miércoles, octubre 31, 2018

Isabel (y 39: game over)

Atenta la compañía con:

Esos tocapelotas llamados presbiterianos
Thomas Cartwright
... y estos tipos nos dan lecciones de civilización
Essex en Normandía
Las cosas salen como el orto
Las cosas salen peor que el orto
En efecto,  Isabel quería resolver, ahí es nada, el tema de Irlanda: en febrero de 1603, la reina de Inglaterra le escribió una carta a Mountjoy, que era la primera asunción por su parte del principio de que la rebelión irlandesa no sería algo que se resolvería por la fuerza de las armas. Debió de ser todo un esfuerzo para una inglesa llegar a esa conclusión, teniendo en cuenta lo rápida y frecuentemente que otros gobernantes de la nación regresarían a esa idea en los siglos por venir.

En realidad, la cesión de Isabel, vista con los ojos de hoy, no fue gran cosa. Las instrucciones que le envió a su comandante en el frente irlandés ordenaban garantizar y respetar la vida de Tyrone y darle todas las seguridades personales; pero, decía, para cualquier otra cesión, debería contarse con la autorización real. Al día siguiente, en uno de sus frecuentes cambios de humor, Isabel pareció darse cuenta de que la primera carta apenas ofrecía nada, y por eso envió una segunda en la que le daba a Mountjoy la posibilidad de manejar cesiones algo más flexibles. Sin embargo, le instruía claramente para que el tema religioso quedase fuera de todo diálogo; o, si se prefiere, la reina de Inglaterra estaba dispuesta a reconocer que los irlandeses eran duros de pelar; pero reconocer que podían ser católicos ya era otra cosa.

Las condiciones establecidas por la reina de Inglaterra permiten, creo yo, seguir el rastro de decisiones que hubo de tomar arrastrando el escroto que no tenía. Por ejemplo, Isabel quería que Tyrone rindiese sus plazas del Ulster, tras lo cual los ingleses demolerían todos los castillos y puestos de vigilancia; pero reconocía que, después de haber hecho eso, el Ulster volvería a ser del noble irlandés rebelde. Le exigía al conde de Tyrone, además, que tomase otro nombre noble diferente; estaba dispuesta a respetarle la vida, pero su nombre, fuertemente identificado con la rebelión, debía desaparecer para siempre.

El hecho de que a la reina le costara tanto poner en marcha estas cesiones tiene su importancia, porque lo cierto es que las mismas son prácticamente contemporáneas a un notable deterioro de su calidad de vida. Progresivamente, la reina había ido perdiendo el apetito y tenía graves problemas de insomnio. En aquellas fechas, además, fue pasto de una bronquitis. Comenzó a tener problemas muy graves de garganta, a los que parece ser la desastrosa situación de su dentadura no era ajena, que en algunos momentos incluso le impedían hablar.

Para entonces pasaba las noches sentada, porque había llegado al convencimiento de que si se acostaba podría morir (cómo llegó a la conclusión de que sentada no había peligro, es algo que no explicó). Tuvo que ser el marido de su difunta mejor amiga, lord Notthingham, quien acabara por convencerla de regresar a la cama. Robert Carey la vio el 23 de marzo y quedó bastante impresionado de su rápido deterioro. En la mañana no podía hablar, si bien en la primera tarde pareció mejorar e incluso pidió algo de comer. Pero con la llegada de la noche empeoró de nuevo (cualquiera que haya cuidado enfermos terminales sabe lo puteona que es la noche). A las seis de la tarde, la reina hizo llamar a Carey, quien se arrodilló junto a su cama mientras Whitgift, a modo de extrema unción, le hacia una serie de preguntas sobre su fe en Dios, que la reina ya sólo era capaz de contestar con gestos de los ojos o apretando la mano. Genio y figura, la reina se las arregló para ser entendida en su deseo de que Whitgift siguiera rezando por ella. El arzobispo era entonces un viejo de setenta años y de hecho moriría el año siguiente, pero aun así se quedó allí más de una hora, destrozándose las rodillas artríticas, rezando por ella.

