lunes, marzo 16, 2020

Partos (25: Adriano el prudente, Antonino el terco, Marco Aurelio el pragmático y Lucio Vero el inútil)

Otras partes sobre los partos

Los súbditos de Seleuco
Tirídates y Artabano
Fraates y su hermano
Mitrídates
El ocaso de la Siria seléucida
Y los escitas dijeron: you will not give, I'll take
Roma entra en la ecuación
El vuelo indiferente de Sanatroeces
Craso
La altivez de Craso, la inteligencia de Orodes, la doblez de Abgaro y Publio el tonto'l'culo
... y Craso tuvo, por fin, su cabeza llena de oro
Pacoro el chavalote
Roma, expulsada de Asia durante un rato
Antonio se enfanga en Asia
Fraataces el chulito
Vonones el pijo
Artabano
Asinai, Anilai y su señora esposa
Los prusés de Seleucia y Armenia
Una vez más, Armenia
Lucio Cesenio Peto, el minusválido conceptual
Roma se baja los pantalones
De Volagases a Trajano
Fuck you, Trajan


A decir verdad, la campaña asiática de Trajano no fue totalmente en vano; sobre todo si la comparamos con otras que hicieron otros cráneos previlegiados romanos antes que él. No acabaron con los partos quienes, como acabamos de leer en la toma anterior, recuperaron a su legítimo rey de reyes en cuanto perdieron de vista las nalgas de los romanos; pero, sin embargo, retuvieron Adiabene, toda la Alta Mesopotamia y Armenia. Eso, como digo, es mucho más que lo que otros generales, algunos con sonoros nombres históricos, habían conseguido nunca.
Sin embargo, las cosas iban a cambiar; no, desde luego, por la fuerza del ejército parto. En el mes de agosto del 117, el emperador Trajano moría. Adriano, su sucesor, estaba fuertemente influido por la corriente de opinión (bastante anchurosa) que, en Roma, siempre había considerado un grave error político la expedición asiática de Trajano. Muchas personas en el poder de la metrópoli, en efecto, consideraban que los territorios mesopotámicos no eran Dacia. Incorporar a los dacios al imperio era un movimiento que, en realidad, apuntalaba la estabilidad de Roma, desplazando su frontera europea oriental; sin embargo, desplazar en el mismo sentido la frontera asiática, argumentaban estas opiniones, tendría el efecto exactamente contrario. Obligaría a Roma a realizar enormes esfuerzos a la hora de crear fuertes y destacamentos, que sólo podían mantenerse con un esfuerzo que el Imperio tal vez no podía permitirse. Y, ciertamente, eso es lo que acabó pasando pues, cuando comenzó ese proceso que conocemos como caída del Imperio romano, esto es, la presión de los pueblos godos, uno de los grandes problemas de Roma fue los enormes esfuerzos que tenía que hacer en Asia para defender sus posesiones.

Adriano no fue, cuando menos en mi visión, exactamente ese emperador filósofo y buen rollito que algunos quieren ver. Lo que fue, a mi modo de ver, fue un emperador algo más racional que sus sucesores en eso que hoy llamamos la gestión de las finanzas públicas. Consciente de que quien mucho abarca poco aprieta, y muy dominado por la idea de que Roma había alcanzado ya su máxima expansión rentable, el emperador adoptó rápidamente la labor de deshacer el nudo gordiano que había atado su antecesor. Así pues, retrotrajo las nuevas provincias asiáticas que había creado Trajano y ordenó a todas las legiones romanas que estuviesen pasado el Éufrates a que volviesen a sus bases originales. En esas circunstancias, Asiria y Mesopotamia fueron reocupadas por los partos sin oposición. En lo que respecta a Armenia, parece que Adriano no renunció al estatus de reino compartido entre Partia y Roma; en cualquier caso, Partamaspates fue su rey.

No tuvo que ser fácil sostener en Roma aquellas decisiones, que suponían deshacer todos y cada uno de los avances que había conseguido Trajano con sus legiones; sin embargo, a Adriano, más que probablemente, lo que más le preocupaba era conseguir lo que consiguió, esto es: una nueva entente cordial con los partos. En el año 122, Adriano y Chosroes se entrevistaron personalmente en la frontera entre ambos imperios. Tiempo después, el emperador devolvió a los partos la hija del rey que Trajano se había llevado prisionera e, incluso, les dio seguridades sobre la devolución del trono de oro (que, a juzgar por las crónicas, a los partos les importaba mucho más que la tía).

La hija rehén de Chosroes debía de ser un cayo malayo o un coñazo de tía, porque lo cierto es que el rey parto, muy poco después de regresar ella, la palmó. Le sucedió Volagases II, quien no se sabe muy bien si era hijo natural de Chosroes o era arsácida de otra cosecha. De hecho, más que su hijo, podría haber sido un rival en el trono de los partos que viniese reivindicando dicha condición de tiempo atrás (aunque, la verdad, tampoco es impensable que fuese las dos cosas a la vez).

