jueves, julio 09, 2026

Franco y EEUU (24): Un artículo




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¿Qué somos: lyons, or huevons?
Franco se apunta un tanto
Política en revisión
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El engaño
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Fuera de Marruecos
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Un artículo
¿Democracia?
La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones



En medio de este ambiente en el que el exilio republicano estaba a piques de desaparecer de los radares de las grandes cancillerías occidentales, el cisne cantó. En mayo de 1959, el leonés Félix Gordón Ordax fue invitado por el Departamento de Estado estadounidense a exponer su visión de España durante dos horas (o sea; considerando lo coñazo que era don Félix, le invitaron a hacer una breve introducción). Esto nos viene a señalar que a finales de los años cincuenta, el gobierno estadounidense todavía estaba, probablemente, preocupado por algo que Ordás ya le había dicho a los diplomáticos USA dos años antes: que el acuerdo de 1953 era ilegal porque no estaba refrendado, ni directa, ni indirectamente, por el voto de los españoles.

La inquietud sobre la posibilidad de que un cambio de rumbo político en España pudiera terminar arrastrando a Estados Unidos fue expresada claramente por un artículo publicado en la revista Esquire, cuyo autor fue Emmet Hughes. Hughes venía a decir que, después de veinte años, el franquismo parecía no terminar por carburar y, sin dar por segura su caída, sí la consideraba entre posible y probable; y argumentaba que Estados Unidos debía tomar medidas para hacer eso que normalmente se llama control de daños.

Al presidente Eisehower, tanto el artículo como las consecuencias que tuvo en el patio de Monipodio washingtoniano le dejaron tocado. Por eso pidió un informe específico del vicesecretario de Estado, Clarence Douglas Dillon.

En su paper (que os traduzco al final de este post), Dillon se mostraba de acuerdo sobre la necesidad de que Estados Unidos montase una nueva política respecto de España. Trataba, eso sí, de aportar una visión equilibrada, opinando que, si bien el descontento de la población con la situación socio económica del país era innegable, cuando menos dentro de España seguían siendo más los ciudadanos que estaban con Franco que los que estaban contra él; eso, por no mencionar que la oposición política al franquismo estaba fragmentada y era ineficaz. Hay que decir, en todo caso, que el informe fue más que probablemente redactado por Frederick Sackstgeder, miembro del Spanish Desk del Departamento de Estado, y hombre bastante filofranquista.

La mano de Sackstgeder se apreciaba en el hecho de que trataba de apostar por una solución evolutiva; algo que, las cosas como son, se parecía mucho a lo que luego ocurrió. El informe, en efecto, apuesta, básicamente por una “europeización” de España, es decir, un camino hacia la normalización política y una cierta convergencia hacia la democracia liberal, que convirtiera al franquismo en el heredero de Franco.

En cuando a la demanda fundamental del artículo de Hughes: que Estados Unidos debía tomar un papel más activo en el fomento del cambio del régimen español, el informe se volvía más retractivo. Venía a decir que los acuerdos firmados con Madrid lo habían sido por intereses de seguridad y que, por lo tanto, existía una especie de límite natural a las políticas posibles.

Éste sería, de hecho, el principio por el que habrían de regirse las relaciones entre Estados Unidos y España a partir de entonces, sin que en este aspecto Franco esperase otra cosa. El principio de que la mejor forma de fomentar la paz en España era tener un sólido acuerdo en materia de seguridad. A partir de ese momento, la administración americana, y muy en especial la embajada en Madrid que era la que tenía que hacer las cosas al fin y al cabo, comenzó a mostrar un interés muy tenue por cultivar el, contacto, mucho menos la amistad, de los opositores al franquismo.

