martes, enero 30, 2007
Cartas Cruzadas (I): el conde-duque de Olivares
Creo que ya he dicho que vivimos en ciudades diferentes. Así pues, Ina y yo hacemos lo que los amigos que no quieren perder el contacto: escribirnos. Buena parte de nuestros mensajes ya los leeis, pues son textos para el blog. Pero también hay otros en los que, básicamente, polemizamos.
La polémica no es que no sea mala, es que es guay. Polemizar está muy bien, es divertido y, si se polemiza con las orejas bien abiertas, normalmente se aprende mucho. Es por esto que hemos pensado en polemizar un poco. Hay muchas cosas en la Historia de España en las que Ina y yo estamos bastante en desacuerdo. Os puedo adelantar que hemos hecho un breve intercambio de posibles asuntos de polémica, y hay unos cuantos en que no es que pensemos diferente; es que pensamos radicalmente diferente.
Os vamos a dar la ocasión de elegir. De vez en cuando, Ina y yo nos cruzaremos cartas, previamente pactadas entre ambos, para defender posturas distintas sobre un mismo hecho histórico. Vosotros, si las leeis, podréis formar vuestra propia opinión, consolidar la que ya tenéis, o cambiarla. Cualquiera de las posibilidades vale. Si alguien está pensando en esas cosas de internet que la gente vota y luego se suman los resultados, ah, lo siento; el editor de este blog, aquí presente, se declara absolutamente incapaz de esas goyerías. El que quiera votar, que vote en el apartado de mensajes, y será bien recibido. Sobre todo si vota por mí ;-)
En fin, al torrao, que dicen los que saben de esto que internet nadie lee más allá de veinte líneas (o sea, todos vosotros sois masocas).
Nuestras primeras cartas cruzadas se refieren al conde-duque de Olivares. El conde-duque ha pasado a la Historia como el ejemplo del valido, o preferido, de un rey, quizá al alimón con Godoy, que lo fue algunos años más tarde. El valido es aquel personaje que goza del favor y de la confianza del rey y, por lo tanto, hace y deshace en el gobierno de la nación a su sombra. El conde-duque fue valido de Felipe IV, y la Historia no le da muy buena imagen. Inasequible se deja llevar por esa corriente y opina que el conde-duque es un personaje nefasto de nuestra Historia. Y yo no pienso así.
Esta vez, y sin que sirva de precedente, le he dado ventaja a Ina: escribí yo primero mi carta. La próxima vez, supongo, será él quien comience.
En fin, aquí están las cartas para vuestra lectura. Eso sí, recordad, mientras las repasais, que yo soy setenta mil veces más simpático que mi oponente.
Cartas cruzadas: el conde-duque
La carta de JdJ
Querido Inasequible:
Sé por dónde vas a ir. Es por esto que he decidido escribir yo primero. Sé que vas a elaborar un argumento muy a lo Paul Kennedy y me vas a contar que un país tiene que ser capaz de afrontar las labores que puede pagar, y que no fue ése el caso del conde-duque de Olivares. Supongo que piensas que a este primer ministro de Felipe IV le tocó la triste labor histórica de convencer a un país de que ya no era un imperio (de que tenía, de hecho, incluso problemas para ser un país); labor que no cumplió y, por eso, el juicio que la Historia haga de él tiene que ser negativo.
Yo soy un poco más blando con el conde-duque.
Me fastidia la imagen del valido, en el sentido de preferido del rey, actuando constantemente a su antojo y a su capricho. El conde-duque de Olivares, para mí, fue más bien el pobre diablo que, por ambición sin duda, echó sobre sus espaldas la labor de seguir haciendo como que España era grande. Así pues, lejos de ser una persona que hizo lo que le salió de las narices, fue más bien un estadista que hizo, mutatis mutandis, lo que pudo.
En el Consejo de Castilla, que vendría a ser como el Consejo de Ministros de hoy más o menos, el conde-duque llegó a sentarse, durante muchos años, con personajes que habían conocido al Rey Prudente, a Felipe II, a la figura que, entonces, era tomada como señera de los good old days en los que el Imperio español ganaba todos los partidos por goleada. Cabe preguntarse a cuántas de las campañas bélicas que tuvo que afrontar España durante la etapa del conde-duque, es decir la guerra en Flandes, el conflicto de la Valtelina, los crecientes problemas en América et altera, a cuántas de ellas, digo, podría haber renunciado el conde-duque. A cuatro siglos de distancia resulta muy fácil decir: haber dejado los intereses italianos al pairo, si no se podía pagar un Ejército para defenderlos. O: haber pactado una paz definitiva en Flandes, que se había convertido en el Iraq del Imperio Español.
España, sin embargo, era en el siglo XVII un animal herido; y si los leones pudiesen escribir blogs te contarían, Ina, lo que pasa cuando un león viejo da muestras de debilidad a la vista de una manada de hienas. El conde-duque de Olivares fue un gobernante obligado a gestionar una situación que él no había creado y cuyo círculo vicioso tampoco era capaz de romper. Ese círculo vicioso era: necesitaba ser fuerte para poder conservar el control sobre la riqueza que quedaba en su poder, pero la riqueza que quedaba en su poder ya era, a todas luces, insuficiente para financiar esa defensa. Pero eso, ya te digo, no es algo que inventase él, porque no fue él quien creó el imperio en el que nunca se pone el sol.
Hay signos de que Olivares hizo verdaderamente lo que pudo, con enormes dosis de pragmatismo. Cuando el crédito de España se agotó en la banca genovesa, pactó los asientos con los banqueros portugueses, todos o casi todos ellos descendientes de los judíos que, displicentemente, echó de España esa señora que también está, un poco, en el origen de los insomnios del valido: Isabel de Castilla, esa reina a la que a veces pienso que deberíamos llamar Isabel la Talibán, pues no hay que creer en Alá para ser talibán; de hecho, odiarlo a muerte es una forma de serlo. Asimismo, Olivares intentó generar un Estado moderno al pretender que la corona de Aragón se comiese el marrón imperial en igual proporción a la de Castilla. Se fue a Barcelona con el rey para convencer a los «otros españoles» y se llevó lo que se merecía (un «no» rotundo en varios idiomas autonómicos), porque tiene leches que mientras dura la fiesta y te estás forrando en Potosí digas que todo eso es de Castilla y que los levantinos no se muevan de Nápoles, pero cuando vengan mal dadas aparezcas con la factura, pongas cara de gilipollas y preguntes: ¿Pagamos a escote, Neng? Eso lo hizo Olivares, sí. Pero, de nuevo, ¿es responsabilidad suya que España llegase a tan tardía fecha como el siglo XVII sin haberse estructurado como Estado moderno, como ya habían hecho otros como Francia, como Inglaterra?
Dicho lo dicho, Ina. No lo hizo bien, pero hizo lo que pudo. Los taurófilos, salvo que sean de los tendidos más exigentes, saben que la faena de un torero hay que juzgarla en consonancia con el toro que le han soltado del corral. Un torero, por bueno que sea, no puede ligar una faena repleta de arte con una alimaña de malas intenciones. El morlaco que toreó el conde-duque era un toro jodido, jodidísimo. No digo que merezca una oreja ni una vuelta al ruedo; pero un respetuoso silencio, por lo menos, sí.
Es clemencia que te pido para este pobre hombre, en la villa de Madrid, en plenas calendas de enero.
La carta de Inasequible Aldesaliento
Querido Juan:
Los políticos heredan las situaciones igual que los jugadores de mus reciben las manos. Les gusten o no, ésas son las cartas con las que tienen que jugar y en función de ellas decidir si van a la grande o a la chica y hasta dónde van a echar faroles. Así pues, a los políticos hay que juzgarles por lo que hicieron con la mano que les cayó en gracia y si los envites que echaron eran conmensurados con las cartas que tenían.
El Conde-Duque de Olivares heredó una mano difícil, pero no desesperada. Heredó el mayor imperio de la Cristiandad, un imperio capaz de movilizar recursos muy importantes, pero que se enfrentaba a varios problemas importantes: el severo endeudamiento ocasionado por las continuas guerras; los numerosos compromisos políticos (frenar al Turco en el Mediterráneo, enfrentarse a los holandeses en Flandes y en las Indias Orientales, apoyar a los Habsburgo austriacos, asegurarse la hegemonía en Italia…); los problemas logísticos derivados de la necesidad de defender y garantizar las comunicaciones entre los distintos territorios que componían ese imperio; la decadencia económica producida por la llegada de los metales preciosos americanos, que habían matado a los productores nacionales; el hecho de que el imperio lo componía un conjunto de reinos disparejos, que sólo se parecían en su decisión de mantener sus libertades tradicionales y resistirse a las intervenciones y demandas reales.
El Conde-Duque de Olivares se fijó un objetivo básico: restablecer el nombre de España al nivel que se imaginaba que había estado en los tiempos de Felipe II, el gran referente para los españoles de su tiempo. Para ello intentó modificar la base económica del reino. Estimaba que del imperio podían extraerse aún más recursos. Las medidas que se propuso (creación de bancos que financiasen las industrias, recurso a los banqueros portugueses para romper la dependencia que se tenía de la banca genovesa, control de las importaciones para impedir la salida de la plata y reducir la competencia a la industria nacional, el intento de que todos los reinos aportasen a su propia defensa…) eran acertadas, pero fallaron en su aplicación. Las oligarquías urbanas y las élites de los distintos reinos se opusieron a las medidas y en casi todos los casos Olivares acabó o bien aguando sus planes iniciales o bien suprimiéndolos. Dada la estructura política de la Monarquía española, intentar imponer esas medidas revolucionarias, y para muchos tiránicas, podía conducir a rebeliones. De hecho, el fin de Olivares fue precipitado por las rebeliones de Portugal y Cataluña, en cuyo desencadenamiento la Unión de Armas propuesta por Olivares jugó un papel importante. Posiblemente la estructura política de la Monaquía española hubiese impedido a cualquier político ir más allá de lo que fue Olivares y la mano dura que Olivares hubiera podido emplear al comienzo de su valimiento y no empleó, sólo hubiera servido para que las rebeliones de Portugal y Cataluña se produjesen diez años antes de lo que se produjeron.
Si la vía de la reforma económica para aumentar los ingresos estaba casi vedada, sólo quedaba la vía de la reducción del gasto. Aquí Olivares intentó cortar algunos abusos al comienzo de su valimiento, pero con el tiempo el derroche en los gastos corrientes de la Casa Real volvió por donde solía. Un buen ejemplo está en la extravagante construcción del Palacio del Buen Retiro, extravagante para una monarquía endeudada y en guerra como la española.
Otra manera de recortar gastos hubiera sido reduciendo los compromisos exteriores y adoptando una política exterior más realista. Por desgracia, salvo durante la segunda mitad del reinado de Felipe III, la política exterior española estuvo guiada por los principios y no por el realismo. España era el adalid del catolicismo y el imperio central de la Cristiandad. Sólo los desastres consecutivos de la paz de Westfalia (1648) y de la Paz de los Pirineos (1659) pudieron acabar de convencer a los estadistas españoles de que los tiempos de Felipe II estaban muertos y era preciso otra política exterior. Cuando Olivares asumió el valimiento, aún ocupaban posiciones de poder hombres que llevaban subidos al machito desde los añorados tiempos de Felipe II y para los que la palabra compromiso era un término malsonante. El primer fallo garrafal de Olivares fue no comprender que la situación internacional había cambiado y que hacía falta una política exterior más modesta y que consumiese menos recursos.
Tal vez uno de los grandes problemas de Olivares es que en sus primeros años de valimiento logró algunos éxitos exteriores inesperados: la conquista de Breda (de la que a largo plazo lo único que realmente sacó España fue un cuadro maravilloso de Velázquez), la victoria sobre los holandeses en Brasil, la derrota de la expedición inglesa contra Cádiz… Esos éxitos incitaban al optimismo, pero no significaban por sí solos la victoria.
