lunes, diciembre 23, 2019

Partos (15: Fraataces el chulito)

Otras partes sobre los partos

Los súbditos de Seleuco
Tirídates y Artabano
Fraates y su hermano
Mitrídates
El ocaso de la Siria seléucida
Y los escitas dijeron: you will not give, I'll take
Roma entra en la ecuación
El vuelo indiferente de Sanatroeces
Craso
La altivez de Craso, la inteligencia de Orodes, la doblez de Abgaro y Publio el tonto'l'culo
... y Craso tuvo, por fin, su cabeza llena de oro
Pacoro el chavalote
Roma, expulsada de Asia durante un rato
Antonio se enfanga en Asia

Pues sí: Fraates permaneció au dessus de la melée, sin intervenir en modo alguno. Para él, lo que estaba pasando era un chollo. Por un lado, dada la condición volátil y bastante traidora del armenio Artavasdes, el rey parto no le hacía ascos a la idea de que terminase mordiendo el polvo. Por otro, sabía que Antonio, al excitar los ánimos guerreros de los armenios, estaba en realidad alimentando un avispero que no haría otra cosa que diferirlo del que era el objetivo teórico de su presencia en Asia, que no era otro que aplastar a los partos.

Por otra parte, teniendo en cuenta que los romanos controlaban Siria y Armenia, e indirectamente Media Atropatene mediante el acuerdo al que habían llegado con su monarca, los partos también tenían claro que no debían atacar a una potencia con esa cantidad de recursos.

En el año 33, en primavera, Antonio remontó el Araxes hasta Media una vez más. Allí tuvo una reunión con los medos en la que renovó los acuerdos de colaboración. Los medos recibieron una parte de Armenia y el casamiento del joven Alejandro con Jotapa, hija del rey. Sin embargo, estos movimientos ya no tenían como objetivo atacar a los partos; ese tiempo había pasado. Para entonces, Antonio tenía como principal problema su enfrentamiento con Octavio por el mando el Roma y, de hecho, sabía que su destino en el corto plazo era desplazarse hacia Asia Menor para presentar batalla.

El momento que el astuto Fraates esperaba para atacar.

El rey parto, aliado con Artaxias, el nuevo rey armenio, atacó a los aliados de Roma, si bien fueron repelidos. Sin embargo, esa derrota había sido posible gracias al apoyo romano, y éste desapareció pronto. Antonio, en efecto, no sólo se llevó sus tropas del teatro medo, sino que ni siquiera le devolvió a su aliado las tropas locales que le había prestado. En estas condiciones, la coalición parto-armenia entró en Media como el cuchillo caliente en la mantequilla. Media fue invadida por los aliados y Artaxias recuperó Armenia, donde procedió a un genocidio sistemático de todos y cada uno de los romanos que quedaban en las plazas fuertes.

El problema para Fraates es que, como sabemos, siempre había tenido tendencias tiránicas, que descargaba contra su propio pueblo. Al parecer, mientras los partos estuvieron en guerra contra los romanos y el resultado de la misma estuvo en las casas de apuestas, el rey parto había moderado su capacidad de puteo; pero, conforme se vio ganador de la partida, retomó a su ser natural de cobrar impuestos abusivos a hostia limpia, y ese tipo de cosas. Como consecuencia, en el mismo año 33 en el que las cosas comenzaron a irle tan bien en el ámbito exterior, por así decirlo, en Partia se declaró una rebelión que fue tan fuerte que Fraates tuvo que salir del país echando leches. La rebelión fue encabezada por un tal Tirídates, coronado rey por sus partidarios.

Fraates, en todo caso, no se quedó quieto. Huyó a Escitia, un reino especialmente escogido pues el parto sabía que los escitas eran excelentes guerreros. Buscaba convencerlos para que se uniesen a su causa, y lo consiguió; de hecho, los escitas le devolvieron la corona de Partia sin bajarse del caballo (aunque también es cierto que eso es algo que no solían hacer).

Ahora fue Tirídates el que tuvo que salir echando hostias. Pero no se fue solo. Se llevó consigo al hijo menor de Fraates, al que había logrado hacer rehén; y buscando sus oportunidades, decidió llevarlo a presencia de Octavio; estamos ya en el año 30, en efecto, en el momento en que el fundador del Imperio romano propiamente dicho estaba en Siria, camino de Egipto.

