miércoles, marzo 17, 2010

Companys (1)

En el momento en que seas este post, es posible que su equipo de redacción se haya marchado ya a Lugo de caldón; que es como el botellón, pero con caldo gallego.

Si quieres hacer comentarios, por lo tanto, no te extrañes de no leerlos. El chiringuito está cerrado hasta el lunes.

Feliz puente

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Lluis Companys es una de esas figuras históricas cuyo juicio es casi imposible. Al igual que otras personas, y ahora mismo me acuerdo del chileno Salvador Allende, su final, fusilado con los pies descalzos en los fosos de Montjuich, condiciona cualquier valoración. Companys es un mártir de la Historia, y eso tiene sus consecuencias.

Otro hecho importante es que la historiografía obviamente más interesada en la figura de Companys, la catalana, es paradójicamente la peor dotada para juzgarlo equilibradamente. Para muchos catalanes, detectar y reconocer errores en Companys equivale a pedirle a la grada culé que admita que Puyol cometió penalty claro sobre Cristiano Ronaldo y que, cinco minutos después, Messi marcó con la mano.

El tercer elemento es el trauma del franquismo, es decir, esa pavloviana reacción del español medio, tendente a rechazar todo lo que Franco apoyó y aceptar acríticamente todo lo que negó. Puesto que Companys fue fusilado por Franco y lo que simbolizaba, es decir la autonomía de Cataluña, fue sumido en una larga noche de piedra, en estos tiempos memoriohistóricos de guerracivilismo retórico (afortunadamente, sólo retórico), Companys se convierte en una de esas figuras cuyo público se divide netamente en: absolutamente partidarios, absolutamente no partidarios, y mediopensionistas ajenos al problema.

En estas notas te contaré lo que sé de la vida y de la muerte de este hombre, del que en lo político tengo una opinión bastante pobre, casi tan pobre como rica es mi opinión sobre él como persona. Porque no hay que olvidar que fue un amor, el amor a su hijo, el que puso a Companys frente al pelotón de fusilamiento. Y eso, a mi modo de ver, multiplica su dimensión humana.




El 16 de julio de 1936, muy poco tiempo después del asesinato de José Calvo Sotelo, todo el mundo en España, y en Cataluña, esperaba un golpe de Estado militar de corte derechista. Aunque con posterioridad intentó negarlo, ese día Lluis Companys, presidente de la Generalitat, sucesor del líder carismático de la Esquerra Françesc Maciá, celebra una reunión con Buenaventura Durruti, Francisco Ascaso, Juan García Oliver y Diego Abad de Santillán; el gotha anarquista, pues. Dos años antes, Companys ha creído en la posibilidad de una rebelión por estrictos motivos nacionalistas; rebelión en la que llegó a proclamar la República catalana. Pero en octubre de 1934, las escasas fuerzas militares puestas en juego por el general Batet bastaron para dispersar a los escamots del Estat Catalá y los pocos ciutadans que se animaron a luchar por la independencia de facto de su nación. De ese fracaso, que supuso la suspensión de la autonomía de Cataluña y la cárcel para el propio Companys, éste aprendió que en la Cataluña que le tocó vivir no se podía hacer nada en modo revolucionario sin el concurso de la CNT y la FAI. Consecuentemente, se acercó a los anarquistas. Y los anarquistas se lo comieron por las patas.

Éste es, a mi modo de ver, el principal defecto de Lluis Companys, que siempre operó como obstáculo insalvable para que él pudiese ser un líder político de valía histórica. Companys era un pusilánime, un componedor, probablemente como consecuencia de su hombría de bien. Lo que le pasaba era que no era un hijoputa. Fuera como fuere, el 16 de julio de 1936, mientras la destrucción y la muerte llamaban a las puertas de la Historia de Cataluña, hubiera hecho falta que al frente de esa colectividad se encontrase un hombre con más decisión, más criterio, y pulso más firme, que Lluis Companys.

Los anarquistas pidieron armas. Companys se las negó. Pero les aseguró que, pasara lo que pasara, irían juntos. El propio Abad de Santillán dejó escrito que, aquel día, el president de la Generalitat se puso en manos de la FAI.

Que Companys no es sus socios de la CNT-FAI es evidente. Lluis Companys i Jover, barón de Jover dimisionario (renunció a la calidad noble por considerarla incompatible con sus ideas), apodado «El Pajarito» por su angulosa cara de gorrión a punto de contar un chiste, gustaba de llevar traje cruzado, corbata y pañuelo a juego asomando del bolsillo. Así se presentaba en todo acto político y así se presentó en los fosos de Montjuïch, a su encuentro con la muerte. Era un hombre, además, equilibrado y probablemente enemigo de la violencia en lo personal. A decir de algunos testigos de la época, por ejemplo, tras el fracaso definitivo del golpe de Estado en Barcelona, hizo todo lo posible por salvar al general Goded, cabecilla de la rebelión en Barcelona; le estaba hondamente agradecido por su gesto de haber hablado por la radio conminando a los militares a rendirse, una vez que lo supo todo perdido.

