lunes, marzo 07, 2011

La crisis del papelito

Casi siempre que un político cae en desgracia, hay algún correligionario suyo que tiene algo que ver. En política, eso lo saben bien los políticos, hay que guardarse mucho de los enemigos; pero los realmente peligrosos son los amigos y correligionarios.

Si os digo que hay un montón de gente en la Historia del mundo que ha probado la política como modo de vida y ha salido asqueada, supongo que no os descubro nada. En todas partes cuecen habas y hasta en la ocupación más gilipollas puede uno encontrarse con la envidia y la ambición de otros haciendo de las suyas. Pero lo de la política rompe moldes. Los ciudadanos solemos pensar que los políticos nos maltratan; pero eso es porque no tenemos ni idea de cómo se maltratan entre ellos.

Siendo así las cosas, en la Historia tiene que haber, y de hecho los hay, puñados de episodios que son canónicos a la hora de expresar las metíferas consecuencias de la ambición política. Hoy os quiero hablar de una de la que, quizá, nunca hayais oído hablar: la crisis del papelito.

La crisis del papelito es una crisis ministerial que provocó la que quizás es una de las dos o tres broncas parlamentarias más sonadas de la Historia de España. Pero antes de llegar a la crisis propiamente dicha, que es corta, deberemos contar algunos antecedentes.

Necesito que os transportéis al año 1903. La Restauración española, es decir ese montaje político de Cánovas que pretendía exportar el modelo bipartidista inglés a nuestro país a base de dejarse la democracia por el camino, ha perdido ya a sus dos principales arquitectos: Cánovas y Sagasta. Tras la desaparición de estos dos políticos, y en medio de algunos titubeantes experimentos, los conservadores son los primeros en encontrar un líder neto: el político entonces de 50 años de edad Antonio Maura. Desde el 4 de diciembre de 1903 es Maura presidente, y la autoridad de su liderazgo partidario hace pensar en una estabilidad que España está pidiendo a gritos.

La estabilidad, sin embargo, tenía un problema. Como consecuencia de la temprana muerte de Alfonso XII, que era quien había sido llamado por la Historia a ser el Juan Carlos de Borbón de la Restauración, reinaba en España un chavalote, un niño pijopera bastante caprichoso, que la Historia conoce como Alfonso XIII. El rey Alfonso era poco menos que un adolescente, fuertemente influenciable y dotado de cierta ambición de poder que le llevó, en su juventud como en su madurez, a exprimir sus soberanías de rey constitucional al máximo. El hecho de que la Constitución canovista hubiese sido redactada en unos términos blandi-blub para que todo le cupiera dentro, le ayudó bastante en la acción.

El 14 de diciembre de 1904, cuando el gobierno Maura caminaba hacia la inusitada marca de un año seguido de administración, el ejecutivo cayó por una gilipollez de su majestad. Una de esas cosas que cualquier rey sinceramente constitucional se cortaría un dedo antes que hacer. Alfonso XIII, sin embargo, la hizo, y con ello marcó un jodido precedente para el reinado que apenas comenzaba.

Quedó vacante la jefatura del Estado Mayor del Ejército. Algún día, alguno de los lectores expertos en el tema militar de este blog, que sé de buena tinta que los hay, ha de explicarme la verdadera importancia que, en el intrincado laberinto de la jerarquía militar, ejercen los estados mayores; pero, aún sin dicha explicación precisa, es obvio que es un puesto de gran importancia. De tan gran importancia que los gobiernos ni por asomo quieren tener un JEM que no sea de su estricta obediciencia, conocimiento y confianza.

Propuso el gobierno Maura al general Loño, militar, al parecer, de impolutos hoja de servicios y prestigio. Como digo, era su prerrogativa realizar tal nombramiento, jugando el rey, teóricamente, apenas un papel sancionador. Pero no fue así. El rey tenía otro candidato, casualmente el jefe de su Cuarto Militar, el general Polavieja, también muy valorado de la opinión pública. Por mucho que porfió Maura, el jovenzuelo Borbón no se bajó de la burra. Había de ser Polavieja, y a él la soberanía gubernamental no le iba a joder el capricho. Reunido el consejo de ministros, sus miembros decidieron darle una lección al niñato anunciando su dimisión si no era nombrado Loño. Alfonso XIII, en lugar de recular inteligentemente, tiró de su carácter voluble y, por qué no decirlo, un poco gilipollas, y, simple y llanamente, aceptó la dimisión.

Como digo, fue un conflicto favorecido por la evanescencia constitucional de la Restauración. La Constitución canovista concedía a Alfonso XIII la suprema jerarquía del ejército; cosa que también hace la actual, aunque en términos que dejan más claro que se trata de un mando constitucional y por lo tanto el rey, por muy supremo jefe de los ejércitos que sea, no le puede ordenar mañana por la mañana que invada Bielorrusia porque a él le de la gana. La Constitución canovista, sin embargo, le dejaba margen al rey para pensar, sobre todo si era tan tonto como para pensarlo, que su supremo mando era efectivo y, por lo tanto, el nombramiento de un JEM era cosa suya (o, más bien, de su camarilla).

Con este detalle, Alfonso XIII sumió al país en el pozo de los gobiernos provisionales que habría de caracterizar su reinado. El día que el rey juró como tal 17 de mayo de 1902, se había formado un gobierno Sagasta que cayó en diciembre del mismo año. El 6 de dicho mes juró como presidente del Consejo de Ministros Francisco Silvela, que dimitiría en julio del año siguiente. Todavía antes de Maura, durante los cuatro meses y medio que tardó en gobernar él, gobernó Raimundo Fernández Villaverde. Por lo tanto, entre mayo de 1902 y diciembre de 1904 había habido la friolera de cuatro gobiernos.

Alfonso XIII había demostrado con la anécdota del general Loño que le gustaba trabajar con gente que o le bailase el agua o le dejase en paz. En ambas cosas era bastante experto el general Marcelo Azcárraga, y probablemente fue por eso que el rey pensó en él para encargarle la sustitución de Maura. De hecho, casi el primer acto de gobierno de Azcárraga fue, por supuesto, firmar el nombramiento de Polavieja como Jefe del Estado Mayor del Ejército, tal y como quería el Borbón. No era la primera vez que la personalidad afable y acomodaticia de este militar le había valido la alta magistratura gubernamental. En 1897 había ya sustituido a Cánovas, superando a rivales teóricamente mejor colocados, por las mismas razones. En 1900 repitió.

El problema que tenían don Alfonso y don Marcelo es que, probablemente, eran los únicos que pensaban que aquello podía ser estable. Azcárraga cayói pronto en la cuenta de que, en cuanto pasadas las Navidades se abriesen las Cortes, y puesto que no tenía partido ni facción que estuviese dispuesta a inmolarse con él, los señores diputados le iban a dar un cañete en todo el colodrillo. Solución: las Cortes no se abrieron. No obstante, Azcárraga comprendió que aquélla era una situación que no podía mantenerse. Una cosa es que la Restauración fuese un pastiche caciquil en el que, sólo por casualidad, las elecciones siempre las ganaba el partido que las convocaba; y otra muy distinta que se convirtiese en una dictadura con todas las de la ley.

El 23 de enero 1905, apenas unas semanas después de nombrarse el gobierno pues, se abren las Cortes y Cobián, ministro de Marina, considerando que el Ejecutivo no es sostenible con el Parlamento abierto, dimite, y dimitiendo abre un portillo por el que se cuela, sin perder minutos tres, el titular de Guerra (o sea, Defensa), Villar y Villate, estrechísimamente ligado al monarca. Es evidente que los ministros militares, en un gobierno formado bajo los auspicios de un rey que quería hasta jefes de Estado Mayor que le molasen, eran de la camarilla real. Así pues Azcárraga, tras la marcha de los Chaconos de la época, interpretó que el rey no quería gobiernos que abriesen parlamentos y les dejasen votar, y se fue a su casa, pues hombre tan afable como él no tenía, desde luego, madera de dictador.

Tras este modélico gobierno de 40 días llegó, de nuevo, ese señor que hay mucha gente que piensa que ha sido una calle toda su vida: Raimundo Fernández Villaverde. Villaverde era conservador, es decir teórico correligionario de Maura. La elección del rey era toda una muestra de mala leche o, si se prefiere, de una forma de actuar, que Alfonso sacaría a pasear bastantes veces en los siguientes años, por la cual el monarca llamaba a formar gobierno, no a los líderes partidarios, sino a aquellos, que decimos hoy, barones del partido que consideraba más proclives a sus peripatéticos puntos de vista. Lo cierto es que el gobierno Villaverde no sirvió para otra cosa que para consolidar el liderazgo de Maura en el partido conservador, lo cual llevó al gobierno a cerrar el Parlamento, una vez más, durante meses, para poder legislar sin que le votasen en contra. Pero como aquello no podía durar eternamente, a los cinco meses de haber jurado, se abrieron las sesiones y el gobierno cayó.

Visto que si encargaba gobierno a los conservadores tendría que ser Maura, que era algo que el rey no quería, probó con los liberales en la persona de Eugenio Montero Ríos. Dimitió unos cinco meses después.

Estamos en el 1 de diciembre de 1905. Hace un año ya de caída de Maura, y nos parece que han pasado ocho años. El rey sigue erre que erre con los gobiernos liberales, y llama a Segismundo Moret, quien jura como primer ministro en tal día y dimite en julio de 1906, ante el hecho palmario de que carece de más apoyo que el regio para gobernar.

El rey llama a formar gobierno a un mediana fila en este partido, militar además: el general José López Domínguez, a quien definen el Duque de Maura y Melchor Fernández Almagro de esta manera: «genuina representación de la mediocridad discreta, ni victorioso ni vencido jamás en ninguna batalla, campal o parlamentaria, orador poco elocuente, aun cuando supiese hablar seguido, y escritor nada brillante, aún cuando fuese capaz dar forma gráfica a sus ideas sin ayuda de secretario». Sobrino del famoso general Serrano y liberal canalejista, era tenido por lo que entonces se llamaba, pero que nadie se asuste, la extrema izquierda dinástica.

Pero que el rey llame a López Domínguez, no creais, tiene su lógica.

No os fijéis en López Domínguez. El pobre general es sólo un peón. Un peón canalejista porque José Canalejas es, en realidad, su padre político, y el hombre cuya labor el general se compromete a llevar a cabo al frente del gobierno. Lo que hay detrás del gobierno López Domínguez es una guerra de altos vuelos entre los dos personajes que quieren dominar en el Partido Liberal. Porque si en el conservador el liderazgo de Maura está claro en ese momento (diez años más tarde, ya la cosa cambia), en el Partido Liberal hay dos culos para la misma silla: el de Segismundo Moret y el de José Canalejas. Moret tiene a su favor una larga labor ministerial en los diferentes gobiernos liberales de la Restauración; es, pues, una especie de Rubalcaba de la época. Canalejas, sin embargo, es un político más joven, que mira hacia el futuro, que tiene aún escasa experiencia en el poder y que maneja conceptos que el liberalismo antiguo tal vez maneja con más torpeza: laicismo, política económica liberal, convergencia con republicanos e incluso socialistas... Canalejas es, pues, un poco la Chacón de esta historia.

Moret cometió un error. Le hemos visto dar un paso adelante en diciembre de 1905 aceptando ser presidente del Gobierno, y marcharse con el rabo entre las piernas 7 meses después. En parte es, claro, por la oposición monolítica que le hacen los conservadores, pero, en parte, es también porque su propio partido no pone toda la carne en el asador defendiéndolo, porque hay una mitad de la formación que no lo quiere como líder. El nombramiento de López Domínguez, a sus ojos, le presenta la oportunidad de devolver el golpe.

Así pues, nos encontramos ante un panorama que hoy tenemos por inusitado: un gobierno liberal al que le hacen la guerra parlamentaria los propios liberales moretistas. Las fuerzas de Canalejas eran muchas: no sólo su hombre era presidente del Gobierno sino que él mismo era presidente de las Cortes. Juntos, ambos cargos urdieron una derrota parlamentaria de Moret y, consecuentemente, dieron instrucciones al partido de que votase en contra de una proposición de los conservadores que Moret había ya apoyado públicamente. Moret tuvo que conseguir de sus contrincantes que retirasen la dicha proposición a pelo puta para no ser derrotado. El siempre maniobrero Conde de Romanones, siempre atento a todo movimiento que le pudiese dar poder, aprovechando su presencia como ministro en el gobierno López Domínguez, redactó una proposición parlamentaria para darle la puntilla a su correligionario y sin embargo enemigo; pero López Domínguez se acojonó, pensó que quizás si la presentaban el Partido se iba a tensionar en exceso, y decafeinó la proposición de tal manera que hasta Moret pudo votarla a favor.

