martes, marzo 24, 2020

Partos (y 28. ¡Viva Partia libre!

Otras partes sobre los partos

Los súbditos de Seleuco
Tirídates y Artabano
Fraates y su hermano
Mitrídates
El ocaso de la Siria seléucida
Y los escitas dijeron: you will not give, I'll take
Roma entra en la ecuación
El vuelo indiferente de Sanatroeces
Craso
La altivez de Craso, la inteligencia de Orodes, la doblez de Abgaro y Publio el tonto'l'culo
... y Craso tuvo, por fin, su cabeza llena de oro
Pacoro el chavalote
Roma, expulsada de Asia durante un rato
Antonio se enfanga en Asia
Fraataces el chulito
Vonones el pijo
Artabano
Asinai, Anilai y su señora esposa
Los prusés de Seleucia y Armenia
Una vez más, Armenia
Lucio Cesenio Peto, el minusválido conceptual
Roma se baja los pantalones
De Volagases a Trajano
Fuck you, Trajan
Adriano el prudente, Antonino el terco, Marco Aurelio el pragmático y Lucio Vero el inútil
De Marco Aurelio a Severo, de Volagases a Volagases´
El hostión de Severo ante los hatrenimet

Finalmente, la opción que tomó Artabano fue contemporizar. Contestó a Caracalla sin decir que no, pero poniendo algunas objeciones, especialmente que ese matrimonio no podría ser una unión feliz, pues “marido y mujer, difiriendo en lenguaje, hábitos y modo de vida, no podrían ser sino dos extraños”.
No está claro lo que pasó. Según algunos autores, a la recepción de la respuesta, Caracalla se sintió ofendido, y lanzó una expedición contra los partos. Según otros, sin embargo, envió una segunda embajada, asegurándole a Artabano que sus intenciones eran amistosas. Ante esta embajada, siempre según estas fuentes (Herodiano), Artabano aceptó, e invitó a Caracalla a ir a Partia a recoger a su mujer. Según Herodiano, Caracalla habría sido calurosamente recibido en Ctesiphon; pero sería entonces cuando Caracalla habría descubierto sus cartas, pues no pretendía otra cosa que prender al rey de reyes. Artabano, según esta versión, habría huido con grandes dificultades de su propia capital, mientras los romanos ejecutaban a sus soldados, saqueaban la ciudad y después el reino.

En general, sin embargo, se suele preferir la primera de las versiones, ya que su autor, Dión Casio, es, por lo general, más fiable como historiador.

Si Caracalla invadió Mesopotamia desde el principio, debió hacerlo avanzando hacia Babilonia. Regresó por la Alta Mesopotamia, siguiendo el curso del Tigris, por la vieja Asiria. Parece ser que, en su vuelta, cometió el sacrilegio de expoliar los sepulcros de la familia real parta, en Arbela. Pasó el invierno en Edesa y, en la primavera, ordenó otro avance sobre Partia. Sin embargo, el 8 de abril del año 217, habiendo salido de Edesa con unos cuantos soldados para visitar el templo de una deidad lunar en Carrhae, uno de sus guardias, Julio Marcial, se lo apioló. Macrino, su sucesor, era miembro de la guardia pretoriana, pero no exactamente un soldado, así pues es probable que hubiera ordenado retirada. Sin embargo, para entonces los partos estaban ya levantados en armas. Artabano había invertido el invierno en acopiar un ejército temible.

Así pues, ser nombrado Macrino emperador y recibir la noticia de que los partos estaban muy cerca, y no venían con ganas de jugar al backgammon precisamente, fue todo uno. El romano se apresuró a mandarle embajadores al rey parto para decirle que todo había sido una broma de cámara oculta y tal. Artabano se hizo un Esquerra Republicana: le contestó que no pensaba llegar a ningún acuerdo con el romano pero, al mismo tiempo, le detalló las condiciones bajo las cuales lo haría.

