martes, octubre 03, 2006

Sevilla, 1936: la chapuza nacional

Dedicado a mi amigo Calvin, sevillano de pro.



En un reciente post me comprometí a abordar el relato somero de dos ejemplos iguales pero distantes del golpe de Estado militar de julio de 1936 en España, que inició la guerra civil: Sevilla y Barcelona. Iguales, porque ambos fueron auténticas chapuzas desde el punto de vista conspirativo y, sobre todo, militar. Distintos, por razones obvias: el resultado fue diametralmente opuesto, pues mientras Sevilla, de la que escribiré hoy, acabó en manos de los nacionales, Barcelona fue hasta casi el final de la guerra de los republicanos.

Que el golpe de Estado en Sevilla fue una chapuza lo avalan datos indiscutibles. En primer lugar, el jefe del golpe, Gonzalo Queipo de Llano, tenía más o menos la misma relación con Sevilla que yo con Queensland, Australia. El golpe en Sevilla se produjo en la mañana del 18 de julio y Queipo llegó a la ciudad el 17 por la noche, después, por cierto, de haber recibido noticia en Huelva de los sucesos de Marruecos (aunque hablamos del golpe del 18 de julio, en realidad fue el 17 cuando las tropas se sublevaron en Marruecos), tras lo cual… se fue al cine.

Las previsiones de apoyos nunca se cumplieron. Al parecer, Queipo contaba con que se le unirían unos 1.500 falangistas, coordinados por un torero de relativa fama en aquel momento, El Aljabeño. Pero cuando en la mañana del 18 Queipo y El Aljabeño se entrevistan en el Hotel Simón de la capital hispalense, el lidiador informa al conspirador que de lo dicho no hay nada, porque los mandos de Falange en Sevilla están en la cárcel y el resto, en buena parte, está formado por estudiantes que en esos días (verano) están de vacaciones fuera de Sevilla. Cuando esa misma mañana Queipo se haga con el control del cuartel de Infantería, se le unirá la asombrosa cifra de… quince falangistas.

La cosa fue, verdaderamente, así: un general sin mando en plaza (en el momento del golpe, Queipo es inspector general de carabineros, o sea no es un militar con mando en cuartel alguno) se presenta en Sevilla de madrugada del 18 (después de haber ido al cine, no sabemos si a ver Misión Imposible) y, al salir el sol, se instala en el puesto de mando de Sevilla, en compañía de tres oficiales (tres, sí; no es una forma de hablar) y se va a ver, en el mismo edificio, al general José Fernández de Villa Abrile, jefe de la guarnición. Ni corto ni perezoso, Queipo le dice al señor que manda que decida: o con él, o contra él (y verdaderamente no miente pues, en ese momento, del lado del golpe, en Sevilla, sólo está él). Aquí se produce una de las primeras claves de la victoria del golpe en Sevilla, porque Villa no le presenta a Queipo, ni mucho menos, oposición frontal. En realidad, lo que más le preocupa a Villa y a sus mandos es que el golpe pueda fracasar y acaben todos exiliados, como Sanjurjo. Queipo, más echado para delante que ellos, los detiene y los encierra en un despacho; aunque encerrar es mucho decir, porque el despacho no tenía llave ni cerrojo (eso sí, tenía un cabo con orden de disparar si alguien huía, pero tampoco tuvo que plantearse si cumplirla o no).

Del puesto de mando, aún en la mañana Queipo se va al cuartel de Infantería, donde se produce una escena cachonda propia de los hermanos Marx. El general, al llegar al cuartel, se encuentra a la tropa armada y formada en el patio. Se dirige al coronel, al que no conoce de nada, y se produce el siguiente diálogo:

QUEIPO: Estrecho su mano, mi querido coronel, y le felicito por su decisión de ponerse de lado de sus compañeros de armas en estos momentos en que se decide el destino de nuestra patria.

CORONEL: Es que yo he decidido apoyar al gobierno.

QUEIPO: Estoooo, ¿podemos continuar esta conversación en su despacho?

El coronel, que como ya se habrá podido adivinar apoyaba al gobierno pero sin pasión (sufría, probablemente, de las mismas dudas filosóficas que Villa Abrile), accede. Una vez en el despacho, Queipo le quita el mando del regimiento. Pero no encuentra otro militar en el cuartel que lo quiera asumir, así que tiene que enviar a alguien a buscar a alguno de los oficiales que le acompañaba. Después de eso… ¡se queda solo con todos los militares a los que ha arrestado!

Es media mañana. En ese momento, Queipo cuenta con los 130 soldados del cuartel y los 15 falangistas despistados. Sevilla tiene, en 1936, un cuarto de millón de habitantes, muchos de ellos furibundamente izquierdistas y es, en cualquier caso, una balsa urbana que flota en un mar de anarquismo rural y está, además, a un tiro de piedra de una peligrosa concentración de izquierdistas con gran capacidad dañina: los mineros de Riotinto, hasta las cejas de explosivos. La cosa no pinta bien. Pero Queipo se las arregló, y ésta es la segunda razón de su éxito, para maximizar sus recursos. Por ejemplo, envió a un grupo de soldados a vigilar la Maestranza de Artillería, donde se guardaban nada menos que 40.000 fusiles. Cuando las milicias izquierdistas quisieron ir allí, la posición ya estaba cogida.

