domingo, febrero 06, 2011

Menuda serie, serie menuda

Este fin de semana he estado viendo los dos primeros capítulos de La República. Yo no sabía que la serie era continuación de La Señora, que tenía fans, y bastantes, en mi familia. Ya que estaba ahí, decidí verla, al menos, como digo, los dos capítulos emitidos en el momento de publicar estas notas. Creo, por lo demás, que ante los comentarios de los últimos días, era lógico que compartiese con vosotros mi visión sobre la serie.

No sería «panfletaria» la primera palabra que se me ocurriría para definir la serie. La primera es, sin ningún lugar a duda, confusa. La serie es extremadamente confusa, lo cual quiere decir que, a mi modo de ver, su guión sólo puede ser calificado de torpe.

El autor de los guiones de La República, sin duda, se ha documentado sobre este periodo histórico y lo que pasó. Lo que pasa es que se le olvidó hacer fichas por fechas. Lo lógico de una serie así, a mi modo de ver, es que estuviese regulada por fechas; como lo está, sin ir más lejos, Amar en tiempos revueltos, cada uno de cuyos capítulos comienza con una referencia mensual precisa. La II República española es un momento histórico en el que las fechas son fundamentales, aunque sólo sea porque engloba, en su seno, varias repúblicas diferentes: la preconstituyente, la constituyente hasta Casas Viejas y la caída del gobierno Azaña, la de las derechas y la del Frente Popular. En cada una de ellas, los personajes de la serie son susceptibles de tener posturas y opiniones diferentes: los terroristas más terroristas, los terratenientes más o menos cerriles, los socialistas más revolucionarios...

Con el guión en la mano, sin embargo, es totalmente imposible hacerse una idea de en qué momento preciso de la historia de la República están ocurriendo los hechos que se relatan. Al inicio del primer capítulo, en una escena en un cementario, se nos dice que estamos en 1931, pero a partir de ahí no vuelve a haber ninguna otra referencia temporal, ni escrita, ni hablada; en un efecto que yo creo que está buscado por los guionistas para poder así garantizarse el panaché de ideas que transmite el guión.

En una conversación entre dos conservadores, uno terrateniente y el otro banquero, ambos se quejan de que hombres de orden como Miguel Maura se hayan unido a la República. Así pues, estamos en 1931, pues al año siguiente un poco, y decididamente a partir del 33, Maura ya no era de la partida de las izquierdas republicanas. Sin embargo, unos minutos después la actriz que simboliza al PSOE (se confiesa directamente militante del partido) arranca unos carteles contra los rojos (pintadas que, hábilmente, nadie firma, para no tener que definir si la situación es anterior o posterior a la fundación de Falange) de una pared donde hay pegados otros carteles , uno de los cuales aboga (de nuevo, sin firma) por un Frente Popular de Izquierdas y otro aboga por la amnistía para los presos.

Estos dos carteles, pues, parecen estar diciéndonos que la acción se sitúa a inicios del 36 o, desde luego, no anterior a la primavera del 35: el FP es el que ganó las elecciones, y los presos que debían amnistiarse serían los de la mal llamada Revolución de Asturias. Como vemos, pues, una escena nos sitúa en el 31 y la otra cuatro o cinco años más tarde.

Pero no es eso todo. En las escenas en las que aparecen los militares se habla de la voluntad del general Sanjurjo de dar un golpe, sin citar en ningún caso ni el precedente de que ya lo hubiese intentado, ni el dato de que estuviese o preso o exiliado en Lisboa. Por lo tanto, hemos de pensar que se trata del golpe de agosto del 32, luego la acción «viaja» a esos tiempos. En una escena, un teniente coronel, personaje de la serie, recibe una carta de Sanjurjo instándole a unirse al golpe de Estado. No resulta creíble que se trate de una carta relativa al golpe del 36, porque en el 36 esos mensajes los firmaba Mola, no Sanjurjo; y porque, además, un golpista condenado y luego exiliado jamás buscaría corifeos por carta, lo lógico es pensar que la correspondencia de alguien así la lee alguien más. Por lo tanto, ha de tratarse, como digo, del golpe del 32; pero resulta que en dicha carta, Sanjurjo justifica la necesidad del golpe por las agresiones a la Iglesia y a los propietarios (sic), cuando el principal elemento del golpe del 32 fue el Estatuto de Cataluña, que no se cita, ni en esa carta, ni en toda la serie (cuando menos de momento). En una escena, además, el terrateniente habla con el teniente coronel y le dice que duda de que Sanjurjo sea el jefe ideal, y le insta a buscar otro militar más capaz (en lo que podría entenderse como una referencia a Franco... o, en los tiempos de la serie, mejor a Mola); pero, entonces, rigiéndonos por esta escena, el tiempo tendría que ser posterior, no anterior, al golpe del 32. Por lo tanto, ¿de qué golpe de Estado estamos hablando? Nadie lo sabe ciertamente.