Avalado por estas posiciones que, de alguna manera, justificaban que el presidente de los Estados Unidos pudiera aparecer en una foto junto a un dictador como Franco que, al fin y al cabo, era su aliado, Eisenhower aceptó la posibilidad de visitar España. Franco había invitado al inquilino de la Casa Blanca en el mismo verano de 1959, mediante una carta que Castiella le llevó personalmente durante una visita que hizo a Londres. Eisenhower, por lo demás, era un presidente que acababa mandato y presencia en la Historia; algo que le ponía mucho más fácil tener aquel gesto de solidaridad con la España dictatorial. Eso sí, el trayecto inicial diseñado por los estadounidenses no pasaba por Madrid; pero Castiella puso pies en pared para que cambiasen de idea.

El memorando que he citado en estas notas está actualmente desclasificado y lo podéis encontrar aquí. En todo caso, aquí os ofrezco mi traducción.

 

La ordalía española que viene, un artículo de Emmet Hughes en Esquire Magazine.

Con referencia a su petición de mis comentarios, estoy de acuerdo en que el artículo de Emmet Hughes sobre España es de gran interés, además de provocador. En el mismo, Hughes se refiere a varias cuestiones de significación fundamental, de las que hemos sido bien conscientes y hemos estudiado durante algún tiempo. Su argumentación de que nuestra política está apoyando un régimen impopular en España nos es familiar, puesto que refleja la línea actual de las fuerzas antifranquistas, tanto dentro como fuera de España. Nosotros hemos equilibrado con mucho cuidado las cargas contra nuestros intereses nacionales de seguridad en el contexto de la actual situación en España.

No encontramos razón para recomendar un cambio en la política respecto de la que usted aprobó el 14 de mayo de 1957. El Operations Coordinating Board encontró que esta política era adecuada el 3 de junio de 1959, cuando hizo su valoración bianual del plan de operaciones y la política en España.

Emmet Hughes conoce muy bien España, y se enfrenta al asunto con evidente simpatía. Los problemas que menciona son reales y serios. Como se indicaba en el informe reciente sobre España, en el país se ha incrementado el mal ambiente. El descontento de los españoles se basa, en primera lugar, en sus dificultades económicas en un periodo de rápida industrialización, y en su deseo de mejorar su estándar de vida; en segundo lugar, en la inquietud relacionada con el clima político restrictivo y renuente al cambio; y, en tercer lugar, en el descontento con la estructura social rígida del país. Como dice el señor Hughes, España es una tierra paradójica, donde el odio y el temor de los españoles hacia otros españoles es muy elevado, el carácter individualista de la gente promueve la desunión, y donde la incertidumbre sobre el futuro es generalizada. Los problemas apuntados por el señor Hughes no son, como él reconoce, culpa del régimen político, sino una realidad histórica; y con seguridad contaminarán cualquier gobernante futuro de España como han contaminado gobiernos ya pasados.

Desgraciadamente, el artículo es prolijo en la diagnosis, pero parco en los remedios. Nosotros no sabemos con certitud, no más que el señor Hughes, qué es lo que va a llegar después de Franco, o cómo llegará el cambio. Sabemos que, por las razones que ya se han explicado, existe una oposición considerable al general Franco. Pero, tal y como dice el señor Hughes, una proporción elevada del pueblo español todavía le prefiere a él [Franco] frente a lo desconocido. La oposición política potencial está fragmentada y desorganizada todavía. Como concluye el señor Hughes, en España pueden pasar muchas cosas, pero no hay respuestas sencillas para dilemas presentes o peligros futuros, ni para el pueblo español, ni para los Estados Unidos. El autor destaca, y la oposición antifranquista estaría de acuerdo, que mediante su presencia y sus programas, los Estados Unidos, de hecho, interfieren en los asuntos internos españoles, a pesar de que hagamos profesión de respeto por la soberanía española.

Emmet Hughes es, por supuesto, correcto en su asunción. Los Estados Unidos adquirieron un interés más que pasivo en lo que ocurre en España cuando firmaron el acuerdo de defensa de 1953. Desde entonces, hemos seguido, activamente aunque muy a menudo de manera indirecta, políticas que nos implican en los asuntos internos españoles. Nuestro uso de las bases españoles como parte de nuestra guerra fría de prevención de una agresión soviética ha movido a España del grupo de países neutrales, ha destruido la tradición y ha emplazado el país de nuestro lado.