Octavio aceptó aquel rehén, que le resultaba muy valioso; sin embargo, descartó ayudar a Tirídates contra Fraates, como pretendía éste. Sería años después, en el 23, cuando Fraates le exigió a Octavio que le devolviese a su hijo y le entregase a Tirídates, cuando el romano le devolvió al primero sin exigir recompensa, pero no el segundo; y, además, invitó al rey parto a ser generoso y devolverle a Roma, por su parte, las águilas capturadas a Casio y a Antonio, junto con los prisioneros que pudiesen quedar por allí. Fraates hizo lo que probablemente habría hecho Octavio en su lugar: aceptó la recuperación de su hijo, pero no devolvió las águilas. No fue hasta tres años después, en el año 20, cuando Octavio, ya Augustus Imperator, visitó Asia, que Fraates, temeroso de que el romano iniciase una campaña contra Partia, le devolvió los trofeos.

Fraates gobernaría todavía veinte años más después de la devolución de las banderas romanas, pero ya, digamos, se quedó quieto y tranquilo. Roma y Partia habían estado veinte años en guerra sin resultado concluyente. Ambos aprendieron durante este largo enfrentamiento que cada uno de ellos era lo suficientemente fuerte en casa como para impedir la invasión del otro, pero que, consecuentemente, ninguno era lo suficientemente fuerte como para hacer caer al otro. Así pues, Partia y Roma construyeron un estatus quo de paz bélica que les funcionó durante bastante tiempo.

Octavio, en efecto, creía en el principio general de que, durante su imperio, Roma había llegado a los límites de sus fronteras. Lo que quedaba más allá, opinaba, o era demasiado fuerte como para poder ser vencido por unas legiones que tendrían que pelear muy lejos de casa, como ocurría con los partos; o bien tenía muy poco interés, como las tierras de los germanos. Tiberio respetó a rajatabla este principio, y detrás vinieron los primeros emperadores, que hicieron muy poco por extender los límites del Imperio. No fue hasta Trajano, casi un siglo y medio después de Augusto, que Roma volvió a ser una potencia invasora y colonial.

¿Y Partia? Bueno, como hemos dicho Fraates había perdido, por así decirlo, la pulsión guerrera, más que nada porque no le quedaba otra que preocuparse por los temas internos. Él ya iba viejo y tenía la intención de colocar a algún hijo en el trono; razón por la cual, durante dos décadas, practicó el exilio de sus enemigos políticos; asimismo, cual político demagogo que clama las virtudes de la enseñanza pública pero luego matricula a sus churumbeles en elitistas escuelas, Fraates pagó auténticas fortunas a Augusto a cambio de que sus hijos fuesen educados en Roma. Cuatro jovenzanos acabaron, pues, en el Montessori de su tiempo: Vonones, Seraspadanes, Rodaspes y Fraates. Dos de ellos, en todo caso, tenían ya tantos pelos en el escroto que, cuando fueron a Roma, estaban ya casados y con hijos. Los cuatro permanecieron en Roma mientras vivió su padre, tal vez para conseguir una selecta educación, tal vez para no estar a tiro de las dagas de quienes, en casa, tal vez habrían querido apiolárselos. Las cosas no parece que estuvieran muy bien en Partia que digamos.

Amigados hasta ese punto Partia y Roma (los autores romanos se refieren a los hijos de Fraates como rehenes, pero eso es una chulería; eran huéspedes tratados con la mayor de las deferencias), la cosa podría haber seguido en el mismo tono de no haber sido por los de siempre: o sea, los armenios.

En Armenia, en efecto, estalló algo que difícilmente puede ser descrito con una palabra muy distinta de “revolución”. El año 20 la había cascado Artaxias y Octavio, a quien el deceso pilló en Asia, había enviado a Tiberio para que garantizarse una sucesión adecuada. Tiberio, cuando llegó y vio lo que había, decidió que la mejor solución para todos es que un hermano de Arty, Tigranes, reinase en Armenia. Pero Tigranes no duró gran cosa y murió en el año 6; momento en el cual los armenios, por su cuenta y riesgo, decidieron que sus hijos lo sucederían en el trono, sin preguntarle a Papá Romano.

