Cuando Harry encontró a Frankie
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Marruecos como problema
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La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
Quiero la Luna
Un jarro de agua fría
Si hay que romper, se rompe
… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
En medio de este ambiente en el que el exilio republicano estaba a piques de desaparecer de los radares de las grandes cancillerías occidentales, el cisne cantó. En mayo de 1959, el leonés Félix Gordón Ordax fue invitado por el Departamento de Estado estadounidense a exponer su visión de España durante dos horas (o sea; considerando lo coñazo que era don Félix, le invitaron a hacer una breve introducción). Esto nos viene a señalar que a finales de los años cincuenta, el gobierno estadounidense todavía estaba, probablemente, preocupado por algo que Ordás ya le había dicho a los diplomáticos USA dos años antes: que el acuerdo de 1953 era ilegal porque no estaba refrendado, ni directa, ni indirectamente, por el voto de los españoles.
La inquietud sobre la posibilidad de que un cambio de rumbo político
en España pudiera terminar arrastrando a Estados Unidos fue expresada claramente
por un artículo publicado en la revista Esquire, cuyo autor fue Emmet Hughes.
Hughes venía a decir que, después de veinte años, el franquismo parecía no terminar
por carburar y, sin dar por segura su caída, sí la consideraba entre posible y probable;
y argumentaba que Estados Unidos debía tomar medidas para hacer eso que normalmente
se llama control de daños.
Al presidente Eisehower, tanto el artículo como las consecuencias
que tuvo en el patio de Monipodio washingtoniano le dejaron tocado. Por eso pidió
un informe específico del vicesecretario de Estado, Clarence Douglas Dillon.
En su paper (que os traduzco al final de este post), Dillon se
mostraba de acuerdo sobre la necesidad de que Estados Unidos montase una nueva política
respecto de España. Trataba, eso sí, de aportar una visión equilibrada, opinando
que, si bien el descontento de la población con la situación socio económica del
país era innegable, cuando menos dentro de España seguían siendo más los ciudadanos
que estaban con Franco que los que estaban contra él; eso, por no mencionar que
la oposición política al franquismo estaba fragmentada y era ineficaz. Hay que decir,
en todo caso, que el informe fue más que probablemente redactado por Frederick Sackstgeder,
miembro del Spanish Desk del Departamento de Estado, y hombre bastante filofranquista.
La mano de Sackstgeder se apreciaba en el hecho de que trataba
de apostar por una solución evolutiva; algo que, las cosas como son, se parecía
mucho a lo que luego ocurrió. El informe, en efecto, apuesta, básicamente por una
“europeización” de España, es decir, un camino hacia la normalización política y
una cierta convergencia hacia la democracia liberal, que convirtiera al franquismo
en el heredero de Franco.
En cuando a la demanda fundamental del artículo de Hughes: que
Estados Unidos debía tomar un papel más activo en el fomento del cambio del régimen
español, el informe se volvía más retractivo. Venía a decir que los acuerdos firmados
con Madrid lo habían sido por intereses de seguridad y que, por lo tanto, existía
una especie de límite natural a las políticas posibles.
Éste sería, de hecho, el principio por el que habrían de regirse
las relaciones entre Estados Unidos y España a partir de entonces, sin que en este
aspecto Franco esperase otra cosa. El principio de que la mejor forma de fomentar
la paz en España era tener un sólido acuerdo en materia de seguridad. A partir de
ese momento, la administración americana, y muy en especial la embajada en Madrid
que era la que tenía que hacer las cosas al fin y al cabo, comenzó a mostrar un
interés muy tenue por cultivar el, contacto, mucho menos la amistad, de los opositores
al franquismo.
Avalado por estas posiciones que, de alguna manera, justificaban
que el presidente de los Estados Unidos pudiera aparecer en una foto junto a un
dictador como Franco que, al fin y al cabo, era su aliado, Eisenhower aceptó la
posibilidad de visitar España. Franco había invitado al inquilino de la Casa Blanca
en el mismo verano de 1959, mediante una carta que Castiella le llevó personalmente
durante una visita que hizo a Londres. Eisenhower, por lo demás, era un presidente
que acababa mandato y presencia en la Historia; algo que le ponía mucho más fácil
tener aquel gesto de solidaridad con la España dictatorial. Eso sí, el trayecto
inicial diseñado por los estadounidenses no pasaba por Madrid; pero Castiella puso
pies en pared para que cambiasen de idea.
El memorando que he citado en estas notas está actualmente desclasificado
y lo podéis encontrar aquí.
En todo caso, aquí os ofrezco mi traducción.
La ordalía española que viene, un artículo de Emmet Hughes
en Esquire Magazine.
Con referencia a su petición de mis comentarios, estoy de acuerdo
en que el artículo de Emmet Hughes sobre España es de gran interés, además de provocador.
En el mismo, Hughes se refiere a varias cuestiones de significación fundamental,
de las que hemos sido bien conscientes y hemos estudiado durante algún tiempo. Su
argumentación de que nuestra política está apoyando un régimen impopular en España
nos es familiar, puesto que refleja la línea actual de las fuerzas antifranquistas,
tanto dentro como fuera de España. Nosotros hemos equilibrado con mucho cuidado
las cargas contra nuestros intereses nacionales de seguridad en el contexto de la
actual situación en España.
No encontramos razón para recomendar un cambio en la política
respecto de la que usted aprobó el 14 de mayo de 1957. El Operations Coordinating
Board encontró que esta política era adecuada el 3 de junio de 1959, cuando
hizo su valoración bianual del plan de operaciones y la política en España.
Emmet Hughes conoce muy bien España, y se enfrenta al asunto
con evidente simpatía. Los problemas que menciona son reales y serios. Como se indicaba
en el informe reciente sobre España, en el país se ha incrementado el mal ambiente.