Nuestra asistencia militar a las fuerzas armadas españolas les ha ayudado a desarrollar una capacidad para la defensa del territorio español y de las instalaciones militares de uso conjunto situadas en él. También les ha enseñado conceptos estadounidenses y el uso de equipamiento tipo OTAN. Nuestra ayuda económica, que desde 1951 ha superado los 1.100 millones de dólares en subvenciones, préstamos y ventas de excedentes de productos agrícolas en pesetas, ha contribuido a la estabilidad económica de España, ha promovido cierto crecimiento económico en el país y ha compensado sobradamente el impacto en la economía española de nuestro programa de construcción de bases. Como parte de nuestra contribución a la tardía revolución industrial en España, el Fondo de Préstamos para el Desarrollo aprobó recientemente un proyecto de 14,9 millones de dólares para los ferrocarriles españoles. Con el mismo objetivo, el Banco de Exportación e Importación ha concedido, en años anteriores, varios préstamos para equipamiento destinados a la electrificación de España y al desarrollo de recursos de transporte. De esta manera, y en mayor medida de lo que la mayoría de los españoles está dispuesta a aceptar o reconocer, hemos sacado a España del aislacionismo en el que se ha protegido durante generaciones. Nuestras políticas en España y para España han sido los catalizadores de su evolución presente hacia una sociedad moderna.

Sin embargo, hemos sido conscientes del peligro de identificar los programas estadounidenses, más allá de lo inevitable, con la continuidad del general Franco y su régimen. Por ello, hemos procurado subrayar los beneficios que el pueblo español en su conjunto, sea cual sea su ideología política, obtiene de la ayuda americana y de la presencia de nuestras fuerzas militares entre ellos. En este sentido también, hemos reconocido el valor de la participación española en organizaciones internacionales. Se debe en gran parte al apoyo estadounidense que España fuese admitida en las Naciones Unidas en diciembre de 1955. Animamos a España a unirse al Fondo Monetario Internacional y al Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo, y esperamos con interés la pronta admisión de España como miembro de pleno derecho de la Organización para la Cooperación Económica Europea, un paso que hemos apoyado firmemente. Seguimos respaldando la admisión de España en la OTAN y nos complace observar el aumento de apoyo por parte de Francia, Alemania Occidental y los países del Benelux. Sin embargo, recientemente hemos sido informados de que Noruega y Dinamarca siguen oponiéndose al acceso de España. El propósito de todos estos esfuerzos es europeizar a España, y establecer y cultivar tantos vínculos como sea posible entre el pueblo español y Occidente. Romper el aislamiento de España dará, esperamos, un impulso al desarrollo de actitudes más democráticas entre su gente, la mayoría de la cual parece seguir teniendo comprensión y buena voluntad hacia nosotros. Muchos españoles refutarían la afirmación de que Estados Unidos se ha convertido en el principal apoyo de Franco, y señalarían que, por el contrario, las influencias externas que hemos introducido han contribuido tanto como cualquier otra cosa al crecimiento del descontento y al aumento del deseo de cambio. Creemos que esta europeización de España ofrece la mejor esperanza de que el cambio, que parece inevitable tarde o temprano, sea evolutivo en vez de revolucionario.

Emmet Hughes parece recomendar que asumamos un papel más activo en forzar este cambio en España. Su opinión no tiene en cuenta el papel que España desempeña en nuestra estrategia defensiva mundial, y el hecho de que nuestras políticas hacia ese país están dictadas, en cierto modo, por nuestros intereses de seguridad. También debemos recordar que la historia española está plagada de episodios de reacción violenta ante la intervención extranjera. No tenemos motivo para creer que un intento por nuestra parte de forzar un cambio inmediato en España no sufriría un destino similar. Por lo tanto, aunque permanecemos atentos a los acontecimientos, creemos que nuestros intereses a largo plazo en España están mejor servidos por nuestras políticas actuales.

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