domingo, enero 23, 2011

Mano negra, Mano Blanca (el otro 6, o sea 7)

Yale invitó al propio Masseria a la reunión de marzo del 22. El capo de la mafia de Manhattan, sin embargo, prefirió no ir (no le gustaba salir de su feudo), aunque envió a su lugarteniente Vittorio «The Proffesor» Pascale. Quien sí asistió fue Balsamo, acompañado por sus inevitables Mangano y Guistra; Two Knife Altierri, Augie de Wop, Tony Yale, Fury Argolia, Chootch Gianfredo y Glass Eye Pelicano. En realidad, Yale había convocado aquella reunión para responder al golpe con golpe, así pues quería hablar del asesinato de Joey Bean. Sin embargo, allí estaba Pascale, uno de esos personajes de la mafia dotados de mayor cultura y una mentalidad más estratégica. El profesor, entre frases alambicadas que algunos de sus oyentes tenían dificultades para comprender, propuso otra derivada distinta, derivada que inmortaliza el guión de la tercera parte de The Godfather cuando hace decir a Michael Corleone: «cuando vienen, vienen a por lo que más quieres».

Frío, calculador, se diría que divertido, Pascale propuso el asesinato de Petey, el hermano de Joey Bean.

El 8 de agosto de 1922, domingo, en efecto, Petey Bean murió, aunque lo hizo en unas circunstancias bastante extrañas que, a mi modo de ver, no permiten asegurar que fuera la mafia quien lo mató. Todo ocurrió, como digo, de una forma muy extraña. A las tres de la tarde, las nubes habían comenzado a descargar una potente tormenta sobre Nueva York. Una hora y media después de la tormenta, Kathy Culkin, la hermosa mujer de un policía, le esperaba en Coney Island para irse juntos a casa después de que él volviese del trabajo. Quien llegó, sin embargo, no fue el marido, sino Petey Bean, que había recibido mientras bebía en McGuire's una nota en la que, supuestamente, Kathy le decía que le gustaba mucho y que quería que se viesen.

Petey se acercó a la chica con grandes confianzas, pero fue inmediatamente rechazado por ella, que, claramente, no había escrito nota alguna. Eso hizo que el irlandés se pusiera un tanto violento con la chica pero, finalmente, se retirase ante la reacción de las personas del entorno. Comenzó a llover de nuevo y Petey se refugió en algún lugar cercano. Durante ese tiempo, Dan Culkin, el marido, llegó para encontrarse con su mujer, la cual, entre lágrimas, le refirió la historia del acoso de que había sido objeto por un extraño irlandés. Culkin salió a buscarlo, y lo encontró. Declararía que ambos pelearon y que Bean resbaló, se cayó y se mató. Los forenses, sin embargo, dictaminaron que la grave fractura que presentaba el hueso frontal del irlandés no se la pudo causar cayéndose al suelo, sino por el impacto de algún objeto contundente. El Gran Jurado, sin embargo, dictaminó lo que el lenguaje procesal estadounidense denomina una «no-true bill», que es algo así como el dictamen de que el acusado no ha cometido un crimen. Esto fue así porque un médico asistente, el doctor M.E. Martin, declaró que había establecido que la causa de la muerte de Bean no había sido el golpe en la cabeza, sino un ictus cerebral que atribuyó a su alcoholismo.

¿Pudo la mafia organizar aquellos hechos? Posible, es. Por mucho que se dictaminase la muerte de Bean por causas naturales, nunca se consiguió dar una explicación plausible a la fractura de su hueso frontal. Y los italianos tenían contactos sobrados en la policía y entre los forenses como para haber arreglado un par de cosas.

Para colmo, más o menos en aquella época, un miembro de la Mano Blanca llamado Wally «The Squint» Walsh, consiguió algún que otro testimonio en la calle que le permitió situar a Willie Altierri en la escena del crimen de Charleston Eddie McFarland (sobre todo, logró averiguar, sin sombra de duda, la relación del italiano con la taquillera). Wild Bill Lovett no se lo pensó dos veces. A causa de las sospechas que tenía de que Bean había sido asesinado por la Mano Negra, y de las nuevas que le llegaron sobre el asunto del cine y el cuchillo, decretó la condena a muerte de Altierri, desencadenando una acción que tendría unas consecuencias inimaginables para el mundo del crimen organizado.

Estamos en el 28 de octubre de 1922. Dos y media de la tarde. Un Lincoln negro de 1921 dobla una esquina e ingresa en la Court Street, circulando despacio hasta pararse en la entrada del Veronica's Fruit & Vegetable Market. El coche va conducido por Eddie Lynch, que coloca el vehículo en punto muerto. En los asientos de atrás viajan Joey Bean y Joey «The Bug» Callaghan.