Básicamente, esto es lo que pedían los partos: restitución de todos los prisioneros; reconstrucción, a costa de los romanos, de todas las ciudades que habían arrasado; una fuerte compensación económica por haber turbado el descanso de los reyes enterrados en Arbela; y cesión de la Mesopotamia toda a los partos. Era un programa reivindicativo imposible de aceptar por un romano, incluso uno tan asténico como Macrino. Ambos ejércitos se encontraron en Nisibis.

La batalla de Nisibis terminó para la Historia el enfrentamiento de siglos entre romanos y partos. Fue, también, la más violenta de las libradas por ambas partes, como si ambos supieran que tenía que ser la última. Duró tres días.

El gran problema para los romanos era llegar al combate a distancia corta, donde eran invencibles. Para ello, sin embargo, tenían que superar el problema de los excelentes arqueros partos, tanto a pie como a caballo, y la caballería. Las pérdidas que sufrieron en su caballería les obligaron a retirarse; sin embargo, tuvieron la inteligencia de plantar el suelo con obstáculos para los animales, lo cual afectó notablemente a sus perseguidores. Finalmente, ambos ejércitos hubieron de retirarse en tablas los dos primeros días. En el tercero, los partos trataron de rodear a su enemigo. Para poder evitar esto, pues el ejército parto era más numeroso, los romanos tuvieron que extender su línea, lo cual los puso en una posición muy débil de defender. Macrino, que probablemente era, personalmente, un cobarde, fue de los primeros que salió a la naja; y ver a su emperador hacer el nenaza no es que galvanizase a sus tropas, precisamente. Así pues, legionarios y tribunos ordenaron retirada.

Aunque Roma había perdido la batalla de Nisibis, en realidad los partos no la habían ganado. Ambas partes habían terminado agotadas y, es fácil adivinarlo, deseaban resolver aquello de otra manera. Macrino, desde luego, envió una nueva embajada. Tal y como el romano esperaba, Artabano se bajó de la burra de recuperar las provincias mesopotámicas de Roma, y aceptó, fundamentalmente, reparaciones de guerra. Roma, pues, y con ello comenzaba una tradición que duraría siglos, compraba la paz.

Roma y Partia, como digo, ya no volvieron a tener problemas serios. Partia, sin embargo, sobreviviría brevemente a esta situación. Era el suyo un imperio que siempre había sufrido la presión de las fuerzas centrífugas. Las había dominado por la fuerza y, en ocasiones, comprando la paz al estilo romano, como con los escitas. Pero, esencialmente, una monarquia que basaba su poder en la longitud de sus lanzas, lógicamente tenía que caer bajo el peso de lanzas más poderosas que las suyas. Y eso es lo que le acabó pasando en manos de los persas.

Un líder persa, Artajerjes, acabó por rebelarse contra el yugo parto. Parece ser que esta rebelión tuvo un trasfondo religioso; los partos siempre habían practicado la tolerancia de los credos en los pueblos conquistados; pero los persas zoroastrianos deseaban la imposición de una religión de Estado, por así decirlo. Sea como sea, en el 220, Artajerjes, que era rey de los persas bajo la autoridad del imperio parto, se rebeló contra éste y consiguió establecer la independencia de Persia Proper.

Parece que Artabano no hizo nada para contrarrestar esta rebelión, lo que no hizo sino servir de acicate para que Artajerjes decidiese ampliar el salón y la cocina. Así pues, invadió Carmania y, luego, hacia el norte, algunas regiones de Media. Esto ya fue demasiado para Artabano, quien entró al frente de un ejército en Persia Proper y libró con su rival tres grandes batallas. La última, la batalla de Ormuz, ocurrida en el 226, se saldó con una derrota sin paliativos de los partos y la muerte de Artabano.