El general López Domínguez tenía entonces 77 años, y un carácter afable. Al ver a Moret votar la proposición de Romanones, en su ingenuidad senil, consideró las viejas rencillas acabadas, por mucho que hubo quien le advirtió de lo contrario; y no me refiero a Romanones, pues Romanones, en sus memorias, siempre dice que lo sabía todo de antemano, pero eso, claro, lo escribe a toro pasado.

Moret, de hecho, hizo algo más para que López Domínguez pensase que el movimiento liberal había entrado en fase Viva la Gente, pues el 20 de noviembre de 1906 vota campanudamente una proposición de apoyo al gobierno.

Al día siguiente, un relajado López Domínguez va al palacio real a despachar con el rey. Confiado, le dice al monarca que no tiene gran novedad que comentarle. Y el rey, torciendo el gesto, le dice que él, en cambio, sí tiene algo que contarle.

Alfonso XIII ha recibido una carta. Una carta que será el «papelito» que dé nombre a esta historia.

Una de las obsesiones de José Canalejas era el laicismo, qué el consideraba condición necesaria para un Estado moderno. En momentos posteriores, cuando llegase a la presidencia del Gobierno, dejaría buena marca de ello, pero ya entonces, cuando era presidente del Congreso y alma mater del Gobierno, tenía las mismas intenciones. Por esa razón, en las semanas anteriores al papelito, Bernabé Dávila, ministro de Gobernación, había preparado un proyecto de ley de Asociaciones que suponía un recorte notable del poder de las órdenes religiosas. De hecho, el conocimiento del borrador había provocado una cascada de misivas desde el Episcopado.

¿Era Moret contrario al laicismo? Como buen liberal, en modo alguno. A lo que era contrario era al éxito de Canalejas. Ambos eran correligionaros, miembros de la misma mayoría formada en ese momento, pero Moret no podía soportar que aquel proyecto saliese adelante, así pues tomó la decisión, de una inconstitucionalidad flagrante, de saltarse el escalafón partidario y gubernamental y enviarle una carta directamente al rey. Fue un felón Moret por enviar la carta y un idiota el rey por darle pábulo. Ninguno de los dos tuvo con sus gestos el más mínimo respeto por el orden constitucional.

En su carta, Moret auguraba que el proyecto de Asociaciones rompería al Partido Liberal, y añadía: «Tal vez sean exagerados estos patrióticos temores; pero el rey tiene el medio de aquilatarlos, llamando a los representantes caracterizados del Partido Liberal y contrastando sus juicios con el que respetuosamente someto a Vuestra Majestad».

Moret, por lo tanto, invitaba al rey a operar de árbitro en una discusión partidaria, y lo que es más acojonante aún, el rey hizo algo distinto de limpiarse el sobaco con aquella carta. No sólo no la rompió, ni la quemó, ni la olvidó; sino que, a la llegada del primer ministro liberal, se la leyó, y debió de dejarle bien claro que le pensaba hacer lo que Moret le recomendaba, porque López Domínguez, noqueado pero gallardo, dimitió al instante.

Hay, por cierto, un tercer conspirador en esta milonga: Santiago Alba, político de larga trayectoria que acabaría incluso presidiendo las Cortes republicanas, y que en ese momento era gobernador civil de Madrid, nombrado durante el gobierno de Moret. Él fue quien llevó en mano la carta y se aseguró de que acabase en regias manos, sin intermediarios.

El 28 de noviembre, por si eran pocoas las sospechas de que pudiese haber una conjunción entre el monarca y Moret, es a éste a quien Alfonso XIII encarga la formación del gobierno. Así las cosas, toda la conspiración palaciega, toda una movida de camarilla a las que Alfonso XIII era desgraciadamente muy aficionado, quedó en evidencia. La política española avanzó hacia un episodio vergonzoso.

El 3 de diciembre, en doble sesión, compareció el gobierno Moret ante el Congreso y el Senado. Según las crónicas, fue recibido como el Real Madrid en el Camp Nou. Ni siquiera los liberales no canalejistas, teóricos ganadores de la movida, apoyaron a Moret, conscientes de que lo que había hecho el político liberal no había sido en beneficio de facción alguna, sino en el estricto beneficio propio.

Ya de camino al Congreso desde Palacio tras haber jurado, el personal les iba llamando de todo a los ministros. Moret estuvo torpe en su discurso, lo cual no es de extrañar porque le interrumpieron varias decenas de veces coreando gritos prostibularios. En cambio, a López Domínguez, erguido y noble, lo escucharon con reverencia y saludaron el final de su discurso con una cerrada salva de aplausos.

Al día siguiente, esto es al tercer día de vida del gobierno, un senador presentó una moción de censura contra el Ejecutivo. No creo que haya muchos precedentes de esto en la Historia parlamentaria del mundo. La moción, en cambio, no se votó. El gobierno Moret dimitió inmediatamente, tres días después de haber jurado.

Dado que en ese momento nadie se fiaba del rey ni para comprar un caramelo, el monarca tuvo que nombrar primer ministro a Antonio de Aguilar y Correa, marqués de la Vega de Armijo, marqués de Mos, conde de Bobadilla, vizconde del Pejullal, Grande de España. El marqués era un viejo político liberal que entonces tenía la friolera de 80 años y que había sido ministro de Isabel II. La pollada de Alfonso XIII fue, por lo tanto, del mismo calibre que si mañana dimitiese Zapatero y el rey llamase a formar gobierno a alguno de los ministros del último gobierno del general Franco.

Ciertamente, el marqués de la Vega de Armijo fue echado del poder por los conservadores en sólo tres sesiones parlamentarias. Pero para la Historia ha quedado un gesto de este pizpireto aristócrata liberal, que mostraba un optimismo incurable. De regreso a su casa, ya habiendo tenido que dimitir, en enero de 1907, encontró a sus parientes y clientes compungidos y contritos. Él, en cambio, se quitó el sombrero y el gabán, y les gritó.

- No os desaniméis, amigos. ¡El porvenir es nuestro!

viernes, marzo 04, 2011

Ucronizando

Sé bien que hay mucha gente que encuentra inútil, incluso estúpido, discutir sobre ucronías. A mí, sin embargo, me parece bastante educativo; una forma muy creativa de aprender Historia, porque discutir de ucronías con un mínimo de solidez requiere tener algún conocimiento sobre los hechos pasados que es, al fin y a la postre, lo que buscamos quienes contamos la Historia y hacemos por difundirla.

Ucronías o What Ifs hay muchas. Pero a mí hay una que siempre me ha interesado especialmente. Es la que hoy formulo y sobre la que dejo algunas reflexiones, más para animar otras reflexiones que para intentar convencer.

La ucronía es: ¿En qué habría cambiado el franquismo de no haber muerto en la guerra José Antonio Primo de Rivera?

Mi reflexión al respecto se despliega en diversas sub-reflexiones o preguntas, que aquí os dejo.

Pregunta 1: ¿Cuál habría sido la evolución de José Antonio de haber sobrevivido a la guerra civil?

La Falange salió de la guerra civil siendo un movimiento fascista, más mussoliniano que nazi, basado en el nacionalsindicalismo. José Antonio Primo de Rivera era un hombre políticamente cercano a los postulados del fascismo y es difícil imaginarlo sosteniendo ideas diferentes tras la victoria militar de las tropas nacionales. Mi opinión es que JAPR habría compartido todos los grandes pilares de la ideología franquista: el anticomunismo, la obsesión con los masones, el concepto del destino imperial de España, el carácter de cruzada de la guerra…

Si nos preguntamos cuál de las distintas Falanges habría sido el sustento de la Falange de José Antonio, para mí está claro que habría sido la de lo que se dio en llamar «camisas viejas». Pero eso no es decir mucho: los «camisas viejas» cambiaron mucho de camisa durante el franquismo. La gran pregunta, para mí, es: una vez terminada la guerra mundial, ¿habría entendido José Antonio que debía evolucionar? Personalmente, creo que no. José Antonio tenía en gran valor la unión de su formación, hasta el punto de deshacerse de Ramiro Ledesma por la influencia disgregadora que ejercía, y no creo que jamás hubiera dado el paso de virar la nao en contra del parecer de sus bases. Y si José Antonio, dicen algunos, no era fascista, sus bases lo eran sin duda alguna.

Creo, por lo tanto, que José Antonio Primo de Rivera, vivo y coleando, habría supuesto un problema grave para el franquismo porque habría operado como dique para eso que los historiadores llaman el proceso de «desfascistización» del régimen.

Pregunta 2: ¿Habría podido Franco unificar a FET y de las JONS?

La unificación del falangismo y el carlismo fue posible porque toda una facción de Falange, la sureña más o menos comandada por Sancho Dávila, se avino a remar a favor de esa corriente e iniciar contactos con Fal Conde y su gente sobre una hipotética fusión, que Franco ya tenía decidida. Sancho Dávila, con José Antonio vivo, no se habría atrevido ni a dormir a menos de 200 kilómetros de un carlista sin una orden del Jefe. Falange y los tradicionalistas se habrían tenido que fundir con el apoyo, decidido y sin fisuras, de José Antonio.

Creo capaz a JAPR de tomar la decisión de apoyar esa fusión. Pero por una sola razón: porque fuese perentoria para ganar la guerra. Lo cierto, sin embargo, es que la fusión de FET y de las JONS no es un hecho que se pueda considerar fuertemente influyente en la victoria militar. A Franco se le empiezan a poner las cosas de cara en el 37 porque toma la decisión, que se demostró estratégicamente acertada, de dejar de obsesionarse con Madrid y virar hacia el Norte, donde en unos pocos meses dejó a la República sin músculo. Nada de eso tiene ninguna relación con la unificación política realizada en el bando nacional.

No encuentro, por lo tanto, ninguna razón para que José Antonio se viese impelido en el 37 a olvidarse del punto 27 de su ideario y apoyar la creación del partido único falanjo-carlista. Menos aún que fuese a aceptar que Franco fuese, como lo fue, su máximo dirigente. ¿Qué cargo le podría quedar a él? ¿Secretario General de un movimiento que fundó, alentó, defendió en circunstancias comprometidísimas, y que estaba cortado a su imagen y semejanza? ¿Aceptaría Zapatero ser el ministro de Fomento de José Blanco?

Reside aquí, pues, el principal problema que la supervivencia de José Antonio habría supuesto para el franquismo; aunque también pienso que no hubiese tenido difícil solución. No habría podido existir partido único. O sí; pero ese partido tendría que ser Falange. Ésta es, de hecho, la entente cordiale que creo yo podrían haber acordado Franco y José Antonio: el primero habría obtenido lo que quería, es decir un régimen de partido único, en un esquema de democracia orgánica; y el segundo también habría obtenido lo que quería, es decir que su partido fuese ese partido único, pero a cambio de no cuestionar la autoridad de Franco. El resto de los satélites del franquismo, carlistas incluidos, serían meros asteroides tácitamente permitidos.

Pregunta 3: ¿Habría sido Franco jefe del Estado?

Sí, sin duda. Los que mandan tras una guerra son los que las ganan, y la guerra civil, aún con José Antonio vivo, la habría ganado quien la ganó, y ése no es otro que el general Franco. Era una persona ambiciosa, incluso muy ambiciosa, e igual que nunca se le pasó por la cabeza dejar paso a la corona como le pedía la mitad de su generalato, jamás se le habría pasado por la cabeza cederle parte del poder a José Antonio.

A menudo leo a falangistas quejarse amargamente de que todo el mundo considere el franquismo y el falangismo como sinónimos, y no les falta razón. Lo primero y fundamental que fue el franquismo, fue una dictadura militar. Aquél a quien Franco siempre mimó, aquél con el que nunca se malquistó, aquél al que cuidó al máximo, no fue el falangismo, sino el Ejército. A mediados de los años cincuenta, apenas quince años tras el final de la guerra, Franco quiso comenzar a dejar clara su desafección respecto del falangismo dejando de nombrar a José Antonio en sus discursos; pero nunca dejó de vestir la guerrera de capitán general, de trufar sus gobiernos de personalidades militares, y de verse a sí mismo como lo que era, es decir un soldado.

El Ejército hizo a Franco Generalísimo y Caudillo, y no existe ninguna razón para que tomase una dirección distinta de vivir José Antonio. La mancha falangista en el Ejército que ganó la guerra era mucho, muchísimo más pequeña, que la mancha monárquica; y microscópica comparada con la mancha franquista. El Ejército español creía en Franco y, por eso, desde el primer minuto del 1 de abril de 1939, desde antes en realidad, habría dejado claro, también a José Antonio, que el candidato era Uno, y no era él. Y es posible que Primo, al fin y al cabo hijo de militar y de dictador, lo hubiera tenido que entender e, incluso, compartir.

