lunes, octubre 09, 2006

¡Oops! (Era: Iglesia y franquismo)

De verdad, es desesperante lo patazas que soy.

El otro día colgué en un post, muy ufano, mis primeras fotos. En alguna de ellas hacía referencia a este post, que escribí hara cosa de diez o quince días, que creía publicado. Hoy Blogger me ha informado de que lo tengo en borrador y, por lo tanto, aún ignoto.

A partir de la línea de puntos, va como lo concebí, tan sólo con la novedad de la foto, que ahora sí que sé subirla.

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Cuando se habla de Historia, se habla de algo sobre lo que algunos saben algo, unos pocos mucho y la mayoría nada o casi nada. Un terreno abonado para los clichés, los lugares comunes y, en definitiva, las cosas que no son verdad o no lo son del todo.

Que la Iglesia católica española fue uno de los principales ganadores del advenimiento del franquismo es algo que está fuera de toda duda. Pero la imagen, que tal vez algunas o muchas personas tienen, de una jerarquía eclesiástica constantemente plegada a los deseos, filias y fobias de la dictadura es, hemos de reconocerlo, incierta. Son conocidos, o eso creo yo, los casos de los «curas obreros» de los últimos años del franquismo, algunos de ellos decididamente militantes en la oposición al régimen. Pero el repaso, siquiera somero, a este fenómeno, requiere ir un poco más allá.

Mi historia comienza el 12 de diciembre de 1956. No hace ni veinte años que terminó la guerra y un franquismo ya más consolidado, que comienza su periodo de relaciones con Estados Unidos y el resto de Occidente, se siente en la necesidad de armar un poco más el Estado con leyes fundamentales. En el marco de ese debate la Falange, o sea el único partido político permitido en España (que no se llamaba partido, sino Movimiento Nacional) diseña una serie de proyectos de ley del Estado y del gobierno que son el último intento medianamente serio de crear en España un Estado fascista. Sucintamente, lo que la Falange pretende es crear un Estado en el que los ganadores de la guerra, constituidos en un Consejo Nacional, tendrán la potestad de, como se dice hoy, monitorizar la labor de las Cortes, de los ministros del Gobierno e, incluso, del propio jefe del Estado, o sea Franco.

Estos proyectos generaron una notable oposición desde el propio franquismo, algunas de cuyas voces llegaron a acusar a la Falange de querer implantar un régimen soviético (reproche que a los azules les dolió, y mucho). El 12 de diciembre de 1956, en el palacio de El Pardo, Franco habría de escuchar quejas de parecida naturaleza desde un flanco inesperado.

Le fueron a ver los tres cardenales españoles: Pla y Deniel, Quiroga Palacios y Arriba y Castro. En una audiencia que, según fuentes indirectas (Laureano López Rodó), fue muy tensa, los cardenales leyeron una nota en la que, básicamente, le decían al general que esos proyectos de ley suponían crear una dictadura de partido único, como lo habían sido la Alemania nazi y la Italia de Mussolini (grandes aliados de Franco en la guerra civil).

Esta primera rebelión no fue gran cosa. Los cardenales pedían cosas totalmente dentro del régimen, sobre todo el desarrollo del Fuero de los Españoles que, decían, «excluye lo errores del liberalismo». Pero la resistencia debió ser fuerte. López-Rodó sostiene que, algunos días más tarde, Franco le diría a Quiroga Palacios que si la Iglesia quisiera que él se fuese, él se iría.

El siguiente embate de importancia por parte de la Iglesia se produjo el 14 de noviembre de 1963, y se debió a la valentía de un fraile benedictino catalán, Aurelio M. Escarré (en la foto), conocido en Cataluña como Dom Escarré, abad de Montserrat. En dicha fecha, el periódico francés Le Monde publicó unas declaraciones suyas que eran una auténtica bomba. Leídas hoy pueden parecer normales, pero en ese momento, verdaderamente eran toda una prueba de presencia de ánimo.

Lo primero que hacía Escarré era negar el núcleo duro de la filosofía franquista: «No tenemos tras de nosotros 25 años de paz, sino 25 años de victoria»; proceso liderado por un Estado que «no obedece a los principios básicos del cristianismo». Por si no quedaban claras sus intenciones, defendía la coherencia con el cristianismo en principios como que «el pueblo debe escoger su Gobierno y poder cambiarlo si lo desea». Para Escarré, la persistencia de presos políticos en las cárceles franquistas era demostración palpable de que la paz era una paz falsa, inexistente.

Más: «El Régimen obstaculiza el desarrollo de la cultura catalana». Acto seguido, explica: «En gran mayoría, no somos los catalanes separatistas. Cataluña es una nación entre las nacionalidades españolas. Tenemos derecho, como cualquier otra minoría, a nuestra cultura, a nuestra historia, a nuestras costumbres, que tienen su personalidad en el seno de España. Somos españoles, no castellanos».