Parece que hay también una célula anarquista que dice querer matar al presidente de la República, Alcalá Zamora. Pero entonces ya no estamos en los mismos principios de la República, como parecía insinuarse de las escenas de recordatorio del final de la serie anterior, puesto que en los primeros meses de la República, los preconstituyentes, Alcalá era presidente del Gobierno.

La indefinición en que se mueve el guión de la serie es tal que sólo se nombran dos partidos políticos: el PSOE, y la CNT (que ni siquiera es un partido). La mayor parte de los minutos de la serie transcurren en el domicilio o en la finca de una familia pudiente (una finca secularmente perteneciente a la familia de los Osuna, apellido de la esposa, y que, inexplicablemente, está al lado de Madrid, pues los personajes van y vuelven de ella en coche en muy poco tiempo; uno de los personajes, de hecho, se corre un juergón por Madrid la nuit y en la mañana siguiente ya está allí con su padre); esta familia es claramente de derechas, pero no sabemos si pertenecen a Renovación Española, o a los agrarios, a la CEDA, si son albiñanistas, o qué. La serie no hace el más mínimo esfuerzo por hacer describir al espectador del 2011 en qué consiste el espectro político de la época. Del padre se dice que una vez fue asesor de Antonio Maura; pero es que el maurismo, en 1931, ya no es nada (cosa que tal vez los guionistas desconozcan, claro), puesto que los supervivientes del viejo orden en la República son muy pocos y, además, representantes del ala más izquierdista de la Restauración (el propio Alcalá-Zamora, Melquiades Álvarez, Santiago Alba o el Conde de Romanones).

La confusión continúa con alguno de los elementos troncales de la trama. Uno de esos elementos es la decisión de los terratenientes de no sembrar sus tierras ese año. Insisto en que no sabemos a qué año se refiere, y es un dato importante; de hecho, sin él es difícil valorar dicha decisión.

El marido de la familia dice que ha decidido no sembrar porque tiene miedo de que «esos rojos», en referencia a los anarquistas, les quiten las tierras; lo cual no hace sino abrir dudas: ¿en qué medida lo va a impedir dejando de sembrar?

De nuevo, además, nos encontramos ante una referencia temporal sumamente equívoca. La acción revolucionaria anarquista para la ocupación de tierras no se produjo con virulencia y frecuencia hasta que los anarquistas no se sintieron engañados por la reforma agraria de la república. Pero resulta que la reforma agraria de la República no se comenzó a discutir hasta mayo del 32, y no se aprobó hasta septiembre de dicho año y, de hecho, las grandes movilizaciones anarquistas contra la misma se produjeron en el 33. Otra vez, ¿en qué fecha vivimos exactamente? Como digo, la fecha tiene que ser anterior a la segunda mitad del 32, puesto que fue en ese momento cuando, en respuesta por lo que el gobierno consideraba apoyo decidido al golpe de Sanjurjo, se aprobó la enmienda por la cual la reforma incluía la expropiación de tierras de los grandes de España (en una escena, el marido le recuerda a la mujer que ella es una grande de España). Pero, como digo, el hecho de que los Osuna no tengan aún miedo de ser expropiados por ser grandes de España y que al tiempo los anarquistas ya estén deseando quemar propiedades de los señoritos no cuadra. Las escenas están escritas tomando notas, a la vez, de la página 150 y la 700 de la Historia de la II República que se haya consultado.