Sin embargo, esto no quiere decir, a mi modo de ver, que el franquismo hubiese transcurrido por los mismos derroteros que transcurrió. Si Serrano Súñer, con un pedigree muchísimo menos valioso que el de José Antonio, se sintió con ganas y poder como para hacerle sombra a su cuñado (hasta que su cuñado se lo llevó por delante, claro), con mayor energía se lo habría planteado José Antonio.

Hay una cosa que, con JAPR en el mundo de los vivos, estimo que Franco no habría podido hacer: integrar la realidad partidaria como un elemento más del gobierno a través de la figura del Ministro Secretario General del Movimiento. Como digo, para mí la opción más probable es que José Antonio llegase al final de la guerra siendo lo que era al principio, es decir Jefe Nacional de Falange Española y de las JONS. Sus partidarios nunca permitirían otro status para él, entre otras cosas porque el hecho de que fuese nueve años más joven que Franco sería un acicate para todo aquél que soñase con una retirada del general. No se olvide que en 1957, Franco ya tenía 65 años; que viviese 18 años más no nos debe hacer olvidar que en ese momento no era tan descabellado pensar que tal vez durase poco.

Dicho esto, sin embargo, también hay que decir que la ucronía basada en imaginar a un José Antonio ultrapoderoso tiene sus puntos débiles. Buena parte de las cosas que hizo Franco desde el momento en que el Eje perdió la guerra no las hizo por convicción, sino por cálculo político. José Antonio, con toda su brillantez retórica, no habría podido evitar el hecho de que la España de los años cuarenta y cincuenta era un país fuertemente dependiente de los que quería fuesen sus nuevos aliados; y estos aliados tenían reivindicaciones que hacer. La deriva del franquismo hacia la monarquía fue la consecuencia de una presión, en parte del generalato, en parte de los comprensivos pseudosocios democráticos de la España franquista. Ni al Foreign Office ni a la Casa Blanca le cuadraba una España repleta de jovenzuelos con camisa azul marcando el paso por la calle Alcalá.

Es probable, por lo tanto, que José Antonio tuviese, al fin y a la postre, que olvidarse de sus sueños de una España concebida como un inmenso sindicato de productores bajo la dirección de un Mando Único. El sindicato falangista, bajo su mano, probablemente se habría ajado y convertido en un mastodonte burocratizado, más o menos en la misma medida en que le ocurrió realmente.

Pregunta 4: Pero… ¿habría aceptado José Antonio ser un segundón?

La contrapregunta, a la gallega, es: ¿habría tenido otra alternativa?

Por mucho que José Antonio hubiese sido canjeado, su papel en la victoria militar de la guerra civil habría sido marginal. En 1939 no habría estado en condiciones de reclamar un puesto en las instituciones del poder efectivo y, además, al finalizar la guerra, cuando en todo el mundo democrático se excitó el antifranquismo como colaborador de los régimenes fascistas, con JAPR vivo ese sentimiento habría sido, fundamentalmente, antifalangismo. Las sanciones de la ONU, la Nota Tripartita, la retirada de embajadores, etc., habrían jugado claramente en su contra. Él era el que llevaba camisa azul antes que nadie, el que levantaba el brazo antes que nadie, el que era considerado líder del fascismo español antes que nadie. En tales circunstancias, por mucho que él se pudiese sentir capacitado para ello (pues la ucronía sobre la que es casi imposible escribir es la pregunta de hacia dónde habría evolucionado el pensamiento joseantoniano), su figura estaría totalmente descartada para pilotar el viaje hacia la como-Democracia que se montó Franco para tranquilizar a las cancillerías. Además, sinceramente no me imagino a los enviados de Washington negociando la implantación en España de bases militares con José Antonio Primo de Rivera.

Como corolario, dos ideas:

Una: José Antonio Primo de Rivera no perdió la oportunidad de ser el jefe del Estado español. Simplemente, nunca la tuvo. Falange Española fue el instrumento de una revolución inversa que sus perpetradores conocieron como Alzamiento Nacional y nosotros conocemos como golpe de Estado del 36. El instrumento no quiere decir el Demiurgo, como no quiere decir el general en jefe. En el momento del golpe de Estado, si hemos de creer a Ángel Alcázar de Velasco, no había en España más de 2.200 falangistas. Cierto es que con menos que eso Vladimir Lenin giró los goznes de la Historia de Rusia durante más de medio siglo; pero los falangistas de José Antonio no eran bolcheviques. Eran jóvenes exaltados, muchos de ellos adolescentes, preparados para muchas cosas entre las cuales no estaba liderar un país.

Nunca la tuvo, y nunca la habría tenido. Terminada la guerra, todo habría conspirado contra su liderazgo real, y «todo» incluye al propio Franco y, por supuesto, el Ejército. Además habría tenido el gran problema de que, de decidirse por la batalla, tendría que contestar a las preguntas de contra quién, y para qué. José Antonio no era tonto, y hubiera sabido bien que, de ponerle la proa a Franco, en México los exiliados brindarían con champán.

Dos: Franco, y de esto hablaremos pronto, quería ser lo que fue desde muy pronto. La suya es una estrategia milimétricamente diseñada cuyo final es la jefatura del Estado y la dictadura personal más larga de la Historia de España. Franco no fue un militar encumbrado por las circunstancias, sino un estratega con extraordinaria habilidad en el manejo de los tiempos a quien el destino puso un sable en la mano en el momento justo. Históricamente hablando, Franco es una ola, y el franquismo una marejada. Las mareas fuertes arrastran consigo todo lo que encuentran; si son barcas, barcas. Y si son personas, personas.

Como conclusión, pues, estoy inclinado a pensar que la supervivencia de José Antonio Primo de Rivera habría cambiado mucho las cosas, sí, pero no esencialmente.

martes, marzo 01, 2011

Las opiniones de Don Claudio

Claudio Sánchez Albornoz, como historiador, ha envejecido mal. En buena medida, en su celebérrima polémica con Américo Castro sobre el origen de España, ha terminado por salir perdedor. La tesis de Castro, que veía en España el resultado de la fusión de lo cristiano, lo judío y lo musulmán, casa mucho mejor con el buenrollismo actual que quiere ver en la Edad Media española una especie de Viva la Gente cultural donde todo cristo se llevaba de pila máster. Lejos de estas interpretaciones un tanto almibaradas, Sánchez Albornoz consideraba que al nacimiento de España no son ajenos ni la violencia, ni el enfrentamiento ni, en buena parte, el odio racial y cultural. Otras realidades del momento presente tampoco las entendería. Sin ir más lejos, no es que Albornoz considerase a los vascos españoles, sino que consideraba a los españoles vascos y se refería a eso que hoy llaman algunos Euskal Herria como "la abuela cabreada de España".

El otro día, cayó en mis manos en el Rastro un libro que en 1976 escribió la reportera televisiva Carmen Sarmiento, que consiste, básicamente, en la crónica de una larga entrevista con un Claudio Sánchez Albornoz que, en Buenos Aires, estaba a punto de volver a pisar España después de 40 años de ausencia. Recuerdo muy bien cuando llegó, porque en la tele le hicieron un reportaje, en el que el periodista le preguntó si se iba a quedar en España, a lo que él contestó (ya lo hace en el libro de Sarmiento) que no, porque consideraba su vida acabada. Al periodista se le ocurrió decirle algo así como: "¡Pero si usted es joven aún! Mire Andrés Segovia [el famoso guitarrista], tiene su edad y acaba de tener un hijo". El pìzpireto historiador abulense le miró con ojillos de mala persona y dijo: "¿Y será suyo?"

Hoy os quiero dejar aquí escritas algunas opiniones de ese libro, porque creo son curiosas de leer sabiendo que salían de la boca de un republicano burgués de toda la vida, que llegó incluso a presidir el fantasmagórico gobierno republicano en el exilio.

Aquí van.

Sobre Primo de Rivera:

Si, por lo menos, después de pacificar Marruecos, hubiera convocado elecciones, las habría ganado, después habrían hecho unas Cortes Constituyentes y la monarquía habría perdurado. Pero él y el rey estaban obnubilados con Mussolini.



Sobre Manuel Azaña

Era un hombre muy inteligente, un verdadero hombre de Estado. No obstante, estaba prisionero de una tradición de desdenes, de fracasos políticos personales y del clima moral que dominaba en la gran mayoría de los republicanos.

Azaña era el primer orador del Parlamento, el hombre más capaz; sin embargo, habría tenido que esperar la llegada de la República en medio de la hostilidad de gentes de ideas cercanas a las suyas. Había llevado una vida casi marginal, y esa triste espera había agriado su carácter. Le oí referir a él mismo que, una vez, una mujer pública le había mordido y se había asustado por lo amargo de su sangre. Era agrio todo él.

Recuerdo que en Valencia
[ya durante la guerra civil] me dijo: "La guerra está perdida; pero si por milagro la ganáramos, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos, si nos dejaban".

Sobre Largo Caballero

En el año 34 [se refiere a la mal llamada Revolución de Asturias], Largo Caballero hizo la revolución con demora; no tuvo en cuenta que no estábamos solos en España. Besteiro decía de él que era una mula honesta, pero una mula. Mire usted, la libertad y la democracia no consisten en aplastar al adversario, sino en convivir y entenderse con él.

Fuimos unos ingenuos al pensar que en España se podía hacer la revolución socialista en el año 36, rodeados de fascistas como estábamos. ¡Sólo pudo creérselo el imbécil de Largo Caballero!



Sobre la II República

Yo, que he perdido más que nadie, le confieso que preparamos el terreno para que Franco se sublevara y triunfara durante cuarenta años.

Nuestra responsabilidad fue la de no haber sabido mantener el orden, cayera quien cayera.

Yo pensaba en la Iglesia y me decía: ¿qué adelantamos con combatir a la Iglesia?

Yo soy católico, apostólico y romano, a pesar de ser liberal. Propuse una corporación de derecho público, de manera que hubiéramos sido los católicos los que habríamos pagado a la Iglesia. Todo el mundo habría pagado y no habría pasado nada; pero, a pesar de que los curas tenían un sueldo mínimo de 6.000 reales, los dejamos sin comer. Fue una equivocación, un error tremendo, tremendo, porque tenían una fuerza enorme.

Los cuarenta años han sido consecuencia de aquella violencia. Arrancaban las medallas a las gentes, invadían las fincas, nadie estaba libre de que le dieran un tiro. En España había una mitad de españoles que estaban frente a eso.

No estábamos solos en España; la mitad estaba en contra nuestra.

Siempre se es reaccionario para alguien y rojo para alguien.



Sobre la guerra civil

Hubiera preferido, se lo digo sinceramente, que los sublevados contra nosotros los republicanlos, hubieran ganado la guerra el primer día. Me habrían asesinado a mí y a doscientos más, pero habría habido libertad a los dos o tres años, mientras que la guerra civil fue monstruosa, tremenda.

Si hubieran triunfado los nuestros, se habría proclamado el comunismo, porque nosotros, los republicanos, ya no contábamos.




Sobre Franco

A veces pienso que en él se unían el militar, el gallego y el judío [Albornoz estimaba, dado que el apellido Franco no es un apellido gallego, que podría ser de origen judío].

Casi nadie ha mandado tanto tiempo como Franco en España. La reina católica estuvo 30 años en el poder. Felipe II estuvo 42 años. Pero después de Felipe II nadie ha tenido tanto tiempo el poder como Franco. Ha sido una tremenda desgracia para España.

No soy capaz de odiar y creo que Franco se equivocaba. El vivía honestamente conforme a unas ideas absurdas. Hay personas que matan por placer, como Hitler, y otras que matan por convicción, como Franco.



Sobre su interpretación de la Historia

Para Castro, judíos, cristianos y moros estaban dándose la lengua durante la Edad Media y, de pronto, en el siglo XV, los cristianos se enfadan y se meten con los judíos y los moros. Como usted puede deducir, esto es teóricamente absurdo; si hubieran estado tan amigados, en esa simbiosis de la que habla Castro, es inconcebible que de pronto le entrara a los hispanos el sarampión de meterse con los moros y con los judíos.

Un puñado de orientales que al llegar a España en el 711 no tenían ni un siglo de islamismo, y un grupo de berberiscos recién convertidos al Islam, habrían hecho, según Castro, el milagro de arabizar a los pensadores de Al-Andalus en un abrir y cerrar de ojos, puesto que para él en el 711 se inicia la simbiosis de lo islámico y lo cristiano en el norte de España.

Galicia es 20.000 años a la defensiva, porque los pueblos que llegaban avanzaban hacia Galicia y de allí no podían pasar. Los gallegos anteriores, los que habían llegado antes, como no podían resistir, se acostumbraron a defenderse con la astucia; por eso los gallegos son los más listos de España.

La batalla de miles de años creó en los españoles un talante violento.