Aquí entra un rasgo del carácter de Olivares. Sospecho que psicológicamente era un ciclotímico, una persona que alternaba con facilidad las euforias y las depresiones. En los buenos momentos, cuando la fortuna le sonreía, podía comerse el mundo y elaboraba planes que eran un poco como la cuenta de la lechera. Cuando las desgracias se abatían sobre él, como ocurrió a menudo a partir de 1631, se hundía. Por desgracia el eufórico que había en él siempre acababa saliendo a flote y terminaba elaborando nuevos planes quiméricos y costosos.
El Olivares eufórico de finales de la década de los 20 es el que desempolva los planes de invasión de las Islas Británicas, se propone que España vuelva a ser una potencia naval de primer orden, elabora una estrategia para hacerle la guerra comercial a los holandeses tan complicada que requería hasta que España tuviera una base en el Báltico, se compromete a fondo con los Habsburgo austriacos en el Imperio e inicia la desastrosa aventura de Mantua. Cuando la suerte se le acabe en la década de los treinta, se encontrará con más frentes abiertos que recursos para afrontarlos.
En resumen, Olivares fue un gobernante trabajador, inteligente y bienintencionado, cuyo mayor fallo fue intentar llevar con treinta años de retraso el mismo tipo de política exterior prestigiosa y costosa que había llevado a cabo Felipe II, sin entender que el mundo había cambiado, la relaciones de poder estaban modificándose y que eran necesarios objetivos exteriores más modestos.
domingo, enero 28, 2007
¡Ole con ole y ole!
Hace unos pocos días, en una populosa ciudad de la corona metropolitana de Madrid llamada Alcorcón, se produjo un grave altercado tras el cual se ha destapado en España en general, y Madrid-Alcorcón muy en particular, una polémica muy dura sobre la violencia, el fenómeno de las bandas callejeras y el racismo. Se dice que la seguridad ciudadana en Alcorcón es muy escasa y que las bandas latinas tienen la culpa de ello. Se dice que grupos de inmigrantes latinos hacen cosas como monopolizar las canchas deportivas públicas, y cobran a quien quiere jugar en ellas. Se dicen muchas cosas.
El sábado por la tarde, según cosa que era sabida desde días antes, había grupos de personas, españoles de ideologías extremas según algunas versiones, que querían manifestarse en Alcorcón; manifestaciones que vendrían a sumarse a las iniciativas de otros grupos, de corte pacífico, que han pretendido durante toda la semana, sin éxito, manifestarse contra el racismo y la xenofobia.
La noche del sábado fue, pues, movidita. Hubo mucha policía, carreras, detenciones. Y un periódico de Madrid, en un alarde de periodismo de precisión, le ha llamado a eso Noche de cristales rotos.
La Reichskristallnacht, o noche de los cristales rotos, se produjo en Alemania la noche del 9 al 10 de noviembre de 1938, y debe su nombre al hecho de que, a la mañana siguiente, las calles estaban tapizadas con los cristales de los escaparates que grupos de activistas nazis rompieron en el curso de sus pogromos. Aunque la cosa venía de antes. Por ejemplo: en febrero de 1938, había en la ciudad bávara de Munich 1.600 negocios propiedad de judíos. Seis meses después, sólo quedaban 666, la mayoría de ellos propiedad de extranjeros. Durante todo ese año, el gobierno de Hitler promulgó una serie de leyes que impedían que los judíos pudiesen ocupar determinadas profesiones, desde médicos hasta vendedores ambulantes. El 17 de agosto se publicó un decreto por el cual todos los judíos venían obligados a unir a su nombre, cualquiera que éste fuere, el de Israel; y Sara para las mujeres. Tendrían que utilizarlo siempre en público, para que todo el mundo supiera que eran sucios judíos. Se les obligó a poner una J enorme en sus pasaportes.
A lo largo del verano de 1938, un montón de sinagogas y cementerios judíos fueron profanados por toda Alemania. En la primavera, Hitler visitó Munich y expresó en público su repugnancia porque la Deutsches Künsterlerhaus (Casa de los Artistas Alemanes) estuviese cerca de una sinagoga. Pocos días después, los nazis la demolieron. La excusa oficial fue favorecer el tráfico rodado. El baboso Julius Streicher, asesino en serie de judíos y otras razas menores, le hizo la pelota al Führer inmediatamente demoliendo la sinagoga de Nuremberg. La demolición fue toda una fiesta.
La mañana del 7 de noviembre de 1938, un adolescente polaco de raza judía, Herschel Grynszpan, disparó al tercer secretario de la embajada alemana en París, Ernst von Rath. El 9 de noviembre, Von Rath moriría por las heridas del atentado, pero ya en las horas anteriores, instigados por la prensa nazi, se habían producido pogromos en varios lugares de Alemania. A las diez de la noche del día 9, Joseph Goebbels pronunció un discurso radiado en el que informó al pueblo alemán de la muerte de Von Rath, de la producción de las primeras represalias antijudías, y llamó a la producción de manifestaciones espontáneas en toda Alemania. En su diario, en el que habla de una recepción, anterior al discurso, en el Ayuntamiento de Munich en la que también estuvo Hitler, Goebbels anotó esto: «Explico el asunto al Führer. Él decide: que las manifestaciones continúen. Retirad a la policía. Que los judíos sientan por una vez la cólera del pueblo».
Militantes y simpatizantes del NSDAP, miembros de las SS, de las SA, recibieron aquella noche la instrucción de quemar sinagogas en toda Alemania y destruir propiedades judías. Según los informes, ardieron varios centenares de sinagogas y se demolieron unas 100 en toda Alemania (los bomberos recibieron orden de limitarse a impedir la propagación del fuego a edificios colindantes); la Gestapo transmitió la orden de detener a entre 20.000 y 30.000 judíos varones; y se destruyeron, según los cálculos, al menos 8.000 negocios propiedad de judíos. Se arrasaron las casas particulares, se destrozaron los muebles, las ropas fueron rotas en la calle. Los propios nazis valoraron los daños en cientos de millones de marcos. Aproximadamente un centenar de judíos fueron asesinados e innúmeros grupos seriamente maltratados, incluyendo ancianos, mujeres y niños. Los judíos detenidos, que fueron enviados a campos de concentración, fueron humillados en las comisarías y torturados con elevados niveles de sadismo.
Igualito que en Alcorcón donde, según oigo en la radio, ha habido cuatro detenidos y una persona con la nariz rota.
Lo más cachondo de todo esto es que el periódico al que se le ha ocurrido la feliz idea de hacer la conexión mental Alcorcón-Reichskristallnacht otorga el mayor espacio de su portada a una noticia sobre la intensa preocupación de los especialistas en Historia sobre la pobre preparación de nuestros estudiantes de hoy en día.
Señores periodistas: la cultura bien entendida empieza siempre por uno mismo.
viernes, enero 26, 2007
Cómo somos en Historias de España
En todo caso, trato de imponerme la norma de pasarme por aquí, bien para escribir, bien para colocar algún escrito de Inasequible, una vez cada dos días, más o menos. Hoy me toca pero, como es viernes, y ya sabéis que los post de los viernes me los tomo un poco para salir de la norma, no os voy a hablar de Historia. Os voy a hablar de vosotros.
Alguien me habló hace poco de Google Analytics. Es un servicio gratuito con el que, tras colocar oportuna rutina en el código de la página, consigues obtener datos sobre tu página. No muy convencido, pues yo soy bastante descreído para estas cosas porque no las conozco, tiré para delante. Esto fue hace cinco días. Ahora que ya han pasado, puedo deciros lo que este servicio dice de nosotros.
Acuden a esta tertulia aproximadamente unos 150 visitantes cada jornada. Hay días que nos hemos quedado a piques de ser 200 (nuestro very best es de 197 visitantes en un día) y los fines de semana descansamos (en torno a 60 visitas). Uno de cada tres visitantes es recurrente, aunque tengo para mí que este dato es un poco más elevado en la realidad y está influido por el hecho de que la recogida de datos lleva sólo unos días.
El usuario medio de este blog lee, cada vez que viene, 1,4 páginas. Lo cual quiere decir, o así lo interpreto yo, que con la oferta que tiene el blog en su portada conseguimos que buena parte de los visitantes pinchen en algún otro enlace y se lean algún artículo ya antiguo. Esto me alegra.
La mayor parte de vosotros llega al blog directamente escribiendo la dirección en la barra de navegación. Aunque, según Google, el buscador Google está ganando peso en la forma de llegar aquí. Esto a mí me ha gustado especialmente, pues he de confesar que a veces, cuando he pensado en escribir sobre algún tema, me he preguntado a mí mismo: ¿no estarás abordando algo que no le interesa a nadie? Y no es así: uno ve luego que hay personas buscando en internet referencias sobre los asuntos que ha escrito; comunidad de intereses que se me hace enormemente placentera.
De las 897 visitas producidas en los últimos días, 707 se han realizado desde España. La mayor parte de vosotros está en Madrid (192 visitas). A continuación nos siguen los barceloneses (63 visitas) y vallisoletanos. La cuarta ciudad es Mejorada del Campo (hola, colegas, aqui al lado estamos), Valencia, Sevilla, Palma, Reus, Rota y... ¡cómo no! La Coruña, sí, a minha terra. Y aquí debo parar porque, cuando he expandido la lista, me he encontrado con 169 emplazamientos más. Confieso que he tenido que tirar de atlas para saber dónde están Samper del Sal, Nuevo Rocío, Pozán de Vero, Corralejo, Poblete, Flechilla, Cuatretonda o Asprillas.
¿Tenéis curiosidad por saber qué pais sigue después de España? Pues es México lindo y querido, seguido de su vecino del norte, los Estados Unidos de Norteamérica (espero que no sean los herederos de Dillinger, en cuyo caso voy dado). Luego está Francia (¿será por lo de las campañas napoleónicas?), Colombia, Venezuela, Argentina, Reino Unido, Alemania, Italia, Tailandia, Perú, Chile, Ecuador, República Dominicana, Países Bajos, Bolivia, Taiwan, Rumanía, Polonia, Guatemala, Brasil, la República Checa, Filipinas, Cuba, Japón, Marruecos, Honduras, Suiza, Noruega, Irlanda, El Salvador y Camboya. He querido citar todos los países porque a todos, si leeis este post, os quiero saludar. Hola, colegas.
Dado que Google Analytics es una herramienta de marketing, estoy en condiciones de informaros de los ingresos que me habéis reportado: 897 visitas, a cero dólares cada una, resultado cero dólares. Y así pienso continuar.
Bienvenidos todos.
miércoles, enero 24, 2007
1888:España se enseña
Por medio, a España se le fueron cayendo los últimos adornos de ese vestido repujado que había sido su imperio. A hombros de gigantes llamados Bolívar, San Martín, O’Higgins, la joya de nuestra corona, Latinoamérica, se independizó, de forma que, a finales del siglo, apenas nos quedaban Filipinas, Puerto Rico y Cuba, amén de las posesiones africanas.
Algún día, espero que no muy lejano, os contaré por qué la calle de Madrid que registra más intensidad de tráfico se llama de Raimundo Fernández Villaverde. Como adelanto, os diré que la situación que este hacendista hubo de enfrentar al final del siglo no le desmerece nada a la de los países hoy endeudados y empobrecidos. España se pasó el siglo XIX desangrándose y, en las últimas boqueadas del siglo, estaba para los restos. Nadie apostaba un duro por ella como nación moderna y capaz.
Nadie, no. Hubo dos personas que sí apostaron por España. Y ganaron. Su victoria queda oculta por la Historia porque, diez años después, la pérdida de Cuba nos sumiría en el más profundo pesimismo sobre nosotros mismos. Pero antes, en 1888, fuimos grandes. Y lo fuimos gracias a Práxedes Mateo Sagasta y, sobre todo, a Francisco de Paula Ríus y Taulet, alcalde de Barcelona.
