de las cosas que dice de Tiberio hoy se cuestionan, y mucho). Pero, bueno: es un escritor clásico, es una versión, por así decirlo, cerrada, yo la cojo, la adopto y hago una serie. Pues miel sobre hojuelas.

Dice bien Moreno cuando dice que en la tele pública parece haber cierta obsesión por historiar la República y el franquismo en sus series. Lo que pasa es que a mí, así, en principio y en frío, no me parece mal. Sin embargo, el matiz que hay detrás, y en el que ya no tengo las cosas tan claras, es si verdaderamente se puede hoy, en España, hacer series históricas sobre esos años y hacerlas medio bien. Algo bastante dudoso.

Hay tres barreras para esto. La primera es la ideología. En la España de hoy, casi todas las visiones de la guerra de los propios historiadores son visiones bastante preñadas de ideología. Por ejemplo, como ya tuve la ocasión de comentar cuando glosé al personaje, probablemente la peor manera de acercarse a un juicio ponderado de Lluis Companys es fiarlo a la historiografía catalana. En realidad, a mi modo de ver en la interpretación de la República ha habido en España dos tsunamis historiográficos; el primero, obviamente, fue el franquista, y se basó en la construcción de una versión de los hechos en la que las dos palabras clave eran Terror y Rojo; todo lo que no cupiese en esa faja, simplemente, se negaba. El segundo tsunami es de signo exactamente contrario y se basa, fundamentalmente, en la defensa de tres grandes ideas:

* La guerra civil fue impulsada por los intereses y privilegios de unos pocos (negación del efecto rebote o hartazgo frente a los desafueros de los sucesivos gobiernos republicanos).

* Los únicos hechos calificables como represión organizada son los producidos en el bando franquista (o lo que yo llamo teoría de los incontrolados: todos los errores cometidos en el bando republicano lo fueron por grupos o personas que obraban individualmente y sin control).

* Todas las fuerzas políticas y sociales que apoyaron el alzamiento eran antidemocráticas (lo cual probablemente es, cuando menos, estadísticamente cierto); y todas las que apoyaron a la República eran democráticas (lo cual es menos cierto que la afirmación de que San Pablo nació en Catoira).

Desde 1945, por poner un año en el que más o menos comienza la reconstrucción histórica de la República y la guerra civil, hasta el momento presente, los esfuerzos españoles, y muchos extranjeros, por historiar la guerra civil, no han podido superar la visión binaria en la que uno y otro tsunami nos sumergen. Unos y ceros. Blanco y negro. Uno tiene que ser enormemente bueno, y el otro enormemente malo.

La única serie de la época de la tele que he mirado alguna vez es Amar en tiempos revueltos. Recuerdo un episodio relativamente reciente en el que un personaje, un hombre de negocios falangista y, por supuesto, del régimen, visita la embajada, creo que de Guatemala, donde hay una recepción de negocios. El tipo se toma unas copas y se pone alegre (hasta ahí todo muy creíble, muy español) y se dedica a perseguir a la esposa del agregado de negocios de la embajada (punto en el que la historia empieza a ser un tanto acojonante: hasta un retrasado mental sabe que tratar de violar a la mujer del jefe no es la mejor forma de hacer negocios con él). En fin, al final el marido, o sea el encargado de negocios, se lo lleva para salvar a la mujer, y se produce un diálogo sencillamente alucinante entre ambos. Cada una de las intervenciones del falangista está repleta de desprecio hacia los guatemaltecos, a los que moteja de indios atrasados; una vez más, el guionista que escribió este diálogo no ha tratado nunca de hacer negocios, porque si lo hubiera hecho sabría que todo aquel que trata de vender lo que hace es dorarle la píldora al posible comprador, no despreciarlo.

Por lo tanto: falangista = putero, machista, borracho, chulo, racista. La escena, a mi modo de ver, viene a demostrar que los guionistas se apoyan en la ideología para escribir. Porque si se apoyaran en la Historia, en los datos, les resultaría veinte mil veces más sencillo, y creíble, poner a parir a Falange y a los falangistas sin tener que convencer al mundo de que eran todos puteros, machistas, borrachos, chulos y racistas. Que, por cierto, no todos lo eran.

La segunda barrera, tras la ideología, es el objetivo último que buscan estos guiones. Porque el objetivo último de los guiones no es describir la Historia, sino juzgarla. Y juzgarla, además, con los ojos de hoy. Esto es lo que hace que, en estas series sobre la República y el franquismo, yo siempre tenga la sensación de estar viendo como una historia en la que una serie de personajes de hoy han sido abducidos y llevados en una máquina del tiempo al pasado. O sea, el bedel de ministerio Imanol Arias de Cuéntame no es un bedel de ministerio de los sesenta, sino un bedel del 2011 al que alguien, como por casualidad, ha colocado en los años sesenta. Creo que ya lo he escrito alguna vez; yo dejé de ver Cuéntame el día que pusieron un episodio en el que Ana Duato, que cose pantalones con bastante pericia, es contactada por unos tipos, creo que de El Corte Inglés o así, que quieren que cosa para ellos... y la mujer se va, sola, a una cena de negocios mientras el marido espera en casa. Señores guionistas: eso será lo que pasaría hoy; en los años sesenta, en una familia además de extracción baja como los Alcántara, la mujer se iba a ir a cenar sola con otros hombres por los huevines treinta y tres.

Otro ejemplo son los policías angélicos de Amar en tiempos revueltos. Qué razón tienen los guionistas. En los años cuarenta y cincuenta, los delincuentes estaban deseando ser detenidos para poder charlar de nuevo con gentes tan simpáticas y democráticas (aparte del detalle estúpido de que, en las escenas en la comisaría, se ve casi siempre un policía en posición de firmes en el pasillo... ¿qué es aquello, la comisaría de Chamberí o el despacho oval?)

Por lo demás, en todas las series sobre el franquismo siempre falta un elemento: el miedo. Y, visto lo visto, tiene su lógica. Como los guionistas que las escriben tienen treinta y tantos, viven en el 2011 y no tienen miedo, pues sus personajes tampoco.

La tercera y última gran barrera es, cómo no, el desconocimiento. Ambientar un momento histórico es una cosa muy jodida cuando es ambientable (hay veces que no, evidentemente; nadie sabe con certitud, yo qué sé, cómo funcionaba la administración del palacio de un faraón). Hay detalles, historias, movidas mil, que hacen que sea imposible no fallar. Ya he contado en este blog que los freaks de The Godfather han detectado que, en la escena de la primera parte Michael Corleone (Al Pacino) llama desde una cabina para ver cómo está su padre, pasa por detrás un Volkswagen que se comenzó a fabricar dos años después del año en que supuestamente está ocurriendo la escena. Este tipo de cosas quedan para los muy muy aficionados. Pero, lamentablemente, los errores no siempre son tan sutiles. Y el caldo de cultivo es el desconocimiento general sobre aquellos tiempos. Este fin de semana me ha llamado la atención ver en la tele informaciones sobre una pequeña manifestación en Barcelona por la retirada el último monumento franquista de la ciudad. Había allí gentes con banderas catalanas y banderas republicanas, y yo me preguntaba: ¿cuántos de éstos sabrán que la Generalitat de Cataluña, defendiendo la bandera bibarrada, se levantó en golpe de Estado contra el gobierno que actuaba bajo la bandera tricolor?

En suma y por resumir. La posición del diputado del PP, además se servir a sus intereses políticos que eso es cosa suya, aflora, a mi modo de ver, un hecho interesante de estudiar, que es que, en el año 2011, cuando estamos prontos a celebrar el 80 aniversario de la proclamación de la II República, todavía en España somos incapaces de fabricar storyboards decentes sobre el tema. Y eso es algo que pasa después de que el franquismo, primero; y la democracia, después, hayan exprimido este limón en las pantallas de los cines hasta el hartazgo.

El tiempo que media entre el momento presente y la II República es básicamente el mismo que media entre el momento presente y la llegada al poder de Adolf Hitler en Alemania, y no parece que los alemanes sufran de la misma incapacidad que nosotros. Al fin y a la postre, la triste conclusión de estas notas es que, quizá, la diferencia entre nosotros y los alemanes es el largo periodo del franquismo. El franquismo es una enorme distorsión en la Historia de España, en sus usos de pensamiento, en su evolución social, y a día de hoy vivimos las consecuencias.

Porque nosotros pensábamos que el franquismo había distorsionado la cabeza de los franquistas. Pero, poco a poco, hemos acabado por darnos cuenta de que, también, ha distorsionado la de los antifranquistas.

lunes, enero 31, 2011

Mano negra, Mano Blanca (9)

El viernes, 17 de agosto de 1923, Ana Lonergan cumplió su sueño acariciado durante años. Mientras daba vueltas bailando con unos y con otros en el Patrick Mulhern Caterers de la Cuarta Avenida, la hermana de Pegleg Lonergan todavía no podía creer que, finalmente, su amor de toda la vida, Wild Bill Lovett, le hubiese dicho, finalmente, que sí. Los quince días de luna de miel de la pareja en el Catskill Mountain Resort Hotel sellaban, pensaba Ana, una época en la vida de su ya marido.

¿Por qué accedió casarse Lovett? No lo sabremos nunca con certeza. Es posible que se sintiese mayor, y también es posible que se sintiese, si era realista, menos poderoso que antaño. Para cualquier persona con dos dedos de frente era bastante claro que la Mano Negra estaba ganando la guerra. Que, igual que había ocurrido en Chicago, donde Al Capone estaba barriendo a las mafias originales, los italianos llevaban camino de hacerse con el crimen organizado en Nueva York. Y estaba la insistencia de Ana, enamorada de aquel hombre desde el Cretácico y decidida a cambiarle la vida.

De hecho, cuando la pareja regresó de su luna de miel, Ana impuso la búsqueda de su nueva casa fuera del entorno ya conocido de Brooklyn. Se fueron incluso fuera de Nueva York y allí, lejos de la gran ciudad, comenzó el lento pero constante proceso de convencimiento femenino para que Lovett abandonase la dirección de la Mano Blanca. En realidad, Lovett transigió por el hecho claro de que, retirado él, sería Pegleg quien le sucediese. De esta manera, él seguía teniendo vínculos intensos con la Mano Blanca.

La «dimisión» de Wild Bill Lovett se produjo el 21 de septiembre de 1923, en el garage de Baltic Street. De esta manera Richard Lonergan fue investido nuevo jefe de la banda.

Wild Bill y su mujer se fueron a vivir a un chalé a Little Ferry, New Jersey. Lovett se empleó como soldador en los astilleros de la ciudad, pero por el astronónico sueldo de 250 dólares a la semana. Los antiguos protegidos de la Mano Blanca pagaron parte de su tributo con aquel sueldo.

El 31 de octubre de 1923, Lovett llevaba ya como un mes en su nueva vida y daba la impresión de ser intensamente feliz. Probablemente, lo era. Ganaba más que la mayoría de los asalariados, vivía au dessus de la melée, tenía una mujer que le amaba, una casa envidiable, y ninguna de las preocupaciones inherentes a la dirección de una organización criminal. A su mujer no le extrañó que, aquel día, le dijese que se iba a acercar por Brooklyn para tomar una copa con sus viejos compañeros.

Así lo hizo. Lovett condujo hasta la Bridge Street, en cuyo número 25 había un local de expedición de alcohol llamado Lotus Club. Ningún miembro de la Mano Blanca estaba allí, pero eso no le importó a Lovett, quien se dedicó a beber en compañía de Joe Flynn, un estibador al que conocía. Pasaron tres horas bebiendo juntos sin parar hasta las 10,30, hora en la que Flynn se marchó del local, más reptando que andando.

Una vez que se quedó solo, Lovett se dio cuenta de que no podía volver a casa. Estaba al borde del coma etílico, así pues la opción de conducir era implanteable. Así pues, puesto que conocía bien el local, se arrastró a la trastienda, buscó un banco de madera que había allí, y allí se acostó a dormirla.

Media hora después, a eso de las once, ya no quedaba nadie en el local, excepto John Flaherty, el encargado. Al comprobar el local antes de irse, Flaherty descrubrió a Lovett, profundamente dormido en la trastienda. No quiso molestarlo. Con una sonrisa comprensiva, decidió marcharse dejando al irlandés dentro.