La Reconquista no fue ningún paso de ballet, sino una batalla tremebunda. Después de cada batalla, los musulmanes alababan a Alá sobre las montañas de cabezas cortadas a los cristianos. Bonita manera de convivencia, ¿eh?

Pensar que desde el poema de Cid a Las Meninas todo fue en España moro y judío, es un puro disparate.



Sobre las nacionalidades españolas

Vasconia no es, no, un islote aislado y perdido en el océano de revueltas aguas de la Península. Es el último rincón de ésta, donde se habla todavía la lengua de buena parte de los españoles primitivos.

Soy enemigo de otorgar privilegios a los catalanes, vascos y gallegos.

Cataluña no es una nación, ni lo es Galicia, ni lo es Castilla. Todo ese conjunto forma una nación, que es España.

Los catalanes y los vascos viven de la vaca española.

Si quieren estudiar el catalán, que lo estudien; pero, al mismo tiempo, el castellano.

Barcelona quiere ser corte y capital,también Bilbao, y no se crea usted que para obtener la autonomía de Lérida y Gerona, sino para mandar desde Barcelona o Bilbao.

domingo, febrero 27, 2011

Historias de(l) chocolate

Cada vez que un niño o un adulto toman una onza de chocolate con leche, quizás ignoren que están tomando un manjar propio de reyes. En realidad, los occidentales, y muy especialmente los españoles, estamos tan acostumbrados a este dulce, presentado de muy diversas maneras, que quizá creamos que ha estado con nosotros desde siempre. Sin embargo, su presencia entre nosotros, los europeos, es relativamente moderna.

He dicho europeos porque los americanos, probablemente, toman chocolate desde la noche de los tiempos. Llevaban siglos engulléndolo cuando los españoles llegaron al actual México y tomaron contacto con él.

Los mexicanos precolombinos creían que Quetzalcoatl, la jardinera del campo de los dioses, trajo a la tierra las semillas de un árbol que crecía allí y que llamaban quacatl (cacao); razón por la cual consideraban el chocolate bebida de dioses.

En efecto, chocolate es una palabra procedente de los idiomas precolombinos mexicanos, en los que es tan típica la terminación -tl, que la fonología española ha adaptado añadiendo una vocal que para nosotros es necesaria. Las descripciones que nos han quedado de la corte del famoso rey Moctezuma nos pintan a un rey que tomaba casi constantemente, para vigorizarse, un bebedizo cuya base era el cacao, adicionado con miel y una fruta de sabor parecido a la piña. Aquella bebida era muy cara porque el cacao formaba parte de uno de los sistemas aztecas de intercambio, así pues era de gran valor.

Por esta razón, el pueblo llano, en realidad, no tomaba el chocolate como nosotros lo importamos. Ellos tomaban una papilla, que llamaban atol, que se preparaba machacando conjuntamente cacao y maíz, cociendo la mezcla en agua mientras se adicionaba pimienta picante. Los españoles que llegaron a México probaron el atol y les pareció una bebida repugnante (no les culpo). Sin embargo, cuando probaron el brebaje que tomaba Moctezuma, considerablemente más dulce, sí les agradó, y ésa fue la receta que importaron a Europa. Es por eso que digo que el moderno chocolate a la taza es una bebida de reyes.

Se podría decir que al contactar los españoles con el chocolate dulce, llovió sobre mojado. Y es que una de las majaderías del siglo es la coña de la dieta mediterránea. Que la dieta mediterránea existe y es muy sana no hay que ponerlo en duda. Que es lo que tradicionalmente hemos comido los españoles es una mentira del tamaño de la catedral de Colonia. Si echamos un vistazo a los libros de cocina escritos sobre todo en la España barroca, encontraremos que la dieta española de la época era todo menos sana pues, por encima de todo, era dulce. Muy dulce. La España de hace medio milenio era una especie de monumental páncreas estresado.

De aquella época es, por ejemplo, una salsa llamada oruga, que nos ha dejado descrita Montiño en su Libro de comer, y que se servía con todo tipo de carnes. Se hacía con azúcar o miel, panecillos molidos, pan tostado, vinagre, más azúcar en abundancia y canela. En la España de la oruga, una bebida a base de cacao endulzado cayó como el maná.

Cuando el cacao americano fue trasplantado a las Canarias, y en recuerdo de aquella bebida regia (y por pura querencia), los españoles comenzaron a añadirle azúcar. Mientras en América el chocolate se convertía en la bebida típica de los criollos, en España también se iba imponiendo.

En algún momento del siglo XVII y, sobre todo, durante el siguiente, la enorme demanda de bebidas de chocolate llevó a la invención de la chocolatería. Tiempo antes de que existiese la celebérrima del callejón de San Ginés en Madrid, en el canal de Jamaica había ya decenas de locales donde se servía chocolate bebido, que contaban hasta con orquestas metidas en barcas que amenizaban la velada. Estaban siempre hasta la bola, día y noche. Botellón chocolatero.

Fueron los frailes de Oaxaca los que acabaron haciendo a esta ciudad mexicana famosa por su chocolate. Ellos fueron los primeros en echarle al bebedizo cosas como vainilla o avellanas tostadas, y con ello contribuyeron a que el chocolate de Oaxaca fuese muy conocido en ambos lados del charco. En Chiapas, el obispo tuvo que reconvenir a las damas de determinada parroquia por su costumbre de llevarse jícaras de chocolate a misa, y pasar la celebración bebiéndolo. La respuesta de las damas a la bronca obispal fue cambiar de iglesia. Los criollos acostumbraban a desayunar chocolate, a tomarlo de nuevo en la merienda y, finalmente, una vez más, a medianoche.

Sin salir de América, la plantación de cacao se extendió por las Antillas, lo que también llevó a que los antillanos comenzasen a consumir chocolate a lo bestia. Los jamaicanos hacían lo propio, antes de trabajar por la mañana.

Cuando el chocolate endulzado llegó a España, algunos, no pocos, médicos, albergaron cuitas sobre él. Lo consideraban, cágate lorito, un alimento de poca sustancia, y por eso el chocolate se comenzó a tomar mezclado con todo tipo de especias, tales como la canela, pero también, por ejemplo, cardamomo o jenjibre, que digo yo que no debía de saber muy bien. Sin embargo, la costumbre de tomarlo se extendió de tal manera que, muy pronto, tuvo que ser censurado por el clero como pecado de gula. A otros países se extendió con cierta lentitud. A Italia, el primer país que lo adoptó, lo llevó un florentino llamado Antonio Carletti; y a Francia pasó cuando Ana de Austria, hija de Felipe III, se casó con Luis XIII de Francia.

A mediados del siglo XVII, la venta callejera de chocolate fue prohibida en Madrid. La razón de esta prohibición estriba en que la ciudad se había convertido en un hervidero de puestos y puestecillos de toda laya en los que todo dios vendía chocolate, tal era la desenfrenada demanda de los madrileños por el producto. La preocupación por ello procedía del hecho de que, como siempre en situaciones de demanda disparada, había aparecido el fraude. En no pocos puestos callejeros de Madrid (así como en la nutridísima venta ambulante, que era realizada por mujeres que iban de casa en casa ofreciéndolo) se vendía chocolate, sobre todo sólido, confeccionado con dosis relativamente pequeñas de cacao y azúcar, y mezclado con las cosas más peregrinas, sobre todo pimienta, pero también pan rallado, harina de maíz o cortezas de naranjas secas y molidas. Sólo así era posible que el chocolate, bien bastante caro para la época, se vendiese por cuatro gordas en cualquier esquina.

La historia de estos pequeños siglos del chocolate en Europa es la historia de una continua polémica entre médicos sobre las propiedades del chocolate, que unos tenían por lo más sano del mundo y otros por el origen de grandes males. Madame de Sevigné, célebre autora de epístolas y enemiga del chocolate, lo acusa de causar fiebres mortales a sus consumidores habituales. Por su parte, otra francesa, la condesa de Aulnoy, que escribió un libro sobre sus viajes por España, describe una fiesta que le dio una aristócrata española, fiesta en la que le maravilló, por ejemplo, encontrarse con que las damas invitadas fueron servidas con dulces, todos envueltos en papel dorado. En aquel entonces, por lo tanto, a las españolas les preocupaba ya pringarse las manos, mientras que a las francesas, por qué será, aún no les había surgido la preocupación de llevar los dedos sucios.

Otra cosa que destaca la de Aulnoy son las enormes cantidades de chocolate bebidas por las contertulias (hasta seis jícaras con sus bizcochos, lo cual deben de ser como diez tazas por lo menos). Pero lo increíble es la apostilla que deja: «No me extraña ya que las españolas estén flacas, pues abusan del chocolate». Con un par.

En España, la gran preocupación era saber si podía considerarse o no alimento de vigilia. La polémica continuó hasta que el un tal padre Francisco María escribió un opúsculo declarándolo alimento apto para el ayuno. No creo que sepamos nunca si verdaderamente lo pensaba o es que tenía miedo de que lo tirasen por la ventana del convento si decía lo contrario. En Italia también pensaron en prohibirlo. Hasta que lo probó el Papa, Clemente VII, momento a partir del cual el Vicario de Cristo decretó que aquello no podía ser cosa mala (y, hemos de suponer, pidió que le trajeran más).

Regresando a Francia, encontramos al célebre cardenal Richelieu engullendo chocolate muy a menudo. O a María Teresa, esposa de Luis XIV e hija de Felipe IV, la cual, a pesar de que su marido aborrecía esta bebida, la consumía en tales cantidades que acabó con la mitad de la dentadura severamente picada.

Y de esta forma, tan dulce y tan intensa, el chocolate entró por la puerta grande de nuestros gustos culinarios, junto con otros diversos productos que le debemos a América, tales como la patata, el pimiento o el tomate. Y durante mucho tiempo hicimos buenos dineros con el monopolio de la importación de cacao, hasta que Felipe V lo vendió, en 1728. En algunos países nunca penetró seriamente (así, en Alemania) e, incluso, en Francia no se consumió masiva hasta que en 1815 se perdieron todas las cosechas. Luego llegó la colonización de África, en cuyas tierras el cacao se ambientó a la perfección, que colocó en el frontis del chocolatismo a nuevos jugadores, como Bélgica.

Por cierto, un consejo: si vais a Bruselas, no os dejéis asombrar por los chocolates de marca que mucha gente conoce y tal. Belgian truffles. Son bastante más baratos, y nunca he han dejado mal.

Y digo esto de que nunca me han dejado mal porque este cronista bloguero, señores, entre comerse un bombón y una chistorra frita hace seis días, no se lo piensa ni dos veces.

Así que supongo que algún día tendré que buscar lecturas sobre la historia de la chistorra.

viernes, febrero 25, 2011

Borbón, Reborbón y Reborbón

Bueno, pues de cara al fin de semana, despejemos la duda sobre el bueno de Alfonso XII.

Ocho. Ocho veces De Borbón era el bueno de Alfonso.

Era De Borbón, 1: por ser hijo de Francisco de Asís de Borbón, nieto por parte de padre de Francisco de Paula de Borbón, y bisnieto, por ambos lados, de Carlos IV de Borbón.

Era De Borbón, 2: por ser hijo de Isabel II de Borbón, nieto de Fernando VII de Borbón y bisnieto de Carlos IV, again.

Era De Borbón, 3: por ser nieto, por parte de padre, de Luisa Carlota de Borbón, princesa de las Dos Sicilias e infanta de España consorte; bisnieto por parte de padre de Francisco I de Borbón, rey de las Dos Sicilias (vía por la cual era, por lo tanto, tatara,-tatara-tataranieto de Carlos III).

Era De Borbón, 4: por ser nieto, por parte de madre, de María Cristina de Borbón, reina de las Dos Sicilias y reina consorte de España; así como bisnieto del mentado Francisco I de Borbón.

Era De Borbón, 5: por ser bisnieto de María Luisa de Borbón, (lo cual lo convertía en tatara-tatara-tataranieto de Felipe V), princesa de Parma (y señora de Carlos IV).

Era De Borbón, 6: Por el hecho de que la mentada María Luisa de Borbón, además de abuela de Francisco de Asís, padre de Alfonso, también lo era de Isabel II, su madre.

Era De Borbón, 7: Porque María Isabel de Borbón era madre de la abuela materna de Alfonso, Luisa Carlota, por lo que ésta era Luisa Carlota de Borbón (rama normal) y Borbón (rama Dos Sicilias).

Era De Borbón, 8: Porque la mentada María Isabel de Borbón no sólo era abuela del padre de Alfonso por ser madre de Luisa Carlota, sino que también era abuela de su madre Isabel, porque asimismo era la madre de María Cristina.


