martes, agosto 28, 2018

Lo de Franco

Todo este verano, conforme veía, leía o escuchaba las noticias en las que el debate sobre la tumba de Francisco Franco iba tomando momento, me decía a mí mismo que tendría cierta lógica que compartiera con mis lectores algunas notas sobre la materia. El tema, sin embargo, me daba bastante pereza; difícilmente se puede encontrar un debate más embarrado y con una mayor densidad de contertulios presentes que tienen dos o tres informaciones muy básicas para ir tirando. Finalmente, me decidí a escribir el post porque, la verdad, es un proceso que se me hace preocupante. Y supongo que seré capaz de escribir por qué.

Por delante, el concepto principal: personalmente, yo creo que el general Franco debería salir del Valle de los Caídos. No tengo muy claro adónde (ya volveré sobre eso), pero debería salir. Sin embargo, tener esta idea no me ayuda a evitar la desazón, porque mi desazón no tiene que ver con el qué, sino con el cómo.

Franco debería salir del Valle de los Caídos. Pero no así, y no sacado por quienes lo van a sacar. Aquí, para mí, está la clave del chirrido que se oye en la lontananza. Esta situación que estamos viviendo tiene, para mí, dos culpables, que se llaman José María Aznar y Mariano Rajoy Brey. Los gobernantes son gobernantes y tienen fuerza jurídica para gobernar; pero los gobernantes, además, tienen fuerza moral para gobernar; y ésta no todos los tienen, ni en la misma medida, ni sobre las mismas cosas. Pensad, por ejemplo, en la reconversión industrial de los años ochenta del siglo XX. Era necesaria, fue muy buena para recuperar la competitividad de la industria española, pero lo cierto es que envió a centenares de miles de obreros españoles al paro, y colapsó grandes pilastras de nuestro edificio industrial (y minero). Imaginemos que quien gana las elecciones en 1982 hubiera sido Manolo Fraga; ¿hubiera podido hacer aquella reconversión como la hizo Felipe González? Ni modo; y eso es porque FG, además de la capacidad jurídica de gobernar la reconversión, tenía también la capacidad moral. La capacidad de reunirse con los suyos y decirles: es lo que hay, compañero.

Con las mismas, a Franco debió sacarlo del Valle, o bien Aznar, o bien Rajoy. Vale que para cuando gobernó Aznar en España hablaban de Franco cuatro friquis, y para que Rajoy tomase una decisión así haría falta que lo dejásemos gobernar unos sesenta o setenta años ininterrumpidos. Pero a uno le debió faltar la inteligencia y a otro el coraje de, como se dice en espanglish, grabear al bul por los jorns. Y eso cabe anotarlo en su debe.

Si el proceso de salida de Franco lo hubiese abordado quien debía, también se podría haber hecho bien, mediante una negociación discreta con la familia, con la Iglesia yendo al Nespresso a por los cafés. Una negociación personal que le hubiese permitido a los Franco hacer lo que paradójicamente yo creo que hubieran preferido hacer. Hay bastantes testimonios, en la tortuosa historia de la enfermedad del dictador, de que al final de la situación la familia estaba hasta los pelos de que su padre, su marido, su abuelo, tuviera que ser un puñetero muerto de Estado. La última operación de Franco la decidió su yerno, el marqués, más que probablemente contra el deseo de la familia carnal, que quería que el general la diñase ya de una vez en paz. Hay, pues, ya de inicio, una corriente, absolutamente lógica, que reclamaba respeto para los sentimientos familiares. Una corriente que, tal vez, hubiera sido sensible a la posibilidad de un re-enterramiento discreto, sin taquígrafos; a una solución mucho más racional que convertir todo este tema en una charlotada.

Pero, claro, quien está impulsando la exhumación ni tiene esa fuerza moral, ni la quiere tener ni por supuesto, esto es lo importante, tiene interés alguno en que el proceso sea un proceso discreto. La exhumación de Franco se ha convertido en un elemento más de una estrategia cuyo objetivo es mejorar en las encuestas, y uno no mejora en las encuestas si no le cuenta a los encuestados lo que está haciendo.

Y bien: es un proceso absolutamente lícito. La política es así. Los políticos suelen decir, en su mayoría, que están en ello por voluntad de servicio al ciudadano y que la única cosa en la que piensan desde que por la mañana se arrancan los pelillos de la nariz en el espejo hasta que en la noche se ponen talco en sus conjunciones cutáneas conflictivas, es el bien común. Pero todos, absolutamente todos, mienten, siquiera parcialmente. El político no se diferencia mucho de, ejem, el propio general Franco (quien, por cierto, también decía que todo lo que le movía era el bienestar de los españoles) en que todo, absolutamente todo, lo que le importa, es obtener, conservar o recuperar el poder. Y si para eso tiene que desenterrar cadáveres o untarse de chocolate delante de un nido de avispas, lo hará. Y, como digo, no sólo es lícito, sino que quien se eche las manos a la cabeza, o es verdaderamente una persona muy naïf o estará, con perdón, mintiendo como un político.