El descontento de los españoles se basa, en primera lugar, en sus dificultades económicas
en un periodo de rápida industrialización, y en su deseo de mejorar su estándar
de vida; en segundo lugar, en la inquietud relacionada con el clima político
restrictivo y renuente al cambio; y, en tercer lugar, en el descontento con la estructura
social rígida del país. Como dice el señor Hughes, España es una tierra paradójica,
donde el odio y el temor de los españoles hacia otros españoles es muy elevado, el carácter individualista de la gente promueve la desunión, y donde la incertidumbre
sobre el futuro es generalizada. Los problemas apuntados por el señor Hughes no
son, como él reconoce, culpa del régimen político, sino una realidad histórica;
y con seguridad contaminarán cualquier gobernante futuro de España como han contaminado
gobiernos ya pasados.
Desgraciadamente, el artículo es prolijo en la diagnosis, pero
parco en los remedios. Nosotros no sabemos con certitud, no más que el señor Hughes,
qué es lo que va a llegar después de Franco, o cómo llegará el cambio. Sabemos que,
por las razones que ya se han explicado, existe una oposición considerable al general
Franco. Pero, tal y como dice el señor Hughes, una proporción elevada del pueblo
español todavía le prefiere a él [Franco] frente a lo desconocido. La oposición
política potencial está fragmentada y desorganizada todavía. Como concluye el señor
Hughes, en España pueden pasar muchas cosas, pero no hay respuestas sencillas para
dilemas presentes o peligros futuros, ni para el pueblo español, ni para los Estados
Unidos. El autor destaca, y la oposición antifranquista estaría de acuerdo, que
mediante su presencia y sus programas, los Estados Unidos, de hecho, interfieren en los asuntos internos españoles, a pesar de que hagamos profesión de respeto por
la soberanía española.
Emmet Hughes es, por supuesto, correcto en su asunción. Los Estados
Unidos adquirieron un interés más que pasivo en lo que ocurre en España cuando firmaron
el acuerdo de defensa de 1953. Desde entonces, hemos seguido, activamente aunque
muy a menudo de manera indirecta, políticas que nos implican en los asuntos internos
españoles. Nuestro uso de las bases españoles como parte de nuestra guerra fría
de prevención de una agresión soviética ha movido a España del grupo de países neutrales,
ha destruido la tradición y ha emplazado el país de nuestro lado.
Nuestra asistencia militar a las fuerzas armadas españolas les
ha ayudado a desarrollar una capacidad para la defensa del territorio español y
de las instalaciones militares de uso conjunto situadas en él. También les ha enseñado
conceptos estadounidenses y el uso de equipamiento tipo OTAN. Nuestra ayuda económica,
que desde 1951 ha superado los 1.100 millones de dólares en subvenciones, préstamos
y ventas de excedentes de productos agrícolas en pesetas, ha contribuido a la estabilidad
económica de España, ha promovido cierto crecimiento económico en el país y ha compensado
sobradamente el impacto en la economía española de nuestro programa de construcción
de bases. Como parte de nuestra contribución a la tardía revolución industrial en
España, el Fondo de Préstamos para el Desarrollo aprobó recientemente un proyecto
de 14,9 millones de dólares para los ferrocarriles españoles. Con el mismo objetivo,
el Banco de Exportación e Importación ha concedido, en años anteriores, varios préstamos
para equipamiento destinados a la electrificación de España y al desarrollo de recursos
de transporte. De esta manera, y en mayor medida de lo que la mayoría de los españoles
está dispuesta a aceptar o reconocer, hemos sacado a España del aislacionismo en
el que se ha protegido durante generaciones. Nuestras políticas en España y para
España han sido los catalizadores de su evolución presente hacia una sociedad moderna.
Sin embargo, hemos sido conscientes del peligro de identificar
los programas estadounidenses, más allá de lo inevitable, con la continuidad del
general Franco y su régimen. Por ello, hemos procurado subrayar los beneficios que
el pueblo español en su conjunto, sea cual sea su ideología política, obtiene de
la ayuda americana y de la presencia de nuestras fuerzas militares entre ellos.
En este sentido también, hemos reconocido el valor de la participación española
en organizaciones internacionales. Se debe en gran parte al apoyo estadounidense
que España fuese admitida en las Naciones Unidas en diciembre de 1955. Animamos
a España a unirse al Fondo Monetario Internacional y al Banco Internacional de Reconstrucción
y Desarrollo, y esperamos con interés la pronta admisión de España como miembro
de pleno derecho de la Organización para la Cooperación Económica Europea, un paso
que hemos apoyado firmemente. Seguimos respaldando la admisión de España en la OTAN
y nos complace observar el aumento de apoyo por parte de Francia, Alemania Occidental
y los países del Benelux. Sin embargo, recientemente hemos sido informados de que
Noruega y Dinamarca siguen oponiéndose al acceso de España. El propósito de todos
estos esfuerzos es europeizar a España, y establecer y cultivar tantos vínculos
como sea posible entre el pueblo español y Occidente. Romper el aislamiento de España
dará, esperamos, un impulso al desarrollo de actitudes más democráticas entre su
gente, la mayoría de la cual parece seguir teniendo comprensión y buena voluntad
hacia nosotros. Muchos españoles refutarían la afirmación de que Estados Unidos
se ha convertido en el principal apoyo de Franco, y señalarían que, por el contrario,
las influencias externas que hemos introducido han contribuido tanto como cualquier
otra cosa al crecimiento del descontento y al aumento del deseo de cambio. Creemos
que esta europeización de España ofrece la mejor esperanza de que el cambio, que
parece inevitable tarde o temprano, sea evolutivo en vez de revolucionario.
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