Molar, no sé si mola. Pero lleva su tiempo, sí.

miércoles, febrero 23, 2011

La salud en la Historia de España

Alguna que otra vez me da por pensar en que el azar, en realidad, tiene una gran importancia en la Historia. Sé bien que al menos las gentes de mi generación somos hijos de una época intelectual en la que los libros de Historia eran monografías llenas de tablas y gráficos varios, y el sustrato existente en la historiografía era que todo se explicaba por profundas tendencias sociohistóricas ante las cuales las personas y sus vicisitudes tenían poco que ver.
Este punto de vista, a mi modo de ver, obvia lo importante que para la Historia del mundo, y sobre todo el occidental, ha sido la institución monárquica; una forma de organización del Estado que, por definición, coloca en primer lugar las vicisitudes personales, como es lógico si las naciones son regidas (o poseídas) por familias. Así que siempre pienso que algún día tengo que sacar algún tiempo para escribir unas líneas sobre cómo la salud ha influido en la Historia de España; reflexiones que dan para ucronías interesantes.
Partamos de la base, para no perdernos en referencias que quizá mucha gente no conoce, de que España, como tal, puede entenderse que existe desde la unificación a la remanguillé de Castilla y Aragón realizada por Isabel y Fernando, tanto me monta él que le monto yo. El primer rey de España propiamente dicho, aglutinando en su persona las dos coronas, estaba destinado a ser Juan, el hijo de los Reyes Católicos. Pero el infante muere el 4 de octubre de 1497 y su viuda, Margarita de Austria, tiene semanas después un mal parto, con lo que la naciente dinastía católica queda truncada.
Isabel de Castilla junior, hermana del príncipe y asimismo casada con don Manuel de Portugal, hereda los derechos sobre las coronas de Castilla y Aragón; herencia que siembra el germen de una auténtica unificación ibérica, puesto que el marido aporta al condumio el país del fado y el camarao. Pero Isabel muere al poco tiempo, y, aunque deja en la tierra a un hijo, Miguel, de nuevo llamado a unificar coronas, el pobre niño muere antes de cumplir dos años de edad.
Estas dos muertes encadenadas, que sustentan cierta impresión de mal fario en la persona de los Reyes Católicos, son las que acaban por colocar la corona del mundo en las sienes de Juana de Castilla, señora que, por mucho que modernas relecturas de su vida se empeñen en vestir el muñeco, estaba más insane que las maracas de Machín. Lo cual no habría sido problema pues para entonces tenía un marido, Felipe de Austria, llamado El Hermoso, que además aportaba a la monarquía española el sólido apoyo de la dinastía teutona reinante en la persona de su padre, Maximiliano. Si Felipe el Hermoso hubiese vivido lo suficiente, la unificación que estaba previsto en las personas de Juan, de Isabel o de Miguel, todos muertos, probablemente se habría llevado a cabo. Pero también Felipe la casca pronto, hecho que acaba provocando el edificante espectáculo de su mujer dándose de barrigazos por el país con una momia en la maleta, que es cosa, todo el mundo lo sabe, que hacen las personas equilibradas y ponderadas. El país, por lo tanto, queda en manos de una esquizofrénica. La enfermedad nombra rey de España a un adolescente que sólo habla idiomas centroeuropeos, amigo de la buena mesa y de la mejor cama, llamado Carlos.
Los aragoneses (y catalanes, y valencianos, y mallorquines) habían aceptado la herencia de Juana, pero, la pela es la pela noi, habían colocado una cláusula interesante, según la cual no habría nada de lo hablado si Fernando el Católico, viudo ya de su mujer Isabel, llegaba a darle a la dinastía aragonesa un heredero fruto de su matrimonio con Germania de Foix. En ese caso, según las estipulaciones, dicho hijo heredaría la corona de Aragón, y la unificación bajo los Reyes Católicos quedaría más o menos como un mero episodio provisional para echar a Gadafi del país. Sin embargo, de nuevo la salud entró en el juego. Juan de Aragón, el hijo de Nando y Germa, debió de acojonarse con lo que vio, pues apenas vivió unas horas; y, tras el delicado parto, Germania quedó estéril; Aragón se quedó sin foixs, y su dinastía entró, perdón por el mal chiste, en vía muerta.
Carlos I de España, pichón asado que va, barragana lozana que viene, se casó con Isabel de Portugal, que era prima suya (como casi siempre). Tuvieron varios hijos, uno de ellos varón: Felipe, el futuro rey. Así pues, este rey cumplió. Sin embargo, la vida, digamos, sentimental de Felipe II ya no fue tan venturosa.
Felipe II se casó con María de Portugal, también prima suya, que le dio un hijo, el malogrado infante don Carlos, un pijo mierda que se creía con poder para todo y que además era otro sicópata sacado de un episodio de Mentes Criminales; su historia ya la hemos contado. En efecto, Carlos era un más que probable psicótico que había heredado los genes de su bisabuela Juana. Su conducta es tan escandalosa que su propio padre lo encarcela y ahí, en la cárcel, muere el heredero de la corona, dicen algunos que asesinado por su padre aunque yo, honradamente, no lo creo.
Fallecida María de Portugal, Felipe prueba suerte con otra María, en este caso Tudor. Es otro momento de gran tensión histórica. Si el matrimonio de los abuelos del rey unificó Castilla y Aragón, el suyo con María Tudor despierta las ilusiones de un eje hispanoinglés capaz, cuando menos en potencia, de crear una superpotencia mundial. Para ello, es necesario que la mujer del rey engendre varón. Por dos veces, la Tudor se siente embarazar al ver abultarse su vientre. Pero aquello no es embarazo, sino un síntoma de que está gravemente enferma; tan gravemente que fallece poco tiempo después, dejando el camino de Westminster libre a la lesboide Isabel, hija de Ana Bolena; la cual, lejos de practicar una alianza proespañola y comprensiva con los católicos, pone en marcha una rueda radicalmente anglicana y antiespañola, con lo que el panorama cambia de medio a medio.
Felipe II, acuciado por la necesidad de darle un heredero al mayor imperio del mundo, tuvo entonces que tragarse sus intenciones. El rey prudente, como otros muchos jefes de Estado y de gobierno españoles después de él, sabía bien lo peligroso que era acercarse con exceso a Francia. Francia y Alemania, las dos grandes potencias europeas actuales, se han caracterizado siempre por un espíritu estratégico por el cual no aceptan alianzas, sino relaciones de sumisión. Por eso el rey español intentó fortalecer la posición internacional de España mediante una alianza con Inglaterra. Ahora, sin embargo, las terceras nupcias del rey fueron con Isabel de Valois, lo cual, geoestratégicamente, venía a querer decir que España volvía el rostro hacia Francia o, si se prefiere, se aprestaba a jugar con fuego. ¿Qué habría pasado si Isabel le hubiera dado un heredero? No lo sabemos, porque una vez más el azar de la salud hizo de las suyas. La de Valois le dio a Felipe dos hijas y, después, murió de un aborto. Así las cosas, a Felipe II ya sólo le quedó la opción de los Habsburgo, opción que, finalmente, fue la ganadora mediante el matrimonio con Ana de Austria y el alumbramiento del futuro Felipe III.
Este Felipe III, rey un tanto tristón y presa de constantes arrepentimientos, incluso en su lecho de muerte, murió joven, pero no sin haber dejado heredero, Felipe IV, con lo que la dinastía no sufrió esta vez peligro. La cosa en principio parece estabilizada. Felipe, casado con Isabel de Borbón, llega a tener un hijo viable, el príncipe Baltasar Carlos que pintó Velázquez; pero, ay, de nuevo el destino: muere de viruelas a los 17 años. A toda prisa y en el tiempo de descuento el rey, que ha enviudado de su primera mujer, se casa con Mariana de Austria para que le de herederos. Y menudo heredero le da: el pobre Carlos II, llamado El Hechizado por llamarle algo, un tipo que llegó a ser un niño bastante crecidito sin ser aún capaz de hablar y de quien dicen las crónicas de que, una vez muerto, los forenses le encontraron en el interior del escroto dos testítulos del tamaño de canicas y negros como si estuviesen socarrats. Este pobre hombre no podía dar descendencia alguna. El momento Habsburgo descarriló.
O sea, el momento de Francia. Oh, Espíritu Borbón, yo te invoco...
Versalles envía a Madrid a un rey becario a hacerse con el machito: Felipe V, un rey encantador que ni siquiera se tomaba la molestia de aprender a hablar el español decentemente, total para qué. Entre guerra y guerra con el pretendiente austriaco a la corona española, Felipe V tuvo cuatro hijos con su primera esposa, Luisa Gabriela de Saboya, pero pronto perdió a dos de ellos y a la propia reina. Se casa de nuevo, con Isabel de Farnesio, pero la cosa no marcha bien. Felipe no es feliz en una España a la que, en buena parte, no entiende, y ve cómo sus aspiraciones más queridas (el trono del Louvre) no llegan. Así pues abdica en su hijo mayor, Luis, aprovechando que el Francia es rey un niño, Luis XV, que dicen tiene mala salud. Visto lo visto, es lógico que Felipe espere que el chaval la casque y, si eso ocurre, le interesa tener colgado del belfo el cartel de LIBRE. España, como vemos, le importaba al señor rey tres cojoncillos mal contados.
La cosa sale mal. A las primeras de cambio, Luis I de España sale nominado por su mala salud y muere de viruelas, por supuesto sin descendencia. Papá le françois no tiene más remedio que volver a ser rey de España, eso sí, en medio de un proceso en el que su salud mental cada vez decae más.
Felipe V, no obstante, consigue morir de una apoplegía sin haber desarrollado plenamente la locura. Esa labor le queda a su hijo, Fernando VI, quien la realizó a la perfección. Se casa con Bárbara de Braganza, a la que es posible que le tocase pocos pelos pocas noches; pero la ama sinceramente y, por eso, a la muerte de la reina, este Fernando casi desconocido entra en una espiral de locura como se conocen pocas en la Historia. A decir verdad, de los testimonios que he leído he llegado a la teoría, y es cosa que dejo aquí escrita como pista para personas más versadas en la siquiatría, de que la locura de Fernando VI es muy parecida a la del millonario americano Howard Hughes. Obviamente, Fernando VI no pudo tener la obsesión de Hughes por la pureza de sangre (se hacía trasfundir diariamente sangre de donantes mormones); pero, como digo por lo que he leído, ambos locos comparten algunas locuras; por ejemplo, negarse a cortarse las uñas de los pies hasta que les fue incluso imposible andar.
La participación de la salud en la Historia de España se toma un respiro hasta llegar a Fernando VII y su famosísima agonía en la que todo el mundo le creyó morir. Como es bien sabido, este Fernando el Supercabrón intentó por tres veces el matrimonio fecundo, sin éxito: ni la tuberculosa María Antonia de Nápoles; ni Isabel de Braganza, que la palma durante su embarazado en minutos quince por causa de una eclampsia; ni Amalia de Sajonia, más estéril que los campos de trigo del Himalaya, consiguen darle el hijo que ambiciona. Su cuarto matrimonio, con su sobrina María Cristina, le dará dos hijas: Isabel, y Luisa Fernanda. Y ya tenemos el lío montado.
Llegamos al día en que Fernando VII parece morir. Agilipollado en la cama, según muchos ya sin albedrío real, el rey es presionado por su gobierno, acojonado por lo que puede venir en una España dividida ya entre liberales y tradicionalistas y gobernada por una niña, para que derogue la denominada Pragmática Sanción proclamada por Carlos IV en 1789 y, consecuentemente, ponía en vigor de nuevo la tradicional Ley Sálica que en España ha impedido que las mujeres puedan reinar. Lo que pasa es que el rey, finalmente, se recupera y, tras enterarse bien de lo que ha hecho, vuelve sobre sus pasos. Automáticamente, se genera una gran polémica sobre cuál de los dos actos, si el del lecho de muerte o el posterior, es el realmente válido. Polémica que servirá para que esas dos Españas que ha dibujado el enfrentamiento entre liberales y tradicionalistas encuentren, cada uno, un bando, y comiencen unas hostias que no terminan hasta el no muy lejano día en el que Santiago Carrillo y Manuel Fraga se sentaron en el mismo hemiciclo.
A decir verdad, las cosas pudieron ir peor. Isabel, además de bastante casquivana en años posteriores, era una niña de no buena salud, aquejada de herpes, lo cual hizo que, desde el primer día, Luisa Fernanda, su hermana menor, tuviese sus partidarios que la creían la carta ganadora en esa ruleta que, como vemos, la salud hacía girar cuando le petaba. De hecho LF, consciente de que la primera labor de las féminas en las familias reales es exactamente la misma que la de las conejas, se casa con un francés de grandes posibles, el duque de Montpensier, y comienza a tener hijos como otros hacen churros. Isabel, por su parte, se casa con su primo Francisco de Asís de Borbón, quien, así, a la primera, no acierta con la diana (un hijo se les malogra), pero finalmente logra inseminar a su mujer (vamos a decir que fue así) del futuro Alfonso XII. Luego a la reina no la echaran los carlistas, sino la revolución liberal. Cosas de la vida.
Como podemos ver, pues, puestos a imaginar, la Historia de España ha podido tomar derroteros bastante dispares de los finalemente vividos, de haber actuado el factor salud de forma distinta de cómo lo hizo.
Hay todavía en nuestra Historia un rey más que murió prematuramente, e incluso un infante que, por causa de su sordomudez, deja el camino libre para que la corona pueda ser heredada por el actual monarca (aunque, en realidad, Juan Carlos le debe la corona mucho más a la decisión de Franco que a la minusvalía del otro Borbón). Pero lo dejo aquí, entre otras cosas porque algún día quiero contar la historia de este Alfonso XII, triste de ti, que creo merece que le pongamos la lupa.
Dejo, si acaso, una preguntita aquí, sólo para auténticos freaks de la monarquía hereditaria. ¿Cuántas veces llevaba Alfonso XII el apellido de Borbón?

domingo, febrero 20, 2011

El Cant de la Senyera

En mayo del año pasado hizo 50 años y, sin embargo, al menos que yo sepa y fuera de Cataluña, la celebración no fue especialmente relevante. Como digo, resulta curioso.

miércoles, febrero 16, 2011

Bolleras asesinas

Matar se mata, primero que nada, por un interés objetivo. Por ello, y dado que cualquiera puede tener un interés objetivo, cualquiera puede matar. Pero el asesinato tiene otra dimensión, que es la que estudian los expertos criminólogos de la conducta, y que es la que alimenta las acciones de eso que hemos dado en llamar asesinos en serie; personas que matan por motivos que están única o básicamente dentro de ellos. Asesinatos por conducta son los que se producen por celos, o por envidia, o por suplantar la vida de la víctima.