En el año 5, encabronado, por no haber sido escuchado, Augusto envió una expedición a Armenia, para enseñarle a aquellos díscolos montaraces quién mandaba en su casa. Depuso a los hijos de Tigranes y colocó en el trono a un tal Artavasdes, que no sabemos muy bien si era de Marujita o de Josefina. Sin embargo, los armenios, que habían probado las mieles de ser los dueños de su propio destino (o tal vez habían contratado un coach que les había convencido de ello), se alzaron en el año 2 antes de Cristo contra Artavasdes. Una rebelión en la que los romanos, cogidos por sorpresa, fueron derrotados, y Artavasdes expulsado de Armenia. Los armenios colocaron a otro Tigranes en la corona y parece que dejaron claro que, si Roma los atacaba, invocarían la solidaridad de los partos.

Los partos esperaban que la sangre no llegara al río (Araxes). Augusto era viejo y, lo que era más importante, se había pasado de frenada puteando a Tiberio, su sucesor, provocando que su mejor general se retirase a Rodas y pasara de él y del Imperio como de vender ñordos en Wallapop. Sin embargo, el viejo zorro romano era un luchador impenitente y, por mucho que sus enemigos esperasen que se quedase en casa tomando tisanas, no fue eso lo que hizo. Si tardó Octavio en tomar medidas es porque, efectivamente perjudicado por el autoexilio de Tiberio, tenía que escoger un general capaz para la labor. Cayo, el mayor de sus nietos, tenía 18 años apenas en el año 2. Parece, en todo caso, que llegó a plantearse Augusto que Cayo se pusiera al frente de sus legiones; pero alguien debió convencerlo de que era una imbecilidad.

En realidad, las principales novedades en ese ínterin las aportó Partia, pues fue por entonces que falleció el rey Fraates y fue sustituido por uno de sus hijos, Fraataces, quien gobernó bajo la atenta mirada de la reina madre, Thermusa.

Fraates se había casado, en los últimos años de su vida, con una esclava de origen itálico que le había sido enviada como regalo por Augusto; con ella había tenido ese típico hijo-nieto crepuscular, por el que el padre suele tener un cariño especial y al que, lógicamente, quería convertir en su sucesor. Algunos autores incluso más que insinúan que había sido esta esclava-esposa la que había convencido a Fraates de que enviase a sus otros hijos a Roma, para así quitárselos de en medio.

Con los años, Fraataces se convirtió en la mano derecha del rey Fraates, y todo el mundo, empezando por el propio chavalote y su mamá, asumió que sería el rey futuro. Fraataces, o tal vez su pastelera madre, tenían sin embargo el defecto de ser impacientes; el puto viejo se obstinaba en no morirse y además, aparentemente, ambos concluyeron que si fallecía en un proceso normal, natural, esto le daría tiempo a los hijos residentes en Roma para reclamar lo suyo. Así pues, madre e hijo decidieron manipular las manecillas del reloj, y envenenaron al rey. Así pues, Fraates IV, el parricida y fratricida, fue asesinado por su churri y el hijo al que más quería. Para que luego digan que no existe el karma.

La llegada al trono de Fraataces, en todo caso, no supuso ningún cambio en la actitud de los partos respecto de Armenia. Eso sí, nada más llegar al trono, el nuevo rey parto envió embajadores a Roma para informar a Augusto de la nueva y, además, proponerle la renovación de todos los acuerdos a los que el emperador había llegado con su padre. Augusto, sin embargo, no tragó. Para empezar, en su respuesta el emperador romano se dirigía al parto por su nombre, sin apelarlo de rey. Y, para seguir, lo conminaba a no tomar una corona que, decía, no era suya; y, de paso, a retirar sus tropas de Armenia (porque Fraataces, la verdad, no decía nada de Armenia en sus cartas al emperador romano). Asimismo, Augusto se guardó de hacer cualquier referencia en su respuesta a la que era la principal demanda de Fraataces, que era que el romano avalase la renuncia a la corona de los partos de cualquiera de los cuatro becarios que tenía el emperador en Roma.

Fraataces respondió a la soberbia romana con una segunda carta en la que adoptaba el nombre, tan querido de los partos, de rey de reyes, y se limitaba a apelar a Augusto de César.

Probablemente, el rey parto envió aquella segunda carta, chulesca y sobrada, pensando que Augusto estaba en la inercia de no hacer nada en el teatro asiático. Pero se equivocó, porque éste fue el momento en el que el emperador consideró que las cosas habían llegado demasiado lejos, y llamó a su nieto Cayo a su lado para enviarlo a Asia. Quedaba un año para la Cristada.

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