Al salir se encontró con el portero de la finca, el italiano Antonio Maglioni, que también hacía de barrendero en el local. Le comentó, más como un chiste que como otra cosa, que Lovett se quedaba dentro.

Una confesión inocente que selló su destino.

Maglioni se quedó barriendo el local una hora más. Después, se marchó a su casa, en la Cuarta Avenida, muy cerca del garage de la Mano Negra. De hecho, tenía que pasar por delante de él y, cuando lo hizo aquella noche, quiso la casualidad que Willie Altierri lo saludase. Maglioni ni era un chivato ni quería la muerte de Lovett. Él se limitó, como Flaherty, a comentar algo inusitado, como era el hecho de que Lovett se hubiese tenido que quedar a dormir en el Lotus. Pero, obviamente, Altierri hizo una lectura completamente diferente del dato.

Altierri fue a buscar a Augie The Wop y a Silk Stocking Guistra.

Los tres llegaron al Lotus a la una y cuarto de la madrugada. Allí encontraron a Lovett, y le dispararon catorce veces. Lo que ocurrió es que los italianos venían tan mamados del garage de la Mano Negra que, increíblemente, pese a disparar contra un objetivo dormido y quieto, sólo le dieron tres veces, y ninguna de ellas mortal. Lovett acabó por despertarse y, cuando se dio cuenta de lo que pasaba, comenzó a buscar su arma. En ese momento, Dos Cuchillos apartó por un momento los velos del alcohol para terminar el trabajo con uno de sus cuchillos, para siempre.

Lo que siguió a la muerte de Lovett es lo más parecido a una guerra en las calles que se puede imaginar. En poco más de un trimestre, 19 italianos y 21 irlandeses fueron asesinados. El 4 de noviembre, apenas unos días después de la muerte de Lovett, el primero de la lista fue Antonio Maglioli, es decir el portero que, casi sin querer, había dado la pista sobre Lovett; fue atropellado mientras se dirigía a la boda griega de la hija de un amigo suyo. La Nochebuena de 1923, fue Eddie «Ducky» Callaghan, primo de Eddie Lynch, quien fue asesinado.

La guerra siguió, con distinta intensidad, hasta finales de 1924. Terminó porque Yale hizo un movimiento maestro. Atendiendo a las peticiones de Al Capone, Frankie Yale y algunos de sus guardaespaldas viajaron a Chicago y, allí, dispararon y mataron a Dean O'Bannion, el líder de la mafia irlandesa de la ciudad que todavía luchaba por la supremacía de la ciudad con Capone. Aquellos eran otros tiempos y los jefes mafiosos no eran todos tipos que viviesen en mansiones o en plantas de hoteles de lujo (como Capone), sino que tenían la fachada de una simple vida honrada. La de O'Bannion era su presunta profesión de florista, y a su tienda fueron los italianos a verlo y a matarlo.

Como contraprestación por este trabajo, Capone apoyó la candidatura de Frankie Yale al frente de la Unione Siciliana, lo que años después cristalizaría en el Sindicato del Crimen, lo cual le dio contactos con organizaciones italianas de todo Estados Unidos. Pegleg Lonergan y su menguante Mano Blanca no podían contra algo así.

En la noche del sábado, 17 de enero de 1924, se produjo una escena casi increíble: Pegleg Lonergan, Eddie Lynch y Ernie The Scarecrow, entrando por la puerta del Club Adonis. El propio Yale les había invitado. Se firmó la paz mediante la demarcación de las correspondientes comunidades autónomas. Yale y Lonergan se repartieron Brooklyn como buenos hermanos. Los italianos se quedaron los llamados Green Docks, mientras que los irlandeses se quedaron los Greenpoint Piers.

La paz duró cinco meses. Hasta que los irlandeses se dieron cuenta de que, oh casualidad, el tráfico de Greenpoint Piers, mayormente internacional, decaía constantemente, mientras que en los muelles de los italianos, casi todos dedicados al tráfico interior, se mantenía. Es difícil que Yale previese este hecho, pues para ello habría tenido que ser un experto economista; pero el hecho es que ocurrió, y que los irlandeses se sintieron engañados por ello. Así las cosas, Lonergan ordenó comenzar las actividades en los muelles de los italianos como si no hubiese habido acuerdo. El viernes, 19 de junio, Augie The Wop Pisano y Silk Stocking Guistra se encontraron en uno de estos muelles, el de las Intercoastal Shipping Lines, con Ernie Skinny Shea y Wally The Squint Walsh. Los irlandeses intentaron defenderse, pero Guistra fue especialmente rápido y dejó seco de un tiro a Walsh. Como respuesta, en los días siguientes la Mano Blanca acabó con tres soldados de la Negra: Antonio Abondando, Victor Cerullo y Michael D'Onofrio.

La guerra, sin embargo, no tuvo esta vez color. En diciembre de 1925, le había costado ocho vidas a la Mano Negra, y 26 a la Mano Blanca. La derrota se mascaba entre los irlandeses. Lonergan seguía apoyando una estrategia de enfrentamiento, pero la sensación de que iba a perder hizo que algunos comenzasen a pensar en arreglar las cosas por su cuenta.



En la tarde del 12 de diciembre de 1925, Eddie Lynch, uno de los principales lugartenientes de la Mano Blanca, hizo saber a Frankie Yale que quería verle.


Comenzaba el último acto de la guerra entre la Mano Negra y la Mano Blanca.

viernes, enero 28, 2011

Mano negra, Mano Blanca (8)

El funeral por Antonio Gibaldi se celebró en el cementerio de Cypress Hills. Al día siguiente de las exequias, su hijo Vincenzo se presentó en una tienda de objetos deportivos de la calle Fulton y compró un rifle de aire comprimido Daisy y varias cajas de balines. A partir de entonces, el arma y las balas fueron sus compañeros, junto con los escritos de un sheriff de Kansas reconvertido a periodista, William Barclay Masterson, quien le había enseñado a Gibaldi, a través de la lectura, que el pistolero ha de tener tres grandes características: coraje, habilidad con el arma y sangre fría. Estas son las tres cosas que Vince Gibaldi comenzó a educar apenas unas horas después de haber enterrado a su padre. En abril de 1923, coincidiendo con su cumpleaños, se compró un revólver del 38.

Dos días después de la adquisición, el 17 de abril, Vincenzo le pidió prestado a su hermano Frank su Chevrolet marrón. Luego fue a una armería en la zona comercial de Brooklyn, donde compró una caja de balas del 38. De allí condujo al local de la calle Furman que había estado vigilando discretamente los últimos quince días. Encontró rápidamente lo que esperaba encontrar ahí: un LaSalle negro. Miró el reloj. Eran las nueve y cuarto de la noche.

Alguien salió del McGuire's, la taberna de la calle Furnam, y se subió al LaSalle. Condujo hacia el sur, precisamente al lugar donde, realizando el cambio de sentido, habían encontrado la muerte Irish Eyes Duggan y Pug McCarthy el 26 de junio del año anterior. El LaSalle tomó dirección hacia la avenida Flatbush, hasta llegar a las instalaciones del ferry que cruzaba el río hasta Fort Lee, en New Jersey. Ambos coches entraron en el barco. Gibaldi aparcó el suyo justo a la derecha del LaSalle. Cuando el ferry atracó en New Jersey, Gibaldi siguió al coche negro. Finalmente el coche llegó a su destino, y su conductor salió de él. Por la actitud en la salida, Gibaldi se dio cuenta de que para entonces su perseguido ya no las tenía todas consigo, y algo sospechaba. Él también salió del Chevrolet. Sin esperar más, Vince Gibaldi, recordando el consejo de Bat Masterson de que quien dispara primero dispara dos veces, levantó el revolver, y apretó el gatillo.

Pum. La primera bala estalló en el pecho de la víctima, quien se echó hacia atrás. No había caído aún cuando ya Gibaldi le había disparado otras dos veces. Y tres más ya en el suelo. Fríamente, Gibaldi recargó el revolver con otras seis balas, y las disparó parsimoniosamente en diversas partes del cuerpo de su víctima. Repitió la operación dos veces más, hasta dispararle 24 veces.

En el suelo, Jimmy The Bug Callaghan, uno de los asesinos de Antonio Gibaldi, yacía muerto. En la mano derecha, alguien le había dejado unas monedas, tres níqueles con la cabeza de un indio. La firma de su asesino.

Mucha gente en Nueva York, al leer este detalle en los periódicos, pensó en la firma de un asesino en serie. Todos, menos uno: Frankie Yale. Para ser un buen jefe mafioso hay que tener inteligencia para cosas como ésta. Yale fue, que se sepa, la única persona que se dio cuenta del significado de estas tres monedas, que con el tiempo se convertirían en la firma de Gibaldi como pistolero profesional.

En el local de Carmine Balsamo, limpiar los zapatos costaba tres níqueles.

El jefe de la Mano Negra de Brooklyn hizo llamar urgentemente a Vincenzo Gibaldi. Cuando lo tuvo enfrente, le informó a bocajarro de que se había dado cuenta de que él había sido el asesino de Callaghan. Si Gibaldi tuvo miedo tras esa confesión de que Yale fuese a castigarlo por haber realizado una acción así, su temor se disolvió pronto. Yale, con una sonrisa, le ofreció emplearse en la Mano Negra como asesino profesional. El joven Gibaldi no le hizo ascos a la propuesta pero, dijo, antes tenía un par de cosas que hacer.

Yale entendía, obviamente, que la intención de Gibaldi era ir a por los asesinos de su padre. Así pues, razonó que su siguiente víctima sería Joey Bean. Pero se equivocó. En realidad, el joven Vicenzo tenía mucha más sangre fría, y mucha más ambición, de la que nadie, incluso Yale, había imaginado.

A las nueve de la noche del sábado 12 de mayo de 1923, Wild Bill Lovett se enconbtraba en su casa de Front Street, cambiándose de ropa. A las diez habían quedado en ir a buscarle para llevarle a una sala de fiestas llamada Buckley's. Lovett iba allí casi cada sábado.

Lovett vivía entonces en un edificio de tres plantas que por la parte de atrás tenía una escalera de incendios cuya solidez había comprobado ya Gibaldi en sus visitas furtivas a la zona. Por allí escaló silenciosamente Vincenzo. El joven entró en el edificio con mucha cautela y entró en el piso de Lovett en el justo momento en que éste se encontraba frente al espejo... con los pantalones bajados.

Gibaldi levantó con tranquilidad su revólver, apuntó al pecho del irlandés, y disparó. Le acertó en la mitad derecha. El topetazo del disparo dio con Lovett en el suelo, pero el irlandés era una persona experimentada en esas lides. Cualquiera de nosotros se había quedado quieto, pero él comenzó a reptar por el suelo hacia la cama, para intentar llegar a su propia arma, que estaba colgada de uno de los extremos de la cama, enfundada.

El pistolero, que no había esperado fallar en su primer disparo, hizo otros dos más a la figura moviente de Lovett. Uno le acertó en un hombro y el otro en un muslo. Cada vez más nervioso, disparó tres tiros más que no le dieron. En ese momento, se dio cuenta de que no podría matar a Lovett. El revólver estaba vacío, debía recargarlo, y el irlandés estaba cerca de su arma. Así pues, se acercó a la ventana y, antes de huir, cogió un níquel y lo tiró en la habitación.

Lovett fue ingresado en el hospital Cumberland, operado de urgencia e ingresado como paciente durante dos semanas. En ese tiempo, el mando sobre la Mano Blanca recayó en Pegleg Lonergan, quien estaba, lógicamente, convencido de que el atentado contra Lovett era una acción de la Mano Negra como respuesta a la agresión sobre Yale. El 18 de mayo por la noche, cuando Lovett aún estaba en el hospital, recibió el soplo de que Two Knife Willie Altierri estaba jugando al póker en la calle 18 de Brooklyn. Eddie Lynch y Joey Bean irrumpieron en el piso con las armas en la mano. Cuando Altierri estaba ya pensando en que aquellos eran los últimos segundos de su vida, Inazio Amadeo, el dueño del lugar donde se celebraba la partida, perdió los nervios, se levantó, y se fue contra Joey Bean, quien le disparó en el pecho a bocajarro. Justo el tiempo que necesitaba Altierri para huir por una ventana.

