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La ultraizquierda en la Casa Blanca, y el tenaz grupo de pecadores en el exilio
Ya no somos tan amigos
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Un jarro de agua fría
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… Y Francisco Franco Bahamonde, caudillo de España, espada de Trento, se bajó los pantalones
Durante buena parte del año 1959, el gobierno español siguió presionando para conseguir un traslado de las bases que las alejase de las grandes capitales. Estados Unidos, sin embargo, desoyó todas esas llamadas. Por varias razones. En primer lugar, porque estaba convencido de que España no estaba en posición de presionar; y, verdaderamente, no lo estaba. En segundo lugar, porque, a pesar del discurso de Escombreras, en Washington nunca creyeron que la opinión pública española fuese a volverse contra ellos. De hecho la sensación que tenían en EEUU, sensación que yo creo que era cierta aunque no hay muchos datos objetivos para sustentarla, era que la española se estaba convirtiendo en una de las sociedades más atlantistas de Europa. En suma, pues, Franco había tenido que jugar la carta de la amistad con Estados Unidos para huir del infierno fascista en que estaba cuando terminó la guerra; pero acertar y triunfar en este campo, ahora, le jugaba, paradójicamente, en contra.
Aquel año de 1959, John Foster Dulles dejó el puesto de secretario
de Estado a Christian Archibald Herter. Entre las primeras cosas que hizo Herter
en el puesto fue zanjar para siempre el debate de la localización de las bases españolas.
Herter le dejó claro al embajador Areilza que había visto clara la jugada de los
españoles cuando demandaban la necesidad de trasladar las bases; y, acto seguido,
pedían pasta para financiar dicho traslado. Con toda la razón, el parisino
(porque nació en París) le argumentó al vasco que el emplazamiento de las bases
era algo que estadounidenses y españoles habían decidido en 1953. Así que
no se iban a mover.
Franco, sin embargo, tenía prisa por obtener cosas del amigo
americano. Y una buena parte de las razones para ello estaban en la compleja situación
que se produciría en el antiguo protectorado marroquí. Ya en 1956, Agustín Muñoz
Grandes, que era ministro del Ejército, solicitó de Estados Unidos la provisión
de cuarenta camiones semi oruga, para poder fortalecer la presencia española en
sus plazas africanas, ambicionadas por el nacionalismo marroquí.
Aproximadamente un año después de haberse producido la independencia
de Marruecos, a mediados de 1957, Ahmed Balafrej, que era el ministro de Asuntos
Exteriores del nuevo Estado, comenzó unas negociaciones presionantes con España
para recuperar el Ifni. La soberanía española sobre el Ifni provenía del tratado
de Tetuán de 1860, lo cual quiere decir que tenía sólidas apoyaturas. El 15 de septiembre,
Balafrej y Castiella se entrevistaron en Tánger. De la entrevista no hubo nada,
entre otras cosas porque Franco vino a ordenar que al moro no le diesen ni la hora;
en ese momento, ya conocía, gracias a los franceses que controlaban muy bien la
zona, que Marruecos estaba movilizando a efectivos paramilitares al sur de su frontera.
La presencia de este extraño ejército oficialmente no existente
provocó mucha inquietud entre los mandos militares españoles presentes en la zona,
que eran partidarios de atacar ellos antes de que los marroquíes les atacasen. Franco,
sin embargo, no dio la orden. Fue lógicamente prudente. Haberse mostrado como belicista
en el Magreb habría puesto en peligro los intentos que, como ya os he contado, estaba
haciendo en ese momento para convencer a Europa de que podía ser un socio confiable
en la OTAN. Lo último que podía hacer Franco en ese momento era insinuarle a los
países de la Alianza que, de entrar España en la misma, lo mismo se verían, en el
corto plazo, implicados en una movida jodida en el Magreb.
Los paramilitares marroquíes, las cosas como son, no tenían las
posesiones españolas como principal objetivo. Lo primero que intentaron fue dominar
la Mauritania francesa. Los gabachos, sin embargo, les dieron para el pelo; y entonces
sí que decidieron fijarse en el Ifni y el Sáhara español. Un ataque sobre Sidi Ifni
a finales de noviembre de 1957 fue rechazado, pero en general los marroquíes consiguieron
hacerse con buena parte de sus objetivos.
Lo descarado de la agresión marroquí tuvo la consecuencia de
liberar al general Franco de sus inquietudes y dudas. Nadie, las cosas como son,
podría, en ningún foro, negar el derecho de España a defenderse, puesto que había
sido atacada; y lo había sido, además, después de que la atacada hubiera sido una
nación integrada en la OTAN.
La clave de bóveda de la estrategia de El Pardo era la confluencia
con Francia. Franco había calculado que, si bien ambos países, aisladamente, corrían
peligro de ser barridos del África septentrional, juntos tenían mucha capacidad
de permanencia. De manera definitiva, pues, Franco, quien durante muchos años había
coqueteado con una política pro árabe, se convirtió en un europeísta. España y Francia
terminaron por diseñar una operación conjunta que fue un golpe durísimo para el
fantasmagórico ejército de liberación marroquí. Las operaciones se declararon terminadas
el 1 de marzo de 1958. Sin embargo, esta exitosa campaña militar fue contemporánea
de unas negociaciones muy discretas en Portugal, tras las cuales Marruecos se hizo
con el control de Tarfaya.