En 1851, inaugurando una edad moderna aún no acabada, se celebró en Inglaterra la primera Exposición Universal. Fue todo un espectáculo organizado por los ingleses para mostrar al mundo las maravillas de la revolución industrial, aquellas máquinas que eran capaces de realizar como si tal cosa el trabajo esforzado de decenas de hombres forzudos. Quienes tuvieron la suerte de acudir a aquella exposición pudieron verla incluso tras caer la tarde, bajo la iluminación de gas que allí se estrenó.
A la exposición de Londres siguió la de París, la cual, según las crónicas, fue invadida por expositores alemanes, muy empeñados en demostrar la grandeza de su nación. Luego llegó la de Filadelfia, de la que en Europa se contaron bondades sin fin, Viena, Turín… Todo aquél que quería ser algo en el concierto internacional parecía tener que demostrarlo montando una exposición.
Ésta fue la idea que se le ocurrió a Eugenio R. Serrano de Casanova, un extraño hombre de negocios español que editaba una revista para turistas en Bélgica. Acostumbrado al negocio de generar visitantes para que se gasten pasta, albergó la idea de organizar una gran feria de muestras en España, y se decidió por Barcelona porque, de todas las capitales españoles, era la que estaba más cerca de la frontera que los visitantes deberían traspasar. En Amberes, Casanova contactó con otro español, Alejandro Sallé, que se movía por esos mundos de las ferias y, de hecho, poseía varios edificios desmontables, stands los llamamos hoy. Ambos se asociaron para montar la feria y abrieron despacho de influencias en la calle de Escudillers de Barcelona.
Casanova montó una junta directiva de lo que hasta entonces sólo era una feria de muestras con algunos de los grandes personajes del todo Barcelona empresarial del momento: Juan Pujol, Francisco López Fabra, Manuel Durán i Bas, Manuel Porcar, José María Nadal, Félix Maciá Bonaplata, Román Macaya i Gilbert, Ramón de Manjarrés y Francisco Sitjá. Al alcalde de Barcelona, Ríus y Taulet, le ofreció la presidencia honorífica, por aquello de que figurase y pusiera algo de pasta. A principios de 1887, toda esta parafernalia se había ido al carajo, el dinero no aparecía por ningún lugar y el proyecto, por la vía de los hechos, estaba abandonado.
Éste debería haber sido el destino de la Exposición Universal de Barcelona de no haber sido por Ríus y Taulet. Al alcalde de Barcelona, con mucha probabilidad, lo movieron dos razones para tirar para delante: la primera, sus convicciones políticas: era muy liberal, muy dinástico y muy español. Y las tres cosas: el liberalismo, la casa reinante y España entera, necesitaban, en aquel momento, de un empujoncito. El segundo factor que probablemente valoró fue la visión de que el proyecto le podría ayudar en sus proyectos de cambiar Barcelona. Porque si alguien cree que los cambios que operaron en la ciudad los Juegos Olímpicos de 1992 son grandes, eso sólo significa que no tiene 150 años de edad para recordar cómo puede una Exposición Universal cambiar una ciudad.
En 1887, el Borbón regresado, o más bien restaurado, Alfonso XII, había muerto. Era regente de España María Cristina de Habsburgo-Lorena, una extranjera de escaso carisma, cuyo hijo, el futuro rey, era aún tan sólo un niño. Para colmo, en Barcelona ya comenzaban a percibirse los problemas derivados del enfrentamiento entre un Estado centralista y una sociedad crecientemente regionalista. Esto se notaba, sobre todo, a través del teatro, que era el espectáculo de masas de la época. La mayoría de los autores de éxito catalanes se dedicaron entonces a la parodia. Se pusieron de moda las gatadas, que eran obras satíricas que ridiculizaban algún estreno patrio, normalmente dedicado a ensalzar las virtudes de lo español. Son ejemplos La Esquella de la Torratxa o El Castell de Tres Dragons, de lectura deliciosa aún hoy en día (traducidas, en mi caso), que escribió Federico Soler, o Serafí Pitarra, como solía firmar. Prueba de cómo se pusieron las cosas es la orden de 27 de enero de 1867, dada por el gobernador civil de Barcelona, Cayetano Bonafós, y que dicta lo siguiente (las cursivas son mías): «En vista de la comunicación pasada a este Ministerio por el Censor interino de teatros del Reino con fecha 4 del corriente, en la que se hace notar el gran número de producciones dramáticas que se presentan a la Censura escritas en los diferentes dialectos, y considerando que esta novedad ha de contribuir a fomentar el espíritu autóctono de las mismas, destruyendo el medio más eficaz para que se generalice el uso de la lengua nacional: la Reina (q.D.g.) ha tenido a bien disponer que en adelante no se admitan a la Censura obras dramáticas que estén exclusivamente escritas en cualquiera de los dialectos de las provincias españolas».
Hecha la ley, hecha la trampa. Pitarra y los demás empezaron a escribir obras bilingües. En ellas, todos los personajes imbéciles, avaros, vagos, feos, gordos, malolientes y flatulentos hablan en español; y George Clooney y Angelina Jolie, indefectiblemente, hablan la lengua de los jordis.
A Ríus, estas situaciones le escocían. Y, por eso, tuvo, como diría Luther King, un sueño: soñó con el espacio dejado por un feo cuartel ya derruido convertido en un hermoso parque, el parque de la Ciudadela, y dentro de él, una Exposición Universal. Soñó que la familia real acudía a Barcelona a inaugurar la exposición, y era vitoreada por las calles. Y, nada más despertarse del sueño, decidió que lo haría. Quizá, quizá, se dijo eso que dice mi nunca-suficientemente-admirada Eva Longoria: porque yo lo valgo.
Después de algunos contactos previos con comerciantes e industriales de la zona, Ríus, consciente de que nada era posible sin el concurso de Madrid, a Madrid se vino. Visitó al presidente del gobierno, el liberal Sagasta, quien le dio buenas palabras, pero, probablemente, no estaba pensando sino en darle largas. Sagasta argumentó la delicada situación creada en España con la muerte del rey, que eliminaba toda posibilidad de andar con cachondeos. Ése era el momento que esperaba Ríus: cuando le respondió que lo que él quería era a los Borbones en Barcelona, inaugurando la Exposición, al viejo político liberal le hicieron los ojos chiribitas. Aún así, no dio su brazo a torcer. Citó a Ríus para dos días después, quizá para decirle que se lo había pensado y que pasaba. Pero a los dos días, el alcalde de Barcelona se presentó en el despacho del presidente con el proyecto de la Exposición completo. Hasta el último detalle. Sagasta cedió. El Estado contribuyó a la Exposición Universal con una subvención directa de dos millones de pesetas (un pastón) y la autorización al Ayuntamiento para celebrar un sorteo de la Lotería Nacional a beneficio de la Exposición.
Ríus montó un equipo organizador a su imagen y semejanza, donde era figura cimera su más estrecho colaborador Carlos Pirozzini; y el gobierno, por su parte, nombró comisario regio al más prominente banquero catalán de la época, Manuel Girona. Sin embargo, la organización no fue fácil. En primer lugar, Barcelona y España entera se tomaron aquella historia a beneficio de inventario. La mayoría de los barceloneses pensaban que la Exposición era una cáscara vacía, una iniciativa sin contenido (sí, sí, la Historia se repite constantemente: como el Fórum de las Culturas). Alguien redactó un manifiesto aseverando que la Exposición iba a arruinar a la ciudad, lo tradujo a varios idiomas y lo distribuyó en el extranjero, buscando que los diferentes países decidiesen no venir. Quizá el punto más peligroso para la Exposición fue la defección del líder catalanista Valentí Almirall. Almirall había sido nombrado consejero de la Exposición, pero dimitió en septiembre de 1887, menos de un año antes de la celebración, mediante un durísimo manifiesto público en el que renegaba de la convocatoria por considerar que suponía un triunfo del españolismo (que lo fue, por cierto).
Otro frente de críticas para el Ayuntamiento fueron, cómo no, las obras. Se pensó en levantar un monumento a Colón y, a partir del mismo, abrir un agradable paseo lleno de palmeras. A los barceloneses de hoy les parecerá que la idea es brillante y hermosa; pero han de saber que sus tatarabuelos bautizaron a aquella avenida Paseo de las Escobas, dijeron que las palmeras eran feísimas, que morirían de frío en invierno, y unas cuantas cosas más. Impasible el ademán, el ayuntamiento barcelonés seguía con sus obras y, expandiéndose hacia el Tibidabo, se encontró con un albañal, un barrizal infecto donde además a nadie se le ocurría aventurarse con algo de valor encima, no sé si me entendéis. En aquel lugar lóbrego y asqueroso se levantó la Rambla de Cataluña, y fue obra tan capital e importante que, cuentan las crónicas, los propietarios de la zona, a quienes su urbanización medró en buena medida, quisieron regalarle un solar en la calle a Ríus, que se negó a tomarlo.
La fiebre de la Exposición fue fiebre constructora. En nada menos que 53 días se levantó el Hotel Internacional, en el mismo paseo de Colón. Un edificio de cinco plantas al estilo de los grandes hoteles europeos diseñado para dar alojamiento a los visitantes extranjeros en una ciudad que todavía lo era de fondas y hostales, repleta, pues, de eso que se denomina hoteles de tres arañas. Se convocó un concurso para construir el hotel, pero era tan poco el tiempo que sólo se presentó, en plan sietemachos, un arquitecto, Luis Doménech i Montaner, que cumplió, eso sí, a base de contratar a 222 albañiles y 440 peones, que se dice pronto. Los barceloneses se hacían lenguas. ¡El Hotel Internacional tenía un chef francés! Se llamaba Bourgeois y trabajaba en una cocina enorme, en una de cuyas planchas se podían hacer 400 filetes a la vez. Dado que la concesión para levantar el hotel sólo llegaba al tiempo de la Exposición, al terminar ésta fue derribado.
El arco de triunfo que conmemora la Exposición costó 125.000 pesetas. El Palacio de Bellas Artes, 600.000. El enorme Palacio de la Industria (50.000 metros cuadrados de modernidad), 1.700.000 pesetas. Incluso se construyó un puente, que comunicaba las instalaciones del mar con las de la tierra. Medía 145 metros de largo. Además de palacios, se construyeron quioscos y restaurantes varios, tres montañas rusas, fuentes, cascadas, lagos y estatuas.
La Exposición fue un éxito sin paliativos. Acudieron 6.233 expositores españoles. Lógicamente, quien más aportó fue Barcelona (2.074), seguida de Logroño (456) y Tarragona (302). Hubo pabellones de Alemania, Austria-Hungría, Bélgica, Bolivia, Chile, China, Ecuador, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, Japón, Paraguay, Portugal, Turquía, Rusia, Suecia, Noruega, Uruguay y Suiza. La exposición se inauguró el 20 de mayo, pero la familia real española se quedó hasta el 6 de julio. Ríus y Taulet había tenido un sueño, y no había despertado.
A todos nos hace gracia el pasado. Miramos en la tele o en el cine las imágenes de hace casi un siglo, esas tomas de cine aceleradas en las que la gente anda de una forma tan graciosa, y nos da la impresión de estar viendo un mundo pacato, infradesarrollado, en el que no pasaba nada. Sin embargo, esto es incierto no pocas veces, y ésta es una de ellas. La Exposición Universal de 1888 fue para Barcelona y para España un escaparate de oro. Una forma de decirle al mundo que en un país en el que nadie creía, en un lugar que todo el mundo más allá de los Pirineos imaginaba poblado de toreros, navajeros, salteadores de caminos y majas, había muchas personas, físicas y jurídicas, tan hermanadas con el progreso como cualquier otra sociedad europea. En la Exposición de Barcelona, España enseñó sus productos agrícolas, su maquinaria, sus procesos de producción, enseñó sus telas, su siderurgia, su industria de armamento; España enseñó y se enseñó, lo cual quiere decir que dejó bien clara su vocación de subirse al entonces aún débil, traqueteante tren de Europa.
