martes, octubre 26, 2010

Ficcionar la Historia

Leo en Meneame algunos comentarios relativos al estreno, en la noche de ayer, de la serie Hispania (que no vi; estuve pegando tiros en el mercado de Kandahar, por cortesía de Medal of Honor). Alguno de esos comentarios me lleva al blog de su coordinador de guiones, en el que su autor se felicita de que nazcan este tipo de propuestas y, lo que es más importante, lista al principio de tu texto una serie de preguntas, cuestiones y retos a los que se enfrentan, dice, los guionistas de la reciente serie de Antena 3.

Estas dos fuentes que cito hablan de cosas que, de una forma u otra, orbitan alrededor de la siguiente cuestión primigenia: ¿tiene sentido hacer espectáculo de la Historia, y con qué reglas de precisión?

Yo tengo algunas ideas bastante claras al respecto, y es por ello que me he decidido a exponerlas.

Voy a la primera pregunta del guionista hastiado: ¿se pueden hacer series históricas con los presupuestos que se manejan hoy? Y cuando menos mi respuesta es: la cortedad de un presupuesto no puede ser nunca disculpa para hacer las cosas mal, o hacerlas a medias.

El año que yo hice el examen de Selectividad, allá por el Jurásico Gallego (o sea, el Xurásico), los dos temas de desarrollo a escoger en Historia fueron la vida del zar Alejandro y la Europa de la preguerra mundial (primera). Quizá sólo por casualidad, los diseñadores del examen de Selectividad escogieron dos temas que estaban siendo desarrollados, en aquel momento, por otras tantas series de televisión. Siempre he pensado que nuestros examinadores, que aunque nosotros estábamos mejor formados ya empezaban a gestionar un sistema educativo putomiérdico, se debieron decir: «al menos, pillando de lo que recuerden de los episodios, algo podrán escribir; cosa que no les pasará si les preguntamos por la Comuna o los Cien Mil Hijos de San Luis».

La Historia filmada, por lo tanto, no es asunto baladí. Vale que es una gilipollez pretender que, puesto que los curricula escolares sólo valen para ser procesados en Valdemingómez, tienen que ser los guionistas y productores de series de televisión los que resuelvan el problema. El problema, desde luego, lo tienen que resolver los que descojonaron nuestro sistema educativo. Pero los productos de entretenimiento no pueden ser ajenos a ese proceso y mucho menos, como a mí me parece que insinúan un poco las preguntas del guionista, sentirse beneficiarios de una patente de corso que les permite tratar la realidad histórica a través de la licencia poética.

La pregunta de si es más importante el rigor histórico, por una parte, o la credibilidad y el entretenimiento, me parece una pregunta de un insondable cinismo. Es la misma pregunta que se hace un político cuando se cuestiona si lo que debe hacer con los ciudadanos es dejar que sigan felices o contarles la verdad. En realidad, no existe tan dicotomía. El rigor histórico, en el relato de algo pasado, no es algo que sea negociable. El creador tiene herramientas que son perfectamente lícitas; por ejemplo, puede ocupar cuatro horas de acción en hechos que apenas ocupan un mes de tiempo histórico, y luego resumir 30 años en apenas media hora, en aras de la intensidad dramática. De hecho, que un narrador, lo sea escrito, fílmico o de cualquier tipo, cuente siempre con herramientas para hacer que su relato tenga tensión e interés (si es que sabe hacerlo, claro), es el mayor abono de que no tiene ninguna necesidad de hacer trampas con la trama histórica, cambiándola a su gusto o necesidad.

¿Y por qué? Pues, en primer lugar, porque como insinuaba algunos párrafos más arriba, el cine y la televisión tienen una misión educativa, les guste o no. I, Claudius es, probablemente, el único contacto que miríadas de personas de mi generación tuvieron, tienen y tendrán con ese periodo tan interesante de la Historia de Roma en el que la República se abrocha con el Imperio. En realidad, Robert Graves tiró en exceso en sus libros de las historietas contadas por Suetonio, muchas de ellas bastante cuestionables, pero estos matices quedan ya para los latinofrikis. Lo que no hubiese tenido sentido es que el guionista de la serie, por ser por ejemplo vegetariano o un furioso opositor de la libre venta de armas, fuese a convertir a Claudio en un comedor compulsivo de berros o en un emperador cuyo máximo deseo fuese colocar bolitas de cera en la puta de los pepla para que no hiciesen daño.

Estas conversiones extrañas son bastante habituales en las series históricas o seudohistóricas españolas. Demasiados personajes de las series históricas españolas no son lo que fueron, lo poco o mucho que sabemos que fueron, sino lo que los guionistas, los productores o el director hubiesen deseado que fuesen, en aras de una idea, o de lo que se piensa que puede dar audiencia. Este efecto es palmario en todas las series españolas que abarcan la Historia del siglo XX, cuyos personajes no son los personajes que vivieron los tiempos descritos, sino sus nietos, que lo están escribiendo.