A las nueve y media del 20 de mayo, un Chevrolet marrón recorrió la Dean Street. En la esquina de esta calle con la quinta vivía Joey Bean. Gibaldi entró silenciosamente en la casa y encontró al irlandés a punto de entrar en el dormitorio para unirse con su mujer. Le disparó seis balas seguidas. La mujer de Bean comenzó a gritar mientras el asesino abandonaba el lugar lentamente. En la puerta de la casa, se volvió y tiró hacia adentro un níquel con la figura de un indio.

En apenas 33 días, un joven de 19 años había acabado con dos pistoleros de la Mano Blanca y había estado a punto de hacer lo mismo con su líder. Nadie en la Mano Negra podía exhibir un curriculum como ése.

Al Capone visitó a Frankie Yale en Nueva York. Bebieron en el Adonis Club. Scarface había oído hablar de aquel Vincenzo Gibaldi, y quería saber cuáles eran las intenciones de Yale respecto a él. Pero el jefe de la mafia de Brooklyn ya no estaba interesado en el chico. Tras la acción de Lovett, había llegado a la conclusión de que era demasiado impulsivo; el típico pistolero que puede meterte en problemas a base de meter los pies en los charcos. Le dio vía libre a Big Al. Capone hizo llamar a Gibaldi, y le ofreció 300 dólares a la semana.

Y fue así como Vincenzo Gibaldi, apenas un mes después de la muerte de su padre, un mes después de comprar su primer rifle, se fue a Chicago y se convirtió en «Machine-Gun» Jack McGurn, uno de los principales pistoleros de Al Capone.

miércoles, enero 26, 2011

Y Cayo Mario dijo: ¿por qué no yo?

En los mejores tiempos de la República romana, los políticos tenían que seguir un camino, el denominado cursus honorum, rígidamente estipulado, y que establecía el lento escalar por el complejo organigrama del poder romano. Teóricamente, no se podía ser una cosa sin haber sido antes la otra; de esta manera, el sistema político republicano se garantizaba a sí mismo en su pervivencia, pues los candidatos al poder, en realidad, eran muchos menos de los que parecía.

El otro gran elemento de limitación en el acceso al poder era la riqueza. Para acceder al cursus honorum y ascender por él era necesario demostrar determinado nivel de riqueza. Teóricamente, ello se hacía para garantizar que el político (el senador, el edil, el cuestor, el cónsul) no tenía que trabajar para vivir, así pues se podía dedicar de lleno a la res publica. En realidad, sin embargo, aquella medida censitaria tenía como función mantener el poder en manos de una determinada clase, la de los patricios, de modo y forma que éstos, es decir las familias romanas de toda la vida, pudiesen, cuando les petase, dar alpiste a la nobleza ecuestre, a los tribunos de la plebe, a los itálicos o cualesquiera otros electrones de ese átomo llamado Roma y cuyo núcleo eran ellos. La República romana, por mucho que elementos como Suetonio o el emperador Claudio Druso Nerón Germánico imaginado por Robert Graves la recordasen como un régimen de libertades, no es sino el germen del Imperio. Pues el Imperio no es sino el resultado de una República en la que las circunstancias obligaron a dar a uno un especial poder sobre los demás: Mario por los galos, Sila por Yugurta y otras cosas, Julio y Pompeyo por las suyas y, finalmente, Augusto.

Desde Roma, cuando menos, existe el problema, o si se prefiere la gran pregunta filosófica, de si el político debe ser:

* O bien un profesional de la política,

* o bien una persona que pueda permitirse dedicarse a la política,

* o bien una mezcla de ambas cosas: alguien que tenga un modo de vida, pero también se dedique a la política.


Egipcios y griegos, que vienen antes de los romanos, no tienen ese problema, a mi modo de ver, cuando menos en la misma intensidad. Y Roma, que en buena parte es la civilización que formatea el disco duro de Occidente para que a partir de ahí se vaya llenando de datos (pero siempre con la estructura inicialmente establecida), no lo resolvió en modo alguno. Durante muchos siglos después de su civilización, el ámbito público y el privado se han mezclado sin problema en un inaprehensible potingue de poder. Ambrosio Spinola, por ejemplo, fue al mismo tiempo el commander in chief durante buena parte de la guerra de Flandes y su banquero (aunque a la larga el negocio no le salió muy bien). El asunto de los ejércitos en guerra es el mejor ejemplo de que el ejercicio del poder en una nación ha estado hasta hace muy poco reservado a los pudientes. Cuenta Jorge Vigón en su libro sobre el arma de Artillería en España que la misma ostentaba en el siglo XIX con orgullo su apellido de Real, que otras armas no podían llevar, porque en las guerras renacentistas y posteriores era costumbre que las únicas fuerzas militares que aportase el rey (esto es, el Estado) por sí mismo fuesen las artilleras; así pues, mientras caballeros e infantes eran en realidad propiedad del conde de tal o el barón de pascual, los artilleros eran reales. Todo lo demás, pues, ejército prestado.

Al menos hasta la Restauración, según tengo leído en algunos debates de las Cortes, el cargo de diputado era no retribuido. Los componentes del legislativo, por lo tanto, habían de ser gentes que se buscasen la vida de otra manera. Este esquema, que puede parecer excelente a todas las visiones que hoy quieren recortar los derechos de los diputados, es, sin embargo, en buena parte responsable de la intensa corrupción de la vida parlamentaria española, que solemos conocer como caciquismo. El diputado de la época era un señor de negocios, rara vez un profesional, que llegaba al escaño comprando votos o condicionándolos gracias a su dominio sobre el área de voto, y que, una vez llegado al hemiciclo, no apreciaba problema alguno en aprovechar esa posición para favorecerse en su vertiente de creador de valor añadido. En las Cortes había, desde luego, algunos freaks que vivían de lo que sus organizaciones políticas les aportaban, pero eran eso que los problemas de física del colegio llaman un rozamiento despreciable.

La II República española supuso la entrada en tropel en el Legislativo de maestros, obreros, mediopensionistas et altera. Es casi la primera vez (antes puede haber habido otros casos pero, como digo, no son relevantes) en la que se plantea una nueva cuestión: la reacción de la persona que vive mejor siendo político que siendo lo que quiera que fuese antes.

Miguel Maura, político conservador que colaboró en la llegada de la República, fue ministro de la misma y acabaría renegando bastante de ella, cuenta en sus memorias que, en cierta ocasión años antes de la República, durante sus vacaciones veraniegas en su hotel (hoy decimos chalé) cercano a Villalba, en la sierra madrileña, oyó que le llamaban por su nombre. «¡Maura, Maura!». Él contestó la llamada, pero la voz siguió con la cantinela como si él no hubiese dicho nada. Finalmente, se levantó, salió al jardín y buscó la procedencia de la voz. Acabó asomándose a la valla baja que lo separaba del chalé de al lado, donde descubrió a la criada de Pablo Iglesias que buscaba al perro del líder del PSOE, al cual don Pablo, en un rasgo de fino humor, le había puesto el nombre Maura (aclaración: esta anécdota es equivalente a que, a día de hoy, Zapatero tuviese un perro que se llamase Aznar).

De esta anécdota aprendemos tres cosas: Pablo Iglesias tenía perro, tenía criada y veraneaba en un chalé en la sierra. Evidentemente, no lo pagaba con su sueldo de tipógrafo.

Con la única excepción de personas como Iglesias, casi nadie antes de la II República, ni Silvela, ni Sagasta, ni Cánovas, ni Narváez, ni Mendizábal, ni Cristo que los fundó, se encontró en la situación de tener que vivir de ser diputado. El padre de Miguel Maura, Antonio, líder conservador durante muchos años, reunía a sus correligionarios de las Cortes en su propia casa; lo cual nos da el dato interesante de que cabían, así pues no era cualquier casa.

El mundo contemporáneo, históricamente, se ha movido, pues, entre dos preguntas a la vez complementarias y contrarias. Una es: ¿acaso el político que no cobra lo suficiente no se corrompe? Y la otra es: ¿acaso el político que cobra mucho no tiene la tentación de profesionalizarse?

En las últimas horas ha declarado el diputado catalán Josep Antoni Durán Lleida que las medidas que se están proponiendo de obligar a los diputados a declarar sus patrimonios y actividades y tal vez recortarles las pensiones están abocadas a crear un parlamento de gente pobre. En realidad, se equivoca. A lo que pueden llevar esas medidas, y la Historia del parlamentarismo español lo demuestra, es a crear un Parlamento de cresos, ya que sólo éstos podrán atender las sesiones sin que sus hijos pidan teta y no tengan.

La sociedad española actual tiene una relación de amor-odio con sus diputados que viene de largo. La polémica sobre el sueldo de los diputados es como los brotes de gripe; surge cada dos o tres inviernos con una enorme virulencia, y se disuelve de repente. En la Transición, la sociedad española vivió una luna de miel con sus diputados y senadores, especialmente los españoles de izquierdas al ver a los exiliados regresar a la casa común e, incluso, encontrarse nada menos que a Dolores Ibárruri presidiendo el Congreso por razones de edad. Los hombres de la Transición, etapa cívica donde las haya, tuvieron el civismo de no recordarle que en aquellas mismas bancadas, un día ya lejano, aquella misma mujer había amenazado de muerte a otro diputado...

Esa euforia, sin embargo, duró poco, y fue sustituida por el lento goteo que, desde más o menos la primera victoria del PSOE, ha ido cristalizando en todas esas formas de pensar que sustentan frases como «todos los políticos son iguales».

Los diputados se sienten agredidos por quienes se meten con sus sueldos, con sus pensiones, con sus actividades y sus patrimonios, convencidos como están de que les asiste la razón. Y les asiste: como digo, el diputado que se sostiene por sí solo no es otra cosa que un representante público con patente de corso para corromperse. Pero, lamentablemente para ellos, no acaba ahí la historia. Hay más cosas, todo un mundo de conceptos que nuestros representantes políticos tienden a desconocer.

Las críticas a sueldos y pensiones no son otra cosa que una fiebre; no la enfermedad. La enfermedad es el extrañamiento entre los ciudadanos y las personas que los representan. Y este extrañamiento es algo que los politicos han buscado con ahínco, porque les viene muy cómodo.

En los años de la Restauración, los distritos electorales eran pequeñísimos. Se era diputado por Priego, o por Cabra. Los padres de la República vieron clarísimo que ahí residía la clave del caciquismo; el señor de tal o cual demarcación, el hombre que daba empleo a la mayoría de los ocupados en los campos de trigo de que formaba parte, era quien, al fin y a la postre, decidía a quién se votaba, o sea a él. Por eso, la II República reformó el régimen electoral para ir a las circunscripciones provinciales. Dominar el electorado de Córdoba o de Cuenca ya no es tan fácil.

A esta decisión, que como digo data de la II República, se une otra, producida ya durante la Transición, que es la opción por las listas cerradas y el voto a mogollón. Si vives en Madrid, en Barcelona, en Valencia, en Sevilla, para ti votar es votar a un par de decenas de señores de una vez, de los cuales apenas conoces a uno o dos, y eso con suerte.

Listas cerradas es una expresión absolutamente sinónima de profesionalización de la política. Las listas cerradas son la sopa de Oparin de donde nace el político profesional, el político que sólo es político porque, en realidad, es un señor cuya pervivencia en el puesto ya no depende de sus electores, sino de su jefe o líder, que es el que, al fin y a la postre, mece la cuna de la Comisión de Listas del partido que se trate.