El jefe del alzamiento en Barcelona no fue el único que probablemente se salvó gracias a la actuación o la anuencia de Companys. Según Ángel Ossorio (aunque hay que entender que eran muy amigos, así pues es una fuente muy partidaria), políticos catalanes de derechas como Abadal, Ventosa i Calvell, Puig i Cadafalch, amén de «muchos industriales, los altos dignatarios del clero e innumerables curas» salvaron la vida gracias a la intervención directa de los consellers Gassol y España, bajo la inspiración de su presidente. Un hecho bastante claro es que Companys siempre facilitó los intercambios de presos.

Goded, sin embargo, no se salvó. En Cataluña, una vez que terminó el golpe, y tras el episodio nunca suficientemente aclarado de los 30.000 fusiles que había en el cuartel de Sant Andreu y que se apropiaron los anarquistas (fusiles que, según los comunistas, jamás aparecieron por el frente), en Cataluña, digo, y en Barcelona en particular, mandaban los del pañuelo rojinegro. Con ellos se reunió Companys el 20 de julio. En esta reunión, pronuncia un discurso cuando menos formalmente intolerable en un president de la Generalitat, que lo es por los votos de los catalanes: «Habéis vencido y todo está en vuestro poder; si no me necesitáis o no que queréis como presidente de Cataluña, decídmelo ahora, que yo pasaré a ser un soldado más en la lucha contra el fascismo». Estas líneas, aún declamadas bajo el ardor revolucionario del momento, son la mejor expresión de dos hechos palmarios: el primero, que la Cataluña posgolpe de Estado era una región ocupada por los anarquistas, los cuales ejercían de una forma más o menos taimada el poder total; y dos, que Lluis Companys les sirvió de fachada para que cuando menos en apariencia esto no pareciese ser así.

El mismo día 20 de julio en que pronuncia las palabras escritas antes, Companys le niega a su propio gobierno autorización para reforzar la vigilancia del cuartel de Sant Andreu, donde todavía siguen los 30.000 fusiles, con el resultado de que sea asaltado por los anarquistas.

Hay que reconocer, en todo caso, que no pocos de los actos de Companys, que vistos hoy en día parecen tan absurdos, tienen su razón de ser para un nacionalista catalán. La mejor expresión de lo que significa ser catalán y nacionalista la realizó el inventor de la cosa, Françesc Cambó, con una frase que se hizo famosa: «¿Monarquía? ¿República? ¡Cataluña!». Como le ocurre casi siempre a todo nacionalista, todo queda supeditado al gran objetivo nacional. Companys pudo, efectivamente, retirarse, como de alguna manera he insinuado en los párrafos anteriores. Pero no es que no lo hiciese por miedo a los anarquistas. No lo hizo, más que probablemente, por miedo a Madrid.

La historia de Madrid y Barcelona durante la guerra civil es la historia de un gran desencuentro. Madrid y Barcelona, ambos interesados en luchar contra Franco, aparecen como un matrimonio mal avenido. Tan mal avenido que, al final de la guerra, cuando el presidente de Cataluña y el de España se encuentren apenas a unos centenares de metros de distancia, en la frontera con Francia, Manuel Azaña todavía se negará a pasar a Francia en compañía de Companys, por entender que con ese gesto el catalán podría estar pretendiendo dar la imagen de que ambos son estadistas del mismo nivel.

Casi todo entre el gobierno de la nación y el gobierno de Cataluña son recelos y desconfianzas. Cataluña recela de la voluntad de Madrid de dotar adecuadamente al ejército catalán. Madrid recela de que Cataluña acepte el principio de que todo lo que haga debe hacerlo en estricta dependencia del gobierno nacional, y no poco menos que como Estado independiente. Estos desencuentros cristalizan en hechos tan vergonzosos como el robo por la Generalitat, puro y duro, de los fondos obrantes en la delegación de Hacienda de Barcelona.