Eso, con todos los respetos, no hay olimpiada que lo iguale.
martes, enero 23, 2007
Si eres buen poeta, serás mal estratega
Al-Mutamid Ibn Abbad (1039-1095) fue el último rey de Sevilla. Fue un rey hábil, ejemplo de que ya había maquiavélicos antes de Maquiavelo, al que le tocó gobernar sobre un reino débil, situado entre dos vecinos demasiado poderosos: el Reino de Castilla y los almorávides. Más que por su infortunado reinado, hoy lo recordamos por sus poemas: Al-Mutamid fue uno de los mejores poetas hispano-musulmanes. De hecho, fue mejor poeta que rey.
Te escribo consciente de que estás lejos de mí,
y en mi corazón, la congoja de la tristeza;
no escriben los cálamos sino mis lágrimas
que trazan un escrito de amor sobre la página de la mejilla;
si no lo impidiera la gloria, te visitaría apasionado
y a escondidas, como visita el rocío los pétalos de la rosa;
te besaría los labios rojos bajo el velo
y te abrazaría del cinturón al collar.
¡Ausente de mi lado, estás junto a mí!
Si de mis ojos estás ausente, no de mi corazón.
¡Cumple la promesa que nos hicimos, pues yo,
tú lo sabes, cumplo mi parte!
(traducción de María Jesús Rubiera Mata)
En junio de 1090, los almorávides volvieron, pero esta vez ya no iban a ser las marionetas de nadie. En septiembre tomaron Granada. Una prueba de cómo habían menospreciado los reyes de taifas a los almorávides fue que al-Mutamid fue a felicitar al caudillo almorávide Yusuf ibn Tašufin por la conquista y a sugerirle de paso que le entregase la ciudad a cambio de Algeciras, que los almorávides tenían ocupada desde 1085. Ibn-Tašufin debió de ponerle los puntos sobre las íes, porque tras esa entrevista al-Mutamid le dijo al rey de Badajoz: «Ponte a salvo, porque ya has visto lo que le ha ocurrido al señor de Granada y lo que mañana me ocurrirá a mí». Probablemente fue entonces cuando por primera vez en su vida entendió que él y los demás reyes de taifas navegaban en el mismo barco y que eran más los intereses que les unían que los que les separaban. Pero ya era demasiado tarde.
Al-Mutamid e Ibn Al-Aftas de Badajoz pudieron ayuda a Alfonso VI. Los almorávides no necesitaban mejor excusa moral que ésa para declararles la guerra. Aunque según estaban las cosas, les hubiesen acabado declarando la guerra con excusa o sin excusa. En marzo de 1091, los almorávides conquistaron Córdoba, cuyo gobernador, al-Mamun, uno de los hijos de al-Mutamid, acabó con la cabeza puesta en una pica. Sevilla fue asediada y cayó en septiembre el mismo año. Tras eso, para al-Mutamid, vinieron el exilio entre camelleros norteafricanos, la pobreza y la muerte.
sábado, enero 20, 2007
Lectura: Negrín, por Enrique Moradiellos
Cada año los reyes magos, entre camisas y otras cosas que saben que necesito y quizá por eso me las regalan aunque yo nunca las pongo en la carta (siempre pongo juegos de la play y cosas así; será que se confunden y se los dejan a algún niño del edificio), se acuerdan de mis aficiones y me dejan algún libro que en ese momento esté en el candelero literario histórico. El año pasado me dejaron la biografía de Indalecio Prieto que escribió Octavio Cabezas (Madrid, Algaba, 2005). Este año me ha caído la de Negrín (véase ficha en las primeras líneas). La pregunta es: ¿quién editará, las navidades que viene, una biografía de Largo Caballero?
Entre los dos libros, el de Prieto y el de Negrín, hay bastantes diferencias. El de Cabezas es una hagiografía. El de Moradiellos pretende no serlo. No esconde el autor su voluntad de reivindicar la figura de Negrín, nos dice en las últimas líneas del texto, injustamente olvidada hoy en día. Pero hay que reconocer que lo hace con unas dosis de equilibrio mucho más voluminosas que el biógrafo de Prieto. El resultado no llega a ser un libro imparcial, pero se le parece más.
Quizá es que resulta imposible escribir un libro imparcial sobre Juan Negrín. No de momento, cuando menos, dado que los archivos de la guerra civil siguen enormemente dispersos, algunos en manos del Estado o de partidos políticos, pero otros muchos en manos de particulares; y, dado que la tendencia archivística es, además, centrífuga, es y será muy difícil que alguien, o más bien alguienes porque la labor es tan ingente que haría falta el concurso de un grupo multidisciplinar de historiadores con mucha pasta, pueda, algún día, realizar estudios comprensivos y comprensibles que analicen todas las caras del poliedro de nuestro pasado y, muy especialmente, del pasado de nuestra II República española, asumiendo que, como pretendieron sus impulsores, dicha república existió desde 1931 hasta poco menos que la muerte de Franco, en 1975.
Juan Negrín es pasto de la opinión que tenga la persona que sobre él hable o escriba. Más aún: de la opinión que sobre él se tenga en determinados momentos de su vida. No es posible establecer (aunque Moradiellos lo intenta) un juicio canónico sobre él, porque son varias las dudas que surgen sobre su actuación, dudas que ya no es posible resolver mediante pruebas irrefutables. Hoy por hoy, y ésta es la triste respuesta que merece el intento del autor de este libro, quien quiera pensar que Negrín fue un traidor a sus huestes iniciales, los socialistas, y juguete del comunismo internacional, tiene en qué agarrarse para pensarlo. Y quien no lo piense o no quiera pensarlo, que lea el libro de Moradiellos; está preñado de clavos de donde colgarse.
Juan Negrín nació para ser un científico reputado, un investigador médico de ésos que hablan varios idiomas y tienen amigos en todo el mundo que le mandan plúmbeas cartas repletas de fórmulas químicas. En algún momento durante los primeros años de la II República, sin embargo, sintió la llamada de la política, supongo (y digo supongo porque, cuando menos a mí, la génesis política de Negrín no me queda bastante clara en este libro) que impulsado por esa voluntad, más o menos nebulosa, de progreso que suele presentarse en las personas del mundo científico. El escaso perfil parlamentario de Negrín durante los años previos a la guerra civil parece apuntar que, efectivamente, se limitó a ser un diputado más, moderado además, alejado de los cantos de sirena del marxismo, lo cual hizo de él un prietista; hecho que, unido a su más que evidente capacidad de trabajo, probablemente influyó en que fuese subiendo conforme lo hacía su mentor.
Negrín, prácticamente, asoma la cabeza a la Historia de España cuando, iniciada la guerra civil, y tras los primeros balbuceos torpes de los gobiernos republicanos, Francisco Largo Caballero (o sea, el PSOE) decide aceptar la tarea de dirigir la guerra, y de mantener unido al Frente Popular y al propio PSOE en ese objetivo. Juan Negrín es nombrado entonces ministro de Hacienda y, como ministro de Hacienda, se convierte en piloto de una operación que le perseguirá el resto de su vida y de la que ya hemos hablado en esta página: el traslado del oro del Banco de España a la URSS. Moradiellos, de quien ya hemos dicho que merece alabanzas por una pretensión de equilibrio en sus juicios de la que otras hagiografías carecen por completo, es categórico en este asunto y asevera que la URSS no sabía nada de este asunto, que se limitó a ser la sorprendida receptora del oro y que nunca urdió plan alguno para que se le transfiriese a ella toda esa riqueza (véase página 206 y siguientes del libro). Niega para ello la veracidad de testimonios publicados poco tiempo después de la guerra por ex agentes comunistas como Krivitsky y Orlov (aunque en otras partes el testimonio de Orlov sí que le sirve al autor, como en la página 253). Y dice bien, aunque no del todo, en mi opinión.
Que la España republicana, en el otoño de 1936 cuando maquinó el traslado del oro, no estaba aún echada en brazos de la URSS, es un hecho; por lo tanto, la capacidad de presión no era tanta como hubiera sido, por poner un ejemplo, en la segunda mitad de 1937 o más allá. Sin embargo, también parece que Moradiellos usa un poco los datos que le convienen para que la tesis le cuadre. Por ejemplo, dice que una pieza fundamental soviética en la operación, el delegado comercial soviético, Arthur Stachevsky, ni siquiera lo era cuando se tomó la decisión del traslado. Lo cual es cierto, como lo es también que existen testimonios de que, sin haber sido nombrado aún, llegó a Madrid a mediados de agosto del 36, de la mano del escritor Louis Fischer, y que su primer amiguito en Madrid fue… Juan Negrín.
Así lo dice, por ejemplo, en sus memorias Justo Martínez Amutio (Chantaje a un pueblo, Madrid, G. del Toro, 1974), autor (eso sí, largocaballerista hasta las trancas) que incluso recuerda el rumor de que Negrín no era candidato a ministro en el gobierno Largo Caballero, y si lo fue, y además de Hacienda (o sea, a cargo del oro), fue por presión precisamente de Stachevsky. Rumor que, en cualquier caso, él mismo desmiente, aseverando que quien impuso a Negrín en el Ejecutivo, aún contra el criterio de Largo, fue Prieto. Pero, en todo caso, hay, como decía, testimonios de que Stachevsky ya estaba actuando en Madrid antes de ser agregado comercial de la embajada, así pues la facilidad con que Moradiellos lo aparta de las tribulaciones sobre el oro del Banco de España son, tal vez, un poco precipitadas.
La mejor parte del libro, y la más justamente reivindicativa, es la correspondiente a los largos meses en los que Negrín fue presidente del Gobierno y máximo responsable de la conducción de la guerra. Como siempre en los libros bien documentados, y éste lo es, el lector irá contemplando, poco a poco, cómo dos tendencias diferentes, el aislamiento internacional de la República y sus propias contradicciones internas, van haciendo una pinza que la ahoga cada vez más. La tesis de Moradiellos, que no trata de esconder ni un minuto, es que donde muchos autores y políticos han querido ver a un Juan Negrín que se hizo progresivamente procomunista, lo que había era un hombre que todo lo que hacía era cooperar con quien le garantizaba suministros y armamento, es decir la URSS. Esta tesis en, en gran parte, cierta, y por eso digo que esta parte del libro, que sustenta buena parte de la reivindicación de la figura de Negrín, es la más aprovechable.
La parte más triste se corresponde con las páginas dedicadas a la posguerra, es decir a los 17 años que Negrín sobrevivió a la derrota militar de la República. En ese tiempo, el exilio republicano dio un repugnante espectáculo de división, discusiones, apelaciones cruzadas basadas en lo que cada uno había hecho en el pasado, y un desencuentro tan brutal que los dos principales líderes del socialismo durante la guerra (enfermo Largo Caballero, me refiero a Negrín y a Prieto) no volvieron a tener una conversación ni un contacto serio.
Lo que hace más repugnante esos años es el hecho de que lo que hacían las dos facciones del PSOE era discutir por la pasta. Tras estallar la guerra civil, el gobierno de la República estableció que todas aquellas personas que poseyeran metales preciosos o joyas debían ingresarlos en el Banco de España y, más aún, la posesión de más de 400 pesetas en moneda pasó a ser un delito. El 23 de septiembre de 1936 se creó la Caja de Reparaciones de Daños y Perjuicios de la Guerra. María Ángeles Pons, en su interesante trabajo Hacienda y finanzas durante la guerra civil, nos deja claro que nadie sabe, a ciencia cierta, a cuánto dinero ascendieron aquellas incautaciones, algunas de las cuales, notablemente las realizadas en los primeros momentos de la guerra, carecían de cobertura legal y fueron, por lo tanto, robos mondos y lirondos. Un informe de diciembre de 1936 dice haber tasado bienes por valor de 40 millones de pesetas, pero reconoce que las incautaciones fueron más y que no existía, ya entonces (seis meses de guerra) control sobre ellos. En los dos primeros trimestres de 1937 se recaudó más del doble de lo que ya había en la Caja (91 millones de pesetas), por lo que sabemos que las incautaciones siguieron a buen ritmo. A partir de agosto de dicho año, se comenzó una labor de devolución de bienes. Aún así, en el último balance conocido de la Caja de Reparaciones, el valor contable del activo roza los 370 millones de pesetas de la época (con retenciones en el pasivo de 263 millones). Este balance no incluye el valor de los objetos entregados a la Junta Nacional del Tesoro Artístico (obras de arte). A finales de 1938, el activo de la Caja podría ser de unos 640 millones depesetas.