Hay dos grandes palancas que alimentan estos deseos de matar o, si se prefiere, esta capacidad de matar. El primero son los sentimientos de tipo sexual. El sexo puede (suele) tener mucho que ver con el concepto de dominación; por eso está tan de moda usar esposas y cuerdas en el juego sexual. Buena parte de los asesinos en serie lo son por motivaciones sexuales o seudosexuales. El segundo elemento es la sicopatía, o si se prefiere la incapacidad del asesino de empatizar con su víctima, de sufrir viéndola sufrir, o de no sentir el placer cuando sufre, lo que algunas veces deviene en una situación en la que la persona, simple y llanamente, no aprecia mal en sus acciones. Para los aficionados a las series de televisión, un caso de éstos de falta de empatía es el de Dexter, el policía de Miami que oficia de asesino en serie en sus ratos libres.

Ambos sentimientos, en todo caso, son fundamentalmente masculinos. Especialmente el primero. Las diferencias esenciales que existen entre la forma (average) de vivir la sexualidad una mujer o un hombre hacen que, en realidad, muchos de los sentimientos border line que provocan el asesinato sexual no se den en las mujeres. Es un hecho que hay decenas, si no centenares, de asesinos en serie por cada asesina en serie. Incluso existiendo el asesinato, muchas mujeres repelen la violencia; la forma más habitual de matar por parte de una mujer es el envenenamiento. No se trata sólo de que le falte fuerza para abrirle la cabeza a alguien y esparcir sus sesos por el suelo, sino también que, habitualmente, a una mujer ese tipo de acciones le repugnan. Eso sí, dado que la conciencia del lesbianismo propio ha sido durante siglos un hecho traumático, esa repugnancia hacia la violencia se anula cuando el objeto de la misma son ellas mismas. Los homosexuales masculinos del siglo XIX se mataban muy frecuentemente inhalando gas; las homosexuales se tiraban al tren.

Pero, ¿qué pasa cuando una mujer se siente hombre, actúa como un hombre, y ama como un hombre? En ese caso, entramos en el proceloso mundo del crimen lésbico.

El lesbianismo, como toda homosexualidad, ha atravesado una larga etapa oscura a través de la Historia, que apenas está terminando en el momento presente. Esto es importante entenderlo porque el hecho de que los sicólogos hayan estudiado el crimen lésbico no quiere decir exactamente que se considerase que ser torti te colocaba más cerca de trepanarle los bajos a tu amante o a otra persona. Lo que impulsa la criminalidad lésbica durante siglos es, en buena parte, el tratamiento, o más bien el no-tratamiento social, del lesbianismo.

En términos generales, las sociedades occidentales (por las orientales, la verdad, no puedo hablar) han tratado de formas muy diferentes las homosexualidades, tanto para lo bueno como para lo malo. Los griegos aceptaban la homosexualidad masculina e incluso exaltaban la pederastia, pero consideraban el sexo entre mujeres un acto antinatural y repugnante, propio de bárbaros. Cabe recordar, en este sentido, que la primera metáfora establecida del lesbianismo (el mito de las amazonas) es incluido entre las plagas del mundo que Hércules debe extirpar; Diodoro explica que difícilmente podía Hércules considerarse benefactor de la humanidad si «dejaba permanecer el gobierno de las mujeres».

Los romanos, en buena parte, heredaron este approach, aunque sus escritores más libres y libertinos no olvidaron el fenómeno. Ovidio, por ejemplo, nos habla en su Metamorfosis de una mujer amazona llamada Atlanta, capaz de cualquier proeza masculina y que ahuyentaba a los hombres que la pretendían advirtiéndoles de que coniugium crudele meum est, o sea mi matrimonio es cruel.

En todas las edades del mundo, pero sobre todo en la Antigua, el lesbianismo está íntimamente ligado a las guerras y al hecho palmario de que diezmaban la población masculina joven. La literatura antigua está llena de lamentos líricos de las mujeres que, perdidas todas las batallas por su pueblo, gimen al cielo porque ya no encontrarán un marido. La escasez de hombres, lógicamente, empuja a las mujeres las unas contra las otras, por el mismo mecanismo por el que la total ausencia del otro sexo, que se da en la cárcel, excita las prácticas homosexuales de todo tipo.

Otro factor a tener en cuenta es la consolidación de las sociedades machistas, que se produce de Grecia en adelante, detrás de la cual está el hecho, tan repetidamente destacado por las féminas, del desinterés del hombre por la esposa. Ulrico de Lichtenstein, en su divertido Frauenbuch, lo podría decir más alto, pero no más claro: «Apenas amanece, el hombre abandona el hogar, llama a los perros y se apresura a marcharse al bosque. Durante todo el día se dedica a la caza, al anochecer regresa a casa. Entonces se echa encima de la mesa y pide el tablero de damas. Juega hasta media noche, y sólo entonces busca la cama. La mujer se levanta pudorosa, y le da la bienvenida al entrar en la alcoba; él no contesta y se apresura a dormirse». Evidentemente, a este tipo de actuación contribuye mucho el hecho de que la mujer, hasta hace poco tiempo en términos históricos, fuese en realidad una propiedad del marido. Uno no se preocupa mucho por los sentimientos y necesidades de alguien a quien posee. En todo caso, la presencia del rechazo al hombre por su brutalidad e infidelidad se tenía en el siglo XIX como elemento fundamental del lesbianismo que, por lo tanto, venía a concebirse como una mera desviación pragmática de aquéllas que sentían miedo o aversión por el amor con hombres. Hace siglos, en Alemania, las lesbianas eran apeladas schwul, en el sentido de miedosas o acosadas.

En siglos posteriores, por ejemplo durante las edades Media y Moderna, fueron muchos los países que no tenían penas específicas contra la práctica consistente en que las mujeres se amasen entre ellas, por el simple hecho de que esta posibilidad no se tenía en cuenta. Existen muchas sentencias judiciales, de hecho, que, al describir una situación de lesbianismo, orillan el fenómeno para no citarlo explícitamente. Un hombre homosexual podía ser una desviación asquerosa; una mujer lesbiana era tan asquerosa que se convertía en un personaje de ficción.

Eso sí, a no pocas lesbianas serlo les costó, en los siglos de la superstición, acabar siendo apioladas por brujas. Aunque también existen otros ejemplos de cierta mayor comprensión. Jacob Burckhardt, quizá el mayor experto en la cultura del Renacimiento, nos cuenta que en la Italia de la época muchas mujeres cortesanas que querían destacar por su atractivo se vestían de forma andrógina; y nos añade que apelar a una mujer de virago (el equivalente de la época a bujarra o bujarrón) era todo un piropo.

En la Historia del mundo destacan dos lesboides de forma especial. Una es la reina Cristina de Suecia, de quien nos cuentan las crónicas que montaba a caballo «de la manera más osada» (o sea, a horcajadas) y derribaba las piezas de caza de un disparo. También sabemos que llegó a abandonar un servicio religioso cuando empezó a cantar un coro de hombres (1654, en la iglesia de San Pedro de Hamburgo), por lo que los sicólogos siempre han sospechado que era una lesboide (no existen pruebas de que que practicase el lesbianismo) del tipo de las que sienten repugnancia por los hombres. Cristina de Suecia se escribía, entre otras personas, con la condesa Sparre, y en todas las cartas comenzaba con las palabras «Mi preciosa:»

La segunda es Isabel I de Inglaterra, La Reina Virgen. Isabel era hija de Ana Bolena, cuya vida no había terminado muy bien por casarse con el rey, así que es lógico que no fuese muy partidaria de caer en unos brazos peludos. En cierta ocasión, le confesó al embajador francés que pensar en el matrimonio era como si le arrancasen el corazón; el francés se lo tomó como una confesión de resistencia a los clásicos apliques diplomáticos de esas alianzas, pero es posible que Isabel le estuviese expresando una repugnancia más personal; Cristina de Suecia declaró, tras su coronación, que prefería morir a contraer matrimonio. De Isabel nos dicen los cronistas que apenas tenía menstruaciones (lo que insinúa algo somático para su carácter lesboide), y que le dió una paliza a una de sus damas de Corte, Mary Shelton, porque le dijo que se casaba; le rompió un dedo y todo. A su muerte, circularon por Londres unos versos que decían:

Rex fuit Elisabeth,

nunc est regina Iacobus...

O sea: «Isabel fue rey, ahora Jacobo es reina». De gay a gay, y tiro porque me toca.

Las cortes antiguas han dado para mucho en este punto. No por casualidad el vocablo cortesana ha acabado por tener connotaciones jodidillas. Cabe recordar casos como el de Anny Milevska, hija de un carnicero, que acabó entrando en la corte de Schleswig-Holstein y cautivó de tal manera a Amalia, la señora de la corte, que consiguió apasionarla, a pesar de que contaba ya nada menos que 73 años de edad. Catalina II de Rusia cuenta en primera persona que, a su llegada a Moscú, la zarina ordenó que su doncella finlandesa se casara inmediatamente; lo cual sólo puede entenderse, añade, porque «yo tenía una marcada predilección por esa muchacha». A la reina rusa no le gustaba nada que le dijeran que era hombruna. Que lo era.

Es en Francia, tan creativa para el sexo, y en el siglo XVI y, sobre todo, XVII, cuando se empieza a hablar abiertamente del lesbianismo. De esta época data el llamado Escuadrón Volante de la Reina Catalina de Médicis, una estrecha sociedad formaba por unas doscientas mujeres que se distribuirían normalmente por parejas, dentro de las cuales una se vestía de hombre y la otra era su paje. Una sentencia de finales del XVII contra una envenenadora de París informa de que vivía con otra mujer «como marido y esposa». En 1701 Ana Brucken, a quien todos llamaban Monsieur Heinrich, que vivía con otra mujer como si fuera su marido, la mató y le cortó la cabeza.

En el siglo XIX, en París funciona una especie de templo de Vesta redivivo dedicado al amor homosexual; la parafernalia clásica para acoplamientos posteriores y otros juegos ha sido un clásico durante los tiempos de la homosexualidad perseguida pero de alguna manera tolerada.

¿Qué extensión tiene el lesbianismo? Pregunta difícil de contestar, pues antes nos tendríamos que poner de acuerdo sobre en qué consiste, exactamente, ser lesbiana. Los estudiosos que he leído suelen distinguir entre lesbianas activas (las que hacen el papel de hombre y son [más] dominantes); lesbianas pasivas, que suelen ser más jóvenes, más femeninas, hacen el papel de chica y son sumisas; y lesboides, esto es, mujeres que no practican el lesbianismo aunque tienen todos o la mayoría de los sentimientos que impulsan a una mujer a optar por ser sexualmente activa sólo con mujeres. En un estudio canónico cuya lectura os recomiendo, F. S. Carpio asevera que el 19% de las mujeres que encuestó le confesaron haber practicado distintas formas de trato homosexual; aunque hay que tener en cuenta de que hablamos de un siquiatra experto en la materia, que por lo tanto se mueve en sus trabajos en ámbitos especialmente lesboides.