Volagases II, por lo que parece, reinó casi veinte años, durante los cuales no tuvo demasiados problemas. Su gran problema habría de producirse al principio de su reinado, en el año 133. En ese año, el rey de los iberianos, Faramasces, intrigó contra los partos y consiguió, finalmente, que una horda de alanos (o sea, según Pondal, Murguía et alia, de auténticos gallegos) cayese sobre los pasos del Cáucaso. No esta claro que el movimiento de Faramasces fuese exactamente un movimiento contra los partos; puede ser que, en realidad, estuviese intentando joder a los romanos by the way Armenia. Sabemos que Faramasces se había negado ya a pagarle tributo a Adriano, y que en el año 130 había convocado una especie de conferencia de monarcas asiáticos. Al parecer, Adriano, que la verdad tenía un punto rocapollas bastante cultivado, había insultado al monarca iberiano una vez que éste le había enviado una serie de túnicas tejidas con oro, y el emperador se las había dado a una serie de esclavos que actuaban en los anfiteatros (o sea, como si mañana va Trump y le regala al rey Felipe un libro carísimo, y éste se lo da ostentosamente a su camarero).

En todo caso, es posible que también Farasmaces el tiquismiquis tuviese sus más y sus menos con Volagases II, pues la llegada de los alanos no se limitó a Armenia. Más aún, la ruta fundamental de los carballeiras se dirigió a Armenia, sí, pero pasando por Media Atropatene, que era territorio dominado por los partos. De Armenia pasaron a Capadocia, ella misma provincia romana.

Volagases envió una embajada a Roma protestando por las movidas de Farasmaces, argumentando que era un tributario del Imperio; Adriano convocó al rey iberiano en la metrópoli para dar explicaciones; pero, la verdad, eso no frenó a los alanos. En Capadocia Arriano, el gobernador romano, consiguió recopilar tropas suficientes y, con ellas, echar a los invasores. Volagases, sin embargo, fue bastante más maula, pues prefirió explorar la vía de parar la invasión haciéndole a los invasores un fuerte pago.

Como siempre en la Historia Antigua, lo que tenemos es información muy parcial e incompleta; hay, pues, aquí un hiato de conocimiento, o por lo menos yo lo tengo, que no nos deja interpretar adecuadamente qué pasó, exactamente, entre las protestas de Volagases y la llegada de Farasmaces a Roma; porque lo cierto es que, cuando ésta última se produjo, la actitud de Adriano no fue, ni de lejos, la esperada por los partos. Farasmaces fue recibido con calidez en Roma, se le permitió participar en los actos simbólicos de mayor importancia en la ciudad y, aparentemente, recibió de Adriano la promesa de que su principal reivindicación: la extensión de las fronteras de su reino, sería atendida.

Cuando supo de estos arreglos, Volagases, de quien ya vamos viendo que debía ser de carácter más bien prudente, decidió tragarse el sapo. Decidió, probablemente, que de Adriano no sacaría gran cosa y por eso esperó hasta el año 138 en que murió y fue sustituido por su hijo, Antonino Pío. Volagases envió inmediatamente una embajada a Roma para presentarle sus respetos (y recordarle sus reivindicaciones) al nuevo emperador.

Los embajadores que llegaron a Roma llevaban una corona de oro de regalo para Antonino pero, en realidad, lo que venían era a reclamar oro por oro. El famoso trono de oro de los partos seguía en poder de los romanos; Trajano lo había capturado y Adriano lo había retenido, aunque había prometido devolverlo. Antonino, sin embargo, se mostró ofuscadamente cerrado en este tema, y rehusó, con todos los tonos y en todos los idiomas, devolver la sillita de los huevos.

Como decía antes, tras el follón de los alanos, que parece ser fue finalmente contrarrestado con un pago, Volagases II no volvió a tener grandes problemas en su reinado, como no fuera que tenía que conceder las audiencias sentado en una sillita de playa de El Corte Inglés porque los romanos no le devolvieron el trono. A la muerte de este rey un tanto insulso le sucedió Volagases III, quien tal vez, sólo tal vez, era hijo suyo. Pudo llegar a ser rey en el 148 y reinó casi hasta final del siglo.

Con estos datos, lo lógico es asumir que Volagases III era bastante joven cuando llegó al trono. Por lo tanto, sería fogoso y tal, por lo que no nos debe extrañar la sospecha siempre mostrada por los historiadores en el sentido de que, muy pronto, comenzó a juguetear con la idea de declararle la guerra a los romanos. Aparentemente, sin embargo, tras analizar la situación decidió esperar hasta que en el Imperio cambiase de consejero-delegado.