Existe otra posibilidad, a mi modo de ver más plausible. Veamos: la reforma agraria, aparte las tierras de los grandes de España, tenía como objetivo primordial las tierras baldías. Pero, en ese caso, la decisión de los señores de la serie de no sembrar sus tierras es como echarle gasolina a la hoguera; si el gobierno quería demostrar que las tierras eran baldías, los propietarios se lo ponen en bandeja no sembrando. La razón más lógica de que no siembren es la Ley de Términos Municipales, es decir la ley por la que se impidió que se pudiesen contratar jornaleros de otros pueblos mientras quedasen parados en la pedanía de la finca; ley que encareció notablemente los salarios (que eran bajísimos antes) y que encabronó, en efecto, a los propietarios.

Sin embargo, ni la Ley de Términos Municipales, ni sus consecuencias, se citan en la serie; lo único que vemos es a un señor que está emperrado en no sembrar y, en realidad, no sabemos por qué. Da la impresión de que los guionistas de la serie tratan de que el espectador piense que no siembra, simple y llamanente, porque es un cabrón. Y aquí entramos en otro capítulo, que es el sesgo ideológico.

Porque lo hay. El único activista campesino que se ve es un tipo de chaqueta de cuero, anarquista, que además siempre va solo a los mitines; extrañamente, ni siquiera se hace acompañar de otros ácratas de la zona. De esta forma se obvia o esconde el hecho, palmario para cualquiera que estudie dos minutos serios de Historia de la República, de que el activismo campesino no fue sólo anarquista; que, de hecho, el ugetismo era muy fuerte en el campo, hasta el punto de tener provincias enteras, como Jaén, que le pertenecían; y que fue el ugetismo el que, por cierto sin participación de los anarquistas, montó una huelga en el campo en el 33 en la que incluso algún terrateniente fue asesinado en su finca.

Otro hecho que yo atribuyo al desconocimiento ideologizado (esto es, a la voluntad de no profundizar demasiado por causas ideológicas) es el propio montaje argumental de la serie, en la cual tenemos: unos terratenientes riquísimos (hay que ver cómo viven) por un lado, y por otro a sus sirvientes, sus jornaleros, un anarquista de cuero y una angélica socialista sobre la que ya me detendré. Punto pelota. La República, por lo tanto, se convierte en un enfrentamiento entre terratenientes y radicales anarquistas. ¿No pasaba nada en las ciudades, entonces? ¿No había fábricas? ¿No había clases medias, políticos burgueses? ¿No había Iglesia Católica? ¿No había radicalismos de derecha, incluso antes de ser fundada Falange? Y, sobre todo y por encima de todo, aquella república, ¿acaso no tuvo gobierno? Porque yo no sé si se han dado cuenta los visionarios de la serie, pero el gobierno republicano no merece ni un comentario en las tertulias políticas que se reproducen...

La verdad es que esta visión simplista y casi bobalicona, la de una República de unos y ceros que se dieron de hostias, le es muy querida a mucha gente, y da la impresión de que los guionistas han buscado darles precisamente lo que quieren, sin grandes profundidades.

Con todo, las manipulaciones son burdas y hasta estúpidas.

En una escena, un grupo de hombres y mujeres discuten sobre el voto de la mujer. Se destaca una fémina que está en contra de dicho voto, porque, dice, «dadle el voto a las mujeres y se lo habréis dado a sus confesores». Hasta ahí, bien. Pero, en ese momento, aparece una de las protas de la serie, dice que ella no tiene confesor, que está totalmente a favor del voto femenino y que por eso, entre otras cosas, está afiliada al Partido Socialista.

El PSOE no sólo no lideró la cruzada por el voto de la mujer, sino que la combatió. El PSOE republicano no quería que las mujeres votasen, precisamente por el argumento-concesionario. Poner en boca de una militante socialista una pretendida ultrailusión por el voto femenino es faltar a la verdad histórica, dicho sea sin detrimento de que pudiese haber mujeres socialistas a favor del asunto.