A las tres de la mañana, con un suspiro, la reina falleció.

Isabel había tenido la vida que quería y, contra todo y contra todos, tuvo también la muerte que se empeñó en tener. Siempre se negó a aclarar el temita de su sucesión y, por lo tanto, el país tuvo que vivir sus consecuencias. A pesar de que en las últimas horas de su vida la reina no había podido hablar, mucho menos expresar deseos complejos en torno a la Corona británica, apenas con la llegada de las primeras luces del 24 de marzo comenzaron a circular por Londres historias diversas sobre su voluntad sobre la sucesión. Según Carey, la tarde antes de su muerte, la reina había reunido a su Consejo Privado alrededor de la cama y, cuando se había citado el nombre de Jacobo, había puesto su mano en su cabeza. Pero esto tampoco es necesariamente cierto, aparte que la exégesis del gesto tampoco es fácil.

Cecil y Nottingham, que como sabemos tenían intereses en la movida, sobre todo el primero, se dedicaron a intoxicar, con el cuerpo de la reina todavía caliente, con la idea de que Isabel había dejado en sus manos la búsqueda del candidato más idóneo a la Corona, no sin matizarles que ella siempre había considerado a Jacobo como dicho candidato. Era una forma bastante tramposa de presentar las cosas, pues si tan convencida estaba Isabel, ¿por qué no había actuado en consecuencia mientras pudo?

Existen otras fuentes, sin embargo, que no apuntan en esta dirección. El embajador francés en Londres, sin ir más lejos, le escribió a su rey, dos días antes de la muerte de la reina, que le constaba que ésta no había designado sucesor. Información que, además, confirmó al día siguiente del óbito. Unos diez días después, sin embargo, el embajador remitió otro despacho a París en el que ya recoge la versión de Cecil y Nottingham. Hay que decir que el propio informante francés era bastante escéptico sobre esta versión, pues era difícil de entender por qué la reina se había confesado sólo con dos de los miembros de su consejo privado, mientras que frente a los otros se limitó a realizar el equívoco gesto de tocarse la cabeza (que, según los partidarios de Jacobo, venía a querer decir: "como yo debe ceñir la Corona").

El lord deputy de Irlanda recibió la noticia de la muerte de la reina muy pronto para los plazos de la época, gracias a un heraldo que viajó a uña de caballo desde Londres y que tuvo la suerte de cruzar con gran rapidez entre las dos islas. Hábilmente, Mountjoy mantuvo la información para sí mismo, y decidió actuar con rapidez antes de que se supiera. El 30 de marzo, recibió la sumisión de Tyrone, a cambio de que el noble irlandés fuese perdonado por una reina que ya no lo era. Tyrone juró alianza con la corona británica, juró no realizar nunca alianzas con otras potencias extranjeras, así como renunciar a su título y a poner sus tierras a disposición de la Corona.

En Valladolid, el Consejo de Estado español estaba tratando de presionar al rey francés y al Papa para que apoyasen una candidatura católica al trono de Inglaterra. Para Felipe III, la muerte de Isabel no fue ninguna buena noticia, porque precipitaba una sucesión para la que necesitaba más tiempo. La diplomacia española, entonces, optó por exigirle a Jacobo la conversión al catolicismo, como una forma indirecta de defender la candidatura de la infanta española si se negaba.

En Londres, sin embargo, nadie dudaba de que Jacobo iba a ser el sucesor de la reina. Cecil maniobraba constantemente, consciente de que el orden constitucional inglés establecía que el Consejo Privado de Isabel, simplemente, quedaba disuelto tras la muerte de ella. Su intención era garantizar una transición fácil, en la que los hombres de poder de la reina permaneciesen en sus puestos. La ciudad y el país fueron sometidos a bloqueo informativo: la guardia de palacio fue doblada, y se prohibió la salida de personas y de cartas del país.