En términos generales, las estudiosas han venido advirtiendo a los hombres de que tienden a minusvalorar la extensión del lesbianismo, cuando menos de algo que podríamos llamar lesbianismo teórico o en potencia. En 1929, Katherine Davis investigó a más de 1.200 mujeres americanas, todas ellas con estudios superiores (esto es, con un fondo social sesgado) y encontró que más de la mitad declararon haber tenido pensamientos homosexuales respecto de otras mujeres, y aproximadamente una cuarta parte había ido, de una u otra forma, más allá.

Durante mucho tiempo, hoy la verdad ya no lo sé, no pocos sicólogos han considerado que las lesbianas tenían predilección por ciertas profesiones. Profesiones en las que pudiesen trabajar en pareja con otras mujeres. A mediados del siglo pasado, por esto, se consideraba que la de enfermera era la ocupación bollera por excelencia, después de la de artista, claro, pues la homosexualidad entre comediantes y actores es cosa muy extendida desde antiguo. El alemán Magnus Hirschfeld, en un libro llamado Geschlechtsanomalien und Perversionen, de mediados del siglo XX, asegura que las historias de enfermeras palpándose al bulto en las esquinas son mucho más frecuentes de lo que se piensa. Otro componente es el formado por profesionales, por decirlo así, masculinas, a las que la mujer ha accedido más lentamente: policías, vigilantes de prisiones, camioneras...

Muchos estudiosos han considerado, cuando menos en los años de la proscripción legal y moral de tribadismo, que lesbianas había tantas casadas como solteras. La lesbiana que no rechazaba al hombre con repugnancia bien podía casarse para esconder su condición tortillera o por convención social, aunque también puede que aquí el lesbianismo se confunda con la bisexualidad. Por supuesto, una de las profesiones en la que siempre se ha considerado que abundaba el lesbianismo es la prostitución o las profesiones anexas. A mediados del siglo XIX surge en Europa y, sobre todo, en San Francisco, lo que los alemanes llamaban Guck Theater y los franceses Circo Francés, y que hoy conocemos por peep show, esto es, gente haciendo guarreridas españolas en un lugar al que acceden ventanucos discretos, tras los cuales la gente paga por mirar. Nada más aparecer esta actividad, los clientes comenzaron a demandar espectáculos lésbicos, pues es bien sabido que el hombre suele tener mucho aprecio por los mismos. Esta demanda permitió a no pocas lesbianas llevar a cabo sus deseos. Por lo demás, existen testimonios de que los burdeles franceses del siglo XIX que ofrecían espectáculos o prestaciones lésbicas eran visitados por muchas mujeres.

Los desarreglos mentales asociados al lesbianismo son cosa bastante común en nuestro pasado histórico. Como he insinuado ya, no cabe decir que el homosexual masculino tuviese comprensión social; pero, al menos, era tolerado en muchas sociedades, mientras que el lesbianismo era considerado a la griega, es decir como un acto rabiosamente antinatural. En consecuencia, las mujeres lesbianas eran estigmatizadas y debían llevar sus pasiones con extraordinaria cautela, cuando no de forma estrictamente platónica por mor de las circunstancias, lo cual las arrojaba a menudo a la depresión y el masoquismo; de George Sand se conocen sus frecuentes depresiones y coqueteos con el suicidio.

En realidad, el único desahogo semipermitido para la lesbiana era el travestismo como hombre, práctica, obviamente, de las lesbianas activas (de las pasivas se esperaba que fuesen cuanto más femeninas, mejor). Los estudios sobre la materia de hace más de medio siglo están repletos de casos de mujeres que, como George Sand, vestían como hombres. Algunas incluso usaban pequeños penes de cuero que les permitían entrar en los urinarios masculinos. Un elemento importante de la lesbiana decimonónica era la costumbre de fumar puros. En todo caso, se trataba de tocarse con complementos masculinos. Théroigne de Méricourt, una conocida lesbiana parisina que encabezó la marcha sobre mujeres a Versalles del 5 de octubre de 1789, lo hizo portando un sable. Algunos años después una tal madame Maillard, cantante de ópera dicen las crónicas que no exenta de gusto, se vestía como un hombre y, en cierta ocasión, terció en el bosque de Bolonia entre una mujer y un policía que la estaba insultando y maltratando. Acabó agrediendo al policía, retándolo a duelo, e hiriéndolo en el mismo. Gallus Mag, lesbiana que vivió a finales del XIX en Nueva York, tenía un físico imponente, trabajaba de vigilante en un local y tenía la costumbre de darle a los clientes díscolos un par de hostias para ablandarlos, y después los sacaba a la calle agarrándolos de la oreja... con los dientes.

Otro factor importante del «lesbianismo antiguo» (aunque no de todo) es el rechazo al hombre. Simone de Beauvoir se refería al sentimiento de la «humiliation du coitus», la humillación del coito, como un elemento importante a la hora de disparar las tendencias lésbicas. La sicología clásica formulaba este hecho aseverando que muchas lesbianas y lesboides tenían horror viri, miedo al hombre. Bettina de Brentano, poetisa alemana del XIX , que estuvo casada pero mantuvo una amistad muy íntima con Karoline von Günderode, de la que quedan sus cartas, le confiesa a su amiga en una de ellas: «El rojo se puso detrás de mí de forma que podía sentir su aliento, lo que me ponía enferma, y le dije: “Quítese de detrás, asqueroso”».

Las lesbianas activas y clandestinas, por mor de esta clandestinidad y de verse obligadas a esconder sus verdaderas intenciones y tratar de acompasarse con unos usos sociales que las excluían, solían desarrollar, y ésta era en mi opinión su sicopatía más frecuente, unos enormes celos. Las lesbianas de la Historia, en efecto, se pasan horas vigilando a sus amantes y, cuando las ven en actitudes real o imaginariamente proclives a otras mujeres, o peor, a algún hombre, son capaces de casi cualquier cosa. La inmensa mayoría de las bolleras asesinas sobre las que he leído estaban muertas de celos. Los celos, unidos a esa pulsión de imitación de lo masculino, hace que las lesbianas de la Historia sean grandes bebedoras. Juvenal, en sus Sátiras, lo dice negro sobre blanco. En los versos, el autor hace a una lesbiana ponerse hasta las trancas de un vino que, según las crónicas, era tan fuerte que solía ser mezclado a la razón de una medida de vino por cada veinte de agua: «cum pulmo falerno arderet», nos dice; tomando el vino de Falerno, los pulmones ardían.

Todo este cóctel de conceptos nos lleva a la realidad del asesinato con intervención lésbica, una rara avis de la Historia del crimen, pero en modo alguno imposible de rastrear. Veamos algunos casos.

En el año 1923, fue encontrado muerto en Berlín un tratante de diamantes llamado Herbert Beifusz. Alguien lo apuñaló en su propia cocina. Su mujer, Liselotte Beifusz, no estaba en casa, pues había ido al mediodía a ver a una amiga, Augusta Hellferich, casada con un viejo compañero de escuela del marido de Liselotte.

En los interrogatorios, Augusta se derrumbó y confesó haber matado al joyero porque éste había intentado violarla. Aquella confesión no tenía pies ni cabeza; se suponía que ambas mujeres no estaban en la casa, pero si estaban, ¿por qué habían callado? Nada más conocer la confesión de su amiga, Liselotte se autoinculpó del crimen. Contó que amaba a Augusta con la complicidad de su marido, que en realidad era un homosexual enamorado del señor Hellferich, antiguo compañero de colegio. Lo que pasó es que al hombre se le despertó la vena heterosexual por su mujer (que era un pibón de 28 años) y ella, que sentía asco de los hombres, lo tuvo que matar cuando intentó hacer el amor con ella, delante de Augusta. «Sólo quisiera», terminó su declaración la asesina confesa, «morir junto a mi amiga a manos del verdugo». Liselotte Beifusz fue internada en un manicomio, donde moriría cuatro años más tarde.

Otro motivo claro del asesinato lésbico es el paso de la lesbiana pasiva (la mujer de la pareja) al campo del amor heterosexual. En este punto, cabe contarse el caso de la señora De Rute, de quien algunos autores dicen que era una aristócrata.

La señora De Rute fue una mujer de unos cincuenta años que vivió en el París decimonónico. Durante toda su vida, tuvo diversas relaciones con hombres, que no acabaron bien. Ya en el crepúsculo de la vida, en 1878, recogió en su casa del 23 del Boulevard Poisonnière a una bonita joven llamada Charlotte Mortier, huérfana de un amigo suyo y persona con frecuentes crisis nerviosas. Charlotte comenzó ayudando a su casera, luego comenzó a dormir con ella, y de eso a los tocamientos y demás no se tardó mucho.

La pareja vivía como un matrimonio... no muy bien avenido. Las discusiones eran frecuentes y durante las mismas Charlotte, de personalidad inestable e histérica, solía ponerse muy bruta, por lo que su amante la reducía, simple y llanamente, a base de hostias.

Pasados unos años, la señora decidió buscarle un marido a Charlotte, probablemente presionado por la vida de ambas en pareja y el qué dirán. El elegido fue un agente de seguros, también aristócrata: el barón Bouly de Lesdain. Charlotte y el barón se casaron, por cierto, en Madrid. Fue un matrimonio de conveniencia organizado y comandado por la señora De Rute. En el juicio de los hechos, las sirvientas de la casa declararon que, cuando el marido iba por allí, «il mangeait à la cuisine avec nous, pendant que sa feme dinaît au salon»; o sea, que comía en la cocina con las criadas.

A los cinco años del matrimonio, estando las dos amantes de nuevo en Madrid, Charlotte se enamoró de un joven llamado Régis Delbeuf, que trabajaba en la revista de la señora De Rute. La aristócrata movió sus hilos y consiguió que lo expulsasen de España. Delbeuf se quedó en la frontera, pues había quedado de acuerdo ya con Charlotte en que se reunirían allí. Pero Charlotte tenía miedo. Sabía bien que su amante era capaz de cualquier cosa, y así se lo hizo saber a los juzgados de París en una carta que es la pura desesperación por escrito. Entre otras cosas, la señora De Rute le había hecho firmar una carta de suicidio y se la había guardado.

La cosa terminó sin muertos. La señora De Rute, desde Madrid, excitó los celos del marido legal, el cual fue al encuentro de los amantes en París, y les disparó. A ella la hirió levemente y a él algo más gravemente, pero no les mató. Con todo, aunque en el suceso no haya habido muertos, este caso ha sido tomado por muchos criminólogos como canónico de ese punto en el que el amor lésbico genera unos celos imparables y, sobre todo, un morbo violento de raíces totalmente enfermizas. En una carta, la señora De Rute le escribe a su amante: «Hasta mañana, mi pequeña. Yo te amo. Esta última frase resume toda mi carta y todos mis sentimientos. Te mataré, no lo dudes. Te martirizaré, es muy probable. Te daré muerte en un momento de excitación. Pero yo te amo. Eso es todo».

El crimen lésbico, como ya he dicho aquí, también cambia la regla básica por la cual la mujer repele la violencia gratuita o especialmente cruel. En el otoño de 1963, bajo un puente en el estado de Oregón, aparecieron los cadáveres de un niño y una niña. Habían sido arrojados desde el puente y presentaban, detalle especialmente escabroso, serios desgarros en sus órganos sexuales. Los testigos que la policía pudo encontrar recordaban haber visto merodeando por ahí a una mujer con dos hijos, que resultaron tener seis y cuatro años (edades coincidentes con los cadáveres), más una segunda mujer, de la que recordaban que vestía con una camisa de hombre y tenía andares de cowboy, tipo John Wayne, que resultó llamarse Jeannace Freeman. Cuando la pareja fue localizada, la lesbiana activa (el cowboy) delató a su amante. Según su relato, al pasar por el puente en el coche su amiga se había detenido y le había pedido que se apartara un rato del vehículo; cuando ella volvió, los niños ya no estaban.

La policía científica, sin embargo, puso en duda esta versión. Los restos encontrados en los niños (pelo) pertenecían a la mujer que pretendía haber estado apartada. Ante estas pruebas, la madre de los niños, acorralada, terminó por confesar. Fue su «hombre» quien mató a los niños, aunque ella tuvo que ayudar para tirarlos por el puente. Fue condenada a cadena perpetua; su novia se convirtió en la única mujer de la Historia de Oregón condenada a muerte, aunque nunca fue ejecutada (Oregón abolió la pena de muerte en 1964).

El juicio sacó a la luz la tormentosa personalidad de Jeannace Freeman. Víctima de abusos en la infancia, sentía un odio cerval hacia los hombres. Ya en el colegio peroraba con sus compañeras, tratando de convencerlas de que todas sus esperanzas de encontrar el amor con hombres eran vanas, invitándolas a relacionarse entre ellas. Freeman era lo que los peritos sicólogos llamaron una «lesbiana nata», pero además era una sociópata de libro.