Lo que ocurre en la España moderna es, pues, simple de formular: hemos cambiado el sistema por el cual el diputado lo era gratis et amore et corruptione; para mutarlo por un sistema en el que la inmensa mayoría de quienes tienen la posibilidad de ser diputados acceden con ello a un nivel de vida que no pueden pagar en su vida civil. Su nivel de vida, pues, se liga al hecho de que pervivan como Padres de la Patria, así pues están dispuestos a hacer lo que sea por permanecer. Votan disciplinadamente, critican lo que haya que criticar, hoy están en contra de A y mañana, cuando su líder cambia de opinión, apoyan A con la misma pasión con la que la atacaban 24 horas antes. Para muestra, las opiniones de tantos y tantos políticos socialistas sobre el desplazamiento de la edad de jubilación, que hace seis meses eran unas y hoy son las contrarias.

Contra lo que pueda pensar Durán Lleida, el sistema actual dista mucho de ser justo y mucho menos perfecto. Si las personas perciben que el diputado tiene privilegios no es tanto por la cuantía de éstos, sino por una absoluta falta de empatía hacia el representante público. Hoy, 2010, estamos como hace cien años, durante la Restauración, cuando los diputados, en puridad, no representaban a nadie salvo sus propios intereses y los de su partido (que, insisto, con listas cerradas, son la misma cosa).

A mi modo de ver, es importante que los representantes públicos entiendan esto. Entiendan que, lejos de encastillarse en que ellos tienen la razón, el hecho de que en un debate tan importante como el de las pensiones de lo que se hable sea de las que va a recibir un grupo de menos de 2.000 españoles, es algo a lo que conviene prestar atención. A mi modo de ver, prueba de lo desnortada que está la clase política española hoy es el orgullo con el que el propio Durán Lleida asevera que él no tiene otra actividad nada más que la de diputado. ¿Es eso una virtud? Para él, sí. Para mí, no. El día que el señor Durán sea colocado frente a la decisión entre una medida que puede salvar el empleo de 100.000 catalanes pero puede costarle el puesto (que es, como el mismo dice, su única fuente de ingresos), y otra más populista pero que a la larga los llevará al paro, ¿que motivo tiene exactamente para no elegir la segunda?

Como decía al inicio de estas reflexiones, estamos hablando de un problema irresuelto desde el lejano día en que Cayo Mario, un pijo de provincias sin pedigree patricio y con notable inteligencia militar, decidió romper con la pana del rígido sistema de representación pública de la República romana, y consiguió ser siete veces cónsul. Pero si la clase política no lo mira a los ojos, no reflexiona sobre él, no conseguirá otra cosa que extrañarse de sus votantes y acentuar el carácter de logia cerrada que ya tienen los partidos políticos, en grado sumo, en la hora presente. A mi modo de ver, esta crisis tan profunda, que lleva camino de cambiar tantas cosas, también debería provocar un cambio: el fin, o cuando menos la mutación, de la figura del español que es, de profesión, dirigente partidario y representante parlamentario.

Remember: la repugnancia hacia los partidos políticos fue siempre la principal gasolina de aquel motor que hoy llamamos franquismo.

domingo, enero 23, 2011

Mano negra, Mano Blanca (el otro 6, o sea 7)

Yale invitó al propio Masseria a la reunión de marzo del 22. El capo de la mafia de Manhattan, sin embargo, prefirió no ir (no le gustaba salir de su feudo), aunque envió a su lugarteniente Vittorio «The Proffesor» Pascale. Quien sí asistió fue Balsamo, acompañado por sus inevitables Mangano y Guistra; Two Knife Altierri, Augie de Wop, Tony Yale, Fury Argolia, Chootch Gianfredo y Glass Eye Pelicano. En realidad, Yale había convocado aquella reunión para responder al golpe con golpe, así pues quería hablar del asesinato de Joey Bean. Sin embargo, allí estaba Pascale, uno de esos personajes de la mafia dotados de mayor cultura y una mentalidad más estratégica. El profesor, entre frases alambicadas que algunos de sus oyentes tenían dificultades para comprender, propuso otra derivada distinta, derivada que inmortaliza el guión de la tercera parte de The Godfather cuando hace decir a Michael Corleone: «cuando vienen, vienen a por lo que más quieres».

Frío, calculador, se diría que divertido, Pascale propuso el asesinato de Petey, el hermano de Joey Bean.

El 8 de agosto de 1922, domingo, en efecto, Petey Bean murió, aunque lo hizo en unas circunstancias bastante extrañas que, a mi modo de ver, no permiten asegurar que fuera la mafia quien lo mató. Todo ocurrió, como digo, de una forma muy extraña. A las tres de la tarde, las nubes habían comenzado a descargar una potente tormenta sobre Nueva York. Una hora y media después de la tormenta, Kathy Culkin, la hermosa mujer de un policía, le esperaba en Coney Island para irse juntos a casa después de que él volviese del trabajo. Quien llegó, sin embargo, no fue el marido, sino Petey Bean, que había recibido mientras bebía en McGuire's una nota en la que, supuestamente, Kathy le decía que le gustaba mucho y que quería que se viesen.

Petey se acercó a la chica con grandes confianzas, pero fue inmediatamente rechazado por ella, que, claramente, no había escrito nota alguna. Eso hizo que el irlandés se pusiera un tanto violento con la chica pero, finalmente, se retirase ante la reacción de las personas del entorno. Comenzó a llover de nuevo y Petey se refugió en algún lugar cercano. Durante ese tiempo, Dan Culkin, el marido, llegó para encontrarse con su mujer, la cual, entre lágrimas, le refirió la historia del acoso de que había sido objeto por un extraño irlandés. Culkin salió a buscarlo, y lo encontró. Declararía que ambos pelearon y que Bean resbaló, se cayó y se mató. Los forenses, sin embargo, dictaminaron que la grave fractura que presentaba el hueso frontal del irlandés no se la pudo causar cayéndose al suelo, sino por el impacto de algún objeto contundente. El Gran Jurado, sin embargo, dictaminó lo que el lenguaje procesal estadounidense denomina una «no-true bill», que es algo así como el dictamen de que el acusado no ha cometido un crimen. Esto fue así porque un médico asistente, el doctor M.E. Martin, declaró que había establecido que la causa de la muerte de Bean no había sido el golpe en la cabeza, sino un ictus cerebral que atribuyó a su alcoholismo.

¿Pudo la mafia organizar aquellos hechos? Posible, es. Por mucho que se dictaminase la muerte de Bean por causas naturales, nunca se consiguió dar una explicación plausible a la fractura de su hueso frontal. Y los italianos tenían contactos sobrados en la policía y entre los forenses como para haber arreglado un par de cosas.

Para colmo, más o menos en aquella época, un miembro de la Mano Blanca llamado Wally «The Squint» Walsh, consiguió algún que otro testimonio en la calle que le permitió situar a Willie Altierri en la escena del crimen de Charleston Eddie McFarland (sobre todo, logró averiguar, sin sombra de duda, la relación del italiano con la taquillera). Wild Bill Lovett no se lo pensó dos veces. A causa de las sospechas que tenía de que Bean había sido asesinado por la Mano Negra, y de las nuevas que le llegaron sobre el asunto del cine y el cuchillo, decretó la condena a muerte de Altierri, desencadenando una acción que tendría unas consecuencias inimaginables para el mundo del crimen organizado.

Estamos en el 28 de octubre de 1922. Dos y media de la tarde. Un Lincoln negro de 1921 dobla una esquina e ingresa en la Court Street, circulando despacio hasta pararse en la entrada del Veronica's Fruit & Vegetable Market. El coche va conducido por Eddie Lynch, que coloca el vehículo en punto muerto. En los asientos de atrás viajan Joey Bean y Joey «The Bug» Callaghan.

Los viajeros del coche discuten brevemente. Callaghan y Lynch creen que su objetivo aún no ha llegado. Pero Bean dice que no es verdad; que le ha visto ya sentado en el sitio donde se supone que lo van a encontrar. Recordemos, en este punto, que la acción contra Willie Altierri era una venganza por la muerte del hermano de Bean. Es posible que el irlandés estuviese impaciente por tomarse la justicia por su mano y que, por lo tanto, más que ver, quisiera ver.

Lynch, con un suspiro, metió la primera. Ésta era siempre la señal para los asesinos de abandonar el coche.

Junto a la puerta del mercado se encontraba el objetivo de la Mano Blanca aquella tarde: el Carmine's Bootblack, regentado por Carmine Balsamo, sobrino de Don Guiseppe. Ser hijo de la hermana de la madre del capo mafioso era su única relación con la Mano Negra. Carmine no realizaba labores de vigilancia para la Mafia, ni era corredor de apuestas, ni cobrador de préstamos, ni participaba en el tráfico de alcohol ilegal o en la prostitución. Carmine Balsamo era un ciudadano honrado que se ganaba la vida honradamente limpiando zapatos. Su tienda, en lugar de escaparate, tenía tres enormes sillones a media altura, donde sus clientes se sentaban, periódico en mano, mientras él les dejaba los zapatos como espejos. Los hombres de la Mano Negra solían frecuentar su local y le tenían gran cariño. De hecho, Gina Balsamo, hija de Carmine, era ahijada del mismísimo Frankie Yale. Esas amistades habían hecho que Carmine's fuese, de hecho, un monopolio. Todos los limpiabotas que habían intentado establecerse en Brooklyn habían sido «convencidos por las circunstancias» de cerrar sus negocios.

Los dos irlandeses se quedaron de pie frente a un cliente que estaba sentado mientras Carmine le limpiaba los zapatos. El dueño de la tienda se volvió y, nada más verlos, entendió. Gritó algo, se levantó y saltó hacia el interior de la tienda. El cliente no tuvo tiempo para eso. Sólo pudo mirar a los extraños y negar con la cabeza, antes de recibir una lluvia de balas en el pecho.

Bean y Callaghan huyeron del lugar con rapidez, convencidos de dejar atrás lo que dejaron: un cadáver. En el coche, iban exultantes y seguían estándolo en el garage de Baltic Street, donde contagiaron su alegría a Wild Bill Lovett. Habían matado a Willie Altierri. Dos Cuchillos había pagado por lo de McFarland, y quién sabe por cuántas cosas más. En muy poco tiempo, habían herido gravemente al propio Yale y se habían cargado a una de sus manos derechas.

La euforia les duró hasta los periódicos de la tarde.

El muerto no era Willie Altierri. Bean se había equivocado. La persona que estaba limpiándose los zapatos no era Dos Cuchillos, aunque la verdad es que se le parecía. Pero, como digo, no era él. Era un mafioso a tiempo parcial, mayormente un ciudadano de todo respeto, padre de seis hijos, llamado Antonio Gibaldi.

Antonio Gibaldi no estaba llamado a hacer carrera en la mafia. Estaba llamado a ser un italiano más de Brooklyn, dedicado a labores honradas, con conocimientos, sí, entre los soldados de la Mano Negra; pero quién, en aquellos barrios, en aquellos tiempos, no los tenía. Su pecado fue ir a limpiarse los zapatos al mismo sitio que lo hacían los mafiosos (lo cual tiene su lógica, porque era el único sitio disponible en la zona). Hasta aquel día de octubre de 1922, el destino decía que Gibaldi sería un típico pequeñoburgués de principios de siglo, y sus hijos los típicos burgueses italoamericanos que algún día tendrían hijos y nietos que podrían ser incluso alcaldes de Nueva York. Todo eso, sin embargo, se fue a la mierda.

En Carmine's se presentó un joven de 18 años, espigado y contrito. La policía, a indicación del propio Carmine Balsamo, lo dejó pasar. Era Vincenzo Gibaldi,el hijo mayor de Antonio. En aquel momento, es muy probable que Gibaldi hijo jamás hubiese tocado un arma. Pero la visión de su padre descerrajado contra el sillón del limpiabotas lo cambio todo. Algo nació en él. Algo que cambiaría su vida toda.



La vida de Vincenzo Gibaldi, desde el momento en que vio el cadáver de su padre envuelto en sangre en plena calle y el día en que, siendo ya uno de los principales pistoleros de Al Capone, hiciese para él trabajos muy especiales, daría, ella sola, para una película.

martes, enero 18, 2011

Mano negra, Mano Blanca (6)

Poco tiempo después de la muerte de Charleston Eddie McFarland, Giovanni Desso murió a causa de una ensalada de disparos que recibió entre la tercera y 21. Desso no era un asesino, ni siquiera un soldado de la Mano Negra. En realidad, no era nadie.