En la carrera de pelotaris que se produjo entre los hombres de la Corte para pasarle una mano por el lomo a Jacobo, ganó Carey. Ya hemos visto que Roberto había abandonado la habitación de la reina cuando ella todavía estaba viva, mientras el arzobispo Whitgift se las veía y se las deseaba para permanecer arrodillado, rezando. Antes de irse, sin embargo, Carey le entregó una bolsa de monedas a un criado, con la misión de comunicarle la muerte en cuando se produjese. Este criado apenas tardó minutos en llegar a los aposentos de Carey para comunicarle el fallecimiento. Para entonces, el palacio estaba ya sellado, pero Carey se las arregló para abandonarlo y salió echando leches para Edimburgo, a donde llegó dos días después, poco después de que Jacobo se hubiera retirado a sus habitaciones.

Carey, sin embargo, fue llevado inmediatamente a la presencia del rey de Escocia; ya cuando se lo echó a la cara lo saludó como rey de Inglaterra, Escocia e Irlanda. Además, le dio un anillo que le había dado Philadelphia Scrope, otra miembra cortesana; ese anillo, asimismo, se lo había dado Jacobo a Philadelpia, con el acuerdo de que sería la señal de que la reina había muerto.

El 24, con las primeras luces, Cecil había reunido al Consejo Privado para proclamar a Jacobo como nuevo rey de Inglaterra. A las diez de la mañana, una declaración en este sentido se leyó en las puertas de Whitehall.

Toda esa actuación, sin embargo, no acallaba los rumores en otro sentido. Las versiones que hablaban de conspiraciones llevadas a cabo por los católicos, muy particularmente los jesuitas, circulaban por todas partes. Se decía, sin ir más lejos, que Isabel Clara Eugenia y su marido Alberto habían sido proclamados en Bruselas como reyes de Inglaterra, y que toda la catolicidad europea estaba dispuesta a imponer dicho nombramiento.

Asimismo, también se rumoreaba que Jacobo, una vez rey de Inglaterra, había salido del armario y se había declarado católico, ya que, decían estos correveidiles, así se lo había prometido al Papa para garantizar la libertad de cultos en el país.

Isabel había solicitado no ser embalsamada. Así pues, su cuerpo fue trasladado de Richmond a Whitehall, donde se la dejó acostada en una cama, a la espera de un funeral que tenia que ser convocado por el nuevo rey. Y eso era un problema, porque Jacobo, la verdad, no mostraba grandes deseos de venirse a Londres en el corto plazo, entre otras cosas porque la ciudad estaba siendo, en esos momentos, pasto de una epidemia. Que al rey escocés se le hacía una higa la puñetera vieja lo demuestra el hecho de que ni llevó luto por ella, ni dejó que nadie en su presencia en la Corte escocesa lo llevara.

El funeral se celebró el 28 de abril, y eso porque la reina empezaba ya a cheirar, como decimos los gallegos.

Y ahí se terminó la vida de una reina, como se terminó toda una época que ha fascinado, y sigue fascinando, a muchos ingleses.







Os he contado el reinado de Isabel de Inglaterra porque, sinceramente, creo que es una de esas etapas históricas que es de interés intrínseco. Lo que más me interesa de la Historia de Isabel es que, en realidad, fue una monarca-gozne, una reina colocada entre dos realidades diferentes: la monarquía absoluta, uncida por Dios; y la monarquía, digamos, equilibrada, que cada vez tiene que mirar más hacia su parlamento. Creo que si uno echa una mirada a las cortes medievales de Castilla llegará a la conclusión de que la nación que estaba llamada a vivir primero esa evolución era Castilla y, por ende, España. España, sin embargo, cargó sobre sus espaldas un Imperio de dimensiones mundiales, algo que cambió radicalmente su capacidad de acción y de evolución. 