Durante sus operaciones en el Ifni, el gobierno español tuvo
buen cuidado de no usar material militar al que su ejército había tenido acceso
por mor de la colaboración con los Estados Unidos. Yo creo muy probable que ésta
fuera una exigencia de la embajada norteamericana en Madrid, a la que lógicamente
le tenían que preocupar los problemas reputacionales ante la opinión pública mundial
que se podrían derivar de la noticia de que el acuerdo de 1953 había servido para
ayudar a España a lanzar una guerra en África (aunque, en realidad, a mí, personalmente,
todo esto me parece un discurso bastante cínico. Si alguien te da a acceso a un
lanza morteros supra analógico de casquillo fino, ¿para qué se supone que lo hace?
¿Para que frías huevos con chistorra?) El problema del Ifni, además, tenía otra
derivación jodida para los americanos, ya que ciertos elementos de la opinión pública
española, lo cual quiere decir: ciertos elementos del propio régimen, gustaban de
coquetear con la idea de que si los marroquíes se mostraban tan belicistas, eso
era porque los estadounidenses no les habían querido parar los pies. Como ya os
he citado en otro punto de estas notas, el hecho de que, además, el sneaky red
Mohamed V lograse colar una visita suya a Estados Unidos en medio de toda aquella
mierda (y es cierto que permitirla fue una cagada bien gorda del Departamento de
Estado) no hacía sino abonar todas estas tesis, para desesperación del inquilino
de El Pardo.
Franco estaba en una situación jodida; su corazón la aguantó
porque todavía era relativamente joven; pero cuando se repitiese algunos años después,
en buena medida, acabaría
con él. Las posesiones africanas de España eran mucho más que un territorio
de soberanía; eran su pasado, y por eso se obstinaba en que fuesen, también, su
presente. La diplomacia estadounidense trató, por todos los medios, de que Franco no
abandonase su política pro árabe, y el objetivo de entenderse con Rabat. Aquellos
consejos debieron dolerle mucho al general, dado que se basaban en el principio
de que Estados Unidos decidía permanecer voluntariamente ciego hacia el hecho evidente
de que el gobierno de Marruecos había sido impulsor y apoyo de esas tropas paramilitares
que habían disparado sobre españoles. Así se lo dijo Franco a Dulles cuando se vieron en Madrid, en
diciembre de 1957; pero el estadounidense no le hizo caso.
Al día siguiente de esta entrevista, el general Barroso pronunció
un discurso en el Soviet Supremo franquista. El entorno, como ya sabéis, era la
guerra del Ifni, pero también los planes de la OTAN de instalar misiles de alcance
intermedio en Europa, y la posibilidad de que ese proyecto pudiese pulir las posibilidades
de que España entrase a formar parte del club atlántico. Barroso explicó en su discurso
el enorme valor estratégico que, según él, presentaban para la defensa de occidente
el Sáhara español y las Canarias (aunque se le olvidó explicar por qué, si tan grande
era ese valor estratégico, Estados Unidos nunca había hecho ademán de proponer el
emplazamiento de alguna base en esos territorios). Luego pasó a hablar del semi
clandestino ejército de liberación de Marruecos que, dijo, era una fuerza básicamente
izquierdista (es decir, cantó la línea del comunismo) que podría llegar a hacerse
con el poder en Marruecos. Vino a decir que, de hecho, el joven país magrebí era
un peligroso foco comunista, en el que los retratos de Karl Marx en chilaba circulaban
como churros. Buscaba, claro, acojonar a los estadounidenses.
Desde 1955 era JEMAD del ejército estadounidense el general Maxwell
Davenport Taylor; el primer JEMAD que no había combatido en la primera guerra mundial.
Barroso se entrevistó con él algunos días después del discurso de las Cortes, y
le repitió los argumentos. La teórica tenía su cierto sentido: desde 1956, el tema
del canal de Suez estaba regulero. En esa situación, la vía del otro lado, es decir
la costa atlántica africana, se convertía en un elemento fundamental para poder
controlar el flujo de gentes, armas y pertrechos enemigos de la causa estadounidense.
Si Marruecos cayese en la órbita de influencia soviética, venía a decir Barroso,
el enemigo de la Guerra Fría tendrá un punto de apoyo de primer nivel.
El problema de esta tesis era, fundamentalmente, la CIA. Estados
Unidos tenía su propia información; lo que le dijese un generalito español no era
su principal acervo. Y, por eso, sabía dos cosas: la primera, que Mohamed V estaba
muy lejos de ser Gamal Abdel Nasser; que, entre otras cosas, era un jefe de Estado
muy consciente de que, por un puro argumento geopolítico que se puede entender con
sólo mirar un mapa, entre cabrear a Moscú y cabrear a Washington, tenía muy claro
qué es lo que no tenía que hacer.
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