lunes, enero 20, 2020

Partos (17: Artabano)

Otras partes sobre los partos

Los súbditos de Seleuco
Tirídates y Artabano
Fraates y su hermano
Mitrídates
El ocaso de la Siria seléucida
Y los escitas dijeron: you will not give, I'll take
Roma entra en la ecuación
El vuelo indiferente de Sanatroeces
Craso
La altivez de Craso, la inteligencia de Orodes, la doblez de Abgaro y Publio el tonto'l'culo
... y Craso tuvo, por fin, su cabeza llena de oro
Pacoro el chavalote
Roma, expulsada de Asia durante un rato
Antonio se enfanga en Asia
Fraataces el chulito
Vonones el pijo


Germánico, como sabemos bien, murió pronto, en la flor de la vida. Y tras su deceso, en el año 19, ocurrieron cosas en la Historia de Partia sobre las que no tenemos un conocimiento muy profundo. Artabano da la impresión de haber guerreado contra otros pueblos fronterizos, y son guerras que debieron de irle bien, pues con el tiempo acabó por acunar la idea de escindirse del poder romano una vez más. Era un momento propicio: sin Germánico, Roma carecía de un gran general. Su comandante en jefe, el emperador Tiberio, era un viejo con pocas ganas de meterse en líos. Y Lucio Vitelio, el gobernador de Siria, era menos adecuado para el puesto que un fiscal general nombrado de rebote.

En el año 34, el equilibrio geopolitico de la zona volvió a cambiar desde una de sus piezas fundamentales, Armenia. Allí, el rey Artaxias Zenón provocó a Artabano hasta que invadió el país, al frente del cual colocó a su hijo Arsaces. Al mismo tiempo, envió embajadores a los romanos exigiéndoles la devolución del tesoro que Vonones se había llevado consigo a Siria. En dicha embajada, Artabano incluyó cartas en las que se declaraba heredero de Ciro el Grande y, por lo tanto, dispuesto a conquistar todos los territorios que algún día formaron parte del imperio persa.

Tiberio, efectivamente, estaba ya en la edad en la que la ausencia de problemas define la felicidad. Cuando le llegaron las noticias sobre Armenia, envió instrucciones a Vitelio en las que, básicamente, le instaba a llevarse bien con el rey parto. Como suele ocurrir, Artabano interpretó esta respuesta por parte del emperador romano como una prueba de debilidad, y albergó planes para atacar incluso territorios que formaban parte de dicho imperio. De hecho, comenzó a realizar expediciones contra la Capadocia, que era provincia romana.

En tiempos de Tiberio, sin embargo, los romanos habían desarrollado de forma muy eficiente su CIA particular que, con mayor eficiencia que en tiempos pasados, los dotaba con informaciones precisas de inteligencia sobre sus enemigos. Tiberio, gracias a ello, recibió testimonios que hablaban de una situación bastante comprometida dentro de Partia, donde el rey no era nada popular. Roma, entonces, resolvió agitar el avispero parto. En el año 35, varios nobles partos estuvieron en Roma, y allí sugirieron que si Fraates, uno de los hijos sobrevivientes de Fraates IV, aparecía por el Éufrates, los partos se levantarían contra su rey.

Roma aprobó la operación, y Fraates partió hacia Siria. Artabano, en todo caso, pronto se enteró de la movida, e incluso fue informado de que el centro de la misma dentro de Partia era un noble llamado Sinnaces y un eunuco llamado Abdo, uno de esos típicos sirvientes de la Corte que había conseguido, con los años, una posición de preeminencia. El rey de los partos venció a la tentación de ir directamente a por los dos conspiradores, consciente de que, si los ejecutaba sin más, tal vez nunca sabría cuántos rostros tenía aquella hidra. Así pues, comenzó a envenenar lentamente al eunuco, mientras le encargaba cada vez más misiones de Estado a Sinnaces, para tenerlo ocupado. Fue una estrategia inteligente que, como le suele pasar a las estrategias inteligentes, acabó siendo auxiliada por la suerte.

Fraates, el conspirador, había pasado cuarenta años viviendo en Roma. De otra forma no estaría vivo, porque la verdad es que Artabano había asesinado a la práctica totalidad de los arsácidas masculinos que pudo encontrar en Partia. Este largo exilio, sin embargo, lo había convertido en un romano de aspecto y de costumbres y, por ello, era consciente de que, a su llegada a Siria, su primera obligación (ah, el márquetin...) era mostrarse como un parto de pura cepa. Así que se dedicó a hacer cosas en Siria como comer las cosas que comían los partos, y tal. El modo de vida parto, al que ni su estómago ni su sistema inmunológico estaban ya acostumbrados, provocó su enfermedad y, a la postre, su muerte.