La Inglaterra de la hija de Enrique VIII, sin embargo, estaba muy lejos de ser la Inglaterra que casi todo el mundo tiene, lógicamente, en la cabeza. En el siglo XVI, los marineros ingleses comenzaban a mandar en los océanos; pero, a pesar de las visiones de Walter Ralegh, el país estaba muy lejos todavía de ser la potencia imperial que sería. Era todavía el país una potencia europea mediana, con pocas posibilidades de poder competir con una Francia cada vez más centralizada y un Imperio español que dominaba el mundo; para colmo, se había ganado la enemiga del Papa. Lejos de la imagen que los ingleses suelen tener de su reina como alguien que se enfrentó a esos poderes de tú a tú, el día a día de Isabel, la forma en la que se planteó todas sus expediciones punitivas, el modo en que llevó su alianza con los rebeldes de las Provincias Unidas, revela que su objetivo no era tanto vencer al enemigo español como sobrevivir a su embate.

A Isabel, sin embargo, le habría de favorecer un hecho que yo creo que se hace bien patente en el siglo XVI y que, a su manera, sigue vigente en el presente de España: somos un país capaz de alumbrar excelentes capitanes y almirantes, asombrosos intelectuales, creadores brillantes y algún que otro bloguero resultón; pero a la hora de fabricar secretarios de Estado, tendemos a la puta mierda. La batalla entre Inglaterra y España fue claramente ganada por la primera en los segundos escalones del Poder. Mientras en Londres se cocinaba una clase tecnocrática capaz de gestionar el país, España se obstinaba en figuras como el Rey Prudente, que todo lo tenía que leer y visar personalmente; o los ampulosos miembros del Consejo de Castilla que, décadas después de la muerte de aquel rey, todavía lo invocaban cuando lanzaban al país a hazañas bélicas que no podía pagar porque, repetían, era necesario mantener indemne el honor de la nación. La labor de hombres como, sobre todo, el padre y el hijo Cecil, fue, sin embargo, de otra laya. Ésa fue la gran suerte de Isabel; ésa, y su proverbial longevidad, que aplazó el espinoso tema de la sucesión el tiempo adecuado. Con la llegada de las posesiones imperiales, España perdió la oportunidad de plantar la semilla de una clase dirigente basada en el conocimiento y el mérito, y ya todo lo fió a la habilidad de sus capitanes. El approach inglés fue diferente y, a la larga, más eficiente.

Pero Isabel es, también, un dinosaurio. Una reina absoluta en un mundo que está empezando a hacerse preguntas. La grandeza de su contemporáneo Shakespeare, como la de Cervantes, está, en buena parte, ahí; en la capacidad mostrada por el escritor a la hora de avizorar esos cambios de conciencia que se producen en una sociedad que comienza a acelerar su ritmo evolutivo. Cada vez más, conforme avanzan los años de su reinado, Isabel se va enfrentando a un pueblo, y sobre todo a un Parlamento, cada vez menos proclive a obedecer sin más, una institución que reclama su lugar bajo el sol del poder. Paradójicamente esta evolución, que Isabel detestaba, tiene que ver, primero, con las reformas implantadas por su padre, hasta el punto que yo tengo por cierto que si Enrique VIII hubiera sabido cómo iban a estar las cosas cien años después de su muerte, probablemente habría inventado la Iglesia anti-anglicana. Y, segundo, y no por ello menos importante, tiene que ver con un gesto suyo: permitir la ejecución de María, reina de los escoceses.