Según Moradiellos, el gobierno de la República en el exilio habría conseguido sacar de España casi seis millones de libras limpios (pág. 472). Pero éste no fue el único patrimonio con que contó el exilio. Hubo otros, como un material aeronáutico que se vendió en Canadá y, sobre todo, el cargamento de un yate, el Vita, que arribó a México tras la guerra y sobre cuyos bienes el presidente mexicano, Lázaro Cárdenas, dio plena posesión a Indalecio Prieto.
¿Cuánta pasta había en el Vita? Según el único balance oficialmente presentado sobre su valor, 6,4 millones de dólares. Según otras fuentes más negrinistas, incluso 50 millones de dólares (véase el libro antes citado de Octavio Cabezas sobre Prieto, página 458 y ss).
Sacasen los republicanos un fortunón de España o un modesto peculio apenas suficiente para asistir a los muchos exiliados del franquismo, lo que sí es cierto es que ambas partes, Negrín y Prieto, Prieto y Negrín, pasaron años tirándose los trastos por esta causa y dieron el bochornoso espectáculo de que ni siquiera cuando el viento les favorecía (acabada la guerra, cuando las Naciones Unidas condenaron el régimen franquista y pareció factible echar a Franco) fueron capaces de presentar ante los diplomáticos mundiales un dossier conjunto. ¿Cómo iba nadie a tomar en serio a un sedicente gobierno republicano en el exilio cuya legalidad era puesta en solfa por una sedicente Comisión Permanente de las Cortes republicanas en el exilio? ¿Acaso no recuerda este espectáculo a la célebre escena de La vida de Brian en la que un miembro del Partido Palestino de Liberación se muestra incapaz siquiera de saludar a un camarada del Partido de Liberación Palestina?
Negrín fue alejándose de sus otrora compañeros (aunque es lo cierto que ya durante la guerra los ponía a caer de un burro muy a menudo), sobre todo desde que tras la normalización del exilio, producida tras la reunión de las Cortes en México, se llevó el sorpresón de que el presidente en el exilio, Diego Martínez Barrio, decidió no optar por él para presidir el gobierno. A partir de ese momento, la estrella de Negrín, ya bastante apagada como la de todos los republicanos en el exilio por el pausado viaje del franquismo hacia la normalización política, comenzó a extinguirse.
El último acto de rabia de Negrín es, para unos, lógico, y para otros, incalificable. Cuando se sintió morir, en 1956, desgajó de su archivo la documentación correspondiente al traslado del oro a Moscú y las facturas de las adquisiciones realizadas con él, con lo que fabricó un dossier que, según quien lo ha revisado (Martín Aceña, Pablo: El oro de Moscú y el oro de Berlín. Madrid, Taurus), deja bastante claro que Negrín gastó hasta el último mango en la guerra y no se quedó con nada.
Para cuando Negrín elaboró ese dossier, los gobiernos republicanos posteriores al suyo le habían reclamado ya, varias veces, que rindiese cuentas por los dineros gastados en el exilio. Él se había negado, aduciendo que quería hacer un balance total y que no podía porque Prieto no le había dado datos de la liquidación de los bienes del Vita. Por alguna razón, probablemente el despecho, decidió llevar esa actitud más allá de la muerte. Decidió que la información que él tenía debía ser puesta a disposición del Estado español y, en un retruécano increíble, él, que había pasado años paseándose por el mundo tratando que todo el mundo creyese que era el presidente legítimo del gobierno español porque Franco era un usurpador, él, que había sostenido siempre la plena legalidad de la República en el exilio, decidió darle esos papeles… a Franco.
El presidente del gobierno en el exilio a principios de 1957, el radical-socialista Félix Gordón Ordás, destiló en la nota oficial del Ejecutivo republicano, tras conocer la noticia, toda la amargura contra Negrín. «Al obrar de manera tan censurable», argumentó Gordón, «proclamó el doctor Negrín que consideraba legítimo el gobierno de Franco. ¿Por qué no tuvo el valor cívico, si ésa era su honrada convicción, de declarar en vida tan radical cambio de opiniones?»
Moradiellos, ya lo he dicho, se queja en las últimas líneas de su libro del maltrato, en forma de olvido, que ha recibido Negrín tras su muerte; cuando es lo cierto que si alguien no cejó jamás en la defensa de los valores republicanos, si alguien luchó por aglutinar a las fuerzas progresistas que animaban la República, ese alguien fue Negrín. Pero, claro, es que Moradiellos está a favor; y quienes están a favor tienden a no ver las cosas con claridad.
El gesto de Negrín en 1956 fue un gesto soberbio, despreciativo y, lo que es peor, absurdo. No andaba sobrada la República en el exilio de legitimidad internacional y el gesto de Negrín de considerar que era ante Franco ante quien debía rendir cuentas le quitó la poca que le podría quedar. Esta acción, probablemente, tiene su lógica. Es más que probable que Negrín, tras tantos sinsabores, apenas guardase un ápice de confianza hacia Martínez Barrio, Prieto, Gordón, Araquistain et altera. Probablemente pensaba que sus papeles, en sus manos, serían silenciados, mutilados o manipulados. Pero si es así, debió asumir que ésos, y no otros, fueron los mimbres con los que se construyó su cesta.
Hoy por hoy, como ya he tenido ocasión de destacar, Juan Negrín no existe para España y mucho menos para el Partido Socialista Obrero Español. En parte, el PSOE tiene un motivo para ello: al fin y al cabo, Prieto echó a Negrín del partido, así pues no tiene por qué recordarle en su panteón de socialistas ilustres. Pero eso, en mi opinión, son pamemas. Dentro de un proceso de memoria histórica selectiva, que es la que tiene todo el que se acerca a la guerra civil desde la pasión (sea ésta diestra o siniestra) y no desde el conocimiento, Negrín le sobra, en este caso, a la izquierda, como le sobran otros a la derecha.
Los políticos y estudiosos alla sinistra pueden sortear más o menos algunos hechos, como por ejemplo hace Moradiellos en su libro, cuando dice (página 144) que todo lo que hizo la izquierda en el 34 fue convocar una huelga general indefinida para luego reconocer que fue una acción anticonstitucional (o sea: si sólo fue una huelga, ¿por qué fue anticonstitucional? Respuesta: porque no fue una huelga, sino un golpe de Estado en toda regla). Pero hay cosas que no se pueden sortear, y una de esas cosas es Negrín. Reivindicar a Negrín, hoy en día, es reivindicar a la peor parte del republicanismo en guerra, porque Negrín no le dio el paseo a nadie, pero era presidente del Gobierno de un país donde se daban paseos. Negrín no fue prosoviético, pero fue quien le abrió la puerta a la mayor penetración estalinista producida en Europa occidental. Negrín, en suma, no mola.
Y es injusto porque, y en esto yo creo a Moradiellos, en buena parte sus intenciones fueron sinceras, buenas y bienintencionadas. No fue, quizá, consciente de su debilidad. Pero, en este mundo traidor, ¿quién lo es?
Descanse en paz.
viernes, enero 19, 2007
Un poco de respeto
Por eso mismo, la ignorancia histórica suele ser bastante habitual entre los políticos. No me refiero exactamente a la visión sectaria, porque una visión sectaria puede ser una visión razonablemente culta y, por lo tanto, respetable. Quien, después de haberse estudiado la vida y campañas militares de Reckiario, quiera ver en él a un germen del galleguismo, está en su derecho. Lo que ya es menos respetable es el tipo que repite lo mismo como un loro sin saber decir ni en qué siglo vivió Reckiario.
A los políticos les gusta mucho tirar de la Historia y de los personajes históricos para atacar. Uno lo ha hecho en España hace muy pocas horas, al calificar una iniciativa de bloqueo parlamentario como estalinista. A mi modo de ver, este simple calificativo descalifica a quien lo hace. Vale que mancomunarse, no ya para votar que no una propuesta parlamentaria sino para que dicha propuesta no llegue a votarse, está un poco feo. Pero Stalin, de haberse encontrado en esa situación, no habría bloqueado nada. Stalin se las habría arreglado para que el partidario de las proposiciones parlamentarias falleciese en un extraño atentado (y si no, que se lo pregunten al fantasma de Kirov); o habría acusado a sus partidarios de traicionar al Estado, los habría metido en Alcalá-Meco y los habría sometido a interminables torturas hasta que ellos mismos, cambio de que los matasen de una vez, confesaran, por supuesto, su traición al Estado, el asesinato de Kennedy y hasta su implicación en el de Viriato. Y, si no, que se lo pregunten a los fantasmas de Kamenev y Zinoviev, por citar sólo dos casos de entre unos cuantos millones.
Caso de que el implicado huyese de España acojonado, hasta la otra punta del mundo lo perseguiría Stalin para cargárselo de un golpe de pico en medio de la cabeza.
Lo más lamentable es que el soplamocos no es ni casual ni único. Sorprende la identificación estalinista por parte de un político que ha tenido un líder, José María Aznar, al que no pocos hombrecitos y mujercitas del mundo de la opinión, la política y esas cosas, gustaban de comparar (o sea, «es igual que») con Hitler. No sabía yo que el gobierno del PP habría resuelto el problema de los enfermos siquiátricos graves y las personas con discapacidad mental gaseándolos como a los judíos y los gitanos. O las comparaciones hoy tan de moda con Videla, ese señor que mató ilegalmente a 90.000 personas.
En términos generales, las comparaciones con personas que simbolizan algo suelen ser para partirse de risa. Por ejemplo, no pocas veces he leído y escuchado a críticos de cine decir que el humor de los Marx Brothers era kafkiano. ¿Ein? Llevo treinta años buscando el vínculo secreto entre El proceso y la parte contratante de la primera parte, que será considerada como la parte contratante de la primera parte.
Lo de los políticos, sin embargo, suele doler. En su afán por buscar la manera de denigrar al contrario lo más posible, sacan del zurrón la imagen de los peores fetos que ha parido su oficio, y los orean con un desparpajo que indica, a todas luces, el escaso conocimiento que tienen de aquello que blanden. Felipe González llamó una vez a los periodistas gusanos goebbelsianos; en algunos países del mundo, llamarle a alguien goebbelsiano es delito; y con razón.
Pues no. A dios gracias, el mero hecho de que alguien pueda llamar a alguien estalinista es la mejor demostración de que no lo es. A dios gracias, el hecho de que alguien pueda decir de alguien que es igual que Hitler desmiente la propia afirmación. Y hay que tener un respeto por las cosas, porque hay personas, notablemente las más jóvenes, que por estar aún en formación, por pasotismo o por miles de razones, y sobre todo porque afortunadamente para ellos no han podido vivir tiempos sin libertad, no saben de qué se está hablando, y hacen identificaciones falsas.