La muerte de Desso había empezado a fraguarse el 18 de junio de 1921, en una reunión de la cúpula de la Mano Blanca para diseñar un nuevo atentado contra sus enemigos. Poco tiempo antes, Frankie Yale había adquirido un café llamado Sunrise, situado entre la 14 y la 65. El nuevo negocio del italiano era una especie de provocación, puesto que estaba a un tiro de piedra de dos bares ilegales de los irlandeses. Como Yale no podía llevar el negocio él solo, pensó en Anthony Desso. Desso trabajaba en el Adonis de Fury Argolia, donde primero fue portero y luego camarero y era el hombre ideal para levar el negocio. Argolia no le podía negar el traspaso.

Los irlandeses decidieron matar a Tony Desso por esa razón. Encargaron su vigilancia a Edward «The Fart» O'Toole. El Pedo se había ganado ese sobrenombre a causa de su afición desmedida hacia las baked beans, que consumía a todas horas del día (hecho éste inexplicable para el autor de estas notas), y que por ello le producían una repugnante flatulencia casi continua. O'Toole vigiló y marcó a su objetivo, proceso en el que aprendió que todos los domingos visitaba a su hermano Giovanni en el muelle 21, donde trabajaba. Lovett encargó a Pug McCarthy y Needles Ferry el asesinato del gerente del Sunrise. Los dos asesinos, sin embargo, se equivocaron al realizar la acción, y mataron al hermano, cuya única experiencia mafiosa había sido dar un par de manos de hostias a estibadores del muelle que se habían retrasado al devolver los préstamos de la organización.

A las ocho de la noche del día siguiente al asesinato, Giuseppe Balsamo, su número dos Vincenzo Mangano y su asesino preferido, Silk Stocking Gistra, se personaron en el café Sunrise de Yale. Frankie fue directo al tema: quería devolver el golpe, y quería, además, contratar los servicios de los hombres de Balsamo, para ello. Para los mafiosos de Little Italy, ésta era una oportunidad de oro, y no la rechazaron. Aceptaron sin pestañear la petición de Yale de recibir en préstamo a Pietro «Shotgun» Mormillo, Dominick «The Gee» Mormillo y «Bloddy Nino» Mormillo. Los tres hermanos Mormillo eran unos especialistas en camuflarse y disfrazarse para cometer sus acciones.

El domingo, 26 de junio de 1921, a la 1,30 de la tarde, Augie The Wop Pisano recogió a los hermanos Mormillo en la esquina entre la Cuarta y Sackett Street. En un Buick Sedan negro de 1920 (el coche mafioso por excelencia), se dirigieron a Union Street y se pararon frente al mercado de pescado de San Antonio. El mercado estaba cerrado, pero en una de las tiendas les esperaba su dueño, Antonio Fugetta. En la pescadería de Fugetta recogieron la artillería que les hacía falta. Luego Pisano condujo hacia Furman Street.

Una hora antes, Nick Glass Eye Pelicano había telefoneado desde su puesto de vigilancia informando de que Pug McCarthy y Irish Eyes Duggan estaban en el Salón McGuire's, en Furnam. El Buick llegó, y esperó. Hasta que los dos irlandeses salieron y tomaron su propio coche, un Ford Coupe. La calle Furnam era estrecha pero de dos direcciones, y terminaba en los muelles. Para ir hacia Brooklyn, los irlandeses deberían conducir hacia los muelles y una vez allí dar media vuelta por la misma calle. Los italianos los bloquearon allí. Para cuando el Buick se cruzó, los Mormillo habían saltado ya al piso. Escupieron una lluvia de balas sobre el Ford, como dicen los médicos, incompatible con la vida. Luego, entre todos, empujaron al agua el coche con sus muertos dentro.

Habían pasado 11 meses desde que la guerra comenzase. Desde entonces, los italianos habían perdido cuatro miembros, y los irlandeses nueve. Pero, extrañamente, pasaron ocho meses sin represalia alguna. Muchos pensaron que se había producido un alto el fuego.

Lo cual no era verdad. Wild Bill esperaba el momento de su gran golpe.

El líder de la Mano Blanca quería precisamente que los italianos creyesen que se había producido un alto el fuego tácito. De hecho, es lo que Fankie Yale se había permitido pensar en la cena del 7 de febrero de 1922, martes. Yale tomaba en su Sunrise un buen filete en compañía de dos de sus soldados del sector de Bay Ridge: Gino Ballati y Miguel Dimesico. En los últimos tiempos, Ballati y Dimesico se habían consolidado como guardaespaldas del jefe, completando el equipo del que ya formaban parte Augie Pisano y Frenchy Carlino como conductor. Aquella tarde, sin embargo, Yale sólo tenía a la mitad del equipo porque tenía proyectado estar en un lugar bien protegido. Tenía la intención de visitar a Joe «The Boss» Masseria, el jefe de la mafia de Lower Manhattan, y que ese día celebraba en una fiesta en Duane Street, a la que había invitado a Frankie. Hacía poco tiempo, de hecho, que Masseria había sucedido a Inazio Sietta, conocido como «Lupo the Wolf», que había quedado impedido tras un accidente.

Los tres italianos subieron al Cadillac de Yale. Dimesico tomó el volante. Cruzaron el puente de Brooklyn hacia Manhattan. En la curva de Park Row, Dimesico dio un respingo al volante y señaló a Yale a un tipo en la calle. ¡Era Wild Bill Lovett! Los guardaespaldas miraron al jefe en procura de instrucciones. Pero Yale hizo un rictus de desprecio con la boca y ordenó seguir hasta la fiesta. Si era Lovett (que lo era), poco podía hacer en territorio de Masseria.

Aparcaron el Cadillac unos metros más allá, en el aparcamiento de Duane Street. Salieron del coche y se dirigieron lentamente, entre los coches, hacia el baile.

En la puerta del local les recibió una lluvia de balas del 38.

Dos de los proyectiles se quedaron a vivir en el cuero cabelludo de Dimesico. Los 130 kilos de matón se fueron contra la pared, chocaron con ella, y cayeron al suelo como el peso muerto que ya eran.

Ballati y Yale se tiraron al suelo. El guardaespaldas trató de ganar un mobiliario urbano de piedra tras del cual protegerse, pero en el movimiento se llevó una bala en el hombro. Fríamente, sin embargo, el experimentado soldado de la mafia había sido capaz de localizar la ventana en el segundo piso de un edificio de enfrente desde donde se producían los disparos. Pero no podía contestar. El balazo le había dejado inútil para la lucha. Yale, por su parte, estaba pegado al suelo, ofreciendo un blanco lo más difícil posible, sin mover ni un pelo del culo. Esperó interminables segundos, creyendo que los hombres de Masseria, oyendo los disparos, saldrían a la calle en tropel. Pero no contaba con que el baile ya había comenzado. De hecho, dentro de la sala había tal follón que nadie, absolutamente nadie, había oído los disparos.

Cuando se dio cuenta de ello, Frankie Yale se dio cuenta de que tenía que ganar la puerta del salón de baile, o era hombre muerto. Así que preparó el movimiento y, finalmente, saltó lo más ágilmente que pudo hacia la puerta. Cuando agarró el pomo, sintió la primera bala chocar contra la madera de la puerta, a unos centímetros de su cabeza. La segunda le dolió bastante más cuando, viajando desde su espalda, se alojó en su pulmón derecho.

Cuatro médicos intervinieron a Yale durante cuatro horas en el Gouvernour Hospital.

La policía hizo pleno en sus sospechas. Detuvo a Garry Barry y Joey Bean, que de hecho eran quienes dispararon desde el segundo piso; a Pegleg Lonergan, que era el marcador que había vigilado la llegada de los italianos. Y a Wild Bill, que había ordenado la operación y que si estaba por las cercanías era para asegurarse que el trabajo se hacía. Pero cuando los policías llevaron al hospital a los cuatro irlandeses, Yale se mostró indignado y les preguntó cómo se atrevían a traer a su amigo Lovett en calidad de sospechoso.

El 1 de marzo, Yale abandonó el hospital, no sin entregar cien dólares a cada uno de los cirujanos que le habían operado y veinte a cada una de sus enfermeras. Aunque los hechos tienen un pálido paralelismo con los sucesos contados en The Godfather es, como digo, pálido. Yale nunca estuvo en peligro de ser rematado en el hospital por los irlandeses. La policía temía esa posibilidad, y se ocupó de no permitirlo. Se pongan Mario Puzo y Coppola decubito prono o decubito supino, lo cierto es que no hay policía en el mundo, al menos de un país democrático, que pueda soportar el escándalo de que a alguien contra quien se ha atentado en la calle sea rematado en el hospital.

Masseria quería una vuelta rápida de Yale a Brooklyn. En Manhattan ya había demasiados tiros a causa de su guerra con los llamados turcos, es decir Salvatore Maranzano, Joe Profaci, Thomas «Three Finger Brown» Luchese, Joseph «Joe Bananas» Bonano, o Stefano Maggadino. Yale regresó a su barrio sano y salvo, y allí se enteró, por Willie Altierri, de que la policía tenía algunos indicios que identificaban a Joey Bean como uno de los autores de los disparos contra él.

La Mano Negra convocó una reunión de alto estado mayor en la tarde del 22 de marzo de 1922.

lunes, enero 17, 2011

Cohesión salarial de España

Como ando un poco liado y no he podido terminar de peinar aún el siguiente capítulo de la lucha entre la Mano Negra y la Mano Blanca, os dejo aquí unos apuntes que lo único que tienen de histórico es que se remontan quince años atrás.

El 30 de diciembre pasado, o sea casi en las últimas horas del año que curraron, el INE colgó en su página web los últimos datos de la Contabilidad Regional de España. Entre otros datos, publicó la cuenta macroeconómica de las comunidades autónomas españolas con datos homogéneos desde 1995 hasta el 2009. La Contabilidad Nacional es siempre muy jugosa por las enormes facilidades que tiene de hallar ratios y magnitudes medias o globales que permiten hacerse una idea de la evolución dinámica de la economía, en este caso desde el punto de vista geográfico.
Me pregunté en qué medida se podían sacar consecuencias de esas cuentas sobre la batallona cuestión de la convergencia regional de rentas o, si lo decimos de otra forma más coloquial, en qué medida las regiones pobres se acercan a las ricas en materia de bienestar y riqueza.
Decidí tomar como dato base el salario por asalariado. Ambos datos, es decir los ingresos por salarios y el número de asalariados, son facilitados en la Contabilidad Regional, así pues sólo había que hallar la relación.
Hecho esto, lo que hice fue deflactar las cifras obtenidas con el IPC, para obtener cifras reales. Esta operación debe hacerse con el IPC de cada comunidad. En términos generales, el crecimiento de los precios por regiones es bastante homogéneo, pero llega a haber diferencias sustanciales; en el periodo 1995-2009, el aumento de los precios llega a tener una diferencia de diez puntos porcentuales entre la comunidad más inflacionista (La Rioja) y la que menos (Canarias).
El resultado es el que «está» en la siguiente tabla, expresada en euros del 2009. Si «se ve» ampliándola, eso dependerá de Blogger y del humor que esté hoy.

Estos datos ya, de por sí, permiten estimar que el periodo 1995-2009 ha sido prolijo en convergencia económica regional, cuando menos en lo que al salario por asalariado se refiere. En dicho periodo tres comunidades: Cataluña, País Vasco y Navarra, habrían tenido una evolución negativa del salario per cápita en términos reales (esto es, una pérdida de poder adquisitivo macroeconómica); y cabe recordar que estamos hablando de tres de las regiones con más alta renta media, según las estadísticas.

El resto de las regiones ganaron poder adquisitivo, pero las que más lo hicieron tienden a ser las más pobres: Extremadura con casi un 26%, Castilla La Mancha un 17%, y Galicia un 15%, son las tres comunidades con ganancias de dos dígitos.

Para poder expresar la convergencia de una forma más visible, se me ocurrió hallar la desviación típica del conjunto de los valores de cada comunidad autónoma, y hallar el porcentaje que supone esa desviación típica respecto de una media media, para lo cual he tomado la mediana, aunque los resultados respecto de la media son prácticamente iguales.