Si fue así, tuvo que esperar más de diez años hasta que, en el año 161, Antonino fue sucedido por su hijo adoptivo, Marco Aurelio, quien asoció al poder a Lucio Vero, el otro hijo del emperador muerto. Considerando que en ese momento de interregno Roma estaría especialmente debilitada, Volagases marchó inmediatamente con sus tropas hacia Armenia. Allí depuso a Sosemo, que era el rey colocado por los romanos, y colocó en su lugar a un tal Tigranes, quien claramente era un arsácida.

Cuando las noticias de aquella invasión y deposición se extendieron, el gobernador de Capadocia, Severiano, decidió contestar. Este Severiano, al parecer, era un tipo mega-mega-supersticioso que todo lo hacía pasar por el diagnóstico de su arúspice de guardia, un tal Alejandro. Alex, en todo caso, consultó los signos y vio que eran fastos, así pues Severiano cogió una legión y tiró por la autovía de Armenia. Alejandro, sin embargo, se demostró como un arúspice de mierda pues, nada más cruzar Severiano el Éufrates, que debemos recordar llevaba sólo una puta legión, se encontró con un ejército formado por todos los clientes y ex clientes de Primark, comandado por un general parto llamado Chosroes. Cagando virutas, el romano buscó una ciudad donde esconder la colita, así pues se fue hacia Elegeia con sus tropas, y allí fue sitiado por los partos. Se produjo un corto asedio de tres días tras el cual los romanos fueron masacrados hasta el último hombre.

Tras esta victoria, los partos cruzaron el Éufrates y entraron en Siria con el cuchillo de capar entre los dientes. Atidio Corneliano, el procónsul local, salió a campo abierto para oponérseles, y se llevó tal ristra de capones que le crecieron dos cabezas más. Hay que decir que en ese avance no faltaron apoyos por parte de los sirios, que muy partidarios de estar bajo el poder de Roma (esa civilización tan bonita que esquilmaba sus campos, sus templos, sus casas), la verdad es que no eran. De hecho, a los partos la campaña siria, por así llamarla, les resultó tan fácil que incluso llegaron a Palestina, que ya les quedaba a tomar por culo de casa.

Cuando MA Latinus, o sea el emperador, recibió noticias de aquel descalzaperros, resolvió enviar a su medio bro, Lucio Vero, a Asia. Lo hizo así porque, la verdad, Vero, al ser más joven, estaba en mejores condiciones de aguantar la tralla de una campaña como la asiática. Sin embargo, hasta Marco Aurelio pensaba que Lucio era un poco tuercecaligas en cuestiones militares, razón por la cual resolvió hacer que la crema del Estado Mayor romano lo acompañase, no fuese que hiciera alguna en plan Peto o Craso, y la cagase. Así pues Estacio Prisco, Avidio Casio y Marcio Vero fueron adjuntados a la expedición.

El propio Vero, al parecer, era renuente a dejar Italia, no sabemos si porque allí vivía de puta madre o porque adivinaba alguna intención oscura en el gesto del emperador de enviarle al teatro bélico que peor se le había dado a los romanos con diferencia. No obstante, en el 162 se dejó caer por Siria. Envió una embajada de compromiso a los partos, consciente de que no aceptarían una paz y, después, una vez consumido ese detalle, se aprestó a organizar el contraataque.

Vero, en todo caso, yo creo que ya queda bastante claro, no era un apasionado de las guerras y las campañas. Era, probablemente, uno de esos tipos que prefieren subir en ascensor a coger las escaleras (la mayoría, pues); así pues, resolvió emplazarse en Antioquía y no moverse de ahí, mientras sus generales y sus tropas hacían la guerra. Un gesto tan poco común en su época que, por lo general, se tiene por canónico que la estrategia basada en que el general no haga la guerra sino que permanezca en algún lugar dando órdenes no se consolidó hasta los tiempos de Mahoma.

Avidio Casio recibió el mando de las legiones emplazadas en Siria. Volagases lo atacó dentro de la propia provincia siria, pero el romano se las arregló para contrarrestar el ataque. Después pasó a la ofensiva y, en el año 169, derrotó a Volagases en la batalla de Europo, que obligó a los invasores a volver a pasar el Éufrates.

Por su parte, en Armenia Estacio Prisco avanzó sin oposición hasta Artaxata, la capital, que, al parecer, se encontró ya arrasada. Sosemo fue reinstaurado en el trono, aunque los romanos, tal vez porque el chavalote no fuese muy listo, nombraron un gobernador, Tucídides, quien, junto con Marcio Vero, terminó por pacificar el país.

En menos de dos años, Roma había recuperado sus posiciones. Pero ahora quería más.

1 comentario:

  1. Gracias por seguir escribiendo. Así se ameniza el encierro.

    ¿Algún post futuro sobre alguna plaga de la historia?

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