A estas alturas de la vida, ya me he acostumbrado a la idea de que los tiempos de Castelar, los días en los que un diputado en Cortes citaba a Tácito de memoria y sin papeles, se han ido. Pero, a pesar de eso, un poquito de respeto con la Historia, señores. Que se empieza por no respetar al pasado y se acaba por no respetar a la inteligencia.
miércoles, enero 17, 2007
Aquellos días en que la República pudo ganar la guerra
lunes, enero 15, 2007
Vaya mierda (con perdón) de golpe de Estado
El tema es éste: cuando en la Historia hay opciones triunfantes, a menudo se obvia que fueron chapuceramente organizadas y que, de hecho, hubo un momento el que tuvieron tantas o más papeletas para fracasar que para triunfar. Algo así le ocurrió a la sublevación militar de julio de 1936 en España.
Vamos con las explicaciones.
Pocas veces se habrá dado que un grupo de militares den un golpe de estado y asuman desde antes de darlo que bastantes cosas saldrán mal. Eso sucedió en España en el verano de 1936.
El autor intelectual del plan golpista fue el General Emilio Mola. Para Mola, igual que para todos los militares golpistas decimonónicos, la clave de un pronunciamiento exitoso era adueñarse de Madrid. No obstante, Mola era consciente de que el golpe apenas tenía posibilidades de triunfar en Madrid. En su primer plan, Madrid habría de ser tomada por columnas procedentes de las divisiones quinta (Zaragoza), sexta (Burgos) y séptima (Valladolid), donde se esperaba que el golpe triunfase sin problemas. La tercera división (Valencia) dividiría sus esfuerzos entre Madrid y Cataluña. En la cuarta división (Barcelona), se dudaba mucho del éxito y las divisiones primera (Madrid) y segunda (Sevilla) se daban por perdidas. En borradores posteriores, Mola otorgó mayor protagonismo a las tropas de África, después de haber comprobado que las fuerzas peninsulares eran menos fuertes de lo esperado y que no podía dar por descontada su adhesión al alzamiento.
Madrid era capital por muchos motivos. Lógicamente, porque ahí estaba el gobierno y ahí estaban los grandes servicios del Estado. Pero, sobre todo, y teniendo en cuenta de que los grandes responsables públicos siempre encuentran protección o posibilidad de escape, Madrid era importante por sus reservas de oro, que ambas partes reputaban suficientes para poder financiar un esfuerzo bélico incluso dilatado en el tiempo (es decir, que durase incluso los tres años que duró). Los hechos demostraron que el hecho de que la República fuese capaz de retener las reservas de oro del Banco de España le dio una ventaja financiera aplastante. Que la supiera administrar, es otra historia.
En todo caso, tenemos un general que asume que el objetivo clave, Madrid, no podrá ser tomado inmediatamente y que posiblemente dos objetivos importantes, Barcelona y Sevilla, tampoco lo serán (se podría decir, por lo tanto, que Mola diseñó un golpe de Estado de ciudades de tamaño medio). Además, confía en la intervención de las tropas africanas, cuyo traslado a la Península depende de que los rebeldes se hagan con el control de la Flota. También en muchas divisiones, consciente de que los altos mandos son pro-gubernamentales, confía en la iniciativa de los oficiales subalternos para que arrebaten el mando a sus superiores y se hagan con el control de la situación. Para colmo de despropósitos, el plan casi parece dar por descontado que el Gobierno republicano no reaccionará y dejará que las columnas golpistas avancen sobre la capital y la tomen.
No es de extrañar que un plan con tantos agujeros no acabase de suscitar entusiasmos ni entre los enemigos más furibundos del Frente Popular. El primero de julio el propio General Mola dejaba entrever en un Informe Reservado la posibilidad de abandonar la conspiración que, de todas formas, sufrió diversos aplazamientos. No sólo es que algunos de los militares conjurados se mostrasen tibios, sino que hasta los principales elementos de la trama civil, carlistas y falangistas, no se ponían de acuerdo en temas tan poco relevantes para el triunfo del golpe como el de la futura bandera. Es prácticamente seguro que el golpe, cuya preparación se estaba dilatando tanto, no se habría llegado a ejecutar sin el revulsivo que supuso el asesinato de Calvo Sotelo. Más aún: en los precisos momentos en que Calvo Sotelo era asesinado, los desencuentros entre los conspiradores y los tradicionalistas carlistas eran tan agudos que las dudas sobre que éstos se fuesen a sumar a la rebelión eran sólidas.
La muerte de Calvo Sotelo supuso la pérdida de confianza en el Estado de Derecho y en la factibilidad de las soluciones pacíficas para la mayoría de la derecha y enfrentó a Mola a la posibilidad de que falangistas y carlistas se alzaran por su cuenta sin aguardar al Ejército. Pero su valor fundamental fue convencer a los tibiamente golpistas de que, en realidad, lo más peligroso era no hacer nada. España se había convertido en un país en el que menos de una decena de guardias de asalto, carabineros y guardias civiles cabreados podían detener impunemente a un diputado en Cortes y pegarle un tiro en la nuca. Todo aquél que sospechaba su eventual detención u hostigamiento por el régimen de izquierdas se hizo, con muy escasas excepciones, golpista a marchas forzadas.
El alzamiento comenzó en Melilla en la tarde del 17 de julio, antes de lo esperado. Comandaba Melilla el general Romerales, amigo de Azaña. En la noche del 16, de forma bastante sigilosa, comenzaron el golpe tres tenientes coronel: Seguí, Gazapo y Bartomeu, los tres desde una exigua dependencia militar denominada Comisión de Límites. A media mañana, ante la inquietud de los soldados, les confiesan sus intenciones; la tropa se les une. Aún, sin embargo, la cosa no va muy en serio: a las dos de la tarde, suspenden toda actividad conspirativa para comer, y vuelven todos a las tres de la tarde. No es hasta ese momento cuando se plantean cómo van a tomar la plaza.
Los golpistas son tan chapuceros que con sus esperas han dado tiempo para que un teórico alzado, Álvaro González, le haya ido con el queo a las autoridades. A las cuatro de la tarde, la guardia de asalto acordona el edificio de la Comisión de Límites.
Entre los conjuraros hay un legionario, de apellido Latorre, que se ha escapado virtualmente de su acuartelamiento (en el coche de su jefe) para unirse al movimiento. Ante la situación, llama por teléfono al cercano cuartel de la legión (doscientos metros) y exige al sargento Sousa el traslado de cuanta tropa esté disponible. Eso son veinte legionarios. Al llegar a la Comisión, Latorre les da la orden de carga, y los legionarios echan rodilla en tierra y encañonan a las fuerzas del orden. El teniente Zaro, que comanda a los guardias de asalto, decide no luchar. Es la primera victoria de la rebelión, como pudo ser derrota. En la Comandancia, el general Romerales está reunido con sus mandos, entre ellos el coronel Soláns, jefe secreto de la rebelión. Éste le exige que entregue el mando y el general se niega. Todos echan mano de las pistolas, pero nadie dispara, porque, en el fondo, nadie quiere disparar. Las noticias que llegan de la Comisión de Límites son todo lo que necesita Romerales para someterse. Aún habrá lucha. En la toma del Atalayón caerán los dos primeros muertos de la guerra civil española: el sargento Labasen ben Mohamed y el soldado Mohamed ben Ahmed.
Los sublevados no eran, en cualquier caso, los únicos que tenían el día chapucero. El presidente del gobierno, Santiago Casares Quiroga, recibió a las 10 de la mañana del día 17 un telegrama comunicándole la sublevación de Melilla. Le dio tan poca importancia que se lo guardó en el bolsillo y no recordó que lo llevaba hasta tres horas después, terminado el consejo de ministros, cuando le comentó la novedad al resto del gobierno sin darle importancia.
El alzamiento salió en parte como Mola se esperaba: Burgos, Valladolid y Zaragoza se alzaron sin problemas. En Barcelona fracasó a pesar de los ímprobos esfuerzos del General Goded. En Madrid el alzamiento se produjo con dilaciones y dudas. Su líder, el General Fanjul, cometió el error garrafal de encerrarse en el Cuartel de la Montaña y esperar ayuda. Ésa fue su ratonera. Tal vez si hubiese actuado con rapidez y hubiese ocupado con presteza los edificios del gobierno, habría ganado. No era una apuesta fácil, pero más difícil lo había tenido Queipo de Llano en Sevilla.
Tres de las expectativas de Mola no se cumplieron, dos para su desgracia y una para su fortuna. La primera fue que Valencia no se sublevó. El líder de los sublevados en la región, el General González Carrasco, vaciló cuando se enteró de la derrota de los golpistas en Barcelona. El gobernador militar, el General Martínez Monje, tampoco se decidía. Finalmente varios oficiales de la guardia civil, encabezados por el capitán Manuel Uribarri, empezaron a repartir armas a los obreros y terminaron de decantar la situación a favor de la República. En todo caso, el fracaso de la rebelión en Valencia le debe mucho a una persona inesperada: Luis Lucia. Lucia era el líder de la derecha valenciana y había actuado, en los años de los gobiernos de las derechas, en gran consenso con la CEDA de José María Gil-Robles. Era, por lo tanto, un candidato más a unirse a los sublevados y contaba, en el seno de su derecha valenciana, con elementos capaces de portar armas y defenderse. Producido el alzamiento, sin embargo, Lucia realizó un pronunciamiento claro, neto y sin ambages a favor de la legalidad republicana, lo cual le restó a la rebelión la práctica totalidad de apoyos civiles a que podría haber aspirado.
La segunda decepción de Mola fue que la Flota se mantuvo fiel a la República. Los oficiales eran golpistas en su casi totalidad, pero los suboficiales y la marinería, no. Como botón de muestra, puede señalarse lo que ocurrió en el destructor Sánchez Barcáiztegui, enviado por el gobierno para bombardear Melilla. Su capitán reunió a la tripulación y les explicó que se había producido un alzamiento y dijo que entrarían en el puerto melillense para unirse a los sublevados. La respuesta fue un silencio sepulcral, seguido del grito: ¡A Cartagena!
La única sorpresa positiva para los sublevados fue la caída de Sevilla, que ya hemos contado.
Por lo que se refiere a Barcelona, su toma era crucial para los sublevados porque Cataluña y el País Vasco eran los dos únicos polos industriales que existían entonces en España y, de los dos, el más diversificado y fuerte era sin ninguna duda Cataluña. Decir Cataluña, desde un punto de vista estratégico, es decir Barcelona y, de hecho, ésta fue la población que los sublevados intentaron tomar.
Sin embargo, hay varios factores que explican este fracaso que, como decimos, fue crucial para la dilatación de la guerra.
El primer factor es que la República no era tonta, y la Generalitat tampoco. La primera situó al frente del ejército catalán a militares fuera de toda duda, como el general Llano de la Encomienda, hasta el punto de haber declarado, en un acto público, que apoyaría antes una revolución comunista que un levantamiento fascista.
El segundo factor es que en Barcelona, al revés de lo que ocurrió en buena parte de España, la guardia civil optó por la República. Esto se debe, probablemente, a la casualidad, o quizá la inteligencia del gobierno Catalán, y más concretamente de su conseller de gobernación (Interior), España, de nombrar a un militar al frente de los servicios de Orden Público de la Generalitat. Federico Escofet era un hombre que profesaba por el presidente Companys una lealtad total (de hecho, fue condenado a muerte, junto con el comandante Pérez Farrás, por secundar la estúpida rebelión anticonstitucional de Companys en los días de la Revolución de Asturias); pero era también un militar de pura cepa, curtido en la guerra de la Marruecos, y sabía hablar el mismo lenguaje que hablaban los guardias civiles. En la hora en que el coronel Escobar hizo desfilar a las compañías de la guardia civil frente a Companys, rindiéndole obediencia, la sublevación en Barcelona quedó herida de muerte.