La muerte de Fraates dejó a los romanos hechos polvo. Pero no a Tiberio. El emperador, ante las noticias de la muerte de su campeón, decidió ponerse serio con los partos. En realidad, para ello puede haber colaborado una carta que, según algunas fuentes, un crecido Artabano le habría escrito insultándolo, reprochándole su modo de vida y otras cosas; pero no todo el mundo está de acuerdo en que dicha carta existiese alguna vez.

Rápidamente, Tiberio reclutó a Tirídates, sobrino del ahora fallecido Fraates, y lo envió a Siria. Pero, además, le otorgó a Vitelio la superintendencia de todos los asuntos del Este, con lo que buscaba, claramente, que la pelea contra los partos lo fuese de varias naciones.

En el año 35, Farasmanes, el rey de Iberia (ojo, no de la nuestra, sino una región de Georgia; ojo, no la de los EEUU, sino la república de la ex URSS) lanzó su intención de colocar a su hermano Mitrídates en el trono armenio. No fue la idea suya; digamos que había recibido un email desde Capri en el que se le había invitado a dar ese paso. De hecho, marchó sobre Armenia sin encontrar oposición seria. Artabano, en todo caso, le ordenó a su propio hijo, Orodes, que se fuera para allá, a defender los postulados de los partos. Sin embargo, las tropas que le otorgó eran muy pocas y, demás, Farasmanes parece que era un tipo bastante popular entre los armenios. El rey iberio (que no íbero), consiguió además la complicidad de los albanianos (que no albaneses) para abrir los pasos del Cáucaso, con donde habían entrado en Armenia hordas de escitas y sármatas, todos ellos mercenarios, quizá sabrosamente pagados con dinero procedente de Roma.

Aunque Orodes trató por todos los medios de no enfrentarse en el campo de batalla a aquella poderosa coalición, finalmente tuvo que hacerlo. Al parecer, la batalla fue bastante igualada hasta el momento en que Orodes fue descabalgado de su caballo y sus soldados asumieron que había muerto. La consecuencia pudo ser una matanza (así lo dice Josefo, sin ir más lejos) y, en todo caso, la pérdida del teatro armenio por los partos. Para Artabano, además, el suceso suponía un grave contratiempo que lo colocaba a los pies de los caballos de sus enemigos internos.

El rey parto, sin embargo, pensó sin duda que la mejor defensa es un buen ataque, y por eso al año siguiente, en el 36, reclutó un gran ejército, y con él marchó hacia el norte, buscando el enfrentamiento con los iberios y la recuperación de su provincia armenia. Anduvo lento e ineficiente el parto con lo que se buscó muchos problemas, dado que, cuando todavía no había podido dar el golpe que esperaba, Vitelio se colocó al frente de sus legiones y se movió al norte de Siria, amenazando con invadir Mesopotamia. Aquello cambió completamente los planes de Artabano, quien pasó de atacar a defenderse para conservar otra parte, más importante incluso, de su imperio.

Cuando Artabano volvió grupas hacia el sur, Vitelio, claramente, evitó el combate. Más que probablemente, valorando la situación de los romanos en el teatro oriental y, sobre todo, la personalidad de Tiberio, quien nunca le decía que no a una conspiración a media voz, Vitelio recibió de Roma la instrucción de no enfrentarse al parto y, a cambio, gastar enormes sumas de dinero en la excitación de las correspondientes rebeliones entre los megistanes.

La estrategia se reveló como lógica y exitosa. Artabano, notablemente debilitado ya por las derrotas que había sufrido, fue perdiendo paulatinamente apoyos hasta que sólo le quedó su guardia personal en la que confiar. En ese momento, tomó la lógica decisión de huir, y se marcho a Hircania a uña de caballo. Hircania estaba bastante cerca de los lugares donde Artabano se había criado, así pues los locales le eran bastante parciales. Por lo tanto, allí se pudo retirar.