Los guionistas de malas series históricas no parecen entender, a mi modo de ver, que lo que en ellos quizá es falta de capacidad de ser más meticulosos, otros lo pueden convertir en manipulación. Cuando nos acostumbramos a que contar la Historia es en realidad recrearla, la hemos cagado, con perdón. En una historia fílmica se pueden cometer errores cuya única consecuencia es delimitar la torpeza de quien perpetra la escena. En el inicio de El capitán Alatriste, por ejemplo, los españoles avanzan por un lago cenagoso, en plena noche nebulosa, para pillar al enemigo por sorpresa. Van, como digo, en mangas de camisa, caminando por unas aguas que con suerte estarán a cinco o seis grados, y no tiritan. Éste es el tipo de error que uno calificaría de error friki, porque sólo afecta a los muy meticulosos. Pero cuando un guionista escribe una escena de los años sesenta en la que la esposa de un bedel pluriempleado se va a cenar sola con otros hombres mientras el marido la espera en casa (Cuéntame), ya la cosa cambia. Aquí pasan una de dos cosas, o las dos: o bien es que el guionista quiere hacer de ese script una reivindicación de la igualdad de la mujer, o bien no tiene ni puta idea de en qué dirección corría el viento en la España de los años sesenta.

Algunos años antes de la acción de aquella escena, en una ciudad de España hubo un alcalde que prohibió a las mujeres sacar la basura por la noche sin medias. España era así, nos guste o no. Y, a mi modo de ver, los guionistas tienen dos opciones: o contar la Historia de España, en cuyo caso habrán de sujetarse a ciertas normas; o contar la Historia del País de Ajofrín, en cuyo caso ya pueden montar las tramas que les salga del pingo.

Esto requiere, con perdón, de cierto conocimiento. No es de recibo que el coordinador de guiones de una serie ambientada en los tiempos de la invasión de la península ibérica por los romanos se plantee la pregunta de si en esa época había gays. Con que se hubiese leído en la escuela el Fedón, ya le habría quedado claro.

El argumento de la audiencia es otra chorrada. Al narrador siempre le cabe la posibilidad de construir una trama interesante que no tenga nada que ver con la Historia, no tenga vínculos con hechos históricos reconocibles o apenas los use como telón de fondo. Incluso puede combinar ambas cosas: la acción histórica y la trama inventada con personajes ignotos, como ocurre, por ejemplo, en Roma. Las herramientas del narrador, pues, son interminables. Precisamente por eso, ¿por qué tiene que forzar los hechos? Nunca existió un paladín cristiano llamado El Capitán Trueno, que se ligase al pibón Sigrid de Thule. ¿Qué habría ganado su guionista diciendo que aquel tipo era Rodrigo Díaz de Vivar o Fernando Álvarez de Toledo en su juventud?

Ficción histórica quiere decir rellenar los huecos, que en Historia los hay a puñaos, y realizar una interminable labor de ambientación en la que siempre, eso sí, habrá errores, porque es materialmente imposible reproducir todos los detalles. El obispo malo de Los pilares de la Tierra aparece en muchos minutos de la serie blandiendo un libro, que se supone es una Biblia, que tiene una encuadernación que, para mí, tardó aún bastante tiempo en realizarse. Pues qué le vamos a hacer. Ahora bien, hacerle decir ¡Por las barbas del Profeta! al mercader árabe que se sorprende de la habilidad de Ben-Hur a la hora de llevar una cuádriga, con todos los respetos, no tiene pase.

Ciertamente, la Historia es interpretación. Dos guionistas cultos y profesionales escribirán dos guiones completamente distintos de una serie cuyo protagonista sea Felipe II. Pero eso es así porque las visiones de Felipe II son variadas; porque, dentro del mundo del conocimiento histórico, hay quien concibe al Rey Prudente de una manera, y quien lo concibe de otra muy diferente. Pero si los dos guionistas son, como digo, cultos y profesionales, ninguno de ellos hará su labor traicionando la verdad histórica.

No, no da igual precisión que entretenimiento. Nadie entendería que mañana una televisión realizase una serie sobre la vida de Fernando Alonso y metiese cosas en el guión como que se hiciese que su etapa en McLaren la pasara en Red Bull (por ejemplo, por razones publicitarias); o que, por razón de que los guionistas están muy concienciados contra el racismo y la xenofobia, el personaje de Louis Hamilton fuese convertido en un ser angélico que dona sus ganancias a Intermon y se dirige a Alonso apelándolo siempre de «mi muy querido amigo».

Los personajes históricos, desde Viriato hasta Zapatero, merecen el mismo nivel de respeto.