Los viajeros del coche discuten brevemente. Callaghan y Lynch creen que su objetivo aún no ha llegado. Pero Bean dice que no es verdad; que le ha visto ya sentado en el sitio donde se supone que lo van a encontrar. Recordemos, en este punto, que la acción contra Willie Altierri era una venganza por la muerte del hermano de Bean. Es posible que el irlandés estuviese impaciente por tomarse la justicia por su mano y que, por lo tanto, más que ver, quisiera ver.

Lynch, con un suspiro, metió la primera. Ésta era siempre la señal para los asesinos de abandonar el coche.

Junto a la puerta del mercado se encontraba el objetivo de la Mano Blanca aquella tarde: el Carmine's Bootblack, regentado por Carmine Balsamo, sobrino de Don Guiseppe. Ser hijo de la hermana de la madre del capo mafioso era su única relación con la Mano Negra. Carmine no realizaba labores de vigilancia para la Mafia, ni era corredor de apuestas, ni cobrador de préstamos, ni participaba en el tráfico de alcohol ilegal o en la prostitución. Carmine Balsamo era un ciudadano honrado que se ganaba la vida honradamente limpiando zapatos. Su tienda, en lugar de escaparate, tenía tres enormes sillones a media altura, donde sus clientes se sentaban, periódico en mano, mientras él les dejaba los zapatos como espejos. Los hombres de la Mano Negra solían frecuentar su local y le tenían gran cariño. De hecho, Gina Balsamo, hija de Carmine, era ahijada del mismísimo Frankie Yale. Esas amistades habían hecho que Carmine's fuese, de hecho, un monopolio. Todos los limpiabotas que habían intentado establecerse en Brooklyn habían sido «convencidos por las circunstancias» de cerrar sus negocios.

Los dos irlandeses se quedaron de pie frente a un cliente que estaba sentado mientras Carmine le limpiaba los zapatos. El dueño de la tienda se volvió y, nada más verlos, entendió. Gritó algo, se levantó y saltó hacia el interior de la tienda. El cliente no tuvo tiempo para eso. Sólo pudo mirar a los extraños y negar con la cabeza, antes de recibir una lluvia de balas en el pecho.

Bean y Callaghan huyeron del lugar con rapidez, convencidos de dejar atrás lo que dejaron: un cadáver. En el coche, iban exultantes y seguían estándolo en el garage de Baltic Street, donde contagiaron su alegría a Wild Bill Lovett. Habían matado a Willie Altierri. Dos Cuchillos había pagado por lo de McFarland, y quién sabe por cuántas cosas más. En muy poco tiempo, habían herido gravemente al propio Yale y se habían cargado a una de sus manos derechas.

La euforia les duró hasta los periódicos de la tarde.

El muerto no era Willie Altierri. Bean se había equivocado. La persona que estaba limpiándose los zapatos no era Dos Cuchillos, aunque la verdad es que se le parecía. Pero, como digo, no era él. Era un mafioso a tiempo parcial, mayormente un ciudadano de todo respeto, padre de seis hijos, llamado Antonio Gibaldi.

Antonio Gibaldi no estaba llamado a hacer carrera en la mafia. Estaba llamado a ser un italiano más de Brooklyn, dedicado a labores honradas, con conocimientos, sí, entre los soldados de la Mano Negra; pero quién, en aquellos barrios, en aquellos tiempos, no los tenía. Su pecado fue ir a limpiarse los zapatos al mismo sitio que lo hacían los mafiosos (lo cual tiene su lógica, porque era el único sitio disponible en la zona). Hasta aquel día de octubre de 1922, el destino decía que Gibaldi sería un típico pequeñoburgués de principios de siglo, y sus hijos los típicos burgueses italoamericanos que algún día tendrían hijos y nietos que podrían ser incluso alcaldes de Nueva York. Todo eso, sin embargo, se fue a la mierda.

En Carmine's se presentó un joven de 18 años, espigado y contrito. La policía, a indicación del propio Carmine Balsamo, lo dejó pasar. Era Vincenzo Gibaldi,el hijo mayor de Antonio. En aquel momento, es muy probable que Gibaldi hijo jamás hubiese tocado un arma. Pero la visión de su padre descerrajado contra el sillón del limpiabotas lo cambio todo. Algo nació en él. Algo que cambiaría su vida toda.



La vida de Vincenzo Gibaldi, desde el momento en que vio el cadáver de su padre envuelto en sangre en plena calle y el día en que, siendo ya uno de los principales pistoleros de Al Capone, hiciese para él trabajos muy especiales, daría, ella sola, para una película.