El guión trata de resolver este desaguisado con otra escena posterior en la que la misma prota habla con correligionario que le advierte de que en el PSOE hay quien está en contra del voto femenino, y ella apostilla algo así como: «sí, ya sé, Margarita Nelken...» Sinceramente, no sé bien quién pretenden los guionistas que es la tipa de la serie (una vez más, su estatus, sus funciones, su labor, son apenas bosquejadas, dejadas en la penumbra), pero para tener un estatus superior a la Nelken tendría que ser Largo Caballero travestido.

Dicho de otra forma: la escena equivale a que, dentro de 70 años, alguien haga una serie televisiva sobre la España actual (llamada, digamos, Amar en tiempos de crisis sistémica) y sitúe una escena en el 2011 en la que aparezcan dos socialistas, con el siguiente diálogo.

SOCIALISTA 1: Creo que es absolutamente fundamental que se aclare hasta las últimas consecuencias todo eso del bar Faisán.

SOCIALISTA 2: Pero hay gente en el PSOE que no parece tan partidaria...

SOCIALISTA 1: Sí, ya, Rubalcaba...

Hurtando, pues, la información de que Rubaldaba no es cualquier Rubalcaba, no es ningún militancillo del partido sino el vicepresidente del Gobierno (en el caso de Nelken, era diputada y voz cantante socialista en el tema del voto femenino), se consigue dar la impresión de que la opinión de una socialista recién llegada a Madrid, que ni siquiera es diputada, es más valiosa que la de Margarita Nelken; y, de paso, se hace creer que el PSOE fue lo que no fue, es decir partidario del voto femenino.

En otra escena, por cierto, encontramos a esta socialista trabajando (escribiendo un artículo sobre el voto femenino). Alguien que la viene a ver le dice que no para, y la socialista contesta: sí, es que la votación está cerca. Como de costumbre en estos guiones, no se nos dice a qué votación se refiere, aunque, por el artículo que está escribiendo, se supone que se refiere al voto femenino. Pero entonces, las fechas vuelven a bailar again, y una vez más nos volvemos a preguntar a qué tiempo se refieren los hechos.

Más temitas. Un grupo de jornaleros va con antorchas a quemar la casa de los señoritos. La guardia civil llama a la casa de éstos y el pater familias da la orden de que los repriman («Sargento, haga lo que tenga que hacer para proteger mi casa»). ¿Cóomor? La Guardia Civil, ¿a quién presta obediencia? ¿Qué tal el gobernador civil o el ministro de Gobernación? Pero, ¿verdaderamente se creen los guionistas de esta serie que pueden llamar mañana por la tarde al puesto de la Guardia Civil de Viveiro y ordenar la detención de un pollo que les caiga mal y que viva allí? En pobre concepto, desde luego, tienen a la legalidad republicana creada en el 31...

En fin, aceptando barco como ribosoma lamelibranquio, puede que el señor de la casa, en su condición de ex asesor de Antonio Maura (un cargo muy fuerte), tenga un predicamento suficiente ante la Guardia Civil como para darle órdenes. Pero para ello hará falta, digo yo, que gobiernen las derechas. Cosa que no pasó hasta noviembre del 33. Una vez más, nos quedamos sin saber en qué día vivimos.

Otro, buenísimo: voz en off de una conspiradora ácrata, que dice que habla alemán pero lo canta como si se acabase de aprender las palabras cinco minutos antes y pronunciándolo con acento de San Roque, Cádiz. Habla de que es necesario incrementar la escalada terrorista. Y dice: «basta ya de quemar pequeñas iglesias». ¿Pequeñas? ¿El Colegio de Areneros es pequeño? ¿La iglesia de los jesuitas es pequeña? Menos mal que los famosísimos incontrolados no encontraron estopa suficiente en mayo del 31; si la encuentran, queman la catedral de Santiago y el Museo Vaticano...

Existen, por lo tanto, elementos propagandísticos en la serie; pero lo que existe, a mi modo de ver, es torpeza, o mejor desinterés por realizar una adecuada ambientación histórica. Esta serie transcurre en la II República como podría transcurrir en el descanso de un Levante-Real Sociedad. En dos horas, más o menos, que he pasado viéndola, ha pasado, como reza el título, de menuda serie, a serie menuda.