Esta ratio ha pasado de casi un 12% en 1995 a prácticamente la mitad en el año 2009, mostrando, además, una tendencia descendente tan constante como regular, con un pequeño frenazo en el año 2007; la tentación es a adjudicarlo a los primeros coletazos de la crisis pero, dado que la tendencia no se consolida cuando dicha crisis se hace más grave y presente, creo que habría que ser cautos en la conclusión.

Cuando menos en lo que a esa vertiente fundamental de las rentas que son los salarios, pues, puede decirse que el periodo reciente de la Historia económica de España puede haber sido, tal y como sugieren las cifras, un periodo de intensa convergencia de rentas entre las regiones más pobres y las más ricas. Si la evolución tiene visos de continuar, si tiene un suelo o no, son cosas que le dejo a los econometras.

viernes, enero 14, 2011

Mano negra, Mano Blanca (5)

En menos de un mes se habían producido en Nueva York dos matanzas. Demasiado, incluso para una policía que no tenía la fuerza de la actual, y una opinión pública que, por ser aún en parte decimonónica, parecía más o menos preparada para cosas así. Frankie Yale, que tenía una mente mucho más estratégica que la de sus oponentes irlandeses, se dio cuenta de que lo mejor era levantar el pie del acelerador. Sin embargo, eso no significaba dejar de correr. La Mano Negra y la Mano Blanca estaban en guerra, la segunda había sido la que había dado su último golpe, y ahora los italianos no se iban a quedar quietos. De hecho, cuando comenzó la guerra, en aquel periodo de nueve meses en que pasó Yale sin responder por el asesinato de Crazy Benny, el líder de la mafia italiana de Brooklyn ya había tenido que escuchar alguna que otra frase dura por parte de sus lugartenientes. Lo primero con que tiene que lidiar un capo con la mente fría es con su propia gente. La mayor parte de las veces, entre general y soldados se establece una relación parecida a la que Coppola describió entre Vito Corleone y su hijo Sonny. La mayoría de los mafiosos eran, o son, como el personaje interpretado por James Caan: sanguíneos, vehementes, temerarios. Las guerras no pueden parar así como así, a menos que quien las para se exponga a perder su autoridad.

Yale tranquilizó las calles. Pero inauguró una nueva etapa de la guerra entre grupos de crimen organizado en Nueva York: el asesinato selectivo.

Escogió a Charleston Eddie McFarland no tanto por ser la mano derecha de Wild Bill Lovett, puesto que le corresponde más bien a Piernamuerta Lonergan, como por el elevado simbolismo que sabía que tendría esa acción entre su gente. Los italianos sabían que había sido McFarland el que había disparado la bala que reventó la cabeza de Annie Balestro en el Staunch's. Suya fue también la que hirió a Fury Argolia. En la tarde del domingo, 19 de marzo de 1921, Charleston dejaría de bailar mientras disfrutaba de una agradable velada en el Para's Court Theater de Brooklyn.

Charleston Eddie tenía una novia de bastante buen ver, Joan Finnegan. Estaba bastante coladita por ella y ella, por su parte, era una chica de las de antes, de las de noviazgo largo y bastante monótono. Aquellos eran otros tiempos, las oportunidades de ocio eran menores, y eso hacía que fuese habitual que las existentes se repitiesen de una forma casi obsesiva. La parejita McFarland-Flanagan, por lo tanto, iba al cine todos los domingos por la tarde. Iba, además, al mismo cine: el Para's, que estaba a un tiro de piedra del muelle de la Gowanus y en pleno territorio irlandés. Durante todas las semanas que habían pasado desde la mantanza del Staunch's, Willie Two Knife había estado marcando a la pareja y aprendiéndose sus hábitos. Altierri hizo su trabajo de forma excelente. Descubrió que la vida de McFarland tenía cinco puntos en los que se apoyaba: el garage de Baltic Street, la taberna de McGuire, la de O'Brien, los billares Mahar's Pool en la cuarta, y el Para's. Los cuatro primeros lugares ofrecían pocas garantías para una acción limpia, simple y cuyo perpetrador tuviese además grandes posibilidades de escapar.

Willie Altierri comenzó a pelar la pava con Sally Lomenzo, una chica normalita del barrio, que resulta que trabajaba de taquillera. En el Para's, por supuesto. Por medio de las habituales zalamerías y promesas más o menos cumplidas, se ganó su confianza y obtuvo un dato crucial, un dato que acabó de clavar el último clavo del ataúd de Charleston Eddie McFarland: la pareja de novios se había acostumbrado tanto a ir todos los domingos al mismo cine que hasta ocupaban siempre las mismas localidades: las dos localidades de pasillo de la penúltima fila de la sección central, entonces llamada de la orquesta. Detrás había cuatro filas más: el área de fumadores.

Era el momento de telefonear a Capone.

Willie Dos Cuchillos ardía en ganas de matar él a McFarland. Disponía, además, de las habilidades necesarias para ello. Sin embargo, Yale lo juzgó demasiado arriesgado. Al fin y al cabo, un ginzo se tenía que meter en territorio de los micks, entrar en un cine sin ser reconocido, etc. Era algo que podía salir mal de muchas formas, y Yale quería un trabajo perfecto. Capone, que aquel día estaba de excelente humor, bromeó con Yale informándole que le enviaría a Frank Galluch; lo cual era obviamente mentira, por Galluch era el tipo que le había rayado la cara a Capone durante una pelea en sus años mozos y le había dejado la cicatriz por la cual le llamaban Scarface, y que él se pasaba las horas tratando de disimular. Finalmente, el jefe de la mafia de Chicago le dijo a Yale que enviaría a todo un experto: Edward «Honey Boy» Fletcher.

Aquel domingo 19 de marzo, el Para's ponía El retorno de Tarzán, protagonizada por Gene Polar y Karla Schramm; con un cortometraje previo de Charlie Chaplin. Fletcher y Altierri se acercaron por el cine en un Chevrolet y aparcaron en la esquina de la calle DeGraw. En el coche, probablemente, Altierri y Fletcher fueron intercambiando información técnica sobre las formas que utilizaban cada uno para matar a cuchillo. Ambos eran expertos con las armas blancas.

Nada más entrar en la sala oscura, Fletcher comprobó que las filas de fumadores estaban vacías. Eso facilitaba las cosas. Se sentó en la última fila de la sección central, dejando tres asientos de distancia en horizontal entre él y Eddie McFarland.

A Fletcher le gustaban los trabajos rápidos. Entrar, y salir. Así matan los asesinos silenciosos. Pero aquello se le dilató más de media hora. Fletcher, buen conocedor de los usos de su época, sabía que las mujeres de su tiempo tenían costumbres muy fijas. Hoy en día, su asesinato no sería posible debido a los notables avances registrados en la cosmética femenina, porque tú lo vales, que han inventado maquillajes prácticamente eternos que aguantan horas y horas sin retoques. La señorita Flanagan, sin embargo, no tenía de eso. La mujer que en 1921 quería estar perfecta tenía que acudir de cuando en cuando al baño a tunearse. Aquella tarde, sin embargo, el maquillaje aguantó lo suyo, hasta que, finalmente, y tal y como Fletcher había esperado, ella se acercó a su novio y musitó.

-Be right back, sweetheart.

Así pues, «cariño» fue la última palabra que escuchó Charleston Eddie McFarland.

Nada más marcharse ella al baño, Honey Boy se movió sigilosamente de asiento, hasta situarse justo detrás del irlandés.

Morrie, el pobre diablo coñazo de Goodfellas, es asesinado por Tommy de Vito clavándole un punzón en la nuca desde el asiento de atrás de un coche. A Eddie McFarland no lo mató un punzón. Lo mató un cuchillo de carnicero, con una enorme hoja de 12 pulgadas, reafilado hasta que fuese capaz de cortar en dos un pelo en el aire. Fletcher, en menos de dos segundos, rodeó el pecho del irlandés con su brazo izquierdo y con el derecho le cortó la garganta, de parte a parte. Necesitaba cortar la yugular para matarlo rápidamente, y las cuerdas vocales para que no gritase. Ambas cosas las hizo en el mismo corte. Luego, como diría un taurino, se adornó. Le clavó en silencio el cuchillo en el pecho varias veces. Después, sacó de su bolsillo un pañuelo de mujer que traía, secó con él la sangre del cuchillo, y lo tiró a los pies de McFarland. Aquello era un truco para hacer creer a la policía que se había tratado de un asesinato pasional. Además de que las mujeres no suelen hacer esas cosas (por alguna razón que supongo explicarán mejor los sicólogos, en general las mujeres que matan rehúyen los lugares públicos para hacerlo), la policía no tardaría en darse cuenta que, siendo como era McFarland una bestia parda, si lo hubiese matado una mujer habría tenido que tener una fuerza descomunal para una fémina si quería inmovilizarlo con el brazo izquierdo.

Toda una espiral de violencia estaba en marcha.

martes, enero 11, 2011

Mano Negra, Mano Blanca (4)

Cualquier persona que es aficionada a ver las pelis en blanco y negro de mafiosos de toda la vida está acostumbrada a ver a los pistoleros de la mafia utilizar estuches de instrumentos musicales para guardar las armas. Hay un interesante parecido entre la metralleta corta y el violín que hace de la carcasa de éste un buen candidato para guardar allí un arma. La realidad, luego, va por otro lugar. El guardaespaldas más cercano a Ronald Reagan cuando fue objeto de un atentado sacó en cuestión de medio segundo un arma corta del portafolios que llevaba; desde que descubrí esto, siempre me pregunto si los tipos trajeados que parecen llevar papeles al lado de la gente importante son realmente eso. En todo caso, este detalle de guardar el arma en estuches de instrumentos musicales bien pudo nacer en el Staunch's Hall, el día que Wild Bill Lovett decidió devolverle golpe por golpe a Frankie Yale.

Los irlandeses, convocados por su líder, se reunieron el sábado, 21 de febrero de 1920, en el almacén de las Caledonia Shipping Lines, en el número 25 de Bridge Street, muy cerquita del puente de Brooklyn. El orden del día de la asamblea sólo tenía un punto: devolver el golpe. 25 miembros de la Mano Blanca estuvieron en aquella reunión.

Fue la reunión más maloliente que jamás celebró la Mafia. Un carguero de la compañía, el Miguel Sorcos, acababa de descargar en el muelle varias toneladas de fertilizante potásico procedente de Galverston, Texas. El lugar, por lo tanto, olía como el ojo del culo de Godzilla tras un banquete de fabada marina.

A Wild Bill Lovett le costó conseguir la atención de su audiencia, más preocupada en quejarse del olor apestoso del lugar; pero, cuando lo consiguió, dio el golpe de efecto que sabía que colocaría a sus compatriotas en el lugar sentimental en que él quería tenerlos: dio la palabra, y cedió la iniciativa,a Dicky Lonergan, el viudo de Sagaman's; el hombre que había perdido en la matanza a su novia, Mary Reilly.

Un accidente cuando tenía 12 años había provocado la mutilación de la pierna izquierda de Lonergan, sobre cual había pasado un camión de carga. Sin embargo, ser cojo y llevar pata de palo no le dolía a Lonergan ni la centésima parte que la muerte de Mary, y todos allí lo sabían. Por ello, fríamente, Lonergan había movido sus hilos y contactos para tener algo que llevarles a sus compañeros en la reunión, y lo había conseguido. En medio de aquel olor nauseabundo a fertilizante potásico, Lonergan informó a los asistentes de que sabía que los italianos iban a celebrar su matanza mediante un baile en el Staunch's Hall, en la avenida Surf.