Con Artabano huido, Vitelio avanzó hacia las riberas del Éufrates y pronto introdujo a su huésped, Tirídates, en el reino donde esperaba colocarlo como rey. El poder de Roma y la desgracia sin paliativos de Artabano provocó una oleada de adhesiones. Ornospasdes, el sátrapa de Mesopotamia, fue el primer endorsement que disfrutó Tirídates. Luego fue Sinnaces, incansable conspirador, y su padre, Abdageses, un personaje importante porque era el guardián del Tesoro y, por lo tanto, con su defección le otorgó a Tirídates los medios financieros que necesitaba. Los griegos mesopotámicos, en todo caso, estaban todos encantados con el nuevo rey, pues, al fin y al cabo, era alguien criado en Roma y, por lo tanto, bastante cercano a sus puntos de vista helenísticos; entre eso y un arsácida que se había criado entre escitas, la verdad, no veían color.

En Seleucia, la Barcelona de Partia, el recibimiento de Tirídates fue apoteósico. La población, en buena parte helenística, estaba tan encantada con el nuevo rey que, incluso, hicieron circular la versión de que Artabano ni siquiera era un arsácida auténtico, pues era el producto de una relación adulterina. Tirídates supo pagarles. Artabano había cambiado la constitución de la ciudad, hasta entonces gobernada por un Senado de 300 miembros, para instaurar un gobierno aristocrático; ahora Tirídates modificó esa Constitución modificada para instilar elementos democráticos en el gobierno de la ciudad.

Finalmente, en Ctesiphon, la capital, fue coronado por el surena del momento.

Después de todo aquello, que no dejaba de ser el apoyo de la mitad occidental del imperio, Tirídates esperaba la misma reacción por parte de los territorios orientales. Sin embargo, las cosas no eran tan fáciles.

Sabido es que, si costoso es obtener una victoria, administrarla puede ser algo casi imposible. Para Tirídates, tras su coronación el principal reto era nombrar un visir, un primer ministro capaz y fiel. Esto comenzó la habitual conga de intrigas, mentiras y conspiraciones, dentro de las cuales los que se consideraban víctimas principales eran aquellos nobles que, por estrategia o por imposibilidad, no habían estado en la coronación de Tirídates; parece ser que fueron el principal objeto de las maledicencias de aquéllos que, cercanos al rey, querían ahora quitarse de en medio a posibles rivales.

Estos nobles preteridos de la carrera del poder, lógicamente, volvieron sus rostros hacia Artabano. Enviaron a por él a Hircania y lo encontraron allí, vistiendo ropas extremadamente humildes y viviendo de la caza. Al principio, el ex rey receló de los mensajeros, pensando que no venían sino a prenderlo y entregarlo a Tirídates. Sin embargo, finalmente convencido, comenzó a reclutar mercenarios escitas. Con esta tropa, y llevando encima todavía los pobres ropajes con que se vestía para tratar de obtener con ello la solidaridad de quienes lo viesen, Artabano se movió hacia el oeste, llevando a cabo una estrategia de incursiones y acciones muy rápidas.

Tan rápido se movió Artabano, que cuando llegó a las inmediaciones de Ctesiphon, Tirídates estaba en la ciudad, todavía preguntándose cuál podría ser la mejor estrategia a desarrollar. Unos le decían que los rebeldes estarían cansados por tanta marcha y que por lo tanto había que atacarlos ahora; mientras otros aconsejaban la retirada a Mesopotamia, para allí poder unir fuerzas con armenios y romanos. Vitelio, de hecho, tras conocer las primeras noticias del movimiento de Artabano, había cruzado el Éufrates con sus tropas. Puesto que Tirídates había hecho finalmente visir a Abdageses y que éste era uno de los campeones de la retirada, optó por ésta.

Ni Tirídates ni su visir, sin embargo, habían entendido una cosa. Algo que tiene su lógica que el primero, al fin y al cabo criado en Roma, no apreciase; pero que su noble parto en funciones de primer ministro debería haber valorado. Ese algo es esto: los pueblos occidentales, como romanos o griegos, podían llegar a entender, y eso con dificultades, la idea de la retirada estratégica; pero los pueblos orientales, no. Los pueblos asiáticos, casi sin excepción, entendían que cuando alguien se retiraba de la batalla, alejándose de ella, estaba haciendo una confesión de debilidad o, peor, de cobardía; y, consecuentemente, apoyarlo era, para muchos, un oprobio. Conforme Tirídates fue alejándose de las posesiones orientales del imperio parto, pues, fue perdiendo, poco a poco, apoyos y, con los apoyos, las tropas que éstos aportaban. Cuando llegó al Éufrates, estaba básicamente solo. Con las pocas tropas que le quedaban cruzó la raya de Siria y pidió asilo a los romanos.

Artabanus was back.

1 comentario:

  1. Buenas tardes.

    ¿Lo de no poner los enlaces a capítulos anteriores ha sido por olvido?
    ;-D

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