Vaya tela, ¿eh? Decir que Cataluña es una nación da problemillas en el 2006. Pero es que estamos hablando de más de cuarenta años antes.

Y la ola no remitió. En 1966, un centenar… ¡de sacerdotes!, se manifestó por la Via Laietana de Barcelona, gritando «Volem bisbes catalans» [si falta algún signo ortográfico lo siento; desconozco la ortografía del catalán], o sea: queremos obispos catalanes. Por ello, a pesar de ser cien, y de ser curas, se les envió a la policía, que los disolvió. El centro del conflicto era la decisión de nombrar a un no catalán, Marcelo González, obispo coadjutor de la diócesis condal. El Régimen hizo aparecer, en los barrios obreros de la ciudad, pintadas presuntamente debidas a la fuerte inmigración hacia Cataluña que rezaban: «Como somos mayoría, lo queremos de Almería».

El divorcio entre Estado e Iglesia se fue haciendo más patente. El 30 de mayo de 1969, tuvo lugar en el Cerro de los Ángeles, en Madrid, un acto para celebrar el 50 aniversario de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús, representado allí, en el Cerro, por una colosal estatua de Jesucristo que, en las alturas, parece querer emular al Corcovado de Río de Janeiro. El acto tenía una enorme simbología franquista, porque esa misma estatua había sido especialmente vejada, durante la guerra civil, por los republicanos, los cuales realizaron un amago de fusilamiento de Jesucristo.

En los discursos pronunciados por los prelados no se hizo ni la más mínima mención a estos hechos; ni siquiera a la persona de Franco.

Este silencio provocó una carta «teledirigida» de un sedicente jesuita, que firmaba con iniciales, en la revista Fuerza Nueva, dirigida por Blas Piñar y absolutamente alineada con el franquismo, incluso mucho después de que éste desapareciese. Esta carta, además de echar pestes sobre el cardenal primado de España, cardenal Enrique y Tarancón, que luego fuera uno de los puntales de la transición política, se hacía eco de unos rumores según los cuales el general de los jesuitas, padre Pedro Arrupe, no quería venir a España para no tener que estrechar la mano de Franco (aunque lo hizo unos nueve meses después de esta carta). Esta publicación generó una muy agria polémica entre la revista y la jerarquía eclesiástica.

Con todo, el definitivo divorcio entre la Iglesia y el franquismo (o cierta Iglesia, pues estamos hablando de una institución que sabe ser multifronte) se produjo por el nacionalismo vasco. Conforme avanzaba la década de los sesenta, las actividades de una organización independentista, la ETA, se iban haciendo cada vez más dañinas y frecuentes. Y fue sólo cuestión de tiempo que, en las detenciones practicadas por la policía, acabasen apareciendo sacerdotes. En general, el fenómeno de los curas de izquierdas empezaba a producirse. A finales de 1969, se produjo en Asturias un hecho insólito: una huelga de misa. Los sacerdotes, en un auténtico lock-out espiritual, se negaron a decir misa, en solidaridad con una huelga de mineros.

En junio de 1970, nueve sacerdotes de la diócesis de Bilbao fueron detenidos tras haber sido condenados por un tribunal militar por «falta de respeto y ofensas a la autoridad» en una serie de homilías pronunciadas un año antes. El obispo de Bilbao, monseñor Cirarda, respondió suspendiendo los actos de la fiesta religiosa del Sagrado Corazón de Jesús, el 5 de julio. Y ojito con la nota que hace pública el obispo el día 6 (las cursivas son mías): «Lamentamos y desaprobamos las reacciones desmedidas que hayan podido producirse en la búsqueda de la libertad legítima». Con un par.

El 13 de junio, el mismo obispo Cirarda le comunicó a la alcaldesa de Bilbao, Pilar Careaga, la suspensión del Te Deum que se tenía que celebrar el día 19 en la basílica de Begoña, en conmemoración de la toma (entonces liberación) de Bilbao por las tropas franquistas.

Poco tiempo después, en el denominado Proceso de Burgos (que da él solito para un post), la situación llegaría al clímax: dentro del grupo de militantes de ETA procesados se encontraban dos sacerdotes: Juan Echave Garitacelaya, párroco o más bien ex párroco de Acitaín; y Juan Calzada Ugalde, coadjutor de la parroquia de Yurreta, en Durango.

Había comenzado la década de los setenta. La de las asambleas obreras en las iglesias, los curas sin sotana y con jerseys de cuello alto, esas cosas. Pero antes que ésos, que nadaron en las aguas turbulentas del tardofranquismo, hubo otros que, en circunstancias mucho más complejas, defendieron, de una forma más o menos taimada, el regreso de las libertades.

Llevo muchos años apartado de la fe católica, en la que fui educado. Pero hay cosas que aún recuerdo. Por ejemplo, que hay que darle al César lo que es del César.