Es, lo repito, un proceso legítimo: cada uno busca los hechos que cree que le van a bienquistar con los votantes, sobre todo con aquéllos que no lo son pero podrían serlo; esto es, de hecho, lo que más le interesa a un político inteligente de las encuestas: cuántos votantes hay que no me votan, pero podrían hacerlo con un pequeño empujón. El problema, sin embargo, es el de siempre. El asunto que el político medio nunca domina y que, de hecho, incluso suele desconocer: el principio de acción-reacción. O el efecto mariposa, si lo preferís. El hecho de dejar volar a una mariposa en Francia no es baladí; acaba provocando un terremoto en Colombia.

Esto es lo que, de hecho, me preocupa más de este proceso. En primer lugar, es un proceso que ha terminado de poner las cosas al revés. Estamos, de alguna manera, en un 56 inverso. El año 1956 es fundamental para la Historia de España por muchas cosas, pero entre ellas descolla la decisión del Partido Comunista de España de hacer público un manifiesto en el que viene a decir que abandona el objetivo de echar a Franco de España y que, a partir de entonces, entiende que en la guerra civil hubo cosas que se hicieron mal, y decide propugnar la superación de esa situación desde la reconciliación. En términos muy bastos, el manifiesto del 56 es una llamada de atención de los jóvenes a los viejos. Los hombres políticos más jóvenes, muchos de ellos ya no fogueados en la contienda, tienen una visión distinta de las cosas, y le dicen a los viejos que abandonen sus ilusiones vanas de acabar con el franquismo (porque es hecho comprobado que la inmensa mayoría de los exiliados de la guerra civil se marcharon convencidos de que Franco duraría dos o tres años lo más).

Ahora las cosas están al revés. Ahora no son los jóvenes los que le dicen a los viejos que abandonen el radicalismo; son los viejos los que se lo dicen a los jóvenes. Las personas que hicieron la Transición (porque la Transición la hicimos todos, yendo al cine a ver Siete días de enero y decidiendo no darnos de hostias con los guerrilleros de Cristo Rey que estaban esperando a la salida) hoy asisten desbordadas a la radicalización de unas personas mayoritariamente jóvenes que no es que no vivieran la guerra civil, es que ni siquiera vivieron la mentada Transición y algunos de ellos ni siquiera los fastos del 92. La juventud que en el 56 cumplió la labor de acallar la polémica, ahora la atiza. ¿Eso está bien? Habrá quien se sienta orgulloso de ese proceso; ¡la gente por fin despierta! Pero, una vez más, está el principio de acción-reacción.

No existe forma de conseguir que, cuando se pone en marcha un proceso en el que "la gente despierta", despierten sólo los que tú quieres ver levantados. La polémica sobre la exhumación de Franco ya nos dirá Tezanos cuántos votantes le ha dado al gobierno actual; pero lo que yo tengo por cierto es que está multiplicando el número de franquistas. Es un proceso muy sencillo que, paradójicamente, son quienes no lo pueden soportar quienes lo han trazado. La admiración por el general Franco es una dolencia que se cura fácilmente con datos. Pero, claro, llevamos cuarenta años propugnando en España la fabricación de sucesivas "generaciones mejor formadas de la Historia de España" que, en realidad, tienen dos o tres informaciones muy esquemáticas sobre todo, incluido el franquismo. La guerra civil española y su posguerra, además, tienen la característica, lo he dicho muchas veces, de que se ha escrito tanto sobre ellas que cualquiera que quiera sostener una idea puede encontrar bibliografía que la soporte. En suma: entre no lectores y lectores epidérmicos, el público susceptible de fabricar una conclusión apuntalándola con sus prejuicios es legión. Y cuando uno concluye cosas basándose en sus prejuicios (por ejemplo, el clásico de opinar justo lo contrario de lo que opina tu padre), la pelota puede caer en cualquier lado del tejado.

Hoy en día, además, es más fácil hacerse franquista, porque el poder constituido no quiere que lo hagas. Este es un argumento de gran fuerza si eres mínimamente influenciable y todo lo que tienes en el córtex es una difusa voluntad de rebeldía, de ir a la contra.