La ocupación propiamente dicha de Sevilla comenzó a eso de las tres de la tarde, cuando un comandante de Intendencia, con 76 soldados (ni uno más, ni uno menos), recibió la orden de Queipo de tomar el edificio de la Telefónica, el Ayuntamiento y el Gobierno Civil (ni uno más, ni uno menos). Se da la circunstancia de que este mismo coronel había estado ya algún tiempo antes, por error, en el Gobierno Civil, donde el gobernador, Varela Rendueles, fuertemente escoltado por guardias de Asalto (la única fuerza armada que fue fiel a la República), le había conminado a hacer profesión de apoyo al gobierno, ante lo que el coronel se había dado la vuelta… y se había marchado, al parecer sin oposición.

Varela dividió sus 76 hombres en tres grupos. Dos de ellos ocuparon casas y calles alrededor de la Telefónica, hostilizando a los guardias que la defendían. Con el tercer grupo, unos 20 hombres, entró en el Ayuntamiento y forzó a rendirse a… ¡sesenta guardias municipales! No tendrían muchas ganas de pelear.

A partir de ahí, a Queipo las cosas empezaron a irle cuesta abajo. La guardia civil, a media tarde, se unió al golpe. Luego lo hicieron los regimientos de Artillería, lo que permitió empezar a hostigar a cañonazos la Telefónica desde la calle Tetuán. Tras la Telefónica, los cañones se desplazaron al Hotel Inglaterra, lleno de milicianos, que capituló; y luego lo hizo el Gobierno Civil, sobre el que ya no hizo falta disparar. Allí, en el Gobierno Civil, fueron reducidos 150 guardias de asalto, dos tanques blindados y dos ametralladoras. Cabe preguntarse qué habría pasado si se hubiera utilizado toda esa fuerza horas antes, cuando a Queipo lo rodeaban tan sólo 130 soldados, probablemente no muy motivados, y 15 falangistas que tendrían que haber sido 100 veces 15.

Para colmo de males de los gubernamentales, también cayeron, en esas primeras horas, Cádiz, Jerez, Algeciras y La Línea. Lo cual quiere decir que los alzados ya tenían dónde desembarcar a sus legionarios. La Legión llegó a Sevilla el 20 de julio, aunque le tomó cuatro días acabar con la resistencia en la ciudad. El general republicano Pozas, director general de la guardia civil, dio orden a un destacamento de la misma en Huelva, ciudad que había permanecido fiel a la República, a que marchase a Sevilla a sofocar la rebelión. Craso error. El comandante Haro no sólo unió sus guardias civiles a la rebelión a su llegada a Sevilla, sino que hizo algo mucho más dañino aún: voló los camiones de dinamita que llegaban de las minas de Ríotinto, paralizando la columna de mineros que avanzaba para recuperar Sevilla. Fue una carnicería. Ambas partes entablaron un tiroteo en un lugar llamado La Pañoleta. Los guardias civiles se dedicaron a tirar al automóvil que encabezaba la columna de camiones, hasta que lo hicieron estallar, explosión que se comunicó a los camiones, cargados de explosivos hasta los topes.

En fin: razones del resultado que se produjo.

En primer lugar: Queipo era un militar chapucero. Ya lo había demostrado en 1930, con su torpísimo alzamiento contra la monarquía, y lo volvió a hacer en Sevilla el 18 de julio de 1936. Sin embargo, tenía un morro que se lo pisaba y era extremadamente temerario. Como creo haber descrito ya, pasó no menos de cuatro o cinco horas en las que era claramente consciente de estar en absoluta minoría como conspirador; pero eso no le importó. Su actitud se parece a la de ese aviador británico interpretado por David Niven que, tras estrellarse en la segunda guerra mundial, salir del avión y encontrarse rodeado por miles de soldados italianos enemigos, les saluda con un simple: ¿A que esperan para rendirse?

Los nacionales desplegaron una notable imaginación para engañar a los sevillanos. El primer contingente de legionarios que llegó a Sevilla era de 20 soldados. Queipo los subió a unos camiones junto con algunos guardias civiles y paisanos y los obligó a pasear continuamente por las calles de Sevilla. Al poco rato, todo el mundo en la ciudad se hacía lenguas de que habían llegado ya centenares, sino miles, de legionarios.

La tercera razón ya la hemos analizado. Las fuerzas militares gubernamentales no hicieron un gran esfuerzo por serlo. Lo cual nos lleva a la siguiente razón: la más que probable confianza de todos los prorrepublicanos de que Sevilla en particular, y Andalucía en general, no se podían perder para la causa republicana, porque estaban preñadas de izquierdistas. Esto pudo provocar cierta selección de mandos militares poco cuidadosa en lo que a las voluntades y fidelidades se refiere.

Todo parece indicar que las fuerzas del Frente Popular no estuvieron finas contestándole a Queipo. Tardaron mucho y perdieron mucho tiempo quemando iglesias y casas de gente rica, en lugar de ponerse al torrao de atacar a los alzados (que entonces eran muy pocos).

Por último, hay que recordar otra genialidad de Queipo: el uso de la radio. Radio Sevilla pasó la tarde del 18 en manos de los republicanos, que lanzaron soflamas a los pueblos para que se alzasen y ocupasen Sevilla. Pero en la noche era ya de Queipo, y ese mismo 18 el general inició una larga serie de monólogos radiados que hicieron mucho por conservar la moral de los derechistas y minar la de los izquierdistas, sobre todo en las primeras jornadas de la guerra.

Es una historia casi increíble. Parece de los Monty Phyton, o más bien de Gila. Un tipo llega a Sevilla en su Hispano-Suiza, llama a la puerta de la Capitanía General y, cuando le abren, dice: «Buenas, que venía a alzarme y a ocupar la ciudad». La guardia le deja pasar y le pregunta: «¿Quiere el café sólo, o con leche?»