Se lo pensó mucho; muchísimo. Y son muchas las pruebas que nos llevan a sospechar que, de haber dependido de ella, de no haberle hecho la envolvente su entourage más estrecho (que fue quien se la cargó en realidad), Isabel nunca habría decretado la caída del hacha sobre la nuca de María. Si no quería verla ejecutada, era porque ella, que era una persona muy culta hasta el punto de rozar la categoría de jurisconsulta, sabía que la ejecución de un rey legítimo, en su tiempo, plantearía muchos más problemas que los que resolviese. Isabel sabía que la muerte de María a sus manos abriría la puerta a la muerte de los reyes en manos del pueblo. Inglaterra, como cualquier otro país, no se había librado de vivir rebeliones populares de gran peligro para las testas coronadas. Nosotros siempre hablamos de los comuneros, pero apenas un siglo y pico antes los ingleses habían tenido la rebelión de Jack Cade que, la verdad, tal y como cabe imaginarla hace que Padilla, Bravo y Maldonado parezcan unos revolucionarios entrenados por Lopetegui. Sin embargo, Cade levantó a medio país porque consideraba que la camarilla del rey le estaba comiendo el tarro y temía que se eliminase de la sucesión al duque de York, al que los campesinos consideraban el heredero legítimo. Asimismo, los comuneros se levantaron en defensa de Juana la Tolili. Fueron rebeliones jodidas pero, por decirlo en términos franquistas, nunca pretendieron cuestionar los Principios Generales del Movimiento.

Las algaradas ocurridas en el Londres isabelino ya no pueden decir lo mismo. Esa Inglaterra es una Inglaterra que exige un trato humano para los soldados y que no entiende la raíz de muchos privilegios; no entiende la naturaleza de algunas de esas caenas que todavía vitorearán en el siglo XIX los realistas españoles. Son dudas, planteamientos, preguntas, muy sabia y ladinamente colocadas por Shakespeare en sus tragedias, aquí y allá, en este o en aquel personaje; se representaban delante de la reina, la reina las alababa y, en el fondo, le estaban señalando el fin de su época.

Hubiera muerto Isabel, de unas tercianas o de cualquier otra enfermedad oportunista de su tiempo, digamos en 1580 o 1585, antes de la Armada, y no habría tenido que enfrentarse a estas contradicciones. Sin embargo, su país, de haber cascado ella por esa época, habría sufrido mucho, muchísimo, pasto de las tendencias centrífugas que por entonces eran muy fuertes. En ese sentido, como ya he dicho, su longevidad es el principal servicio realizado a la nación por Her Majesty.

En lo personal, hay bastantes momentos del relato en los que Isabel me despierta ciertas dosis de ternura. Para empezar, y aunque las traiciones en las familias reales sean cosa normal, hay que entender que ser hija de un padre que mató a tu madre no debe de ser fácil. Para seguir, Isabel, y yo soy de los lectores de Historia que tienden a ver en ella, cuando menos, tendencias lésbicas o lesboides; Isabel, digo, como buena lesboide, siempre mostró una torpeza nata a la hora de elegir a los hombres que respirarían su aliento. Se equivocó con Leicester y se equivocó con Essex. El tema tiene su importancia porque, en esas circunstancias, la única salida que le quedó a la reina fue fabricar una soledad interior, un mundo particular, que le jugó a la contra al país. Inglaterra, notablemente respetada por el belicismo de los siglos XIV y XV como bien destacan los modernos historiadores, estaba en condiciones de comprar acciones del mundo y comenzar a obtener sus réditos. Pero lo tuvo que hacer más tarde en el tiempo, entre otras cosas, porque su reina era remolona, caprichosa, dubitativa, ciclotímica y bastante manipuladora. No era su padre, y  lo sabía. Su gran problema era, probablemente, que también sabía que los demás también lo sabían.

Requiescat in pace Isabel, reina de Inglaterra, la tercera peor enemiga de España.

Tú y yo, ya nos veremos en otra trinchera.


Pour en savoir plus

Esta serie sigue básicamente el relato trazado en el libro de John Guy Elisabeth. The forgotten years. Más leve, pero no por ello menos enjundiosa, será la lectura de Elisabeth I: a study in insecurity, de Helen Castor. Escrita para ser más divulgativa es la historia de Allison Weir, Elisabeth the queen; este libro, sin embargo, está demasiado centrado para mi gusto en la figura de la reina, y menos en los sucesos de la geopolítica que marcaron su vida.

El lector interesado encontrará, en todo caso, un montón de libros sobre la materia entre los autores, y sobre todo las autoras, ingleses; tanto desde el punto de vista puramente histórico como también literario.

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