El tercer factor reside en lo mucho que telegrafiaron los sublevados sus planes. Escofet, quien en el exilio se vió obligado a ganarse la vida vendiendo productos catalanes en una tienda de ultramarinos en Bélgica, escribió un libro muy quejoso en el que reacciona, con prolijidad de datos, contra la idea, que él consideraba falsa, de que fueron las masas populares las que acabaron con el golpe de Estado en Barcelona. Según él, que era el responsable de hacerlo, desde días antes al 18 y 19 de julio, la Generalitat se preparaba para el golpe de Estado y había colocado tropas en el lugar que les pareció más estratégico de la ciudad, en lo que entonces se denominaba Cinco de Oros y hoy es la plaza de Juan Carlos I. Allí emboscaron al regimiento número 3 de caballería que, saliendo del cuartel de Gerona, tiró por la cercana calle de Arzobispo Padre Claret, paseo de García Hernández y calle de Córcega hasta la mentada plaza, donde fueron inesperadamente rechazados, lo que les obligó a refugiarse en el cercano convento de las carmelitas, en lugar de avanzar hacia el centro de la ciudad como tenían previsto.
El cuarto factor tiene que ver con la estrategia en sí. Para entenderlo, hay que olvidarse un poco de la Barcelona actual y recordar que, en aquel entonces, los barrios donde se situaban casi todos los cuarteles (Pedralbes, Hostrafranchs, Poble Nou, Sant Martí y Sant Andreu) estaban donde Cristo perdió el escapulario de latón. Sin embargo, si los pintáis en un mapa (en el libro de Escofet está reproducido, con la Barcelona de aquel momento, con indicación de la ubicación de los cuarteles y las trayectorias de los sublevados) veréis que dichos cuarteles rodean el casco urbano de Barcelona. Así pues, lo que diseñan los sublevados es una operación de cerrojo, en la que:
* Las tropas acuarteladas en Pedralbes toman por la avenida 14 de abril (hoy Diagonal) hasta la plaza de Alcalá Zamora (no estoy seguro, pero creo que hoy es la plaza Françesc Maciá), luego Urgel, Gran Vía de les Corts, y luego por el Paralelo hasta Colón, con una parte que desde la Gran Vía tira para la plaza de Cataluña.
* Las del cuartel de Gerona tiran hacia el Cinco de Oros (plaza de Juan Carlos I).
* Las del cuartel de Tarragona (a unas manzanas de la plaza de España) avanzan hacia dicha plaza aunque envía soldados a otros lugares, como la plaza de la Universidad.
* Las del cuartel de El Prat van hacia Colón.
* Las del cuartel de los Docks (en el puerto, como su nombre indica) tratan, sin conseguirlo, de llegar a al paseo Nacional.
* Las del cuartel del Parque tratan, tarde y mal, de auxiliar a las de los Docks en la avenida Icaria.
Esta estrategia no es mala. Para una ciudad medieval, claro. Este cerrojo tenía más goteras que la salud de un nonagenario. Es como si los conspiradores no se hubiesen dado cuenta del leve detalle de que Barcelona ya no tenía murallas desde unos 80 años antes del golpe de Estado. A todas luces, no contaron con la amplia movilidad que, en una ciudad ya urbanísticamente moderna como era Barcelona en 1936, tendrían las fuerzas oponentes y el propio pueblo armado.
Una prueba anecdótica de lo poco que tuvieron en cuenta la modernidad los conspiradores es que un comando de soldados republicanos logró llegar, en plena lucha, hasta debajo de las barbas de los conspiradores que estaban tomando el edificio de la Telefónica en la plaza de Cataluña. ¿Cómo lo hicieron? Pues por los túneles del metro, donde no encontraron a nadie. A los conspiradores no se les ocurrió pensar que el metro pasaba por debajo de ellos y que convendría vigilarlo.
El único error garrafal que, a mi modo de ver, cometieron las fuerzas republicanas en Barcelona fue pecar de ingenuos respecto de la CNT-FAI. En el cuartel de Sant Andreu se encontraba almacenada buena parte de la fusilería existente en Barcelona, unos 30.000 fusiles según diversas fuentes. Los anarquistas, además de luchar bravamente en toda Barcelona y sobre todo en la plaza de Cataluña (que quedó alfombrada de burros y caballos muertos), se fueron como flechas a Sant Andreu, llegaron antes que el ejército o las fuerzas del orden, y se quedaron con los fusiles. Lo siguiente que hicieron fue secuestrar el poder en Cataluña hasta los sucesos del 37.
El 21 de julio de 1936, un Gobierno normal habría podido dirigirse a la nación y haber declarado que el alzamiento había fracasado y que los sublevados serían aplastados en el curso de las próximas semanas. Y no le habría faltado razón: de las principales capitales, sólo Sevilla estaba en manos de los sublevados y el Ejército de África estaba bloqueado en el Protectorado, sin posibilidades de cruzar a la Península, ya que la Armada permanecía fiel a la República. Desgraciadamente, el 21 de julio de 1936 España ya no tenía un Gobierno normal.
Da para otro post hablar de las grandísimas chapuzas del bando republicano, que permitieron que un golpe que hacía meses que se veía venir y algunos de cuyos principales conspiradores eran conocidos, no fuese abortado.
viernes, enero 12, 2007
De guerras napoleónicas
Mis fobias, sin embargo, no van por ahí. Las mías son la química, el dibujo y la gimnasia. La química nunca la entendí (y, si os pasa lo mismo, daros algún paseo por Historias de la Ciencia, que allí os curan); el dibujo porque siempre he pensado que es algo nato, que hay gente que sabe dibujar y gente que no y a mí, que soy de los que no, me jodía bastante tener que pasar por las horcas caudinas de los exámenes de dibujo, que cateaba sin remisión. Y la gimnasia, porque sudar para sacar un seis de nota me parecía, y me sigue pareciendo, una gilipollez.
Más allá de las rayadas genéricas están las rayadas concretas. Por ejemplo: la filosofía nunca se me dio demasiado mal; pero a Hegel no lo puedo tragar, qué le voy a hacer. Aquel trimestre estaría yo con el despertar de la sexualidad o con la fase de angustia vital adolescente o simplemente tenía un subidón de bilirrubina; pero el caso es que recuerdo las tardes estudiando a Hegel como unas horrendas jornadas en las que hubiera deseado ser cualquier otra cosa en la vida, periodista del corazón incluso, en lugar de estudiante del hegelianismo.
Otra de las rayadas fueron las guerras napoleónicas. Tuve que estudiarlas, si no recuerdo mal, en séptimo de EGB, que hoy es vaya usted a saber qué; nananiano de primaria. Me las tuve que estudiar con sus coaliciones incluídas, una detrás de otra, con indicación de los años que duraron, los países que las integraron y las batallas principales que se desarrollaron. Para mí, la expresión coaliciones antinapoleónicas es una expresión sinónima de pestiño coñazo, de labor superferolítica, de encabrone fijo. Es más: creo que si yendo por la calle me parase Paulina Rubio en paños menores y, humedeciéndose los labios con la lengua, me preguntase, provocona: «¿Tú qué opinas de la batalla de Wagram?», la mandaría a la mierda.
En La Coruña, de donde soy, esto no tiene mucha lógica, porque allí somos muy antinapoleónicos. Sí, ya sé que nuestra Agustina de Aragón, María Pita, a quien fundió fue a los ingleses. Pero es que nosotros tenemos nuestro propio general Wellington, el general sir John Moore, quien murió en La Coruña, durante la batalla de Elviña, protegiendo a las tropas británicas que estaban en el puerto. Su tumba es el epicentro de un pequeño jardín romántico, el jardín de San Carlos, donde tengo yo peladas muchas pavas y leídos muchos libros.
Todo esto lo cuento para que os podáis imaginar el gesto de mi rostro el día que abrí un documento que me enviaba Inasequible y comprobé que, esta vez, había escrito de las guerras napoleónicas. Mon Dieu! ¿Es que no tienes otra cosa de la que escribir, Ina? ¿Qué tal te sentaría que ahora me enrollase yo sobre la tesis, la antítesis y la síntesis, eh?
La lectura me ha convencido de una cosa: debí tener yo malos profesores el año que me enseñaron las guerras napoleónicas. Nunca pensé que haría esto pero, de verdad, y con el corazón en la mano, deseo recomendaros que paséis de las chorradas hasta ahora escritas en este post y sigais más abajo, donde aprenderéis muchas cosas.
Le cedo la palabra a Ina.
Nunca he podido entender la obsesión que algunos tienen con la batalla de Waterloo. En Waterloo no se jugó el destino de Europa ni nada que se le pareciera. El Napoleón que luchó en Waterloo era un hombre enfermo que había perdido mucho de su genio táctico y que tendía a delegar en sus subordinados. Desde la campaña contra Austria de 1809, no había vuelto a noquear a un adversario. En lugar de ese boxeador temible que derribaba al adversario en el primer asalto, se había convertido en un fajador que aguantaba bien los golpes y asestaba buenos puñetazos, aunque acababa perdiendo el combate a los puntos: así fueron las campañas de Rusia en 1812, de Alemania en 1813 y de Francia en 1814.
En la campaña de 1815 Napoleón invadió Bélgica con 128.000 hombres y 366 piezas de artillería. Frente a él, los angloholandeses tenían un Ejército de 106.000 y 216 piezas de artillería y los prusianos uno de 128.000 hombres y 312 piezas de artillería. Por si esa disparidad no bastase, los austriacos estaban preparando un Ejército para enviarlo contra Napoleón. El Ejército francés contaba con mejor artillería y una mayor proporción de veteranos que sus adversarios. Ahí terminaban sus ventajas. A la inferioridad numérica frente a sus enemigos se sumaba el problema de que en caso de derrota Napoleón no podría reunir otro Ejército de la misma calidad y posiblemente ni tan siquiera del mismo tamaño.
Si Napoleón hubiera vencido en Waterloo la Historia de Europa no habría cambiado. Aún habría tenido que derrotar a los 128.000 prusianos de Blücher y a los austriacos que hubieran llegado más adelante. Con la fama que le precedía, posiblemente las potencias europeas habrían levantado Ejército tras Ejército hasta derrotarle.
Entiendo algo más que los franceses estén obsesionados con Austerlitz. Fue la gran victoria de Napoleón, la batalla donde su genio táctico brilló a mayor altura. Pero vista con el beneficio de la distancia, vemos que no fue una batalla decisiva. Forzó a los austriacos a pedir la paz, pero tres años y medio después de su derrota, ya estaban volviendo a tocarle las narices a Napoleón, aprovechando que estaba envuelto en la guerra con los españoles. Napoleón derrotó a los austriacos en Aspern y Wagram en lo que sería su última campaña realmente victoriosa, pero la victoria también se revelaría efímera en esta ocasión. Cuatro años después de Wagram, viendo a los franceses derrotados en Rusia y enzarzados en Alemania, los austriacos volvieron a la carga con mejor fortuna en esta ocasión.
Ni Waterloo, ni Austerlitz. La batalla más transcendental de las guerras napoleónicas fue una en la que Napoleón ni tan siquiera estuvo presente: la batalla de Trafalgar.
En 1802 Francia e Inglaterra pusieron fin a casi una década de guerra con la Paz de Amiens. Ambas sabían que sería una paz provisional, que el conflicto que las enfrentaba sólo podía terminar con la derrota definitiva de una de las dos. Inglaterra no podía aceptar que Francia dictase el orden europeo y se erigiese en señora del continente. Francia, por su parte, sabía que mientras Inglaterra y su poderío naval y financiero no hubiesen sido quebrados, su predominio sobre Europa sería precario y siempre estaría al albur de las alianzas que en su contra pudiera crear el oro inglés. La Paz de Amiens fue tan ilusoria que desde un principio ambas potencias la violaron: ni Inglaterra abandonó Malta, ni Francia se retiró de los Países Bajos. El 18 de mayo de 1803, Francia e Inglaterra se dejaron de tonterías y volvieron a la guerra.
El plan que ideó Napoleón para poner a Inglaterra de rodillas no fue muy imaginativo: concentrar a sus tropas en los puertos del Canal de la Mancha y desembarcarlas en Inglaterra. Lo mismo que en su día había pretendido hacer la Armada Invencible de Felipe II y lo que casi 140 años después intentaría hacer Hitler.