Companys no dimitirá nunca por miedo a Madrid. El momento en el que es posible que lo pensara con más claridad es mayo de 1937. Un gran amigo de Companys, Ossorio y Gallardo, pasa por Barcelona, le visita y le intima para que dimita. Companys, de hecho, se lo promete, e incluso le insinúa el nombre de Lluis Nicolau D'Olwer como su sucesor. Pero, tal y como le dirá Azaña al propio Ossorio algunos días más tarde, Companys amaga, pero no da. Las gentes de su círculo estiman que no lo hace porque tiene miedo de que la respuesta del primer ministro Negrín sea nombrar un gobernador y mandar la autonomía a freír espárragos. Y eso es algo que un nacionalista catalán no puede permitir. Y es algo, además, que nos ha de servir para entender la muy especial, pastueña, relación de Companys con los anarquistas. El peligro de fagocitación de Cataluña sólo existió desde mayo del 37, es decir desde que el poder anarquista en Cataluña fue descabalgado. Companys respetaba a los anarquistas porque estos, paradójicamente, a pesar de no creer en el soberanismo catalán, que decían cosa de burgueses, eran quienes garantizaban su vigencia.

El conmilitón de Esquerra Jaume Miravitlles ha retratado la Cataluña de los inicios de la guerra civil con estas palabras: «A las cuarenta y ocho horas del estallido, ya no regía el gobierno de Cataluña. Patrullas armadas anarquistas y socialistas capturan los cuarteles y la Maestranza. La ciudad era suya. Una auténtica fuerza revolucionaria, apoyada por la escoria de la sociedad, que infesta todo gran puerto, dictaba las leyes». El 23 de julio, en un intento por controlar la cosa, la Generalitat crea las milicias ciudadanas; cuerpo que, sin embargo, está gobernado por un Comité de Enlace y Dirección que, según reza el artículo cuarto del decreto de creación, contará con la presencia de «los representantes de las fuerzas obreras y organizaciones políticas coincidentes en la lucha contra el fascismo». Así pues, Companys coloca a la zorra para que se vigile a sí misma.

Hasta el 27 de septiembre, y aún existiendo formalmente el gobierno de la Generalitat, quien manda en Cataluña es el Comité de Milicias Antifascistas, dominado por los anarquistas. En dicho día, el Comité se disuelve, pero casi el mismo tiempo tres cenetistas, Juan P. Fábregas, Juan J. Domenech y Antonio García Birlán, entran en el gobierno catalán.

Existe la tentación de contar la Historia de Cataluña en la guerra civil como una sucesión de agresiones más o menos taimadas por parte del gobierno de la nación hacia el gobierno catalán. Es tesis muy repetida, por ejemplo, en los libros de recuerdos de las gentes de Barcelona. Y no les falta razón. Madrid, que nadaba en oro, estuvo con Cataluña cicatera y desconfiada, por ejemplo a la hora de mandarles aviones, que el frente catalán necesitaba como el comer butifarra blanca. Pero también debe tenerse en cuenta que Companys no hizo nada por rebajar esa tensión. A pesar de ser tan equilibrado en lo personal, su radicalismo político le llevó a aprovechar cada centímetro para mejorar la autonomía catalana en un momento en el que coordinación era lo que hacía falta (sin mencionar que tampoco hizo nada serio por acabar con el impresentable caos ácrata). Sólo así se entiende que en el gobierno catalán de 1 de agosto (en el que Companys cede el puesto de máximo responsable a Joan Casanovas; aunque éste, clarividente, le dirá: «No me das nada, porque nada hay») se nombre nada menos que un conseller de Defensa, en la persona de Díaz Sandino. Las comunidades autónomas no tienen ministros de defensa porque la defensa, hoy como en la Constitución del 31, está reservada al Estado español soberano. Con ese nombramiento, la Generalitat está sustantivando su voluntad, ya expresada en el 34, de ser una república libre federada a la república española.

Companys juega en los sucesivos gobiernos catalanes como un tahúr con media baraja, es decir combinándola según la circunstancia del momento. En el gobierno de agosto dará entrada al PSUC (Partit Socialista Unificat de Catalunya; en Cataluña, socialistas y comunistas soviéticos se habían fusionado). Cuando la CNT proteste, el 5 de agosto habrá nuevo gobierno del que dimitirán los tres pesuqueros Ruiz Ponseti, Vidiella y Comorera. El 26 de septiembre Casanovas, que está hasta los pelos de los anarquistas, dimite y le sustituye Tarradellas. En este nuevo gobierno entran de nuevo dos ministros del PSUC, pero se compensa dando entrada al poumista Andreu Nin en Justicia. Que durará apenas dos meses, puesto que el 14 de diciembre es cesado y sustituido por Vidiella, del PSUC.