Pegleg no sólo había conseguido la información. Había planeado la totalidad del golpe. Sería un baile con orquesta en directo, como todos en aquella época en la que aún no existía el emule. La orquesta normal de aquellos casos estaba formada por cuatro músicos. Lonergan y otros tres miembros de la Mano Blanca sustituirían a los miembros reales de la orquesta; en aquel tiempo era imposible que la orquesta contratada tuviese miembros negros, pues eran aún los tiempos en los que los negros tocaban para los negros, los blancos para los blancos; y cabe decir que los inmigrantes italianos de Nueva York eran especialmente renuentes a tener tratos con gente de color. Camuflados como músicos, podrían llevar sus armas en los estuches de los instrumentos. Nadie tendría la capacidad de reaccionar a tiempo cuando decidiesen disparar. Eddie Lynch, el que podríamos considerar como consejero-delegado de la unidad de prestamistas de la Mano Blanca, se encargaría de seguir a los músicos desde su salida hacia la sala (Lonergan se había preocupado de obtener la dirección) y de impedir que pudiesen llegar al Staunch's.

Sólo quedaba un último problema. Lonergan llevaba pata de palo. Era fácil reconocerle. Pero hasta para eso tenía respuesta el vengativo mafioso. Wild Bill, dijo, le iba a comprar una nueva pierna artificial, para que pudiese llevar zapatos. Y él pasaría los siguientes días ensayando para aprender a caminar con naturalidad.

Se sortearon los puestos para acompañar a Lonergan. Los agraciados fueron Irish Eyes Duggan, Danny Bean y Charleston Eddie McFarland.

En la tarde del sábado, 26 de febrero de 1920, Lonergan aún no se las había ingeniado para eliminar del todo su cojera. Pero era demasiado tarde. A las seis de la tarde, dos horas antes de la señalada para la acción, los cuatro hombres de la banda se encontraban en el garage de Baltic Street. Además, estaba el equipo de apoyo, formado por Joey Bean, Ernie Shea, Wally Walsh, Eddie Lynch y Jack «Squareface» Finnegan. Ernie «The Scarecrow» Monaghan era el conductor del equipo de apoyo los asesinos, y Petey Bean de los asesinos.

En el camino hacia Coney Island comenzó a nevar. Eso podría ser un problema, porque dificultaba la escapada. Pero nevaba poco, así pues no les pareció a los de la partida que la nieve fuese a cuajar o helarse a tiempo.

En el Staunch's Dance Hall, medio centenar de invitados se agolpaban en la puerta, cada uno con su invitación para la fiesta privada.

Wild Bill Lovett no dejó hilo sin puntada en aquella acción. Algunas horas antes, había enviado a Needles Ferry al O'Brien Saloon, taberna habitual de los irlandeses de Brooklyn como todo el mundo sabía (y los italianos también). Ferry se tomó alguna copa de más, comenzó a hablar con lengua presuntamente estropajosa de esto y de aquello, y acabó confesando, inadvertidamente, que la Mano Blanca tenía la intención de asaltar varios almacenes del puerto aquella noche. Consecuentemente, pasadas las siete de la tarde, cuando los micks llegaron al lugar de reunión de los italianos, Frankie Yale había enviado sus pistoleros de guardia bastante lejos de allí.

En realidad, en el Staunch's sólo había un guardia: Joe «Rackets» Capolla. Y ni siquiera estaba en la entrada cuando Petey Bean aparcó el Chevrolet negro cerca de la misma.

La Historia se escribe con pequeñas casualidades así. No sé qué comió Joe Capolla aquel mediodía de febrero de 1920, pronto hará 91 años. Pero lo que sí sé es que le sentó mal. Solo en la puerta de la sala de fiestas, el pobre Rackets sintió unas ganas inconmensurables de cagar. Trató de aguantar, pero se iba de bareta sin remisión. El baño de hombres no estaba ni a cinco metros de la entrada. Así que se metió allí sin decirle nada a nadie. Allí en el baño se encontraba un tal Antonio Sisciliato, él mismo encerrado en uno de los cubículos defecoides, que es el tipo que declaró a la policía que escuchó a Capolla entrar, meterse en otro cubículo, bajarse los pantalones e inmediatamente soltarlo todo, todo y todo.

El gesto de tener que irse a cagar selló el destino de Joe Capolla pero, probablemente, salvó la vida de muchos de sus compañeros. El italiano salió del baño justo en el momento en que Lonergan y sus tres compañeros entraban por la puerta.

Los irlandeses habían visto la entrada libre y entraban sin esperar a nadie. Cuando vieron al italiano, su actitud no fue precisamente la de unos músicos que llegan para hacer su trabajo. Conscientes de que les sería muy difícil mantener el cuento, abrieron sus estuches y sacaron las armas. Capolla les vio y, sin decir nada, se volvió hacia la puerta de dos hojas que daba acceso al salón, y gritó: «¡Cuidado!» En ese momento, la diarrea dejó de ser un problema para él. La diarrea, y todas las demás cosas de la vida.

Joe recibió una lluvia de balas que a punto estuvo de seccionarle el torso. Pero, estando como estaba a medio cruzar las puertas, se quedó medio pillado en ellas, de pie, sin caer, sangrando abundantemente, y ya muerto. Los irlandeses tardaron unos segundos en sacar aquel corpachón de enmedio. Segundos que los experimentados pistoleros de la Mano Negra que estaban en la sala aprovecharon para protegerse, parapetarse, y sacar sus armas.

Los irlandeses acabaron entrando. Anna Balestro, la hermana de Albert Balestro, de profesión funerario, recibió una bala mortal de necesidad en su sien izquierda. Giovanni Capone, otro profesional funerario que se empleaba a tiempo parcial de ladrón de almacenes, recibió tantas balas en la cara que nadie pudo explicarse cómo todavía oían su voz jurando contra los asaltantes. Un valioso soldado de la Mano Negra, Giuseppe «Momo» Municharo, recibió una bala en la barriga que también acabó con él.

Los irlandeses dispararon a placer durante aquellos tensos segundos. Sabían que los disparos de respuesta de los italianos no serían certeros, preocupados como estarían todos de no acabar cargándose a algún correligionario. El problema estaba al terminar y dar la vuelta. Ellos lo sabían. Como lo sabía Augie The Wop Pisano, que tenía los huevos pelados de participar en tiroteos y, a esas alturas, aún conservaba la cabeza fría.

Cuando los irlandeses dejaron de disparar y se dieron la orden de marcharse, Pisano se levantó, fríamente, tomó su 45, apuntó sin prisa... y le metió una bala en la nuca a Danny Bean, que lo dejó seco allí mismo. Lonergan, Eddie y Duggan corrieron al Chevrolet. Le gritaron a Petey que saliese cagando hostias. Pero Petey Bean no quería irse. Esperaba a su hermano. Hasta que se dio cuenta de lo que que había pasado, claro.



La matanza del Staunch's Hall no fue ni de lejos la de Sagaman's. Había tres muertos y nueve heridos, pero éstos no lo eran de consideración. Eso sí, Rackets Capolla, Anna Balestro, Giovanni Capone y Momo Municharo iban camino de la Morgue.

Aunque los registros no nos dicen nada de ello, es de suponer que Antonio Sisciliato todavía estaba en el trono, quieto como una estuatua, sin valor para salir.

Joe Rackets Capolla, un oscuro soldado de la Mafia italiana, salvó aquella tarde a muchos de sus compañeros. No pocos mafiólogos consideran que, de no haber sufrido aquella diarrea, y de no haber salido de evacuar justo en el momento en que salió, los muertos del Staunch's Hall habrían sido otros y, tal vez, el cariz de la guerra entre la Mano Negra y la Mano Blanca, también. El propio Frankie Yale podría haber muerto allí mismo.

Todos, o casi todos, los detalles de la Historia real de la Mafia, están de alguna manera utilizados en el cine sobre la materia. Para el siguiente capítulo de esta guerra, debéis recordar el asesinato de Morrie Kessler a manos de Tommy de Vito, por orden de Jimmy Conway, en Goodfellas.

Todo llegará.

jueves, enero 06, 2011

Mano Negra, Mano Blanca (3)

Como ya he recordado al hablar de Wild Bill Lovett, en 1920 se impuso en Estados Unidos la denominada Ley Seca. La prohibición del alcohol, lejos de lo que esperaban sus propulsores, no eliminó el consumo de este tipo de bebidas, sino que simplemente lo convirtió en clandestino y puso en manos del crimen la explotación de un negocio hasta entonces plenamente legal.

En Nueva York, el consumo clandestino de alcohol era tan común y masivo que pronto distribuidores como Frankie Yale tuvieron que buscar nuevos proveedores. El siciliano encontró en la denominada Purple Gang de Detroit a una excelente fuente de alcohol de calidad. La banda de Michigan, predominantemente judía como lo sería años después la famosísima Murder Inc. de Abe Reles y Lepke, había empezado a fabricar alcohol a gran escala, bajo la marca Old Granddad, que era incluso de mejor calidad que en la época en que estos productos eran legales.

La elevada calidad del producto contrastaba con el alcohol, digamos, amateur, que vendía la Mano Blanca. La consecuencia de la diferencia fue que un buen número de locales clandestinos en todo Brooklyn comenzaron a traicionar a los irlandeses y hacerse proveer por los italianos.

El jueves 18 de noviembre de 1920, por la noche, Wild Bill Lovett convocó un cónclave mafioso en el denominado Prospect Hall, en la 17. Convocó a Richard «Pegleg» Lonergan (el tercer asesino de Crazy Benny Puzzo), Danny y Petey Bean, Pug McCarthy (el asesino de Patrick Foley), Ash Can Smitty, Jack «Needles» Ferry, Charleston Eddie McFarland, Aaron Harms y Irish Eyes Duggan. En aquella reunión, el comité central de la Mano Blanca decidió comenzar una actividad que se haría muy común durante los años de la prohibición: el robo de mercancía de la competencia.

El alcohol llegado de Michigan era descargado en un garage propiedad de Frankie Yale situado en el cruce entre la cuarta avenida y la calle 2. Otro elemento que hacía fácil la operación era que los italianos habían instruido a los judíos para que nunca realizasen entrega alguna fuera de los cuarenta minutos que van desde las once y media de la noche y las doce y diez. Yale sabía que los policías de la zona terminaban turno a las doce, y a las once y media se iban de sus puestos camino de la comisaría, así pues contaba con ese espacio de tiempo como de menor vigilancia.

Al jueves siguiente de la reunión, es decir en pleno Thanksgiving Day, un sedán LaSalle abandonó el garage de Baltic Street. Dentro del coche iban Petey Bean, Charleston Eddie, Ash Can Smitty y Needles Ferry. Irish Eyes Duggan y Aaron Harms se encontraban en la West Street de Manhattan, contolando la llegada del camión.

Conviene tener en cuenta una cosa. En 1920 no existían aún ni el puente George Washington, ni el Túnel Lincoln, así como otras conexiones desde el Oeste. Casi la única manera de viajar para el camión, y desde luego la más eficiente, era tomar el ferry que conectaba Jersey City con Wall Street. Allí fue donde los irlandeses lo encontraron y lo siguieron hasta Brooklyn. La operación fue limpia y perfecta. Los irlandeses cayeron sobre los camioneros por sorpresa, los desajolaron del vehículo y, un minuto después de las doce, metían el camión dentro del garage de Baltic Street. Luego de vaciarlo, Needles y Ash Can lo abandonaron en una curva justo al lado del garage de Yale.

Aquel robo enseñó a Frankie Yale que tenía que jugar aún más fuerte.

El mafioso italiano se dio cuenta de que necesitaba un golpe aún más definitivo que todos los que había dado. La acción de los irlandeses venía a demostrar que ninguna de sus mercancías podía considerarse ya segura. Lo que había pasado podía volver a pasar muy fácilmente. Así las cosas, levantó el teléfono y llamó a un viejo amigo.

Alphonse Capone, el antiguo portero del Club Adonis, había prosperado mucho en Chicago. Se alegró de saber de su colega de juventud y le preguntó qué se le ofrecía. Yale fue directo al grano. Quería saber si Capone podría facilitarle dos ejecutores fríos y eficientes. Capone no se hizo de rogar. Sabía bien que si su colega le hacía esa petición, la situación con seguridad lo justificaba. Así pues, colocó en el tren de Nueva York a dos de sus mejores hombres, Albert Anselmi y John Scalise. Dos profesionales que nunca cobraban menos de 15.000 dólares por cabeza. Yale, por cierto, protestó por el precio, indicando que Sciacca y su compañero habían cobrado 5.000 dólares menos. Capone se limitó a argumentarle, fríamente, que el billete de tren desde Chicago salía más caro que desde Cleveland.