El plan no era realmente descabellado. Para ejecutarlo, lo que necesitaba era conseguir superioridad naval sobre las aguas del Canal de la Mancha, aunque fuera de manera temporal. Para ello, primero, las flotas francesas y españolas debían romper los bloqueos a los que les tenían sometidos los ingleses. A continuación se unirían y marcharían sobre el Canal. Sobre el papel la tarea no parecía imposible. A finales de 1804 Inglaterra disponía de 83 navíos de guerra. Frente a ella, Francia contaba con 56 navíos, a los que había que sumar 15 que estaban en distintas etapas de construcción. Lo que vino a inclinar la balanza del lado francés fue la alianza con España, que con sus 31 navíos otorgaba la superioridad numérica al bando hispano-francés.
Como de costumbre, los números dicen una cosa y la realidad dice otra distinta. Numéricamente los hispano-franceses podían ser más, pero en casi todo lo demás los ingleses llevaban la ventaja: disponían de mejores almirantes y tripulaciones más entrenadas, utilizaban tácticas superiores que hacían hincapié en la ofensiva, sus cañones tenían mecanismos de ignición más desarrollados y, finalmente, los artilleros británicos solían apuntar al casco y no a las velas, con lo que daban en el blanco más a menudo y sus destrozos eran mayores. El único punto en el que los hispano-franceses llevaban ventaja era el del diseño naval. Los buques españoles San Juan Nepomuceno y San Ildefonso posiblemente fuesen de los más avanzados en su concepción de todos los que lucharon en Trafalgar.
Los barcos que pudieron escapar de los bloqueos ingleses se dieron cita en Cádiz el 21 de agosto de 1805: un total de 33 navíos con 2.632 cañones. Cuando la batalla se entablase finalmente el 21 de octubre, Nelson no les enfrentaría más que 27 navíos con 2.148 cañones. Sin embargo, los resultados serían demoledores: los hispano-franceses perdieron 18 navíos (más del 50% de su fuerza) y más de 4.000 hombres. Los ingleses no perdieron ningún barco, aunque varios quedaron muy dañados, y sus bajas anduvieron en torno a los 450 hombres.
Tras Trafalgar, Napoleón no volvió a intentar disputar a Inglaterra el dominio de los mares. No teniendo barcos para atacar las líneas comerciales británicas, intentaría dañar su comercio por la vía indirecta del bloqueo continental, la prohibición de que sus aliados comerciasen con Inglaterra. Esta política, que casi causaba más perjuicios a los aliados franceses que a los ingleses, sólo serviría para causar resentimiento contra la dominación francesa y sería una de las razones que llevaron a la ruptura entre Francia y Rusia y a la desastrosa campaña de 1812.
Tras Trafalgar, dueña de los mares, Inglaterra se dedicó a jugar el papel de mosca cojonera, sabiendo que disponía del oro para fomentar las alianzas antifrancesas que hicieran falta y que su flota podía situar en el continente al ejército británico allá donde se le necesitase, sin que los franceses pudiesen reaccionar. Tras Trafalgar, Inglaterra sólo tenía que esperar a que Francia tuviese problemas serios en el continente y eso fue lo que hizo.
jueves, enero 11, 2007
Humor dictatorial
A ver si alguno os hace sonreír.
En torno a Franco y al franquismo.
A Franco le presentan al hombre que se inventa los chistes sobre él.
- Así que usted es el que se inventa todos los chistes que circulan sobre mí- le dice Franco.
- Todos, no- responde el hombre.- El de ni un hogar sin lumbre, ni una mesa sin pan… ése no es mío.
(Ni un hogar sin lumbre ni una mesa sin pan fue un eslogan muy conocido del franquismo).
Dos loqueros se encuentran y el primero le dice al segundo. «Es tremendo. Tenemos en mi manicomio a Franco, que se cree Dios».
- Peor es lo nuestro- responde el segundo.- Nosotros tenemos a Dios, y se cree Franco.
(Estos dos están sacados del libro Autobiografía del General Franco, de Manuel Vázquez Montalbán)
Franco viaja a Francia y al regreso se encuentra con que en España todo el mundo le llama Señor Peseta.
(Ya sé que es muy malo, pero me trae buenos recuerdos. Fue el primer chiste político que oí. Me lo contaron en el colegio. Entonces no me hizo ninguna gracia porque no lo entendí. Ahora que lo entiendo, sigue sin hacerme ninguna gracia.)
Este chiste tiene un correlato en una viñeta, no recuerdo de qué periódico (sería La Codorniz,, probablemente), que, en los años sesenta, presentaba el general De Gaulle que le decía a un subordinado: Hay que ver lo que son capaces de hacer los españoles con un solo franco.
Otro chiste no lo es, sino que es leyenda urbana. Cuando yo era niño se decía en algunos lugares que un falsificador de moneda había llegado a fabricar monedas de 50 pesetas (que eran enormes) en las que la esfigie de Franco estaba rodeada por la expresión Francisco Franco, Caudillo de España por una gracia de Dios (la expresión auténtica era sin una, claro). Por increíble que pueda parecer, había gente que buscaba esas monedas con verdadero interés.
Por último, está la explicación que entonces se daba del lema franquista de España. Una, Grande y Libre. Es Libre porque en ella cualquiera puede criticar a la Unión Soviética; es Grande porque en ella caben todos los presos políticos que se quiera meter. Y es Una porque si hubiera Otra, allí estaríamos todos.
El comunismo soviéticoHay un desfile popular en la Rusia de los años 30 y un anciano de unos ochenta años pasa portando un letrero que dice: «Gracias, Stalin, por mi infancia feliz».
Un asistente le dice: «Pero, ¿qué dice, usted, si Stalin no había nacido cuando usted era niño?».
- Por eso.
(Tomado de The rise and fall of the Soviet Empire, de Dmitri Volkogonov).
Un jubilado en la Unión Soviética de finales de los 70 está rellenando los papeles de la pensión.
Funcionario: ¿Dónde nació?
Jubilado: En San Petersburgo.
Funcionario: ¿Dónde cursó los estudios universitarios?
Jubilado: En Petrogrado.
Funcionario: ¿Dónde desarrolló su vida profesional?
Jubilado: En Leningrado.
Funcionario: ¿Dónde querría retirarse?
Jubilado: En San Petersburgo.
(San Petersburgo era el nombre de la capital de los zares hasta 1914. En ese año, con motivo de la guerra con Alemania, se le cambió el nombre por el más eslavo de Petrogrado. Posteriormente, tras la muerte de Lenin, Petrogrado pasó a ser Leningrado. Al caer el comunismo, Leningrado volvió a ser San Petersburgo. Si el viejito logró sobrevivir hasta entonces, debió de reírse mucho. Este chiste está tomado del Selecciones del Reader´s Digest que durante la Guerra Fría era una fuente inagotable de chistes antisoviéticos. Ahora supongo que publicará chistes anticastristas y anti-ayatolas).
Un ciudadano soviético entra en el concesionario de coches en 1987 y pide un “Lada”. Le responden que la lista de espera es muy larga y que no podrán entregárselo hasta el 14 de marzo del 2007. El ciudadano pregunta: «¿Por la mañana o por la tarde?» El hombre del concesionario le responde: «Estamos hablando del 2007, ¿qué importancia tiene que sea por la mañana o por la tarde?»
- Es que el 14 de marzo del 2007 me viene el fontanero a casa por la mañana.
(Este me lo contó un español al que conocí en un curso en la URSS. Era comunista y cuantos más días pasaba en Moscú, más se le helaba la sonrisa, y no por el frío).
Un tipo que vive en Moscú decide ir a visitar a su tía a Vladivostok y toma el Transiberiano. Cuando el tren lleva ya un montón de horas en marcha, de repente se para en medio de la estepa nevada.
- ¿Qué pasa? -pregunta el viajero al revisor.
- Oh, nada -contesta éste-. Están cambiando la locomotora.
A las dos horas, el tren vuelve a ponerse en marcha. Pero a las tres horas se para de nuevo.
- ¿Qué pasa ahora, oiga?
- ¡Qué va a pasar! -Contesta el revisor, seguro de sí mismo-. Que están cambiando la máquina.
- ¿Otra vez?
- Otra vez.
Tres horas después, el tren se pone de nuevo en marcha. Pero a las cinco horas, se para de nuevo. El viajero, muy mosqueado, se va a por el revisor.
- ¡Oiga! Cambiaron la máquina hace cinco horas, y hace ocho la cambiaron también. ¿Por qué cojones tienen que cambiar la locomotora ahora de nuevo?
- Camarada -le contesta el revisor-: es que esta vez les han ofrecido una botella de vodka a cambio.
Rumanía de Ceaucescu (contados por un diplomático rumano cuatro años después de la caída del dictador. El diplomático, por supuesto, nunca había sido comunista ni había pertenecido a la Securitate)
Un hombre entra en un estanco. Compra un sello. Le pone saliva, pero no se le queda pegado al sobre. Compra otro sello y lo mismo. El estanquero le pregunta lo que le sucede.
- Estos sellos no se quedan pegados. No tienen cola.
El estanquero coge un sello, le pone saliva y el sello se queda pegado al sobre.
- Pero, ¿qué dice?- señala el estanquero- Estos sellos sí que tienen cola.
- No por el lado que yo los escupo.
(Evidentemente, por ese lado llevaban la efigie de Ceacescu).
Cada mañana un hombre compra un periódico en el quiosco. Mira simplemente la primera página y luego lo tira a la papelera. Un día, extrañado, el quiosquero se dirige a él.
- ¿Por qué cada mañana compra el periódico y apenas lo lee, lo tira?
- Es que lo único que me interesa del periódico son las esquelas.
- Pero las esquelas aparecen en la página 36.
- No la que a mí me interesa.
Alemania nazi (tomados de «The Third Reich in Power», de Richard J. Evans).
Un alemán está riéndose de un suizo: «No entiendo cómo podéis tener un Ministerio de la Marina si no tenéis mar ni barcos».
El suizo replica: «Si es por ésas, yo no entiendo cómo podéis tener vosotros un Ministerio de Justicia».
...
Una mañana, una muchedumbre de conejos alemanes aparece en la frontera belga y dicen que son refugiados políticos.
- La GESTAPO ha declarado que las jirafas son enemigas del Estado alemán-dicen los conejos.
- Pero vosotros no sois jirafas- responde el policía belga.
- Eso ve y explícaselo a la GESTAPO.
Cuba castrista (ya no recuerdo quiénes me los contaron. Posiblemente amigos cubanos, conocidos fuera de Cuba)
Un balsero llega a Miami remando, montado en una lata de sardinas. Los periodistas van a recibirle, asombrados de la hazaña y le preguntan cómo lo hizo.
- Bueno, lo verdaderamente difícil fue encontrar una lata de sardinas.
Meten a un hombre en una celda y se encuentra con otro que tiene los hombros en carne viva, sangrando. Le pregunta qué le ha pasado.
- Estaba Fidel Castro pronunciando un discurso y dije a voz en grito: «¡Ese tío es un huevón!»
- Y entonces te torturaron, ¿no?
- ¿Qué me van a torturar? Todos los cubanos que estaban a mi alrededor empezaron a darme palmaditas en los hombros y a decirme: «Estoy contigo, chico».
No conocemos ningún chiste correspondiente a las dictaduras del Cono Sur, tal vez porque apenas hemos leído sobre aquella época y porque nunca nos hemos encontrado con ningún argentino, chileno, uruguayo, paraguayo o boliviano que tuviera muchas ganas de hablar de ese período.
Lo que nos llama la atención es que, a pesar de todo lo leído y la gente conocida, no sabemos ningún chiste sobre la China de Mao, sobre la Camboya de Pol Pot ni sobre la Corea del Norte de los dos Kim. Ni bueno ni malo.