En todos estos movimientos adivinamos la yenka de Companys: izquierda, izquierda, derecha, derecha, adelante, detrás, ¡un, dos tres! El lampedusiano Companys lo mueve todo para que nada cambie, porque necesita de todos: de la CNT, que tiene el poder en las calles, en los pueblos, en Aragón, donde está imponiendo la colectivización a cristazos; y del PSUC, porque el PSUC, cada vez más, es la correa de transmisión con el gobierno de Madrid, poderoso y más capaz, porque tiene el oro. Un historiador tan poco sospechoso de catalanista o progresista como Ricardo de la Cierva ha dicho de Companys que era un hombre-puente. En mi opinión, lo que era más era uno de esos hombres que, según reza el saber popular, cree que podrá engañar a todo el mundo todo el tiempo.

Companys creía que Madrid le había dado a Cataluña independencia absoluta a causa de la guerra. Así lo dijo en alguna entrevista periodística que se le hizo en el 36. Y es difícil de saber si esta apreciación por su parte es un fallo de cálculo, simple estupidez o un discurso que él sabía hueco, porque lo cierto es que ni Largo Caballero ni Negrín, uno por marxista de libro y el otro porque eran los marxistas de libro (comunistas) su principal apoyo, jamás creyeron en la necesidad de otorgar autonomía a Cataluña o a Euskadi en tiempos de guerra; y por lo que se refiere a Azaña, son tantos los puntos de sus diarios en los que derrama una absoluta displicencia hacia las pretensiones catalanistas que bien se podría hablar de tsunami retórico antinacionalista.

En una de esas entrevistas periodísticas, apenas un mes después de comenzada la guerra, Companys dijo: «[los catalanes] cuando todo haya terminado, esperamos retener la mayor libertad que el momento ha puesto en nuestras manos». Esta frase nos dice algo sobre la lectura estratégica de Companys. Pensaba en la guerra, pero también pensaba en otra cosa. Parafraseando a Cambó, quizá pensaba: «¿Victoria? ¿Derrota? ¡Cataluña!» Para el catalanismo soberanista de la Esquerra, la guerra era triste y jodida; pero no por eso dejaba de ser una oportunidad para afianzar el autogobierno.

Conforme avanza el verano del 36, las deudas implícitas en el matrimonio del catalanismo con el anarquismo van aflorando. La CNT y la FAI son malos compañeros de viaje para cualquiera que quiera algunas dosis de orden, porque los anarquistas quieren hacer la revolución; al contrario que los comunistas, que prefieren ganar la guerra primero, para los anarquistas revolución y guerra con procesos paralelos, tal vez incluso el mismo proceso. Esto mina, rápidamente, el crédito de la República en general, y el de Cataluña muy en particular porque en aquel entonces Barcelona ya era parada y fonda de la mayoría de los foráneos que recalaban en España. Por eso Companys, en declaraciones a la prensa, llama inútilmente a la sujección de toda medida de fuerza a las decisiones del Tribunal Popular, y amaga con dimitir. Pocos días después, el 17 de septiembre, hace unas declaraciones a un periódico canadiense que son una defensa cerrada de los anarquistas, a los que alaba por haber abierto 102 escuelas en los dos meses de guerra. Ése es Companys: el lunes eres un cabrón, el martes tú protestas, y el miércoles va y dice que eres un santo. La yenka.

En esos tiempos, mediados de septiembre, Pasionaria pasa por Barcelona y Companys, que la recibe, le dice que está rodeado de cobardes, protesta contra la FAI y amenaza con dimitir. Pero, una vez más, está haciendo lo que el famoso disco de los Kinks: give the people what they want. Le está diciendo a la sanguínea líder comunista lo que ésta quiere oír. Ni dos meses después, en un acto económico, pronunciará estas palabras, bien diferentes: «Yo, Lluis Companys, Presidente de la Generalitat de Cataluña, estoy aquí no por ser quien era sino porque lo han querido las organizaciones proletarias. Cuento por tanto con el apoyo de los trabajadores de Catalunya. Si no lo tuviera, me marcharía (...) Utilizadme, si yo, demócrata y republicano, puedo aportar un sentido de responsabilidad a la obra de advenimiento de la clase trabajadora, por el clima social que represento. Utilizadme. Cuando ya no me necesitéis, exprimido como un limón, arrojadme al arroyo y proseguid vuestro camino».

Acojonante. Un presidente, que lo es por los votos de los catalanes, de todos los catalanes, ya sólo se considera tal por el apoyo de las organizaciones proletarias. Y lo acepta. Y no sólo lo acepta, sino que asume que está siendo utilizado por éstas hasta que no les sea útil.

Con la llegada del otoño del 36, sin embargo, a Companys le llegará un balón de oxígeno. El mismo balón de oxígeno que alimenta a todo nacionalista periférico: Madrid.