Pero Yale no protestó mucho. Necesitaba gente muy buena para lo que quería hacer. Había decidido que no golpearía contra uno de los miembros de la Mano Blanca, sino contra la organización en sí. Había decidido perpetrar la primera (ya que no fue la única en la Historia de la Mafia) matanza de San Valentín.

Los micks tenían previsto celebrar el 14 de febrero de 1921 en el Sagaman's Hall de Brooklyn. 36 miembros de la organización irlandesa, acompañados por sus mujeres o pericas, acudieron al baile. A las siete de la tarde de aquel 14 de febrero, Anselmi y Scalise se presentaron en el garage de Yale. Allí los recogió Frenchy Carlino, quien los llevó a la esquina entre las calles Schermerhorn y Smith.

Los dos asesinos se introdujeron subeptriciamente en la sala de baile, que era grande y ruidosa, por lo que no les fue difícil. Se situaron en una balconada que había sobre la pista de baile, donde accedieron a una vista general del público. Desde allí, los dos asesinos sacaron sus 45 y dispararon sobre la gente allí abajo sin preocuparse mucho de la precisión; se les había pedido una matanza indiscriminada, y eso hicieron.

Apenas un minuto después de que los asesinos a sueldo dejasen de disparar y saliesen disparados hacia el LaSalle donde les esperaba Carlino, el Kings County Hospital recibió una llamada del asistente al baile que conservó la cabeza más fría: Irish Eyes Duggan.

Los cuatro médicos que llegaron en las ambulancias encontraron tres personas ya muertas. Kevin «Smiley» Donovan tenía tres balas en el cuerpo, una de ellas, claramente mortal de necesidad, en la parte posterior de la cabeza. Jimmy «Two Dice» O'Toole estaba sentado de espaldas a la balconada desde donde dispararon Anselmi y Scalise, y había recibido una lluvia de balas en la cabeza que la había dejado medio destrozada. La tercera víctima era Mary Reilly, la novia de Pegleg Lonergan, a quien todos conocían como Stout-Hearted Mary por haber sacado adelante a siete hermanos después de que sus padres se ahogasen en 1916. Una bala había acertado a Mary en todo el corazón, lo había traspasado, había salido por su espalda y había terminado alojándose en el brazo de Fred McInerney, que estaba sentado junto a ella.

La muerte de Mary Reilly en el Sagaman's Hall explica que Pata de Palo Lonergan permaneciese en los siguientes años en primera línea de violencia contra la Mano Negra. Hasta el mismísimo final de la guerra.

Ash Can y Pug McCarthy salieron a toda leche en un coche camino del garage de Yale, esperando encontrarle allí. Pero el garage estaba cerrado. Los italianos estaban en el Adonis, celebrando una boda en la que no conocían a ninguno de los novios ni de sus parientes.

La matanza de San Valentín en Sagaman's Hall se saldó con doce heridos y tres muertos.

En una guerra, a la acción de uno se corresponde la acción de otro. Los irlandeses tenían que contestar. Y, cuando lo hicieron, inauguraron sin saberlo una de las imágenes míticas del cine sobre el crimen organizado. Pero eso lo contaremos el próximo día.

miércoles, enero 05, 2011

Humaredas (algunos datos)

Visto que el asunto del tabaco tiene sus bemolcillos, he pensado que a lo mejor sería útil daros algunos datos que por lo menos en mi conocimiento se pueden aportar de lo que se puede conseguir de las estadísticas a mano.
Concretamente, me he pasado un rato divertido currando con la Encuesta de Presupuestos Familiares. La EPF no habla de individuos, sino de hogares. Por lo tanto, no permite individualizar al fumador, sino al hogar donde se fuma o, más concretamente, donde se compran cigarrillos, puros o tabaco de pipa (mayormente cigarrillos, como podéis fácilmente sospechar). La clasificación COICOP a cuatro dígitos permite individualizar el gasto en cigarrillos, puros y otros tabacos (pipa, sobre todo); aunque este análisis, a mi modo de ver, no merece mucho la pena. Si os sirve de algo el dato, según mis datos en el 53% de los hogares españoles donde se fuma se compra sólo uno de estos tres tipos (casi siempre cigarrillos); en el 28% se compran dos tipos, y en el 19% restante se compran los tres.

Los hogares que gastan en tabaco dedican a dicha partida de gasto el 2,9% de su presupuesto total de consumo. Si colocamos todos los elementos de consumo a cuatro dígitos (nota importante: a este nivel de granularidad de los datos, la alimentación se despliega en todas sus moldalidades, arroz, pan, carne de vaca, carne de cerdo, bla; ésta es la razón de que la alimentación no sea el elemento principal de gasto) y los ordenamos de menor a mayor peso en el presupuesto familiar, encontramos que en los hogares que se fuma el tabaco es la quinta prioridad de gasto; es decir, tiene una importancia mucho mayor de lo que cabría sospechar de la mera compra cajetilla a cajetilla.

Pero hay un dato más que me parece interesante. El conjunto de los hogares de España (fumadores y no fumadores) gasta en bares y cafeterías el 4,6% de su presupuesto, y en comer y cenar en restaurantes el 2,6%. En los hogares que fuman, estos porcentajes son del 6,3% y 2,1%, respectivamente. Esto es: el nivel de «esfuerzo» en consumo en la barra del bar es significativamente superior en los hogares que fuman que en los que no fuman. Aquí podemos, tal vez, encontrar una clave de por qué la hostelería tiene tanto miedo a la ley antitabaco.

Para que nos hagamos a la idea: por cada euro que gasta un hogar fumador en comprar ropa de mujer, gasta 1,8 en tabaco. Por cada euro en ropa de hombre, 2,4 en tabaco. Por cada euro en telefonía móvil, 1,9 en tabaco. Por cada euro en pescado fresco, 3,2 en tabaco. Y así mucho.

¿Cómo se distribuyen los hogares que compran tabaco por Comunidades Autónomas? Gráfico que te crió:





Como no podía ser de otra manera, el peso de los hogares que compran tabaco no es el mismo según los territorios. La mayor parte de las autonomías tienen una participación dentro de los hogares donde se fuma que es muy similar a su participación en los hogares totales. Sin embargo, destaca especialmente la Comunidad de Madrid como territorio que aporta muchos más hogares al colectivo de hogares fumadores que hogares totales, lo que apunta a una importante prevalencia de este tipo de consumo en la región.

Obviamente, este gráfico lleva a la elaboración de otro más claro, que consiste en calcular el porcentaje sobre el total de hogares que suponen los hogares que compran tabaco.



Tal y como cabía sospechar, la Comunidad de Madrid es la región que está llamada a vivir un más intenso debate en torno a la ley antitabaco. Si mis cálculos son correctos, en el 75,2% de los hogares madrileños alguien o alguienes compra(n) tabaco, tasa que se aparta muy considerablemente de la tónica del conjunto del país (53,2%). Murcia, Extremadura y Andalucía se destacan también por sus tasas, y Aragón y Canarias están también, todavía por encima de la tasa del conjunto de España. Por contra, Navarra, Galicia, La Rioja, Cantabria y Asturias tienen las tasas de hogares fumadores más bajas de España. Es curioso, por lo tanto, que cuando hablamos de elevada extensión del consumo de tabaco en los hogares no encontramos, o yo por lo menos lo encuentro sólo muy pálidamente, un patrón geográfico; patrón que, sin embargo, está bastante más claro cuando se habla de los hogares con baja tasa de consumo de tabaco.

Dado que la EPF clasifica la tipología de los hogares encuestados, es posible estudiar la presencia de la compra de tabaco según dichas tipologías. En la Encuesta hay como diez, pero a mí me gusta utilizar la séptima, que es la que he utilizado en este gráfico:


Contra lo que yo pensaba, la presencia de consumo de tabaco es extraordinariamente baja en el caso de hogares con personas mayores que viven solas. Digo contra lo que yo pensaba porque al menos yo tengo en la cabeza la imagen del hombre mayor fumando en el parque (bueno, a partir de ahora tendrá que fumar en las escalinatas de la Bolsa de Madrid, o similar). Luego he pensado que, probablemente, una parte importante del colectivo de hogares donde vive una persona mayor sola está formado por mujeres de avanzada edad, todas ellas de una generación de españoles en la cual las mujeres no solían fumar.

Lo más preocupante desde el punto de vista de salud pública es que se aprecia una correlación bastante estrecha entre el hecho de que en la casa haya hijos. Los hogares en los que viven personas por debajo de la tercera edad solas tienen una tasa de compra de tabaco relativamente baja (30%), que aumenta 10 puntos en el caso de que los que vivan en la queli sean pareja sin crianzas, y ya se dispara claramente cuando aparece el offspring. Queda, pues, confirmado que los niños ponen de los nervios.

Por último, y según la estadística de defunciones por causa de muerte del INE (2008), en España murieron en dicho año 386.324 personas, dentro de las cuales:

* 1.548 murieron de cáncer de laringe.

* 20.213 murieron de cáncer de tráquea o, más habitual, pulmón.

* 535 murieron de otros tumores respiratorios.

* 14.086 murieron de enfermedades crónicas de las vías respiratorias.

* 3.476 murieron de insuficiencia respiratoria.

No tengo nivel para discutir si todas estas muertes se pueden adjudicar al tabaquismo, que si hay otras dolencias que habría que añadir. En todo caso, todas estas personas suman 39.858 muertes, el 10,3% de las totales.

Pero, como decía ayer en un comentario, si se adopta un punto de vista de coste (hay que luchar contra el tabaco porque el tabaco provoca costes sanitarios) y se toman las muertes como un proxy de dicho coste, también hay que tener en cuenta los ingresos. Según la Memoria Estatal de la Administración Tributaria (cuadro de la página 617; accesible en la página del Ministerio de Economía y Hacienda), en el año 2008 la recaudación por los impuestos especiales del tabaco fue de 7.024 millones de euros. Por su parte, el MTIN, en su anuario estadístico (también accesible en su página de internet), nos dice que el gasto público en atención sanitaria, calculado según el estándar europeo EESPROS, fue en dicho año de 74.445 millones de euros. Consecuentemente, del consumo de tabaco se ingresó directamente el equivalente al 9,4% del gasto en sanidad, porcentaje que está bastante cerca de la participación del tabaquismo en la cifra de muertos.

Otra forma que se me ha ocurrido de aproximarme al impacto del tabaquismo sobre la actividad de los servicios de salud es utilizar las estadísticas que ofrece el Ministerio de Sanidad, basadas en el estándar CMBD. He visto el total de estancias provocadas por grupos de dolencias y he hallado el porcentaje que dichas estancias suponen sobre el total.

Como se pude ver (si es que se amplía, claro; que a veces sí y a veces no, así de impredecible es Mr. Blogger), las enfermedades del aparato respiratorio son, desde luego, el grupo de enfermedades que más estancias provocan. Esto es así porque aunque el número de altas provocadas por dichas enfermedades no es la más alta, la estancia media sí tiende a ser bastante elevada. Como ejemplo, las 432.000 altas por enfermedades respiratorias son bastantes menos que las casi 505.000 por embarazo y parto; pero mientras las primeras tienen una estancia media de 8,7 días, en las segundas es de 3,3 días.



En todo caso, esto hay que tomarlo con mucho cuidado, porque enfermedades de las vías respiratorias hay muchas. La gripe, sin ir más lejos. O la neumonía, que no es algo que sólo pillen los fumadores. O el asma. Ese 13% no puede ser, a mi modo de ver, un indicativo del peso del tabaquismo en el esfuerzo de la asistencia sanitaria, sino todo lo más un umbral máximo.

Ya puestos a provocar, el ingreso por el impuesto especial sobre el alcohol fue de 903 millones de euros, esto es el 1,2% de los gastos en salud. ¿Acaso el alcohol no provoca más, bastante más, que el 1,2% del gasto en salud?

A mi modo de ver, el argumento, pues, ha de ser moral, cívico o de otro tipo. Pero no económico. Los fumadores, evidentemente, generan gasto; pero también se lo pagan.