El rey parto muerto dejaba hijos. Uno de ellos, Artavasdes, parece que reclamó el trono de los arsácidas, y consiguió ser aceptado, al menos por parte de los partos (chiste fácil). Puro recibir ayuda del rey de Armenia, su tío, obviamente interesado en mantener el poder de los arsácidas (él era uno) en la zona. Parece que los armenios, además de refugiar a Artavasdes, formaron un ejército que consiguió vencer a Artajerjes al menos una vez.

Sin embargo, la fuerza de los persas era demasiada. Después de algunos meses, los arsácidas fueron definitivamente vencidos. Artajerjes, tras haberlos apresado a todos, tomó como esposa a una princesa arsácida, buscando claramente establecer que la continuidad de la dinastía era él.

Y así terminó la historia de un imperio, el parto, que duró cinco siglos, que se dice pronto; y duró, además, en un tiempo en el que ya no era fácil durar a causa de la presencia innegable del también innegable poder romano.



Espero que os haya gustado esta serie. Si es así, tanto como si no, debéis de saber que a mí la Historia de los partos siempre me ha gustado mucho; de hecho, es uno de esos episodios de la Historia Antigua, cosa que me pasa también con ciertos periodos de Egipto, que me pone de muy mala leche comprobar que, realmente, lo que sabemos es apenas un porcentaje muy pequeño de lo que sabemos, por poner un ejemplo, sobre Adolf Hitler. Quién pudiera contar las negociaciones de Octavio, de Nerón, de Trajano, con los partos, como contamos, un suponer, la conferencia de Yalta.

Yo creo, sin embargo, que es importante explicar la Historia de los partos, aunque sea de forma telegráfica en una o dos clases (en el caso de que seas magister), por más razones de que a mí me gusta. A ver si consigo explicarme.

Explicar la Historia de los partos es explicar, de alguna manera, una contraversión de la Historia de Roma. Vaya por delante que para mí Roma es lo más de lo más; es, además, la base de nuestra cultura occidental, y tal. Pero Roma no fue tan poderosa como nos la venden; y fue, sobre todo, un poder despiadado, traidor. Una civilización en la que, como en todas, mientras sus filósofos escribían tratados sobre la ética, los jefes de Estado que garantizaban que a esos filósofos no se los apiolase ningún salvaje se cagaban y se meaban en esa ética constantemente. La Historia de Partia es, también, la Historia de hasta qué punto Roma se portó con la Asia occidental como la mierda; y lo hizo, además, de la cruz a la raya; desde Sila hasta Macrino.

Contar la Historia de Partia es, pues, aguar un poco la fuerte bebida del poder romano, y de sus bondades. Y creo que, cuando menos ante personas mínimamente interesadas en la Historia, es algo que hay que hacer; pues sin estas versiones, el mundo se queda cojo, y lo aprendemos mal. Resulta curioso que esta operación de reequilibrio, la mayoría de las personas la realicen echando mano de los godos y hunos; aprovechando, pues, la relativa debilidad de Roma en aquella época. Creo que la Historia de los partos es mejor estrategia, porque se desplegó en el momento en que se supone que a Roma no la tosía ni dios; y lo cierto es que los partos, sobre toserles, les escupieron.

Los partos molan. Molan mucho.

¡Viva Partia libre!

4 comentarios:

  1. Excelente crónica y más excelente comentario. Gracias

    ResponderEliminar
  2. Magister, usted.
    Muchas gracias por este pedazo de trabajo.
    Yo, que estudié poquísima Historia Antigua en la Uni (allá por 1986), apenas conocía a los asirios, babilonios y egipcios. Es lo que tiene la afición determinada del profesor de turno. NO estudié nada de Grecia ni Roma en la época, he tenido que buscarme la vida a lo largo de los años. Y usted es una fuente casi primigenia.
    Gracias

    ResponderEliminar
  3. Muchas gracias por la crónica. La verdad es que ni siquiera en Historia Antigua de Grecia y Roma se les llega apenas a mencionar. Es interesante poder enlazar la historia de Europa con parte de la historia de Asia.
    Muchas gracias.

    ResponderEliminar