A los 19 años, en un correccional, formó su primera pareja lésbica. Luego, al salir, se unió a la otra mujer del juicio, Gertrude Núñez. Inmediatamente, Núñez estableció con ella una relación de total sumisión. Jeannace ordenaba, y ordenó cuando los niños comenzaron a sobrarle. Obligaba a Gertrude a estar en casa constantemente desnuda, y eso era algo que los niños entendían mal. Cada vez que Freeman quería tocar a su novia y ésta la refrenaba porque los niños estaban delante, el cowboy estallaba.

Lo realmente alucinante de este caso no está tanto en la lesbiana activa, que al fin y al cabo era una sociópata y no hay nada que nos diga que una mujer no pueda serlo, como la pasiva. Gertrude Núñez era madre de los niños que fueron arrojados vivos por el puente. Los arrojó su novia, pero ella incluso le ayudó. El juez, durante la vista, le preguntó, directamente, si no había sentido nada. Ella confesó que no. Más repugnante aún: cuando los niños habían caído al fondo de la Crooked River Gorge y yacían muertos, Jeannace abrazó a su novia, y ésta no sólo aceptó el abrazo sino que, percatándose de que tenía los brazos manchados de sangre, la sangre de sus hijos, la lamió para limpiársela, sonrió y dijo: «Sabe dulce».

Que una madre pueda llegar a encontrar dulzura en la sangre de sus hijos muertos con violencia da la medida de cómo la posesión amorosa puede llegar a ser un sentimiento, más que enfermizo, diabólico.

Lizzie Borden, una lesboide que jamás dio el paso de ser lesbiana, asesinó el 4 de agosto de 1892, en su casa de Fall River a su padre y a su madrastra. Lo destacable de este crimen es la inusitada presencia de la crueldad. El banquero Andrew Borden recibió diez hachazos, mientras que su segunda mujer recibió dieciocho golpes que convirtieron su cráneo en una pulpa informe. Liz Borden sólo tenía dos tipos de amigos: mujeres y sacerdotes. En consecuencia, y esto es lo que hace el caso relativamente fácil de rastrear en la memorabilia estadounidense, tanto las feministas, y más concretamente la famosa Lucy Stone (luchadora incansable para que las mujeres americanas no tuviesen que adoptar el apellido de sus maridos), como los sacerdotes, la apoyaron en todo momento durante su juicio.

Hay bastantes más casos. En enero de 1962, en Hamburgo, una mujer de la limpieza mató a una médica asestándole 55 puñaladas. En enero de 1958, en Estados Unidos, una secretaria de 20 años, que vivía con una amiga un año menor que ella, la mató de veinte cuchilladas y después le machacó la cabeza asestándole 31 golpes con la plancha.

A finales del siglo XIX, por cierto, fue bastante famoso el crimen de una lesbiana que debía ser española, porque todos la conocían como la Tía Málaga. Mató a su sobrina y a su amante masculino disparando contra ellos.

... En fin. Tengo fichas de algún que otro crimen más, pero tengo la sensación de que este post me está quedando repugnante.

martes, febrero 15, 2011

Debo de ser imbécil

Partamos de un axioma: el cine se hace con el objetivo de que cuanta más gente lo vea, mejor, igual que un libro se escribe para que cuanta más gente lo lea, mejor. La persona que hace cine con el objetivo estratégico de que sólo lo vean unos pocos, no está haciendo cine; se está haciendo pajas.

A la luz de esa premisa, en España hemos llegado, en lo que a cine se refiere, a eso que se llama el peor escenario posible, y es éste: las gentes del cine consideran que lo mejor de lo mejor de lo que hacen son películas que no aguantan ni tres días en los cartelones de la Gran Vía de Madrid u otras avenidas cinéfilas. Dudo mucho que las gentes del cine inteligentes (¿oxímoron?) se hayan solazado con el resultado de los premios Oscaroide (se llaman Goya, pero es que es el nombre más estúpido el mundo; es como darle un premio a un escultor, y llamarlo premio Amadeus) del pasado domingo. El resultado de los Goya es la demostración palpable de que en España hay imbéciles. Porque o son imbéciles las gentes del cine, considerando que son obras maestras películas que la gente cree que son una mierda; o es imbécil la gente, considerando que son una mierda películas que son obras maestras. No hay término medio.

Cierto es que genios incomprendidos los ha habido siempre. A Claude Debussy le dedicaron en París una pitada tan acojonante en el estreno de su Preludio a la siesta de un fauno (hay que reconocer que Don Claudio no lo puso nada fácil con un título tan flácido) que apenas pudo soportarla; de hecho, todo el mundo al día siguiente consideraba su carrera acabada. Pero los genios incomprendidos lo han sido siempre por estar en vanguardia, es decir por estar presagiando cambios estéticos que, una vez consolidados, se han tomado por clásicos, como es el caso del impresionismo.

No es éste, me parece a mí, el caso del cine español. El cine español del 2011 se diferencia del cine español de hace 30 años en una sola cosa: el vocabulario de los actores, pues nunca me cansaré de recordar que, sobre todo en el cine histórico, hay que procurar trabajarse el lenguaje de la gente, porque el lenguaje cambia. Salvo, como ya digo, por ese pequeño detalle de que los personajes de la pantalla hispana de hace tres décadas no dicen cosas como friqui o viral, el cine español sigue siendo igual hoy que entonces. Más que anunciar una vanguardia, lo que anuncia es todo lo contrario, es decir eso que se ha llamado siempre academicismo: seguir haciendo las cosas según un esquema prefijado, poco valiente, conservador en esencia. Hasta un tipo en el fondo tan creativo como Santiago Segura se apunta al cuento: inventa un esquema y lo repite en segundas, terceras, cuartas partes, y lo que haga falta.

Si escribo estas notas es porque esta raigambre conservadora del cine español se refleja en un hecho íntimamente relacionado con la Historia, que es la elección de la guerra civil y la posguerra como tema fílmico de primer nivel. El western español es filmar la guerra civil (lamentablemente, sin hermanos Coen). Me dicen que la superganadora, a la par que clandestina, Pan Negro, va de la posguerra. En teoría, pues, debería verla, porque a mí me va esa burra. No obstante, no lo voy a hacer, porque estoy bastante cansado de cabrearme delante de la pantalla al encontrarme guión tras guión sobre la época escrito a base de subrayar los primeros párrafos de las lecciones de los libros de Historia de cuarto de la ESO, como ya he tenido la ocasión de comentar recientemente.

Contra lo que pueda parecer o puedan opinar muchos, y es opinión respetable, que el cine tenga un sesgo ideológico no es algo que deba sorprendernos ni cabrearnos. Muchos cinéfilos admiramos montones de pelis del cine bélico de Hollywood, a pesar de que son películas intensamente ideologizadas, en las que se generaliza de una forma bastante dolorosa sobre los alemanes; o las de décadas posteriores, que realizan esa labor con la población de la Unión Soviética.

Por lo tanto, si un director de cine quiere hacer una película sobre lo dura e injusta que fue la posguerra o la guerra o bla bla, no es criticable por ello. Lo que sí es criticable es que le retuerza el brazo a los hechos hasta hacerles confesar que fueron lo que no fueron. Y ésta es una mercancía tan común en los guiones de hoy en día que ha hecho que la perspectiva de sentarse a verlos filmados genere una automática sensación de pérdida de tiempo. De alguna forma, esto ocurre porque muchos creadores hoy en día, véase La República como buen ejemplo de ello, no quieren glosar la Historia; quieren cambiarla. Contarla como no fue, situando los hechos cuando no ocurrieron, o como no ocurrieron, para que así parezcan otra cosa.

Todas estas cosas, reescribir la Historia, estereotipar personajes para intentar convencer al público de que la gente es como no es, colocar al frente de las prioridades mentales del país problemas que no lo están, son engañifas. Y el ser humano se distingue de otros animales en su capacidad de percibir que está siendo engañado. Es obvio que cuando un chimpancé es compelido a meterse en una jaula donde le espera un racimo de bananas es incapaz de comprender que lo meten ahí para llevarlo a Wisconsin y hacer experimentos con él; pero un chimpancé luxury como el ser humano, cuando en una pantalla le ponen gentes cuya vida gira en torno a problemas que a él le parecen gilipolleces (véase Historias del Kronen; un grupo de retrasados mentales tratando de convencer a los jóvenes españoles de que son tan retrasados como ellos), sí se da cuenta de que le están metiendo en una jaula, que las bananas saben a mierda y que lo que tiene que hacer es salir de allí. Y no volver.

Si encima todo eso se lo cuentan a los ritmos habituales del cine español, que dan para una buena siesta entre polvo y polvo (de los actores; tengo la teoría de que el sexo en el cine español cumple la función de provocar el codazo del vecino atento y así garantizarse algunos minutos de atención), pues peor que peor.

De todas formas, lo verdaderamente importante, tras los Oscaroides, es la pregunta que planteaba antes: ¿quién de los dos: el público o los creadores, es imbécil? Porque uno de los dos lo es con seguridad.

El cine español camina por una vía muy mala. En algún lugar he leído en internet que el director de la película triunfadora no tiene ni que preocuparse por la piratería; en España no hay ni un mantero que haya vendido una copia de su peli, que, además, ni siquiera está en los espacios habituales de internet para bajarse cosas. Y lo preocupante, además, es que ni siquiera es un movimiento particular. A los premios Nobel de Literatura hace muchos años que les pasa lo mismo. Lo que pasa que el Nobel no le rinde el tributo al éxito de público que debería rendirle al cine. A menos, claro está, que aceptemos que hacer cine para que la gente no lo vea no es cosa de autistas, pajilleros compulsivos, o gentes con sicopatías sociales graves.

A mi modo de ver, el poso freático de todo este problema es la ignorancia. Si todavía fuese posible encontrar en el mundo una tribu básicamente aislada de los avances del ser humano y un día fueras allí y les instalases una televisión y un video, y por todo acervo fílmico les dejases la edición completa de Tómbola o Sálvame, es más que probable que los indígenas acabasen considerando, como algunas marujas de extrarradio, que Belén Esteban es el summun de la cultura humana. Conforme los otrora salvajes fuesen conociendo cositas, aprendiendo a hacer fuego, luego la rueda, luego la física cuántica, luego el verso endecasílabo y tal, se irían dando cuenta de que Belén Esteban no tiene ni puta idea de la fórmula de Shannon ni usa la retórica shakesperiana, y se irían dando cuenta de que los videos son un tostón. En consecuencia, su colonizador, si por cualquier razón les quisiera mantener pendientes de los gorgoritos de los famosetes, tomaría como primera medida la quema de las escuelas.

Tengo la teoría de que el sustento de un cine tan malo como el español es, pues, la ignorancia. Sólo así se entiende que tantas veces, y de forma tan sistemática, se pueda vender mercancía averiada sobre nuestro pasado, e incluso sobre nuestro presente, y además se sobreviva. Pero, claro, Juan, es que tú estás partiendo de la base de que el cine español sobrevive, y eso es mucho partir pues, al fin y al cabo, se trata de un sector industrial subvencionado, como el carbón. Y, como el carbón, si perdiese la subvención, desaparecería, al menos como hoy lo conocemos.

La dicotomía de este finde es: o los Goya y su Pan Negro, o Ricky Gervais y su Cemetery Junction. La decisión está tomada. Y, como digo, alguien, tal vez yo, tal vez los creadores del cine español, debería reflexionar sobre el hecho de que yo tenga unas expectativas racionales de sentirme más identificado con la peripecia de unos jóvenes de clase baja de Reading, UK en los años setenta, que con una historia ocurrida en mi país y (más o menos) en mi tiempo.

Puede, como digo, que yo sea un imbécil.

lunes, febrero 14, 2011

El cardenal Segura

Como quiera que el tema de España, la República y la Iglesia ha sido tratado varias veces en este blog, aquí tienes algunos enlaces para que no te pierdas.

El episodio de la senda recorrida por el general Franco hacia el poder que se refiere a la Pastoral Colectiva

Han sido varios ya los post de este blog que he usado para sostener la idea de que el enfrentamiento 
con la Iglesia católica, apostólica y romana fue, probablemente, el gran problema de la II República española; problema porque, además, en cierta medida se pudo evitar o atemperar. La decisión de los jerifaltes de la República de ir a un entorno de enfrentamiento frontal con la Iglesia es una decisión estratégica y querida, probablemente porque muchos republicanos, Manuel Azaña el primero de ellos, estaban convencidos de que el tiempo de la religión en España había pasado y, por lo tanto, no fueron posibles de prever la capacidad de tensión con que aún contaba la curia católica en un país en el que un porcentaje elevadísimo de la población no sólo era católica (como hoy en día) sino, además, practicante (cosa que hoy no pasa).