Imaginemos este escenario: ¿qué pasaría si algún terrateniente sin complejos le ofrece a la familia Franco el cementerio particular de su finca para enterrar al dictador y, a partir de ese momento, los partidarios y neopartidarios comenzaren a peregrinar allí para saludar la lápida brazo en alto? Lo que pasaría, supongo, es que el gobierno trataría de prohibir dicha práctica, supongo que argumentando que es contraria a la Ley de Memoria Histórica. Y los removedores de avisperos, encantados con la prohibición. Ninguna iglesia capta más adeptos que aquélla que está siendo perseguida por el emperador.

A mí no me gusta nada lo que estoy viendo porque aprecio que mi entorno (me refiero al entorno débil, no a mis íntimos, obviamente) ha cambiado de una forma radical y desde luego no positiva. En un pasado reciente, yo era el friqui que, en la tertulia improvisada con unas birras y unas patatas, pronunciaba nombres como Francisco Franco o Indalecio Prieto. La gente me miraba con cara conmiserativa, y no pocos, sobre todo los que me tenían confianza, se reían. Yo siempre he sido muy aficionado a buscar paralelismos en la Historia (por ejemplo, entre el actual procés y el generado en la República con cierta sentencia del Tribunal de Garantías sobre una ley catalana); pero cuando los trazo de viva voz, la gente me mira con ese fruncido de ceño del que piensa: pero, ¿qué dice éste?

Hoy en día, Franco es tema de conversación por parte de personas que, hasta hace unos meses, no parecían conocer a fondo nada más que la táctica preferida de su equipo de toda la vida. Esto, en sí, no es malo; pero cuando los argumentos, por llamarlos de alguna manera, se despliegan, es cuando te das cuenta de la vertiente tóxica del asunto. Lo realmente importante, por preocupante, del debate actual en torno al cadáver de Franco es que rompe la idea fundamental de la posguerra civil, que alimentó la Transición, de aceptar como axioma previo a toda la geometría histórica el hecho de que la guerra civil fue un proceso del que todos fueron culpables. Esta fue la clave de bóveda del manifiesto del Partido Comunista del 56; fue el catalizador sine qui non del llamado por el franquismo contubernio de Munich; y es, además, la verdad. Una verdad incómoda para quienes necesitan que su relato personal, o su estudio universitario directa o indirectamente subvencionado, cuente otra historia: la historia de un grupo muy reducido de plutócratas, obispos y cabrones que, contra la voluntad de una España que apoyaba en apretada falange (ejem) al Frente Popular, decidió, aun sabiendo que con ello destruía el futuro del país, dar un golpe de Estado. Lo que ya he denominado otras veces como la historiografía Ricitos de Oro versus Fascistéitor.

En los viñedos de la historiografía española, una historiografía que demuestra a las claras que si malo es que la Historia la escriban los ganadores no mucho mejor es que la escriban los perdedores, hay un problema. Un problema que se resume con una sola pregunta: si el golpe de Estado del 18 de julio del 36 fue un fracaso, en algunos casos incluso una chapuza, ¿cómo es posible que triunfase? Pregunta que tiene otra íntimamente ligada, que es: ¿cómo es posible que Franco durase cuarenta años? Muchas de las cosas que se están haciendo en el año 2018 tienen como objetivo orillar esta pregunta; una pregunta que, por cierto, muchos de los viejos socialistas, republicanos, anarquistas y comunistas de la guerra no regatearon, y para la que tenían respuesta. Para poder gestionar adecuadamente este problema, es necesario destacar que el franquismo es un genocidio (la idea es: los españoles no aceptaron a Franco; lo sufrieron como los judíos sufrieron el nacionalsocialismo); un concepto que, si bien tiene elementos de soporte, no está del todo claro (cuando menos, para mí). Esta es la idea que hace pandán con la exhumación; no, de nuevo, con la exhumación en sí, sino cómo se ha planteado.

Yo ya sé que considerar la Transición, y sus supuestos filosóficos básicos, como una ideología ajada e incluso tóxica para España, está muy de moda. Pero el problema, tal y como yo lo veo, es que en el momento en que se rompe su lógica interna; en el momento, muy particularmente, en el que se rompe el concepto de que el juicio de la Historia sobre la guerra civil no deja ni un solo imputado libre, se abre un tubo que tiene dos extremos, y no es posible abrir uno y cerrar el otro.

En suma: la principal ventaja que aporta, al mundo de cuatro décadas después, la Transición española, es que cauteriza la herida por la que podría supurar el fascismo. El fascismo de verdad, no el que se maneja en discusiones en Twitter o en tantas y tantas valoraciones que han provocado que el término se desvalorice. El fascismo que hoy es muy presente en Europa, incluyendo al país que supusimos eternamente vacunado contra él. Pero, por el carrilito que vamos, lo mismo el tiempo verbal habrá de cambiar del presente de indicativo al pretérito imperfecto.

Y, si tengo razón, nos vamos a hacer, literalmente, un pan con unas tortas. Y no precisamente de harina.